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Posts Tagged ‘nervios’

Dos pantalones de montaña. Unos cortos. Unas mallas cortas. Unas mallas de forro polar. Tres forros finos. Un forro gordo. El forro polar del invierno. Un impermeable y cortaviento ajustable. El gorro de lana (tengo que hacerme con un sombrero por allí). Las dos bragas (por si una no es suficiente). Guantes finos y guantes gordos. Tres pares de calcetines de alta montaña (de los de 20 grados bajo cero). Cinco pares normales. Cinco o seis camisetas técnicas. Otras tantas de algodón. La camiseta de la productora de mi hermano (para hacerle publicidad en el techo del mundo). Calzoncillos como para una boda (por limpios y por cantidad). La bolsa de aseo (por si acaso me puedo lavar algún día). El rollo de papel higiénico (nunca debe faltar en una mochila). El saco sábana (para que mi suave piel no toque directamente en un saco en el que se ha acostado medio mundo… uno que tiene sus escrúpulos). El repelente de mosquitos, la tableta de aspirinas, las pastillas para el estreñimiento (el arroz… ya se sabe), los apósitos (para las ampollas), el almax. (para las digestiones pesadas. Las especias… ya se sabe). Las botas de montaña (por fin domadas). Zapatillas de correr. Las sandalias. La cantimplora. El frontal. Tres juegos de pilas para el frontal. 10 blister de pilas para la cámara (no me puedo quedar sin pilas en ningún momento). Las pilas recargables y el cargador (por si acaso). Tres tarjetas de memoria, más la que va en la cámara (una previsión de 4.500 fotos). La memoria USB (por si puedo descargarlas en algún sitio). Dos paquetes de jamón, de lomo y de chorizo, embasados al vacío (es que no comeremos mucha carne, me temo, y porque todo español bien nacido debe de viajar al extranjero con un chorizo… es tradición). Un librito de sudokus (para las esperas). Una libreta de notas. Al menos tres bolígrafos repartidos por toda la mochila. Un lápiz (para no depender de la tinta y porque funcionan por mucho frío que haga). El pasaporte. Fotos de carné (para los visados, los permisos de entrada al parque…)

Creo que lo llevo todo.

Hoy, en menos de doce horas, despegará el avión. Mañana a estas horas estaré ya en Katmandú, aunque allí serán cuatro horas y cuarenta y cinco minutos más tarde. Desde que en febrero entrara a pedirle las vacaciones a mi jefe hasta ahora han pasado algo más de siete meses… aunque llevamos preparando el viaje desde antes… desde hace más de un año. Un parto largo y difícil.

Es peligroso hacerse ilusiones, porque después el viaje es posible que no esté a la altura de las espectativas. Pero tengo un buen pálpito con esta aventura. ¿A quien pretendo engañar? Yo siempre tengo un buen pálpito con cualquier viaje…

Como no sé como andaré de conexiones por allí, o si me apetecerá conectarme, habiendo tantas cosas que ver y tantas cosas que hacer, me despido de vosotros hasta el lunes 20 de Octubre. Espero volver con un millón de historias nuevas y con una buena colección de experiencias…

¡Nos vemos!

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La primera vez que me presenté al examen del carné de conducir, estaba muy seguro de mí mismo y de mi habilidad conductora. Además, había hecho un estudio de campo y me había aprendido de memoria todas las calles adyacentes al centro de exámenes, avaluando las salidas más posibles. Y no lo hice del todo mal… sólo lo justo para que me suspendieran. Ninguna infracción grave, pero suspenso por acumulación de faltas leves… que si un intermitente aquí, que si un pisar la línea continua allá, un exceso de velocidad acullá… etcétera. No pasaba nada… Me quedaba otra oportunidad, ahora por ley, quince días después (y tras cinco clases prácticas más).

La segunda fue una debacle. Desde las 7 de la mañana esperando para hacer el examen, en la triste cafetería del centro, sentado de mil formas en una incómoda silla, café tras café. Luego, para colmo, me tocó un buen hombre de examinador que ayudó en lo que pudo… por lo que no puedo echarle la culpa de mi bloqueo. Me pudo la tensión y suspendí por méritos propios.

Tenía que dar 10 clases más y renovar papeles. Y esperar un mes antes de presentarme.

La tercera vez se repitió lo de la espera desde las 7 de la mañana, en la cafetería, la silla y demás. El comienzo del examen fue por una zona conocida y no encontré demasiados problemas… hasta que llegué a una rotonda de cinco carriles. Allí se terminó todo. Había coches por delante, por detrás, por arriba y, casi podría decir que por abajo. Me zumbaban por la derecha, otros por la izquierda… como si la L enorme no significara nada para ellos. Salí de la rotonda por donde no era, invadí un carril bus y a partir de ese momento no di pie con bola. Suspenso.

