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Posts Tagged ‘Nepal’

Si algo he descubierto en Nepal es que me gusta ir de compras. Porque allí se lo pasan mejor que nosotros comprando. En realidad creo que lo importante no es tanto comprar como el arte del regateo. Y resulta que no se me daba mal del todo. Muy posiblemente lo que me gustaba no era tanto comprar como regatear. Más o menos una compra normal podría ser así:

– ¿Cuánto?
– Mil
– ¿Mil? No… demasiado caro…
– No caro… cuenco bueno… cinco metales.
– No, muy caro… adiós.
– ¿Cuál es tu precio?
– Trescientos
– No, no… no trescientos, poco dinero, yo no poder dar de comer a mis hijos…
– Te doy trescientos.
– No trescientos… tú no saber… adiós.
– Pues adiós.
– Novecientos…
– Mucho dinero. Te doy trescientos cincuenta.
– Buen cuenco. Cinco metales. Tú probar. No trescientos cincuenta. Si tu encontrar en otro sitio yo regalarte tienda. No trescientos. No trescientos cincuenta. Novecientos.
– Muy caro. Dos por novecientos.
– Tú loco. Uno novecientos. ¿Cómo dos novecientos?
– Te doy novecientos por dos. Si no, nada.
– Adiós, adiós.
– Adiós.
– Ochocientos. Cinco metales. Buen cuenco.
– No, no. Muy caro.
– ¿Cuál es tu precio?
– Dos por novecientos.
– Uno ochocientos.
– Que no, muy caro.
– ¿Cuál es tu precio?
– Quinientos.
– No, no. Buen cuenco. Buen sonido. Mira. Buen sonido. Tú probar. ¿Cuál es tu precio?
– Quinientos.
– Tú loco.
– Vale, adiós.
– Setecientos. Último precio.
– Que no. Quinientos. Es mi último precio.
– Setecientos y regalo la baqueta.
– Pero si el cuenco ya va con la baqueta…
– No, no… tú no saber. Setecientos.
– Quinientos.
– ¿Cuál es tu precio?
[…]

Dependiendo de la habilidad de cada uno, entre negociador despiadado a cándido comprador, el proceso se podía alargar bastante. Y así para cada cosa que se comprara.

Lo dicho: muy divertido.

Por cierto, me acordé de esta escena de La vida de Byan.

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Un barquero de Phewa Tal

Un barquero de Phewa Tal

Por la mañana temprano alquilamos una barca para cruzar el lago Phewa Tal (200 rupias sólo por la ida), que nos dejó en un pequeño embarcadero a los pies de un camino que se adentraba en la selva, de árboles enormes llenos de lianas y, seguramente, mucho bicho lleno de patas. Decía la guía que ese camino llevaba hasta la Pagoda de la Paz Mundial, uno de los lugares más turísticos de Pokara. En lugar de alquilar un vehículo que nos llevara hasta la mismísima Pagoda, decidimos hacer el recorrido andando por la selva.

Las tranquilas (aunque un poco sucias) aguas del Phewa Tal

Las tranquilas (aunque un poco sucias) aguas del Phewa Tal

Viajero 1 – turista 0.

Reconozco que yo ya estaba un poco harto de andar y esas casi dos horas de caminata cuesta arriba me sobraron un poco. Así que refunfuñé y maldije como un viejo cascarrabias al que despiertan de la siesta unos niños jugando a la pelota. Llegamos a la famosa Pagoda y, la verdad, me quedé un poco como estaba (aunque mucho más sudado y cansado). Ni siquiera las vistas desde lo alto eran interesantes, casi no se veía el lago y las nubes tapaban todas las montañas. Nos hicimos la foto de rigor e iniciamos el camino de regreso.

La Pagoda de la Paz mundial

La Pagoda de la Paz mundial

Viajero 1 – turista 1.

En lugar de volver por la selva hasta el embarcadero, decidimos bajar por la otra vertiente de la montaña hasta la carretera y, allí, buscarnos la manera de regresar a Pokara. No anduvimos mucho cuando un autobús multicolor y de bocina estridente nos dio alcance. Hicimos señas y paró para recogernos. Digamos que en Nepal cualquier parte es buena para poner una parada de autobús: basta con que haya alguien que quiera subir.

La cascada del Diablo

La cascada del Diablo

Viajero 2 – turista 1.

Nos cobraron 50 rupias por un trayecto de 10 minutos y, a juzgar por las risas de la gente, nos debieron de cobrar más de la cuenta. El caso es que nos dejaron justo enfrente del lugar donde queríamos ir: Las cascadas del Diablo. Otro de los lugares marcados por la guía como visitables. Pagamos religiosamente la entrada y vimos desde un mirador como una cascada de más bien reducidas dimensiones entraba en una cueva estrepitosamente. Comparada con cualquier otra cascada vista hasta ese momento durante el trekking, esta parecía de juguete. Estaba, claro, atestado de turistas.

El pozo de los deseos

El pozo de los deseos

Viajero 2 – turista 2.

Un poblado de refugiados tibetanos no quedaba demasiado lejos de allí, así que decidimos investigar antes de comer. Nepal debe de ser el único país del mundo donde sus refugiados viven mejor que la población autóctona. El pueblo tibetano recibe multitud de ayudas internacionales, por lo que sus casas y calles tienen un aspecto bastante mejor que las casas y calles puramente nepalíes. La verdad es que salimos un poco decepcionados de allí.

Un templo tibetano

Un templo tibetano. ¿Para qué sirven esas antenas?

Viajero 3 – turista 2.

De regreso nos perdimos por unas callejuelas y escuchamos lo que tenía toda la pinta de ser una oración multitudinaria. Se trataba de una procesión budista que terminaba en un templo, donde iniciarían un ritual. Cobraban por entrar y nos sonó a espectáculo para turistas y, como estábamos hambrientos, decidimos no entrar y buscar un sitio donde comer. El lugar elegido fue un vegetariano. Pero no imaginéis un vegetariano con sus mesas, sus manteles y demás. El vegetariano era un chiringuito junto a la carretera, muy cerca de donde nos habíamos bajado del autobús, donde un muchacho de poca edad regentaba el negocio familiar. Comimos muy bien, la verdad, rodeados por Hindúes y Nepalíes. La carta no era muy extensa. En realidad no había carta. Sólo había que apuntar con el dedo lo que querías comer. Decidimos probarlo todo y pedimos una cosa de cada, y un plato de fideos fritos para cada uno (Nuddels). Picaban como si se hubieran entrenado para ello toda la vida. Me gustaron especialmente una especie de rosquilla fritas.

