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En el anterior capítulo de “El último verano”, Mari Paz, la prima mayor, llega tarde por la noche a casa de la abuela. Emilio está despierto en la habitación que comparte con ella y su otra prima. Este es el final de la historia.

Mari Paz entró en la habitación. Era tarde y la luna se habría visto alta en el cielo de haber una ventana por la que mirar. Todos debían de dormir. Tiró de la cadena que hacía de interruptor de la bombilla colgada del techo y una luz amarillenta inundó la pequeña estancia. Miró a su cama y vio como Macarena dormía plácidamente. En la otra cama, el bulto quieto que debía de ser Emilio, aunque no se le veía ni un milímetro de piel, respiraba levemente y apenas se le oía.

Emilio no dormía pero, sin saber por qué, se hizo el dormido. No quería que su prima pensase que se había preocupado. Pero aunque simulaba dormir, no cerró los ojos del todo. Quizá movido por la curiosidad, no se perdía ni uno solo de los movimientos de su prima mayor, mirando por una estrecha rendija entre la almohada y la sábana. Mari Paz bajó los tirantes de su vestido y éste se deslizó apenas rozando su cuerpo. Era su vestido favorito, el de las flores, que le había regalado su madre por su cumpleaños. Por eso, aunque estaba en ropa interior, se dedicó con esmero a doblarlo antes de dejarlo en la silla. Emilio se fijó en la espalda de su prima, morena por las interminables tardes de sol en el patio, junto a Macarena; y siguió la línea de la espalda hasta que ésta se transformó en las nalgas, cubiertas por las braguitas. De color blanco, con dibujos de mariposas, parecían algo más propio de una niña que de una adolescente.

Su prima se sentó en el borde de la cama y echó las manos hacia atrás, hacia el cierre del sujetador, sin prestar apenas atención a lo que hacía. Con un hábil movimiento lo desabrochó y sus pechos quedaron al aire. A Emilio le dio un vuelco el corazón al ver el cuerpo desnudo de Mari Paz. No podía apartar la mirada de los pechos de su prima, mientras esta doblaba también el sujetador y lo dejaba al lado de la cama. Se olvidó de respirar, hipnotizado. El corazón de Emilio botaba descontrolado.

Estaba haciendo algo prohibido y lo sabía. Pero, además, se sentía extrañamente excitado. Emilio soltó el aire apresado en sus pulmones con un suspiro prácticamente inaudible. Aún así su prima se quedó un instante quieta, atenta, aunque apagó la luz tirando de la cadena que hacía de interruptor y se metió en la cama, junto a su hermana como si nada hubiera escuchado. Emilio, presa de la excitación, tardó mucho tiempo en poder dormirse. El cuerpo desnudo de su prima le venía una y otra vez a la cabeza.
A partir de esa noche Emilio se mantuvo despierto todas las noches hasta que Mari Paz se acostaba. Consiguió repetir la experiencia en algunas ocasiones.Pero no sólo la miraba de noche. También la miraba de día, cuando Mari Paz reía junto a su hermana tomando el sol en el patio. Se fijaba en los movimientos elegantes de sus manos, la forma de sus labios o el brillo de sus ojos. A veces un mechón de pelo se le salía de la coleta y a Emilio le entraban unas ganas tremendas de volverlo a poner en su lugar. La miraba mientras leía, concentrada en un libro, arrugando la nariz, o mordiéndose el dedo distraídamente. Pero lo que más le gustaba era contemplarla a la hora de la siesta, en la hamaca, dormida, con sus grandes ojos negros cerrados y respirando relajadamente.

Puede que fuera su imaginación, pero empezó a pensar que muchas veces por la noche su prima tardaba más tiempo del necesario en desnudarse o que se recreaba demasiado en doblar la ropa. Incluso, una vez, le pareció que, antes de apagar la luz, su prima miró hacia la rendija entre la sábana y la almohada y sonrió. No estaba seguro.

