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Posts Tagged ‘Lentillas’

En Nepal usan un sistema para medir el tiempo diferente al del resto del mundo. Está basado en horas de 100 minutos y días de 10 horas… y no sabía a qué hora nepalí correspondían las tres y media de la mañana. ¿Cómo se puede dormir tranquilo sin saber “realmente” la hora que es? Tenía que calcular la hora nepalí… al precio que fuese. Y daba igual que nuestro guía, Chewan, hubiera quedado en llamarnos a esa hora… yo tenía que saber qué hora era.

Comienza a clarear

Comienza a clarear

Obviamente en Nepal se mide el tiempo igual que en el resto del mundo… pero a mí me dio por soñar eso. Y, claro, no pasé buena noche precisamente. Muy movidita, según Escarabajo, mi compañero de celda (porque la apariencia de la habitación era la de una celda de un monasterio especialmente pobre).

El momento mágico se acerca

El momento mágico se acerca

Chewan llamó a la puerta a la hora convenida y salí del saco a toda velocidad. Ya estaba vestido, porque me había acostado con toda la ropa puesta, y la mochila preparada del día anterior. Sólo había que continuar el ritual diario de meter el saco en la bolsa compresora. Mientras lo hacía me sentí un poco extraño… había algo en mí que no cuadraba pero no sabía lo que era. Escarabajo salió el primero al frío exterior y me avisó desde allí:

– ¡Macho… nunca había visto tantas estrellas!

La nieve brilla con millones de destellos

La nieve brilla con millones de destellos

Y salí a mirar yo también. Miré para arriba y vi las estrellas. Todas. Jamás en mi vida me había dolido la cabeza de esa manera. Un dolor que iba desde la base del cuello hasta detrás de los ojos. Ni en la peor de las resacas. Ni juntando todas las resacas en una, multiplicando por diez y elevando el resultado al cuadrado. Las otras estrellas, las del cielo, también las vi. Y pese al tremendo dolor de cabeza os puedo asegurar que jamás había visto un cielo tan bonito.

Antes del desayuno ya me había tomado un gelocatil y una aspirina con un poco de hot lemon, a ver si se me quitaba el dolor de cabeza. El desayuno consistió en un bocado al emparedado de queso (que me provocó una arcada impresionante) y en otro poco más de hot lemon. No me entraba nada más. Y eso que la experiencia me decía que no se puede andar mucho con el estómago vacío. Así que Lentillas, como hermana mayor (Didi, en lengua nepalí), envolvió el emparedado en unas servilletas y me lo guardó en la mochila, para que fuera comiendo mientras ascendía. Añadió, además, un par de barritas energéticas. Esta lentillas.

Con Chewan, el guia (foto sin gafas, como se habia pedido)

Con Chewan, el guía (foto sin gafas, como se había pedido)

La idea era empezar a andar a las cuatro y media de la mañana y recorrer los 500 metros de desnivel que nos quedaban antes de que saliera mucho el sol. La razón: el viento. El Thorung La es el puerto de montaña más alto del mundo, y casi siempre está azotado por un fuerte viento. Es por lo que en cuanto el sol se levanta un poco, empieza un vendaval muy incómodo que queríamos evitar.

Así que con el frontal en la frente (por otra parte, el mejor lugar para ponerlo), la mochila al hombro, y toda la presión del mundo sobre mi cerebro, iniciamos la marcha a buen ritmo, todos en fila india y siguiendo al guía y los serpas, que en esta ocasión iban con nosotros. A nuestro alrededor no se veía nada, pero confiábamos en la pericia del guía. Creo que el caminar a oscuras nos vino bien, porque con las placas de hielo que había en el camino, mejor no saber a dónde caeríamos en caso de resbalón. Casi no hablábamos y sólo se escuchaba el crujir de la nieve o del hielo bajo nuestros pies y nuestra respiración entrecortada. En realidad, mi respiración entrecortada. Me estaba costando horrores seguir el ritmo de los serpas, entre el dolor de cabeza y un mareo la mar de interesante que empezaba a subir muchos puestos en mi lista de penalidades personales.

Más o menos esto era lo que se veia, que no está mal

Más o menos esto era lo que se veía, que no está mal

Por supuesto me tuve que detener para recuperar el resuello, y no pude evitar maldecir por no haberme traído un tercer pulmón en la mochila. Eso sí que habría servido de algo, y no tanto calzoncillo limpio y camiseta de recambio. Intenté recuperarme rápido porque mi parada obligó a detenerse a todo el mundo, ya que el guía no permitió que nos separáramos. A partir de ese momento, la marcha fue mucho más irregular, con detenciones cada poco tiempo. Mis pulmones no daban mucho más de si, y no lograba averiguar quien era el que me estaba pisando el pecho y me impedía respirar.

Cualquier lugar es bueno para poner una plegaria

Cualquier lugar es bueno para poner una plegaria

Por fin llegamos a una especie de meseta y dejamos atrás los acantilados y nuestro guía se relajó un poco. Dejó irse a Lentillas y a Escarabajo con los serpas, mientras que él se quedó con Herrero y conmigo, llevando un ritmo más lento. Mientras yo buscaba mis pulmones por el suelo, Herrero se dedicó a hacer algunas fotos, ya que el cielo estaba lo suficientemente claro como para ver recortadas las montañas en el cielo.

