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Posts Tagged ‘montaña’

Karmen ha escrito un post titulado “Cenas de empresa” que me ha inspirado para escribir mi propia visión del asunto.

¿Qué tiene de especial esta época? Para algunos es un tiempo de celebración, ya que se conmemora el aniversario del (supuesto) nacimiento del Mesías(1). Tradicionalmente es tiempo de felicidad y de familia. Todos tenemos en la memoria colectiva ese famoso anuncio de turrón en el que el hijo volvía a casa por Navidad y todos se alegraban. Es bonito estar en familia, aunque sólo sea esa por esta época. Da igual cuantos trastos nos hayamos arrojado a la cabeza durante todo el año… pero estamos en Navidad, y hay que estar en familia, y feliz. ¿Por qué?

Porque es lo que toca.

Una amiga me llamó el domingo por la mañana. Me contaba que estaba reventada, porque llevaba de celebración navideña desde el jueves por la tarde. Comida merienda cena (y casi desayuno) con la gente del trabajo; al día siguiente cóctel con la gente de su otro trabajo; cena con un grupo de amigos; con otro… lo normal. Pero por si esto no fuera suficiente, quería que quedáramos por la tarde, porque entre unas cosas y otras “si no, no nos veríamos antes de Navidad”. ¿Y qué? O sea, ¿No sería mejor que nos viéramos porque queremos vernos? Que la Navidad no sea una excusa. Veámonos… Pero no porque es lo que toca, sino porque nos apetece.

Algún tiempo atrás, un gran amigo del que ya os hablé, me escribió para decirme que había que empezar a cuadrar fechas para la tradicional cena de Navidad. Le escribí de inmediato diciendo que yo, sintiéndolo mucho, este año pasaba de hacer cena, o comida o cualquier otro tipo de reunión. ¿Para qué? A algunos de mis amigos no los veo desde la cena del año pasado. ¿Por qué vamos a hacer el esfuerzo de vernos si no hemos hecho ni el intento durante el resto del año? ¿Porque es Navidad?

Entonces paso.

En el trabajo han despedido a mucha gente, aunque la ola de despidos parece haberse detenido. Aún así el ambiente es de calma tensa (con risas nerviosas) y ni siquiera el árbol de navidad que hay en la recepción consigue su propósito (supuestamente transmitir el espíritu navideño, supongo). Por supuesto, este año no habrá cesta, al menos no la habrá para los que no tenemos coche y VISA de empresa y sobrecito de aguinaldo en metálico (y de metal nada… papeles de color morado). O sea, no la habrá para los de siempre. Supongo que no es el mejor ambiente para celebrar la cena de navidad. Para que nos entendamos, la cena de Navidad de mi empresa no la paga la empresa, se la paga cada trabajador de su bolsillo. La empresa sólo elige el lugar donde se celebra (y no suele ser barato). Así que no es que me hayan dado un disgusto precisamente al no organizarla. Además, el hecho de que trabajemos juntos no quiere decir que luego me apetezca pasar parte de mi tiempo libre con ellos… no tenemos nada en común, excepto el trabajar en la misma empresa y, la verdad, no quiero seguir hablando de trabajo con gente que no quiero tratar durante una cena que me tengo que pagar yo.

Este año la única reunión de amigos (u otro tipo de celebración) que tendré es la comida del grupo de montaña, que fue este sábado pasado precisamente. Un cocido hecho en un fuego de leña en cantidades absurdas (Por cierto, el domingo repetí cocido… aunque esta es otra historia). Nos juntamos 26 personas en una mesa larga, copando casi por completo el aforo del pequeño restaurante. Muchos brindis, y risas. Algún alegre reencuentro (uno realmente feliz) y, por supuesto, caras nuevas. Es lo que toca.

¿Por qué es Navidad?

No. Porque apetece. Igual que en septiembre hicimos la comida de inicio de temporada, o en julio, la comida de fin de temporada… es buscar una razón para volvernos a ver… y si puede ser entorno a una mesa y con comida, mejor. Pero si es con un bocata en un pedrusco pelado y batido por el viento, tampoco pasa nada…


(1) Digo “supuesto” nacimiento porque no se sabe con seguridad que el niño Jesús naciera el 24 de diciembre. Incluso hay evidencias históricas que lo sitúan en mayo, y tres o cuatro años antes de cristo…

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En Nepal usan un sistema para medir el tiempo diferente al del resto del mundo. Está basado en horas de 100 minutos y días de 10 horas… y no sabía a qué hora nepalí correspondían las tres y media de la mañana. ¿Cómo se puede dormir tranquilo sin saber “realmente” la hora que es? Tenía que calcular la hora nepalí… al precio que fuese. Y daba igual que nuestro guía, Chewan, hubiera quedado en llamarnos a esa hora… yo tenía que saber qué hora era.

Comienza a clarear

Comienza a clarear

Obviamente en Nepal se mide el tiempo igual que en el resto del mundo… pero a mí me dio por soñar eso. Y, claro, no pasé buena noche precisamente. Muy movidita, según Escarabajo, mi compañero de celda (porque la apariencia de la habitación era la de una celda de un monasterio especialmente pobre).