Fuera o no verdad, Mari Paz siguió viéndose con el muchacho alto y fuerte del pueblo todos los días mientras duró el verano.

De lo que sí estuvo completamente seguro, y sería algo que no olvidaría nunca, fue algo que ocurrió el día que sus padres vinieron a recogerle, justo al acabar las vacaciones. Su prima Mari Paz se despidió de él dándole un beso suave en los labios. Y la vio alejarse con una enigmática sonrisa dibujada en la cara.

Habían pasado 25 años de aquello y Emilio estaba otra vez en la vieja casa de la abuela. No volvió a veranear en el pueblo, entre otras cosas porque su padre fue destinado al extranjero y luego, él, había hecho su vida por allí. Y 25 años dan para mucho.

Al entrar se encontró con su tío Ramón y reconoció a varios primos. Pero Emilio buscaba con la mirada a Mari Paz. Quería volver a verla, después de tanto tiempo. Su abuela salió de la cocina y le abrazó tiernamente, tirándole de los mofletes como siempre hacía cuando le veía. Alguien llamó a Mari Paz.

Y se preparó para el reencuentro.

Dejo el final de la historia abierto. En realidad no sabía como terminarlo. ¿Encontraba Emililo a su prima 25 años más mayor, pero netamente igual, o por el contrario su prima “había cambiado”? No sé. Lo dejo a vuestra imaginación. Espero que os haya gustado. Por cierto, si esta noche celebráis algo, pues eso, que felicidades.

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Tal y como conté ayer, Emilio regresa a casa de su abuela y recuerda el último verano que pasó allí.  La historia continúa así:

Cuando Emilio las vio bajar del coche estaba demasiado enfadado como para fijarse en cómo eran sus primas. Sólo veía a dos niñas cargadas con dos grandes maletas, seguramente llenas de ropa. ¿Dónde pretendían meter todo eso? En la pequeña habitación no había espacio para nada más. Ni para ellas. Tendrían que marcharse. Sería lo mejor. Su abuela se daría cuenta de que era un error, que en la casa no había sitio… y se irían. Con sus estúpidos vestidos de flores y sus grandes maletas llenas de estúpida ropa de niña. Y en eso pensaba mientras pateaba una lata en la calle junto al coche de su tío, con cara de pocos amigos.

Tanto Macarena como Mari Paz, apenas le prestaban atención. Ellas siempre andaban juntas y se pasaban el día tomando el sol en el jardín o simplemente lejos de Emilio. Pronto hicieron buenas migas con otras niñas del pueblo, y empezaron a aparecer muchachos por la casa buscando, sobre todo, a Mari Paz, para ir al río o a los campos. Así que mucho no se veían y, en general, no le hacían demasiado caso. Por las noches, cuando se acostaban, Emilio aguantaba en silencio los cuchicheos y risillas de sus primas hasta que se dormían; y no tenía ni idea de por qué demonios se reirían, aunque no llegó a preguntarlas. Él cada vez se sentía más enfadado.

Damián, uno de los chicos mayores del pueblo, empezó a rondar a Mari Paz. Y ella no le hacía ascos precisamente. Era alto y estaba fuerte, de ayudar a su padre en el trabajo. Y tenía moto, algo que a la abuela no le gustaba demasiado. De hecho, no le gustaba demasiado que se viera con ese chico. Pero era complicado controlar a la nieta mayor y se escapaba a menudo., casi siempre con la colaboración de su hermana Macarena, que la cubría. Casi todos los días había bronca entre la abuela y Mari Paz por este motivo.

Emilio sabía que iban detrás de la tapia del cementerio,  aunque no tenía ni idea de lo que harían allí.  Un día decidió enterarse de lo que hacían y los siguió lo más disimuladamente que pudo. Pero, al final, no se atrevió a mirar; sólo escuchó y lo que llegó a sus oídos no le gustó. Salió corriendo de su escondite sintiéndose cada vez más enfadado con Mari Paz.