Y el sol salió. Y la luz rebotó en los cristales de hielo y la nieve brilló con millones de destellos a nuestro alrededor. Una visión maravillosa. Tan maravillosa que parecía irreal, como de cuento. Como si se hubieran gastado una pasta en efectos especiales. Una cosa tan espectacular sólo podía ser otro síntoma del mal de altura, una alucinación de un cerebro dolorido y ligeramente sobrecargado de analgésico. Y en eso andaba yo pensando cuando la chica que tenía al lado, una de las israelíes, soltó un “wow, its great” mientras miraba a su alrededor, como yo… el efecto óptico era real y quizá sea lo más espectacular que he visto en la montaña. También es posible que esta afirmación tenga una carga emocional importante.

En lo más alto (que he llegado nunca)

En lo más alto (que he llegado nunca)

A juzgar por lo que dijo Chewan, Herrero y yo vimos el amanecer en el punto exacto en el que es más espectacular. Supongo que mi halo se las apañó para que no estuviera en mejores condiciones y para que mi paso lento nos retrasara lo justo. Pero por muy espectacular que fuera el amanecer, no sé si valió la pena, porque lo que quedaba hasta el paso de Thorung La fue interminable para mí. Para dar un paso necesitaba de toda mi voluntad y no podía dar más de 20 pasos seguidos sin tener que parar para recuperar el resuello. El corazón botaba en mi pecho alocado y los pulmones los sentía cada vez más pequeños. Me faltaba el aire, me dolía la cabeza y a pesar de no tener nada en el estómago, sentía unas nauseas terribles. Dejé de ver a mi alrededor y me concentré en el bastón y en la huella en la nieve; en dar el siguiente paso. Digamos que se convirtió en un “tú o yo” del que no pensaba salir perdedor. Puedo ser muy cabezota en ocasiones.

La llegada al paso de montaña más alto del mundo fue muy emocionante. Se veía el montón de rocas con la placa conmemorativa y los miles de banderas de plegarias atados a cualquier parte. Desde lejos, con la nieve y las banderolas de colores, parecía un montón de basura. Lo que no quita que sintiera una alegría inmensa al verlo. Allí estaban mis amigos, esperando que llegáramos, otros grupos haciéndose fotos, y nuestros serpas fumándose un pitillo (seguramente no sería el primero).

Vistas desde el paso... hasta el infinito y más allá

Vistas desde el paso... hasta el infinito, y más allá

De la llegada sólo recuerdo tres cosas: El enorme nudo que tenía en la garganta por la emoción de llegar, y que, de no ser por que soy un tipo duro, me habría hecho llorar como un niño. También recuerdo la idea de que tenía que tocar el montón de piedras antes de hacer cualquier otra cosa, y que dije “Casa”, cuando toqué la placa metálica. Y el enorme abrazo que me dio Lentillas cuando por fin alcancé la meta. Tardé un rato en poder articular palabra… y eso que me había preparado un pequeño discurso, pero cuando se tiene tal cantidad de emociones, las palabras faltan. Entre que las recuperaba, junto con el resuello (que seguía faltando), nos hicimos las fotos de rigor… más que nada para demostrar que habíamos llegado hasta allí arriba.

Una enorme cantidad de nata montada

Una enorme cantidad de nata montada

Pero si la subida me pareció dura, la bajada fue terrible. En parte por el cansancio acumulado, la falta de aire, el dolor de cabeza, el mareo y las nauseas… pero también porque fueron 1.800 metros de desnivel negativo. Una pasada de desnivel negativo. Guardo una uña negra en mi dedo gordo como recuerdo de aquella bajada… y no es que la guarde en una cajita… la llevo puesta. Al igual que con la subida, me concentré en la bajada, en donde ponía el pie, en evitar los resbalones y en mantener un poco el ritmo. Al llegar a Muktinath, el final de la ruta para ese día, mis rodillas estaban al límite de su resistencia. Por suerte unos españoles me habían dado un ibuprofeno que terminó de quitarme el dolor de cabeza y me alivió el mareo.

La bajada infernal... aunque no lo parezca, lo más duro del dia

La bajada infernal... aunque no lo parezca, lo más duro del día

El camino hacia el pueblo pasaba por un templo donde se estaba celebrando una ceremonia hindú, la fiesta del agua y el fuego, de la que hablaré en un post que dedicaré a la religión y los templos. De no haber estado de paso sé que habría pasado de ver el templo luego por la tarde. Estaba realmente agotado y dediqué el resto del día a descansar. Apenas comí y me abstuve de beber cerveza… por si volvía el dolor de cabeza.

Eso sí: después de cuatro días… volví a ducharme. Fue con agua fresquita… pero me supo a gloria.

Como de costumbre, pinchando en las fotos se pueden ver a mayor tamaño (y todas valen mucho la pena, desde mi punto de vista). Estoy a la espera de que me pasen el vídeo con los mejores momentos de la acensión, pero entre que llega o no, pongo dos pequeños vídeo que grabé yo desde mi cámara. Se supone que me había conseguido serenar y que había recuperado el resuello. Obviamente no es así, a juzgar por mi respiración entrecortada. El primero es del momento en que nos separamos y todavía no había amanecido.

El segundo fue un intento más bien pobre de sacar el efecto óptico del brillo multicolor de la nieve, con los destellos y todo lo demás. Juzgar vosotros mismos.

