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¿Alguien conoce el experimento de los monos mojados?

En una sala se metieron 20 chimpancés, una escalera y, encima de ella, un montón de plátanos. Cuando un mono intentó subir la escalera para coger un plátano, los científicos abrieron unos aspersores y rociaron con agua helada a todos los monos. Esto se repitió tantas veces como intentos hicieron los monos por coger los plátanos, hasta que decidieron no hacerlo. En ese momento se sustituyó uno de los chimpancés por otro nuevo que no había sido mojado. Y, claro, lo primero que hizo el animal fue intentar coger uno de esos apetitosos plátanos. Pero los compañeros, hartos de ser mojados, se lo impidieron, usando incluso la violencia.

Cuando el nuevo mono ya no intentó coger los plátanos, los científicos sustituyeron un mono mojado por otro nuevo que tampoco sabía de qué iba la cosa. Y, como es lógico, como su predecesor intentó coger los plátanos… y nuevamente los otros monos empezaron un linchamiento para impedírselo. Curiosamente, el primer chimpancé, que no había sido mojado en ningún momento, también participó en la paliza al nuevo.

El experimento se repitió hasta que en el interior de la sala no quedó ningún chimpancé que hubiera sido mojado. Pero, curiosamente, ningún mono intentaba coger los plátanos, aún sin saber que había agua fría como premio a los plátanos, e impedían a cualquier chimpancé nuevo cogerlos.

Si a alguno de los monos le preguntaran, seguramente diría que no tiene ni idea de por qué, pero que “pegar a los nuevo es una tradición y, desde que tengo memoria, siempre ha sido así”.

Pues algo parecido ha pasado aquí en la oficina. Sin entrar en muchos detalles, he tenido que observar cómo trabaja una compañera, con la idea de mejorar el proceso. Yo no sabía de qué iba la cosa así que fui preguntando y tomando notas. Enseguida me di cuenta que había varias tareas redundantes que no aportaban nada al proceso y que, además, ralentizaban. Al preguntar la razón por la que se hacía así la chica me dijo: “No sé… a mi me lo explicaron así”.

¿Cuántas cosas hacemos “por tradición”? Ya no sólo en el trabajo, sino en nuestro día a día…

¿Somos monos (calvos) mojados?

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Al poquito de entrar yo aquí se marchó la directora financiera. Era una mujer joven, de treinta y pocos años y alta. Cuando digo alta, quiero decir que era más alta que yo, vamos. Y estaba muy delgada. Cuando se quitaba las gafas de pasta y se soltaba el pelo podíamos decir que tenía su atractivo. Indudablemente era maja. Al menos era la única que me daba los buenos días al cruzarnos y la única que me invitó a café en la máquina (aunque esto no sé si es bueno del todo).

Supongo que se cansó de los marrones, de las pullas y de los malos modos generales y se marchó a otro trabajo en el que no era directora de nada, y menos de finanzas. Creo que fui de los pocos de los que se despidió.

En su lugar contrataron a un tipo. De unos cuarenta años, de complexión fuerte, pelo canoso peinado hacia atrás y gafas de pasta… que parece que va con el cargo. Después de la semana de cortesía empezaron a darle por todos lados, como corresponde por la empresa en la que trabajamos y el cargo que ocupa. En realidad lo del cargo es lo de menos… ya he contado que hay muy mal ambiente por aquí. Como quiera que yo todavía no le he dado ningún palo, ni tampoco es algo que yo haga habitualmente, y que incluso le he ayudado con algún marrón, sobre todo cuando estaba relacionado con la informática, podemos decir que nos llevamos bien. Supongo que entre los nuevos tenemos que ayudarnos. Yo no soy tan nuevo, pero sigo teniendo esa sensación… quizá porque no termino de adaptarme del todo. El problema está en que siempre que tiene una duda o alguna pega me llama. Y, en esta ocasión, el problema lo tenía una de sus chicas… así que me llamó, a pesar de que hay un departamento entero dedicado al soporte y de que no es mi trabajo… pero fui a ver qué pasaba.

En realidad era una tontería, aunque requería ejecutar una serie de programas en un orden concreto… tampoco voy a entrar en detalles, no quiero aburriros con datos técnicos. Era laborioso y me llevó mi tiempo y en esas estaba cuando la chica de compras, la que se fue a Gandía con su novio, rubia, con un color dorado muy bonito en la piel después de una semana de sol por cada lado (el típico vuelta y vuelta que muchas chicas y algunos chicos practican) y un super escote profundo (e hipnótico) se me acercó, me plantó dos besos (por eso de que había vuelto de vacaciones) y se sentó en la mesa donde yo estaba trabajando, para charlar.