Nuestro vegetariano (y sin mujeres de por medio)

Nuestro vegetariano (y sin mujeres de por medio)

Viajero 4 – turista 2.

Al terminar queríamos ver el mercado viejo y el mercado nuevo, situados en el centro de Pokara. Viendo el mapa podría ser una caminata de dos horas fácilmente, así que negociamos un precio con una furgoneta para que nos llevara (25 rupias por persona). Era una especie de Taxi compartido, porque había como 15 personas en la furgoneta, y el “cobrador”, avisaba a la gente para que se fueran subiendo más. Tardamos algo menos de 20 minutos en llegar al mercado nuevo.

Venta de cereales, en el mercado nuevo, Pokara

Venta de cereales, en el mercado nuevo, Pokara

Viajero 5 – turista 2.

El mercado nuevo es un mercado como cualquiera de los nuestros. En realidad es como si fuera un mercadillo, porque, además de las tiendas normales (para ellos), había cantidad de puestos ambulantes. Vendían comida, ropa occidental y otros objetos, como sartenes o pinzas para la ropa. Vimos juguetes de plástico, cacerolas, o medias de señora. Todo el mundo con esa costumbre tan Nepalí de llevar los fajos de dinero en la mano.

Una tienda de menage del hogar, en el mercado viejo, Pokara

Una tienda de menage del hogar, en el mercado viejo, Pokara

El mercado viejo era otra cosa. Tenía como base claramente la arquitectura Newar, de paredes de ladrillo y tejados de pizarra, aunque los productos que vendían eran muy parecidos, si no iguales. El entorno, eso sí, era más pintoresco. Mientras paseábamos por las callejuelas vimos multitud de pequeños altares y estupas en chiquitito, con restos de ofrendas florales y alguna que otra vela encendida.

En lugar de coger otro taxi para regresar al Lakedide, bajamos andando por las calles de la ciudad. La parte no turística de Pokara es completamente diferente al Lakaside: son todo casa bajas de dos plantas como mucho, con el consabido local comercial en el bajo. Hay mucha gente por la calle, pero casi todo el mundo está sentado, dejando la vida pasar. Nadie nos ofreció cuencos tibetanos o bálsamo de tigre. Lo único, algún taxista que otro nos ofrecía sus servicios (que sinceramente me habrían venido muy bien, porque no tenía ganas de seguir andando).

Viajero 6 – turista 2.

Por la noche elegimos un restaurante al azar del Lakeside, uno que estaba cerca del hotel, con vistas al lago y en el que había bailes regionales. Bebimos cerveza y comimos comidas no tan típicas. Entre pecho y espalda me metí un costillar de cerdo con salsa que me supo a gloria bendita, del que sólo quedaron unos cuantos huesos pelados. Recuperé el apetito, y eso era una gran noticia, al menos para mí.

Especias y colorantes

Especias y colorantes

Viajero 6 – turista 3.

Al día siguiente nos levantamos tarde y desayunamos unos cruasanes rellenos de chocolate y unos cafés capuchinos (dos por cabeza) en una cafetería alemana, sentados en una terracita acogedora cerca del lago, en Lakeside, el barrio de los turistas. Charlamos, vimos fotos y leímos la prensa local, la que estaba en inglés. Un largo desayuno la mar de relajado.

Cualquier momento es bueno para ver la caja del dia

Cualquier momento es bueno para ver la caja del día

Viajero 6 – turista 4.

Con el estómago lleno acudimos a la casa de masajes que habíamos visto el día anterior. Estaba al final de unas escaleras estrechas y lo regentaba un nepalí menudo y fibroso. Nos hicieron descalzar y tumbar en unas camillas y empezaron con un masaje muy completo. La lástima fue que a los chicos nos lo dio un tío y a Lentillas una muchacha de muy buen ver (que podía haber sido al revés, digo yo). Durante el masaje descubrí que tenía muy cargadas las piernas, la espalda y el resto del cuerpo. Eso sí, me quedé la mar de relajado (más o menos).

Pedazo costillar de Cerdo

Pedazo costillar de Cerdo

Viajero 6 – turista 5.

Después del masaje, fuimos otra vez a comer y, para terminar con un día completo de relax, después de compras. Había que empezar a mirar los regalos para la familia y algunas baratijas. Quien no quiso recorrer los miles de puestos de recuerdos, cuencos tibetanos y pañuelos de pasmina, se dedicó a conectarse a Internet o simplemete vegetó hasta la hora de la cena. Cena que fue en otro restaurante completamente diferente a los que habíamos visitados. Con un brindis terminamos nuestra jornada de relax en Pokara.

Viajero 6 – turista 6.

Al día siguiente cogeríamos un autobús y volvíamos a las andadas. Pero eso lo contaré en la próxima entrada.

Para concluír, un par de fotos que me gustan especialmente.

El Machhapuchhare en un espectacular atardecer

Un espectacular atardecer

El resto de las montañas en un espectacular atardecer

El resto de las montañas en un espectacular atardecer

Como siempre, las fotos se ven más grandes haciendo clic en ellas. El vídeo corresponde a parte del trayecto hasta el mercado nuevo. Lo he puesto por varios motivos: porque se ven las calles muy bien (hasta una vaca comiendo basura), porque se oye la música que lo invadía todo y porque se aprecia otro detalle muy Nepalí… el fajo de dinero en la mano. Por cierto, los actos que he indicado que eran de turistas o de viajeros están un poco cogidos por los pelos. Mi intención fue el empate. Vosotros podéis tener vuestra propia opinión (y expresarla).

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El valle del Kali Gandaki Nadi

El valle del Kali Gandaki Nadi

Desde Muktinath hasta Jomson había una buena tirada. Algo así como 20 kilómetros, la distancia más larga que hicimos durante todo el recorrido. Después de haber hecho cima el día anterior, ahora casi todo el camino era cuesta abajo, pero aún así la sensación era de estar haciendo una especie de extra, los minutos de la basura. El único aliciente era el cambio de paisaje: ya no estábamos en una selva sino que había arena y tierra hasta donde la vista se perdía. Pero las ganas de terminar de una vez por todas de andar eran grandes. Si a eso le añadimos que íbamos por una carretera (o lo que ellos entienden por una carretera, porque asfalto, lo que se dice asfalto, no había), el camino se hizo incómodo. Cuando nos cruzamos con el primer vehículo atestado de gente hasta el techo, nos dimos cuenta de que llevábamos casi dos semanas sin ver un coche, y el mismo tiempo sin oír un claxon. Los momentos de paz habían terminado.