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El domingo por la mañana había una carrera popular que salía prácticamente de la puerta de mi casa. Yo no iba a participar y, de hecho, ni me habría enterado de su existencia, si no fuera porque Ironmán corría en ella. Me avisó el jueves mediante un correo electrónico y me animaba a participar con él. A fin de cuentas sólo eran 10 kilómetros, y estaba al lado de mi casa.

El mote de Ironmán no es porque este hombre sea especialmente metálico, ni porque vuele, o se dedique a salvar el mundo. No. El mote viene dado por una afición que tiene: practicar un triatlón de elite al que llaman el Ironmán. O sea, nadar dos kilómetros, hacer 180 kilómetros en bicicleta y correr una maratón, todo ello en el mismo día, todo seguido y, lo que es más extraño, sin que nadie les obligue.

O eso era antes. Ahora, con la falta de entrenamiento debido al nuevo trabajo, los viajes, las comidas fuera de casa y, lo que es más importante, lo feliz que está con Lentillas, ha cogido algunos kilos de más. Y eso lastra mucho a la hora de correr en una carrera. Sobre todo si es de 10 kilómetros. Supongo que por eso me animaba a correr con él… porque así al menos ganaría a alguien… pero yo, aunque me estoy preparando para el Nepal y en esa preparación hay carrera (estoy corriendo unos 8 kilómetros un par de veces a la semana), no estaba dispuesto a hacer de sparring moral. Y, bueno… alguien tenía que hacer compañía a Lentillas mientras esperaba… ¿No?

Al final el sábado me acosté a las tantas, pero me puse el despertador para no perderme el acontecimiento. Y sin desayunar ni nada me encaminé hacia las pistas de atletismo donde estaba la salida y la meta. Me costó algo de trabajo encontrar a Lentillas, sobre todo porque estaba debajo de varias capas de ropa. Ella es así de friolera… y, bueno, había a su lado dos pequeñas criaturas a las que identifiqué como los Ironkids.

Debí de pillarles en el único momento en que se quedaron quietos, porque el resto del tiempo que duró la carrera, se desperdigaron por ahí, como niños pequeños que son. Bueno, como niños pequeños sin botas ortopédicas que son. Así que eché mano de mis enseñanzas en la mili y aporté mi granito de arena a la causa intentando no perderles de vista, mientras mantenía una conversación a rachas con Lentillas.

Los Ironkids son pequeños, de siete y nueve años, creo… pero pequeños de todos modos. Y son traviesos e inquietos. Aunque de forma diferente cada uno de ellos. El pequeño es travieso y trasto, inquieto y curioso. Pero capaz de quedarse absorto con un bolígrafo con calendario o con un llavero. Vamos, lo que es un niño de siete años. Pero el mayor… bueno. El mayor es diferente. Y para mí que será el que más problemas le de a Lentillas cuando quiera que decida vivir con Ironmán. Porque el crío está buscando el límite al que puede llegar con ella.

O sea, ya es mayor y sabe un poco de qué va eso de que su padre esté con otra mujer diferente a su madre. Y está buscando plantar una bandera lo más adentro del territorio enemigo que pueda. No digo que sea un acto consciente, ni nada por el estilo. Es sólo que, de alguna manera, se trata de llevar la contraria a esa señora “ajena a la familia”. Aunque a lo mejor sí que es de manera consciente, porque su actitud es diferente estando el padre delante… a ver como lo resuelven porque me temo que ella tendrá que pasar mucho tiempo con los niños en un futuro cercano.

La verdad es que es para pensárselo. Quiero decir, lo de empezar una relación con alguien con hijos. Porque en una relación así hay mucha gente. Demasiada gente. Porque no sólo son los hijos, sino que hay un ex (que con hijos de por medio no se puede, ni debe, desvincularse), y unos ex abuelos (que no porque los padres de sus nietos se hayan separado va a dejar de verlos)… y eso es mucha gente opinando. Así que si ya es difícil cuadrar una relación con una persona sola… con tanta gente es una misión casi imposible.

Sólo espero que Lentillas consiga lidiar con todo y sea feliz. Que se lo merece.

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Nueve de cada diez médicos consultados dicen que perder mucho peso en poco tiempo no es bueno. El otro médico, está todavía con el chicle con azúcar (es que es un poco corto el pobre). Ahora en serio, no sé si será verdad, pero lo cierto es que perdí seis kilos en dos semanas. Yo pesaba la friolera de 100 y, al terminar esos 14 días, pesaba 93 kilos y medio… que no es poco, pero era menos que 100. Algunos, los más pesados, estarán preguntándose cómo pude hacer eso… y yo siempre digo lo mismo… hice la dieta del serrucho comer poco y andar mucho. La variante, la dieta del cucurucho, es mucho más divertida, claro…

Lentillas se quedó alucinada al verme… ¿Quién demonios era ese tipo casi no gordo que tenía delante? Ella recordaba a un Sr K redondito y blandito y, ahora, tenía a un Sr K… redondito y blandito… pero menos, seis kilos menos de redondez y blandez. Y reconozco que me gustó ver su cara de asombro. Estábamos en Lugo y esa misma tarde descubrí, al pagar los billetes de bus para Oviedo, que no tenía carné de identidad… lo que era un fastidio porque 9 días más tarde teníamos intención de entrar en Portugal… y no es bueno ir sin documentación. Pero esa es otra historia que os contaré otro día…

Llegamos a Oviedo sin novedad y buscamos el albergue de peregrinos de la ciudad. Albergue que encontramos sin mayores problemas. En realidad era una parroquia y estaba en mitad de la ciudad, en el bajo de un bloque de pisos. El párroco no estaba, era muy tarde y se había marchado a su casa. En realidad no había ningún responsable… y ya puestos, no había nadie que abriera la puerta. Cuando estábamos apunto de rendirnos y buscar un hostal o pensión donde pasar la noche, uno de los peregrinos salió del albergue… se iba de marcha a conocer la noche Ovetense. Digamos que actuó de nuevo la buena suerte que tengo y pudimos entrar.

