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Posts Tagged ‘madre’

En mi familia la Navidad pasa sin pena ni gloria. No somos muy religiosos que se diga; ni lo suficientemente frikis como para celebrar el solsticio de invierno. Aún así, una tradición que nunca puede faltar es La Noche de Reyes.

Atención: Quien no esté enterado del misterio de los Reyes Magos, mejor que no siga leyendo. Puede haber datos esclarecedores.

Siendo sinceros, no tengo ni idea de por qué esa noche es tan especial. Porque los Reyes acertar, lo que se dice acertar, no acertaron jamás con los regalos. O sea… yo era como los demás niños: juguete que me gustaba en la tele, juguete que quedaba marcado con el eterno “molopido”. Había muchos “melopidos”, no tranto fruto de la avaricia de los niños, sino para darle más oportunidades a los Reyes de acertar… aunque sólo fuera por una vez. Lo bueno que tienen los niños es que se adaptan a todo y… bueno, no será un Madelman con lanzacohetes… pero ¡qué coño! un juguete es un juguete.

La noche de Reyes solía coincidir con la llegada de mis primos de Galicia. Sólo nos veíamos esas fechas y eran, por así decirlo, el anticipo a los regalos del día siguiente. Supongo que es algo que le pasa a todos los niños, pero nosotros intentábamos quedarnos toda la noche despiertos para “pillar” a los Reyes, para gran fastidio de nuestros padres, que tenían que esperar a que nos durmiéramos para montar y colocar los regalos. No recuerdo haberles dejado nunca leche y galletas. Sabiendo lo que sé ahora, unos buenos cubatas y galletitas saladas habrían hecho más pasable la espera.

La razón por la que los Reyes nunca acertaban era porque adquirían nuestros regalos la misa noche de Reyes… cuando en los estantes de las tiendas sólo quedaba todo aquello que nadie quería y que, sin lugar a dudas, ya no se anunciaba por la tele. El encargado de comprar los regalos era mi padre y, aunque le ponía voluntad y el dinero que hiciera falta, no tenía el tiempo necesario para comprar con antelación. La culpa era, como no, de su trabajo.

Mi padre es orfebre. Si hubiera dicho joyero podría caber la duda de si fabrica joyas o simplemente las vende. Como artesano del oro que es, la temporada de Navidad es de las más fructíferas del año (en realidad el gremio de los joyeros se lo han montado muy bien: Después de Reyes viene el día de os enamorados, luego la época de las comuniones, después la de las bodas, el día de la madre, el del padre y nuevamente Reyes… por no contar lo de “un diamante es para siempre” y “hoy te quiero más que ayer pero menos que mañana”). Así que, en Navidades, estaba de pedidos hasta arriba. Todas las horas eran pocas y, trabajando en casa además, no había muchos momentos para escaparse de los niños e ir a comprar los regalos.

Sé lo que estáis pensando. Mi madre podría haberlo hecho. Es verdad. Pero los calzoncillos son el regalo estrella de mi madre y hay un número máximo de jerseys y calzoncillos que un niño normal puede recibir a lo largo de su infancia. Era mejor un juguete no deseado que un par de calzoncillos nuevos. Lo mires como mires.

La noche de Reyes se ha transformado en otra cosa hoy en día. Los hermanos somos mayores ya y, al menos que yo sepa, estamos todos al corriente de quienes son de verdad los que ponen los regalos. Así que no tiene mucho sentido esperar al día 6. Eso sí: mi madre sigue comprando calzoncillos y mi padre ya no compra nada.

Pero la víspera de Reyes nos juntamos todos en casa de mis padres. Mi madre pone un roscón de nata que ríete tú de algún record guinnes de por ahí. Hace chocolate y celebramos el fin de la temporada Navideña con un atracón de roscón. Curiosamente a mi madre le toca siempre la sorpresa.

Esta noche no será menos.

Yo no le he pedido nada a los Reyes… bueno, sólo una cosa: que no falte el roscón nunca en casa la víspera de Reyes, y que podamos seguir juntándonos todos (y los que vengan) durante muchos años.

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¿Sabes, madre? Tengo una sorpresa. Hoy me independizo… sí, sí, ya sé… era lo que querías… anda que no me has dado la lata con que volara fuera del nido. Y por eso vamos a celebrarlo. Hoy cocino yo. Para que veas que todas esas tardes mirándote en la cocina han valido para algo. Ya puedo valerme por mí mismo. No. No quiero que me ayudes. No digas nada. Tú sólo mira y luego me das tu opinión.