Era de noche y hacía calor. La abuela se había quedado dormida en la cocina esperando que Mari Paz apareciera por fin: la muchacha había ido con el hijo del mecánico a las fiestas del pueblo de al lado, con la moto, y se había saltado el toque de queda. Pero Emilio se mantenía despierto. En la habitación sin ventanas hacía demasiado calor y no conseguía conciliar el sueño. Además, estaba enfadado con su prima, como de costumbre, esta vez porque había conseguido preocupar a la abuela. Era una egoísta, siempre queriendo divertirse… ¿Y qué era eso de andar todo el día con el chico ese? A ver… ¿Qué hacían? ¿Qué? Nada bueno, seguro. O, al menos, eso era lo que creía él. Por fin escuchó el característico crujir de la puerta de la calle y los inconfundibles pasos descalzos subiendo por la escalera de madera. Su prima, por fin, había regresado y él suspiró aliviado.

Mañana el desenlace.

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La vida imita al arte. ¿O es al revés? No sé. Os presento un relato que escribí en un momento de inspiración. Puede que os recuerde cierta entrada que ya publiqué hace poco sobre algo que no se puede olvidar. Por supuesto me he inspirado en ella para escribir el relato. Aquí os dejo la primera parte.

La vieja casa. La casa del pueblo. Hacía años que no la visitaba, y le resultó extraño que esa navidad la familia quisiera celebrar la Nochebuena precisamente en ella. Su madre le había insistido mucho en que ese año no podía faltar. Había planes de demolerla y construir una casa nueva, o vender los terrenos, y la abuela quería despedirse de la casa con una fiesta. Y como la abuela ya estaba mayor y los médicos decían que no le quedaba mucho de vida, esa Nochebuena podría ser la última.

Emilio se sintió un poco raro, plantado delante de la agrietada puerta de madera, sin atreverse a llamar. Miró a su alrededor: el jardín destartalado con los parterres de rosales que jamás dieron una rosa y el banco de madera que siempre parecía a punto de romperse. Unos tiestos rotos en una esquina, una vieja rueca llena de óxido y la mesa de piedra donde la abuela les daba de merendar, durante aquellos interminables veranos de su niñez. Todo parecía idéntico a como lo recordaba, aunque ahora se daba cuenta de lo viejo y descuidado que estaba. Se preguntó si su habitación seguiría igual.

Cuando construyeron la casa nunca pensaron que en aquella habitación pondrían una cama, y mucho menos dos. Por eso no había ninguna ventana por la que entrara algo de luz o un poco de aire fresco. Era una habitación para meter cosas, los trastos que inevitablemente acumula una casa con el paso del tiempo. Y raramente se necesitaba usar, tan solo en verano, durante las vacaciones del colegio, cuando dejaban a todos los niños al cuidado de la abuela. Había que aprovechar cada hueco para meter a toda la tropa. Ocho fieras.

Emilio no disfrutaba demasiado en el pueblo. Era el mayor de todos los nietos y sacaba al menos tres años al siguiente. Y, con doce años, ésa es mucha diferencia de edad. No le divertía jugar con sus primos a los estúpidos juegos de mocosos, y no había otros niños con los que jugar. En definitiva: Ir al pueblo le aburría, y pasarse allí los tres meses de verano era como un castigo. Pero no tenía otra alternativa. La ventaja con la que contaba era que, siendo el mayor, disfrutaba de una habitación para él solo, todo un lujo en aquella vieja casa de pueblo. Aunque fuera la habitación sin ventanas y con ese olor a cerrado que se mantenía durante todas las vacaciones.

