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¿Sabes, madre? Tengo una sorpresa. Hoy me independizo… sí, sí, ya sé… era lo que querías… anda que no me has dado la lata con que volara fuera del nido. Y por eso vamos a celebrarlo. Hoy cocino yo. Para que veas que todas esas tardes mirándote en la cocina han valido para algo. Ya puedo valerme por mí mismo. No. No quiero que me ayudes. No digas nada. Tú sólo mira y luego me das tu opinión.

A ver… ¿Cómo empiezo? ¡Ah! Sí… comienzo preparando los ingredientes. Siempre lo dices: hay que presentar la materia prima a la cocina, para que se familiarice con ella.  ¡Qué risas me he echado oyéndote decir eso! Primero, calabacines. Creo que con uno grande habrá suficiente. Luego una cebolla. ¿Sabes? Nunca me gustó la cebolla. Quizá es por eso que me dices… sí, ya sabes, lo de que yo soy como una cebolla… con capas y más capas y que al final siempre te hago llorar. Pero a este plato le va muy bien la cebolla. ¡Mucha cebolla! Y tomates. Rojos y maduros. Que den mucho jugo. Me gusta el tomate. Tan rojo, tan espeso… tan… tan… pero habrá que pelarlos, porque tienen la piel un poco dura,  y despepitarlos, como a ti te gusta, para que no se metan las semillas entre los dientes, eh? También tengo algunos pimientos y media manzana… sí, yo creo que está todo. ¡No! Falta el “toque”, el aceite de oliva virgen extra. ¡Extra! ¡Extra! ¡Hoy cocina el hijo pródigo! Sí, ya sé que no te gustan mis bromas… pero es que hoy estoy tan contento…

El aceite. Hay que ser generoso con él. Un buen chorro en la cuzuela. Voy a hacer el sofrito y me hace falta aceite. Lo voy calentando, poco a poco, mientras troceo los otros ingredientes. La cebolla picadita. Con el cuchillo grande. Chaschaschaschas, en trocitos pequeños, para que se pochen bien. Pochar. Esa palabra no me gusta… suena a algo que se pone malo. ¡Esto está pocho! No me gusta. Pero tú siempre lo llamas así. Pochar, pochar, pochar… yo pocho, tú pochas, él pocha… y los pimientos también habrá que pocharlos, todo junto. Y dándole vueltas para que no se pegue… porque no queremos que se queme… No. Hasta que la cebolla esté transparente y el pimiento blando.

Ahora echo el tomate. Lo he cortado en trocitos, como a ti te gusta. Para que se deshaga bien y suelte todo el jugo. Toda su sangre… Vamos a hacer una auténtica salsa de tomate. Otra. Y para que veas que aprendo bien, le echaré la manzana… tu truco. Y vueltas. Hay que darle vueltas para que no se queme. Pero mientras hay que seguir preparando lo demás… más cebolla, más pimiento y el calabacín, claro…. Todo bien picadito. Y lo freímos en otra sartén… que suelte toda el agua… pero el calabacín será lo último, que es más delicado. Y no queremos que se estropee…

Esto tarda, mamá. Cocinar así es lento… es más fácil usar el microondas y calentar algo. Lo sé… pero podemos charlar mientras, ¿no? Yo remuevo y remuevo. Remuevo y remuevo ¿Qué dices? ¿Qué dónde viviré? No lo sé. Seguro que en un lugar agradable. Agradable y tranquilo. Lejos de las peleas y los gritos. Lo siento mamá… ya no me podrás gritar más. Pero ya soy mayor y podré vivir sin ti. ¿Ves como soy mayor? Un niño grande, me has dicho siempre. Pero eso ya terminó. Y el tomate también, parece. Un toque con la minipimer y estará listo. Y reservamos para después, para cuando el calabacín esté blandito… y lo echamos ahí, para que se haga todo junto. Y con eso tendremos el primer plato…

Ahora vamos por el plato fuerte. ¿Estás lista?


– ¿Tienes el informe?

– Sí. No hay duda.

– Y nos estaba esperando. ¡El muy cabrón! Estaba sentado en la mesa, delante de una cazuela de pisto y varios platos. Dijo que eran para nosotros.

– Menudo psicópata… sólo hemos encontrado los huesos. El informe es concluyente: los sesos eran de la madre… era todo lo que quedaba.

– Hijo de puta. Le había frito los sesos… con harina y sal.

– Así los prepara mi suegra.

– ¿Y el pisto?

