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Posts Tagged ‘Morcillita’

La abeja Maya (ojo, Maya, que no Amaya) tenía a Flip el saltamontes. Pinocho tenía a Pepito grillo… mi conciencia se llama Almanzor. Eso sí, es más grande, menos verde, no tiene tendencia a saltar, a no ser que suene música pachanguera… pero sermonea exactamente igual. Os comento.

Estábamos tomando una caña, haciendo tiempo para entrar en el cine. Un plan de Viernes Santo como otro cualquiera. Y estábamos charlando sobre el segundo tema favorito de los hombres… las mujeres. A quemarropa, Almanzor me espetó:

– A ti te gustan mujeres muy guapas
– Toma, claro, igual que a ti…
– Si… pero me refiero a que sólo te gustan mujeres muy guapas.
– No sé en qué te basas para decir eso…
– ¿Huracán?
– Muy guapa…
– ¿Y Lentillas?
– Bueno… sí.
– A Tofu no la recuerdo bien, pero creo que era guapa.
– Sí, tenía una cara muy rica… pero era bajita y andaba raro…
– Entonces guapa… ¿Y Morcillita?
– Joder, también guapa… y con un cuerpazo.
– ¿Ves?
– ¿Me estás llamando superficial? Vale, esas mujeres son muy guapas… pero tienen otras muchas cualidades… Morcillita era muy buena, y tenía un gran sentido del humor. Y no hace falta que te diga que Lentillas tiene un gran cerebro, es super inteligente y brillante… Huracán era fresca y divertida y una sorpresa cada día…
– No, no… no te estoy llamando superficial… es sólo que para que te fijes en las otras cualidades de una mujer… en la inteligencia, en el sentido del humor o en si es limpia o hace ecuaciones de segundo grado… antes tiene que ser guapa. Hay un montón de mujeres que te estás perdiendo sólo porque de primeras no te parecen guapas…
– Pues no sé, tío… a uno le gustan las mujeres que le gustan… ¿No?

Pero, como de costumbre, Almanzor me hizo pensar… ¿Cómo me gustan a mí las mujeres?

Pues sí, es verdad, me gustan las mujeres guapas… pero no todas las mujeres guapas me gustan. Tienen que tener algo más. Yo prefiero una chica que sea guapa al natural, que apenas se maquille o, si por lo que sea no puede pintarse, no piense que es una debacle. O sea, que no piense que su belleza es su principal baza. No me gustan las mujeres flacas, de esas que se llevan ahora, engendros andróginos patilargos, sólo piel pegada al hueso. Creo que una mujer tiene que tener curvas, vertiginosas en algún caso. Tiene que se ser femenina.

Para mí es importantísimo el sentido del humor… mi mujer ideal tiene que tenerlo. Yo disfruto con unas buenas risas, me gusta hacer reír. Le tiene que gustar reírse, sobre todo conmigo, y tiene que hacerme de reír a mí. Y esto os puede parecer muy maniático, me tiene que gustar cómo se ríe.

Si puede ser más inteligente que yo, tanto mejor (en esto, como veis, no soy muy exigente… a poco que sea un poco despierta, será más inteligente que yo). Me gusta aprender cosas nuevas, así que no tengo ningún problema en que me enseñe de lo que sea que sepa más que nadie. Me da igual que sea tímida o extrovertida, porque si es tímida, ya hago yo las payasadas por los dos… y si es extrovertida, le sigo el rollo sin problemas.

Si demás tiene pasta, mejor que mejor (pero no es importante).

Pero, sobre todo, tiene que ser buena. Que tenga yo que esforzarme por ser mejor persona… que me ayude a mejorar y que me haga ver cuando estoy equivocado (porque a veces me obceco en una idea y me resulta complicado apearme del burro).

¿Acaso es pedir demasiado?

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O, al menos, eso dice el dicho castellano. Siguiendo con la historia que dejé en el aire ayer, tenemos a los cuatro personajes de la escena situados en el sofá. Algodón tumbada, jugueteando con su pie en mi entrepierna, y los dos elementos de mi imaginación, el Angelote y el Diablillo, mirándome fijamente esperando una decisión. Expectantes. Intentando encontrar una solución satisfactoria para todas las partes (especialmente las mías), mi cerebro funcionaba a mil por hora (compensando la preocupante falta de sangre con la optimización de la red neuronal). Por fin llegué a una conclusión.