El momento mágico se acerca

El momento mágico se acerca

Chewan llamó a la puerta a la hora convenida y salí del saco a toda velocidad. Ya estaba vestido, porque me había acostado con toda la ropa puesta, y la mochila preparada del día anterior. Sólo había que continuar el ritual diario de meter el saco en la bolsa compresora. Mientras lo hacía me sentí un poco extraño… había algo en mí que no cuadraba pero no sabía lo que era. Escarabajo salió el primero al frío exterior y me avisó desde allí:

– ¡Macho… nunca había visto tantas estrellas!

La nieve brilla con millones de destellos

La nieve brilla con millones de destellos

Y salí a mirar yo también. Miré para arriba y vi las estrellas. Todas. Jamás en mi vida me había dolido la cabeza de esa manera. Un dolor que iba desde la base del cuello hasta detrás de los ojos. Ni en la peor de las resacas. Ni juntando todas las resacas en una, multiplicando por diez y elevando el resultado al cuadrado. Las otras estrellas, las del cielo, también las vi. Y pese al tremendo dolor de cabeza os puedo asegurar que jamás había visto un cielo tan bonito.

Antes del desayuno ya me había tomado un gelocatil y una aspirina con un poco de hot lemon, a ver si se me quitaba el dolor de cabeza. El desayuno consistió en un bocado al emparedado de queso (que me provocó una arcada impresionante) y en otro poco más de hot lemon. No me entraba nada más. Y eso que la experiencia me decía que no se puede andar mucho con el estómago vacío. Así que Lentillas, como hermana mayor (Didi, en lengua nepalí), envolvió el emparedado en unas servilletas y me lo guardó en la mochila, para que fuera comiendo mientras ascendía. Añadió, además, un par de barritas energéticas. Esta lentillas.

Con Chewan, el guia (foto sin gafas, como se habia pedido)

Con Chewan, el guía (foto sin gafas, como se había pedido)

La idea era empezar a andar a las cuatro y media de la mañana y recorrer los 500 metros de desnivel que nos quedaban antes de que saliera mucho el sol. La razón: el viento. El Thorung La es el puerto de montaña más alto del mundo, y casi siempre está azotado por un fuerte viento. Es por lo que en cuanto el sol se levanta un poco, empieza un vendaval muy incómodo que queríamos evitar.

Así que con el frontal en la frente (por otra parte, el mejor lugar para ponerlo), la mochila al hombro, y toda la presión del mundo sobre mi cerebro, iniciamos la marcha a buen ritmo, todos en fila india y siguiendo al guía y los serpas, que en esta ocasión iban con nosotros. A nuestro alrededor no se veía nada, pero confiábamos en la pericia del guía. Creo que el caminar a oscuras nos vino bien, porque con las placas de hielo que había en el camino, mejor no saber a dónde caeríamos en caso de resbalón. Casi no hablábamos y sólo se escuchaba el crujir de la nieve o del hielo bajo nuestros pies y nuestra respiración entrecortada. En realidad, mi respiración entrecortada. Me estaba costando horrores seguir el ritmo de los serpas, entre el dolor de cabeza y un mareo la mar de interesante que empezaba a subir muchos puestos en mi lista de penalidades personales.

Más o menos esto era lo que se veia, que no está mal

Más o menos esto era lo que se veía, que no está mal

Por supuesto me tuve que detener para recuperar el resuello, y no pude evitar maldecir por no haberme traído un tercer pulmón en la mochila. Eso sí que habría servido de algo, y no tanto calzoncillo limpio y camiseta de recambio. Intenté recuperarme rápido porque mi parada obligó a detenerse a todo el mundo, ya que el guía no permitió que nos separáramos. A partir de ese momento, la marcha fue mucho más irregular, con detenciones cada poco tiempo. Mis pulmones no daban mucho más de si, y no lograba averiguar quien era el que me estaba pisando el pecho y me impedía respirar.

Cualquier lugar es bueno para poner una plegaria

Cualquier lugar es bueno para poner una plegaria

Por fin llegamos a una especie de meseta y dejamos atrás los acantilados y nuestro guía se relajó un poco. Dejó irse a Lentillas y a Escarabajo con los serpas, mientras que él se quedó con Herrero y conmigo, llevando un ritmo más lento. Mientras yo buscaba mis pulmones por el suelo, Herrero se dedicó a hacer algunas fotos, ya que el cielo estaba lo suficientemente claro como para ver recortadas las montañas en el cielo.

Y el sol salió. Y la luz rebotó en los cristales de hielo y la nieve brilló con millones de destellos a nuestro alrededor. Una visión maravillosa. Tan maravillosa que parecía irreal, como de cuento. Como si se hubieran gastado una pasta en efectos especiales. Una cosa tan espectacular sólo podía ser otro síntoma del mal de altura, una alucinación de un cerebro dolorido y ligeramente sobrecargado de analgésico. Y en eso andaba yo pensando cuando la chica que tenía al lado, una de las israelíes, soltó un “wow, its great” mientras miraba a su alrededor, como yo… el efecto óptico era real y quizá sea lo más espectacular que he visto en la montaña. También es posible que esta afirmación tenga una carga emocional importante.