– No, el pisto estaba cojonudo…

La semana pasada hice mi primer pisto. Chispas. Bajo supervisión de un adulto, en este caso, mi madre, claro. Digamos que yo fui sus ojos y sus manos. Mientras cocinaba se me ocurrió este relato. Esperad, antes de llamar a la policía o a los loqueros, dejad que me explique. No es que se me ocurriera hacerle eso de cocinar los sesos vuelta y vuelta a la pobre mujer. Ya tiene suficiente con el hierro que le sobresale del dedo del pie. Pero pensé que podía ser una manera muy, pero que muy original de presentar una receta…

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El otro día dejamos la historia justo en el momento de entrar por la puerta de la casa rural. Y la retomamos justo en el momento en que alguno de mis amigos abrió la puerta de la casa, una bonita casa de tres pisos, de piedra y madera, perfectamente decorada al más puro estilo rural y situada en un pueblo ya muy rural de por sí. Aunque llegábamos más temprano de lo previsto ya estaba todo preparado perfectamente para la cena. Eso sí: nos estaban esperando.

Procedí a presentar a huracán a los que no la conocían, y no pude evitar cierto orgullo y satisfacción (como el Rey) al ver la cara que puso mi amigo Escarabajo cuando vio a la preciosa sureña. Y eso que no se había esmerado demasiado en arreglarse para la ocasión… pero es que mi chica está preciosa con cualquier cosa, sobre todo si en “cualquier cosa” hay un vertiginoso escote. Y ese era el caso.

Nos distribuimos por la larga mesa para la cena. Una de mis amigas, de la que quizá hablaré en algún post en el futuro, había preparado unas riquísimas ensaladas que ayudaban, en gran medida, a desengrasar la maquinaria estomacal después de tantos días de comilonas. Eso sí, el jamón ibérico, el lomo ibérico, el chorizo ibérico y el queso ibérico no podía faltar. Había, además, algo de pollo (ibérico) con cebollas caramelizadas, mejillones, atún (también ibérico) y algunas otras cosas que no probé. Me estaba reservando, en cierta medida, para el segundo plato. Un enorme costillar de Cerdo, al horno, en su jugo. Puedo decir que la cena, obra en su mayoría de mi amiga, fue un rotundo éxito…

Minutos antes de las campanadas no nos poníamos de acuerdo sobre como hacer el ritual del paso de año. Unos querían ir a la plaza del pueblo para mezclarnos con los lugareños. Otros, los más, preferían quedarse en la casa y no pasar frío. Al final optamos por esto último. Eso sí: todos estuvimos de acuerdo en que bajo ningún concepto optaríamos por Telecinco para despedir el año…

No terminé de masticar todas las uvas. Esto es muy normal en mí. Nunca me da tiempo. Así que, como si de un enorme hámster me tratase, repartía besos y abrazos a cuantos tenía a mi alrededor con los mofletes llenos, reservando uno muy especial para Huracán, claro. Parece mentira, pero ya es el segundo fin de año que celebramos juntos, aunque muy diferentes entre sí.

Uno de los que faltaban llegó pasada la una de la mañana. Había cenado con su madre y se había venido poco antes de las campanadas. Él suele hacer este tipo de cosas normalmente así que no nos extrañó. Además, venía equipado con todo lo necesario para hacer un Queimada, exceptuando el Conxuro. Y nos dispusimos a hacerla, encima de la mesilla, y frente a la chimenea (saltándonos uno de los puntos del contrato de arrendamiento que hacía referencia a “no hacer fuego en lugares no habilitados para ello. Aunque bien mirado, tampoco se podía fumar y algunos lo estaban haciendo… incluida Huracán).

La fiesta continuó entre bailes y risas, aderezada con caipiriñas, cubatas y algunas otras sustancias ilegales.

No sé qué hora sería, pero estaba en la cocina hablando con mi amigo Bob el silencioso, mientras nos preparábamos algo de beber. Bueno, yo hablaba y él me escuchaba. O creo que me escuchaba… no sé. Es caso es que Huracán entró en la cocina con cara de niña mala. Supongo que se había hartado de bailar.

– Este año no me has hecho nada de caso… – me dijo.
– Ni tú a mí.

Me fijé que Huracán se había cambiado de ropa. Llevaba puesto algo más recatado, con menos escote, pero más cómodo a la hora de bailar como una posesa, aunque estaba igualmente preciosa. Me cogió de la mano y me sacó de la cocina, hasta un rincón apartado del comedor, interrumpiendo el monólogo con Bob el silencioso.