El último verano, el que fue especialmente caluroso, el tío Alfredo, mayor de los seis hermanos, marchó para un largo viaje de trabajo. Iba a América, al parecer, y estaría mucho tiempo fuera. Aquel año dejó a sus dos hijas por primera vez en el pueblo a cargo de la abuela. Hubo que meter una cama más en el cuartillo de los trastos y las dos muchachas, Macarena y Mari Paz, dormirían juntas allí. Ese detalle no le gustó en absoluto a Emilio. Ese era su territorio y no le apetecía verlo invadido por niñas. Además, apenas las conocía, porque el tío Alfredo casi no mantenía trato con el resto de la familia. Sólo sabía que Macarena era de su misma edad, y Mari Paz cuatro años mayor.

Desde luego, aquel sería un verano muy malo.

Mañana la continuación…

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Todavía recuerdo el primer chocho que vi. Por aquella época eso se llamaba chocho, como lo nuestro se llamaba pilila. Son cosas de la edad, supongo. Ahora habría usado otro tipo de palabra, más sonora, quizá… y que rima con moño. Pero con seis años yo no usaba esas palabras. A lo mejor las pronunciaba bajito, sin que nadie me oyera…

Aquel chocho pertenecía, como no podía ser de otra manera, a mi prima mayor, a la mayor de mis primas. No es que estuviéramos jugando a los médicos ni nada por el estilo. Ella tenía 16 o 17 años y yo apenas 6, y a esa edad ella ya jugaba a los médicos de verdad y a mí me gustaban los Clicks de Famobil. Y tampoco es que la estuviera espiando. Al menos técnicamente no fue así. Para empezar, yo estaba acostado en mi cama, arropado con una manta muy gruesa y era una hora en la que debería estar durmiendo. Así que no fue como si la espiase. Aunque eso fue exactamente lo que pasó.

Mi prima mayor estaba buenísima. No lo decía yo, lo decían todos. Era guapa y tenía un tipazo… y tenía mucho éxito con los chicos. Demasiado. Esto tampoco lo decía yo, lo decía mi abuela. Pero todos sabemos que las abuelas están algo chapadas a la antigua. A mi prima loe gustaba maquillarse y salir, y siempre se ponía cosas que remarcaban su impresionante pechera. Y así pasaba, que cambiaba de novio como de vestido. Digamos que se lo podía permitir.

El día que la vi desnuda estábamos en el pueblo. En el pueblo de mi madre, en la casa de la abuela. Una vieja caserona de más de cien años que llevaba más o menos ese tiempo cayéndose a trozos. De hecho, todavía se cae a trozos y, seguramente, pasará los próximos cien años haciendo lo mismo. La casa nunca ha sido muy grande, pero cuando los primos éramos pequeños, entrábamos todos sin problemas. A mí, en esa ocasión, me tocó compartir cama con mi hermano pequeño (que por esa época lo era, aunque ahora le hemos ascendido y es mi hermano mediano). Y en la otra cama dormían mis primas. Estábamos todos acostados, aunque mi prima mayor había salido con un chico esa noche.

Mi hermano es tan nervioso que apenas se le distingue de un epiléptico en pleno ataque. Bueno, no es verdad, pero es que se mueve mucho. Y, claro, yo no podía dormir bien. Por eso estaba despierto cuando mi prima entró en la habitación. ¿Por qué me hice el dormido? No lo sé muy bien. A lo mejor porque se suponía que tenía que estar dormido… seguramente. Pero el caso es que disimulé tan bien que mi nombre sonó en algunos círculos para entregarme el Oscar al mejor actor. Y ella, supongo que pensando que nadie la veía, se desnudó para meterse en la cama.

No recuerdo que me llamaran la atención sus tetas. Y eso que con esa edad y ese tipo tenían que ser grandes pero firmes, con el desafío a la ley de la gravedad que da la fuerza de la juventud. Pero qué le vamos a hacer… no les presté la menor atención. ¿Cómo fijarme en esos globos de carne estando tan cerca eso otro mucho más misterioso todavía? Y con pelos, además. Porque tenía pelos. Vamos a ver… no estoy hablando de pelo en plan… matojos de un bosque a finales de la primavera, antes de que pasen las desbrozadotas y limpien de matorral para evitar los incendios. No. Estoy hablando de pelo, pero no de tanto pelo. Tampoco hablo de un fino bigotillo recortado sobre la sonrisa vertical. Eso habría sido de correr estos tiempos. Hablo de pelo. Y para un niño de seis años, tener pelo “ahí”, es algo novedoso… casi misterioso. Supongo que a esa edad ya sabía que las niñas no tenían colita, pero no tenía ni idea de que a las niñas les salieran pelos ahí abajo.