Camino de Jomoson

Camino de Jomoson

Pronto llegamos al cauce seco de un río. En realidad era el cauce de la época monzónica, pero estando otra vez en la estación seca, el río transitaba por su cauce habitual. Estábamos cerca de Jomson, la ciudad del viento. Algo así como Detroit, pero en Nepalí y mucho más pequeño. Y sin tantas fábricas de coches. Chewan nos dijo que sobre las diez y media de la mañana empezaba a soplar un viento muy fuerte en la zona. Y el viento, como todos los acontecimientos meteorológicos en Nepal, fue puntual a su cita. Junto con la puntualidad británica de las nubes a la hora de tapar el Machhapuchhare (siempre a las 9 de la mañana), estas cosas nos dejaban un poco boquiabiertos.

Caminando por el lecho (seco) del rio

Caminando por el lecho (seco) del río

Los últimos kilómetros de la vuelta a los Annapurnas fueron incomodísimos. El viento nos daba en la cara y masticamos tierra. Apenas podíamos hablar, porque el ruido del viento era ensordecedor y mantener la boca abierta para decir una “a” suponía tragar entre kilo y kilo y medio de arena. Bueno, a lo mejor no tanta. Pero después de haber caminado con barro, nieve y hasta piedras, el cambio a la arena y el polvo fue muy desagradable.

El aeropuerto de Jomson

El aeropuerto de Jomson

En Jomson está el aeropuerto de la zona. Desde allí volaríamos a Pokara en un vuelo interno, y empezaríamos la segunda parte de las vacaciones. O sea, las vacaciones en sí (el turismo y la buena vida). La peculiaridad de la región es que el viento sopla todo el día, excepto la franja entre el amanecer y las 10 u 11 de la mañana. Por eso, durante esas pocas horas, los aviones realizaban todos los vuelos posibles transportando gente o enseres. Y por eso teníamos que estar a las 7 de la mañana en el aeropuerto.

El mostrador em embarque

El mostrador de embarque

Allí nos cachearon y obligaron a abrir las mochilas… aunque cuando encontraron una navaja simplemente la devolvieron a su dueño. Supongo que pensarían que nadie en su sano juicio intentaría secuestrar una de esas avionetas. Reconozco que, tras hacer cumbre, la experiencia de la avioneta era la que más me llamaba la atención. Claro que, en mi imaginación, la avioneta era más pequeña, inestable y bamboleante de lo que al final resultó ser. Nuevamente tuvimos mucha suerte y el tiempo fue inmejorable para volar. El Annapurna I se encontraba despejado junto a la pista de despegue y pudimos fotografiarlo y grabarlo a placer, mientras esperábamos nuestro avión, y durante el vuelo. Ni por un momento se me pasó por la cabeza que pudiera repetirse el accidente que unos días antes ocurrió en la zona del Everest

Annapurna I

Annapurna I

En la pista de despegue, a punto de embarcar

En la pista de despegue, a punto de embarcar

El Annapurna I dio paso al Machhapuchhare, la montaña pirámide, lo que nos indicaba que habíamos llegado a Pokara, con su lago Phewa Tal, de aguas tranquilas invitando al baño. Nuestro guía se despidió de nosotros en cuanto nos dejó en el Hotel, en el barrio turístico del Lakeside, plagado de tiendas, hoteles y restaurantes. Y cambiamos a un guía que casi no hablaba, por un director de hotel que no se callaba ni bajo el agua, y que tenía un extraño y asombroso parecido con cierto ex presidente del gobierno de gracioso bigotillo. Incluso nos sentimos como George Bush, por la cantidad de reverencias que nos hacía.

Arrozales por toda la montaña, vistos desde el avión

Arrozales por toda la montaña, vistos desde el avión

Y ahí empezaron las vacaciones de las vacaciones. O las vacaciones dentro de las vacaciones. Aunque si alguien piensa por un momento que no volvimos a andar, se equivoca: uno no puede ser montañero y pasarse mucho tiempo tirado a la bartola. Lo intentamos, eso sí, pero no lo logramos.

Pero eso lo contaré en la siguiente entrada, que he titulado adrede: ¿Viajero o turista? En honor de mi buen amigo Blas, el viajero más insatisfecho que conozco.

En un momento del vuelo

En un momento del vuelo

Como de costumbre, para ver las fotos a un tamaño razonable, sólo hay que hacer clic en ellas. Hacedlo, porque valen mucho la pena. Sé que siempre digo lo mismo, pero es que es verdad.

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En Nepal usan un sistema para medir el tiempo diferente al del resto del mundo. Está basado en horas de 100 minutos y días de 10 horas… y no sabía a qué hora nepalí correspondían las tres y media de la mañana. ¿Cómo se puede dormir tranquilo sin saber “realmente” la hora que es? Tenía que calcular la hora nepalí… al precio que fuese. Y daba igual que nuestro guía, Chewan, hubiera quedado en llamarnos a esa hora… yo tenía que saber qué hora era.

Comienza a clarear

Comienza a clarear

Obviamente en Nepal se mide el tiempo igual que en el resto del mundo… pero a mí me dio por soñar eso. Y, claro, no pasé buena noche precisamente. Muy movidita, según Escarabajo, mi compañero de celda (porque la apariencia de la habitación era la de una celda de un monasterio especialmente pobre).

El momento mágico se acerca

El momento mágico se acerca

Chewan llamó a la puerta a la hora convenida y salí del saco a toda velocidad. Ya estaba vestido, porque me había acostado con toda la ropa puesta, y la mochila preparada del día anterior. Sólo había que continuar el ritual diario de meter el saco en la bolsa compresora. Mientras lo hacía me sentí un poco extraño… había algo en mí que no cuadraba pero no sabía lo que era. Escarabajo salió el primero al frío exterior y me avisó desde allí:

– ¡Macho… nunca había visto tantas estrellas!

La nieve brilla con millones de destellos

La nieve brilla con millones de destellos

Y salí a mirar yo también. Miré para arriba y vi las estrellas. Todas. Jamás en mi vida me había dolido la cabeza de esa manera. Un dolor que iba desde la base del cuello hasta detrás de los ojos. Ni en la peor de las resacas. Ni juntando todas las resacas en una, multiplicando por diez y elevando el resultado al cuadrado. Las otras estrellas, las del cielo, también las vi. Y pese al tremendo dolor de cabeza os puedo asegurar que jamás había visto un cielo tan bonito.