A ver… ¿Cómo empiezo? ¡Ah! Sí… comienzo preparando los ingredientes. Siempre lo dices: hay que presentar la materia prima a la cocina, para que se familiarice con ella.  ¡Qué risas me he echado oyéndote decir eso! Primero, calabacines. Creo que con uno grande habrá suficiente. Luego una cebolla. ¿Sabes? Nunca me gustó la cebolla. Quizá es por eso que me dices… sí, ya sabes, lo de que yo soy como una cebolla… con capas y más capas y que al final siempre te hago llorar. Pero a este plato le va muy bien la cebolla. ¡Mucha cebolla! Y tomates. Rojos y maduros. Que den mucho jugo. Me gusta el tomate. Tan rojo, tan espeso… tan… tan… pero habrá que pelarlos, porque tienen la piel un poco dura,  y despepitarlos, como a ti te gusta, para que no se metan las semillas entre los dientes, eh? También tengo algunos pimientos y media manzana… sí, yo creo que está todo. ¡No! Falta el “toque”, el aceite de oliva virgen extra. ¡Extra! ¡Extra! ¡Hoy cocina el hijo pródigo! Sí, ya sé que no te gustan mis bromas… pero es que hoy estoy tan contento…

El aceite. Hay que ser generoso con él. Un buen chorro en la cuzuela. Voy a hacer el sofrito y me hace falta aceite. Lo voy calentando, poco a poco, mientras troceo los otros ingredientes. La cebolla picadita. Con el cuchillo grande. Chaschaschaschas, en trocitos pequeños, para que se pochen bien. Pochar. Esa palabra no me gusta… suena a algo que se pone malo. ¡Esto está pocho! No me gusta. Pero tú siempre lo llamas así. Pochar, pochar, pochar… yo pocho, tú pochas, él pocha… y los pimientos también habrá que pocharlos, todo junto. Y dándole vueltas para que no se pegue… porque no queremos que se queme… No. Hasta que la cebolla esté transparente y el pimiento blando.

Ahora echo el tomate. Lo he cortado en trocitos, como a ti te gusta. Para que se deshaga bien y suelte todo el jugo. Toda su sangre… Vamos a hacer una auténtica salsa de tomate. Otra. Y para que veas que aprendo bien, le echaré la manzana… tu truco. Y vueltas. Hay que darle vueltas para que no se queme. Pero mientras hay que seguir preparando lo demás… más cebolla, más pimiento y el calabacín, claro…. Todo bien picadito. Y lo freímos en otra sartén… que suelte toda el agua… pero el calabacín será lo último, que es más delicado. Y no queremos que se estropee…

Esto tarda, mamá. Cocinar así es lento… es más fácil usar el microondas y calentar algo. Lo sé… pero podemos charlar mientras, ¿no? Yo remuevo y remuevo. Remuevo y remuevo ¿Qué dices? ¿Qué dónde viviré? No lo sé. Seguro que en un lugar agradable. Agradable y tranquilo. Lejos de las peleas y los gritos. Lo siento mamá… ya no me podrás gritar más. Pero ya soy mayor y podré vivir sin ti. ¿Ves como soy mayor? Un niño grande, me has dicho siempre. Pero eso ya terminó. Y el tomate también, parece. Un toque con la minipimer y estará listo. Y reservamos para después, para cuando el calabacín esté blandito… y lo echamos ahí, para que se haga todo junto. Y con eso tendremos el primer plato…

Ahora vamos por el plato fuerte. ¿Estás lista?


– ¿Tienes el informe?

– Sí. No hay duda.

– Y nos estaba esperando. ¡El muy cabrón! Estaba sentado en la mesa, delante de una cazuela de pisto y varios platos. Dijo que eran para nosotros.

– Menudo psicópata… sólo hemos encontrado los huesos. El informe es concluyente: los sesos eran de la madre… era todo lo que quedaba.

– Hijo de puta. Le había frito los sesos… con harina y sal.

– Así los prepara mi suegra.

– ¿Y el pisto?

– No, el pisto estaba cojonudo…

La semana pasada hice mi primer pisto. Chispas. Bajo supervisión de un adulto, en este caso, mi madre, claro. Digamos que yo fui sus ojos y sus manos. Mientras cocinaba se me ocurrió este relato. Esperad, antes de llamar a la policía o a los loqueros, dejad que me explique. No es que se me ocurriera hacerle eso de cocinar los sesos vuelta y vuelta a la pobre mujer. Ya tiene suficiente con el hierro que le sobresale del dedo del pie. Pero pensé que podía ser una manera muy, pero que muy original de presentar una receta…

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Mi madre está preocupada por mí. Es eso o quiere un nieto a toda costa. Estaba yo en mi casa tranquilamente un domingo por la tarde cuando me empezó a sonar el teléfono. Era mi madre y me decía que estaba a punto de hacer un chocolate caliente y unos churros, por si quería pasarme por allí a merendar.