En lo más alto (que he llegado nunca)

En lo más alto (que he llegado nunca)

A juzgar por lo que dijo Chewan, Herrero y yo vimos el amanecer en el punto exacto en el que es más espectacular. Supongo que mi halo se las apañó para que no estuviera en mejores condiciones y para que mi paso lento nos retrasara lo justo. Pero por muy espectacular que fuera el amanecer, no sé si valió la pena, porque lo que quedaba hasta el paso de Thorung La fue interminable para mí. Para dar un paso necesitaba de toda mi voluntad y no podía dar más de 20 pasos seguidos sin tener que parar para recuperar el resuello. El corazón botaba en mi pecho alocado y los pulmones los sentía cada vez más pequeños. Me faltaba el aire, me dolía la cabeza y a pesar de no tener nada en el estómago, sentía unas nauseas terribles. Dejé de ver a mi alrededor y me concentré en el bastón y en la huella en la nieve; en dar el siguiente paso. Digamos que se convirtió en un “tú o yo” del que no pensaba salir perdedor. Puedo ser muy cabezota en ocasiones.

La llegada al paso de montaña más alto del mundo fue muy emocionante. Se veía el montón de rocas con la placa conmemorativa y los miles de banderas de plegarias atados a cualquier parte. Desde lejos, con la nieve y las banderolas de colores, parecía un montón de basura. Lo que no quita que sintiera una alegría inmensa al verlo. Allí estaban mis amigos, esperando que llegáramos, otros grupos haciéndose fotos, y nuestros serpas fumándose un pitillo (seguramente no sería el primero).

Vistas desde el paso... hasta el infinito y más allá

Vistas desde el paso... hasta el infinito, y más allá

De la llegada sólo recuerdo tres cosas: El enorme nudo que tenía en la garganta por la emoción de llegar, y que, de no ser por que soy un tipo duro, me habría hecho llorar como un niño. También recuerdo la idea de que tenía que tocar el montón de piedras antes de hacer cualquier otra cosa, y que dije “Casa”, cuando toqué la placa metálica. Y el enorme abrazo que me dio Lentillas cuando por fin alcancé la meta. Tardé un rato en poder articular palabra… y eso que me había preparado un pequeño discurso, pero cuando se tiene tal cantidad de emociones, las palabras faltan. Entre que las recuperaba, junto con el resuello (que seguía faltando), nos hicimos las fotos de rigor… más que nada para demostrar que habíamos llegado hasta allí arriba.

Una enorme cantidad de nata montada

Una enorme cantidad de nata montada

Pero si la subida me pareció dura, la bajada fue terrible. En parte por el cansancio acumulado, la falta de aire, el dolor de cabeza, el mareo y las nauseas… pero también porque fueron 1.800 metros de desnivel negativo. Una pasada de desnivel negativo. Guardo una uña negra en mi dedo gordo como recuerdo de aquella bajada… y no es que la guarde en una cajita… la llevo puesta. Al igual que con la subida, me concentré en la bajada, en donde ponía el pie, en evitar los resbalones y en mantener un poco el ritmo. Al llegar a Muktinath, el final de la ruta para ese día, mis rodillas estaban al límite de su resistencia. Por suerte unos españoles me habían dado un ibuprofeno que terminó de quitarme el dolor de cabeza y me alivió el mareo.

La bajada infernal... aunque no lo parezca, lo más duro del dia

La bajada infernal... aunque no lo parezca, lo más duro del día

El camino hacia el pueblo pasaba por un templo donde se estaba celebrando una ceremonia hindú, la fiesta del agua y el fuego, de la que hablaré en un post que dedicaré a la religión y los templos. De no haber estado de paso sé que habría pasado de ver el templo luego por la tarde. Estaba realmente agotado y dediqué el resto del día a descansar. Apenas comí y me abstuve de beber cerveza… por si volvía el dolor de cabeza.

Eso sí: después de cuatro días… volví a ducharme. Fue con agua fresquita… pero me supo a gloria.

Como de costumbre, pinchando en las fotos se pueden ver a mayor tamaño (y todas valen mucho la pena, desde mi punto de vista). Estoy a la espera de que me pasen el vídeo con los mejores momentos de la acensión, pero entre que llega o no, pongo dos pequeños vídeo que grabé yo desde mi cámara. Se supone que me había conseguido serenar y que había recuperado el resuello. Obviamente no es así, a juzgar por mi respiración entrecortada. El primero es del momento en que nos separamos y todavía no había amanecido.

El segundo fue un intento más bien pobre de sacar el efecto óptico del brillo multicolor de la nieve, con los destellos y todo lo demás. Juzgar vosotros mismos.

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Después de contaros el primer impacto cultual en Katmandú, y el viaje por carretera más típico y pintoresco que he hecho en mi vida, hoy continuo con las aventuras en Nepal.

Un amable lugareño

Un amable lugareño

Cuando nos planteamos hacer el viaje a Nepal teníamos muy claro que una parte importante del mismo estaría dedicado a caminar por la montaña. Uno no se va al país que tiene ocho de las diez montañas más altas del mundo para navegar en barco (porque no tiene mar), o para tomar el sol… o comprar cantidades ingentes de cuencos tibetanos (aunque eso también lo hicimos). A Nepal se va a andar… y si no… dedícate a otra cosa.

