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Posts Tagged ‘Gataparda’

He estado muy malo. Al borde de la muerte. O todo lo cerca de la muerte que se puede estar con una gripe. Una amiga me dijo el sábado que parecía mentira que hubiera vuelto de Nepal sin un rasguño y que luego, una simple gripe, me haya dejado tirado dos semanas y pico. Y tiene su parte de razón. Por suerte ya estoy plenamente recuperado. Creo.

Y entre fiebres y toses, en todo este tempo que he estado en hibernación bloguera no es que mi vida se haya detenido. No. En realidad han pasado cosas, interesantes muchas, curiosas otras y hasta alguna de ellas van, y muy bien, con la temática de este blog.

La más importante es que he conocido a alguien.

Se trata de Heidi, una amiga de mi amiga Gataparda. Una amiga que tenía escondida en vete a saber tú dónde (en realidad sí sé dónde), pero que se presentó una noche de improviso y consiguió llamar mi atención. Y lo que fue más importante, parece que yo logré captar la suya. Lo cierto es que nos pasamos toda la noche hablando y riendo sin parar. Digamos que terminó alegrando un día que había empezado siendo una mierda enorme.

Heidi es pequeñita y de aspecto tremendamente juvenil. De hecho le eché menos años de los que ella afirmó tener, cosa que no me he terminado de creer todavía. Es femenina y atractiva, y guapa, y con un gran sentido del humor. ¿Qué más se puede pedir?

Pues volverla a ver al día siguiente.

Yo estaba muy caliente… 39 grados de caliente. Entró en juego la fiebre y no pude verla, y eso que hice el intento y todo… pero así no se puede. Eso sí, “Esta noche pensaré en ti” fue lo que me dijo. Sólo le puede pasar al Señor Capullo lo de ponerse malo en un momento tan importante. Pero esa frase de “Pensaré en ti” no dejaba de ser esperanzadora. ¿Que más se puede pedir?

Pues que se quede en España el tiempo suficiente.

Pero Heidi ha vuelto a Alemania, donde trabaja de profesora en la universidad y donde está terminando su tesis. Sólo había venido a España para pasar las vacaciones de Navidad con la familia. Y sólo una semana después de haberla conocido se marchó. Y, nuevamente la fiebre, me impidió despedirme de ella.

Así que básicamente sólo la he visto una vez, pero hablamos casi todos los días por Internet. Alguna vez Heidi sólo se ha conectado para mandarme un beso, si está muy liada. Otras charlamos durante horas. Y a mí cada vez me gusta más.

La buena noticia es que Heidi pasará unos días en España en marzo. Y marzo ya está aquí, como quien dice…

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Al salir un día cualquiera por la noche es fácil ver a una, dos o medio centenar de chicas que te pueden resultar atractivas. A mí me pasa… y no sé si es cosa del verano o se trata más bien de los avances de la técnica… pero lo cierto es que hay un montón de chicas guapas ahí fuera (como decía el Capitán Furillo, aunque él en realidad decía eso de “Tengan cuidado ahí fuera”… pero, bien pensado, si hay tantas chicas guapas… Habrá que tener cuidado ¿No?).

El problema no es tanto que haya muchas o pocas mujeres que te puedan gustar… el problema es más bien que tú les gustes a ellas. No a todas a la vez, claro, de una en una… en realidad una. Esa. La que te ha gustado en ese momento. Se trata de hacerle ver que te gusta (eso ya lo sabe, claro, porque llevas un rato mirándola todo lo disimuladamente que has sido capaz… así que es eso o que tiene un moco pegado en la nariz), pero sobre todo se trata de saber si tú le gustas a ella. Y para eso hay que acercarse y decir algo. Es parte del trato… ¿Tienes pito? ¿Puedes mear de pie? Sí… pues te toca acercarte, macho. Bueno, a no ser que seas el doble perfecto de Leonardo Di Caprio, Brad Pitt o el que quiera que esté de moda hoy en día… a esos las chicas se les apelotonan alrededor. Pero como no te pareces a Leonardo Di Caprio, toca acercarse…

Quitando a los tipos borrachos o puestos de algo que sólo son atractivos para sí mismos, bajo su visión de la realidad distorsionada por las sustancias, el resto de tipos nos dividimos en dos categorías. Los monos y los brasas. Se distinguen claramente. Veamos un ejemplo:

El brasas se acerca a una chica y le dice. “Hola. Llevo un rato mirándote y creo que eres muy guapa”.

El mono se acerca a una chica y le dice. “Hola. Llevo un rato mirándote y creo que eres muy guapa”.

¿Cómo se distinguen? Cualquier chica los habría sabido al momento. Es muy fácil… el mono es el que está bueno.

Así que por pura dicotomía, yo pertenezco al grupo de los brasas.