Antes del desayuno ya me había tomado un gelocatil y una aspirina con un poco de hot lemon, a ver si se me quitaba el dolor de cabeza. El desayuno consistió en un bocado al emparedado de queso (que me provocó una arcada impresionante) y en otro poco más de hot lemon. No me entraba nada más. Y eso que la experiencia me decía que no se puede andar mucho con el estómago vacío. Así que Lentillas, como hermana mayor (Didi, en lengua nepalí), envolvió el emparedado en unas servilletas y me lo guardó en la mochila, para que fuera comiendo mientras ascendía. Añadió, además, un par de barritas energéticas. Esta lentillas.

Con Chewan, el guia (foto sin gafas, como se habia pedido)

Con Chewan, el guía (foto sin gafas, como se había pedido)

La idea era empezar a andar a las cuatro y media de la mañana y recorrer los 500 metros de desnivel que nos quedaban antes de que saliera mucho el sol. La razón: el viento. El Thorung La es el puerto de montaña más alto del mundo, y casi siempre está azotado por un fuerte viento. Es por lo que en cuanto el sol se levanta un poco, empieza un vendaval muy incómodo que queríamos evitar.

Así que con el frontal en la frente (por otra parte, el mejor lugar para ponerlo), la mochila al hombro, y toda la presión del mundo sobre mi cerebro, iniciamos la marcha a buen ritmo, todos en fila india y siguiendo al guía y los serpas, que en esta ocasión iban con nosotros. A nuestro alrededor no se veía nada, pero confiábamos en la pericia del guía. Creo que el caminar a oscuras nos vino bien, porque con las placas de hielo que había en el camino, mejor no saber a dónde caeríamos en caso de resbalón. Casi no hablábamos y sólo se escuchaba el crujir de la nieve o del hielo bajo nuestros pies y nuestra respiración entrecortada. En realidad, mi respiración entrecortada. Me estaba costando horrores seguir el ritmo de los serpas, entre el dolor de cabeza y un mareo la mar de interesante que empezaba a subir muchos puestos en mi lista de penalidades personales.

Más o menos esto era lo que se veia, que no está mal

Más o menos esto era lo que se veía, que no está mal

Por supuesto me tuve que detener para recuperar el resuello, y no pude evitar maldecir por no haberme traído un tercer pulmón en la mochila. Eso sí que habría servido de algo, y no tanto calzoncillo limpio y camiseta de recambio. Intenté recuperarme rápido porque mi parada obligó a detenerse a todo el mundo, ya que el guía no permitió que nos separáramos. A partir de ese momento, la marcha fue mucho más irregular, con detenciones cada poco tiempo. Mis pulmones no daban mucho más de si, y no lograba averiguar quien era el que me estaba pisando el pecho y me impedía respirar.

Cualquier lugar es bueno para poner una plegaria

Cualquier lugar es bueno para poner una plegaria

Por fin llegamos a una especie de meseta y dejamos atrás los acantilados y nuestro guía se relajó un poco. Dejó irse a Lentillas y a Escarabajo con los serpas, mientras que él se quedó con Herrero y conmigo, llevando un ritmo más lento. Mientras yo buscaba mis pulmones por el suelo, Herrero se dedicó a hacer algunas fotos, ya que el cielo estaba lo suficientemente claro como para ver recortadas las montañas en el cielo.

Y el sol salió. Y la luz rebotó en los cristales de hielo y la nieve brilló con millones de destellos a nuestro alrededor. Una visión maravillosa. Tan maravillosa que parecía irreal, como de cuento. Como si se hubieran gastado una pasta en efectos especiales. Una cosa tan espectacular sólo podía ser otro síntoma del mal de altura, una alucinación de un cerebro dolorido y ligeramente sobrecargado de analgésico. Y en eso andaba yo pensando cuando la chica que tenía al lado, una de las israelíes, soltó un “wow, its great” mientras miraba a su alrededor, como yo… el efecto óptico era real y quizá sea lo más espectacular que he visto en la montaña. También es posible que esta afirmación tenga una carga emocional importante.

En lo más alto (que he llegado nunca)

En lo más alto (que he llegado nunca)

A juzgar por lo que dijo Chewan, Herrero y yo vimos el amanecer en el punto exacto en el que es más espectacular. Supongo que mi halo se las apañó para que no estuviera en mejores condiciones y para que mi paso lento nos retrasara lo justo. Pero por muy espectacular que fuera el amanecer, no sé si valió la pena, porque lo que quedaba hasta el paso de Thorung La fue interminable para mí. Para dar un paso necesitaba de toda mi voluntad y no podía dar más de 20 pasos seguidos sin tener que parar para recuperar el resuello. El corazón botaba en mi pecho alocado y los pulmones los sentía cada vez más pequeños. Me faltaba el aire, me dolía la cabeza y a pesar de no tener nada en el estómago, sentía unas nauseas terribles. Dejé de ver a mi alrededor y me concentré en el bastón y en la huella en la nieve; en dar el siguiente paso. Digamos que se convirtió en un “tú o yo” del que no pensaba salir perdedor. Puedo ser muy cabezota en ocasiones.

La llegada al paso de montaña más alto del mundo fue muy emocionante. Se veía el montón de rocas con la placa conmemorativa y los miles de banderas de plegarias atados a cualquier parte. Desde lejos, con la nieve y las banderolas de colores, parecía un montón de basura. Lo que no quita que sintiera una alegría inmensa al verlo. Allí estaban mis amigos, esperando que llegáramos, otros grupos haciéndose fotos, y nuestros serpas fumándose un pitillo (seguramente no sería el primero).

Vistas desde el paso... hasta el infinito y más allá

Vistas desde el paso... hasta el infinito, y más allá

De la llegada sólo recuerdo tres cosas: El enorme nudo que tenía en la garganta por la emoción de llegar, y que, de no ser por que soy un tipo duro, me habría hecho llorar como un niño. También recuerdo la idea de que tenía que tocar el montón de piedras antes de hacer cualquier otra cosa, y que dije “Casa”, cuando toqué la placa metálica. Y el enorme abrazo que me dio Lentillas cuando por fin alcancé la meta. Tardé un rato en poder articular palabra… y eso que me había preparado un pequeño discurso, pero cuando se tiene tal cantidad de emociones, las palabras faltan. Entre que las recuperaba, junto con el resuello (que seguía faltando), nos hicimos las fotos de rigor… más que nada para demostrar que habíamos llegado hasta allí arriba.