– Algodón… me tengo que ir. – Y me puse de pie.
-Es muy tarde… quédate a dormir.
-Creo que lo mejor es que me marche. De verdad.

Ella se puso de pie y me acompaño a la puerta. En la entrada me abrazó muy fuerte, y me dio un beso en el cuello.

– Pudo haber estado bien. – Me dijo al oído.

A medida que caminaba en dirección a mi casa empecé a cabrearme conmigo mismo. O sea… Podría habérmela tirado y luego… luego si te he visto no me acuerdo. O, mejor: “Yo creía que era nada más que un rollo…”, “Lo siento… me he confundido”. Había mil frases que decir “después”. ¿Por qué tenía que hacer caso al mierda del Angelote? Maldita conciencia…

Al día siguiente llegó Morcillita de vacaciones, morena y guapa. Y, como no podía ser de otra manera, me notó raro, especialmente serio. Me preguntó y se lo conté. Yo no tenía secretos para ella (no es que ahora los tenga, pero ya no tenemos la misma relación que antes y no tengo por qué contarle todo). Según ella, hice lo correcto. Pero eso no ayudó a que me sintiera mejor conmigo mismo.

Como el que no quiere la cosa nos plantamos en diciembre, en pleno puente de la constitución (y cumpleaños de mi abuela). Estaba con Panceta en el bar a eso de las tres de la mañana, bebiéndonos unas cervezas y hablando de tonterías. Y apareció Algodón otra vez. Nos habíamos visto más veces desde lo ocurrido en su casa, pero no lo habíamos comentado. Simplemente ocurrió, pero ninguno de los dos le dimos mayor importancia. Supongo.

Se nos acercó, se pidió otra cerveza y se unió a la conversación. Echamos unas risas durante un buen rato, hasta que cerraron el bar. Panceta se fue para su casa y nosotros, que vivíamos más o menos en la misma dirección, nos fuimos juntos. Seguíamos hablando de alguna cosa sin sentido, cuando llegamos al portal de su casa. Me despedí de ella:

– Bueno, pues ya nos vemmmmm….

De pronto tenía en mi boca el doble de lenguas de las habituales. Algodón me estaba besando, agarrada a mi cuello. Sabía a tabaco y olía a coco y cuero. Durante unas cuantas centésimas de segundo intenté resistirme… el tiempo justo que tardó el diablillo en acuchillar repetidas veces al angelote, para que no dijera nada. Con el último aliento, el Angelote me obligó a decir:

– Esto es sólo un rollo, ¿No?
-Claro.

Así que todo estaba bien ya, El Angelote se podía morir tranquilamente. Pasamos el fin de semana en su casa, recuperando la escena del sofá, pero esta vez sin peli porno de fondo. Puedo decir que fue un buen fin de semana.

El problema fue el lunes.

A las nueve de la mañana, el teléfono empezó a sonar. Por supuesto, era Algodón.

– ¿Si?
-Hola.
-Hola. Oye… ¿Qué pasa?
-No, nada. ¿Qué tal estás?
-Pues bien, aquí, un poco liado…
-Bueno. Te dejo. Luego te llamo.
-Vale. Adiós, adiós.

A las diez se repitió la escena, más o menos igual.

A las doce no le cogí el teléfono.

A las tres, a la que salía del trabajo (tiempos aquellos en los que sólo trabajaba hasta las tres) volvió a sonar el móvil.

– Hola.
-Hola… te he llamado antes.
-Ya… es que estaba en una reunión.
-¿Qué haces?
-Nada, ya me iba para casa…
-Yo también. Si quieres vamos juntos – resulta que ella trabajaba muy cerca de donde yo trabajaba por aquel entonces, y ella lo sabía.
-Bueno… – A ver, ¿Qué podía decir?

Fuimos juntos, claro. Por la tarde quería quedar, pero me busqué una excusa convincente. Pero no logré zafarme para ir juntos por la mañana a trabajar. La verdad es que estaba muy incómodo con la nueva situación. Sobre todo porque me sentía mal por ella. Estaba pasando justo lo que no quería que pasara. Y, lo peor, era sentir la mirada acusadora del Angelote clavada en mi cogote todo el santo día. Tenía que hablar con ella, y cuanto antes fuese, mejor.