Lo que pasó a continuación hay dos maneras de contarlo…

La mala.

Estaba acostado con Lentillas… y yo me estaba tocando… y le dije: “Toca, toca”, y ella me tocó…

Y la buena.

Estaba acostado en el suelo de la parroquia, junto a Lentillas, cada cual en su saco, y me estaba tocando las recién descubiertas costillas. Estaba tan extasiado, y tan contento por el logro que quería compartirlo con ella. Y le susurré:

– Se me notan las costillas… mira, toca…

Y ella tocó… ¿Qué otra cosa podía hacer? Sabe perfectamente que me puedo poner muy pesado en ocasiones.

– ¿Te imaginas que me pongo buenorro? – Le dije, aunque era un pensamiento más para mí que para ella…

Había un millón de posibles respuestas. Podría haberse quedado en silencio. Podía haber dicho un sí, o un no… podría haberme cantado una sardana, o recitado algún pasaje de Hamlet… pero no… tuvo que contestar, y encima hacerlo a la velocidad del rayo…

– Uy, eso sería un cambio radical…

O sea, estaba acostado junto a la tía que más me gustaba del mundo mundial y ella pensaba que yo era lo más radicalmente opuesto a un tío bueno… no ligeramente opuesto. No. No algo apuesto. Que va… radicalmente opuesto. Y encima no tenía ni que pensarlo…

– Buenas noches.- dije. Y me di la vuelta. No volví a decir nada en toda la noche.

No estaba enfadado. Ni molesto siquiera… pero tenía una cierta sensación de vacío en la boca del estómago. Como si el cuerpo supiera antes que yo toda el hambre que pasaría los meses siguientes… porque Lentillas se iba a enterar de lo que era un tío buenorro de verdad.

Durante el año siguiente perdí 17 kilos a base de dieta y ejercicio. Bueno, lo que se dice bueno, no me puse… pero me acerqué bastante. Para entonces ella empezó a salir con Ironmán y yo perdí mucha motivación… pero eso ya lo he contado en otra parte.

Un pensamiento final: Puedes, si crees que puedes.

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La abeja Maya (ojo, Maya, que no Amaya) tenía a Flip el saltamontes. Pinocho tenía a Pepito grillo… mi conciencia se llama Almanzor. Eso sí, es más grande, menos verde, no tiene tendencia a saltar, a no ser que suene música pachanguera… pero sermonea exactamente igual. Os comento.

Estábamos tomando una caña, haciendo tiempo para entrar en el cine. Un plan de Viernes Santo como otro cualquiera. Y estábamos charlando sobre el segundo tema favorito de los hombres… las mujeres. A quemarropa, Almanzor me espetó:

– A ti te gustan mujeres muy guapas
– Toma, claro, igual que a ti…
– Si… pero me refiero a que sólo te gustan mujeres muy guapas.
– No sé en qué te basas para decir eso…
– ¿Huracán?
– Muy guapa…
– ¿Y Lentillas?
– Bueno… sí.
– A Tofu no la recuerdo bien, pero creo que era guapa.
– Sí, tenía una cara muy rica… pero era bajita y andaba raro…
– Entonces guapa… ¿Y Morcillita?
– Joder, también guapa… y con un cuerpazo.
– ¿Ves?
– ¿Me estás llamando superficial? Vale, esas mujeres son muy guapas… pero tienen otras muchas cualidades… Morcillita era muy buena, y tenía un gran sentido del humor. Y no hace falta que te diga que Lentillas tiene un gran cerebro, es super inteligente y brillante… Huracán era fresca y divertida y una sorpresa cada día…
– No, no… no te estoy llamando superficial… es sólo que para que te fijes en las otras cualidades de una mujer… en la inteligencia, en el sentido del humor o en si es limpia o hace ecuaciones de segundo grado… antes tiene que ser guapa. Hay un montón de mujeres que te estás perdiendo sólo porque de primeras no te parecen guapas…
– Pues no sé, tío… a uno le gustan las mujeres que le gustan… ¿No?

Pero, como de costumbre, Almanzor me hizo pensar… ¿Cómo me gustan a mí las mujeres?

Pues sí, es verdad, me gustan las mujeres guapas… pero no todas las mujeres guapas me gustan. Tienen que tener algo más. Yo prefiero una chica que sea guapa al natural, que apenas se maquille o, si por lo que sea no puede pintarse, no piense que es una debacle. O sea, que no piense que su belleza es su principal baza. No me gustan las mujeres flacas, de esas que se llevan ahora, engendros andróginos patilargos, sólo piel pegada al hueso. Creo que una mujer tiene que tener curvas, vertiginosas en algún caso. Tiene que se ser femenina.