Chocolate y churros son dos palabras que me resultan muy atractivas cuando están juntas (y separadas… ¿A quien pretendo engañar?), así que me fui para allá tan rápido como pude. Con lo primero que pillé para ponerme.

A ver, era domingo, yo estaba en casa y me iba de visita a ver a mi madre. Así que no iba de punta en blanco. Es más, llevaba puesto el chándal de estar en casa y el forro polar de la montaña, unas zapatillas viejas que tengo para todo tipo de ocasiones, y una camiseta raída por el uso. Estaba peinado de milagro (más que nada porque el pelo tan corto no se puede despeinar).

Junto al chocolate y a los churros estaban mi hermano pequeño y su novia, con los que tengo suficiente confianza como para darme igual si me ven en chándal, en calzoncillos o en traje regional laponés si es menester… pero, además, se habían traído a una joven desconocida con ellos. Una amiga.

A eso lo llamo yo una encerrona.

Rubia, probablemente, estatura media, mona de cara y de labios muy carnosos. Podríamos decir que atractiva a falta de un segundo vistazo. Mi madre sabía por mi hermano que es soltera y, cuando llegó a casa, pensó que podría “organizar” un encuentro. Para que nos conociéramos.

Si algo surgió ese día lo más probable es que fuera una indigestión.

Dos días después operaron a mi madre. Nada grave en principio: Le han quitado una cosa que tenía y le han puesto una cosa que no tenía. Lo que le han quitado es un juanete, y lo que le han puesto es un hierro que le sale del dedo medio del pie. Tiene forma de gancho y sería muy útil para colgar a mi madre del techo y que ocupara menos espacio. Claro que no creo que se dejara… menuda es mi madre.

La intervención, por lo visto, es muy rutinaria y sólo tuvo que estar hospitalizada una noche. Así que prácticamente ha sido un visto y no visto. Aunque me temo que la recuperación será mucho más lenta. Más que nada porque lo que han hecho ha sido romperle, literalmente el pie, para recolocar todos los huesos en la forma que tiene que tener un pie. La función del hierro en forma de alcayata se me escapa de momento.

Al darle el alta fui al hospital a recogerla. Entré en la habitación y me senté en la cama, con cuidado de no rozar el gancho que le salía del dedo. Me dijo que me quedara por allí porque tenía que pasarse una enfermera “Muy guapa” a hacerle la última cura. El uso de ese adjetivo me puso en guardia inmediatamente. Mi madre no usa esos adjetivos a la ligera, así que me imaginé que la cosa iría más o menos en la misma línea que los churros del domingo.

Cuando entró la enfermera fui presentado como “Este es mi hijo el mayor. Está soltero ¿Sabes?”. Y me extrañó que no usase mis apellidos “Es limpio y gana bien”. Por suerte no dejaban estar a los familiares durante los trabajos de curación.

Cuando íbamos en el coche volvió a sacar el tema de la enfermera.

– Es que nosotros ya estamos mayores y pronto vendrán los achaques, y una enfermera de nuera…

No sé si mi madre quiere nietos, está preocupada por mí o, en realidad, se quiere asegurar a una profesional que la cuide cuando sea viejita… a precio de coste.

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El glaciar del Gangapurna, desde Manang

El glaciar del Gangapurna, desde Manang

Mi madre tiene una memoria pésima. Bueno, pésima siempre que no sea algo que le haya hecho, que entonces recuerda todos los detalles por insignificantes que estos puedan ser. Aunque eso es una característica común de las madres. Lógicamente cuando les conté a mis padres que me iba de vacaciones a Nepal, a la región de los Annapurnas, no podía saber que a finales de Mayo moriría allí Iñaki Ochoa de Olza, un montañero español, después de varios días de agónica cuenta atrás y con las noticias todo el día dando el parte de salud. Así que mi madre asoció Annapurna a la palabra muerte… y para qué queremos más. Y dio igual que le dijera que nos quedaríamos a 2.000 metros de donde murió Iñaki. “Edema pulmonar” empezó a ser una palabra común en nuestras conversaciones. Y no se le fue de la cabeza. Todavía hoy me pregunta qué es lo que se me perdió a mí por Nepal, habiendo tantas cosas que ver en España… ¿A que no has visto el monasterio de Piedra?