Marsyangdi Nadi con toda su furia

Marsyangdi Nadi con toda su furia

No somos nuevos en eso de andar por la montaña. Quizá no hayamos coronado cumbres muy altas en la península… comparadas con las de allí, desde luego que no, pero la rutina de andar la llevamos bien aprendida. Y la rutina de andar comienza siempre muy temprano en la mañana. La hora habitual de levantarse… las seis y media… pero una hora antes ya hay luz. Y lo siguiente es comer un desayuno fuerte… que aporte energías para el resto del día. Y, hala, a andar…

Vistas de Tal, junto al rio

Vistas de Tal, junto al río

Yo dividiría el trekking en dos mitades: hasta el día de aclimatación, y después del día de aclimatación. La primera parte, de lo que va éste capítulo, no difiere mucho de otras rutas hechas en España (salvo por la presencia imponente de varios picos de más de 6.000 metro de altura siempre en la cabecera del valle). Escasos desniveles aunque casi siempre hacia arriba, un camino bien definido junto al torrente impetuoso del río Marsyangdi Nadi, muchas poblaciones entre medias donde comprar agua o comida… incluso la vegetación es parecida. De vez en cuando una caída de agua de más de 100 metros de altura nos recuerda que estamos en Nepal y no en Burgos. Pero por lo demás, no es muy diferente a andar por los Pirineos o por Picos de Europa.

La empresa de transportes local

La empresa de transportes local

El camino no es una pista especial para senderistas. En realidad se trata del camino que los habitantes de la zona usan para comunicar sus aldeas. Y no es un camino apto para vehículos, a pesar de estar en buenas condiciones (para andar), así que toda la mercancía, toda la comida y bebida o las bombonas de gas, hay que llevarla a lomos de algún caballo o de algún serpa. Así que no es raro que cada cierto rato nos crucemos con unos u otros en su incesante transporte de mercancías. Esto hace que el camino sea muy vivo, y que no sólo haya occidentales equipados con lo último para la montaña, sino que hay una gran cantidad de pastores, serpas o arrugadas viejecitas con sandalias de esparto cruzándose continuamente con nosotros. Para todos ellos está reservada la palabra “Namastey” que es como el “Hola, buenos días” pero en su lengua. Según parece ser, significa “Que el dios que llevas dentro te sea propicio”.

A veces el camino pasa por estrechos desfiladeros y profundos barrancos

A veces el camino pasa por estrechos desfiladeros y profundos barrancos

Nuestro guía dividió la ruta en cinco jornadas entre Bhulbhulé y Manang, que es el lugar donde se suele hacer la aclimatación normalmente. Así que teníamos cinco días para recorrer los 70 kilómetros entre las dos poblaciones y pasar de 840 metros sobre el nivel del mar a los 3.540, una altura superior al Mulhacén, y sólo un poco por debajo del Teide. En Manang haríamos una parada y luego seguíamos más arriba… otros 2.000 metros más… aunque no quiero adelantar acontecimientos.

¡Y todavia las hay más altas!

¡Y todavía las hay más altas!

A ver… no voy a tratar de describir todo el itinerario que seguimos, entre otras cosas porque no pretende ser una guía de la ruta ni nada por el estilo (y porque creo que sería un peñazo inleible). Podría deciros que de Bhulbhule llegamos a Ghuermu (un pueblecito acogedor con una caída de agua de más de 200 metros de altura), que luego hicimos noche en Tal (y no es una forma de hablar, es que el pueblo se llama así). La siguiente noche la pasamos en Koto (la pequeña aldea anterior a Chame… que sí tenía conexión a Internet. cuando había luz.) La siguiente noche la pasamos en Pisang (Lower Pisang, y no Upper Pisang… algo así como villarriba y villabajo, pero sin paellera gigante y sin Fairy) y, por último, llegamos a Manang, donde hicimos la aclimatación. Pero es que deciros eso es como no decir nada, entre otras cosas porque esas poblaciones no aparecen en el mapa (en Google Maps, por lo menos no).

Un paisaje hermoso

Un paisaje hermoso

El haber empezado a principios de octubre nos quitó de la gran oleada de turistas de las siguientes semanas. Digamos que nos la jugamos con el Monzón, a cambio de evitar la masificación de sólo unos días después. Aún así había mucha gente y de muchas partes del mundo. Españoles éramos unos 11, había un nutridisimo grupo de Israelíes que nos doblaban en número (y triplicaban en jaleo) y franceses y alemanes, aunque en menor número. Con algunos de ellos hicimos más migas… con otros menos y, en fin, siempre esperábamos que no nos tocaran en el mismo lodge los Isrraelíes… no por nada, pero es que eran ruidosos y dejaban los baños… en fin, con eso de que el agua es un bien preciado en Isrrael no debían de saber lo que era tirar de la cadena (o usar el cepillito). Con todo a mí me hizo tilín una de las isrraelíes… rubia y guapa… pero cuando la primera noche empezaron la cena cantando una canción religiosa cogidos de las manos y uno de sus compañeros (que hablaba español) nos dijo que estaban celebrando el año nuevo judío… pensé que, para intentar intimar con una chica religiosa, tenía otras opciones en España que me obligaran a hablar menos en inglés…

Por unas cosas u otras solíamos ser los últimos en abandonar los lodges. Digamos que nos lo tomábamos con calma. Y luego, durante la ruta, nuestro buen ritmo nos permitía pasar a los demás grupos con cierta facilidad. Especialmente cuando el camino picaba hacia arriba. La experiencia en este caso es un grado y parecíamos ser de los más experimentados del lugar (con notorias excepciones, claro).

