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Era sábado y yo estaba es un cumpleaños de una buena amiga. Había ido porque es una buena amiga, y no tanto por la promesa de chicas, actrices para más señas, que habían confirmado su asistencia. La amistad está por encima de todo, pero me afeité y me puse zapatos.

Y sí. Hubo actrices, aunque ninguna llamó mi atención.

La que sí llamó mi atención fue una amiga de una amiga. Morena, pelo liso, cara bonita, sonrisa frecuente y ojos brillantes. Vestida de negro, escotada, pero sin ser presuntuosa, camisa negra y vaqueros a juego. No era de esas que te dejan boquiabierto y alelado, pero no se podía negar que “algo” sí que tenía. Así que me acerqué a ella y a mi amiga con la sana intención de ser presentado.

Solo que en el momento en el que llegué, mi amiga se fue. No porque no quisiera verme, sino porque había algo que nadie más podía hacer por ella, y seguramente el baño ya estaba libre. Pero también podía presentarme yo. O eso intenté hacer.

– Hola – dije sonriendo.

Lo que pasó a continuación no fue exactamente lo esperado. Para empezar nunca antes una mujer se había puesto colorada al verme. Pero no un ligero rubor que pudiera considerarse como una sutil muestra de interés. No. Un rojo del tipo “He salido a la calle en pelotas y me he dado cuenta ahora mismo” o, más bien, la variante extrema de “Tierra trágame”.

– ¿Qué haces aquí? – consiguió decir.
– Soy amigo de la homenajeada.
– Por favor… – me suplicó – no le cuentes a nadie cómo nos conocimos…

¿Cómo nos conocimos? Pero si no la conocía de nada… seguramente me estaba confundiendo con otro.

– Creo que te equivocas… pero… ¿Cómo nos conocimos?

Y ella adoptó un tono más rojizo todavía.

– Perdona… que no eres tú… que me he confundido…
– Eso ya lo sé – le dije – pero de verdad, tengo curiosidad. ¿Cómo nos conocimos? Tuvo que estar muy bien, para que no quieras que se sepa… ¿No?

Y no quiso contármelo. De hecho, no me lo contó. Pero con la tontería hablamos un buen rato y a lo tonto me lo bailo tengo su teléfono. No sé cómo conoció a mi otro yo, pero, desde luego, la forma de conocer al Sr K original tampoco ha sido como para olvidarla.

De todas formas me preocupa un poco el asunto. Porque no es la primera vez que me pasa algo parecido. Cada vez creo más que mis padres participaron en un experimento genético y hay por ahí más tipos como yo. Como en el libro de Ken Follet. Y uno, el muy cabrón, se lo está pasando de miedo…

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Esta tarde se celebra la despedida de soltero de Bob el silencioso. Y como ya conté en otra ocasión, estos acontecimientos son especiales. Al menos cuando el que se “despide” es un amigo de toda la vida. A Bob le conozco desde que tenía 13 años. Hace más tiempo que le conozco que lo contrario… así que Bob es un amigo de toda la vida.

Nosotros éramos cuatro. Los cuatro mosqueteros nos llamaba mi padre. Podría haber elegido los “cuatro fantásticos” pero mi padre ha tenido una educación basada en los clásicos. Y por clásicos me refiero a Roberto Alcazar y Pedrín y el Guerrero del antifaz. Zipi y Zape ya le pilló mayor.

Éramos inseparables aunque, como ciertas moléculas, combinábamos mejor de dos en dos. Panceta y Yo y Bob el silencioso y Amadeus. Ellos eran más de su misma cuerda y Panceta y yo nos entendíamos mejor.

El primero en caer fue Panceta. Me refiero a casarse. Pero como lo hizo en plan íntimo (y no me refiero a que se casaran en pelotas), como no hizo ceremonia ni nada (en el juzgado, una mañana… triste y fría mañana), como ni invitó a unas cañas un viernes por la tarde (ni ningún otro día), no hubo despedida de soltero. En realidad la cosa fe más o menos así:

Ring Ring
Diga?
Que me he casado
Ya?
Ya
Vale

Esa despedida de soltero la habría preparado con mucho cariño. Se suponía que Panceta era mi mejor amigo. Lleva ya casado más tiempo del que puedo recordar. En realidad eso es fácil… no le veo desde entonces… más o menos. Es que para su novia, perdón, para su mujer, yo era una mala influencia. Debe ser. No sé.

El segundo en caer fue Amadeus. Se casó con La Rubia. Y esa relación merecería un post entero. Y la boda otro. Sólo decir que ella se casó de rosa. Y fue una visión de esas que se te quedan grabada en la retina el resto de tu vida. La Rubia, por cierto, será testigo en la boda de Bob. Igual que yo. Sólo espero que no pidan hacer un baile entre testigos.