Panografica de los Annapurnas

Panografica de los Annapurnas

Annapurna y pagoda

Annapurna y pagoda

Los Annapurnas no son una montaña. Son seis, que reciben todas el nombre genérico de su pico más alto, el Annapurna, de 8.091 metros de altura. A este le llaman en Annapurna I, y le siguen el II, el III y el IV… luego decidieron que eso de numerar montañas no estaba bien y, a las dos que quedaban, decidieron darles otros nombres, como Gangapurna (porque debe de ser muy sencillo llegar a la cumbre) y Annapurna sur. La más alta es la I y es la que normalmente se suele coronar. Pertenece a los 14 ochomiles, y será el último que Edurne Pasabán escalará para consagrarse como la primera mujer en lograr los 14 ochomiles.

Annapurnas y Manis... otro gran clásico

Annapurnas y Manis... otro gran clásico

Al salir de Lower Pisang (el Villabajo del anuncio), a las siete y media de la mañana, había algo en el ambiente que nos decía que ese día sería espectacular. En realidad lo que hizo espectacular ese día no fue lo que había, sino lo que no había… ni una nube en el cielo. Y tampoco había un camino pedregoso que nos hiciera tropezar y caer. Incluso todo el rato era un plácido llano, una altiplanicie que le llaman. Así que podíamos darnos por completo al vicio de mirar… montañas. Los Annapurnas III y IV, para ser exáctos… y la puntita del primero, que todo hay que decirlo. Y fue sencillamente espectacular. Lo malo es que las fotos no hacen justicia…

La puesta de sol

La puesta de sol

No es de extrañar que invirtiéramos más tiempo del necesario en llegar a Manang… pero es que cada dos por tres había que sacar una foto. Creo que me dio tortícolis. La llegada a Manang fue mirando hacia arriba… menos mal que no había barrancos durante el camino, porque lo más seguro es que alguno de nosotros terminara en el fondo de alguno. Por cierto, la foto en la que salgo sin gafas, que es la que tiene el Annapurna al fondo, todavía no me la han pasado… así que, de momento, tendrá que esperar. Eso sí, en cuanto la tenga, reeditaré este post para añadirla y con ello contentar al clamor popular.

Una instantanea por la tarde

Una instantanea por la tarde

PD.- En realidad toda esta información es sólo de relleno. Hoy, lo importante, son las fotos… especialmente la panografía de los Annapurnas. Es la unión de 17 fotos, con un pequeño grado de transparencia y en diferentes posiciones. Me ha llevado unas cuantas horas realizarlo, pero tiene muy buena pinta. El original tiene un metro y medio de largo y medio metro de alto… y lo colgaré en casa.

Próxima entrega: Nepal (5) – Un post escatológico

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Esta semana Jan nos propone para los relatos del Club de los jueves que hagamos algo sobre un vendedor, el infatigable captador de clientes, a lo mejor de puerta fría… el típico. Pero como yo no soy muy típico y me gusta darle la vuelta a los temas. Este no es como el de la semana pasada en el que sólo aparecía el tema de pasada y cogido por los pelos. Esta semana mi vendedor es vendedor… un vendedor total.

RING RING

– Hola má
– Hola hijo… ¿Cómo estás?
– Bien, bien… ahí estamos. ¿Y tú?
– Bien, también… eh… ¿Y el trabajo?
– Bueno, con esto de la crisis las ventas siguen bajado… Menos mal que conseguí el ascenso a tiempo, porque han tenido que despedir a unos cuantos vendedores.
– Normal…
– Sí… ¿Y como estás ahí?
– Aquí me tratan bien… hijo. No tengo que trabajar mucho…
– Me alegro… es que… bueno, no me gustaría que te tratasen mal… ya sabes
– Nada hijo, tenías que hacerlo… tu padre y yo lo entendemos. ¿Has hablado con él?
– No me coge el teléfono. Y necesito hablar con él. Yo creo que se ha enfadado…
– Insiste. Ya sabes que está un poco sordo. Y para él es una situación muy nueva…
– Ya.
– …
– ¿De verdad que te tratan bien?
– Sí, hijo, muy bien… de verdad
– ¿Crees que pá estará bien allí también?
– ¿También vas a…?
– Necesito hacerlo, má…
– Pero vender a tu padre…
– Pero es que es un gran puesto, má…
– ¿Tan bueno es?
– Vendería a mi madre para conseguirlo…
– Si no lo hubieras hecho ya… ¿No?…

Podéis comprar otros relatos en las casas de:
Ana
Cástor Olcoz
Crariza
Crguardon
Elefantefor
Elojoqueves
Escocés
Janpuerta
Odisea
Karmen-JT
Pat
Reichel
Rosa
Un Español más

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