A veces pienso que ligar por la noche es como ser delantero centro en un equipo de fútbol. O sea, ligar es como marcar un gol. A veces estás en racha y marcas en todos los partidos… como que te tiras media temporada sin oler puerta… y eso que tiras a todas las porterías que se te ponen por delante. Ojo, digo marcar gol, pero no estoy hablando de penaltis. Un penalti suele llevar acarreado un bombo y, a veces, una boda. Hay que tener mucho cuidado con los penaltis.

Bromas aparte, la moral es fundamental para ligar. Y como cualquier delantero sabe, con la moral alta se intentan cosas que no se pensarían teniendo la moral baja. Conseguir goles aumenta la moral, y llevarse palos, la baja. Algo muy simple. Para aumentar la moral no hay nada como las camareras. No estoy diciendo que las camareras sean fáciles, ni mucho menos. Es más, no suelen ser nada fáciles, acostumbradas a bregar con todos los tipos brasas del bar. Pero tienen una cosa a tu favor… están obligadas a hablar contigo. Así que al menos no tienes que romper el hielo… y no suelen ser desagradables. A lo mejor no marcas gol… pero practicas con los regates y los tiros a puerta…

Todo este rollo viene a cuento por lo siguiente: El viernes salí a tomarme algo con mi amigo Rico por el centro. Con él y con Gataparda. Avisamos a más gente pero el verano hace estragos en las filas de los amigos… la mayoría de vacaciones. El caso es que, como siempre, fuimos a una taberna donde ponen buen jamón y buena cerveza. Charlábamos tranquilamente cuando de pronto…

De pronto fue como si se hiciese de día. Una chica sonriente y preciosa entró en la taberna. Morena, pelo liso y largo, guapa, no, guapísima. Y lo que es más asombroso, vestida con un simple vaquero y una camiseta negra. Nada de pintura, nada de tirantitos, nada de minifaldas. Pero daba igual, porque la sonrisa quizá sea la sonrisa más bonita que he visto nunca. Blanca y radiante (como suele ir la novia), y constantemente puesta. La frase que estaba diciendo se cortó a medias y creo que todavía andan esperando que la termine… pero es que mi cerebro necesitaba de toda su capacidad para registrar el momento.

La chica añadió a su indumentaria un delantal de color vino, igual al que llevaban el resto de las camareras, y se situó entre la barra y las mesas. Yo no podía apartar la mirada. No sé si era el efecto de las cañas, el calor o qué, pero lo cierto es que no podía dejar de mirarla. Con disimulo, claro. O con todo el disimulo que era capaz de tener, equivalente al que podría aplicar un elefante en una cacharrería. En no pocas ocasiones nuestras miradas se cruzaron y, en contra de lo que habría sido lo lógico, mantuve la mirada siempre. Ella también. Y no perdía la sonrisa… así que os podéis imaginar como estaba en ese momento.

Llegó el momento de irse y, a pesar de que lo normal habría sido quedarnos en el bar hasta que cerrara, mis amigos no encontraron suficiente justificación en el argumento de que era la sonrisa más bonita que había visto. Así que pedimos la cuenta (a ella) y nos fuimos. Pero antes de cruzar el umbral me di la vuelta. No podía dejar las cosas así. Me planté delante de ella y le dije:

– Hola.
– Hola.- Y me obsequió con una sonrisa marca de la casa.
– ¿Puedo saber tu nombre? – En realidad la frase que tenía que haber salido era “¿Puedo saber tu nombre? Es para saber con quien voy a soñar esta noche”, pero por algún motivo del subconsciente, sólo salió la primera parte…
– Sí, me llamo “…”. ¿Y yo puedo saber el tuyo?
– Claro, soy Sr K
– Encantada Sr K.
– ¿Sabes que tienes una sonrisa preciosa?
– Gracias. – Y sonrió otra vez.
– No… gracias a ti. De verdad.

Y me marché.

Podría haberle pedido el teléfono. Lo sé. Quizá haya sido un error, pero mi Estado Mayor creyó conveniente no hacerlo. No todavía. Cualquiera puede pedir el teléfono, y eso no me diferenciaría de un brasas cualquiera… ella podría haber estado siendo sólo educada.

El plan es volver a encontrármela en ese bar e iniciar un segundo contacto.

No me he equivocado… ¿Verdad?

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La preparación para el viaje a Nepal de dentro de 193 días 20 horas y 44 minutos está en marcha. Estoy aprendiendo palabras en nepalés, para el día a día por allí. De momento no muchas y, bueno, no he encontrado la forma de decir “Hola chata… ¿Estudias o llevas pesados fardos de senderistas sobre tu espalda?”. Eso sí, he aprendido la palabra Namaste (pronunciado: Namastei) que significa: “Salve al Dios que hay en ti”. Sería un equivalente al Hola nuestro.