Tampoco hicimos despedida de soltero. Tendría que haberla organizado Bob, Amadeus es su mejor amigo, pero siendo sinceros, no sé si me gustaría ir a una despedida de soltero organizada por Bob. Es buen tío, pero es muy soso. Así que, o la organizó y no se lo dijo a nadie, o no la organizó. Aunque parezca mentira, la primera opción no es tan descabellada como parece. De la boda me enteré de milagro y, la verdad, fui por puro compromiso. Amadeus y yo no hemos hablado mucho en los últimos años. Vidas dispares, se llama.

El penúltimo en caer ha sido Bob el silencioso. En realidad no sé cómo ha ido la cosa. No he querido preguntar, la verdad. Pero me imagino que la escena fue, más o menos así:

Ella: ¿Nos casamos?
Él: (encogimiento de hombros)
Ella: Lo tomaré por un sí.

Y digo esto porque ha sido ella la que se ha movido para organizarlo todo. Y ha sido ella la que se lo ha dicho a todo el mundo. Hasta a mí., cuando lo lógico habría sido que Bob me lo dijera, a ser posible delante de unas cañas. Incluso ella me pidió que dijera unas palabras en el brindis… así que será mi segundo monólogo, parece. Esta será la boda que ella siempre soñó y en la que Bob habrá tenido muy poco que decir. Menos de lo habitual, se entiende.

El caso es que esta noche nos vamos de despedida.

Los tres mosqueteros (en realidad dos, porque Panceta, como de costumbre, tiene un compromiso previo de su mujer… ¿qué puede haber más importante que la despedida de soltero de un amigo de toda la vida? Seguramente ir al Carrefur o algo igualmente emocionante). Bueno, nos vamos de despedia los tres mosqueteros y…

El último Mohicano.

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Hacer una crónica de la fiesta del sábado es algo complicado. Sobre todo porque no soy un buen cronista de sociedad. Visto lo visto tampoco soy un buen fotógrafo ni un buen cámara, a juzgar por las pocas fotos y el vídeo a veces desenfocado de la queimada. Pero en mi defensa diré que estaba más preocupado de comer y beber que de encargarme de registrar el evento. Bueno… y de hablar con los miembros de la comunidad, que no eran pocos.

El profesor Jose Carlos se lo curró un montón. La fiesta se desarrolló en el jardín de la sede de Solidarios, junto al campo de Rugbi de Cantarranas, donde se dispuso de todo lo necesario. Comida como para un regimiento de infantería de marina (que no sé si comen más que lo de artillería, pero creo que queda más musical la frase), bebidas espiritosas y de las otras también, mantas y cojines en el césped, para poder charlar bien tirados en el suelo. Y un entorno fantástico. Ahora sólo quedaba que la gente respondiera a la llamada.

A ver, una aclaración: los que salen en las fotos no son todos los que fuimos. Para empezar, no salgo yo, pero obviamente sí que fui. Así que espero que las otras personas que hicieron fotos, me las hagan llegar o me manden el enlace donde poder verlas… y así completar la crónica completamente. Aquí están los niks de los que acudimos, con sus correspondientes enlaces. Si me he olvidado de alguien, por favor, me lo decís… es que hacía mucho calor y la cerveza estaba fresquita…

Jose Carlos, Blas, Bloody, Benno, Un Español Más, Huraño, Hurañita, Mariajo, Pat, Cloti, La Bombilla, Quadrophenia, Camino, Ángel Pasos, Minea, Johnny Salomon

Blas es todo un Dandi... Bloody y Cloti
Mariajo y Johnny
Mariajo, Quadrophenia y Bloody Pat y Cloti
EL profesor y sus disc�pulos La maestra de ceremonias...
Judith en primer plano, y los demás detrás Otro de los momentos de la fiesta...
Johnny Salomón sabe vivir muy bien José Carlos y su pipa


Y, para terminar, quisiera agradecer al profesor el pedazo de fiesta que montó, las molestias que se tomó para que todos estuviéramos bien y a gusto.

Y, por supuesto, también quisiera agradecer a sus colaboradores el trabajo que se tomaron, por que cuidaron hasta el más mínimo detalle.

En resumen, una gran fiesta.

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Esta semana estamos de fiesta en el club de los jueves. Y con esto no quiero decir que hayamos dejado de escribir el tradicional relato de cada semana. No. Es que el tema de hoy es eso: las fiestas de los pueblos. Así que preparaos para una buena dosis de Paquito Chocolatero, Tómbolas de enormes osos de peluche y coches de choque por doquier… aquí pongo mi propuesta. Espero que os guste.

