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Posts Tagged ‘Manang’

Nuestro tiempo de aclimatación terminó en Manang y llegó el momento de iniciar la ascensión. Los días de relax y mus habían terminado. La hora de la verdad se acercaba irremediablemente.

Los pantalones que dejé en Manang... primera baja del viaje

Los pantalones que dejé en Manang... primera baja del viaje

Aunque la mañana era soleada, unas sospechosas nubes empezaban a avanzar por el valle y no presagiaban nada bueno. Para confirmarlo, nuestro guía nos metió prisa. Había demasiada gente en ruta, lo que podía hacer peligrar nuestras plazas en los lodges y, para más emoción, según él, llovería. A mí no me hacía demasiada ilusión hacer vivaque a 4.000 metros de altitud bajo una pertinaz lluvia. Bueno, a esa altura sería una pertinaz nevada. O sea, me gusta la aventura como al que más… pero eso quizá fuera demasiado.

Un muro Mani en mitad de la nada

Un muro Mani en mitad de la nada

Antes de empezar a caminar había que conseguir agua. Para evitar el mal de altura se recomienda beber cuatro litros de agua al día. Y el agua es un gran problema a esas altitudes. En realidad es un gran problema, pero para nosotros, los accidentales, porque ellos… ellos tienen un río enorme que baja con estruendo por el valle y cientos de cascadas de agua cristalina y pura. Pero los occidentales estamos un poco más limitados, porque no se recomienda beber el agua directamente (por correr el riesgo de visitar el baño más de lo deseable). Algunos resolvían el problema potabilizando el agua con pastillas de yodo, que dan un llamativo tono amarillo al agua. Otros, comprándola embasada en botellas de plástico. Y ahí está el problema. Para que os hagáis una idea en Bhulbhulé, el primer pueblo donde dormimos, el agua mineral costaba 20 rupias. O sea, un litro de agua por 20 céntimos. En Manang, la botellita de agua costaba ya 250 rupias. La misma botella de agua. La explicación es muy simple: cada botella de agua la tienen que subir a cuestas, ya sea a lomos de un caballo o a lomos de un serpa. Así que, a más altitud, más precio. Es una ecuación muy simple. El problema no es tanto económico como medioambietal. ¿Qué hacer con los millones de botellas de plástico vacías que se producen cada año? Porque todo ese plástico al final se va quedando por allí. Pues muy sencillo… el gobierno vende agua a precio asequible. Un litro, entre 60 y 90 céntimos. La diferencia es que la botella la pones tú… y ellos tratan el agua por ti. Así que, en esas altitudes y donde podíamos, íbamos recargando con agua potable. En Manang, por ejemplo, había una oficina potabilizadora de esas.

Una montañita de sólo 8.000 metros

Una "montañita" de sólo 8.000 metros

Así que, después de conseguir el agua, nos dimos prisa en salir de Manang, aunque ya todo el rato era caminando cuesta arriba. Ahora, cada paso que daba, constituía un nuevo record personal de altitud, lo que siempre es una motivación extra. Y, todo hay que decirlo, me encontraba muy bien, descansado y sin problemas de respiración. El mal de altura todavía no se había manifestado. Con suerte no lo haría. Estando motivados y descansados anduvimos deprisa, y más sabiendo que otros grupos habían tenido la misma genial idea. De hecho, casi todo el mundo había salido antes que nosotros… excepto los israelíes, que habían tenido problemas físicos unos días atrás y habían retrasado un día la aclimatación.

Otro templo

Otro templo

Ese día hicimos la autentica caza del caminante. Grupo al que veíamos a lo lejos, grupo al que dábamos alcance y pasábamos como una exhalación, dejándolos atrás. No seríamos nosotros los que dormiríamos al raso. No esa noche. En una de esas cazas, en un repecho especialmente empinado, y casi a los 4.000 metros de altura, alcanzamos un grupo especialmente numeroso. A mí ya me faltaba un poco al aire y necesitaba jadear un poco para mantener el ritmo infernal de mis compañeros. Justo al pasar por fuera del camino junto a dos señoras de mediana edad, una le dijo a la otra:

– Ese va a llegar reventado.

