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Posts Tagged ‘Huracán’

Ayer, sábado, se cumplía el segundo aniversario del día que conocí a Huracán. Qué le vamos a hacer, yo recuerdo esas cosas. Llamadme sentimental, si queréis. O idiota. Lo acepto. Llamadme Capullo si ese es vuestro deseo. En realidad no tiene ningún mérito acordarme de esta fecha… entre otras cosas por que es la fecha en la que mi grupo de amigos de la montaña organizamos la primera salida oficial de verano… lo que viene a ser más o menos, la primera salida en la que lo más importante es pasar el mayor tiempo posible tumbado, refrescarse en las aguas heladas de una poza y, ya por la noche, asistir al tradicional concierto de música popular en el pueblo de turno. En realidad es como ir a la piscina, pero a una muy exclusiva y que no mucha gente conoce.

Este año no iba a ser diferente. Bueno, sí, este año no iba a invitar a Huracán a venir, como hice el año pasado. Entre otras cosas porque no me parecía adecuado y, bueno, trabajaba todo el día y no iba a poder. Así que podríamos decir que, si bien recordaría todo lo que hicimos aquella ocasión, y eso es posible que me dejara un poco melancólico, intentaría disfrutar del momento.

Quisieron los astros que no me acordara de Huracán en todo el día.

Corrió la voz de la jornada veraniega entre los amigos… y estos llamaron a otros amigos. Y algunas amigas llevaron a otras amigas. Y entre esas amigas de amigas estaba… Tofu. Sí… la misma chica que conocí el día de mi cumpleaños el verano pasado y con la que hubo un intento de establecer una relación (y digo intento porque después de tragarme una sesión de diapositivas inmensa, descubrí que no éramos de la misma forma de pensar `recisamente). Entre las 20 personas que asistieron a la convocatoria estaba ella, con unas pequeñas botitas de montaña y su cara preciosa mirándome desde el otro lado del claro, junto a su amiga. Estaba más guapa de lo que la recordaba, algo más morena y con el pelo un poco más largo. Los mismos labios carnosos y los ojos negros y grandes. Y sus pequitas juguetonas. Y su mismo pasado en el OPUS, y su vegetarianismo feroz. Nos dimos dos besos y ella, mientras me tocaba el brazo (algo que parece que se está convirtiendo en una costumbre), me preguntó por mi vida.

El cielo estaba nublado y, unas densas nubes negras parecían tener prisa por llegar a nuestro encuentro. No era un día para bañarse en aguas heladas, pero como ante todo somos montañeros, decidimos que daríamos una vuelta y, lo mismo con suerte abriría el día. No obstante, como medio responsable del grupo que soy, recordé a todo el mundo que no se olvidara de llevar el chubasquero… por lo que pudiera pasar.

Lo que pasó fue que a medio camino, en ese punto en el que da lo mismo avanzar que retroceder, porque estás a la misma distancia del coche elijas el camino que elijas, empezó a llover como si hubiéramos hecho algo. Una lluvia torrencial y salvaje, de grandes gotas. Y todo el mundo, como locos, fue sacando sus chubasqueros. ¿Todos? No, todos no. Tofu no tenía chubasquero… ella pensaba que lo llevaba pero se lo dejó en casa. Así que hice lo que cualquier hijo de vecino habría hecho en mi lugar… le di el mío.

Esto, que puede parecer un acto idiota, aunque muy cortés, es en realidad un acto muy idiota y sumamente peligroso para mi salud. Porque estaba lloviendo y no hacía calor precisamente… además, tenía ropa seca… pero no suficiente ropa seca. Por ejemplo: esos pantalones que se estaban calando eran los únicos pantalones que tendría todo el día… así que opté por quitármelos y guardarlos en la mochila. El resto se empapó. Para los curiosos diré que llevaba un bañador debajo.

Para que os hagáis una idea: yo tenía la pinta del que se ha metido vestido en una piscina y al que, una vez fuera, le han echado cubos de agua sin parar. Sólo que, además, empezó a granizar. Y extraviamos el camino, por la confusión que siguió al granizo… lo que añadió más caminata y más agua al global de la ruta.

Al final la cosa no pasó a mayores. Incluso salió el sol un poco. Y ese momento de paz permitió que Tofu y yo habláramos un rato. Resulta que sigue bailando, pero dejó la ONG. Esa actividad la cambió por ser cabeza de lista por su tierra en un partido político de esos alternativos en las elecciones de marzo. Incluso me animó a que me pasara por la sede para hablar con ellos porque “mis habilidades sociales les podrían venir bien”. Supongo que se referirá al hecho de que conozco a mucha gente. Decliné la oferta… si ya es complicado compaginar todas las actividades que ya llevo, como para meterme en más. También me dijo que seguía siendo vegetariana, pero que le había costado algún que otro disgusto y una o dos relaciones. Me dieron ganas de decirle que lo de ser vegetariana a lo mejor no era la causa… pero tampoco quería entrar en detalles. Eso sí: conseguí que se riera unas cuantas (muchas) veces. Es que soy encantador cuando quiero…

Bajamos al pueblo a comer de restaurante y a secarnos. Ella no se quedó al concierto, porque era muy tarde y su amiga se tenía que ir (aunque me ofrecí a llevarla a su casa si se quedaba). El concierto fue un poco demasiado malo. Y hacía mucho frío… yo al menos tenía el frío metido en los huesos. Todavía lo tengo, aunque el haberme pasado toda la mañana al sol ha ayudado mucho…