El momento elegido fue el martes por la tarde, delante de un café, y fue algo muy parecido a esto:

– Algodón… no puedes llamarme tanto… – Se trataba de empezar por algo básico y luego ir profundizando poco a poco en la idea.
-¿Por qué?
-Mujer… estoy en el trabajo, y no puedo andar hablando todo el rato… se supone que me pagan por hacer cosas productivas…
-Bueno… no te llamaré durante la mañana…
-En realidad… tampoco es buena idea que me llames por las tardes… me siento un poco… no sé… agobiado.
-¿Agobiado?
-Si… se suponía que lo que pasó era nada más que un rollo de fin de semana. Sexo, que fue muy bueno y divertido, pero sólo eso. Nada más… y ahora me siento como si fuéramos algo más…
-Es que yo quiero algo más.
-Pero no puede ser. Ya sabes lo que siento por Morcillita… te estaría engañando.
-¡Pero ella no te quiere! – Lágrimas asomando por sus ojos. Situación de peligro inminente.
-Puede ser… pero yo a ella sí… y mientras la quiera a ella, no puedo querer a otra. No puedo salir contigo. – Se puso a llorar, en silencio – Lo siento.

Estuvimos un rato más, hasta que se tranquilizó. Y nos despedimos. Pasaron algunas semanas en las que no nos vimos, un fin de año un poco extraño, y el comienzo del fin con Morcillita. Cuando nos volvimos a ver ella estaba bastante normal.

Nunca volvimos a hablar de lo sucedido.

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Técnicamente yo era un hombre libre. Morcillita me había dejado y ya no éramos una pareja. Bueno, en la práctica no lo éramos, aunque en teoría… bueno, seguíamos viéndonos y yo mantenía mis esperanzas de recuperarla casi intactas. Para mantenerme ocupado y no pensar demasiado, acepté un trabajo que me habían ofrecido para mis ratos libres, ajeno a mi trabajo normal, un jugoso negocio en el que yo era socio de un Marqués, varias veces Grande de España, y una participación de un 10% de los ingresos. Sólo tenía que asesorar tecnológicamente la aventura y participar en reuniones. Al final la cosa quedó en que perdí un verano y el “Grande” me escatimó cinco millones de las antiguas pesetas.

Morcillita se quedó conmigo durante casi todo ese tiempo, excepto la última semana de agosto. Se fue de camping con unos amigos suyos, entre los que se encontraba el que ahora es su marido y padre de sus hijos. El caso es que yo me quedé solo, aunque muy liado. Pero estaba acostumbrado a dar largos paseos por la noche en el parque con Morcillita comiéndonos un helado y charlando de la vida, que era básicamente mi único entretenimiento. Como siempre he sido muy independiente, seguí dándome esos paseos yo solo. Era más aburrido, pero descansaba de tanto ordenador y tanto teléfono.

En uno de esos paseos solitarios me encontré con Algodón.

Algodón era una vieja amiga. En realidad era una amiga de una amiga. Y no siempre la habíamos llamado Algodón. Cuando la conocí un año y pico antes, me pareció tonta. Pero no tonta en plan creída. No. Tonta de simple. Así que la llamábamos entre nosotros muchas cosas sinónimas de tonta. Pero a medida que la fui conociendo mejor, no es que dejara de ser simple, pero la fui cogiendo cariño. Y pasó a ser Algodón.

Ella siempre decía que yo era su amor platónico y que quería tener un novio como yo. Pero nunca me lo tomé en serio. Sí que es verdad que me daba unos abrazos enormes, me estrujaba entre sus grandes pechos (lucía sin problema unos escotes vertiginosos), y a veces hasta besos en el cuello. Pero yo lo achacaba a que era muy cariñosa. Todas esas cosas terminaron cuando empecé a salir con Morcillita. Dejamos de vernos tan a menudo como antes. Hasta que coincidimos esa noche en el parque.

Algo que nunca me gustó de Algodón era que tenía que explicarle los chistes. Su sentido del humor era muy básico, ella era de esa gente que se reía a carcajadas con el chiste de “mis tetas” o con los chistes de Jaimito, y seguramente tendría como el Rey del Humor a Arévalo haciendo de gangoso. Así que no me entendía casi nada de lo que decía. Pero dada mi situación en ese momento, solo y abandonado por la mujer que amaba, la compañía de Algodón era reconfortante. Y fuimos quedando cada noche para pasear y charlar en el parque.

El viernes previo a que volviera Morcillita de Cantabria, Algodón me llamó por la tarde y me dijo que si cambiábamos de plan. En lugar de ir al parque, me invitaba a cenar en su casa viendo una película. No me pareció un mal plan y acepté. A fin de cuentas no tenía nada mejor que hacer.