Obviamente, y porque era verdad, le dije lo guapa que estaba y lo bien que le sentaba el bronceado, intentando por todos los medios a mi alcance no mencionar a Jessica Alba en ningún momento, y eso que no estaba intentando ligármela ni nada. Pero uno es alumno aplicado y los buenos consejos hay que seguirlos.

– Ya te queda poco para irte, ¿No?
– Pues sí… estoy de un tenso ya…
– A ver qué podemos hacer…

Y se me puso a masajear los hombros y la espalda. Y lo hacía bien la muchacha. Con un poco más de aceites esenciales, un poco menos de ropa y, sobre todo, en otro entorno, habría sido perfecto.

Paró casi enseguida… no hay que olvidar que en la oficina a uno le hacen un traje por menos de esto.

Al poco se nos unió la chica del departamento comercial, la que me dio otros dos besos por eso de que también estaba recién venida de las vacaciones, e igualmente morena. Y una tercera, de incidencias, que no había venido de vacaciones precisamente, pero que vio jolgorio y se unió a la charla.

– ¿Cuánto te falta parta irte a Nepal? – Me preguntó la chica del departamento comercial.
– Apenas tres semanas – les dije
– ¿Te vas a Nepal? – Preguntó la de incidencias.
– A escalar montañas – dijo la de compras.
– Bueno, a escalar, lo que se dice escalar… no. Sólo voy a recorrerlas un poco
– ¿Y has hecho ya testamento? – preguntó la del departamento comercial. Obviamente estaba bromeando.
– No, que va. No va a pasar nada…
– No sé como estás tan tranquilo… pueden pasar muchas cosas… fíjate los de Barajas del otro día. – comento la “alegre” de incidencias.
– Eso no vuelve a pasar… y de lo demás… pues ya me preocuparé entonces, cuando vea lo que pasa… dice un dicho, seguro que chino, que si tienes un problema y no lo puedes solucionar… ¿De qué te preocupas? Y si lo puedes solucionar… ¿De qué te preocupas? Pues eso… que no me preocupo.
– Pues yo no estaría tan tranquila – sentenció la de incidencias.
– Por eso no vienes… ¿No?

Las otras se rieron. En ese momento apareció por lontananza un jefe de los gordos, y las chicas se retiraron. Y yo me marché… ya había terminado mi trabajo allí.

Por la tarde, ya tarde, bajé otra vez por la zona. Iba a poner un fax personal, y ya no quedaba ni el recuerdo de nadie… excepto el director de finanzas, enfrascado en alguno de los marrones propios de su cargo. Me vio y se acercó. Tenía ganas de charla.

– Así que a Nepal, eh? Te va a encantar… yo estuve el año pasado en Argentina… al sur… con el hielo y eso… ¿Cómo se llama?
– La Patagonia…
– Sí, La Patagonia… pues eso, que te va a gustar.

Dos cosas: Espero que este tipo sepa más de números que de geografía… por el bien de la empresa. Y dos… la gente habla… mucho.

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Algunos compañeros del trabajo se han marchado de vacaciones, y eso implica que los que nos quedamos nos dividimos su trabajo. Y esa es la razón por la que durante unos días estoy, también, asistiendo a usuarios. Vamos, atendiendo llamadas sobre “Que la impresora no me imprime”, “No tengo conexión a Internet” o “El ratón no se mueve”. O sea, un coñazo.

El caso es que estaba yo tranquilamente tocándome las narices un rato intentando en vano logarme en La Comunidad, cuando me llaman por teléfono. Y esperaba que fuera alguna idiotez de las que he dicho antes. Pero no: era la mujer del Director General, que tenía un problema con el ordenador. Vamos, “la dueña” de la empresa. Quería que bajara al despacho de su marido y siendo quien era, bajé rápido como el rayo.

La mujer del Director General es una preciosa mujer de treinta y tantos. Morena, de piel y de pelo, delgada y con un tipazo. Los detalles que faltan se podrán entender leyendo el artículo de Pat Filosofando en la oficina: hombres y mujeres. El caso es que cuando entré en el despacho del Director General me encontré con esta bella mujer delante del ordenador. Iba vestida con una camiseta de tirantes muy ajustada, que dejaba a las claras que lo de llevar ropa interior no iba con ella, y un pantalón ceñido esculpiendo un culito respingón. Lo sé porque no estaba sentada sino inclinada sobre el ordenador. Me sonrió en semejante postura y me indicó que me acercara.