O mi inglés había mejorado con la altura o eran españoles. Que lo eran, claro. Y me hizo gracia, porque no pensaron que nosotros lo pudiéramos ser. Así que me di la vuelta y, sin parar de andar ni de jadear y manteniendo el ritmo dije:

– Permítame que lo dude, señora.- Para chulo, yo.

Tal y como nuestro guía había previsto, la lluvia hizo acto de presencia más pronto que tarde. Las nubes se cerraron y empezaron tímidamente a descargar una lluvia sólida de pequeño granizo, que no mojaba, pero que terminaría haciéndolo. Así que fue necesario usar el chubasquero y la funda de la mochila, sobre todo para evitar terminar empapado. Las cosas no estaban pintando bien. Llegó el momento de tomar una decisión.

Nuestro lodge. Si, de verdad... nuestro lodge.

Nuestro lodge. Sí, de verdad... nuestro lodge.

Teníamos dos opciones. Por un lado teníamos la opinión de Lentillas y de Escarabajo de intentar adelantar ese día y hacer dos etapas en una, para tomar altura lo antes posible y, según ellos, salir de la tormenta por arriba. Yo opinaba que lo mejor era intentar retrasar el paso lo máximo posible, para ver cómo evolucionaban las nubes. La verdad es que no tenía ganas de alcanzar la cumbre y no poder ver nada por la nieve y la niebla… en el mejor de los casos. Contando con días como contábamos, no habiendo prisa… ¿Qué más daba retrasar un día o dos la ascensión a la espera de una ventana de buen tiempo? Chewan, por su lado, nos dijo que todo eso estaba muy bien, pero que dependía de si había o no sitio en Ledar, el siguiente pueblo. Porque si no había, nos veríamos obligados a subir hasta el Hight Camp, a 4.900 metros de altitud y último lugar civilizado antes de la cumbre.

En Ledar había sitio y nos quedamos. Chewan hizo mucho hincapié en ello. Y la experiencia es un grado en estas lides.

Para que os hagáis una idea de cómo era el lugar os diré que el pueblo eran dos casas. Dos lodges junto a la senda, uno a 100 metros del otro. Y punto. Las habitaciones eran pequeñas y frías, sin un ápice de confort. Y estaban húmedas. Todo estaba húmedo. La única fuente de calor provenía de una pequeña cocina y todo el calor se escapaba por un gran ventanal sin cristales que había al fondo. Pronto nos quedamos tiesos de frío. Antes de que eso ocurriera me calcé las mallas, los calcetines de alta montaña hasta la rodilla, el pantalón de invierno, dos forros polares, el forro gordo, el gorro, la braga y los guantes. Y, aún así, tenía frío.

Lo necesario para jugar al mus...

Lo necesario para jugar al mus...

¿Sabéis lo difícil que es jugar al mus con guates? Porque eso fue lo único que hicimos durante todo el día. Cuando digo durante todo el día, me refiero mientras duró la luz. Porque en cuanto dejó de haber luz natural enchufaron una bombilla a una batería de coche y ya no pudimos seguir jugando. Bueno, jugar al mus y beber Lemon Tea… Hot lemon Tea. Very very hot lemon tea. Pero very hot que te cagas…

La anécdota de ese día es que comimos la mejor tortilla de patata de Nepal y constituyó un record absoluto de comer tortilla de patata en altitud.

La tortilla de patata más rica que he comido nunca en Nepal

La tortilla de patata más rica que he comido nunca en Nepal

Cuando nos metimos en los sacos estaba todo frío y húmedo. Muy desagradable. Me acosté con todo puesto… pero a media noche me había quedado en calzoncillos… los sacos eran muy buenos y mantenían el calor. Pensé en los serpas… ellos no llevaban sacos. Dormían sólo con una manta.

No éramos muy optimistas con respecto al día siguiente… Pero eso lo contaré en Nepal (8) – El High Camp, que este post me ha quedado muy largo.