La velada comenzó con un pase particular de modelos. Algodón había renovado el vestuario y se empeñó en enseñármelo todo puesto. Pantalones, alguna falda, un top muy ceñido, camisas… en fin, a mí me pareció la tienda entera. Pero no dije nada, porque parecía que a ella le hacía ilusión.

Por fin terminó y dimos comienzo a la sesión de cine. Ella también se había encargado de alquilar la película. Título: Más que amigos. Una comedia romántica entre una ejecutiva, un rabino y un sacerdote católico… no es que me sintiera identificado con ninguno de ellos, pero… ¿Más que amigos? ¿Era una indirecta o es que yo estaba suspicaz? ¿Acaso quería decirme algo? Lo que resultó indudable fue que la película era un bodrio y no me dormí de pura vergüenza. Durante la película ella se fue tumbando en el sofá a mi lado hasta que, al final, tenía sus pies apoyados en mis piernas. No le di mayor importancia, a fin de cuentas estábamos en su casa y el sofá no era demasiado grande.

Por fin terminó la película y dimos comienzo a una charla tranquila. Ella seguía tumbada, con sus pequeños pies de uñas pintadas apoyados en mis piernas, y me comentaba lo alocada que había sido su vida los últimos meses. Había tenido tres novios en dos meses, a cada cual más raro.

– Necesito sentar la cabeza… necesito a alguien a mi lado que sea sensato… cariñoso… inteligente… necesito a alguien… como tú, Sr K.

Obviamente me quedé a cuadros. Había estado preparando el terreno pero no me esperaba un ataque tan frontal. Independientemente que todavía estuviera reciente lo de Morcillita, y de que siguiera colado por ella hasta las trancas, Algodón no tenía lo que a mí me gusta en las mujeres. Bueno, sí tenía unas tetas preciosas y, ejem, eso es algo que me gusta en las mujeres y, sí, era guapa de cara y con una boca diseñada para el pecado… pero…. No me imaginaba con ella… no sé si me explico. Así que decidí escurrir el bulto y no darme por enterado.

– Te pasaré el teléfono de un par de amigos que te pueden resultar interesantes.

El ataque siguió por otros frentes y yo fui esquivando los misiles con más o menos habilidad. Ella preparó el ataque definitivo. La tele seguía puesta aunque a un volumen muy bajo. Cogió el mando y me preguntó…

– ¿Te importa que cambie?
-No, adelante… estás en tu casa.
-Es que los viernes suelo ver el Plus.

¿El Plus? ¿Los viernes por la noche? ¿Pero si echan…?

La peli porno del Canal Plus. Un clásico.

En la tele, una rubia hacía complicados juegos bucales con el gran pene de un maromo hipervitaminado y supermineralizado. No parecía estar pasándolo mal, porque animaba a la rubia con frases cortas pero concisas “Así, sigue, sigue”. Yo debí de poner cara de tonto.

– ¿Te importa?
-No, que va. Yo también la veo a veces.- Y era verdad, sólo que yo no tenía decodificador y, tenía que guiñar los ojos un poco más.

Las posiciones habían cambiado, ahora era él el que ejecutaba complicados juegos linguales en el… esto… ¿Chocho? de ella, que gemía como si se fuera a morir. Los vecinos debían de pensar que Algodón y yo lo estábamos pasando en grande. Nosotros, por el contrario, seguimos viendo la película, aunque ahora guardando silencio. La situación tuvo dos variantes casi imperceptibles. Mi “amiguito” se empezó a animar, con tanto juego lingual, y ella movió lo justo su pie para que dejara de estar apoyado en mi pierna. Ahora estaba en pleno contacto con mi “amiguito”.

Como el que no quiere la cosa, moví su pie hasta su posición inicial. Y seguí viendo la película. Noté nuevamente el contacto de su pie. La miré y ella me miró.