Al fondo una recua de caballos cargados de San Miguel

Al fondo una recua de caballos cargados de San Miguel

Tengo que reconocer que yo tenía mis dudas. ¿Habría sido la preparación suficiente, o me había quedado corto? Después del test de Ordesa había intensificado el entrenamiento y, bueno, me sentía bien… pero estamos hablando de los Himalayas… coño, eso son palabras mayores ¿No?. Por mi experiencia en rutas de varios días de marcha sé que el primer día uno siempre está muy fuerte. Serán las ganas o será que no hay ni gota de cansancio… pero el primer día puedes andar durante horas. Luego lo pagas el segundo día, claro… y el tercero, si no recuperas bien. De hecho, el tercer día es la clave de todo. Si llegas al tercer día sin ampollas y sin dolores musculares graves, casi seguro que no tendrás problemas (torceduras excluidas, claro). El tercer día ya llevas kilómetros y cansancio acumulado en el cuerpo, suficientes como para ver la reacción de los músculos. Sentía, además, la responsabilidad añadida de haber arrastrado a Lentillas al viaje, casi obligándola. Y temía que ella sufriera durante las dos semanas de marcha, ya que por motivos de trabajo apenas había podido prepararse un poco. Esa era la incógnita que había que resolver. Bueno… y la de andar en altitud…

El descanso de los pies

El descanso de los pies

Solíamos andar tres horas, más o menos, antes de parar a comer en algún lodge a lo largo de la ruta. Ya hablaré de las comidas nepalesas y sus características en más profundidad, pero os adelanto que esas paradas eran lo suficientemente largas como para recuperar completamente. Después otro par de horas más hasta el lugar donde pasar la noche. Y ya está. Esto nos dejaba la mayor parte del día libre para descansar las piernas… normalmente andando más (que si ese templo de allí tiene buena pinta… que si a ver dónde lleva ese camino, etc). Sinceramente, nosotros estamos acostumbrados a algo más de esfuerzo.

Claro que ese ritmo estaba pensado para no quemarnos antes de llegar a las estapas en altitud… las que de verdad exigían más esfuerzo… pero eso lo contaré en otro capítulo.

Próxima entrega: Nepal (4) – Los Annapurnas.

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Yo no entiendo a las mujeres, la verdad. Vale, está bien, eso ha quedado patente en todas estas páginas, desde que empecé a escribir mis aventuras con Huracán hacer más de un año. Pero es que es verdad, no entiendo a las mujeres.

Por lo de Nepal he estado saliendo todas las semanas, con el propósito de terminar el entrenamiento y, bueno, para que mis montañas no estén demasiado celosas, con eso de que les voy a poner los cuernos con otras más altas y un poco más exóticas. Estas salidas no han sido solitarias, sino que las he compartido con mi grupito de montaña.

¿Os acordáis de Tofu? Os hablé de ella hace algún tiempo. Y también os conté que reapareció no hace mucho durante una salida pasada por agua. Durante el mes de agosto desapareció otra vez, creo que por las tierras (o mares) de Ibiza, para volver a reaparecer a finales del verano. Y desde que reapareció no se ha perdido ni una sola salida. Viene sistemáticamente a todas.

La verdad es que nunca me dijo que tenía éste interés montañero, pero he de admitir que se defiende muy bien en el medio inclinado. Supongo que eso de bailar endurece las piernas una barbaridad. Y, teniendo en cuenta que hemos estado visitando las montañas más altas de la región, creo que tiene mérito. Y más sabiendo que sólo come lechuga y sus variantes…

El caso es que hemos hablado mucho durante las caminatas. De todo un poco pero sin profundizar en ningún tema concreto. Algunas veces solos, otras acompañados. Pero no hemos hablado de cosas muy personales y, aunque parezca mentira, no hemos mencionado la última cena. Os aseguro que se ha reído mucho conmigo, entre otras cosas porque ella tiene un gran sentido del humor y a mí hace falta que me animen poco.

La semana pasada una amiga me llevó a un aparte durante una salida.

– ¿Qué rollo te traes tú con esta chica? – Me preguntó.
– ¿Por?
– Os he estado observando y, no sé… te ríe todas las bromas y, francamente, no eres tan gracioso… además, te toca mucho. Y intenta llamar tu atención continuamente… ¿No te has fijado?
– Pues no… y sí, soy bastante gracioso…
– Venga hombre…

El que Tofu me mandara un mensaje por la noche diciéndome que se lo había pasado muy bien y que esta semana repetía no ayudó a que le quitara hierro al comentario de mi amiga.