Los operarios terminaron de tapar el nicho con unas rasillas y cemento y así se dio por concluido el funeral de tía Ernestina. En realidad era la tía Ernestina de su madre materna, algo así como su tía abuela… pero no estaba seguro. Ni siquiera la recordaba demasiado, pero en temas de familia esas consideraciones contaban más bien poco. A todos los efectos era el chofer. Su madre tenía que ir al entierro y el único que no estaba de viaje de vacaciones era él.

Es un misterio cómo la vida se obstina en crear circunstancias curiosas. La tía Ernestina vivió casi 99 años, plenos y alegres, según dijo el cura, pero se murió el día antes de la fiesta de la Virgen de Agosto, de la que era devota. Se murió en plenas fiestas patronales del pueblo.

Él no sentía ninguna tristeza. Creía que una persona con 99 años ya había vivido todo lo que tenía que vivir, y su muerte no era motivo para estar triste. Ley de vida. Además, los ruidos procedentes de la verbena, con los coches de choque y la música de Kamela a todo trapo, las tómbolas y sus perritos pilotos, impedían concentrarse demasiado en su madre y en mantener el debido luto. Así que como no podía vencerles se unió a ellos. Salió de casa con la intención de dar una vuelta y tomarse algo en algún chiringuito.

Hacía como 20 años que no volvía al pueblo. Había cambiado un poco desde que él era un tierno zagal que correteaba con sus amigos desde la fuente de los cuatro caños hasta el pórtico de la iglesia. Había más casas, menos gente y más rotondas. Y eso que era su pueblo. El pueblo. El lugar donde veraneaba con su familia. En realidad el lugar donde sus padres aparcaban a los niños durante las vacaciones de verano del colegio, con la abuela y el tío Venancio, el único soltero. Allí los niños estaban a sus anchas entrando y saliendo sin dar demasiadas explicaciones.

Mientras caminaba entre la gente, contemplando las banderolas de vivos colores, las luces brillantes y esquivaba a los niños que correteaban por todos lados, no pudo evitar pensar en esas mismas fiestas patronales de años atrás que tanto le gustaban. Él había sido otro de esos niños que correteaban entre los puestos, o buscaba frente a la tómbola algún boleto premiado, tirado por error al suelo por algún despistado. Con sus amigos del pueblo. Su pandilla de toda la vida.

Eran Jorge, Damián, Agustín y él mismo… los cuatro de la misma edad. Inseparables e incansables. Descubriendo el mundo con ojos curiosos y rodillas magulladas.

Deambuló entre los chiringuitos con paso errático dejándose llevar por los pies pero sin rumbo fijo. Y sin saber muy bien cómo, se encontró delante del puesto de tiro al blanco. Estaba igual que como lo recordaba. Incluso el dueño era el mismo, pero con veinte años más de arrugas y barriga. No estaba seguro pero hasta podría jurar que la camiseta blanca llena de manchas era la misma. Al menos parecía que tenía veinte años de roña encima. Puso un billete en el mostrador y el encargado le dio una escopeta de aire comprimido. Sólo el ojo de alguien experto se daría cuanta que tenía la mirilla torcida. Tampoco le importó. Tenía práctica y no erró el tiro al palillo donde estaba clavado un cigarrillo puro Farias, que se quebró con el impacto.

Había cumplido con la primera parte del ritual que repetían sus amigos y él cada día de feria. Al poco de salirles el bigote y cuando ya no era divertido lo de buscar boletos en el suelo, cada noche hacían lo mismo. Disparaban en la caseta de tiro al blanco para conseguir unos puritos, luego compraban unos “minis” de Kalimotxo con vino peleón y se iban detrás de las casas, parapetados contra el muro del cementerio a beber y fumar… como hacían lo hombres que creían que eran…

Con un mini de cerveza en la mano y el Faria en el bolsillo de la camisa llegó a la tapia del cementerio. Reconoció al instante el lugar, aunque lo habían urbanizado un poco. A unos metros había un grupo de chavales haciendo botellón y montando jaleo. A él no le importó que lo miraran con curiosidad mientras se sentaba en el suelo apoyado contra la tapia y encendía el puro. Tosió un poco con la primera calada, más que por la falta de práctica por la mala calidad del tabaco, pero ese sabor agrio en la boca le trajo otros muchos recuerdos. Y tan ensimismado estaba que no se dio cuenta cuando alguien se plantó delante de él.

– ¿Pedro? Pedro… ¿Eres tú?
– ¡Coño, Damián!

Y se fundieron en un cálido abrazo. Damián estaba un poco más calvo que veinte años atrás, y tenía una barriga abultada. Y se le notaba mayor y cansado. Además, olía un poco a alcohol.