Apenas duró el espectáculo, pero esos pocos minutos que tardó mi prima en colocar la ropa en la silla y apagar la luz antes de meterse en la cama se me quedaron grabados a fuego en la memoria.

Estos recuerdos me volvieron a la cabeza el sábado. Como ya dije en su día, hace un año además, mi abuela cumple años el mismo día que la constitución. Y el sábado mi madre hizo una gran tarta de hojaldre y nata para celebrar el cumpleaños de la abuela. No está muy allá de la cabeza, pero nos reconoce a todos. En la fiesta de cumpleaños coincidí con mi prima la mayor. Hacía muchísimo tiempo que no la veía.

Ahora es, literalmente, la mayor de mis primas. Ese cuerpo voluptuoso y bien formado se ha convertido en una enorme bola de gelatina blanda. Mi prima la mayor no tiene cuello, pero sí dos papadas. Y los antaño firmes globos de carne sufren ahora la gravedad con toda su fuerza. Casi podría decir que sufren la fuerza de la gravedad de Júpiter (que como todo el mundo sabe es más potente que la terrestre) y se desparraman encima de una barriga que, habiendo venido de Nepal recientemente, recuerda más a la de un Buda feliz que a cualquier otra cosa.

El tiempo pasa y los cuerpos cambian. Pero es curioso que me acordara de aquel día tan remoto en el pasado.

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Para los que beben mucho existe una cosa llamada alcohólicos anónimos. Para lo que tienen problemas con las drogas, están las clínicas de desintoxicación. Los adictos al sexo tienen psicólogos y completos programas que incluyen inyecciones de bromuro(1). Para los adictos a la comida hay dietas de adelgazamiento y candados para la nevera. Pero para los adictos al tenis… ¿Qué hay?

Llevo casi un año escribiendo mis desventuras en este blog y no he escrito ninguna entrada sobre mi madre. Creo que va siendo hora ya de remediarlo.

Mi madre es una gran mujer. Cualquiera que la viera no diría eso, ya que no levanta del suelo más de metro y medio, pero seguro que se lo pensaría dos veces de decirlo en voz alta de verla con una alpargata en la mano. Tiene nombre de flor aunque yo la suelo llamar por su nombre verdadero, que no es otro que “Mamá”. Y responde siempre. Porque mi madre es una madre a la antigua. Se enfada si no dejo que venga a casa a echarme una mano. Ya lo lleva mejor, pero llegó a negarse a venir siquiera de visita cuando no cedí ni un ápice en ese tema.

Ya he dicho que no es muy alta, pero sí es muy guapa. Y no es porque sea mi madre. Tiene los ojos azules muy claros y es propensa a la risa. De joven la llamaban la “Alemana”, porque tenía la piel muy blanca y una larga y rubia cabellera lisa (proporcionalmente a su tamaño, claro). Ahora ya no es rubia sino que es albina… por las canas. Y, a medida que ha ido cumpliendo años, ha ido recortando su melena, como todas las madres del mundo.

Mi abuelo murió muy joven, de una enfermedad fulminante. Así que mi abuela se quedó sola con cinco hijos a los que criar. Fue una época muy dura. Y, para colmo, al poco tiempo de volverse a casar, mi abuela enfermó gravemente… así que, como eran otras épocas, a mi madre la quitaron rápido de la escuela para que ayudara en casa. Ya sabéis, como era una niña, no era muy necesario que estudiara: con que supiera escribir su nombre era suficiente. Así que con muy poquitos años se vio al frente de una familia numerosa.