Para mí es importantísimo el sentido del humor… mi mujer ideal tiene que tenerlo. Yo disfruto con unas buenas risas, me gusta hacer reír. Le tiene que gustar reírse, sobre todo conmigo, y tiene que hacerme de reír a mí. Y esto os puede parecer muy maniático, me tiene que gustar cómo se ríe.

Si puede ser más inteligente que yo, tanto mejor (en esto, como veis, no soy muy exigente… a poco que sea un poco despierta, será más inteligente que yo). Me gusta aprender cosas nuevas, así que no tengo ningún problema en que me enseñe de lo que sea que sepa más que nadie. Me da igual que sea tímida o extrovertida, porque si es tímida, ya hago yo las payasadas por los dos… y si es extrovertida, le sigo el rollo sin problemas.

Si demás tiene pasta, mejor que mejor (pero no es importante).

Pero, sobre todo, tiene que ser buena. Que tenga yo que esforzarme por ser mejor persona… que me ayude a mejorar y que me haga ver cuando estoy equivocado (porque a veces me obceco en una idea y me resulta complicado apearme del burro).

¿Acaso es pedir demasiado?

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Una de las zonas de España que más me gustan es Navarra, con sus verdes lomas, sus bosques poblados y sus gentes francas y grandes. La selva de Iratí, o cualquiera de sus verdes valles, las cuevas de Zugarramrdi o de Urdax, incluso las yermas tierras de Olite… Navarra es una tierra digna de conocer y de disfrutar. Tiene un atractivo añadido: Las sendas milenarias del Camino de Santiago recorren sus valles. Y eso es un imán. Sobre todo teniendo en cuanta que mi deporte favorito es dar largo paseos por el monte.

Un puente de Mayo, al poco de conocer a Lentillas, mi grupo de senderismo organizó unos días por El Camino de Santiago Navarro. La idea: atravesar los Pirineos desde Saint Jean Pied de Port hasta Pamplona, siguiendo la via Peregrina. Y allí que nos fuimos, Bob el Silencioso, Lentillas y yo… y otros cinco amigos más. Íbamos en dos coches, que dejaríamos en Pamplona, y luego, un taxista nos llevaría desde allí hasta Saint Jean en una furgoneta. Andábamos un poco justos de tiempo porque, me imaginaba yo, los albergues de peregrinos los cerraban pronto.

Una vez que nos reunimos todos y encontramos al taxista, empezó oficialmente nuestro viaje. Íbamos los ocho apiñados en la furgoneta con todas las mochilas, aislantes y sacos de dormir, picoteando de una bolsa de patatas, una especie de tentempié, por las pequeñas carreteras de montaña que atraviesan los Pirineos. Los de delante escuchaban el partido de la Champions del Real Madrid que daban en la radio, y los demás mirábamos por la ventanilla, menos interesados en el fútbol que en ver los increíbles paisajes, donde los pueblecitos típicamente navarros se alternan con compactas masas boscosas, con predominio de… bueno… árboles que predominan en Navarra. Pero el espectáculo duró poco, ya que pronto cayó la noche.

Un rato largo después, el taxista nos dejó justo delante de la muralla de la parte vieja de la ciudad. Estaba toda iluminada con grandes focos, ya que Saint Jean es un destino turístico importante en la zona, y la estampa era realmente espectacular. La dirección a seguir estaba clara y, según el Taxista, no tardaríamos ni dos minutos en llegar al albergue de peregrinos. No teníamos más remedio que fiarnos de él porque no se veía ni un alma en las desiertas calles francesas, y eso que sólo eran las 10 de la noche.

Al otro lado del portón de la muralla había una calle empedrada y con aspecto medieval. Nuestros pasos resonaban en la quietud de la noche, especialmente el rítmico andar de Lentillas con su palo de peregrina con punta metálica. No había ni un alma, y eso que la noche era muy agradable.

Pronto dimos con el albergue de peregrinos. Un edificio de piedra, de dos plantas, con una enorme puerta de madera. En el quicio de la puerta, en su parte superior, había un escudo de piedra con la característica concha del peregrino, lo que confirmaba que estamos en un lugar donde ayudaban a los peregrinos. Confirmando mis temores, la puerta estaba firmemente cerrada. Normalmente los albergues son muy estrictos con las normas de apertura y cierre. Debe de primar, sobre todo, el descanso de los caminantes, y el que haya gente entrando y saliendo continuamente del albergue a altas horas de la noche no ayuda mucho a fomentar el descanso. De todas maneras los hospitaleros suelen estar pendientes de los peregrinos rezagados, como nosotros, y llamar un par de veces a la puerta debería bastar.

Toc – Toc.

Nada.

Toc – Toc – Toc. Nada.

Al cabo de varios minutos y varios intentos más, y sin haber respuesta alguna desde el albergue, nos enzarzamos en un pequeño debate sobre qué hacer a continuación. Había opiniones para todos los gustos, como es muy normal en cuanto en un grupo hay más de una persona. Las voces fueron subiendo de volumen y el jaleo al final provocó que una mujer del edificio de enfrente se asomara a la ventana. Por señas, y en un idioma muy parecido al castellano pero con palabras del francés nos indicó que la puerta de entrada estaba en un callejón lateral de la casa. Para confirmar sus palabras, justo en ese momento un farol se encendió en el callejón, encima de una puerta en la que no habíamos reparado. Como buenos chicos nos encaminamos hacia allí.