Tenía otra oportunidad más, un mes más tarde. Y debía contratar otras 10 clases prácticas más.

La cuarta vez me tocó un examinador cachondo. Miró mi historial (una gruesa carpeta repleta de anotaciones y de exámenes suspensos) y me dijo “Eres todo un veterano”. Se portó muy bien. Me llevó por calles poco transitadas, me hizo aparcar en un sitio donde habrían entrado dos Jumbos, evitó rotondas de más de dos carriles y, en general, iba tan distraído charlando que podría haber atropellado a una vieja sin que se diera cuenta. Hasta que, al final de una calle cuesta arriba, sonó el pitido de intervención del profesor. Me había pisado el freno en seco. Yo no sabía por qué…

– ¿Por qué? – Pregunté…
– Puede usted dar marcha atrás… – dijo el examinador
– ¿Marcha atrás? ¿Aquí? ¿Pero por qué?
– De usted marcha atrás…

Y di marcha atrás unos metros. Hasta que me dijo que parara.

– Mire usted a su derecha. ¿Qué ve?

Y allí había una señal redonda, azul y con la flecha blanca apuntando a la derecha… era la señal de obligatorio a la derecha más grande que jamás haya existido. Suspenso por falta grave, a 20 metros del centro de exámenes.

Nuevamente renovación de papeles (pasando por caja), esperar un mes y otras 10 clases prácticas más.

La quinta vez que me presenté al examen de conducir hice muchas cosas diferentes que las otras cuatro veces anteriores. Para empezar fui a mediodía, y así me evité el esperar en la incómoda silla durante horas. Fui con otro alumno que, además de examinarse, hacía una clase práctica que le quedaba justo antes… y me llevaron con ellos (yo en el asiento de atrás). Estuve muy atento a las explicaciones del profesor, a los trucos y a las trampas de las calles… así que la espera fue mucho menos tensa que las otras (cuatro) veces. Y lo último que hice diferente fue lo de tomarme una tila. La primera tila de mi vida.

El examinador era el tipo más gordo del mundo. Le costó un mundo y parte del otro entrar en el asiento trasero y, en lugar de sentarse detrás del profesor, se sentó en medio. Primer problema: yo me había habituado a mirar por el espejo retrovisor, más que por los laterales… y en ese momento sólo veía una inmensa masa de carne sudorosa donde debería haber una calle.

Pese a mi historial y a ser casi un “hombre de la casa”, y saber que era mi quinta intentona, no tuvo piedad cristiana conmigo. Me hizo aparcar dos veces, una en línea (cuesta abajo en un hueco ridículo, y con 200 kilos de más en la parte de atrás) y otra en batería, que era la que peor se me daba. Cuando terminé de aparcar esta última, y justo después de decir que había terminado, vi por el rabillo del ojo, y detrás de su enorme cabeza, lo que parecía un cartel de vado permanente… joder… demasiado tarde. Apuntó algo en su libreta y me mandó continuar.

Pasamos por la rotonda de los 5 carriles, con mucho menos tráfico que la otra vez, por el polígono industrial que había visitados momentos antes con el otro profesor y volvimos al centro de exámenes, después de más de media hora de coche. Para ser una quinta convocatoria, muy larga. Paramos y me bajé del coche, para que ellos pudieran hablar tranquilamente. Yo sabía que estaba suspenso… no se puede aparcar en un vado, aunque no entendía por qué había alargado el examen…

Aprobado, sin errores. Me había costado un riñón, cinco intentos y más de 50 clases prácticas (muchas más)… pero por fin era un conductor.

De esto hará el mes que viene tres años.

No creo que nadie lo haya hecho peor que yo…

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Poco después del café de la mañana (estamos hablando de las once o así de la mañana, para que os hagáis una idea) me encontraba enfrascado en una conversación telefónica absurda con un tipo de Vitoria al que no he visto en mi vida, y con el que posiblemente no vuelva a hablar nunca, cuando mi móvil empezó a brincar encima de la mesa. Era Huracán. Y el hecho de que fuera Huracán me desconcertó mucho. Lo primero que pensé: Ha pasado algo.

En efecto. Algo había pasado.

Huracán trabaja de noche, hoy es su última noche por el momento, lo que quiere decir que entra a las diez de la noche y sale a las ocho de la mañana. Así que… ¿por qué me estaba llamando tan temprano?