– ¿A qué esperas? ¿No la ves ahí tirada, espatarrada? Tío, quiere que le des carne en barra… – Por supuesto, era mi yo malo, en forma de diablillo de afilados cuernos y rabo puntiagudo.
– No, no lo hagas. Ella quiere algo más que una noche de pasión… te lo ha dicho, quiere un novio que la centre… quiere una relación estable… y tú estás enamorado de Morcillita. – Era mi yo bueno, un amable querubín de rizos dorados y mofletes colorados.
– No hagas caso a ese mariquita… ¿No ves que tiene los pezones de punta? Esta quiere guerra, tío, ¡Quiere guerra…!
– No te dejes tentar por ese hijo del demonio. Tú no eres así. Es tu amiga. No te gustaría que te hicieran lo mismo. Vete, aléjate de ella.
– Tíratela, tíratela…
– Vete, es lo mejor…
– !Follar, follar!…
– Es tu amiga…

Ahora bien… ¿Qué hice?

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Pues eso, que estoy un pelín desanimado… melancólico. Es que el escribir la historia de Morcillita ha revivido unos recuerdos, unos sentimientos que tenía bastante enterrados en lo más profundo de mi mente. No porque yo los hubiera puesto ahí, no… creo que los recuerdos son como los estratos de sedimentos que se estudian en geología… nuevos recuerdos y sentimientos van sepultando a los antiguos, que se van enterrando más y más en la mente… y el escribirlo ha sido como si Juan Luís Arsuaga (el director del proyecto Atapuerca) se hubiera dedicado a hacer una excavación arqueológica en mi cabeza…

Luego llegó Bloody con su post “Things to do before I die”. Y su frase demoledora: “Nadie debería morirse sin saber que alguien, al menos una persona, se ha enamorado de ti. Que a alguien le duele tu ausencia de un modo casi físico. Que alguien te echaría de menos si faltaras de repente. Que alguien guardará tus besos como si de un tesoro se tratase. Así mismo, nadie debería morirse sin sentir todo esto por otra persona.

Bonito, es un rato… podría ser perfectamente el subtítulo para una película romanticona, de esas que no te dejan comer palomitas por el nudo en la garganta. Y se quedaría en sólo eso si no fuera por la trayectoria de uno en la vida… joder, como que machaca… sobre todo estando un poco bajo de defensas emocionales. Porque no tengo constancia de que a nadie le duela mi ausencia de un modo casi físico, o que alguien haya puesto a plazo fijo mis besos en el banco de los recuerdos… en fin.

Llamé a Morcillita y hablamos un rato. No de esto, por supuesto, ni nada en concreto. Sé que ella me echaría de menos si faltase de repente. Igual que Lentillas, seguramente. Aunque no creo que Bloody estuviera pensando en ese tipo de “Echar de menos” al escribir su post. Es lo que tiene el blog de Bloody, que hace pensar…

El sábado quedé con Huracán. Con Huracán y con medio centenar o más de personas… O sea, no quedamos ella y yo solos, sino que ella vino a unas cañas que se fueron de madre (por la cantidad de gente que vino). Estaba Almanzor, Lentillas, Ironmán… incluso Panceta y su chica (esto es realmente muy raro, ojo, porque hacía varios lustros que no salían). Supongo que los llamó Bob el silencioso, otro de mis amigos de siempre. El caso es que no estuve lo que se dice demasiado animado. Participé en las charlas y eso, pero más bien apagado. Me fui pronto a la cama.

Sé que debería haber cogido a Huracán por la cintura, haberle propinado un beso y haberle dicho “Los intereses que te den por el beso, los inviertes en la bolsa”, frase que no habría entendido, pero que desde luego le habría sorprendido… pero estando de bajón es mejor no intentar nada audaz.

El domingo lo pasé tirado lastimosamente en el sofá, viendo la tele y dormitando apartes iguales. El ordenador estaba encendido y el Word abierto, pero no me sentía muy animado de escribir. Eso sí, debí de dar una imagen tan lastimosa y patética el sábado que, tanto Lentillas como Huracán me llamaron para saber si estaba bien…

Esto me animó un poco… y hoy estoy mejor.

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Aquí va la segunda parte de la historia de Morcillita.

Nuestra relación fue complicándose un poco con el paso de los meses. Además de Morcillita y yo, aparecieron en escena nuestros respectivos padres, mi amigo Panceta y la novia de Panceta. Y ya tenemos los ingredientes para un culebrón. Mis padres estaban encantados con la idea de que Morcillita fuera su nueva nuera, e intentaban por todos los medios forzar la situación. Los padres de Panceta y de Morcillita no veían con buenos ojos a la novia de Panceta, pero también estaban encantados con la idea de tenerme como yerno. Morcillita y la Novia de Panceta, más concretamente, no se podían ver y se atacaban con pullitas en cada encuentro. Y la novia de Panceta malinterpretó unas cuantas bromas mías como ataques contra ella, dirigidos en la sombra por Morcillita. Así que se armó el conflicto. Las víctimas: Panceta y yo… y más concretamente, nuestra amistad. No es que hayamos dejado de ser amigos, ni mucho menos, pero ya no es lo mismo que antes.