– ¿Qué haces aquí? No venías al pueblo desde… desde…
– Desde que Jorge se mató con la moto
– Sí, es verdad… desde el entierro
– Sí
– Bueno, chico, ¿y qué tal te va? Te veo muy bien… joder, macho, no has cambiado nada… cago en la ostia… esto no ha sido lo mismo desde entonces…
– Pues no sé qué contarte… terminé la carrera, me coloqué en un buen puesto, me casé, tengo una niña preciosa… me divorcié hace poco… no sé, lo normal. He venido con mi madre al entierro de la tía Ernestina…
– Joder, macho, me enteré… lo siento…
– No pasa nada, es el ciclo de la vida. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti?
– Pues ya ves, por aquí que estoy… me vine al pueblo a vivir… ya sabes que no he sido de mucho estudiar nunca… no me he casado… un soltero de oro… jaja
– Ya…
– ¿Y de Agustín sabes algo?
– Nada. No le he vuelto a ver… ¿Y tú?
– Creo que ha estado enfermo… pero no sé… es que desaparecisteis los dos…
– Ya sabes… la vida cambia…
– Ya… ¿Te acuerdas cuando veníamos aquí a fumar?
– Sí… por eso he venido… recordando…
– ¡Qué tiempos!
– Sí…
– Coño, tenemos que celebrarlo… vamos a la feria, a beber hasta caer redondos…
– En realidad ya me iba… es que mañana salimos temprano para la ciudad y tengo que descansar… es que hoy ha sido un día muy largo…
– Pero hombre… si hace veinte años que no nos vemos…
– Lo siento, de verdad Damián, pero es que me tengo que ir… me alegra haberte visto.

Y se marchó.

No quería quedarse con Damián. Hay cosas que es mejor dejar en el pasado, y Damián era una de ellas. No le gustaba la idea de ver al Damián veinte años más viejo, estropeado y cansado.

Porque en el fondo sabía que él también era veinte años más viejo y estaba igual de cansado y estropeado…

Podéis visitar otras fiestas patronales en los pueblos de :
Ana
Cástor Olcoz
Crariza
Crguardon
Elefantefor
Elojoqueves
Escocés
Janpuerta
Odisea
Karmen-JT
Pat
Reichel
Rosa
Un Español más

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¿Cómo es que me encontraba en plena fiesta del orgullo? Pues es una pregunta cojonuda que todavía me estoy haciendo. Y no entraré en detalles aburridos, pero básicamente os diré que estaba implicada Huracán. Digamos que no me pude negar a “pasar la tarde con ella”. Y lo que en un principio era “tomar una caña por el centro, tranquilamente” se convirtió en encontrarme en el epicentro de un terremoto. Con Huracán. Y no creo que pueda salir nada bueno de un terremoto y un Huracán.

Había mucha gente. Aquello parecía la celebración de la Eurocopa, excepto por pequeños detalles… para empezar no creo que a los allí reunidos les gustara mucho el fútbol y, bueno, en lugar de banderas de España, rojas y amarillas, todo estaba plagado de banderas color arco iris. Y había mucho cuero. Sabéis a lo que me refiero.

Había un escenario, mucha gente, la música a tope, mucha gente, banderitas de colores, empujones, cuero, mucha gente y algún que otro pisotón. Una discoteca a cielo abierto. Huracán me gritó al oído que fuéramos hacia un determinado lugar, donde se celebraba la famosa carrera de los tacones y tomarnos algo mientras esperábamos que tan famoso acontecimiento tuviera lugar (y lo de “famoso” es irónico, porque aunque siéndolo, yo era la primera vez que lo oía en mi vida).

Así que nos quedamos en una barra improvisada en la calle justo al borde de la pista de carreras, con un mini de sangría en la mano y, yo, un poco tenso. No es por nada, vamos, no es que creyera que me iban a abordar y me iban a hacer nada… pero digamos que no me encontraba demasiado a gusto. Yo no soy de macrofiestas… aunque sean heterosexuales…

A nuestro lado en la barra improvisada había un chavalín de veintipocos. Muy delgado y todo brazos, moreno pero blanco de piel. Se presentó a Huracán y se pusieron a hablar. Como había mucho ruido no escuchaba lo que hablaban pero no digamos que si Huracán estuviera saliendo conmigo no me habría puesto celoso. No parecía del tipo de tíos que miran el escote de Huracán con ojos de deseo. Ya sabéis a lo que me refiero. El caso es que, después de un rato, Huracán me agarró del brazo emocionada y me dijo:

– ¡Tenemos que ir al bar donde trabaja este chico!
– ¿Cuándo y por qué?
– Esta noche
– ¿Y no puede ser otro día? Es que mañana madrugo un montón… y se supone que esto iba a ser una cañita tranquila, no ir a bares de copas…
– Pero es que me va a presentar a Yurena…
– ¿A quién?
– ¿No sabes quien es Yurena?
– Pues no, la verdad…
– La de “No cambié no cambié”
– Paso. Yo me voy a dormir… que te lo pases bien…

Huracán cambió el gesto y el chavalín intervino, diciendo que podía ser otro día, que la tal Yurena estaba en su bar todos los días. “Pues espero que tenga un sillón bien cómodo, para que me espere sentada”, pensé.