Mientras la mayoría seguía celebrando el año nuevo en la sala de fumadores, Huracán y yo nos dedicamos un ratito a nosotros. Digamos que ahí empezó la fiesta de verdad esa noche. Hablamos, nos reímos… un momento muy íntimo. Y se me pasó el tiempo volando.

– Huracán… ¿Tú quieres tener hijos? – Le pregunté mirándola a los ojos. Desde que hablé sobre este tema una noche por el chat con una conocida bloguera me asaltaba la duda. Es un tema importante pero complicado de abordar.
– No sé… Supongo que sí. Pero todavía no me lo he planteado… ¿Y tú?
– Quiero tener un pequeño Sr K en pequeñito… ya sabes, para enseñarle todo lo que no tiene que hacer con las mujeres… y, si puedo, quiero tener también una pequeñaja que sea tan guapa como su madre… para que me saque los cuartos.
– Ja ja, como eres…
– No, de verdad. Soy un blando… y si la niña me mira, me hace un puchero y me pide dinero, lo más seguro es que se lo de…

Lo que parecía un ronquido de un brontosaurio constipado rompió el momento de las confidencias. Lleno de curiosidad dejé a Huracán y me acerqué a la zona de la chimenea. Alguien había apagado la música y sólo quedaba Almanzor, tirado en el sofá, roncando a pierna suelta. Unos rescoldos al rojo eran lo único que quedaba del fuego en hogar, y la única iluminación que había eran las luces de navidad colgadas de la pared, que aumentaban y disminuían la intensidad de la luz periódicamente. Almanzor abrió un ojo.

– ¿Qué haces aquí solo? – Le pregunté.
– Los demás se han ido a la cama… yo me he quedado aquí un rato, a meditar…
– Pues estás meditando muy profundamente… vamos, que los ronquidos se escuchan en el comedor… ¿Por qué no te vas a la cama? Estarás más cómodo… y meditas hasta mañana.
– Tienes razón… – Se levantó del sofá – ¿Tú te quedas?
– Sí… nos quedamos un rato más…
– Ah, ya… buenas noches. Mañana nos vemos…

Y se marchó. Eché un par de troncos a la chimenea, y le di con el fuelle un poco, para reavivar el fuego. En realidad en la casa no hacía frío, la calefacción funcionaba estupendamente, pero se trataba de darle un poco de ambiente a la escena. Y fui por Huracán al comedor. En el sofá, frente a la chimenea, estaríamos más cómodos.

Huracán tenía algo de hambre, y me pidió que le cortara un poco de jamón y de lomo. Eran casi las seis de la mañana, así que el hambre era comprensible. Aunque yo estaba todavía repleto, después de tantos días comiendo sin parar. Preparé un platito de jamón, con los últimos restos del lomo, y unos trozos de pan. Y un par de vasos con hielo y ron, para pasar la comida mejor. Y nos acomodamos cerca de la chimenea reavivada.

Yo la miraba comer en silencio, dando breves sorbos al ron. Al final era verdad que tenía hambre… cuando terminó dejó el plato en la mesilla, encima de los restos de la Queimada y le dio un sorbo a su copa. También la dejó sobre la mesilla, haciendo lo mismo con la mía. Se puso a horcajadas sobre mí y me dijo:

– Hazme el amor…

¿Cómo negarme?

Fuera debía de hacer un frío de mil demonios y faltaban apenas un par de horas para que amaneciera. El fuego chisporroteaba en la chimenea con su danza hipnótica. Tenía a una preciosa mujer sobre mí comiéndome a besos y todo parecía indicar que la cosa iría mejorando con los minutos…

¿Acaso hay una forma más afortunada de empezar un año?

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Seguramente algunas, las que habían adivinado sus tendencias alimenticias, ya sabrán por qué.

Quiero ser sincero con vosotros. He estado sentado delante del ordenador como un par de horas antes de escribir nada, con la página del Word en blanco y el cursor parpadeando, a la espera de las primeras palabras. Pero no sabía como empezar. ¿Cómo os cuento yo esto? Me parece tan irreal… tan surrealista… Tengo que reconoceros que he estado tentado a no contarlo, decir un “La Nueva… bien gracias” y ya está. Pero creo que después de lo que habéis aguantado hasta ahora, tenéis derecho a saberlo. Así que empezaré por el principio.