En fin, que entre tanto lío, el tiempo pasó y un día se obró el milagro. Morcillita y yo nos hicimos pareja. Ocurrió una noche estrellada, después de una larga conversación en lo alto del mirador del parque. En un momento nos quedamos los dos en silencio, mirándonos a los ojos. Y sin mediar palabra, nos besamos… quizá fue la primera vez en mi vida que no dije nada (lo que me da que pensar que a veces debería mantener la boca cerrada).

Fueron los meses más felices que recuerdo. De esa época viene el nombre de Morcillita: yo la llamaba así en la intimidad, porque una vez se puso una cosa en la cabeza como gorra y le dije “pareces una morcillita”. Y le hizo gracia. Ella también me llamaba de una manera especial… aunque eso quedará en el más estricto secreto (sólo lo sabemos ella, yo… y Paco, y yo no lo voy a decir). En fin, que fui muy feliz en esa época… Y eso, quizá, sea lo que hizo más doloroso lo que pasó después. Porque lo que yo creía que sería algo para siempre, terminó. Y terminó como pasa en las películas: llamada de teléfono y un “tenemos que hablar”. Y el tenemos que hablar significaba que ella tenía que hablar y yo escuchar cuanto tenía que decir… que venía a ser más o menos, que se había confundido, que me quería un montón, pero más como amigo, como hermano, que como amante. Yo no lo vi venir y me pilló de sorpresa. Quizá haya sido la primera vez que he llorado delante de una mujer (se entiende que me refiero a una mujer que no sea mi madre ni esa ATS demoníaca que me cosió una brecha en la cabeza cuando tenía 10 años). Y lloramos los dos, abrazados, durante un montón de rato. Ella acordó que no deberíamos vernos en una larga temporada.

Para ella, una larga temporada vino a ser una semana. O, al menos, ese fue el tiempo que pasó hasta que volvió a llamarme de nuevo. Me echaba mucho de menos y necesitaba verme… y, en lugar de ser fuerte y negarme, accedí. Y ese quizá haya sido el mayor error que he cometido nunca. Estuve pagándolo casi dos años. Porque nos volvimos a ver y casi todo volvió a la normalidad. Y digo casi todo, porque ya no hacíamos lo que hacen las parejas en la intimidad. Vamos, que se terminaron los besos, las cricias y las pedorretas en la barriga… pero seguimos haciendo todo lo otro: ir al cine, tomar café, irnos de compras (y ella era adicta a las compras), visitar a la familia (sí amigos, yo iba a ver a mis ex suegros). Pero como buen capullo que soy, pensaba que si había cambiado de idea una vez ¿Quién me decía a mí que no cambiaría más veces de idea?

Así que aguanté… seis meses. Seis meses fue el tiempo que tardó en aparecer alguien que le hiciera el tilín que yo no le hacía. Y fue un antiguo novio, diez años mayor que yo, el que reapareció en su vida. Misteriosamente dejamos de vernos y yo, que no soy tonto, me olía algo. Ella tardó tres meses en encontrar el valor de decírmelo. Tardó otros tres meses en irse a vivir con él y apenas dos meses más en quedarse embarazada. De esto último me enteré por la prensa, porque Morcillita, temerosa de hacerme más daño todavía, no encontró el momento de decirme que estaba embarazada. Tampoco encontró el momento para que nos viéramos o de responder a mis llamadas. En este caso la prensa fue mi madre, y su informador, mi ex suegra.

Total, que me encontraba muy deprimido, lastimoso y llorón. Una pena de hombre, apenas una sombra de mí mismo. Fueron unos meses terribles en los que me costaba encontrarle el lado positivo a la vida y en la que escribí, como un cabrón, las prosas más tristes que he escrito nunca (prosas que perdí, por suerte, en un error de disco de mi ordenador).

Toqué fondo el día que Morcillita y su chico daban una comida en su casa para la pandilla. Yo estaba incluido aunque nadie pensó que fuera a ir. Pero fui. Y la vi embarazada de 7 meses, feliz con su novio y en una casa impresionante, con piscina y todo. Entendí que ella necesitaba una seguridad que yo no le podía ofrecer en aquel momento.