En eso se nos acercó otro tipo. ¿Cómo definirlo? Físicamente era como… no sé, pero lo cierto es que el sistema de mote automático sacó un solo nombre: “Sara Montiel”. Pero con bigote, o un gran rastro de él. Así que Saro Montielo se unió a la conversación entre Huracán y el chico flaquillo, con tal naturalidad que pensé que era amigo de este último. Yo me mantuve un poco retirado (todo lo retirado que se puede estar en una macrofiesta multitudinaria), aferrado al mini de sangría.

Saro Montielo cambió el sentido de la conversación y nos contó que él le daba a pelo y a pluma y habló con orgullo sobre el tamaño de su pene, usando el sistema métrico decimal. Aunque sacó un aro de goma del bolsillo para ilustrar sus palabras. Y luego continuó con el discurso, haciendo hincapié en que él, y otros muchos, preferían acostarse con hombres con pinta de hombres, “como nosotros tres”. Yo le miré a él, miré al flaquillo y me miré a mí y descarté la idea de decir nada… porque yo “hombres cos pinta de hombres” sólo estaba viendo uno. Y Saro Montielo me espetó a quemarropa:

– ¿Tú entiendes?
– ¿De qué?
– Te está preguntando si te gustan lo hombres – me ayudó Huracán
– No. Soy adicto a las chicas…
– Una pena – añadió Saro Montielo – ¿Sabes? Yo me he acostado con montones de padres de familia, casados y todo… ¿Vosotros estáis juntos?
– Somos amigos – Dijo Huracán
– ¿Pero cómo de amigos? – siguió preguntando
– Mucho – dije en tono cortante y que yo esperaba que fuera determinante. Y lo fue, pero no por mi tono, sino porque empezó la famosa carrera de los tacones.

Esto es… unos tipos se ponen una peluca de colores, se pintan la cara y se calzan unos tacones y corren calle abajo… algo cuando menos peculiar (por decir algo). Todo fue muy rápido y caótico. Pero vi pasar a varios tipos sorprendentemente veloces para llevar tacones y ser un suelo irregular… por cómo gritaba la gente debió de ser divertido. Al terminar la carrera Saro Montielo se marchó, no sin antes agarrarme con fuerza y arrearme dos besos en las mejillas y uno en la frente… a modo de despedida.

Al chavalín flaquillo le voy a llamar Virgilio. Porque como su homónimo hizo con Dante en los diferentes niveles del purgatorio, nuestro Virgilio de largos brazos nos condujo por el caos de la fiesta presentándonos a gente… y cuando digo gente quiero decir a tipos muy grandes subidos a zapatos altos y vestidos de mujer, maquillados para parecer hombres maquillados de mujer y, uno de ellos, con unas enormes alas de mariposa de color rosa. Nunca antes había saludado a tantos hombres sin estrechar ninguna mano. Ya sabéis a lo que me refiero.

El tipo de las alas de mariposa tamaño familiar se subió al escenario (en un alarde de habilidad manejando las plataformas) y empezó un monólogo bastante gracioso en el que terminó hablando sobre el tamaño de los penes de los senegaleses, comparándolos con “bates de béisbol”… y diciendo que acostarse con un negro es como la “Fuerza de la guerra de las galaxias”: Nadie regresa del lado oscuro. Luego preguntó si había alguien “activo”, a lo que cinco o seis personas levantaron las manos. Huracán me dijo que la levantara yo también, porque “activo” significaba “Heterosexual”, así que la levanté. Pero no estoy seguro de que eso significara lo que ella decía porque de empezó a descojonar de risa.

A ver, yo no estoy en contra de los Drag Queen, de hecho me dan igual que me dan lo mismo. Pero no entiendo por qué gustan tanto, o por qué lo consideran divertido. Para mí es un tío vestido de mujer, encima de unas plataformas, haciendo playback. Vale que subirse a unas plataformas tiene su mérito… pero… joder, lo encuentro absurdo. Así que cuando empezó la actuación yo ya tenía muchas ganas de marcharme. Pero Huracán estaba disfrutando tanto… y reconozco que había tema para escribir, así que aguanté toda la actuación.