Ahora me iré a por Huracán a la salida del Hospital. Quedamos en que hoy cenaríamos juntos. Ella me insistió y yo no puse pegas… supongo que querrá contarme algo de su próximo viaje a Inglaterra. Está muy emocionada y es un tema recurrente cuando hablamos. Yo tengo otros planes secretos: digamos que celebraremos el aniversario aunque ella no lo sepa…

Por cierto, mientras caminaba bajo la pertinaz lluvia, no hacía más que tararear esta cancioncilla. Digamos que cierta persona podría haber protagonizado su propio musical de haber aceptado mi oferta…

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¿Cómo es que me encontraba en plena fiesta del orgullo? Pues es una pregunta cojonuda que todavía me estoy haciendo. Y no entraré en detalles aburridos, pero básicamente os diré que estaba implicada Huracán. Digamos que no me pude negar a “pasar la tarde con ella”. Y lo que en un principio era “tomar una caña por el centro, tranquilamente” se convirtió en encontrarme en el epicentro de un terremoto. Con Huracán. Y no creo que pueda salir nada bueno de un terremoto y un Huracán.

Había mucha gente. Aquello parecía la celebración de la Eurocopa, excepto por pequeños detalles… para empezar no creo que a los allí reunidos les gustara mucho el fútbol y, bueno, en lugar de banderas de España, rojas y amarillas, todo estaba plagado de banderas color arco iris. Y había mucho cuero. Sabéis a lo que me refiero.

Había un escenario, mucha gente, la música a tope, mucha gente, banderitas de colores, empujones, cuero, mucha gente y algún que otro pisotón. Una discoteca a cielo abierto. Huracán me gritó al oído que fuéramos hacia un determinado lugar, donde se celebraba la famosa carrera de los tacones y tomarnos algo mientras esperábamos que tan famoso acontecimiento tuviera lugar (y lo de “famoso” es irónico, porque aunque siéndolo, yo era la primera vez que lo oía en mi vida).

Así que nos quedamos en una barra improvisada en la calle justo al borde de la pista de carreras, con un mini de sangría en la mano y, yo, un poco tenso. No es por nada, vamos, no es que creyera que me iban a abordar y me iban a hacer nada… pero digamos que no me encontraba demasiado a gusto. Yo no soy de macrofiestas… aunque sean heterosexuales…

A nuestro lado en la barra improvisada había un chavalín de veintipocos. Muy delgado y todo brazos, moreno pero blanco de piel. Se presentó a Huracán y se pusieron a hablar. Como había mucho ruido no escuchaba lo que hablaban pero no digamos que si Huracán estuviera saliendo conmigo no me habría puesto celoso. No parecía del tipo de tíos que miran el escote de Huracán con ojos de deseo. Ya sabéis a lo que me refiero. El caso es que, después de un rato, Huracán me agarró del brazo emocionada y me dijo:

– ¡Tenemos que ir al bar donde trabaja este chico!
– ¿Cuándo y por qué?
– Esta noche
– ¿Y no puede ser otro día? Es que mañana madrugo un montón… y se supone que esto iba a ser una cañita tranquila, no ir a bares de copas…
– Pero es que me va a presentar a Yurena…
– ¿A quién?
– ¿No sabes quien es Yurena?
– Pues no, la verdad…
– La de “No cambié no cambié”
– Paso. Yo me voy a dormir… que te lo pases bien…

Huracán cambió el gesto y el chavalín intervino, diciendo que podía ser otro día, que la tal Yurena estaba en su bar todos los días. “Pues espero que tenga un sillón bien cómodo, para que me espere sentada”, pensé.

En eso se nos acercó otro tipo. ¿Cómo definirlo? Físicamente era como… no sé, pero lo cierto es que el sistema de mote automático sacó un solo nombre: “Sara Montiel”. Pero con bigote, o un gran rastro de él. Así que Saro Montielo se unió a la conversación entre Huracán y el chico flaquillo, con tal naturalidad que pensé que era amigo de este último. Yo me mantuve un poco retirado (todo lo retirado que se puede estar en una macrofiesta multitudinaria), aferrado al mini de sangría.

Saro Montielo cambió el sentido de la conversación y nos contó que él le daba a pelo y a pluma y habló con orgullo sobre el tamaño de su pene, usando el sistema métrico decimal. Aunque sacó un aro de goma del bolsillo para ilustrar sus palabras. Y luego continuó con el discurso, haciendo hincapié en que él, y otros muchos, preferían acostarse con hombres con pinta de hombres, “como nosotros tres”. Yo le miré a él, miré al flaquillo y me miré a mí y descarté la idea de decir nada… porque yo “hombres cos pinta de hombres” sólo estaba viendo uno. Y Saro Montielo me espetó a quemarropa:

– ¿Tú entiendes?
– ¿De qué?
– Te está preguntando si te gustan lo hombres – me ayudó Huracán
– No. Soy adicto a las chicas…
– Una pena – añadió Saro Montielo – ¿Sabes? Yo me he acostado con montones de padres de familia, casados y todo… ¿Vosotros estáis juntos?
– Somos amigos – Dijo Huracán
– ¿Pero cómo de amigos? – siguió preguntando
– Mucho – dije en tono cortante y que yo esperaba que fuera determinante. Y lo fue, pero no por mi tono, sino porque empezó la famosa carrera de los tacones.