El sábado pasado íbamos caminado todo el grupo entre unas piedras y junto a una laguna de frías aguas, charlando y montando jaleo, como de costumbre. Divertido, aunque imposible ver un bicho en esas condiciones. El caso es que Tofu hizo una afirmación sobre un tema y yo la llevé la contraria. Pero no por chincharla, sino porque pensaba lo contrario. Y estaba bastante seguro de ello. Ella me dijo que si no me apostaría algo y yo le dije que lo que ella quisiera.

– Cinco euros.- dijo ella
– Por cinco euros no me pringo.- dije yo
– ¿Por qué no os apostáis una cena? – Intervino mi amigo Escarabajo.
– Vale.- Dijo Tofu.
– Si hombre… así pierdo de todas maneras… si gano, ceno en un vegetariano, y si pierdo también…
– Bueno, si ese es el problema negociamos el sitio… – dijo ella.
– Entonces trato hecho.

Y estrechamos las manos.

Al rato se me acercó Escarabajo, sonriente y me dijo “No hace falta que me des las gracias… es una monada”. Claro que él no sabía toda la historia.

Lo tradicional al terminar una ruta es que nos tomemos unas cervezas tranquilamente, mientras comentamos la jugada o hacemos bromas. Todavía hace calorcito y se estaba bien en la terraza. Alguien sacó chocolate y otro unos frutos secos y la cosa parecía que se alargaría un buen rato. Yo no tenía plan para el sábado por la noche así que no me importaba quedarme o, incluso cenar por allí. Mucho más cómodo que bajar a casa, ducharme, y volver a subir a la ciudad. Pero Tofu tenía un problema: La chica con la que había venido de acompañante en el coche se tenía que marchar a un cumpleaños, y ella se quería quedar. Me ofrecí a llevarla a casa, claro. Y se quedó, claro.

Salimos de noche ya para la ciudad. Y el viaje se me hizo corto, a pesar de que no iba precisamente rápido. No suelo correr mucho, y menos por las estrechas carreteras de montaña. Y menos si voy charlando. Y hablamos mucho. Ella me preguntó si salía con alguien y le conté por encima la historia de Huracán. Ella me contó también por encima una relación más o menos reciente con un tipo, bloguero para más señas. Y entre unas cosas y otras llegamos a su casa.

Aparqué en doble fila enfrente del portal. Como buen caballero que soy, me bajé del coche para ayudarla a coger sus cosas del maletero.

– Bueno… que te lo pases muy bien en Nepal…
– Cuenta con ello.
– Te echaré de menos…

Y me abrazó. Algo que no me esperaba, la verdad. Y tengo que admitir que sentir su pequeño pero firme cuerpo pegado al mío no me desagradó precisamente…

– Serán sólo tres semanas. Y pasan rápido.
– Y entonces me pagarás una cena…
– Eso lo veremos

Me quedé junto al coche mientras ella entraba en el portal. Se giró y me mandó un beso desde allí.

Mientras conducía de regreso a casa me llegó un mensaje. Tofu me daba las gracias otra vez por llevarla. Me decía que se lo había pasado muy bien y, además, había comprobado en Internet lo que nos habíamos jugado.

Cenaré en un vegetariano otra vez… y, además, pagaré yo.

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Durante todo el tiempo que llevo practicando el deporte de salir al monte, y ya son unos pocos años, he conocido a mucha gente. Podríamos decir que, en esencia, todos los amantes de este deporte tenemos una serie de características en común. Evidentemente a todos nos gusta el campo y la naturaleza, aunque a diferentes niveles. Los hay que se saben el nombre de todos los yerbajos, por pequeños que sean. Y otros, como yo, que sólo diferencian entre “los que pinchan” y los que no. Y, a veces, ni eso.

Aparte del montañero naturalista (ojo, no confundir con el naturista… que es el que va en pelotas), está el montañero místico. Es el que ves solo, o acompañado de sí mismo, en una cumbre mirando el infinito. Este tipo de montañero habla poco, prefiere caminar por el monte él sólo o, en su defecto, con un amigo más silencioso que él mismo y evita todo contacto con otros montañeros, sobre todo si van en grupos y no paran de hablar.

Yo pertenezco a este último subgrupo. Me gusta la montaña y sus cosas, pero entiendo el senderismo como deporte y, sobre todo, como acto social. Durante la salida veo a mis amigos y comento con ellos… y, siendo un grupo “abierto” siempre hay nuevas incorporaciones… así que, además de charlar con muchos de mis amigos, conozco gente. Huracán, por ejemplo, era la amiga de un amigo que vino a una de estas salidas… para que luego digan que el senderismo no da de sí.

Ayer, mientras trepábamos trabajosamente por una empinada ladera, con un par de “pasos” arriesgados (pero no tanto gracias a que la evolución, en su infinita sabiduría, nos dotó de trasero), surgió un tema de conversación interesante… y que da título a la entrada… ¿Tú qué haría si te tocaran 18 millones? La verdad es que las teorías dan mucho de sí. Además de trasladaros la pregunta, para que me digáis lo que vosotros haríais, os cuento lo que yo haría.