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El glaciar del Gangapurna, desde Manang

El glaciar del Gangapurna, desde Manang

Mi madre tiene una memoria pésima. Bueno, pésima siempre que no sea algo que le haya hecho, que entonces recuerda todos los detalles por insignificantes que estos puedan ser. Aunque eso es una característica común de las madres. Lógicamente cuando les conté a mis padres que me iba de vacaciones a Nepal, a la región de los Annapurnas, no podía saber que a finales de Mayo moriría allí Iñaki Ochoa de Olza, un montañero español, después de varios días de agónica cuenta atrás y con las noticias todo el día dando el parte de salud. Así que mi madre asoció Annapurna a la palabra muerte… y para qué queremos más. Y dio igual que le dijera que nos quedaríamos a 2.000 metros de donde murió Iñaki. “Edema pulmonar” empezó a ser una palabra común en nuestras conversaciones. Y no se le fue de la cabeza. Todavía hoy me pregunta qué es lo que se me perdió a mí por Nepal, habiendo tantas cosas que ver en España… ¿A que no has visto el monasterio de Piedra?

Panografica de los Annapurnas

Panografica de los Annapurnas

Annapurna y pagoda

Annapurna y pagoda

Los Annapurnas no son una montaña. Son seis, que reciben todas el nombre genérico de su pico más alto, el Annapurna, de 8.091 metros de altura. A este le llaman en Annapurna I, y le siguen el II, el III y el IV… luego decidieron que eso de numerar montañas no estaba bien y, a las dos que quedaban, decidieron darles otros nombres, como Gangapurna (porque debe de ser muy sencillo llegar a la cumbre) y Annapurna sur. La más alta es la I y es la que normalmente se suele coronar. Pertenece a los 14 ochomiles, y será el último que Edurne Pasabán escalará para consagrarse como la primera mujer en lograr los 14 ochomiles.

Annapurnas y Manis... otro gran clásico

Annapurnas y Manis... otro gran clásico

Al salir de Lower Pisang (el Villabajo del anuncio), a las siete y media de la mañana, había algo en el ambiente que nos decía que ese día sería espectacular. En realidad lo que hizo espectacular ese día no fue lo que había, sino lo que no había… ni una nube en el cielo. Y tampoco había un camino pedregoso que nos hiciera tropezar y caer. Incluso todo el rato era un plácido llano, una altiplanicie que le llaman. Así que podíamos darnos por completo al vicio de mirar… montañas. Los Annapurnas III y IV, para ser exáctos… y la puntita del primero, que todo hay que decirlo. Y fue sencillamente espectacular. Lo malo es que las fotos no hacen justicia…

La puesta de sol

La puesta de sol

No es de extrañar que invirtiéramos más tiempo del necesario en llegar a Manang… pero es que cada dos por tres había que sacar una foto. Creo que me dio tortícolis. La llegada a Manang fue mirando hacia arriba… menos mal que no había barrancos durante el camino, porque lo más seguro es que alguno de nosotros terminara en el fondo de alguno. Por cierto, la foto en la que salgo sin gafas, que es la que tiene el Annapurna al fondo, todavía no me la han pasado… así que, de momento, tendrá que esperar. Eso sí, en cuanto la tenga, reeditaré este post para añadirla y con ello contentar al clamor popular.

Una instantanea por la tarde

Una instantanea por la tarde

PD.- En realidad toda esta información es sólo de relleno. Hoy, lo importante, son las fotos… especialmente la panografía de los Annapurnas. Es la unión de 17 fotos, con un pequeño grado de transparencia y en diferentes posiciones. Me ha llevado unas cuantas horas realizarlo, pero tiene muy buena pinta. El original tiene un metro y medio de largo y medio metro de alto… y lo colgaré en casa.

Próxima entrega: Nepal (5) – Un post escatológico

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Después de contaros el primer impacto cultual en Katmandú, y el viaje por carretera más típico y pintoresco que he hecho en mi vida, hoy continuo con las aventuras en Nepal.