Esto es… unos tipos se ponen una peluca de colores, se pintan la cara y se calzan unos tacones y corren calle abajo… algo cuando menos peculiar (por decir algo). Todo fue muy rápido y caótico. Pero vi pasar a varios tipos sorprendentemente veloces para llevar tacones y ser un suelo irregular… por cómo gritaba la gente debió de ser divertido. Al terminar la carrera Saro Montielo se marchó, no sin antes agarrarme con fuerza y arrearme dos besos en las mejillas y uno en la frente… a modo de despedida.

Al chavalín flaquillo le voy a llamar Virgilio. Porque como su homónimo hizo con Dante en los diferentes niveles del purgatorio, nuestro Virgilio de largos brazos nos condujo por el caos de la fiesta presentándonos a gente… y cuando digo gente quiero decir a tipos muy grandes subidos a zapatos altos y vestidos de mujer, maquillados para parecer hombres maquillados de mujer y, uno de ellos, con unas enormes alas de mariposa de color rosa. Nunca antes había saludado a tantos hombres sin estrechar ninguna mano. Ya sabéis a lo que me refiero.

El tipo de las alas de mariposa tamaño familiar se subió al escenario (en un alarde de habilidad manejando las plataformas) y empezó un monólogo bastante gracioso en el que terminó hablando sobre el tamaño de los penes de los senegaleses, comparándolos con “bates de béisbol”… y diciendo que acostarse con un negro es como la “Fuerza de la guerra de las galaxias”: Nadie regresa del lado oscuro. Luego preguntó si había alguien “activo”, a lo que cinco o seis personas levantaron las manos. Huracán me dijo que la levantara yo también, porque “activo” significaba “Heterosexual”, así que la levanté. Pero no estoy seguro de que eso significara lo que ella decía porque de empezó a descojonar de risa.

A ver, yo no estoy en contra de los Drag Queen, de hecho me dan igual que me dan lo mismo. Pero no entiendo por qué gustan tanto, o por qué lo consideran divertido. Para mí es un tío vestido de mujer, encima de unas plataformas, haciendo playback. Vale que subirse a unas plataformas tiene su mérito… pero… joder, lo encuentro absurdo. Así que cuando empezó la actuación yo ya tenía muchas ganas de marcharme. Pero Huracán estaba disfrutando tanto… y reconozco que había tema para escribir, así que aguanté toda la actuación.

Pero llegó la hora límite que me había marcado para quedarme y estábamos con dos chicas que eran novias entre sí, Virgilio y otro tío que no me fue presentado pero que tenía los brazos igualmente largos, y yo sólo hacía que calcular el tiempo que tardaría en llegar al coche, y del coche a casa. Y pensaba sobre todo en que a las seis y media de la mañana me tendría que levantar (como así ha sido). Y que ya había visto todo lo que tenía que ver y no quería que me liaran para ir al bar de la tal Yurena. Así que me despedí de Huracán y de Virgilio, no sin antes decirle a este último que “esperaba dejarla en buenas manos. Pero como le pasara algo a la niña, le buscaría y le haría mucho daño”. Y me marché.

Un día lleno de experiencias…

Por cierto: ya estando dormido, como a la una o así de la mañana, me llamó Huracán por teléfono. Había conocido a la mujer esa y quería contármelo… sin comentarios.

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La roja (aunque habría que llamarla la mostaza, o como dice un compañero mío, el limón mecánico) tenía una cita con la historia el jueves por la noche. Una de esas citas a las que no se puede llegar tarde. Yo no soy especialmente futbolero… soy del Atlético de Madrid por filosofía de vida (siempre sufriendo, pero cuando se gana, las dos o tres veces que pasa, joder qué subidón), pero no soy lo que se dice un forofo. Hace muchos años que no voy al campo… y tengo una bufanda con los colores de mi equipo, pero guardada en el altillo…

No tenía intención de perderme tan magno acontecimiento. Y los magnos acontecimientos se viven mejor en compañía. Así que quedé con unos amigos, Rico y Atenea para ser exactos, para ir a ver el partido a algún bar del centro. Me dirigía al punto de reunión en mi Kapullomóvil cuando me sonó el inconfundible tono de Expediente X en el móvil. Era, por supuesto, Huracán. Sus compañeras de piso no estaban y me invitaba a ver el partido en su casa. Teniendo en cuanta el tamaño del televisor, más propio de una casa de Pin y Pon que de seres humanos de verdad, y con el agravante de que la carne es débil y a Huracán le gusta tanto el fútbol como a mí la depilación con cera, le dije que mejor no. Pero la insté a que se viniera.

Huracán apareció preparada para ver un partido de fútbol y dar botes animando a su equipo. Pero para animarlos en otro sentido. Un vestido de verano, fino y liviano y con un generosísimo escote, y unas sandalias a juego. El pelo suelto y con sus bucles al viento y sus grandes ojos negros ocultos detrás de unas enormes gafas de sol. Estaba muy guapa y así se lo dije. A veces estas cosas me salen solas sin pensar en las consecuencias.

Como Rico había llamado para decir que se retrasaría, nos encaminamos hacia casa de Atenea para empezar a buscar sitios donde ver el partido. Atenea conocía un bar cerca de su casa con una gran pantalla y cerveza suficiente como para olvidar el generosísimo escote de Huracán (incluso para olvidar la visión de un centenar de elefantes de color de rosa bailando la conga por la calle). La elección del bar fue claramente acertada. En la mesa junto a la nuestra había un grupito de chicas rubias y altas, evidentemente extranjeras, y, todo hay que decirlo, guapísimas. Al menos dos de ellas espectaculares.