O, mejor… lo que no haría. Una de las cosas que no haría nunca más sería trabajar. Eso de que el trabajo dignifica es un cuento chino. Yo no necesito trabajar. Ahora sí, por la hipoteca y eso, pero no es algo que yo “necesite”. Yo no me aburro en casa… os lo puedo asegurar.

No me compraría ni una casa enorme ni un coche nuevo. Yo no necesito vivir en el lujo y la abundancia. Hay días que me gusta darme un homenaje y voy a un restaurante bueno a cenar algo sofisticado. O todo lo sofisticado que puede ser un solomillo o algo así y unos entrantes imaginativos. Siempre que no lleven berenjenas o espárragos. Ni pimientos rojos. Y, bueno, me gusta un buen vino como al que más. Pero disfruto igual de bien de un bocadillo de calamares y una caña en un bar con olor a fritanga. La ropa cara me debe de sentar igual de mal que la barata y, mi Kapullomóvil será mi coche durante mucho tiempo, con o sin dinero. Como respeto escrupulosamente los límites de velocidad, sería triste llevar un Porche a 90 por hora en una carretera convencional con arcén transitable. Respecto a la vivienda… una casa más grande es un sitio donde meter más cacharros… y, más cuartos de baño son más inodoros que fregar. Además, yo sólo puedo mear un uno a la vez… así que ¿Para qué quiero más? Vale, podría contratar a alguien que limpiara… pero si con mis 69 metros cuadrados tengo de sobra… ¿Para qué meterme en algo más grande?

Así que seguiría viviendo como hasta ahora, sólo que sin trabajar.

Otra cosa que no haría es decírselo a mis amigos. Ni a los más íntimos. Pensaréis… jo, qué tío… seguro que lo hace para no invitar. Pues sí. Por eso es… y porque creo que se me plantearían una serie de problemas asociados al dinero. Me explico.

Si les dices a tus amigos que has ganado 18 millones de euros y, pongamos por caso, sigues como siempre, o sea, invitando de vez en cuando, pero tampoco todos los días, puede pasar que piensen que, a pesar de tener más dinero del que puedas gastar en tu vida, eres un agarrado por no invitar siempre… o sólo a unas míseras cañas, y no a un vino caro… pero si invitas siempre, es posible que lo consideren como un acto de prepotencia… tengo más dinero que vosotros, pobres desgraciados, así que hago ostentación de ello por donde voy. Y no se sabe por donde acertar…

El problema de tener dinero es que no sabes si ese pedazo de monumento en forma de mujer escultural que, por algún extraño motivo te encuentra irresistible, te quiere por ti o por tu billetera. Llamadme anticuado… pero es que esa duda me surgiría tarde o temprano (al menos después de varios meses de pasión… pero me surgiría).

Así que todo seguiría igual que antes… sólo que con más dinero y con mucha más tranquilidad…

¿Y vosotros?

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Panorámica desde Cuello Arenas

Panorámica desde Cuello Arenas

El cielo plomizo amenazaba con volver a descargar agua de un momento a otro. Las nubes eran las dueñas y señoras de la Tierra. O, al menos, de la tierra que de divisaba en todas direcciones. Las cumbres de las montañas, como dientes puntiagudos al borde de la planicie, apenas se intuían entre la niebla. El viento movía las briznas de matojos que había a los lados del camino, que se extendía marrón y pedregoso hacia el infinito. Hacia la niebla.

La montaña solitaria por señor Capullo, en Flickr

La montaña solitaria

Ya había descansado lo suficiente. No lo suficiente, pero me estaba quedando frío. Y, según mis cálculos, todavía me quedaban tres horas más de marcha. Me sentía mal. No sé si era por el cielo plomizo, la amenaza de lluvia o por el hecho de que me había retirado, que no había podido continuar, mientras mis amigos seguían adelante montaña arriba. Por primera vez en mi vida me había dado la vuelta en una ruta.

Después de tantos años caminando por la montaña he aprendido a escuchar a mis pies, a mis piernas, a mis pulmones… a mi corazón. Y ellos, por unanimidad, me habían dicho que no estaría en condiciones de seguir. Y mi cerebro no encontró motivos para seguir sufriendo. Porque no había sentido a continuar cuando no se veía nada alrededor. Porque no había ninguna gracia en mojarse. Porque teníamos claro que no podríamos llegar a la meta. Y así no había motivación.

Una cascada

Una cascada

En realidad hice oídos sordos a sus súplicas de parar durante un buen rato. El orgullo manejaba los mandos y no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer. Es como cruzar una peligrosa línea. Antes de eso, nunca me había retirado. Después…

Pero había que ser realista. La paliza del día anterior fue demasiado fuerte. Ya estoy mayor y el cuerpo no recupera igual. En otros tiempos, tiempos más lozanos, diez horas de ruta y sólo tres de sueño no habrían sido impedimento… incluso habría sido de los últimos en irme a descansar… una caña más, un chiste nuevo. Pero esos tiempos parecen que han pasado, me temo. Ahora, 3.000 metros de desnivel acumulado pesan en las piernas como zapatos de hormigón. Y te arrastran al fondo…

El puente  romano

El puente romano

Tengo que reconocer cierta decepción. Decepción conmigo mismo. Esperaba estar mejor, después de tanto entrenamiento. Pero tengo que reconocer que los dos últimos meses han sido muy laxos. Demasiadas quedadas y demasiado saltarme el entrenamiento. Demasiadas cañas. Demasiados panchitos. Demasiado trasnochar. Demasiada juerga y poca montaña. Y eso se paga.