Quizá el que lleve más de cincuenta años cocinando es la razón por la cual es tan buena cocinera. Nadie puede decir que sabe lo que es una croqueta si no ha probado las que hace mi madre… y no sólo croquetas… de todo. Y por eso de que la infancia fue difícil y ella pasó hambre, ahora pone cantidades fabulosas de comida. Dicen que donde comen tres comen cuatro. Con mi madre, comerían veinte y pedirían un poco de sal de frutas al terminar. Quizá esa sea la razón por la que los tres hermanos nos hemos criado “hermosotes”. Por no decir “Rollizos”.

A mi madre la ha dado ahora por el deporte. Hasta hace tres años no sabía nadar. Cuando los demás niños chapoteaban en el río, ella también estaba en el río, pero lavando. Así que nunca aprendió a nadar. Es más: tenía pánico al agua. Pero un buen día decidió vencer ese miedo y se apuntó a natación, en la piscina municipal. Y ahora nada a todos los estilos y hasta se queja de que las demás señoras de su calle son demasiado lentas.

Además de la natación hace gimnasia de mantenimiento y, en general, está jugando a todo lo que no pudo jugar de niña. Ha descubierto el Baloncesto, el voley, el fútbol… y el tenis.

Y se ha vuelto una adicta al tenis. Con eso de la TDT y que sintoniza el Teledeporte, está abonada a cuantos torneos retransmiten por la tele. Y ya no es sólo que vea los partidos de Nadal, o de cualquier otro español. No. Es que se ve cualquier partido de tenis que haya. Un día llegué a casa de mis padres y estaba viendo a un checo y a un croata jugar un partido de primera ronda en el torneo de Miami… lo mejor: se sabía el nombre del checo y del croata. De hecho se sabe los nombres de todos los jugadores de la ATP que suelen llegar a las fases finales de los torneos, aunque tiene problemas para pronunciar el nombre de Djocovich.

Ayer, en lugar de quedar con los colegas para ver la final de Roland Garros entre Rafa Nadal y Roger Federer, fui a casa de mis padres y la vi con mi madre… tendríais que verla aplaudir los golpes de Nadal. Disfruta como una niña…


(1) El bromuro termina por completo con las apetencias sexuales. Cuando a uno le ponen una dosis de bromuro en el cuerpo ya no tiene más ganas de follar. En realidad tampoco tiene ganas de respirar… ya que el bromuro es un potentísimo veneno que destroza los órganos internos. Así que ya veis… lo del bromuro en la mili es todo un mito.

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El sábado por la noche será el concierto de Eme Navarro y los The Homeless Bones en la sala La Leyenda de Madrid. Ya estuve en el concierto que dieron en la Sala Bourbon Café hace unos meses. Tocan bien estos chicos, así que no faltaré, como creo que no faltarán un gran número de blogueros de esta nuestra comunidad…

Entre los muchos defectos que tengo hay uno que, a veces, me saca de mis casillas: tengo lo boca muy grande. Y no me refiero a su tamaño físico, sino más bien a la habilidad que tengo para meterme a mí mismo en problemas por su culpa. ¿Pues no voy y digo que podría hacer un monólogo? Un monólogo de esos de hacer reír a la gente… mi experiencia con monólogos se reduce a saberme algunos de los clásicos de memoria… pero interpretar, lo que se dice interpretar… en fin, no he interpretado mucho desde hace años.

Yo, de pequeño, debuté en los escenarios con 6 años. Sin pensármelo dos veces, sin nervios… fue durante un festival de verano en donde vivía antes. Cada verano montaban un escenario y había bailes regionales, obras de teatro y, por la noche, proyectaban películas. Recuerdo que esa noche tocaba La fuga de Alcatraz, con el bueno de Clint Eastwood haciendo, como no, de tipo duro. Lo recuerdo vivamente. Yo estaba allí con mis padres y mi hermano pequeño… y el presentador preguntó si alguien se sabía un chiste… yo me sabía uno muy bueno, quizá el chiste más divertido de la historia… así que me solté de la mano de mi madre y me subí al escenario por unas escaleras metálicas que había en la parte de atrás. Recuerdo que las escaleras eran muy empinadas y me costó llegar arriba (los zapatones con refuerzos metálicos pesaban una barbaridad).