Para qué nos vamos a engañar… un partido de fútbol tiene 90 minutos, pero la mayoría de esos minutos son de relleno. El tiempo efectivo de juego emocionante es una pequeña parte del total. Así que, si además de ver un partido podíamos ver a dos bellezones dar saltitos (con lo que eso conlleva) y agitar una bandera de España… mejor que mejor… ¿No? Pues eso mismo debió de pensar Rico cuando apareció y se dio cuenta del panorama… sobre todo porque me miró y levantó el pulgar dando su aprobación…

El partido no lo voy a resumir. Sobre todo porque sólo las personas en coma y algunos presos de Guantánamo en aislamiento sensorial no sabrán cómo terminó el encuentro. Ganamos, España jugó de vicio y Rusia fue una marioneta en nuestras manos. Los jugadores dieron patadas al balón, hubo varios tiros a puerta, pases en profundidad, y algunos jugadores corrieron la banda. Bueno, y el linier levantó la bandera varias veces. La diferencia es que esta vez ganamos…

Y las rubias saltaban, y se hacían fotos con nosotros, y con un tarado con la cara pintada con la bandera de España… y se rieron mucho, sobre todo cuando todo el bar empezó a cantar “¡¡Que paguen las rubias, que paguen las rubias!!

En el descanso (o intermedio, como lo llamó Atenea) decidí acercar posiciones con las rubias. Más que nada para que conocieran la simpatía española, y la amabilidad innata del país y sus gentes. El turismo es la fuente principal de ingresos de la nación y yo soy un patriota… aporto mi granito de arena para fomentar el turismo, sobre todo si es de tías buenas altas y rubias. Eran estudiantes de vacaciones, de San Diego, California (y quedé de miedo, porque cuando una de ellas dijo “San Diego”, yo dije “Ah, California”… ver tanto cine americano da sus frutos). Hablaban lo justo de español, lo que no desentonaba con mi inglés más que justo. Aún así conseguí sacarles unas cuantas sonrisas.

Es posible que os parezca un poco raro que estando Huracán delante intentara acercarme a las rubias. Pero, en fin, no es bueno que un hombre esté solo. Y se supone que somos amigos ¿No? Aunque creo que ella no pensó lo mismo, porque empezó con sus ardides. Las artes de Huracán: ojitos, cuchicheos al oído, y abrazos al celebrar los goles… los tres goles. Esas cosas son las que hacen que uno se desconcentre del partido. Pero eso sí, esas cosas también hacen que uno deseé que haya más goles. Otro par de ellos no habrían estado mal.

El caso es que, al terminar el partido, en lugar de irme con las rubias, me marché con Huracán, a celebrar la victoria. Vamos, no es que lo de las rubias estuviera hecho, pero es que ni lo intenté. Y nos fuimos a un bar cercano donde hacen unas caipiriñas muy buenas. A mí no es que me vuelvan loco esas cosas, pero a Huracán sí. Al menos en el local ponen muy buena música. Me resultó curioso que el camarero saludara a Huracán, aunque supongo que habrá salido mucho por aquí últimamente, y mientras comentaba algo del partido con la niña nos preparó dos caipiriñas. Eso sí, puso la guinda.

– ¿Puedo haceros una pregunta? – Dijo el camarero, aunque no dio tiempo a contestar – ¿Vosotros sois hermanos?
– ¿Cómo? – Dije.
– Es que os parecéis un montón…
– ¿Tú estás de guasa? – Dije, aunque pensé “¿Tú eres gilipollas?”
– No, no somos hermanos – Dijo Huracán
– No, en serio… os parecéis cantidad.
– Mira tío, espero que todo lo demás lo tengas mejor, porque lo que es la vista la tienes fatal. Y para que lo sepas, muchas cosas que hemos hecho ella y yo han estado prohibidas por la mayoría de las civilizaciones…
– Vale, vale, perdona…

Me sentó mal la tontería. Si le gustó Huracán, que le pidiera el teléfono y listo. Eso sí, que esperara a que me fuera al baño o algo así. Pero tampoco era como para desacreditar… digo yo.

Debía de ser la una de la mañana mientras paseábamos destino a casa de Huracán. No es que pensara en que fuera a pasar nada en concreto… simplemente tenía mi coche aparcado muy cerca. En ese momento me sonó el móvil: Era mi madre y no eran buenas noticias. Habían robado en la tienda de mi padre. Por lo visto tres desalmados, aprovechando las celebraciones por la victoria de España, y ayudados por la tapa de una alcantarilla, rompieron el escaparate blindado de la joyería de mi padre.

Así que sin casi despedirme de Huracán (nada sofisticado, un beso en la mejilla) la dejé en su casa y salí pitando para la tienda, donde me esperaba él y dos guardias civiles levantando acta de lo ocurrido. Dos lunas rotas del escaparate y media docena de relojes desaparecidos…

Una bonita forma de celebrar la victoria de España.

¿Qué pasará en la final?