Una enorme cantidad de nata montada

Una enorme cantidad de nata montada

Pero si la subida me pareció dura, la bajada fue terrible. En parte por el cansancio acumulado, la falta de aire, el dolor de cabeza, el mareo y las nauseas… pero también porque fueron 1.800 metros de desnivel negativo. Una pasada de desnivel negativo. Guardo una uña negra en mi dedo gordo como recuerdo de aquella bajada… y no es que la guarde en una cajita… la llevo puesta. Al igual que con la subida, me concentré en la bajada, en donde ponía el pie, en evitar los resbalones y en mantener un poco el ritmo. Al llegar a Muktinath, el final de la ruta para ese día, mis rodillas estaban al límite de su resistencia. Por suerte unos españoles me habían dado un ibuprofeno que terminó de quitarme el dolor de cabeza y me alivió el mareo.

La bajada infernal... aunque no lo parezca, lo más duro del dia

La bajada infernal... aunque no lo parezca, lo más duro del día

El camino hacia el pueblo pasaba por un templo donde se estaba celebrando una ceremonia hindú, la fiesta del agua y el fuego, de la que hablaré en un post que dedicaré a la religión y los templos. De no haber estado de paso sé que habría pasado de ver el templo luego por la tarde. Estaba realmente agotado y dediqué el resto del día a descansar. Apenas comí y me abstuve de beber cerveza… por si volvía el dolor de cabeza.

Eso sí: después de cuatro días… volví a ducharme. Fue con agua fresquita… pero me supo a gloria.

Como de costumbre, pinchando en las fotos se pueden ver a mayor tamaño (y todas valen mucho la pena, desde mi punto de vista). Estoy a la espera de que me pasen el vídeo con los mejores momentos de la acensión, pero entre que llega o no, pongo dos pequeños vídeo que grabé yo desde mi cámara. Se supone que me había conseguido serenar y que había recuperado el resuello. Obviamente no es así, a juzgar por mi respiración entrecortada. El primero es del momento en que nos separamos y todavía no había amanecido.

El segundo fue un intento más bien pobre de sacar el efecto óptico del brillo multicolor de la nieve, con los destellos y todo lo demás. Juzgar vosotros mismos.

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Ascendiendo lentamente

Ascendiendo lentamente

Tal y como conté en la anterior entrega, la noche dentro del saco fue mucho mejor de lo esperado. Fue hasta calurosa. Aunque los efectos de la altura estaban empezando a hacer estragos en mi organismo. Para empezar no conseguía respirar bien del todo, lo que me hizo descansar malamente. Cualquier movimiento dentro del saco, algo tan rutinario como darme la vuelta en la cama o quitarme las mallas por tener calor, ponían mi corazón a la velocidad propia de un adolescente enamorado. De momento no tenía dolores de cabeza o mareos, pero me estaba empezando a dar nauseas la comida, especialmente un sabor de fondo que parecía tener todo… lo que hizo que apenas probara bocado. Tenía como una desazón y simplemente estaba cansado de comer el pan tibetano del desayuno, o el arroz de la comida. Hasta el queso me producía nauseas… algo que quien me conozca sabrá que es tan poco probable como ponerme a rezar un padre nuestro espontáneamente.

El amigo mal de altura estaba conmigo sin haberle invitado.

Nuestro guia en un precario puente de madera

Nuestro guia en un precario puente de madera

El plan para ese día era muy sencillo: Pasaríamos de los 4.200 metros de Ledar, a los 4.900 metros, del High Camp, invirtiendo en ello entre tres y cuatro horas nada más. Además, más de la mitad del recorrido sería ganando altura muy lentamente, lo que haría más llevadera la marcha. Algo que se agradecería enormemente porque, aunque no tenía cansancio del día anterior, no había descansado. A pesar de que la noche habia sido fría, la escarcha helada que lo impregnaba todo así lo demostraba, no parecía que fuera a ser una jornada de temperaturas bajas. Al comenzar a andar el forro polar sobraba pronto y al poco rato ya habíamos guardado los gorros y las bragas en la mochila… no hay nada como una caminara enérgica para que suba la temperatura ¿No?

Un Yak lanudo

Un Yak lanudo

La estrecha vereda transitaba por unos páramos deshabitados y solitarios al borde del precipicio. Nuestra única compañía eran los matojos de hierba y algún arbusto despistado, aunque de vez en cuando un Yak lanudo aparecía entre la niebla y nos miraba aburrido mientras masticaba alguna correosa raíz. A lo lejos vimos cabras salvajes (a falta de un nombre más científico) saltando de piedra en piedra como si la altura y sus efectos no fuera con ellas. Cada poco nos teníamos que apartar para dejar paso a los serpas que nos alcanzaban y pasaban cargado con sus pesados fardos.

El serpa está en la media hora del bocadillo

El serpa está en la media hora del bocadillo

Cuando llegamos a Thorung Phedi apenas habían pasado dos horas de marcha. Éste campamento era el único punto habitado del camino entre Ledar y nuestro destino para ese día. Los que no habían dormido en Ledar la noche anterior siguieron hasta allí, ganandole un día a la ruta. Como después pudimos saber, la noche en el campamento había sido de todo menos placentera. Enormes goteras mojaban los sacos y el frío fue mucho más intenso que en Ledar, aunque sólo fuera por la diferencia de altitud. Nuevamente la suerte se había puesto de nuestro lado en el viaje. También fue en ese punto donde apareció tímidamente el sol durante un instante. Allí descansamos durante un rato, sentados en una mesa de piedra y refrescamos el gaznate con el agua fresca de la cantimplora, realmente fría por estar a temperatura ambiente. Yo aproveché el tiempo de descanso para comerme una barrita energética, a pesar de la nausea, más que nada por la insistencia de Lentillas, preocupada por mi apatía. Ella me conoce y sabe que soy un comilón incorregible.

Rocas y nieve... lo único que se veia en el camino

Rocas y nieve... lo único que se veia en el camino

En esas estábamos cuando nuestro guía nos dijo dos cosas: Primera, que el tiempo mejoraría por lo que el día siguiente sería un día magnífico (algo que hizo que miráramos a nuestro alrededor intentando ver lo que fuera que él estuviera viendo y que le hacía pensar eso); y segunda, que se adelantaría al High Camp para coger sitio. Dicho lo cual salió a la carrera por la empinada pendiente. Es sorprendente cómo esta gente es capaz de hacer éste tipo de proezas. Supongo que tienen cierta predisposición genética para adaptarse a la altura, además de muchos años de experiencia… pero verle brincar cuesta arriba a toda velocidad era, sobre todo, envidiable. Y no invidia de la buena precisamente. Yo no había recuperado el resuello cuando Chewan desapareció de nuestra vista detrás de una enorme roca.

