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Posts Tagged ‘hermano’

No sabría decir por qué, pero siempre he pensado que me casaría. Supongo que es porque es algo que hace casi todo el mundo, y en el fondo soy un mono (calvo) mojado. Vamos a ver… no es que me haya imaginado mi boda ni nada por el estilo. No gasto mi tiempo es esas cosas… más que nada porque depende mucho de con quien pretenda hacerlo y todos sabemos que “ellas” tienen mucho peso a la hora de decidir el tipo de boda.

Nunca os he hablado de mi hermano mediano. Físicamente es delgado, rubio y tiene los ojos azules de mi madre. Es un tipo inteligente, no en vano se ha sacado dos carreras (la de ingeniería de él y la de arquitectura técnica de su novia), voluntarioso y muy trabajador. No lo digo por que sea mi hermano, pero es un gran tipo. Eso sí, tiene sus defectos. Por ejemplo, no tiene ninguna habilidad artística y es muy cuadriculado. Y siempre fue el más tímido de los tres, aunque poco a poco ha ido superando eso. Pero, sobre todo, es un poco “pijo”. No me malinterpretéis… con pijo quiero decir que, si tiene que comprar algo, irá automáticamente a comprarse lo más caro. Porque, para él, lo caro es mejor.

Cuando me vino a recoger al aeropuerto, a la vuelta de Nepal, me soltó la gran noticia: Se casaba. Y cuando me lo dijo, me imaginé el típico bodorrio de cientos de invitados, mesas de diez con centro de flores, cigarrillos para ellas, puros para ellos, mesa de los padrinos, amigos chillones al fondo, espada toledana para la tarta y cámara grabando a los invitados con la boca llena. Y el “quesebeeeesen, quesebeeeesen”. Eso sí, de lo bueno lo mejor y de lo mejor lo superior.

La boda fue la semana pasada.

Mi madre me estuvo dando la lata durante dos semanas o más para que me pusiera mi traje de raya diplomática más bonito que todas las cosas. Mi traje de las bodas, todo sea dicho de paso. Eso es una cosa que me encanta de ser tío. Puedo ir a todas las bodas de mis amigos y familiares con el mismo traje… y no pasa nada. Pero esta vez no lo hice. Más que nada porque mi hermano me dijo que no quería que lo hiciera. En su boda, nada de trajes y nada de corbatas. ¿Por qué? Porque la boda ha sido una de las bodas más simples a las que he asistido. Exactamente la boda que yo celebraría.

Para empezar fue en el ayuntamiento. Poca gente, no más de 30 personas, amigos y familiares directos. Unas palabras de uno de los amigos, anécdota embarazosa incluida, y luego un si quiero de mi hermano y, esto es verídico, un yo también de mi cuñada. Y todo el mundo fuera. Exactamente quince minutos de reloj. ¿Y luego? Luego nos fuimos de cañas a un bar hasta la hora de la comida.

A la comida asistió nada más que familia directa. O sea, padres y hermanos, y respectivas. Y el amigo que habló en la ceremonia. Diez personas. Eso sí, fuimos al mejor restaurante de la zona, de esos que te rellenan la copa sin tener que pedirlo. Una sobremesa larga y muchas risas. ¿Y luego? A casa… a dormir la siesta.

La fiesta continuó por la noche. Alquilaron un bar y organizaron una especie de cóctel con barra libre para un grupo reducido de amigos y familiares. Exactamente 42 personas. La fiesta duró hasta las 6 de la mañana y algunos, entre ellos mi hermano pequeño, terminaron muy perjudicados.

Como curiosidad decir que no aceptaron sobres con dinero. Ellos invitaron a todo y a quienes quisieron. Sin compromisos absurdos. La premisa es simple: como no te estoy pidiendo dinero ni regalos, si te invito, es porque me gustaría que vinieras a mi boda; y si vienes es porque te apetece estar en ella. No hay compromiso de ningún tipo. Realmente es una invitación en su sentido más estricto de la palabra.

Y eso es lo que yo querría hacer.

Por cierto, a modo de curiosidad, a la boda fui disfrazado. Exactamente de Hank Moody, el protagonista de Californication. Eso sí, con mucho menos éxito que él. Claro que yo no soy David Duchovny…

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Una de cine…

Llevo una temporada un poco desaparecido. Pero eso ya lo sabe quien quiera que siga este blog… que a juzgar por las últimas estadísticas, somos yo y otro. Normal, por otra parte… no escribo desde hace más de un mes. Vale que están los que entran buscando sexo, gracias a mis anécdotas y, sobre todo, a los títulos que pongo a alguno de mis post (llenos de palabras con significado sexual). Supongo que se van un poco decepcionados…

Hay varios motivos por los que no escribo.