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Después de estar cuatro meses separado de Huracán casi me había acostumbrado a mi vida ordenada y, podríamos decirlo así, aburrida. Del trabajo a casa, de casa el gimnasio o la piscina, con alguna quedada interesante algún miércoles que otro, sobre todo con blogueros, para poner la guinda… pero en general una vida monótona. Huracán le da a la vida una salsa que creo que me resultará complicado encontrar en otra persona. Y la muestra podría ser todo lo que ocurrió el lunes.

En principio habíamos quedado en vernos en una cafetería del centro. Evité a conciencia lo de vernos en su casa porque prefería un terreno neutral. La idea era hablar. Al menos esa era mi idea. Pero no siempre mis ideas son acertadas tratándose de Huracán.

Ella llegó un poco tarde, casi me había terminado mi café, y aunque acelerada, estaba preciosa. Y eso que sólo llevaba un vaquero y una camiseta, aunque ajustada, y un pañuelo verde recogiendo el pelo a modo de diadema. Me dio un beso, sólo uno, en la mejilla, lo que quedaba a medio camino entre un pico y los dos besos de saludo propios de la gente civilizada.

– ¿Te importa que nos marchemos a otro sitio? Es que he quedado en 10 minutos con una persona… tengo que arreglar un asunto… y luego soy toda tuya.

Evidentemente pagué el café y salimos de las seguras y controladas paredes de la cafetería y nos aventuramos (al menos yo) a la inseguridad de seguir a la niña sureña. Mientras andábamos por las atestadas calles llenas de turistas, me contó que había quedado con su antiguo casero por la zona para arreglar, de una vez por todas, el asunto de la fianza. Y el lugar elegido fue el que menos se puede imaginar una persona cabal… un Burguer King. Un Burguer King repleto de niños en pleno cumpleaños.

Y ahí estábamos los dos, sentados en una mesa del fondo del local, esperando que entrara un señor al que no había visto en mi vida. Casi me sentí como un espía preparado para hacer un intercambio con un agente doble, después de decir una contraseña como “La ballena azul ronronea si el cachalote blanco le hace cosquillas”. El casero no se retrasó mucho. Eran casero y señora, una rubia enorme y por lo que pude entrever por su acento, eslava, posiblemente polaca. Se sentaron enfrente de nosotros. Había tensión en el ambiente…

Básicamente él no quería pagar la fianza y se escudaba en una serie de argumentos la mar de estúpidos para no hacerlo… como era que Huracán se había quedado con las llaves de la casa, o que había roto una percha. Ella alegó que él se había llevado los muebles del salón sin previo aviso una semana antes de que ella abandonara la casa… y poco a poco la tensión se fue elevando. Pero pese a ello, yo me estaba divirtiendo. Sólo hacía que pensar en que estaba en un Burguer King, con un casero, una polaca y Huracán, rodeados de niños con gorros de fiesta un lunes por la tarde…

Al final la cosa quedó más o menos resuelta, salvo por el detalle de que el tipo, desconfiado donde los haya, había cambiado los bombines de las cerraduras cargándole el importe a Huracán. Entre unas cosas y otras, la fianza quedó reducida a unos 70 euros, que era más o menos lo que Huracán esperaba.

Lo mejor es que ella se mantuvo serena durante toda la reunión, y eso que hasta la polaca metió baza… lo que me hizo pensar que lo mismo Huracán había madurado durante estos cuatro meses.

A la salida del Burguer Huracán llamó a su padre para comentarle el resultado del encuentro. Y, como la que no quiere la cosa, me pasó el teléfono. Su padre me quería saludar.

– ¿Sabes que me tiré una temporada sin hablar a la niña cuando me enteré que lo habíais dejado? – me soltó nada mas saludar – Esta chica no sé donde tiene la cabeza – No sabía que le hubiera producido tan buena sensación al hombre – ¿Te vas a bajar con ella?
– ¿Bajar? ¿Cuándo?
– Ahora, para La Feria…
– Es que trabajo…
– Pues el fin de semana.
– No puedo, es que ya lo tengo comprometido… de verdad… además, no creo que sea buena idea…
– Tú verás… pero que sepas que aquí tienes casa cuando quieras…

Me despedí de mi ex suegro no sin antes prometerle que haría todo lo posible por bajar a verle lo más pronto que pudiera. Una de esas promesas que no se pueden cumplir. El caso es que ya, por fin, nos habíamos quedado solos Huracán y yo. Nos encaminamos a un local que le habían recomendado y que tenía ganas de ver. Yo sólo quería que paráramos quietos en algún sitio y hablar. Y no fue demasiado posible, porque el teléfono volvió a sonar (como le había sonado dos veces durante la discusión en el Burguer) y esta vez lo cogió. Era una de sus compañeras de piso que se nos unía. Bueno… si no me importaba.

A mí me dio igual. En ese momento ya tenía claro que no hablaríamos de nada, que las cosas estaban como estaban y que lo del sábado fue más producto del momento que algo serio. Así que decidí relajarme y tratar de disfrutar de la situación lo máximo posible.

La compañera de piso de Huracán es una mujer peculiar. Italiana de nacimiento, suiza de padre y residencia y granadina de madre. Rubia, de estatura más o menos normal, una nariz mayúscula debajo de unas gafas de pasta y, bueno, tirando a feilla. Tardó aproximadamente dos minutos en contarme que lo había dejado con el novio, su novio de toda la vida, tras ocho años de relación. Y otro montón de detalles que no vienen al caso, como tampoco vinieron al caso cuando me lo contó. Y, tras soltarme ese pequeño discurso, me preguntó si tenía amigos solteros y guapos.