Y allí me encontré yo. Junto al presentador, que me dio el micro, y frente a un auditorio lleno de gente… mirándome fijamente. Mirando a un pequeñajo de pelo rubio ensortijado, mofletes sonrosados y ojillos curiosos. Y unos grandes zapatones negros claramente ortopédicos…

– Yo me sé un chiste.- Dije con la vocecilla infantil propia de un niño de seis años – pero es un poco guarro… – Esto ya provocó las risas del público.
– A ver… ¿Cuál es? – Me animó el presentador. Y yo me solté.
– Una mujer de grandes senos tiene dos perros… a los que llama “mis tetas”. Un día los perros se le escapan y ella los busca. Se encuentra con un señor y le dice: “Oiga señor… ¿Ha visto usted a mis tetas?” Y él dice: “No, pero me gustaría verlas”

La gente se partía de risa.

Esa fue la primera vez que sentí el aplauso del público. La gente se reía con ganas y yo me sentí tremendamente bien. Mis padres, sorprendidos, me esperaban abajo. Siempre habían sabido que no tenía vergüenza… pero de ahí a subirme a un escenario…

Luego vino el teatro en obras infantiles y luego, con la adolescencia bien subida, vino el intentar ligar con las chicas… que había que echarle mucho teatro al asunto. Y esa es toda mi experiencia artística, hasta el momento.

He estado escribiendo el monólogo que se supone interpretaré el sábado en el concierto. Y digo se supone porque después de leerlo varios cientos de veces, no le encuentro la más mínima gracia… y si a eso le sumamos que ya no soy ese pequeñajo de rizos rubios y mejillas sonrosadas ni mido menos de un metro y no llevo esos pesados zapatones ortopédicos…

Así que no podré salir de esta con el chiste de Mis tetas…

Si quieres saber qué pasará… sólo tienes que ir a la Sala La Leyenda, de Madrid, el sábado por la noche… al menos, habrá un concierto de puta madre… y a lo mejor, será la última actuación del Sr K.

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La semana pasada hice un post sobre la princesa Leia. En realidad no sobre la autentica Princesa Leia, sino sobre mi amiga a la que yo llamo así. Curiosamente ese día se batieron todos los récords de audiencia desde que se pusieron las estadísticas. Y el post ha sido uno de los más leídos. En fin, esto me ha hecho pensar que en la comunidad hay muchos fans de Star Wars.

Como yo.

Cuando tenía, no sé, como 7 u 8 años pasé el verano en casa de unos familiares. Acababan de inventar el video y, cosas del destino, mis tíos optaron por el VHS en lugar del BETA (no es que aporte nada a la historia, pero yo lo cuento por si a alguien le interesa). El caso es que dos críos de esas edades todo el día en casa éramos lo más parecido a un problema… y a mis tíos se les ocurrió la idea de alquilar unas películas a ver si nos podíamos estar quietos un rato. Las películas elegidas fueron dos: Star Wars y El señor de los anillos.

Obviamente no era la versión de Peter Jackson… soy joven, pero no tanto. Además, dudo que esté editada en vídeo VHS. Era la versión de Ralph Bakshi, rodada en formato de dibujos animados pintados sobre imágenes reales. Con esa edad uno se queda con detalles nada más… por ejemplo, el tamaño de los pies de Gollum, lo realmente corta que es la faldita que lleva Trancos, o los andares paticortos de Sam al correr detrás de Frodo… en fin.