La primera visión del High Camp

La primera visión del High Camp

Ante nosotros quedaban los últimos 300 metros de desnivel del día. Una zigzagueante senda pedregosa que ganaba altura por una empinada ladera y se perdía en la niebla. Al final de ese camino, decían, había un campamento donde dormiríamos. Para mí aquello era una pared vertical. Sin la supervisión del guía, que siempre se empeñaba en que fuéramos todos juntos, cada cual encontró el ritmo con el que se encontraba más a gusto para subir. Esa es una de las normas de la montaña, aunque suene a poco solidaria. Cada uno tiene un ritmo ideal, en el que cuesta menos esfuerzo caminar. Eso es lo que se aprende después de muchas jornadas de montaña: uno aprende a escuchar a su cuerpo y sabe qué ritmo es el más adecuado en cada momento. Aunque pueda parecer ilógico, andar despacio también cansa, si el ritmo que uno tiene es más elevado. Escarabajo, el más en forma de todos nosotros, salió en persecución del guía, al que no consiguió alcanzar por muy poco. Y yo, el más perjudicado por la falta de oxígeno, me fui quedando atrás poco a poco.

El High Camp en todo su explendor

El High Camp en todo su explendor

Esos trescientos metros fueron muy duros para mí. Invertí una hora y media en recorrerlos, pero a mí se me hizo eterno. Sobre todo porque la senda en zigzag no parecía tener fin. No se veía la meta en ningún momento y, cuando la pendiente parecía terminar algunos metros más arriba, aparecía otra cuesta detrás más empinada si cabe, para mermar la moral ya por los suelos. Si al menos hubiera brillado un sol radiante en el cielo… pero por suerte, después de un recodo y tras un rato de descanso para recuperar el aire, apareció, como si de la mismísima Shangri Lha se tratase, la pétrea figura del campamento. Su sola contemplación me dio la energía necesaria para esprintar en los últimos metros y llegar a la meta a buen ritmo. Eso, y la insidiosa grabación en vídeo de esos últimos metros por parte de Escarabajo. Si iba a quedar documento gráfico de mi llegada, no sería una imagen de un montañero destrozado a paso cansino.

A punto de inventar el Frigo-huevo

A punto de inventar el Frigo-huevo

El High Camp es una agrupación de casas bajas de piedra al pie de un cortado, Aprovechando un trozo de terreno más o menos horizontal. Está resguardado de los vientos que siempre hay por la zona por un farallón de piedra de enormes proporciones. El campamento se compone de un edificio principal, con las cocinas y el comedor, y las construcciones de piedra y barro que constituyen las habitaciones donde pasar la noche. Apenas un cuartucho pequeño donde dejar la mochila con un par de camastros de madera en los que tumbarse a dormir. En la sala común, el comedor, se domina desde sus amplios ventanales el valle que se extiende miles de metros más abajo, y se mantiene caliente por el calor de los fogones de la cocina y, bueno, el calor humano, que también lo hay.

Dormitando junto al ventanal... otra forma de aclimatación

Dormitando junto al ventanal... otra forma de aclimatación

Allí pasamos el resto del día, jugando de nuevo al mus o dormitando junto al ventanal por el que entraba de vez en cuando algún rayo de sol, como queriendo darle la razón a nuestro guía. Pero sobre todo tomando hot lemon bien calentito. Se estaba bien allá arriba.

La sala de descanso de los Serpas... con tele y todo

La sala de descanso de los Serpas... con tele y todo

Después de tantos meses de preparación, de imaginar la situación de mil maneras diferentes… estábamos a pocas horas de la cumbre. De alcanzar la meta.

Pero eso sería al día siguiente… muy, pero que muy temprano.

Por cierto: la mayoría de las fotos que ilustran este texto no son mías (razón por la cual salgo en casi todas, por otra parte). La explicación es que, entre otro de los efectos secundarios del mal de altura, estaba la de no hacer un número suficiente de fotos. De éste día y del día siguiente tengo muy poco material fotográfico… lo que es una pena, dada la belleza del entorno. Por suerte mis compañeros de viaje sí que estuvieron más atentos.

Para hacer las fotos más grandes sólo hay que hacer clic en ellas.

West CHulu (6.419 mts) y Central Chulu (6.584 mts)

West CHulu (6.419 mts) y Central Chulu (6.584 mts)

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Nuestro tiempo de aclimatación terminó en Manang y llegó el momento de iniciar la ascensión. Los días de relax y mus habían terminado. La hora de la verdad se acercaba irremediablemente.

Los pantalones que dejé en Manang... primera baja del viaje

Los pantalones que dejé en Manang... primera baja del viaje

Aunque la mañana era soleada, unas sospechosas nubes empezaban a avanzar por el valle y no presagiaban nada bueno. Para confirmarlo, nuestro guía nos metió prisa. Había demasiada gente en ruta, lo que podía hacer peligrar nuestras plazas en los lodges y, para más emoción, según él, llovería. A mí no me hacía demasiada ilusión hacer vivaque a 4.000 metros de altitud bajo una pertinaz lluvia. Bueno, a esa altura sería una pertinaz nevada. O sea, me gusta la aventura como al que más… pero eso quizá fuera demasiado.

Un muro Mani en mitad de la nada

Un muro Mani en mitad de la nada

Antes de empezar a caminar había que conseguir agua. Para evitar el mal de altura se recomienda beber cuatro litros de agua al día. Y el agua es un gran problema a esas altitudes. En realidad es un gran problema, pero para nosotros, los accidentales, porque ellos… ellos tienen un río enorme que baja con estruendo por el valle y cientos de cascadas de agua cristalina y pura. Pero los occidentales estamos un poco más limitados, porque no se recomienda beber el agua directamente (por correr el riesgo de visitar el baño más de lo deseable). Algunos resolvían el problema potabilizando el agua con pastillas de yodo, que dan un llamativo tono amarillo al agua. Otros, comprándola embasada en botellas de plástico. Y ahí está el problema. Para que os hagáis una idea en Bhulbhulé, el primer pueblo donde dormimos, el agua mineral costaba 20 rupias. O sea, un litro de agua por 20 céntimos. En Manang, la botellita de agua costaba ya 250 rupias. La misma botella de agua. La explicación es muy simple: cada botella de agua la tienen que subir a cuestas, ya sea a lomos de un caballo o a lomos de un serpa. Así que, a más altitud, más precio. Es una ecuación muy simple. El problema no es tanto económico como medioambietal. ¿Qué hacer con los millones de botellas de plástico vacías que se producen cada año? Porque todo ese plástico al final se va quedando por allí. Pues muy sencillo… el gobierno vende agua a precio asequible. Un litro, entre 60 y 90 céntimos. La diferencia es que la botella la pones tú… y ellos tratan el agua por ti. Así que, en esas altitudes y donde podíamos, íbamos recargando con agua potable. En Manang, por ejemplo, había una oficina potabilizadora de esas.