Pero llegó la hora límite que me había marcado para quedarme y estábamos con dos chicas que eran novias entre sí, Virgilio y otro tío que no me fue presentado pero que tenía los brazos igualmente largos, y yo sólo hacía que calcular el tiempo que tardaría en llegar al coche, y del coche a casa. Y pensaba sobre todo en que a las seis y media de la mañana me tendría que levantar (como así ha sido). Y que ya había visto todo lo que tenía que ver y no quería que me liaran para ir al bar de la tal Yurena. Así que me despedí de Huracán y de Virgilio, no sin antes decirle a este último que “esperaba dejarla en buenas manos. Pero como le pasara algo a la niña, le buscaría y le haría mucho daño”. Y me marché.

Un día lleno de experiencias…

Por cierto: ya estando dormido, como a la una o así de la mañana, me llamó Huracán por teléfono. Había conocido a la mujer esa y quería contármelo… sin comentarios.

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El que piense que las altas cumbres del Himalaya son un reto físico, que las empinadas cuestas pedregosas y embarradas sólo son aptas para iniciados, que caminar a 5.000 metros de altura es algo al alcance de unos pocos… el que piense todo esto es porque no ha ido de compras con una mujer. Eso sí es duro. Eso sí es un reto físico que requiere de gran fortaleza mental.

A eso dediqué el sábado por la mañana.

Creo que se puede aprender mucho de una mujer por la ropa que selecciona, por la que descarta o en qué se fija. Y yo el sábado aprendí mucho, y no sólo de ropa. También de arte, geografía e historia. Aprendí sobre costumbres hindúes y sobre todo, aprendí que el calzado cómodo es fundamental a la hora de caminar 6 horas por la ciudad de tienda en tienda y tiro porque me toca.

Eso sí: me lo pasé en grande. Y me recordó a los viejos tiempos, cuando yo hacía esto más a menudo. Comprar, digo.

[…]

La noche fue muy curiosa. Y larga. Tan larga como que duró hasta el domingo por la mañana. Hacía tiempo que no me acostaba al amanecer, y menos después de una mañana y tarde frenéticas y sin un minuto de siesta. Va a ser que me he vuelto joven otra vez. No sé.

Ocurrieron dos cosas relevantes esa noche. En realidad podríamos decir que ocurrieron tres, pero una me la reservaré de momento para un post futuro. Espero. Así que empezaré por la primera. Conocí a una mujer muy interesante. Creo que es la primera vez que doy la dirección del blog a alguien para que lo lea, sin estar en un B&B. Como se lo apuntó en el móvil supongo que leerá esto y sabrá que me refiero a ella. Pero es que es verdad: me resultó muy interesante. Y su novio me calló muy bien también.

Hablamos durante mucho rato y me dio algunas indicaciones de cómo dejar de ser el Señor Capullo y convertirme en el Puto Amo. Bueno… es una forma de hablar, claro. Algo así como el famoso cambio radical que auguraba Lentillas. Siempre según la opinión de esta mujer, lo primero que tengo que hacer es darme cuenta de que principalmente el problema lo tengo yo. Quiero decir, que soy yo el que proyecta esa imagen de Capullo integral. Claro que, bueno, no es fácil dejarlo. Recuerdo que una vez, hace ya casi un millón de años, Ángela, una comentarista del blog me dijo que en realidad interpretaba el papel del capullo que creía que era. Así que supongo que será verdad, si tantas personas lo dicen.

Yo me defendí, claro, como gato panza arriba. No soy de los que dan su brazo a torcer fácilmente. Alegué mala suerte… o más que mala suerte, inoportunidad. O sea, llegar en el momento menos oportuno. O demasiado pronto, o demasiado tarde… pero difícilmente en el momento. Por ejemplo: O la chica que me gusta lo acaba de dejar con el novio… o acaba de empezar. Y en estas páginas he plasmado al menos tres ejemplos de esto que estoy contando (ya veis, ofreciendo documentación).

No cedí mucho, pero creo que esta mujer, de bonitos y profundos ojos azules, tenía mucha razón.

[…]

Entre unas cosas y otras no sé muy bien cómo me vi en un local al que no había ido nunca. Esto es algo que suele pasar, sobre todo porque no suelo prestar mucha atención a los sitios a los que me llevan. Y este no fue diferente. Aunque sí curioso. No era por el local en sí, que era lo de siempre (más bien a oscuras, luces brillantes, una o dos bolas colgadas del techo, música a tope, una barra o dos, la típica camarera hasta el moño de estar de pie, el baño ligeramente poco limpio y todo eso que hay en un bar de copas cualquiera del universo). Era más bien por la gente. Por un momento me sentí como Michael J. Fox en regreso al futuro. Me sentí como inmerso en la fiesta de fin de curso de “Encantamiento bajo el mar”. Y no es coña.