Soy un tipo puntual, y a la hora en punto estaba aparcado en doble fila en frente de la casa de La Nueva. Y eso que el día fue de lo más ajetreado que uno se pueda imaginar. Por la mañana mudanza en casa de un amigo… todo el rato acarreando muebles y cajas llenas de cosas de dudoso valor, donde encontré dos libros que le había dejado y que recuperé de inmediato (por cierto… uno de ellos muy recomendable: El hombre de los Dados, de Luke Rheinhardt). Por la tarde charla con el presidente de la comunidad… con lo que este hombre se enrolla. Total, que me dio el tiempo justo para ducharme, afeitarme y buscar en Google maps la dirección de la casa de La Nueva.

Cuando la Nueva bajó, me di cuenta de que uno de los dos se había arreglado demasiado poco. Y esta vez fui yo. Me había puesto unos vaqueros anchos (no mucho, pero más anchos de lo que suelo llevar), un polo (por fuera) y unas sandalias de correa; y ella bastante más arreglada: Un vestido de verano, oscuro y algo escotado y con sandalias de tacón a juego… no nos ponemos de acuerdo. Dos besos y nos fuimos al restaurante. Como íbamos con tiempo, busqué aparcamiento en la calle, en lugar de meterlo en un parking. Tuve suerte y aparqué en la misma calle, a unos 200 metros del restaurante. Extrañamente había mucho sitio, pero no le di mayor importancia…

El nombre del restaurante no me sonaba de nada, pero hay tantos restaurantes que todavía no he visto… eso sí, creo que el corazón me dio un vuelco cuando vi la palabra que acompañaba a “Restaurante” en el cartel luminoso: “Vegetariano”. Yo soy carnívoro. No omnívoro, no. Carnívoro. Como frutas y algunas verduras porque necesito las vitaminas que aportan. Pero si por mí fuera, sólo comería carne. Debió de verme la cara:

– Soy vegetariana…
– Ah.- Y me imaginé a Bloody, Pat, Anita y los demás diciendo: “¿Ves como era vegetariana?”
– Vegana.- Debí de poner cara de interrogación doble. – Los veganos somos los vegetarianos estrictos. No comemos nada que tenga origen animal. Ni carne, ni pescado, ni huevos, ni leche, ni miel…
– ¿Voluntariamente?
– Claro. La mayoría lo hacen por convicción moral. Eso de “No comas nada con ojos”… Yo lo hago por salud. He descubierto que es la alimentación más sana para mi organismo. Luego están los Ovolácteos, que son los vegetarianos que comen huevos y productos derivados de la leche…
– Pues yo no soy vegetariano. De hecho, es la primera vez que vengo a un sitio como este…
– Te gustará… – “Ni de coña”, pensé, “Soy carnívoro vegano”.

Nos atendió un tipo con una larga trenza y embutido en una especie de kimono. Curiosamente la carta tenía cosas como “Hamburguesa desoja”, “Filete de Tofu con salsa de setas” y “Salchichas de soja”. Mucho rollo vegetariano pero, al final, los vegetarianos necesitan meterse algo de carne en el estómago como todo el mundo… aunque sea sólo de nombre. En fin… pedimos unas albóndigas de lentejas rojas para compartir, ella un wok de verduras a la plancha y yo un filete de tofu con la salsa esa. Y agua para beber. Tengo que reconocer que pedía a gritos (para mis adentros) que la pizza de ternera de la comida se me repitiera… pero no. Mi estómago estaba haciendo la digestión adecuadamente.

No se puede negar que la chica me está abriendo nuevos mundos… La ONG, la cooperación internacional, las películas en Hindi, el tofu y el veganismo… Lo de la ONG y la cooperación internacional no sé si lo repetiré… pero sé que no seré vegetariano nunca. ¡Qué arcadas! El tofu no sé de donde lo sacarán… no sé de qué madera lo hacen, quiero decir, pero quizá sea la cosas más asquerosa que he comido… y en esta lista incluyo algunos insectos que me he tragado haciendo ciclismo. Y luego está el tema de no poder comer jamón… no podría soportarlo. En cuanto al tofu, no pude con el filete entero… según me dijo La Nueva, el tofu es para los muy experimentados.