Una montañita de sólo 8.000 metros

Una "montañita" de sólo 8.000 metros

Así que, después de conseguir el agua, nos dimos prisa en salir de Manang, aunque ya todo el rato era caminando cuesta arriba. Ahora, cada paso que daba, constituía un nuevo record personal de altitud, lo que siempre es una motivación extra. Y, todo hay que decirlo, me encontraba muy bien, descansado y sin problemas de respiración. El mal de altura todavía no se había manifestado. Con suerte no lo haría. Estando motivados y descansados anduvimos deprisa, y más sabiendo que otros grupos habían tenido la misma genial idea. De hecho, casi todo el mundo había salido antes que nosotros… excepto los israelíes, que habían tenido problemas físicos unos días atrás y habían retrasado un día la aclimatación.

Otro templo

Otro templo

Ese día hicimos la autentica caza del caminante. Grupo al que veíamos a lo lejos, grupo al que dábamos alcance y pasábamos como una exhalación, dejándolos atrás. No seríamos nosotros los que dormiríamos al raso. No esa noche. En una de esas cazas, en un repecho especialmente empinado, y casi a los 4.000 metros de altura, alcanzamos un grupo especialmente numeroso. A mí ya me faltaba un poco al aire y necesitaba jadear un poco para mantener el ritmo infernal de mis compañeros. Justo al pasar por fuera del camino junto a dos señoras de mediana edad, una le dijo a la otra:

– Ese va a llegar reventado.

O mi inglés había mejorado con la altura o eran españoles. Que lo eran, claro. Y me hizo gracia, porque no pensaron que nosotros lo pudiéramos ser. Así que me di la vuelta y, sin parar de andar ni de jadear y manteniendo el ritmo dije:

– Permítame que lo dude, señora.- Para chulo, yo.

Tal y como nuestro guía había previsto, la lluvia hizo acto de presencia más pronto que tarde. Las nubes se cerraron y empezaron tímidamente a descargar una lluvia sólida de pequeño granizo, que no mojaba, pero que terminaría haciéndolo. Así que fue necesario usar el chubasquero y la funda de la mochila, sobre todo para evitar terminar empapado. Las cosas no estaban pintando bien. Llegó el momento de tomar una decisión.

Nuestro lodge. Si, de verdad... nuestro lodge.

Nuestro lodge. Sí, de verdad... nuestro lodge.

Teníamos dos opciones. Por un lado teníamos la opinión de Lentillas y de Escarabajo de intentar adelantar ese día y hacer dos etapas en una, para tomar altura lo antes posible y, según ellos, salir de la tormenta por arriba. Yo opinaba que lo mejor era intentar retrasar el paso lo máximo posible, para ver cómo evolucionaban las nubes. La verdad es que no tenía ganas de alcanzar la cumbre y no poder ver nada por la nieve y la niebla… en el mejor de los casos. Contando con días como contábamos, no habiendo prisa… ¿Qué más daba retrasar un día o dos la ascensión a la espera de una ventana de buen tiempo? Chewan, por su lado, nos dijo que todo eso estaba muy bien, pero que dependía de si había o no sitio en Ledar, el siguiente pueblo. Porque si no había, nos veríamos obligados a subir hasta el Hight Camp, a 4.900 metros de altitud y último lugar civilizado antes de la cumbre.

En Ledar había sitio y nos quedamos. Chewan hizo mucho hincapié en ello. Y la experiencia es un grado en estas lides.

Para que os hagáis una idea de cómo era el lugar os diré que el pueblo eran dos casas. Dos lodges junto a la senda, uno a 100 metros del otro. Y punto. Las habitaciones eran pequeñas y frías, sin un ápice de confort. Y estaban húmedas. Todo estaba húmedo. La única fuente de calor provenía de una pequeña cocina y todo el calor se escapaba por un gran ventanal sin cristales que había al fondo. Pronto nos quedamos tiesos de frío. Antes de que eso ocurriera me calcé las mallas, los calcetines de alta montaña hasta la rodilla, el pantalón de invierno, dos forros polares, el forro gordo, el gorro, la braga y los guantes. Y, aún así, tenía frío.

Lo necesario para jugar al mus...

Lo necesario para jugar al mus...

¿Sabéis lo difícil que es jugar al mus con guates? Porque eso fue lo único que hicimos durante todo el día. Cuando digo durante todo el día, me refiero mientras duró la luz. Porque en cuanto dejó de haber luz natural enchufaron una bombilla a una batería de coche y ya no pudimos seguir jugando. Bueno, jugar al mus y beber Lemon Tea… Hot lemon Tea. Very very hot lemon tea. Pero very hot que te cagas…

La anécdota de ese día es que comimos la mejor tortilla de patata de Nepal y constituyó un record absoluto de comer tortilla de patata en altitud.

La tortilla de patata más rica que he comido nunca en Nepal

La tortilla de patata más rica que he comido nunca en Nepal

Cuando nos metimos en los sacos estaba todo frío y húmedo. Muy desagradable. Me acosté con todo puesto… pero a media noche me había quedado en calzoncillos… los sacos eran muy buenos y mantenían el calor. Pensé en los serpas… ellos no llevaban sacos. Dormían sólo con una manta.

No éramos muy optimistas con respecto al día siguiente… Pero eso lo contaré en Nepal (8) – El High Camp, que este post me ha quedado muy largo.

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Llegamos a Katmandú un sábado por la tarde, hora local. Como ya he contado, aquello nos pareció que era una locura de tráfico y de gente. Sobre todo de tráfico. Al día siguiente, domingo, paseando por las calles nos pareció que la cosa estaba mucho más tranquila. Infinitamente más tranquila. En nuestra ignorancia lo achacamos a que era domingo y que, claro, los domingos no se trabaja… ni se mueve el coche. Pero esa no era la razón. La razón por la que el domingo no vimos tantos coches ni tanto ajetreo de personas fue porque montaron una huelga general en Nepal. No me interpretéis, mal, no es que los nepalíes protestaran por nuestra llegada, todo lo contrario… nos recibieron con flores en el cuello. El motivo de la huelga general fue la protesta por los continuos cortes de luz.

Por cierto, además de la falta de movimiento por las calles durante el domingo, la huelga general nos afectó directamente de otra manera: la estación de autobuses (de turistas) no emitió billetes, y esa fue la razón por la que nos vimos obligados a coger aquella especie de lata de sardinas con ruedas. Para que luego no digan que no nos integramos con las costumbres locales.