La preparación incluye también el aspecto físico. No me he explicado bien. No me refiero a que me esté rasgando los ojos para parecerme al nepalés medio, no. Me refiero a que me estoy poniendo en forma para soportar las largas marchas en altura. Esa preparación incluye el correr para ganar fondo, ejercicios de pesas para fortalecer mis piernas y, por supuesto, marchas por la montaña con algo más de peso del necesario, para ir cogiendo la postura típica del montañero (ligeramente inclinado hacia delante). Incluso me estoy dejando una poblada barba, para parecer más montañero todavía.

Este sábado fue una de esas rutas montañeras para coger fondo. En realidad nada reseñable, excepto el hecho de que estaba usando las botas que llevaré a Nepal… nuevas y duras. Una especie de doma. Una doma que me deslomó a mí, la verdad. Fueron unos 18 kilómetros sin demasiado desnivel, marchando por el cordal de una montaña, azotada por el viento. Pero en los ratos que no soplaba, o cuando parábamos para descansar al resguardo del viento, el sol calentaba lo suficiente como para que no fuera desagradable tumbarse con los brazos detrás de la cabeza, y disfrutar de sus cálidos rayos.

Por supuesto, me quemé la nariz.

Por la noche no tenía ganas de salir, pero, en fin, uno es joven y soltero y, bueno, al menos lo primero no durará toda la vida. Así que hice el esfuerzo de obligarme a salir un sábado por la noche, a pesar del dolor de pies, y de piernas, sobre todo en la zona de las espinillas. No tenía intención de quedarme mucho rato y tampoco sabía quienes vendrían… así que fue toda una sorpresa para mí enterarme que vendrían Gataparda y Pampa. También estaba Atenea.

Os describiré a Pampa porque, amigos, estaba espectacular. Ella es morena, pelo largo y negro. Melena al viento, suelta y con unas preciosas ondas cayendo libremente sobre su espalda y hombros. Llevaba un vaquero oscuro, pero que era algo más que un vaquero, era un vaquero y corpiño a la vez. Y el corpiño, ese gran invento, hacía que las miradas cayesen todo el rato en el escote espectacular (y es la segunda vez que uso esta palabra en un solo párrafo). Estaba muy guapa y sonriente.

Fuimos a comer algo a una taberna y, por esas cosas que tiene el destino, me tocó estar a su lado y junto a Gataparda también, cuando nos pusimos alrededor del tonel que hacía las veces de mesa. Pampa me dijo, en un tono sensual y meloso, que si le podía conseguir una banqueta. En realidad la banqueta la necesitaba yo más que ella, por todo eso que os he contado del dolor de pies y demás. Pero uno es un caballero y tiende a socorrer a damas en apuros. Justo detrás de nosotros había un grupo enorme de gente, todos ellos sentados. Me acerqué a ellos y dije:

– Hola. Disculpad, pero he visto que tenéis una banqueta libre…

– No está libre. Es de uno que está en el baño. – Me dijo la portavoz del grupo.
– No, ya… pero veréis… es que en mi grupo tenemos una coja y, en fin, le haría mucha falta la banqueta.

Debí de sonar muy convincente, porque uno de los chicos me cedió su banqueta. Y me dirigí a nuestro tonel con el botín en las manos. Pampa me miraba con una sonrisa de oreja a oreja… pero pasé a su lado sin detenerme. En realidad no había mentido, en nuestro grupo había una coja, Atenea. Y ella necesitaba la banqueta más que yo mismo. Además, el tono de voz me sonó a manipulación, no sé si me explico. “Estoy buena y te estoy sonriendo… así que harás lo que yo te diga”. Vale que su escote me tuviera hipnotizado… pero de ahí a estar bajo su poder…

Cuando nos trajeron una sartén de huevos estrellados con patatas y chorizo, Pampa fue la primera que lo probó y me dijo.

– No tiene sal.
– Está muy bueno – Dije al probarlas yo también.
– A mí me gusta con sal… ¿Por qué no vas a por un salero?
– ¿Y como fue? – Ella me miró sin comprender – Si mujer… ¿Cómo fue el accidente donde perdiste las piernas? – El comentario provocó las risas del grupo. Por supuesto no fui a por el salero, sobre todo cuando había logrado encontrar una postura en la que no me dolían tanto los pies.

Seguimos durante un buen rato, charlando y comiendo jamón acompañado de palillos de pan, riéndonos y pasando un buen rato. Yo podía apartar la mirada a duras penas del escote de Pampa y supongo que ella lo sabía. Una mujer no se viste así sin saber que inevitablemente atraerá las miradas, supongo. Pero los pies me estaban matando, por estar tanto rato de pie.

Salimos de la taberna y había que decidir dónde ir. Estábamos en una conocida zona de bares del centro, lugar de marcha habitual y con más bares per cápita del mundo. Pero no. No podíamos quedarnos en el primer bar que encontráramos… a Gataparda se le ocurrió la genial idea de que podíamos ir a otra zona de marcha de la ciudad… que no estaba lejos, sólo a unos veinte minutos andando desde donde estábamos. Todos estuvieron de acuerdo… y yo normalmente también lo habría estado.