Un amable lugareño

Un amable lugareño

Cuando nos planteamos hacer el viaje a Nepal teníamos muy claro que una parte importante del mismo estaría dedicado a caminar por la montaña. Uno no se va al país que tiene ocho de las diez montañas más altas del mundo para navegar en barco (porque no tiene mar), o para tomar el sol… o comprar cantidades ingentes de cuencos tibetanos (aunque eso también lo hicimos). A Nepal se va a andar… y si no… dedícate a otra cosa.

Marsyangdi Nadi con toda su furia

Marsyangdi Nadi con toda su furia

No somos nuevos en eso de andar por la montaña. Quizá no hayamos coronado cumbres muy altas en la península… comparadas con las de allí, desde luego que no, pero la rutina de andar la llevamos bien aprendida. Y la rutina de andar comienza siempre muy temprano en la mañana. La hora habitual de levantarse… las seis y media… pero una hora antes ya hay luz. Y lo siguiente es comer un desayuno fuerte… que aporte energías para el resto del día. Y, hala, a andar…

Vistas de Tal, junto al rio

Vistas de Tal, junto al río

Yo dividiría el trekking en dos mitades: hasta el día de aclimatación, y después del día de aclimatación. La primera parte, de lo que va éste capítulo, no difiere mucho de otras rutas hechas en España (salvo por la presencia imponente de varios picos de más de 6.000 metro de altura siempre en la cabecera del valle). Escasos desniveles aunque casi siempre hacia arriba, un camino bien definido junto al torrente impetuoso del río Marsyangdi Nadi, muchas poblaciones entre medias donde comprar agua o comida… incluso la vegetación es parecida. De vez en cuando una caída de agua de más de 100 metros de altura nos recuerda que estamos en Nepal y no en Burgos. Pero por lo demás, no es muy diferente a andar por los Pirineos o por Picos de Europa.

La empresa de transportes local

La empresa de transportes local

El camino no es una pista especial para senderistas. En realidad se trata del camino que los habitantes de la zona usan para comunicar sus aldeas. Y no es un camino apto para vehículos, a pesar de estar en buenas condiciones (para andar), así que toda la mercancía, toda la comida y bebida o las bombonas de gas, hay que llevarla a lomos de algún caballo o de algún serpa. Así que no es raro que cada cierto rato nos crucemos con unos u otros en su incesante transporte de mercancías. Esto hace que el camino sea muy vivo, y que no sólo haya occidentales equipados con lo último para la montaña, sino que hay una gran cantidad de pastores, serpas o arrugadas viejecitas con sandalias de esparto cruzándose continuamente con nosotros. Para todos ellos está reservada la palabra “Namastey” que es como el “Hola, buenos días” pero en su lengua. Según parece ser, significa “Que el dios que llevas dentro te sea propicio”.

A veces el camino pasa por estrechos desfiladeros y profundos barrancos

A veces el camino pasa por estrechos desfiladeros y profundos barrancos

Nuestro guía dividió la ruta en cinco jornadas entre Bhulbhulé y Manang, que es el lugar donde se suele hacer la aclimatación normalmente. Así que teníamos cinco días para recorrer los 70 kilómetros entre las dos poblaciones y pasar de 840 metros sobre el nivel del mar a los 3.540, una altura superior al Mulhacén, y sólo un poco por debajo del Teide. En Manang haríamos una parada y luego seguíamos más arriba… otros 2.000 metros más… aunque no quiero adelantar acontecimientos.

¡Y todavia las hay más altas!

¡Y todavía las hay más altas!

A ver… no voy a tratar de describir todo el itinerario que seguimos, entre otras cosas porque no pretende ser una guía de la ruta ni nada por el estilo (y porque creo que sería un peñazo inleible). Podría deciros que de Bhulbhule llegamos a Ghuermu (un pueblecito acogedor con una caída de agua de más de 200 metros de altura), que luego hicimos noche en Tal (y no es una forma de hablar, es que el pueblo se llama así). La siguiente noche la pasamos en Koto (la pequeña aldea anterior a Chame… que sí tenía conexión a Internet. cuando había luz.) La siguiente noche la pasamos en Pisang (Lower Pisang, y no Upper Pisang… algo así como villarriba y villabajo, pero sin paellera gigante y sin Fairy) y, por último, llegamos a Manang, donde hicimos la aclimatación. Pero es que deciros eso es como no decir nada, entre otras cosas porque esas poblaciones no aparecen en el mapa (en Google Maps, por lo menos no).