Por lo que pude averiguar, el sistema eléctrico de Nepal es muy deficiente. Apenas tienen centrales eléctricas y el suministro no les puede llegar a todos a la vez. Por eso han montado un sistema de cortes controlados por zonas. O sea, ellos saben a qué hora les toca la luz en su zona, y esperan pacientemente a que esta llegue para enchufar lo que quiera que necesiten enchufar. Por eso en Manang, por ejemplo, ponía que la conexión a Internet empezaba a las 5 de la tarde (cuando era posible), porque a esa hora les tocaba el suministro de energía en la zona (cuando era posible).

Era curioso ver, sobre todo cuando no sabíamos esto, cómo en el lodge de turno donde dormíamos durante el trekking, la gente esperaba pacientemente sentada a oscuras a que llegara la luz, e iniciaban una frenética actividad (que consistía básicamente en hacernos la cena) hasta que se volvía a ir.

Hay que ayudar en casa

Hay que ayudar en casa

Estos cortes de luz afectaban tanto a las aldeas pequeñas que atravesábamos durante la ruta, como a ciudades más grandes, como el mismo Katmandú o la turística Pokhara. Aunque en algunos establecimientos tenían generadores eléctricos para mantener el servicio activo cuando se producían los cortes. Pensaréis que me refiero a hospitales… pero nosotros lo vimos en los cyber… qué cosas. Para el nepalí común esos cortes significan, principalmente, que no pueden tener, pongamos por ejemplo, neveras… con lo bien que vienen para mantener la comida fresca. Otra consecuencia es que no hay tampoco televisión. Así que, ¿Cómo se entretienen los nepalíes cuando se va la luz? No se puede ver la tele, ni escuchar música, ni leer… si siquiera pasear, porque tampoco hay alumbrado público… ¿Qué hacen cuando se va la luz?

Hacen hijos.

Estaba más concentrada en el caramelo que en los Annapurnas...

Estaba más concentrada en el caramelo que en los Annapurnas...

No había visto tanto niño pequeño desde que hice la prestación social en la Ludoteca… y entonces tampoco había tantos. Por poner un ejemplo, en la primera aldea en la que dormimos, que no tendría más de 50 casas en el camino principal y no había muchas a la vista ente los campos de arroz del llano, nos contó un tendero con el que hablamos que al colegio local iban 300 niños. Es España hay pueblos el doble de grandes y el número de niños se cuenta por decenas.

Traviesos son un rato

Traviesos son un rato

En las zonas rurales no iban al colegio en esa época, porque todavía tenían vacaciones. La razón, la recogida del arroz, que es en octubre… hay que echar una mano en casa. Pero en Katmandú no era nada raro ver a montones de niños de uniforme (con corbata y todo) camino del colegio. A veces en ordenadas filas de a uno, dirigidos por algún mayor. Otras, en grupos dispersos. Pero a diferencia de España, dónde no se ve un niño solo sin la presencia de un adulto, en Nepal los niños estaban a su aire en la calle. Y eso, teniendo en cuenta que para los habitantes de Nepal el semáforo es una forma simpática de colocar unas luces que, de todas maneras casi nunca funcionan porque no hay luz, es todo un acto de fe.

Niños jugando al billar nepali

Las canicas, ese juego universal

Una asignatura que dan en el colegio, seguro además, es el inglés… porque todos los niños con los que nos cruzábamos lo ponían en práctica. Nos llamaban a gritos y nos decían “Hello”… algunos hasta “How are you?” y cosas así. Algunas madres, a los más tímidos, los animaban a que nos saludaran o nos dijeran su nombre, el famoso “My name is…”. A mí me daban ganas de soltarme y decir lo de “My father is poor and my tylor is rich…”. Lo sorprendente es que algún renacuajo también chapurreaba el español, de hablar con los turistas…

Niños jugando al billar nepali

Niños jugando al billar nepalí

Otra cosa que nos llamó mucho la atención fue ver a los niños jugar a sus juegos. Desde las canicas de toda la vida de dios, con su qua y todo, pasando por la pelota, algo universal, a juegos más elaborados. Vimos uno muy curioso: se juega sobre un tablero con agujeros en las esquinas… muy parecido al billar, sólo que en lugar de bolas, hay fichas de plástico. El sistema es más o menos igual, con una ficha blanca que se “disparaba” como cuando jugábamos a las chapas, teniendo que meter todas las demás por los agujeros… si metían una y en el tiro siguiente no metían otra, la que habían metido primero la volvían a poner en el medio. Si no, se la quedaban. Evidentemente ganaba el que más fichas consiguiera tener.

No habia visto unas manos tan negras en mi vida

No había visto unas manos tan negras en mi vida

Cuando llegamos a zonas menos rurales vimos cómo los críos jugaban además a otro juego más elaborado todavía. Sobre todo porque en el juego había dinero. Y no me refiero al dinero de mentira del Monopoly… no. Dinero contante y sonante. Este juego se parece a la ruleta, pero en lugar de jugar con una bola y números, se juega con 6 dados. En un tapete hay dibujados 6 figuras, una por cada cara del dado. El juego es muy simple, aunque nos lo tuvieron que explicar porque no éramos capaces de sacar la lógica… entre otras cosas porque jugaban condenadamente rápido. Os lo explico. En lugar de figuras imaginemos que son números. Por ejemplo apuesto un euro a que salen al menos dos treses, poniéndolo sobre el tapete encima del tres, y la banca lanza los dados. Si sale ninguno o un único tres en los seis dados, la banca gana. Si salen dos o más treses, gano tantas veces mi apuesta como treses hayan salido (dos treses, dos euros, tres treses tres euros… y así). Evidentemente este juego lo vimos también jugado por adultos. Por cierto, estas timbas son completamente ilegales y desalojaban el corro en un abrir y cerrar de ojos en cuanto veían aparecer un guardia en lontananza.

El autentico grafiti nepali

El autentico grafiti nepalí

En resumen, creo que Nepal tiene un potencial humano tremendo, porque cuando estos niños se hagan adultos, la mayoría será bilingüe y tienen, por lo que pudimos ver, unas ganas enormes de aprender y una curiosidad infinita… por suerte, cuando esto ocurra, habrán arreglado los problemas de electricidad y, seguramente, tendrán televisiones en todas las casas… así que pararán de hacer hijos… o sea, se habrán modernizado como nosotros.

Próxima entrega: Nepal (7) – La hora de la verdad

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