– Bueno, pues si el plan es irse para allá, creo que ha llegado el momento de que me marche…

– Venga, hombre, si da igual un sitio que otro.- Me dijo Almanzor.

Me dolían los pies, me había levantado a las 7 de la mañana, había andado 18 kilómetros con unas botas muy duras y sin domar, cargado con peso en la espalda y, sobre todo, me parecía de género tonto el movernos de zona para ir a un bar igualito que cualquier otro bar de los que había por allí, simplemente por el hecho de que una chica guapa quisiere hacerlo. Además, ese empeño me sonaba a que había interés en ir por allí por ver a alguien…

– No, en serio, me piro.

Gataparda insistió en que me quedara. Pampa hizo lo mismo. Pero me marché a mi casa.

Hace tiempo decidí que sólo haría lo que me apeteciera y que, llegado el momento de decidir, optaría por mí mismo como primera opción. A fin de cuentas, ellas hacen lo mismo y, al final, da igual cuantos sacrificios haga uno… siempre se quedan con el poli.

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Lo malo que tiene ir de viaje con un grupo de amigos, en el que no haya ninguna pareja, es que, lo normal, será dormir con otros tíos. Si hay suerte, incluso en camas separadas… aunque esta circunstancia no siempre se da. En esta ocasión me tocaba dormir con Almanzor y Rico, afortunadamente cada cual en su cama, y dios en la de todos. Tres tíos durmiendo en calzoncillos en la misma habitación y roncando como si la vida nos fuera en ello… podríamos decir que formábamos la versión de andar por casa de ”Los tres tenores”.

Rico volvió a las 7 de la mañana intentando hacer el menor ruido posible. Intentar, lo intentó… pero me temo que no lo consiguió. Me costó dormirme y, al rato, Almanzor se levantó con la sana idea de darse una ducha y acicalarse para ver a su amiga. El ruido de la ducha terminó de despejarme por completo. No eran más de las nueve y media y tenía todo el día por delante… un bonito día de sol, a juzgar por la luz que entraba por la ventana.

Pero había un problema: Si Almanzor se marchaba con su amiga, Atenea estaba con su hermano, y Rico y las demás llegaron al Hostal a las 7 de la mañana… me encontraba en Barcelona, como quien dice, solo y sin plan. Tenía tres opciones. O me quedaba en la cama esperando a que los demás se levantaran, o me marchaba a dar una vuelta solo o…

Le puse un mensaje a Princesa, a ver si sonaba la flauta. Iba a hacerlo de todas maneras, pero no las tenía todas conmigo de que estuviera en la ciudad o pudiera quedar.

Princesa (en realidad el nombre completo es Princesa Leia, otros de los pocos nombres reales que pongo en esta historia), es una amiga que hice en el ya famosísimo Camino de Santiago. Una atractiva mujer de pelo castaño, liso, guapa y sonriente, siempre sonriente. Y muy femenina. Tiene un grandísimo sentido del humor, porque siempre se ríe con mis chistes y mis ocurrencias. Siendo sinceros, la única razón por la que no le tiré los trastos en su día fue porque Lentillas estaba muy presente en mi cabeza, y luego… luego no nos vimos mucho, viviendo tan lejos. Ella vino una vez a mis dominios, y yo subí otra a Barcelona… pero poco más.

Efectivamente hubo suerte y Princesa podía quedar… pero por la tarde, y sólo por la tarde… porque por la noche tenía una cena. Mejor era eso que nada. Pero había que pasar la mañana como buenamente pudiese.

La mañana se pasó esperando. Primero esperando a que Rico, que se despertó con mi ducha y con los mensajes, bajase a desayunar. Luego, esperando a que nos pusieran el café. Más tarde, esperando a que Risueña y Gataparda terminasen de arreglarse para salir. Después, esperando a que encontraran la cafetería y decidieran qué tomarse… esperando. Al final nos pusimos en marcha sobre la una de la tarde… muchísimas horas desperdiciadas en no hacer nada.

El recorrido turístico fue más o menos el siguiente: Fuimos a Monjuit, a disfrutar de las vistas de la ciudad y, al final, terminamos aparcando cerca del puerto, a un paso del barrio gótico. Ya era la hora de comer, así que buscamos un sitio donde no fuera muy caro hacerlo, algo que, teniendo en cuenta que no conocíamos la ciudad ninguno, fue difícil. Tuvimos suerte y el que elegimos estuvo muy bien. Eso sí, pasamos las dos horas siguientes allí dentro, con una larguísima sobremesa.