– Pues sí… unos cuantos – dije, y es verdad.
– Pues a ver cuando organizas una cena en tu casa y me los presentas…
– No… no creo que lo haga – y me quedé tan pancho.

Pero no le importó, porque al rato, cuando volvió del servicio, dijo que había quedado con el camarero para otro día.

Y lo mismo pasó en el local siguiente.

Según me contó Huracán, llevaba un tío diferente cada día… y, teniendo en cuenta que las paredes de la casa son de papel de fumar, como que se sentía partícipe de sus encuentros sexuales… especialmente ruidosos.

Me tomé otra con ellas y las abandoné. Como dice un amigo mío “Todo pescado vendido”. No había más tela que cortar.

Huracán se marchó ayer al sur, a la Feria. Estará toda la semana fuera y no creo que vuelva a verla en una temporada.

¿Qué como estoy yo? Pues bien. Mejor de lo que esperaba. Sobretodo muy tranquilo. Cuando volvía en el coche a mi casa, pensando en todo lo que había ocurrido durante el día, empecé a creer que lo que de verdad me gusta de Huracán no es ella, sino todas las situaciones que se dan a su alrededor y que hacen que la vida con ella sea peculiar y excitante. Y eso es muy necesario si quiero ser escritor… ¿No?

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En cuanto llegué a casa el sábado por la tarde, después de mi habitual caminata por el monte de cada semana (el entrenamiento para el viaje a Nepal, ya sabéis), conecté el móvil al cargador. Durante la salida había estado dándole vueltas a la idea de llamar a la lectora misteriosa y proponerle un plan interesante, por pasar un poco a la acción. Pero no había conseguido pergeñar nada que pudiera asemejarse a un plan medianamente interesante, para estar a la altura siendo ella una mujer tan especial. Supongo que el quedarme sin batería me dio tiempo para ir pensando algo que proponer.

De haber continuado con la euforia de la semana pasada, algo tan nimio como no tener un plan interesante que proponer no habría supuesto ningún problema: para interesante, yo. Pero la euforia de la semana pasada me duró, grosso modo, hasta el jueves por la tarde. Así que el Sr K del sábado necesitaba un plan.

Y en esas estaba cuando me llegó un mensaje.

Lo primero que pensé fue que era de la lectora misteriosa, proponiéndome a mí el plan interesante (aunque simplemente quedar ya sería suficientemente interesante, al menos para mí). Pero la realidad supera a veces todas las expectativas imaginadas: Huracán me invitaba a cenar en su nueva casa, para enseñármela y para agradecerme la ayuda prestada. Y me pedía por favor que no me negase.

Así que, por un lado, no tenía un plan que proponer a una mujer que a buen seguro y dadas las horas que eran ya tendría algo que hacer, y por otro, tenía la posibilidad de complicarme la existencia reavivando un fuego casi extinto. También podría quedarme en casa, leyendo o, mejor, durmiendo. De haber perdurado la euforia de la semana pasada, habría optado por la primera opción y, al ser educadamente rechazado, habría optado por la tercera. Pero la euforia había desaparecido y, la verdad, tenía cierta curiosidad. Así que me arriesgué a jugar con fuego y llamé a Huracán, sabiendo que era un error, quizá el mayor error del mundo. Por resumir: Quedamos a las 10 y me dio la dirección de la nueva morada, no demasiado lejos de la antigua.

Me acicalé, peiné y recorté la perilla. Me vestí y salí para allá, con una botella de vino, un Alvariño, que sé que le gusta. Y, también he de reconocerlo, con ciertos nervios. No veía a Huracán desde finales de Enero, cuando tuvo a bien dejarme, y de eso hacía ya cuatro meses. No sabía cómo iba a reaccionar al verla… pero podía hacerme una idea.

Estaba guapa, muy guapa. Morena (luego me dijo que se había ido unos días a la playa), con su pelo ensortijado cayéndole en aparente desorden sobre los hombros desnudos. Un vestido fino, de color blanco, lo que remarcaba más su moreno, creo que demasiado fino y más propio del verano que de un día de primavera ligeramente fresco y húmedo. Y escotado, como no podía ser de otra forma, con dos de sus tres sensuales lunares a la vista. De no haber tenido las costillas en su sitio, mi corazón habría botado por toda la habitación, como una bola de goma…

Dos besos, castos y en la mejilla, aunque más largos de lo normal, me permitieron volver a aspirar el olor de su pelo. Y el contacto de su piel con mis manos, me trajo el recuerdo de otros contactos, no tan lejanos. Empecé a pensar que no había sido buena idea volvernos a ver, porque ese fuego quemaba más de lo que me imaginé.

Huracán me enseñó su nueva morada, intentando disimular sus nervios. El piso era enorme, mucho más grande que el otro, y más céntrico… algo que no me cuadraba demasiado con lo que se suponía que ella podía pagar. Resulta que, harta de buscar cosas asequibles, había optado por compartir casa. Y, bueno, había otros motivos.

– Aquí estoy muy sola Sr K. Después de que nosotros… ya sabes… pensé que a lo mejor este no era mi sitio. He echado la solicitud para un hospital en el sur… más cerca de mi familia, y cerca de la playa… así que mientras llega el traslado, si es que me lo dan, no he querido complicarme y comparto casa. Y así no estoy tan sola.