En realidad nosotros le dimos caña a la Guerra de las Galaxias… que molaba mucho más, con todos eso bichos raros, los sables de luz y las naves espaciales disparando rayos láser a diestro y siniestro.

Algunos años después descubrí el Hobbit casi por casualidad y tengo que reconocer que me llamó la atención… Smaug, el dragón de la Montaña Solitaria, el anillo mágico, las aventuras de Bilbo escapando de los elfos del bosque usando unos toneles donde metió a sus amigos enanos, ayudado por el anillo que hacía invisible. En un taller literario que había en mi colegio (os tengo que contar lo de mi colegio, pero eso lo haré en un post diferente) comenté que me había gustado y el profesor me aconsejó la lectura de El Señor de los Anillos”.

Y el libro vino a mí en un momento difícil de la infancia: no tenía amigos, recién llegado a un colegio con normas extrañas (para mí) y pasaba los recreos sólo y aburrido. Así que me sentaba en las escaleras, al sol, y leía las aventuras de Frodo, de Sam, de Trancos y del viejo Gandalf… el anillo único, el malo malote cascabelote de Sauron y sus orcos. Me podía imaginar el vuelo de los Nazgûl sobre las murallas de Minas Tirith, la batalla de los campos de Pelennor o la no menos espectacular del Abismo de Helm o a Barbol y los demás Ents dándole lo que se merecía al traidor de Saruman.

El Señor de los anillos es mi libro de cabecera. El único libro que leo sin cansarme, aunque casi me lo sé de memoria. A veces lo abro al azar y leo a partir de ahí. Otras, dependiendo del estado de ánimo, me leo algún capítulo concreto… me encanta el que se llama “La cabalgata de los Rohirim” que enlaza con el que se llama “La batalla de los campos de Pelennor”. Y mientras leo, escucho el ruido de los cascos de los caballos al galope, el gemido de los cuernos soplados en el fragor de la batalla, el entrechocar de las espadas y los golpes de las lanzas de los orcos contra los escudos. Y me emociono (de nudo en la garganta) con la escena de Eowin (la hermana de Eomer, única mujer que luchó en los campos de Pelennor, y que se mantuvo firme incluso cuando cayó el rey bajo las garras del Nazgûl) luchando con jefe de los espectros del anillo…

– Ningún hombre puede matarme…
– Yo no soy un hombre… soy una mujer.

Y el espectro preguntándose si el que inventó la profecía usaba el término Hombre refiriéndose concretamente al género o se trataba más bien de un concepto global para referirse a un humano, pero sin entrar en detalles sobre el sexo del gachó… y siempre me imagino una ceja inexistente alzándose sobre la cuenca vacía del ojo derecho de la calavera del espectro en un claro ejemplo de duda, momentos antes de morir. Joder, se me ponen los pelos de punta de sólo recordarlo.

Me lo habré leído más o menos unas 17 veces entero, y por partes no sé cuantas más. Así que me sé todo lo que hay que saber sobre el Señor de los Anillos… aunque no soy un friki. Porque para ser friki hay que disfrazarse de mamarracho y hablar en élfico… y yo no sé hablar en élfico. Es más, me niego. Sobre todo porque yo sé que de elfo tengo más bien poco… yo sería con gusto un Hobbit de pies peludos. Porque los hobbits desayunan tres veces y son dados a la bebida y a la comida y a una buena charla junto al fuego.

La verdad es que tanta predilección por este libro tiene su razón de ser. Yo he vivido casi toda la vida en casa del auténtico Señor de los Anillos. Del señor de los anillos, de los pendientes, de los collares, gargantillas y pulseras. Porque se da la circunstancia de que mi padre es Joyero. Pero no un joyero cualquiera, no, sino Maestro Orfebre… o, como a él le gusta llamarse, Joyero Artesano. Así que he visto hacer muchas cosas de oro… es más, yo mismo he hecho alguna que otra (alianzas lisas, lo reconozco, pero algo es algo).

Así que yo soy hijo del Señor de los Anillos… supongo.

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