Cansado de esperar a que mis compañeras de viaje salieran de cada una de las tiendas de regalos de las inmediaciones de la Paza del Rey, salí escopetado hacia el lugar de reunión. A las 6 y media estaba en Plaza Catalunya, justo en la puerta del Café Zurich, que debe de ser como quedar en el Oso y el madroño en Madrid, o en Picadilly en Londres… muchísima gente.

Princesa llegó y nos fundimos en un fuerte abrazo. Estaba preciosa y sonriente, igual de preciosa y sonriente que casi tres años atrás, en el mismo sitio. Claro que, en aquella ocasión, llegué media hora tarde (cosas de no conocer la ciudad). Sólo tendríamos tres horas para estar juntos, porque ella tenía una cena a la que no podía faltar. Entre otras cosas, porque celebraba su cumpleaños. Tres horas para ponernos al día…

Mientras hablábamos paseábamos por unas Ramblas atestadas de gente. La temperatura primaveral, las actuaciones callejeras y los puestos de regalos atraen a la gente como la miel a las moscas. Pero no presté atención a nada de todo esto. Había muchas cosas de las que hablar, después de tanto tiempo.

Princesa terminó la carrera, después de hacer el último curso en Salamanca, y ahora se marchaba a Canbridge a aprender inglés. En principio tres meses, aunque sin billete de vuelta, por si acaso se alargaba más. Su intención era entrar a trabajar en algún museo o algo así. Había perdido el contacto con otros de los peregrinos catalanes del grupo. Recordamos viejas anécdotas del viaje… y se nos pasaron las horas voladas. Tan voladas que cuando miramos el reloj había pasado la hora en la que ella había quedado…

Nos despedimos con otro abrazo en el mismo lugar donde nos habíamos encontrado, y con la promesa de que en cuanto vuelva de Inglaterra vendrá a mi casa una temporada. A ver si lo cumple. Sin lugar a dudas, el rato con Princesa ha sido lo mejor del fin de semana.

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Este fin de semana me marché de turismo a Barcelona, con unos amigos. Almanzor, Rico, Gataparda, Atenea y Risueña. Un viaje relámpago para visitar la ciudad y pasar el fin de semana. Eso sí, los deberes estaban hechos, y el voto depositado en la oficina de correos (antes es la obligación que la devoción, dicen).

Antes de que los comentaristas Barceloneses se enfaden por no avisar, diré que no he dicho nada de mi visita a la ciudad principalmente para evitar que mis compañeros de viaje se enteraran de mi condición de Blogero, y descubrieran al Señor Capullo… Sigo empeñado en separar los diferentes aspectos de mi vida, a pesar de que ya no esté Huracán. Habrá otros viajes pronto y sin compañía… lo prometo.

Yo había estado en Barcelona dos veces antes. Una, la primera, por turismo al finalizar el Interail, viendo museos, iglesias y todos los edificios del genial Gaudí que se me pusieron por delante. La segunda, de feria, sin demasiado tiempo para disfrutar de una ciudad que me encanta. Esta, la tercera… pretendía conocer la noche Barcelonesa y lo que se pusiera por delante.

Así que a eso de la una de la mañana, después de dejar las maletas en la habitación del Hostal, refrescarnos un poco y esperar a que las chicas se pusieran guapas (esta última operación se alargó algo más de una hora y media de tediosa espera que casi terminó con la paciencia del sector masculino del viaje), salimos a conocer la marcha nocturna de la ciudad más vanguardista de España.

Supongo que ser la vanguardia de la cultura en España tiene su precio. 16€ de vellón costaba la entrada a la sala de moda. Pero con dos consumiciones, eso sí. Lo que viene a ser (en mi opinión) el canto de sirena de que te dan dos consumiciones con la entrada, obligándote a consumir dos copas que no habrías tomado de no pagarlas. Pero era lo que tocaba y se trataba de conocer cosas. Ya dentro nos enteramos que lo de las dos copas era hasta la una de la mañana. Yo, a esa hora, estaba sentado todavía en la recepción del Hostal… pero bueno.

Tengo que admitir que había muchas mujeres hermosas en el local. Muchas. Profundos escotes, vestidos cortos, caras bonitas y un gran abanico de edades. Incluso había algún tío bueno (a juzgar por los comentarios de mis amigas). Así que todos estábamos servidos.

Yo no soy muy bailongo. Que se tiene que balar, pues bailo, pero sólo si es necesario y la recompensa supera la inversión de energía. No sé quien dijo que el baile es la culminación vertical del deseo horizontal. Y tenía mucha razón. Así que, excepto admirar a las bellezas catalanas, beber mi copa, y escuchar la música electrónica, no había muchas expectativas de éxito para esa noche. Supongo que mis amigos pensaron lo mismo. Y me puse a pensar en mis cosas.