La pequeñaja nació y fui a verla (algo que casi necesitaría un capítulo entero y que quizá haga, viendo la inactividad de Huracán estos días). Poco tiempo después volvió a quedarse embarazada y nació un segundo bebé. Morcillita se casó por fin (aunque no asistí, porque fue sólo para la familia directa) y todo pasó, más o menos a una velocidad endiablada. En la actualidad Morcillita y yo seguimos viéndonos regularmente, para desayunar. Una vez al mes, más o menos. Está impresionantemente guapa y sigue con su tipazo escultural (como si los hijos fueran de otra). Le hago regalos a sus pequeñajos de vez en cuando y, por alguna extraña razón, no he vuelto a ver a su marido.

Y esto es todo lo que puedo decir de Morcillita…

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Continuando con el capítulo de ayer, por así decirlo los comienzos del Señor Capullo, hoy os contaré la historia de Morcillita (o parte de ella).

Morcillita entró en mi vida cuando yo era un jovenzuelo despreocupado de unos 16 o 17 años. Por aquella época una noche de juerga consistía en echar unos futbolines, beber un mini de cerveza y pasarse el resto de la noche en un banco del parque comentando la jugada (y calculando la talla de sujetador de las compañeras del instituto). Y a las 10 a casa. Y a esa hora, más o menos, estaba yo en el portal de mi muy mejor amigo Panceta, el que unos años después me presentó a su compañero de facultad del capítulo de ayer. Por cierto, el mote real de Panceta es mucho más molón, pero es muy conocido y, por exigencias del anonimato, se queda con Panceta. Hablábamos de algo intrascendente (seguramente seguiríamos con el tema de los sujetadores, un tema en el que, por cierto, me he vuelto un experto) cuando, de pronto, la luz amarillenta de una triste bombilla iluminó el portal y, bajando por las escaleras descendía como una aparición la cosa más bonita que hubiera visto jamás en el mundo (que con 16 años no es algo difícil).

Media melena rubia (luego supe que de bote), alta, enormes ojos marrones y un tipo de modelo profesional supercotizada… llevaba un top blanco con el ombligo al aire, una camiseta de cuadros abierta por delante y unos simples pantalones vaqueros (maldita moda de los 80). Pero estaba tan radiante y hermosa que, este pobre capullo, no pudo cerrar la boca durante todo el rato. Y fue un rato largo, porque Morcillita era la hermana mayor de Panceta. Un año y medio mayor que yo, pero ya había dado el cambio de niña a mujer… y qué mujer!. Nos invitó a una fiesta en una discoteca, pero Panceta dijo que pasaba de ir… y yo dije algo así como “aaaahhhhh”, que era un “te quiero” en toda regla, pero en el idioma de los Wukies.

Morcillita reapareció unos años, muchos, más tarde. Habíamos organizado un viaje de Semana Santa a Cantabria y Panceta se trajo a su hermana. Sólo que, además, vino un tal Calvo Cabrón que hacía las veces de novio. Para que os hagáis una idea temporal del asunto, yo por aquella época estaba en las primeras fases de quedar con Cometa para comer, así que ya tenía en la cabeza muchas cosas en las que pensar.

El Calvo Cabrón se marchó al tercer día a hacer no sé qué en casa de un amigo, y sorprendí a Morcillita llorando en una habitación. No pregunté qué pasaba, pero yo, que no soporto ver llorar a una mujer, me dediqué el resto del tiempo a animarla con mis tonterías. Además de ser una mujer preciosa, tiene un fino sentido del humor (a las pruebas me remito: se reía con mis chistes) y yo ya tenía, por aquella época, muchas historias que contar. Así que las siguientes lágrimas que soltó ese fin de semana fueron de tanto reírse.

El Calvo Cabrón era su jefe. Además, ya tenía novia e, incluso, planes de boda… pero lo típico, que si la otra no le entendía, que si contigo estoy mejor, que si de verdad que la voy a dejar, pero no encuentro el momento… y mientras tanto, a pasárselo bien. Bueno, eso él, porque ella estaba en una continua montaña rusa. Y esto me lo fue contando poco a poco cada vez que nos veíamos. Cosa que empezó a ser muy normal, ya que Morcillita fue adoptada por mi grupo de amigos. Ella me contaba esto y yo le hablaba de mis dudas morales sobre lo que estaba pasando con Cometa. Así que montamos una relación completamente de amistad basada en nuestras penas comunes. Y no había nada más.