Primero, por falta de tiempo. Estoy metido en varias cosas, y ya se sabe lo que dicen: el que mucho abarca poco achica. Así que he dejado el blog un poco en barbecho. Y ya lo siento. Pero entre todos los temas abiertos, hay especialmente uno en el que participo que consume mucho tiempo. Ya contaré próximamente más cosas sobre el proyecto en el que estoy participando, cuando haya una presentación oficial en sociedad. Sí que puedo adelantar que, entre las tareas de las que me estoy encargando, está escribir un guión de cine. Y es algo complejo. Sólo he escrito algo parecido una vez, y la verdad es que no tiene mucho que ver. Así que estoy leyendo mucho y escribiendo mucho. Y reescribiendo y volviendo a escribir. Una y otra vez. Tiene mucho trabajo y, sobre todo, hay que hablar un montón, en este caso con mi hermano, que es con quien estoy escribiéndolo. Así que nos pasamos el día discutiendo sobre tramas y subtramas, con sus correspondientes nudos de acción; relaciones entre personajes y arcos de transformación de esos personajes; anticipaciones y cumplimientos…

La cosa funciona un poco así: Se me ocurre una nueva peripecia para el protagonista y eso requiere añadir una anticipación algunas escenas antes. Una anticipación es una escena que prepara al espectador para lo que va a ocurrir, una especie de pista. Esa anticipación requiere, por ejemplo, cambiar algo en la personalidad de un personaje, que modifica la relación de ese personaje secundario con el protagonista. Hay que cambiar la presentación del personaje, lo que modifica un nudo de acción… por lo que hay que volver a escribir algunas partes de lo ya escrito… y vuelta a empezar. Imaginad el tiempo que se requiere.

Lo curioso es cómo se va transformando la historia poco a poco. Cómo va ganado en complejidad. Y lo que en un principio iban a ser treinta o cuarenta minutos, va ya camino de ser un largo. Y, aunque es bonito que sea así, un largo es muy complicado de hacer. Requiere tiempo. Más o menos, se graban unos diez minutos de película por cada día de rodaje, lo que para una película de hora y media tendríamos que rodar durante 9 días. Que serían más, teniendo en cuenta alguna de las localizaciones necesarias…

Por no hablar de la pasta. Hace falta dinero para hacer una película, y cuantos más minutos tiene, más dinero hace falta. No para pagar a técnicos o a actores, porque esa gente trabaja gratis. Al menos a estos niveles, porque nadie es profesional y todo el mundo quiere participar en cosas así para coger experiencia y currículo. Así que el dinero se destina al alquiler de material, grúas, focos, atrezzo o, si es necesario, alguna cámara suplementaria. Y el catering, claro.

Pero eso será más adelante. De momento estamos sólo con el guión.

Ya os contaré como va.

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Mi madre está preocupada por mí. Es eso o quiere un nieto a toda costa. Estaba yo en mi casa tranquilamente un domingo por la tarde cuando me empezó a sonar el teléfono. Era mi madre y me decía que estaba a punto de hacer un chocolate caliente y unos churros, por si quería pasarme por allí a merendar.

Chocolate y churros son dos palabras que me resultan muy atractivas cuando están juntas (y separadas… ¿A quien pretendo engañar?), así que me fui para allá tan rápido como pude. Con lo primero que pillé para ponerme.

A ver, era domingo, yo estaba en casa y me iba de visita a ver a mi madre. Así que no iba de punta en blanco. Es más, llevaba puesto el chándal de estar en casa y el forro polar de la montaña, unas zapatillas viejas que tengo para todo tipo de ocasiones, y una camiseta raída por el uso. Estaba peinado de milagro (más que nada porque el pelo tan corto no se puede despeinar).

Junto al chocolate y a los churros estaban mi hermano pequeño y su novia, con los que tengo suficiente confianza como para darme igual si me ven en chándal, en calzoncillos o en traje regional laponés si es menester… pero, además, se habían traído a una joven desconocida con ellos. Una amiga.

A eso lo llamo yo una encerrona.

Rubia, probablemente, estatura media, mona de cara y de labios muy carnosos. Podríamos decir que atractiva a falta de un segundo vistazo. Mi madre sabía por mi hermano que es soltera y, cuando llegó a casa, pensó que podría “organizar” un encuentro. Para que nos conociéramos.

Si algo surgió ese día lo más probable es que fuera una indigestión.

Dos días después operaron a mi madre. Nada grave en principio: Le han quitado una cosa que tenía y le han puesto una cosa que no tenía. Lo que le han quitado es un juanete, y lo que le han puesto es un hierro que le sale del dedo medio del pie. Tiene forma de gancho y sería muy útil para colgar a mi madre del techo y que ocupara menos espacio. Claro que no creo que se dejara… menuda es mi madre.

La intervención, por lo visto, es muy rutinaria y sólo tuvo que estar hospitalizada una noche. Así que prácticamente ha sido un visto y no visto. Aunque me temo que la recuperación será mucho más lenta. Más que nada porque lo que han hecho ha sido romperle, literalmente el pie, para recolocar todos los huesos en la forma que tiene que tener un pie. La función del hierro en forma de alcayata se me escapa de momento.