Digamos que soy un tipo poco musical. O sea, si me doy golpes en la barriga suena, como le pasa a todo el mundo. Y si me la golpeo rítmicamente, suena… pues eso, con ritmo. Lo que quiero decir es que no soy alguien que necesite escuchar música continuamente. Debo de ser la única persona del mundo que no tiene un iPod. Y el que tenga el CD del coche roto no me ha supuesto ningún problema. Tengo miles de canciones que me he bajado con la mula, pero al final escucho las 20 o 30 de siempre. Y eso cuando me acuerdo. Así que no estoy muy al tanto de movimientos musicales actuales. Por eso no sé si lo que vi el sábado era un grupo de gente disfrazada de los años 60 o lo último de lo último en cuanto a modernez se entiende.

Pero juro por lo más sagrado que hay que mi abuela tenía una foto con un vestido igual hace 50 años. Y el peinado… idéntico. Tentado estuve de acercarme a la chica y decirle que no se casara con mi abuelo, a ver si eso provocaba una paradoja espacio temporal, o algo así.

[…]

La noche terminó paseando por las vacías calles de la ciudad y, porque uno es un caballero, acompañando a una amiga de una amiga (de una amiga), mientras los trabajadores municipales limpiaban la porquería de una noche de marcha. Y con el sol amaneciendo tímidamente por el horizonte… y los pajaritos desperezándose.

Cuando llegué al coche, situado en un lugar con unas vistas impresionantes de la ciudad, con ese amanecer rojo pasión y los pajaritos piando y, bueno, todo eso que he dicho antes… esto… pensé en cierta persona con la que me hubiera gustado mucho compartir semejante espectáculo. Es que estando solo (sin contar al tipo dormido en el coche de al lado) como que es menos bonito… ¿No?

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El otro día dejamos la historia justo en el momento de entrar por la puerta de la casa rural. Y la retomamos justo en el momento en que alguno de mis amigos abrió la puerta de la casa, una bonita casa de tres pisos, de piedra y madera, perfectamente decorada al más puro estilo rural y situada en un pueblo ya muy rural de por sí. Aunque llegábamos más temprano de lo previsto ya estaba todo preparado perfectamente para la cena. Eso sí: nos estaban esperando.

Procedí a presentar a huracán a los que no la conocían, y no pude evitar cierto orgullo y satisfacción (como el Rey) al ver la cara que puso mi amigo Escarabajo cuando vio a la preciosa sureña. Y eso que no se había esmerado demasiado en arreglarse para la ocasión… pero es que mi chica está preciosa con cualquier cosa, sobre todo si en “cualquier cosa” hay un vertiginoso escote. Y ese era el caso.

Nos distribuimos por la larga mesa para la cena. Una de mis amigas, de la que quizá hablaré en algún post en el futuro, había preparado unas riquísimas ensaladas que ayudaban, en gran medida, a desengrasar la maquinaria estomacal después de tantos días de comilonas. Eso sí, el jamón ibérico, el lomo ibérico, el chorizo ibérico y el queso ibérico no podía faltar. Había, además, algo de pollo (ibérico) con cebollas caramelizadas, mejillones, atún (también ibérico) y algunas otras cosas que no probé. Me estaba reservando, en cierta medida, para el segundo plato. Un enorme costillar de Cerdo, al horno, en su jugo. Puedo decir que la cena, obra en su mayoría de mi amiga, fue un rotundo éxito…

Minutos antes de las campanadas no nos poníamos de acuerdo sobre como hacer el ritual del paso de año. Unos querían ir a la plaza del pueblo para mezclarnos con los lugareños. Otros, los más, preferían quedarse en la casa y no pasar frío. Al final optamos por esto último. Eso sí: todos estuvimos de acuerdo en que bajo ningún concepto optaríamos por Telecinco para despedir el año…

No terminé de masticar todas las uvas. Esto es muy normal en mí. Nunca me da tiempo. Así que, como si de un enorme hámster me tratase, repartía besos y abrazos a cuantos tenía a mi alrededor con los mofletes llenos, reservando uno muy especial para Huracán, claro. Parece mentira, pero ya es el segundo fin de año que celebramos juntos, aunque muy diferentes entre sí.

Uno de los que faltaban llegó pasada la una de la mañana. Había cenado con su madre y se había venido poco antes de las campanadas. Él suele hacer este tipo de cosas normalmente así que no nos extrañó. Además, venía equipado con todo lo necesario para hacer un Queimada, exceptuando el Conxuro. Y nos dispusimos a hacerla, encima de la mesilla, y frente a la chimenea (saltándonos uno de los puntos del contrato de arrendamiento que hacía referencia a “no hacer fuego en lugares no habilitados para ello. Aunque bien mirado, tampoco se podía fumar y algunos lo estaban haciendo… incluida Huracán).