Ahora competía por un baño con tres mujeres más, dos de ellas compañeras del hospital. Ninguna estaba cuando llegué. Y por haber sido la última en llegar, tenía la habitación más pequeña de todas, apenas un cuartillo con una cama muy estrecha y poco sitio para sus muchas cosas. La decoración un poco ochentena, cortinas verdes con flores amarillas, a juego con el cabecero, un flexo encima de una mesa de cristal y, lo mejor, el armario enfrente de la cama con las puertas de espejo. Todavía había alguna caja sin abrir en una esquina, pero más o menos estaba instalada. Por lo visto llevaba ya dos semanas viviendo allí.

Huracán había sido muy metódica. Tenía preparada la mesa del salón hasta con velitas y todo. Había preparado algo fácil para cenar, una tabla de patés y quesos (que sabe que me encantan) y pasta fresca de segundo. Sin saberlo acerté con el vino, porque la pasta era con salmón. La decoración del salón era un poco austera, de batalla, propia de una casa de alquiler… y no pude evitar sonreírme al ver que el sofá, amplio y cómodo, era de un color azul muy parecido al que yo tenía. Lo que no deja de tener gracia ahora que le he cambiado la tapicería al mío.

La cena fue muy agradable. Me contó sus peripecias buscando piso, y los problemas que tenía con su anterior arrendador para que le devolviera la fianza. También me contó cómo eran sus compañeras de piso y las migas que había hecho con una de ellas, con la que salía de vez en cuando por ahí (supongo yo que de caza). Pero también recordamos muchas cosas que nos habían pasado, nos reímos mucho y, bueno, quizá bebimos un poco más de lo que era recomendable.

Eso es lo que quiero pensar, porque, sin saber muy bien cómo, terminamos en el sofá, besándonos apasionadamente. Fue ella la que me besó, pero yo no hice nada por evitarlo. Y del sofá llegamos a su habitación. Y pasamos la noche juntos, en su estrecha cama, con el espejo del armario ofreciendo una perspectiva nueva para mí.

No pegué ojo en toda la noche. Mientras ella dormía abrazada a mí, le di muchas vueltas a la cabeza, sopesando la situación. ¿Qué significaba lo que había pasado? ¿Íbamos a volver o sólo se trataba de un polvo de recordatorio? ¿Qué sentía ella realmente? ¿Y yo?

La verdad… no me he planteado volver. O sea, ella todavía me gusta mucho, sus lunares siguen ejerciendo un inmenso poder sobre mi voluntad… y cada célula de mi cuerpo me pide estar con ella, sentirla, acariciarla, besarla. Lo que pasa es que no es mi cabeza la que piensa esto. Mi cabeza piensa que nada ha cambiado desde enero. Lo que hizo que me dejara sigue ahí, y no me refiero al Policía, sino a lo que este individuo involuntariamente removió. La gente no cambia fácilmente (en realidad creo que no cambia) y estar separados estos cuatro meses no creo que haya aportado nada para que se produzca un cambio. Estamos igual que entonces: me quiere, pero no lo suficiente. Supongo que es verdad que está sola, que se siente un poco perdida y que, de alguna forma, yo le doy cierta seguridad… pero eso no puede sustentar por sí solo una relación, creo yo.

Me marché por la mañana, temprano. Como no hay nada normal en cuanto aparece Huracán, me crucé con una de sus compañeras de casa en el pasillo, cuando volvía de pasar el sábado de marcha…

Hemos quedado en vernos esta tarde, otra vez. Pero será en un sitio público, en una cafetería…

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El miércoles por la noche pasó algo. Algo con lo que no contaba, pero que entraba dentro de lo posible. Acababa de llegar a casa de unos amigos, para pasar una velada de cartas, y no hacía ni dos minutos que me había sentado delante de una cerveza bien fría cuando el teléfono empezó a sonar. Era una melodía que no escuchaba hacía mucho tiempo… a decir verdad, no sonaba desde hacía casi tres meses… eran los primeros tonos de Expediente X.

Era Huracán.

Me dio un vuelco el corazón. Sabía que algo así tenía que suceder tarde o temprano… pero no esperaba que fuera tan pronto. No pude ni plantearme la cuestión de cogérselo o no, porque Huracán colgó rápidamente. Esto dejaba dos posibilidades… o era un toque, para que yo la llamara, o se había dado cuenta de que me estaba llamando sin querer y había colgado…

Fuera como fuese no iba a llamarla. Y apagué el móvil… había ido a jugar a las cartas. Hablar con Huracán no estaba en el guión de esa noche.

Al salir de nuevo a la calle mientras me dirigía al coche para volver a casa encendí el teléfono. Y me llegaron seis llamadas perdidas. Dos desde su teléfono y otras cuatro desde un número que identifiqué como el del hospital. La última a las 12 de la noche. Eso no era una llamada por error… Huracán quería hablar conmigo.

Me acosté y dormí… pero poco.

La llamada se produjo ayer por la tarde, cuando iba camino de la piscina. Fue más o menos así:

– Hola…
– Hola.
– Ayer te pillé…
– Si, me pillaste un poco mal…
– Lo siento…
– No pasa nada… por suerte la música sonó poco tiempo…
– ¿Qué tal estás?
– Bien… muy bien… ya sabes… muy liado…

Hubo un par de segundos de silencio al otro lado de la línea.