La manecilla metálica cedió y la puerta de madera se abrió lentamente sin un chirrío. Todo estaba oscuro al otro lado. Entramos intentando hacer el menor ruido posible (teniendo en cuenta que éramos ocho personas, con ocho mochilas más o menos grandes, con sus correspondientes aislantes y cosas colgadas… con botas de montaña de grandes suelas y demás, fuimos estruendosamente silenciosos). Nos quedamos todos juntos, en la absoluta oscuridad, esperando que pasase algo.

Hartos de esperar, uno de nosotros accionó el interruptor de la luz, iluminando la sala, toda ella de piedra y adornada con motivos del camino de Santiago, lo que venía a confirmar donde estábamos. Estábamos reunidos al pie de una gran escalera de piedra que ascendía hasta las alturas… hasta las alturas del primer piso.

Decidimos esperar a que el Hospitalero que encendió el farol en la calle viniera a nuestro encuentro… pero pasaron los minutos sin que nadie apareciera. Así que nos enzarzamos de nuevo en un debate susurrado sobre los pasos a seguir. Nos habíamos quitado las mochilas para estar más cómodos. Uno de mis compañeros empezó a investigar, abriendo todas las puertas que salían a su paso. Por suerte para todos encontró un servicio, donde fuimos entrando por turnos. Me llamó la atención un hecho curioso: ninguna tenía camas… así que, sagaz que es uno (y en ese momento era el que más experiencia tenía haciendo el camino de Santiago), deduje que las habitaciones tenían que estar arriba.

Efectivamente lo estaban.

Gimli, un tío bajito, pelirrojo y con el cuerpo lleno de pecas (hasta donde yo pude ver sin compartir duchas ni estar en pelotas), y yo mismo decidimos explorar el piso de arriba. Subimos las escaleras y, en lugar de una enorme sala común llena de literas, nos encontramos una fotocopiadora. Una fotocopiadora es lo más raro que uno se puede encontrar en un albergue de peregrinos. O sea, es más fácil encontrar a un coreano que baile flamenco que una fotocopiadora. Junto al aparato, un escritorio con flexo y una silla de oficina. Había una puerta blanca al otro extremo de la pared y Gimli la abrió de golpe, mientras yo miraba en un pasillo que terminaba en otra puerta.

– Buenasssss – dice Gimli con su voz. Con su voz rota de fumar dos paquetes de tabaco al día desde que cumplió los doce. Y lo que no era tabaco. Y a un volumen lo suficientemente alto como para que lo escucharan en España. Me mira y me hace señas para que me acerque.

La escena que contemplé no podía ser más rara. Una habitación pequeña sin adornos de ninguna clase, cuyo único mobiliario consistía en una mesilla de noche con una lámpara encendida entre dos camas pequeñas. En la de la derecha reposaba un hombre de mediana edad, en camiseta de tirantes, barriga al aire y con una revista apoyada en el pecho. En la otra, una mujer también de mediana edad, en camisón, y tapándose como buenamente podía con la sábana sus vergüenzas. Los dos nos miraban con una mezcla de inquietud y de sorpresa. La conversación que tuvo lugar a continuación fue toda en una especie de francés, inglés y castellano.

– Buenas noches – Dije – Somos peregrinos y queríamos pasar la noche en el albergue de peregrinos.
– No se puede.- Dijo la mujer.
– No hay sitio… bueno, no nos importa dormir en el suelo de la entrada. Tenemos esterillas… – Yo estaba muy metido en mi papel de peregrino.
– No, no… esto no es un albergue. Es una casa particular. – La mujer parecía llevar el peso de la conversación. El hombre seguía con la barriga al aire.
– ¿Una casa particular? Joder…
– ¿Cómo habéis entrado?
– La puerta lateral de la casa estaba abierta. – La mujer miró al hombre y puedo jurar que unos rayos salieron de sus ojos y lo fulminaron (metafóricamente). En lugar de morir entre inmensos dolores, o darse por enterado, el tipo siguió con la barriga al aire.

Deseándoles una buena noche, si eso era ya posible, Gimli y yo nos dimos media vuelta y nos bajamos a la planta baja, a informar a nuestros amigos de la nueva y desastrosa situación. Nadie nos creyó, hasta que apareció la sorprendida mujer bajando por las escaleras, ataviada con una bata de color rosa. Su sorpresa fue mayúscula al encontrarse con ocho personas al pie de su escalera. Las mochilas, esterillas y demás parafernalia peregrina terminaron por tranquilizarla.

Resultó ser la casa particular (por las noches) y oficina del peregrino de Saint Jean (por el día). No se podía dormir allí, pero nos sellaron las acreditaciones que nos identificaban como peregrinos. Además, y como muestra de generosidad, se dedicó a llamar a varios hoteles de la ciudad para buscarnos alojamiento (en lugar de llamar a la policía y hacernos dormir en el calabozo por allanamiento de morada).

Al final era tan tarde (según el horario europeo) que no hubo posibilidad de cenar nada decente en ningún sitio. Indecente tampoco. Cenamos barritas energéticas y galletas de chocolate, en la cama de matrimonio de una de las habitaciones del Hotel (donde no me tocó dormir con Lentillas). Teniendo en cuanta cómo se desarrollaron los acontecimientos, la cosa podía haber sido peor.