Corté la conversación con un “Lo pienso y luego te llamo” (sin saber ninguno de los dos el qué tenía que pensar y por qué tendría que llamarle), y llamé inmediatamente a mi niña.

– ¿Qué pasa? – Dije nada más descolgar
– Nada…
– Algo pasará… es muy temprano para ti…
– Bueno… sí. Me ha llegado un mensaje.
– ¿De quien? – No se me ocurría quien podría haberle mandado un mensaje tan temprano
– Ha sido… el Poli.

El Poli. El último tío con el que Huracán estuvo antes que conmigo. Su ex. El que la dejó por un cambio de destino, para volver a su casa en levante, con su novia. El motivo por el cual Huracán me lloró lo que no está escrito. El típico macarrilla de barrio metido a brazo armado de la ley. Si todo esto no es suficiente, os animo a que leáis En el jacuzzy con Huracán y siguientes entradas.

– Ostia.- Dije, y creo que fui muy expresivo.
– Quiere verme. Está aquí en un curso y tiene la tarde libre. Me ha dicho que quedemos… ¿Qué hago?

“Pues qué vas a hacer… mandarle a la mierda. A él y a siete generaciones de antepasados. Todos en fila. A la mierda. Menos su madre… que tiene que ser una santa, aunque él sea un hijodeputa”. Todo esto pensé sobre la marcha. Claro que no lo dije.

– No sé. Haz lo que creas oportuno. No te puedo decir lo que debes hacer. Ya ha pasado tiempo de aquello… no mucho, pero ha pasado. Y si ya no sientes nada por él, pues no es problemático que le veas… Porque tú ya no sientes nada por él… ¿No?
– No. Claro. Ya pasó… fue una tontería.
– Pues entonces tanto da que le veas como que no le veas…
– No sé… voy a seguir durmiendo y ya veré lo que haré. Luego te llamo.

Y colgó. Y yo no pude seguir trabajando tranquilo.

Poco antes de las seis de la tarde me volvió a llamar. Había decidido que iría a verle. Que se tomarían algo juntos y ya está. Y que luego, desde el trabajo, me llamaría para contarme. Así que puse mi mejor voz de jugador profesional de póquer y le deseé suerte.

No va a pasar nada. Ella está conmigo y está bien. Él es una tontería del pasado. Vale, es una tontería del pasado de metro noventa y brazos como mis muslos. Y ella estuvo coladísima por él, aunque duró poco tiempo. Pero no hace ni medio año de eso. Y esas cosas no se borran de un plumazo. Pero confío en ella.

Aunque si eso es así… ¿Por qué no estoy tranquilo?

Hace 25 minutos que ha entrado a trabajar y todavía no me ha llamado…

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Atención a la escena, porque necesito ayuda:

– Hola cariño.- Dije nada más abrirle a Huracán la puerta de mi casa.
– Hola.- Y me dio un beso

Vamos, la rutina habitual cuando viene a mi casa o voy a la suya. Pero algo había cambiado. Huracán no sabía igual que siempre…

– ¡Tú has fumado! – le dije apuntándola con el dedo acusador.
– Sólo un par de pitillos…

Cuando conocí a Huracán no fumaba. Me enteré que lo había dejado poco tiempo antes de conocerla, pero que fumaba algún pitillo en alguna fiesta o tomando copas… pero que cada vez le pedía menos el cuerpo hacerlo. Yo sólo la había visto fumar en una ocasión. De hecho, sólo la he visto fumar en una ocasión, porque estando conmigo no lo hace, aunque el domingo compró una cajetilla en un bar.

Que haya empezado ahora no es casual. Por lo visto está sometida a mucha presión en el trabajo y encuentra en el tabaco una forma de relajarse… yo no he fumado nunca, así que no llego a entender como llenándose los pulmones de humo uno se puede relajar (yo estaría la mar de preocupado, la verdad).

Ni que decir tiene que no me gusta que fume. Ya no es sólo porque piense que es nocivo y que se puede morir, y esas cosas con las que nos bombardean casi a diario. No. Es que no me gusta como sabe Huracán cuando la beso. Me da la sensación de que estoy besando un cenicero… y no me resulta agradable.

La he insistida un par de veces para que lo deje. Ahora no debería costarle nada, porque no tiene el cuerpo contaminado de nicotina… pero no quiere. Llevo unos días pensando en ello y no sé qué hacer…

¿Alguna sugerencia? Excepto la de dejarlo con ella (Patita, que te veo por donde vas)

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