Al darle el alta fui al hospital a recogerla. Entré en la habitación y me senté en la cama, con cuidado de no rozar el gancho que le salía del dedo. Me dijo que me quedara por allí porque tenía que pasarse una enfermera “Muy guapa” a hacerle la última cura. El uso de ese adjetivo me puso en guardia inmediatamente. Mi madre no usa esos adjetivos a la ligera, así que me imaginé que la cosa iría más o menos en la misma línea que los churros del domingo.

Cuando entró la enfermera fui presentado como “Este es mi hijo el mayor. Está soltero ¿Sabes?”. Y me extrañó que no usase mis apellidos “Es limpio y gana bien”. Por suerte no dejaban estar a los familiares durante los trabajos de curación.

Cuando íbamos en el coche volvió a sacar el tema de la enfermera.

– Es que nosotros ya estamos mayores y pronto vendrán los achaques, y una enfermera de nuera…

No sé si mi madre quiere nietos, está preocupada por mí o, en realidad, se quiere asegurar a una profesional que la cuide cuando sea viejita… a precio de coste.

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Anoche quedé con Tofu. El miércoles fue su cumpleaños y lo celebró ayer (tras un cambio de planes, porque iba a ser el sábado). Y por alguna razón yo estaba invitado. En realidad sería algo pequeñito… ella y yo, su hermano y su mejor amigo, y sus respectivas parejas.

Quedamos en su casa a las 9 de la noche para ir juntos al restaurante, lógico teniendo en cuenta que no conocía a ninguno de los demás celebrantes. Así que me fui con tiempo para poder aparcar en su barrio, algo que ralla con la improbabilidad matemática. Pero se me dio bastante bien y aparqué casi en la puerta tras sólo dos vueltas. Me quedaba por delante un largo tiempo de radio para amenizar la espera. Y había mucho que observar.

Aparqué casi a la puerta de un supermercado y, por las horas que eran, había trasiego de gente, casi todos con uniforme de oficinista: aprovechando la salida de trabajar, visita rápida al súper para comprar algo de comida. En la puerta, un chico subsahariano embutido en un raído abrigo marrón vendía con poco éxito la farola. Me llamó la atención su actitud. En lugar de ofrecer el periódico con desgana, como sabiendo a ciencia cierta que era un gesto inútil, el chaval tenía una sonrisa de oreja a oreja y, como campaña de mercadotecnia, ejecutaba pequeños bailes al ofrecer la publicación. Quizá era para quitarse el frío del cuerpo, pero de alguna manera transmitía simpatía. Casi me dieron ganas de bajarme del coche y comprarle un periódico.

En la acera, junto al coche, había un banco de madera con una pareja sentada en él desafiando al frío. Estaban muy juntos y parecían ser una pareja de enamorados. Seguramente lo fueran. Ella, andina y menuda; él, eslavo y fornido. No llamaban mucho la atención en el ir y venir de la gente por la calle.

Un enorme todoterreno me sacó de mis pensamientos al aparcar en doble fila junto a mi coche, bloqueándome la salida. Del vehículo se bajó una mujer de mediana edad bien resguardada debajo de un abrigo de pelo y de aspecto caro. Bajando de ese coche cualquier cosa tendría aspecto caro. La vi esquivar al subsahariano y meterse en el súper, para salir al rato con una bolsa repleta de cosas. Incluso los que tienen esos cochazos han de comprar comida, supongo.

Poco después de bajar el cierre de la entrada, una puerta lateral del súper se abrió y un chico joven sacó varios contenedores de basura. Se terminó la jornada laboral. En ese momento, la ya casi olvidada pareja de tortolitos del banco se activaron y empezaron a rebuscar entre la basura. Con movimientos precisos, posiblemente adquiridos con la experiencia, fueron separando lo que podría ser comestible. Casi todo lo que cogieron estaba embasado y, me imagino, serían productos caducados que no se podrían vender en la tienda, pero todavía comestibles. Entre los dos llenaron dos enormes bolsas.

Comenzó a caer una fina llovizna. En el reloj digital del salpicadero, las 9 menos 5… había llegado la hora de bajar del coche.

¿El cumpleaños? Tengo que ser sincero: Curioso.

Ella estaba preciosa, con un vestido verde muy entallado la mar de favorecedor, comprado para la ocasión. Era la primera vez que la veía con tacón alto (y me gustó el hecho de que todavía fuera más bajita que yo incluso con tacón).

En el restaurante nos esperaban los demás invitados y, por decirlo de una manera rápida, ella era la única mujer de la mesa. Su hermano y su mejor amigo, con sus respectivos novios. Y nosotros. No sé si sería alguna clase de mensaje.

Pero hubo jamón. Y a mí, con jamón… lo demás me da igual.

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