Pero quitando la comida, la cena fue agradable… con algún que otro sobresalto. En un determinado momento, hablando sobre su salida de las islas y su llegada a la ciudad, y a colación de la mudanza de la mañana, le pregunté si le había resultado difícil encontrar el piso. Ella me dijo:

– Al salir de la isla me alojé en una residencia de la Obra durante unos meses…
– ¿La… Obra? ¿Eres actriz también? – Lo sé, una chorrada. Sé qué es “La Obra” pero en el fondo no quería saberlo… no sé si me explico.
– No… “La Obra”… El OPUS DEI.- Y se quedó tan pancha.
– ¿Eres del Opus?
– Quise entrar. Desde pequeña siempre ha sido muy religiosa, incluso quería ser monja… pero no pude. Pensé que en el Opus encontraría mi sitio… pero lo cierto es que esos meses en la residencia fueron los meses que más he llorado nunca…
– Demasiado rezo… ¿No?
– No, si el rezo era lo que me permitía seguir… pero es que se metían en mi vida privada demasiado… que con quien andaba, que qué hacía, que chicos veía… al final fue muy agobiante y lo dejé… encontré este piso y me vine a vivir aquí.
– Ah…

Sintetizando un poco, os contaré que la conversación siguió por otros derroteros y terminamos hablando de lo que tarde o temprano habla una treinteañera… hijos. La Nueva puso las cartas sobre la mesa: estaba buscando al padre de sus hijos, de sus muchos hijos supongo yo (por eso del Opus), y que no quería rollos ni nada por el estilo. Así que, de pronto, pasé de ser un soltero recalcitrante, a verme casado por la iglesia, por algún obispo del Opus, con seis hijos en un colegio de curas, con nombres como Jonatán, judit, Ezequiel o Aaron, y comiendo acelgas el resto de mi vida. O tofu, que es aún peor. Algunas lo llamaréis miedo… yo lo llamo terror. Pavor y correr demasiado… joder, que nos conocimos el sábado pasado…

O sea, no me entendáis mal… yo quiero conocer a la madre de mis hijos y tener al menos dos, y uno, al menos, varón, para que se llame como yo. Que sean listos y sanos, y tan guapos e inteligentes como su madre. Y me gustaría que fuera más pronto que tarde… pero creo que esas cosas llevan su tiempo… ¿no?

Al salir del restaurante, con más hambre de la que tenía al entrar (seguramente el tofu se estaba poniendo las botas con los restos de Pizza de la comida), empezamos a pasear en dirección al coche. No porque nos fuéramos a ir, sino porque al otro lado no había nada. Mientras ella hablaba de alguna cosa relacionada con la ONG (no sé como salió la conversación) me di cuenta de que algo no iba bien. Había unas luces naranjas girando distraídamente encima de la cabina de una grúa municipal. Otras azules, de la policía municipal, le iban a juego. Y estaban detenidas justo al lado de donde debería estar mi coche… que no estaba. Ni el mío ni una larga serie de ellos. Para ser exactos, todos menos el que estaban cargando en la grúa. Me acerqué al agente, que apuntaba en una libreta la matrícula del único coche que quedaba.

– Disculpe, señor agente, pero creo que, por error, se han llevado mi coche…
– Estaba aparcado indebidamente.
– No había señal de prohibido aparcar y, desde luego ese bordillo no es amarillo.- me estaba empezando a mosquear. Me pasa cuando tengo hambre, sueño o me tocan los huevos.
– ¿No ha visto usted el cartel?
– ¿Qué cartel?
– Ese cartel… – dijo apuntando con el bolígrafo a una valla amarilla de obra tumbada en la acera. Tenía un cartel pegado. “Por carrera popular queda prohibido el estacionamiento de vehículos entre las…” – Lo pone bien clarito. De todas maneras puede usted retirar el vehículo sin cargo alguno en la central.
– ¿Sin multa?
– Sin multa.

Cogimos un taxi, que nos llevó a la central y pude recuperar mi coche, después de rellenar unos formularios. Tardamos algo de tiempo porque no me sé la matrícula de mi coche (con eso de que va detrás, pues como que no la veo). Y tuve que recorrer el garaje entero buscándolo (y había una gran cantidad de coches retirados). Una vez en el coche, llevé a La Nueva a su casa… quedamos en llamarnos otra vez.

Conclusión… la Nueva es vegetariana vegana y del Opus. Si es cierto que los polos opuestos se atraen, esta debe de ser la mujer de mi vida… mira que ir a fijarse en un carnívoro, ateo y de izquierdas…

Sé lo que estáis pensando. Es más… ahora mismo sé lo que Cloti va a poner como comentario… pero tranquilos… no creo que la llame otro día para salir.

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