La fiesta continuó entre bailes y risas, aderezada con caipiriñas, cubatas y algunas otras sustancias ilegales.

No sé qué hora sería, pero estaba en la cocina hablando con mi amigo Bob el silencioso, mientras nos preparábamos algo de beber. Bueno, yo hablaba y él me escuchaba. O creo que me escuchaba… no sé. Es caso es que Huracán entró en la cocina con cara de niña mala. Supongo que se había hartado de bailar.

– Este año no me has hecho nada de caso… – me dijo.
– Ni tú a mí.

Me fijé que Huracán se había cambiado de ropa. Llevaba puesto algo más recatado, con menos escote, pero más cómodo a la hora de bailar como una posesa, aunque estaba igualmente preciosa. Me cogió de la mano y me sacó de la cocina, hasta un rincón apartado del comedor, interrumpiendo el monólogo con Bob el silencioso.

Mientras la mayoría seguía celebrando el año nuevo en la sala de fumadores, Huracán y yo nos dedicamos un ratito a nosotros. Digamos que ahí empezó la fiesta de verdad esa noche. Hablamos, nos reímos… un momento muy íntimo. Y se me pasó el tiempo volando.

– Huracán… ¿Tú quieres tener hijos? – Le pregunté mirándola a los ojos. Desde que hablé sobre este tema una noche por el chat con una conocida bloguera me asaltaba la duda. Es un tema importante pero complicado de abordar.
– No sé… Supongo que sí. Pero todavía no me lo he planteado… ¿Y tú?
– Quiero tener un pequeño Sr K en pequeñito… ya sabes, para enseñarle todo lo que no tiene que hacer con las mujeres… y, si puedo, quiero tener también una pequeñaja que sea tan guapa como su madre… para que me saque los cuartos.
– Ja ja, como eres…
– No, de verdad. Soy un blando… y si la niña me mira, me hace un puchero y me pide dinero, lo más seguro es que se lo de…

Lo que parecía un ronquido de un brontosaurio constipado rompió el momento de las confidencias. Lleno de curiosidad dejé a Huracán y me acerqué a la zona de la chimenea. Alguien había apagado la música y sólo quedaba Almanzor, tirado en el sofá, roncando a pierna suelta. Unos rescoldos al rojo eran lo único que quedaba del fuego en hogar, y la única iluminación que había eran las luces de navidad colgadas de la pared, que aumentaban y disminuían la intensidad de la luz periódicamente. Almanzor abrió un ojo.

– ¿Qué haces aquí solo? – Le pregunté.
– Los demás se han ido a la cama… yo me he quedado aquí un rato, a meditar…
– Pues estás meditando muy profundamente… vamos, que los ronquidos se escuchan en el comedor… ¿Por qué no te vas a la cama? Estarás más cómodo… y meditas hasta mañana.
– Tienes razón… – Se levantó del sofá – ¿Tú te quedas?
– Sí… nos quedamos un rato más…
– Ah, ya… buenas noches. Mañana nos vemos…

Y se marchó. Eché un par de troncos a la chimenea, y le di con el fuelle un poco, para reavivar el fuego. En realidad en la casa no hacía frío, la calefacción funcionaba estupendamente, pero se trataba de darle un poco de ambiente a la escena. Y fui por Huracán al comedor. En el sofá, frente a la chimenea, estaríamos más cómodos.

Huracán tenía algo de hambre, y me pidió que le cortara un poco de jamón y de lomo. Eran casi las seis de la mañana, así que el hambre era comprensible. Aunque yo estaba todavía repleto, después de tantos días comiendo sin parar. Preparé un platito de jamón, con los últimos restos del lomo, y unos trozos de pan. Y un par de vasos con hielo y ron, para pasar la comida mejor. Y nos acomodamos cerca de la chimenea reavivada.

Yo la miraba comer en silencio, dando breves sorbos al ron. Al final era verdad que tenía hambre… cuando terminó dejó el plato en la mesilla, encima de los restos de la Queimada y le dio un sorbo a su copa. También la dejó sobre la mesilla, haciendo lo mismo con la mía. Se puso a horcajadas sobre mí y me dijo:

– Hazme el amor…

¿Cómo negarme?

Fuera debía de hacer un frío de mil demonios y faltaban apenas un par de horas para que amaneciera. El fuego chisporroteaba en la chimenea con su danza hipnótica. Tenía a una preciosa mujer sobre mí comiéndome a besos y todo parecía indicar que la cosa iría mejorando con los minutos…

¿Acaso hay una forma más afortunada de empezar un año?

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