Me di cuenta de que había varias fuerzas poderosas interactuando en ese momento a nuestro alrededor. Tan poderosas que ríete tú de la Gravitación universal. Plantearé la teoría. Por un lado estaba lo que convine en denominar “Atracción Débil”, o lo que es lo mismo, la atracción que nosotros, los tres chicos de mi grupo, ejercíamos sobre el sexo femenino. Esta fuerza se mide en mujeres por hora y no acepta decimales. Luego teníamos la fuerza contraria, que llamé, “Impulso negativo fuerte”, o lo que es lo mismo, la capacidad de repeler a la tías. Se mide en metros y viene a ser la distancia que ponen de por medio las mujeres en cuanto nos acercábamos.

Por el contrario, también actuaba la “Atracción Fuerte”, o lo que es lo mismo, la atracción que ejercían nuestras amigas a los maromos de alrededor. Por último, y para terminar esta clase de física discotequera aplicada, os introduzco en el concepto “Repulsión de Carga”. Todo el mundo sabe que dos fuerzas del mismo tipo e intensidad suelen repelerse, así que, si tenemos elementos que ejercen “Atracción Fuerte” (nuestras chicas) cerca de otros elementos que ejercen “Atracción Fuerte” (otras chicas guapas) se produce un efecto de repulsión francamente interesante.

En la práctica todo este rollo pseudocientífico es para decir que, las chicas guapas que veíamos se largaban en cuanto nos acercábamos y, en su lugar, aparecían maromos intentando ligarse a nuestras chicas. Muchos maromos. Así que, bueno, optábamos por movernos de sitio y volver a comenzar el experimento.

Muy divertido.

Almanzor y yo decidimos marcharnos pasadas las tres de la mañana. Él había quedado con alguien el sábado por la mañana y yo… bueno, pretendía hacer algo de turismo por la ciudad. Y pasaba de sentirme como una partícula subatómica chocando de protón en protón. Los demás se quedaron.

Mañana cuento más.

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El domingo por la tarde me encontraba tumbado en mi sofá, arropado con un edredón, planteándome seriamente hacer algo tan audaz como cambiar de canal. Pero por alguna extraña razón, la película que echaban me tenía subyugado… y eso que ya la había visto y, lo confieso, se trataba de una comedia romántica y ñoña de la pareja de moda de finales de los noventa. Fascinante. Por suerte el móvil empezó a vibrar encima de la mesa. Era Almanzor.

– Oye, tío, ¿Donde estás?
-Pues donde voy a estar… en mi casa.
-Te esperaba hace media hora… ya te estás vistiendo y viniendo para acá…
– No sabía que hubiéramos quedado…
-¿No te ha llamado Rico?
-No…
-Pues vente… están las argentinas, Gataparda…
-Tengo para un rato… me tengo que duchar, adecentar… ya sabes…
– Pues ya tardas…
-Susordenes!!

Las argentinas y Gataparda ya han sido descritas anteriormente en estas páginas, así que no entraré en detalles. Sólo diré que me di prisa por llegar.

Me los encontré sentados en una terraza (porque ya hace tiempo de terrazas) tomando unas cervezas y unas tosas. En el grupo había un individuo que no conocía y que es la excusa por la que escribo este post. Se trataba de una “cita a ciegas” para Follonera, una de las argentinas.

Un tipo alto y de aspecto blando, con una incipiente calvicie mal disimulada, unas enormes gafas cuadradas de moda hace unas cuantas décadas, y que no lograban disimular una mirada ligeramente estrábica. Como única concesión a la estética, una perilla bien recortada. Podríamos decir que era un hombre poco agraciado, pero que era muy simpático y divertido. Pero si dijera esto, estaría mintiendo vilmente. Porque el tipo en cuestión casi no abrió la boca en todo el rato que estuvimos allí sentados. Claro que, siendo sinceros, la situación no sería la más parecida a la que él imaginó cuando le prepararon la cita a ciegas.

Para empezar, allí había demasiada gente.

Follonera se había arreglado. Se había puesto bastante guapa, la verdad, maquillada y peripuesta como para una cita. Un compañero del trabajo le había arreglado el encuentro con un amigo suyo y ella, por más que luego lo negara, se lo había tomado en serio. Eso sí, se llevó a su amiga Pampa… por si acaso. Me imagino que, de haber sido la versión española de George Clooney, Pampa habría desaparecido por arte de magia, en mitad de una pequeña nube de humo violeta. Como de guapo tenía más bien poco, no sólo no había desaparecido Pampa, sino que, ésta llamó a Almanzor, que me llamó a mí y corrió la voz… y nos encontramos siete personas, rodeando a la pareja de “tortolitos”.

Cuando me enteré de la situación, apenas unas centésimas de segundo después de que el pobre tipo se fue al baño (las dos argentinas en comandita me pusieron al corriente), pensé que el que había organizado la cita había sido muy optimista, ya que Follonera estaba fuera de su alcance. Fue un pensamiento fugaz del que me arrepentí casi al instante. En realidad yo no sabía nada de él, excepto que tenía un físico poco agraciado, un ojo mirando para Cuenca en todo momento y muy pocas cosas que decir. Simplemente había basado mi opinión en su apariencia. Igual que ella.