Un paisaje hermoso

Un paisaje hermoso

El haber empezado a principios de octubre nos quitó de la gran oleada de turistas de las siguientes semanas. Digamos que nos la jugamos con el Monzón, a cambio de evitar la masificación de sólo unos días después. Aún así había mucha gente y de muchas partes del mundo. Españoles éramos unos 11, había un nutridisimo grupo de Israelíes que nos doblaban en número (y triplicaban en jaleo) y franceses y alemanes, aunque en menor número. Con algunos de ellos hicimos más migas… con otros menos y, en fin, siempre esperábamos que no nos tocaran en el mismo lodge los Isrraelíes… no por nada, pero es que eran ruidosos y dejaban los baños… en fin, con eso de que el agua es un bien preciado en Isrrael no debían de saber lo que era tirar de la cadena (o usar el cepillito). Con todo a mí me hizo tilín una de las isrraelíes… rubia y guapa… pero cuando la primera noche empezaron la cena cantando una canción religiosa cogidos de las manos y uno de sus compañeros (que hablaba español) nos dijo que estaban celebrando el año nuevo judío… pensé que, para intentar intimar con una chica religiosa, tenía otras opciones en España que me obligaran a hablar menos en inglés…

Por unas cosas u otras solíamos ser los últimos en abandonar los lodges. Digamos que nos lo tomábamos con calma. Y luego, durante la ruta, nuestro buen ritmo nos permitía pasar a los demás grupos con cierta facilidad. Especialmente cuando el camino picaba hacia arriba. La experiencia en este caso es un grado y parecíamos ser de los más experimentados del lugar (con notorias excepciones, claro).

Al fondo una recua de caballos cargados de San Miguel

Al fondo una recua de caballos cargados de San Miguel

Tengo que reconocer que yo tenía mis dudas. ¿Habría sido la preparación suficiente, o me había quedado corto? Después del test de Ordesa había intensificado el entrenamiento y, bueno, me sentía bien… pero estamos hablando de los Himalayas… coño, eso son palabras mayores ¿No?. Por mi experiencia en rutas de varios días de marcha sé que el primer día uno siempre está muy fuerte. Serán las ganas o será que no hay ni gota de cansancio… pero el primer día puedes andar durante horas. Luego lo pagas el segundo día, claro… y el tercero, si no recuperas bien. De hecho, el tercer día es la clave de todo. Si llegas al tercer día sin ampollas y sin dolores musculares graves, casi seguro que no tendrás problemas (torceduras excluidas, claro). El tercer día ya llevas kilómetros y cansancio acumulado en el cuerpo, suficientes como para ver la reacción de los músculos. Sentía, además, la responsabilidad añadida de haber arrastrado a Lentillas al viaje, casi obligándola. Y temía que ella sufriera durante las dos semanas de marcha, ya que por motivos de trabajo apenas había podido prepararse un poco. Esa era la incógnita que había que resolver. Bueno… y la de andar en altitud…

El descanso de los pies

El descanso de los pies

Solíamos andar tres horas, más o menos, antes de parar a comer en algún lodge a lo largo de la ruta. Ya hablaré de las comidas nepalesas y sus características en más profundidad, pero os adelanto que esas paradas eran lo suficientemente largas como para recuperar completamente. Después otro par de horas más hasta el lugar donde pasar la noche. Y ya está. Esto nos dejaba la mayor parte del día libre para descansar las piernas… normalmente andando más (que si ese templo de allí tiene buena pinta… que si a ver dónde lleva ese camino, etc). Sinceramente, nosotros estamos acostumbrados a algo más de esfuerzo.

Claro que ese ritmo estaba pensado para no quemarnos antes de llegar a las estapas en altitud… las que de verdad exigían más esfuerzo… pero eso lo contaré en otro capítulo.

Próxima entrega: Nepal (4) – Los Annapurnas.

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