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Posts Tagged ‘mentiras’

Hay gente que dice que mi trabajo es un chollo. Entro a la hora que quiero, salgo ocho horas después, no trabajo mucho, está muy cerca de mi casa y me pagan muy bien. Sólo lo podría mejorar si me quedara todo el día en el sofá y me mandan el cheque por correo. Lógicamente no puedo decir nada en contra de todo esto… porque es verdad. Pero por alguna extraña razón, no estoy a gusto.

Quizá esa sensación venga por el hecho de que no me siento integrado en la plantilla. En realidad soy una especie de bicho raro. Podría decir que soy el único que sabe leer de todos, pero eso sería exagerar un poco. Claro que mis compañeros saben leer… sólo que no lo hacen desde segundo de EGB. Así que no les pidas que te manden un correo con las comas o los puntos en su sitio… bueno, y con las bes y las uves correspondientes. ¿Y qué son los acentos? Pero en fin… eso es ponerse un poco exquisito. Pero como yo no veo grandes hermanos, ni islas de famosos, ni nada de ese estilo (en realidad ya no veo la tele), no veo casi fútbol y leo libros raros… apenas tenemos de qué hablar… aparte de trabajo.

Creo que esto es lo de menos. En realidad el principal motivo por el que no me encuentro a gusto es mi jefe. A ver… ¿Cómo lo defino? Imaginad un niño de seis años, hijo único para más señas. Caprichoso, enfadica, envidioso, chinche y maleducado. Ahora le ponéis cuarenta años más, aproximadamente 100 kilos de peso y un metro ochenta u ochenta y cinco de estatura. Así es mi jefe.

Si está de buenas, es aceptable. Hace bromas de muy mal gusto, sobre todo a las chicas, y se ríe a grandes carcajadas él solo. Por supuesto se cree un tío muy gracioso. Y no digo que lo sea… pero me pasa como con los Morancos… no le veo la gracia. Desconoce el manejo del teléfono interno y llama a la gente a grandes gritos desde el despacho. Eso sí… con suerte se tira todo el día hablando por el móvil y deja a casi todo el mundo en paz.

Si está de mal humor… si está de mal humor se nota, porque entra como una exhalación y, en lugar de decir un “buenos días” como todo el mundo, grita “Me cago en la ostia”, o “Estoy hasta los huevos” y da un portazo en la puerta de su despacho que hace retumbar hasta las ventanas. La cosa puede quedarse ahí (y cuando digo cosa me refiero a él) o puede ser peor: Puede salir del despacho. Y si eso ocurre da igual que dios protector tengas… porque seguro que esa deidad encontrará más interesante perder su omnipresencia por un rato que interferir en su ira. Se planta en medio de la sala, al estilo de Jonh Wine a punto de participar en un duelo, y mira a todos los presentes… buscando una victima sobre la que descargar su furia… Esto suele pasar cuando a él le dan un toque los de arriba, claro. O cuando ha tenido bronca con su mujer. Una vez estaba tan de mal humor que tiró el móvil contra una pared y una de las piezas que salió volando dio en mi monitor. Podría haberme dado a mí… con lo que me habría pillado la baja y conseguir lo que le falta a mi trabajo para ser perfecto: que me manden el cheque a casa sin moverme del sofá.

Así que muchas cosas dependen de cómo esté este hombre de humor. Las vacaciones son una de estas cosas. Y las vacaciones son, precisamente, lo que le pedí el viernes. Existe la particularidad de que la empresa, por alguna razón, no cree que los trabajadores tengan derecho a un mes de vacaciones. A lo sumo dos semanas. Y las otras… las otras ya veremos. Nadie, excepto la dirección, se ha cogido tres semanas de vacaciones… y menos seguidas. Así que debía elegir el momento con mucho cuidado. Al final el momento me eligió a mí: era el último día para pillar los billetes, así que tendría que ser lo que la diosa fortuna quisiera.

El viernes entró mi jefe y dijo:

– Buenos días.

Y yo pensé que esa era mi oportunidad. Me levanté de mi sitio y me acerqué a su despacho, no sin cierto temor. Estaba hablando por el móvil. Eso podía ser malo… si le daban una mala noticia habría un portazo… o cosas peores. Así que me quedé por allí cerca, disimulando, mientras esperaba el momento de meterme en el despacho y pedir mis tres semanas de vacaciones. Por fin colgó y vi como se metía en el Messenger (No lo he dicho, pero a veces se tira horas enteras chateando). Tenía que ser rápido…

– Jefe… ¿Puedes hablar?
– Si. ¿Qué quieres?
– Bueno… venía a pedirte las vacaciones… Me miró de reojo en plan “Si estamos en febrero…”
– ¿Para cuando?
– Para octubre…
– Ah, bueno, si es para octubre… vale. Dos semanas, ¿no?
– No, tres… – Puso cara de no. Iba a decir que no. – Es que me voy al Nepal.
– ¿Nepal? ¿Y qué se te ha perdido a ti en el Nepal?

Dicen que en el amor y en la guerra no hay reglas. En el amor al menos no. Y yo soy un enamorado de mi tiempo libre. Así que tenía que conseguir ese viaje como fuera… sin perder la dignidad, se entiende. Así que mentí. Sí amigos. Mentí como un bellaco.