Follonera se quejó amargamente de que su compañero de trabajo no le hubiera organizado una cita a ciegas con un “tío bueno”. Sobre todo porque en cierta forma se sintió “insultada” al pensar que su amigo pudiera creer que ella se sentiría atraída por el tío feo. Claro que, siendo sinceros, los tíos buenos no suelen necesitar que nadie les organice una cita a ciegas, ¿No?

De todas maneras, tampoco demostró otro tipo de cualidades, ya que no abrió la boca. Así que, si tenía un buen fondo, o una personalidad creativa y atormentada… se la quedó para él. También es muy complicado destacar cuando hay un montón de gente desconocida… aunque tengo que admitir que no es algo que me hubiera pasado a mí. Un montón de gente desconocida y, un número tan grande de mujeres bonitas y (todo hay que decirlo) con tan buen sentido del humor, habrían sido un público excelente para mí (pero es que lo mío no es normal. La naturaleza me ha dotado con una boca muy grande y muy poca vergüenza).

Su única aportación a la tarde fue el cálculo del IVA de la cuenta de cabeza. Una habilidad sin duda con grandes posibilidades de explotación en otros momentos de la vida, pero que, a mi entender, no es algo en lo que se fijen las tías. Si hubiera calculado el IVA de la cuenta mientras contorsionaba sus grandes músculos, o lo hubiera hecho mientras pagaba la cuenta entera de todos, lo mismo habría sido diferente. Aunque cada día me sorprenden más las mujeres.

Por cierto: A mí sólo me han organizado una cita a ciegas en mi vida. La chica era guapa y simpática… así que la que debió de salir decepcionada fue ella. Sólo salimos una vez y, bueno, ella se divirtió, supongo. Pero estaba de luto todavía y salió demasiadas veces el nombre de su Ex en la conversación como para que yo me lo tomara muy en serio. Por supuesto, la invité a todo… caballero que es uno.

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Ayer me mosqueé con Huracán. Y no sé si es que ella tenía un día tonto, o lo tenía yo… pero lo cierto es que logró sacarme de mis casillas, y eso no es fácil.

Huracán sigue trabajando de tarde/noche en el Hospital (y lo que nos queda). Ayer era festivo pero todos sabemos que los enfermos no libran porque sea el aniversario de la Constitución. Así que trabajaba, como casi siempre últimamente. Y Yo había quedado con mi amigo Almanzor, otro colega, y unas compañeras de su trabajo para echar unos bolos. No es que sea aficionado a este deporte, que no lo soy (algo que nadie puede dudar a juzgar por mi puntuación de la partida), pero era una manera de llenar una tarde de jueves festivo solitario. Además, las compañeras de trabajo de Almanzor son muy majas y divertidas y a nadie le amarga un dulce.

Las llamaremos Pampa y Gataparda y Follonera. Pampa es una preciosidad de mujer. Con una boca de labios carnosos y sensuales como pocas… a lo que hay que añadir un tipazo y, amigos, ese acento argentino tan meloso musical e hipnotizante. Morena, de pelo liso recogido en una coleta, y ojos marrones y brillantes. (Nota: doy tantos datos de esta chica, que aportan poco a la historia que cuento, porque pudiera ser que alguna persona de la comunidad sintiera curiosidad de saber cómo es que mi amigo Almanzor queda con un bombón así y se lo quisiera preguntar a él personalmente). Su amiga Follonera, compañera de piso además, es un poco más alta y con más formas femeninas, aunque con menos atractivo que su amiga. El mismo acento argentino pero mucho más cortante en ocasiones. Y, por último, Gataparda es alta (casi tanto como yo) y delgada, muy guapa y simpática y, sobre todo, muy dada a reírse con mis gracias (cosa que me gusta, claro). Ya sé lo que estáis pensando: como siempre el Señor Capullo rodeado de belleza por donde va…

Con semejante compañía no había posibilidad para aburrirse. Si a este elenco de bellezas le añadimos que las bromas eran constantes (pero obviamos el pequeño detalle de que las chicas nos estaban dando una paliza a los bolos) no es de extrañar que lo estuviéramos pasando en grande. En un determinado momento me sonó el móvil y era Huracán: Iba a salir un poco antes de trabajar.

Así que, un poco antes de lo previsto, salí pitando como alma que lleva el diablo a buscar a mi amada, como caballero andante que soy. A pesar de ser festivo, las calles estaban llenas de gente y de coches, y llegué un poco tarde (últimamente voy corriendo a todos lados, y lo que es peor: llegando tarde). Pero como Huracán estaba hablando con su hermano por teléfono no se dio cuenta del detalle.