¿No?

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Los enormes y azules ojos de Lentillas siempre han ejercido un gran poder sobre mí. Son grandes y bonitos, de los más bonitos que he visto nunca. Y son inquietantes, por todo lo que consiguen transmitir, una vez que has aprendido a identificar sus miradas. Pero no fueron los primeros ojos azules y grandes que me cautivaron…

Yo hice la mili en un cuerpo de elite. Sólo lo mejores entre los mejores podían acceder a él, los más cualificados, los más preparados físicamente… e, incluso entre los mejores, las experiencias que vivimos durante esos nueve meses no eran fácilmente soportables por la mayoría. Yo estuve a punto de arrojar la toalla muchas veces…

El destino donde hice la mili hacía parecer a los Boinas Verdes unas niñas lloricas, a los COES unas mujeres asustadizas y a los temibles Boinas negras, en unos corderitos temblorosos… Yo hice la mili en la Ludoteca de mi pueblo, al frente de un destacamento de 40 niños de edades comprendidas entre 5 y 12 años. Aquello fue un infierno.

Mi experiencia con niños se reducía por aquel entonces a la frase “Yo no tengo experiencia con niños” y, de pronto, me vi rodeado por 40 pares de ojos, 40 caritas inocentes, y más de 20 sonrisas desdentadas, que tardaron aproximadamente el tiempo que habéis tardado en leer esta frase en empezar a gritar y a pegarse unos a otros. Para ser el primer día la cosa fue una especie de sobredosis. Me encontraron acurrucado en posición fecal detrás de un armario poco después.

Pero me fui acostumbrando.

Entre la tribu de pequeñas bestias inhumanas había algunos elementos destacables. Y entre todos ellos sobresalía Pequeñaja. Imaginaos la niña de 6 años más guapa que hayáis visto en vuestra vida. Pues a eso lo multiplicáis por diez. Era una cosita pequeña, con unos enormes ojos azules, en una carita blanca pecosa. Un pelo negro, peinado como con tirabuzones, con lacitos en las coletas… como sacada de una serie de dibujos animados. Pues Pequeñaja me adoptó como su osito gigante de peluche.

Dentro de nuestras tareas como asistentes en la Ludoteca, estaba la de jugar con los niños, sugerir juegos imaginativos y ayudarles con lo que no supieran. Desde que entraba por la puerta, Pequeñaja me cogía de la mano y me monopolizaba, impidiendo que pudiera jugar con otros niños… y, sólo porque la obligaban las monitoras titulares, jugaba con otras niñas o me dejaba tranquilo. Pero eso no era muy frecuente… así que, más o menos, mi tiempo en el centro era dedicado a leerle cuentos, jugar a las cocinitas o escuchar su, por otra parte, movida vida sentimental (con seis años cambiaba de novio cada semana, apuntando maneras).

Yo empecé en Julio y, tras el parón vacacional de agosto, volvimos a la carga en septiembre en el nuevo curso. Según entré por la puerta el primer día, Pequeñaja vino corriendo y me agarró de la mano. Y me dijo…

– Tenemos que hablar.

Me quedé alucinado, claro. Me apunté mentalmente preguntarle si tenía hermanas mayores, porque tanta precocidad me resultaba rara. Tiró de mí hasta la alfombra de las muñecas y me hizo sentar en el suelo. Y dio inicio una de las escenas más extrañas y conmovedoras que viví en la ludoteca…

Pequeñaja me miró a los ojos, con sus ojazos azules enormes brillando de emoción. Imaginad a Candy Candy, pero en verdad. Y con un hilillo de voz me dijo:

– Mi mamá me ha apuntado a valet, los martes y los jueves.- Si me hubieran apuntado a mí habría sido un drama… pero se supone que esas cosas les gusta a las niñas, ¿No?
– Bueno… ya verás como te gusta… es muy divertido, con el tutú… harás amiguitas nuevas. Te lo pasarás bien.
– Pero es que esos son los días que vengo aquí… – No había caído en la cuenta. Eran dos actividades incompatibles. Y añadió: – ¡Ya no nos veremos más!

Y mientras decía esto, me cogió las manos con sus manitas, sus ojos se inundaron y le brillaron con más intensidad. Y a mí se me formó un nudo enorme en la garganta. Estoy seguro que si en ese momento la niña me hubiera pedido que le comprara un pony, se lo habría comprado sin la más mínima duda.

Por suerte las monitoras llamaron a todos para una actividad común en la moqueta y pude escapar de una situación. Recuerdo que no pude evitar pensar mientras iba a la moqueta: “Jodida niña manipuladora, el mal trago que me ha hecho pasar…”.

Pero en algo no se equivocaba… no nos volvimos a ver.

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La Real Academia de la Lengua Española define un Reencuentro como “Acción y efecto de reencontrar”. O volver a encontrar… si me permitís el juego de palabras. Y el encuentro es, también bajo la misma fuente, “Dicho de dos o más personas o cosas: Hallarse y concurrir juntas a un mismo lugar.”

Y eso fue, más o menos, lo que no hicimos Huracán y yo el viernes.