– Es que tengo un amigo montañero. Está preparando una expedición al Annapurna, para subir hasta la cumbre… – Mi amigo es tan montañero como puedo serlo yo y, desde luego, no pretende subir a ningún pico.
– ¿Y tú vas a escalar un pico de esos?
– No, hombre, no. Para eso hace falta mucha preparación y muchos meses de aclimatación… yo sólo le acompaño hasta el campamento base… a 5.000 metros. Y son dos semanas de marcha por el Himalaya… así que sólo con dos semanas de vacaciones no es suficiente… necesito tres, para el viaje hasta allí y la aclimatación… ya sabes…
– Ya… claro… pero…
– Es que para los que nos gusta el monte, ir al Himalaya es como jugar en primera división… con los grandes…
– Vale, vale. Concedido…

No pude salir de su despacho con una enorme sonrisa de oreja a oreja. No sólo porque ya tengo las vacaciones que quería. Tampoco porque visite un lugar al que he querido ir desde siempre. Tampoco porque sea una gran aventura de la que seguro saldrán mil y una historias. El motivo de mi alegría era que había conseguido algo que nunca antes había logrado otro ser vivo (al menos en mi empresa)…

Tres semanas de vacaciones.

En cierta forma me sentí como Edmud Hillary al coronar el Monte Everest

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El sábado me acosté con remordimientos. Tenía claro que, inevitablemente, tenía que mentir a Huracán si quería asistir a la quedada. O confesarle toda la verdad desde el principio… esto es: que escribo este blog, que va sobre ella y que la gente sabe más de lo que a ella le gustaría.

Y a fin de cuentas tampoco era tanto mentir.

Me levanté relativamente temprano y me fui a la cocina mientras Huracán seguía durmiendo, intentando hacer el menor ruido posible. Tenía intención de preparar un desayuno especial, en plan compensación por la mentirijilla. Así que eché mano de lo único que sé hacer de repostería. Saqué unos huevos y la botella de leche de la nevera. Puse a mano el bote de la harina y el del azúcar. Y alcancé la botella de aceite de girasol que tengo para estas ocasiones. Una vez que tenía todos los ingredientes en hilera encima de la mesa, me lié a juntarlos en sus proporciones justas mientras se calentaba una sartén.

En veinte minutos tenía preparadas una docena o más de riquísimas tortitas humeantes encima de un plato (convenientemente tapado para mantener el calor). Añadí un tarro de mermelada de fresa y un bote de nata montada (nunca debe de faltar uno en casa… por el enorme juego que da). Y lo puse encima de una bandeja. De haber tenido naranjas habría hecho zumo… y faltaba también una flor o algo así para decorar… pero en esencia, lo importante estaba.

Cuando entré en la habitación con la bandeja Huracán ya estaba despierta, aunque intentó hacerse la dormida (pero no se le ha dado nunca bien la interpretación). Supongo que el aroma a café recién hecho terminó de despertarla o no fui tan silencioso como yo pensaba.

Al final del desayuno no quedaba nata montada en el bote… y he tenido que echar a lavar las sábanas. Pero fue un buen desayuno.

Durante el resto del día le di vueltas a la cabeza. No sabía como enfocar el asunto de llevarla a casa cuando todavía quedaba media tarde y parte de la noche para estar juntos. Obviamente no podía decirle que había quedado con una amiga, porque ella es un poquito celosa. Tampoco podía decirle donde nos habíamos conocido y, por supuesto, tampoco podía llevarla conmigo, porque se terminaría enterando del blog y todo lo demás. Así que me decanté por el viejo método de sonreír y asentir y dar a entender pero sin decir.

– Tengo que arreglar unos “asuntillos”- dije mientras sonreía.
– ¿Qué asuntillos?

Y por respuesta simplemente sonreí un poco más y le guiñé el ojo.

– Ah… Ya te enterarás…

No me hizo más preguntas… y la dejé sonriente en su casa. Así que supongo que creerá que el asunto tiene algo que ver con ella. Tampoco está muy desencaminada… en cierta forma. Eso sí: tendré que comprarle algo bonito (necesitaré ayuda para esto).

Antes de entrar en la cervecería miré por la ventana. Allí estaban. Pat de espaldas al ventanal, a su derecha Benno y junto a él Cyrano. Y justo a su lado la persona por la que había mentido a mi novia… Bloody Sunlight.

Morena, con el pelo más largo de lo que había imaginado (por lo visto en la foto que publicó hace tiempo), delgada (creo que un poco más que en aquella foto) y completamente vestida de negro: falda por la rodilla, medias, un jersey de cuello alto pero sin mangas y unas botas puntiagudas, todo ello de color negro. Y bastante guapa (lo siento Bloody, pero es la verdad). Y ni rastro del famoso tatuaje.

Dos besos a las chicas y apretones de mano a los chicos. Y me incorporé a la conversación al instante. Como si fuera el reencuentro con una vieja amiga de toda la vida. De esos que hace años que no ves pero que es como si hubieras visto el día anterior.

Y hablamos de todo. De los blogs, de otros comuneros, de nuestros favoritos, de la vida, del amor, del sexo, del equipo de fútbol de cada cual, de nuestras respectivas parejas… de lo divino y de lo humano. Estuvimos tres horas y media dándole a la sin hueso y sólo lo dejamos porque Bloody tenía que coger un tren… aunque Cyrano disfrutó del honor de quedarse un rato más con ella (los hay con suerte).

Mi impresión del encuentro… Bloody nos transmite todos los días muchas cosas con sus textos. Pero tendríais que verla hablar en persona (y no lo digo por dar envidia). No pierde la sonrisa en ningún momento, ni siquiera al mencionar su enfermedad (a la que sin duda ya tiene acorralada en un rincón oscuro, temblando de miedo). Es difícil no sentir su fuerza interior y su intensidad al mirarla a los ojos, negros, brillantes y sobre todo sinceros. Y uno termina contagiándose de esa fuerza y de esa intensidad. Sin duda una gran mujer.

En resumen: El primer encuentro de lo que espero sea una larga serie de ellos. Para empezar, el próximo, en el B&B de este mes. Y ya hemos medio apalabrado un encuentro en el sur, para que puedan venir Patita y otros sureños…

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