– ¿Qué hacemos? – Me preguntó nada más montarse en el coche (y darme un beso, claro). – Aunque te advierto que estoy un poco cansada…

Todos sabemos lo que quiere decir realmente una mujer cuando dice esto… así que, como había pocas posibilidades de terminar en la cama, pensé que continuar la velada donde la había dejado no estaría mal. Le dije donde había pasado la tarde, quienes estábamos y lo bien que lo estábamos pasando… y no le ha parecido mal la idea de unirnos (cosa que me chocó, habiendo tres mujeres preciosas en la ecuación). Así que llamé a Almanzor para saber donde estaban y si podíamos reincorporarnos a los bolos. A los bolos no, porque habían cambiado de sitio. Estaban sentados en un restaurante, y ya habían pedido y todo. Me informó, además, que se habían sumado un par de colegas a los que hacía tiempo que no veía. Seguramente luego seguirían por ahí un rato más, tomando algo.

Huracán pensó (y no sin razón) que, entre que llegábamos y conseguíamos aparcar, habrían terminado de cenar… por lo que a lo mejor era más inteligente cenar algo nosotros por la zona del hospital (pero no el bar de la tetona, ni en la cafetería infestada de microorganismos perniciosos para mi salud, ojo) y luego ver donde estaban. El pensamiento femenino, que es así de práctico a veces.

Total, que cenamos por nuestro lado.

Al terminar le volví a preguntar a Huracán si seguíamos con el plan B (por si el plan A volvía a tener posibilidades), y ante su respuesta afirmativa (a la mierda el plan A), hice una nueva llamada de teléfono a Almanzor y quedamos en un conocidísimo bar cercano a donde estaban cenando.

Nuevamente coge coche, métete en la (ahora un poco menos) vorágine del tráfico de la ciudad, y busca aparcamiento. Nada. Otra vuelta más. Nada. Al iniciar la tercera vuelta Huracán sugirió que podría ser una buena idea meter en coche en un parking… porque, total, estaríamos un par de horas como mucho…

Y es aquí donde se inicia el conflicto.

Como vamos a meter el coche en un parking, me acerco todo lo posible a la zona del bar (para andar poco) y, justo cuando enfilo la rampa de bajada del aparcamiento subterráneo va Huracán y suelta:

– No, no. Para. Da marcha atrás…
– Pero Huracán… no puedo dar marcha a tras… tengo otro coche pegado.
– Es que me ha dado el bajón…
– ¿Ahora mismo? Pero si estamos a 50 metros del bar donde hemos quedado… dejamos el coche y cuando te de el aire verás como te animas.
– No, de verdad, que me ha dado el bajón. Llévame a casa…
– Pero si nos están esperando…
– Es que sabes que en el coche me da el bajón…

Insistí un par de veces más con escaso éxito. A casa. Imaginad la cara del encargado de la barrera viéndome entrar y salir del parking un instante después. Pero si a la niña le ha dado el bajón…

Si a la niña le ha dado el bajón nos vamos. Y, aunque sea curioso, no es motivo de enfado. Lo que me enfadó de verdad fue cuando dijo, un par de minutos después de salir del parking, nuevamente en la calle, rodeados de vehículos:

– ¿Por qué no vamos a la sala “…”? Hay conciertos en directo muy chulos…

La Sala “…” es donde le robé el beso a Huracán allá por el mes de septiembre. La Sala “…” está lejos de donde estábamos, y justo al otro extremo de la casa de Huracán. Ir a la Sala “…” supondría, como mínimo, otra media hora de coche más… Así que la sensación que me dio fue la de que no tenía bajón. Simplemente no le había gustado la idea de ir con Almanzor desde el principio. No había sido sincera y me había tenido toda la noche dando vueltas con el coche por la ciudad. Y eso me hizo sentir estúpido.

– No, Huracán, te llevo a casa como querías.- Le dije. Y no volví a abrir la boca en todo el trayecto.

Cuando llegamos, paré enfrente del portal. En doble fila. Quedaba claro que no tenía ninguna intención de subir a su casa. Ahora era yo el que no quería Plan A.

– No te enfades… – Me dijo.
– No me enfado – Mentí – es sólo que no te entiendo. Si querías que viniéramos aquí, sólo tenías que decírmelo. Si no quieres ir con Almanzor, me lo dices. Si prefieres ir a la Sala “…”, me lo dices… pero no me digas que sí, me tengas dando vueltas y volver aquí cuando ya estamos allí aparcados… Te he preguntado qué querías hacer. Te lo he preguntado dos veces.
– Es que me dio el bajón…
– Curioso bajón. Es mágico… aparece y desaparece a voluntad… – Tono cortante – Buenas noches, Huracán. Que descanses.

Y se ha bajado del coche. Eso sí, enfadado y todo, esperé a que entrara en el portal y encendiera las luces.

Y me he ido a casa. Hoy todavía no he hablado con ella.

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