– Te echo mucho de menos…
– Y yo a ti, Huracán.
– ¿Crees que podríamos vernos?
– Yo preferiría que no.
– Ya… entiendo… pero… necesito verte. – Su voz sonó preocupada. Me imaginé unas cuantas cosas, y ninguna buena.
– ¿Qué pasa?
– Me echan del piso.
– ¿Cómo que te echan?

Desde luego, entre las varias cosas no muy buenas que me imaginé no estaba esta. Huracán y su facilidad para sorprenderme siempre.

– El dueño se casa y quiere irse a vivir con su mujer…
– Pero hay un contrato, ¿no?
– No, no lo hay…
– ¿Cuánto tiempo tienes?
– Hasta finales de Mayo…
– Bueno… hay tiempo. Estás buscando otra cosa, supongo…
– Si, pero no encuentro nada… todo está muy caro… o muy lejos.
– Ya…
– Y había pensado que tú, que conoces a tanta gente, a lo mejor sabías de alguien que alquilara algo… que me pillara cerca del hospital… es que no sabía a quien acudir…

La verdad es que no se parecía en nada a la conversación que me imaginé que tendría con ella en el reencuentro. Pero con Huracán nada es convencional…

– Haré algunas llamadas y te diré algo… pero no te prometo nada.
– Muchas gracias, Sr K.
– Te dejo… tengo que entrar a nadar…
– Un beso

Haré esas llamadas y veré qué puedo conseguir… No sé. La llamada del miércoles me dejó descolocado y no me esperaba esto. Sobre todo después de lo que escribí el otro día, con eso de que era el primer día del resto de mi vida… es una manera curiosa de empezar el resto de mi vida… continuando con la vida anterior.

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La abeja Maya (ojo, Maya, que no Amaya) tenía a Flip el saltamontes. Pinocho tenía a Pepito grillo… mi conciencia se llama Almanzor. Eso sí, es más grande, menos verde, no tiene tendencia a saltar, a no ser que suene música pachanguera… pero sermonea exactamente igual. Os comento.

Estábamos tomando una caña, haciendo tiempo para entrar en el cine. Un plan de Viernes Santo como otro cualquiera. Y estábamos charlando sobre el segundo tema favorito de los hombres… las mujeres. A quemarropa, Almanzor me espetó:

– A ti te gustan mujeres muy guapas
– Toma, claro, igual que a ti…
– Si… pero me refiero a que sólo te gustan mujeres muy guapas.
– No sé en qué te basas para decir eso…
– ¿Huracán?
– Muy guapa…
– ¿Y Lentillas?
– Bueno… sí.
– A Tofu no la recuerdo bien, pero creo que era guapa.
– Sí, tenía una cara muy rica… pero era bajita y andaba raro…
– Entonces guapa… ¿Y Morcillita?
– Joder, también guapa… y con un cuerpazo.
– ¿Ves?
– ¿Me estás llamando superficial? Vale, esas mujeres son muy guapas… pero tienen otras muchas cualidades… Morcillita era muy buena, y tenía un gran sentido del humor. Y no hace falta que te diga que Lentillas tiene un gran cerebro, es super inteligente y brillante… Huracán era fresca y divertida y una sorpresa cada día…
– No, no… no te estoy llamando superficial… es sólo que para que te fijes en las otras cualidades de una mujer… en la inteligencia, en el sentido del humor o en si es limpia o hace ecuaciones de segundo grado… antes tiene que ser guapa. Hay un montón de mujeres que te estás perdiendo sólo porque de primeras no te parecen guapas…
– Pues no sé, tío… a uno le gustan las mujeres que le gustan… ¿No?

Pero, como de costumbre, Almanzor me hizo pensar… ¿Cómo me gustan a mí las mujeres?

Pues sí, es verdad, me gustan las mujeres guapas… pero no todas las mujeres guapas me gustan. Tienen que tener algo más. Yo prefiero una chica que sea guapa al natural, que apenas se maquille o, si por lo que sea no puede pintarse, no piense que es una debacle. O sea, que no piense que su belleza es su principal baza. No me gustan las mujeres flacas, de esas que se llevan ahora, engendros andróginos patilargos, sólo piel pegada al hueso. Creo que una mujer tiene que tener curvas, vertiginosas en algún caso. Tiene que se ser femenina.

Para mí es importantísimo el sentido del humor… mi mujer ideal tiene que tenerlo. Yo disfruto con unas buenas risas, me gusta hacer reír. Le tiene que gustar reírse, sobre todo conmigo, y tiene que hacerme de reír a mí. Y esto os puede parecer muy maniático, me tiene que gustar cómo se ríe.

Si puede ser más inteligente que yo, tanto mejor (en esto, como veis, no soy muy exigente… a poco que sea un poco despierta, será más inteligente que yo). Me gusta aprender cosas nuevas, así que no tengo ningún problema en que me enseñe de lo que sea que sepa más que nadie. Me da igual que sea tímida o extrovertida, porque si es tímida, ya hago yo las payasadas por los dos… y si es extrovertida, le sigo el rollo sin problemas.

Si demás tiene pasta, mejor que mejor (pero no es importante).

Pero, sobre todo, tiene que ser buena. Que tenga yo que esforzarme por ser mejor persona… que me ayude a mejorar y que me haga ver cuando estoy equivocado (porque a veces me obceco en una idea y me resulta complicado apearme del burro).

¿Acaso es pedir demasiado?

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