Pero cuando sale el sol...

Pero cuando sale el sol...

Sé que en Nepal no haremos 10 horas de marcha. Y, desde luego, no habrá machadas de 3.000 metros de desnivel (entre subida y bajada) del tirón. Pero aún así esperaba estar mejor. No he pasado la prueba de fuego, el test de aptitud. Y me da igual que mis amigos, para animarme, me digan que la ruta del primer día era de nivel muy alto. Me da igual que me digan que el segundo día hice 18 kilómetros y seis horas de ruta. Eso son paños calientes. Yo sé que tenía que haber estado mejor. A 5.000 metros de altitud no habrá posibilidad de dar la vuelta. Y no quiero hacer un viaje tan largo para sufrir.

El refugio de la Brecha

El refugio de la Brecha

La lectura final: tengo 30 días para intentar recuperarme. Así que se terminaron las cañas y las tapas. Y, desde luego, nada de trasnochar y salir de copas.

Tengo que tomármelo en serio.

NOTA: Todas las fotos, menos la panorámica del principio, perteneces a la ruta: De Bujaruelo a la Brecha de Rolando.

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El sábado fue una noche especial, de esas que se tarda un tiempo en olvidar. Si las enfermedades del cerebro lo permiten, en realidad no se pueden olvidar en la vida. Y desde que existen cámaras digitales, el recuerdo perdura durante más tiempo (en teoría los CD’s tienen una vida aproximada de 100 años… pero creedme, es mentira. Sé de lo que hablo).

Los antiguos hombres primitivos, los que andaban con taparrabos y utilizaban la sofisticada técnica de ligue de regalarle un mamut a su amada, tenían pocas diversiones en las cuevas. El chat tardaría algunos siglos en ser inventado y en realidad a nadie parecía importarle que Bea fuera guapa o fea, sobre todo porque la depilación sólo era una bonita idea con sorprendentes posibilidades en la mente de alguien. Todavía no se había inventado la religión así que andaban un poco escasos de puentes y de fiestas, por lo de la ausencia de santos, así que las pocas oportunidades que tenían de celebrar algo casi siempre pasaban por los acontecimientos más básicos: los ciclos del Sol.

El caso, y no me enrollo más, es que el sábado era un día de esos que se celebran desde hace miles de años: El solsticio de verano. Para los que no estén habituados a lo términos astronómicos, el solsticio de verano significa que el Sol ha alcanzado su posición más alta en el cielo (por los caprichos de las órbitas). En términos prácticos significa que es el día con más horas de luz del año, y a partir de ese momento los días vuelven a hacerse más cortos poco a poco, hasta llegar justo al solsticio de invierno, también conocido como Navidad.

Hay gente que celebra este día haciendo grandes hogueras. Otros atraviesan ascuas al rojo con los pies descalzos y señoras de pantalones arremangados a cuestas. Otros decidimos ir a una montaña muy alta y despedir al Sol del día más largo diciendo adiós con la manita, para saludar como se merece al nuevo Sol de la mañana. Como dice el dicho: Hay gente para todo.

La noche fue corta y larga a la vez. Fue muy larga porque pasé un poco bastante frío. Es lo que tiene dormir a la intemperie con un saco liviano como única protección cuando la noche pedía uno gordo. Algo que jode mucho teniendo en cuenta que el saco gordo se quedó en casa. Lo resolví acostándome con toda la ropa de abrigo puesta (incluso con guantes y gorro de lana). Pero lo molesto fue el viento que se levantó a medianoche. Así que podemos decir que dormí a ratos.

Anochecer Rojo Sangre

Pero en realidad fue corta porque objetivamente duró muy poco, empezó casi a las once de la noche y terminó a las cinco y veinte de la mañana. Creedme, lo sé… porque yo estaba allí para verlo. ¿Y qué es lo que vi? Vi un sol rojo sangre hundirse poco a poco en el horizonte, entre nubes naranjas y montañas oscuras. Y también vi los primeros rayos del sol despuntando al alba y cómo el cielo negro se fue clareando con tonos anaranjados lentamente, y borrando de la bóveda celeste las pocas estrellas brillantes que la luna llena de Junio no anulaba con su blanco resplandor.

Amanecer en la Najarra

Fue un espectáculo memorable para tan señalada fecha. Una forma magnífica de recibir el año nuevo.

¿Y sabéis qué? Creo que para todos los que celebramos el año nuevo, ya sea en lo alto de la montaña, o en una casa con velas y rodeado de amigos, éste año nuevo que empieza será genial. Estará lleno de cosas buenas, de proyectos nuevos y excitantes y de gente alucinante con la que compartir grandes momentos. Este año que empieza será nuestro año.

A todos, Feliz año Nuevo. O como diría alguien… Feliz Jujaño Nuevo.

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