Ella estuvo a mi lado durante los peores momentos con Cometa. Y yo estuve durante el peor momento con el Calvo Cabrón. En realidad hubo varios peores momentos con el Calvo Cabrón… porque la dejó varias veces y otras tantas volvieron. Y, entre tanto, nos fuimos de vacaciones de verano. Fue un verano magnífico en el que el único nubarrón fue la aparición del Calvo Cabrón la última semana, de improviso. Pero como estaban permanentemente en contacto por el móvil, supongo que ella sabía que vendría. Para mí fue un momento tenso porque, al conocer toda la historia, no podía dirigirle la palabra sin demostrar todo mi desprecio. Cuando hablaba con él, no usaba ni una sola mayúscula. Que se jodiera…

¿Cuándo me enamoré de Morcillita? No sabría decirlo, pero lo cierto es que pasó. Ya sabéis, el roce, que hace el cariño (y, en ocasiones, ampollas). Y, en cuanto fui consciente de que no podía pensar en otra cosa que no fuera ella, se lo dije. Con dos cojones. Bueno, con dos cojones y un montón de tartamudeo. Y un tembleque de piernas que para qué contar. Y con más miedo que vergüenza. Y sudor en las manos. Yo no las tenía todas conmigo. Y así pasó… “No es el mejor momento… está demasiado reciente lo del Calvo Cabrón”. Lo normal en estos casos.

Pero seguimos viéndonos… principalmente porque ella fue muy clara cuando hablamos un poco más tranquilamente un par de días después de mi declaración: “No te he dicho que no podamos ser novios. Lo que digo es que todavía está muy reciente lo del calvo”. No era un no rotundo. Era un quizá con matices. Un si acaso. Y aguanté el envite. Y seguí en la misma línea de trabajo.

Mañana la continuación

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Sigo con el resumen de las vacaciones. Esto pasó unos días después.

9 de agosto de 2007

La temperatura bajó en picado durante todo el día. El cielo nublado y la fina y pertinaz lluvia no ayudaba mucho a tener sensación de verano y, por la noche, se hizo necesaria la ayuda del fuego para calentar un poco la casa. Así que, usando una de mis habilidades aprendidas en los scout, encendí un vistoso fuego en la chimenea del salón, tirando de ramas secas, periódicos viejos y troncos del almacén del dueño de la casa, que había encontrado el día anterior en una inspección de reconocimiento. Con unas copitas de licor en la mano, las llamas danzarinas enfrente y el estómago bien lleno, nos acomodamos en el salón después de cenar y comenzamos una tertulia.

La tertulia no fue especialmente trascendente. Nos dedicamos a comentar el día, planificar un poco el día siguiente, y contar anécdotas de todo tipo… lo normal cuando un montón de viejos amigos se reúnen. La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque Lentillas, que por azar estaba junto a mí en el sofá, justo enfrente de la chimenea, empezó a recostarse contra mí. Había sitio de sobra en el sofá para todos, así que no era muy necesario pegarse tanto. Estaba realmente muy pegada. Pero me pareció normal, ya que ella es muy friolera y yo desprendo mucho calor normalmente (y más si quien está al lado es una bella mujer de formas sugerentes…)

Un rato después Lentillas se quitó las zapatillas y se acurrucó un poco más contra mí, pegando sus pies (desnudos y fríos) a mis piernas (desnudas y muy calientes). Entendí el lenguaje corporal y no hizo falta nada más. Le dije:

– Si quieres…

Y ni corta ni perezosa metió sus pies fríos debajo de mi cuerpo, mientras buscaba una postura que le permitiera pegarse contra mí y seguir recibiendo calor. Cualquiera que nos viera, y que no supiera que Lentillas tiene novio, al contemplar la escena y escuchar las anécdotas de nuestros viajes juntos, no dudaría ni un instante en pensar que Lentillas y yo éramos novios de toda la vida. Y tengo que reconocer que no estaba precisamente a disgusto con la situación (con la situación de tener unos pies helados como témpanos pegados sí… uno no puede estar tan caliente por un lado y tan frío por otro sin que repercuta en la salud). La verdad es que ya casi no recordaba la última vez que una mujer quiso calentar sus pies helados conmigo… joder… eso fue en la época de Morcillita… y de eso ha pasado ya demasiado tiempo.

No pude evitar ponerme un poco melancólico…

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