Dicen que el 28 de diciembre es el día de los santos inocentes. Es una fecha en la que, tradicionalmente, se gastan bromas al personal. Y precisamente a broma me sonó lo que Huracán me dijo por la mañana… que no venía. No porque no quisiera, sino porque no había encontrado billete hasta el día siguiente. Y eso trastocaba mis planes. Mis planes de verla… claro.

Al final no consintió que me quedara a esperarla por la mañana. Y eso que insistí (y los que me conocen saben que puedo llegar a insistir mucho). Apenas llegaría a tiempo para entrar a trabajar y no podríamos vernos demasiado. Y tenía razón al decir que sería tontería que me quedara en casa esperándola mientras nuestros amigos estaban en la casa rural que teníamos alquilada esperando la llegado del último día del año. Sobre todo teniendo en cuenta todo el tiempo que llevábamos planeándolo. Y ante semejantes argumentos no me pude negar, a pesar de las muchas ganas que tenía de verla.

Así que me fui el mismo viernes por la tarde, con mi amigo Almanzor y un jamón de seis kilos, y otros tantos de carne de la mejor calidad en el maletero, camino de una casa rural perdida de la mano de Dios. A un pueblo del que nunca había oído hablar y del que sólo tenía una idea de cómo era por las fotos por satélite del Google Maps. Con todo, llegamos perfectamente y dio comienzo a una fiesta de fin de año de cuatro días.

Pasaron las siguientes dos noches casi sin darme cuenta, entre buenas charlas, grandes comilonas y algún que otro paseo por el campo, como era de prever estando rodeado de tan buenos amigos. Cabe destacar la mañana en la que la dueña de la casa nos trajo un conejo vivo para que lo viéramos (como si fuéramos de algún lugar lejano donde no hay conejos vivos). También destacaría “los cuernos” que le puse a Huracán con una chica preciosa de enormes ojos azules. La chica en cuestión, hija de unos amigos, tiene nueve meses y nos pegábamos entre todos por tenerla en brazos o hacerla cucamonas.

Y llegó el gran día. Por fin. El último día del año y el de la tan ansiada reconciliación. Mi idea era irme poco después de la comida, una vez hubiera descansado lo suficiente, y hacer el camino de día, ya que no me gusta conducir de noche. Además, había buenas noticias desde el Hospital… Huracán se había arreglado con una compañera y podría salir a las ocho y media, lo que nos daba un buen margen de maniobra.

Antes de continuar, permitidme un pequeño inciso. Lentillas este año no estaba con nosotros. Ella había optado por celebrar el fin de año en casa, con su familia y, aunque había prometido pasarse por la casa rural un día a hacernos una visita, algún hecho inesperado se lo impidió. Posiblemente el que estuviera Ironmán con los Ironkids en su casa pasando el fin de semana pudo ser determinante. Pero no creo que fuera la única razón.

Dado que Lentillas es una de esa personas especiales a las que siempre gusta ver, y porque de camino del Hospital pasaría por la puerta de su casa, la llamé poco antes de salir… por si quería que me pasara a saludar y a felicitarle el año en directo. Y, la verdad, me quedé un poco preocupado, porque parecía tristona. Le dije que no me costaría nada y tampoco pretendía quedarme mucho rato. El tiempo justo par darle un beso y poco más. Pero insistió en que era mejor que no fuera. Incluso dijo que “No le venía bien”. Se despidió con un “ya te contaré” que no me ayudó a dejarme tranquilo precisamente.

Pensando en estas cosas pasé las dos siguientes horas de conducción, ya que no había nada que escuchar en la radio, excepto estática, dado que el CD del coche no funciona. Tardé un poco más porque hice exactamente el mismo camino que haría a la vuelta, fijándome en todos los puntos de referencia posibles. Nada podía estropear la noche, y menos el que me perdiera. Incluso llevaba en la guantera dos vasos con 12 uvas cada uno por si ocurría algo y nos las teníamos que tomar bajo el cielo estrellado en alguna cuneta perdida, y con los 12 pitidos del móvil en lugar de las 12 campanadas.

Tras pasar un rato por casa para ver a mis padres y a uno de mis hermanos (que ya estaba por allí) y rechazar unas cuantas veces unas galletas con cabello de ángel que había hecho mi madre para mis amigos (ya había suficiente comida en la casa como para alimentar un pequeño estado), salí zumbando dirección al Hospital. Al final tanta prisa no fue necesaria, porque Huracán se retrasó un poco.

Decir que estaba preciosa sería faltar gravemente a la verdad. Quizá podría afirmar que era la cosa más bonita que había visto nunca, si no fuera porque el haber estado tanto tiempo separados nublaba mi mente. Y así se lo dije, después de besarla casi con la pasión propia de un preso recién salido del presidio. Una condena corta, vale, pero una condena es una condena.

La hora y media que pasamos en el coche se esfumó rápidamente. Y aunque nos echamos unas buenas risas y la conversación era muy animada, estaba concentrado en la conducción y admito que corrí un poco más de lo que suelo hacerlo. Principalmente porque ya conocía el trayecto y porque no quería hacer esperar a mis amigos. Y también porque parecía que en el mundo sólo estábamos nosotros dos, y un cielo cada vez más estrellado, a medida que nos alejábamos de la civilización. Casi no nos cruzamos con nadie en todo el trayecto.

Y llegamos de nuevo a la casa Rural… pero eso es algo que contaré con todo lujo de detalles mañana.

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