Me situé detrás de ella para ver lo que estaba haciendo. Su problema era que estaba buscando una imagen concreta para insertarla en una presentación. Se sentó, para estar más cómoda y para enseñarme lo que estaba haciendo. Para enseñarme eso y…

Desde mi posición se veía hasta el ombligo. Y todo lo que hay entre el cuello y el ombligo. Todo. Además de no llevar ropa interior me percaté de que seguramente hace topless, porque no tenía ni una marca. Fue una mirada rápida, entre que se activaba el piloto automático y se recuperaba el control del sistema en manual. Una mirada que cualquier hombre hubiera hecho porque está grabada en nuestra programación básica. Una mirada inevitable. Fue una fracción de segundo… pero creo que me pilló mirando.

Si el mundo fuera perfecto ella se habría recostado en el sillón, mirándome con ojos de deseo y la hubiera hecho mía allí mismo, en las posturas más diversas, mientras una música cutre ambientaba la escena. Bueno… si el mundo fuera realmente perfecto, después de un rato con la mujer del Director General, habría entrado la chica de compras con algún pretexto y entre las dos me hubieran hecho un hombre muy feliz. En ese mundo perfecto yo tendría abdominales. Ahora las tengo, pero en un mundo perfecto se me verían.

Pero el mundo dista mucho de ser perfecto. Lo que pasó de verdad es que encontré la imagen más o menos rápido, evitando con gran esfuerzo volver a echar ninguna mirada a nada que no fuera la pantalla…

Nota mental: tengo que dejar de ver tanto porno.

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Desde que Pat escribió su Post El Reto, llevo dándole vueltas a la idea. Es más, me he propuesto el mismo reto, pero no lo he circunscrito sólo al ramo de la panadería, sino que lo he hecho extensible a todos los demás sectores. Básicamente intento hacer sonreír a cualquier dependiente barra dependienta que se me pone a tiro.

Y eso incluye a la Novia de Shrek.

Por el mote que le he dado podréis adivinar que muy agraciada no es la chica. Es bajita, rechoncha y fea. Con una inmensa melena de pelo negro que le llega hasta debajo de la cintura, o, al menos, a donde se supone que debería de estar la cintura… ya que es de ese tipo de mujer que denominan cilindro. No se maquilla, ni se arregla de ninguna manera y, bueno, más que vestirse, usa ropa. Eso sí, simpática, lo que se dice simpática, tampoco lo es. Es un escuerzo de tía.

Trabaja en mi empresa y es la que lleva la caja. Vamos, la que paga en efectivo a la gente, o la que da cambio. Lo cierto es que está en el mejor puesto en el que podrían ponerla… era eso o el de reclamaciones, y debieron pensar que a fin de cuentas la gente de fuera no tenía la culpa.

Hoy tengo que ir al fisioterapeuta a que me mire la lesión del hombro. Me hice daño nadando en una de esas sesiones de largas series que me hago de vez en cuando, y tengo molestias. Digo esto porque hoy me he venido antes a trabajar y, falto de costumbre de madrugar, no me ha dado tiempo a desayunar. Así que a media mañana tenía mucha hambre. Y la máquina de café no admite billetes de 50€. Y ni uno solo de mis compañeros con cambio. Sólo había una cosa que podía hacer… por desagradable que esta fuera.

La Novia de Shrek estaba parapetada detrás del mostrador de la Caja. Me miraba con mirada suspicaz por debajo de sus anchas cejas de denso pelo negro. Pero a pesar de la amenaza más que evidente, decidí lucir la mejor de mis sonrisas, o por defecto, la única que tengo.

– Hola – Dije, sin dejar de sonreír.
– ¿Qué quieres?
– ¿Tienes cambio de 50?
– No tengo cambio. – Sabía que era mentira, así que seguí sonriendo.
– Son sólo 50€…
– No tengo cambio.
– ¿Y si te digo que me muero de hambre? – Gran sonrisa
– No tengo
– ¿Y si te digo que quizá sea mi última comida? – Gran sonrisa
– Que no
– ¿Y si te subo algo de la máquina? – Gran sonrisa inmune al desánimo.
– ¿Crees que me voy a dejar comprar tan barato?
– No… también te daría las gracias… – inmensa sonrisa
– Anda… trae

Conseguí mi tentempié… y lo que es más importante… conseguí arrancarle la sonrisa a La Novia de Shrek…

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Pronto empezamos… y de dos en dos, nada menos. Las protagonistas, la nueva secretaria del departamento comercial, y la chica nueva del departamento de compras… casi nada. Las palabras importantes en la frase anterior son “la nueva”. Son dos chicas que llevan poco tiempo en la empresa y que todavía no han sido pervertidas por el mal rollo general y las trifulcas interdepartamentales que imperan por aquí. Y lo que es más importante… todavía no guardan ningún tipo de odio al departamento en el que yo trabajo… que es el más odiado por todos y por el único por el que los demás departamentos olvidan sus rencillas y se unen para atacarnos.

La escena va como sigue. Yo esperaba en recepción a que uno de los comerciales saliera, para irnos a ver a un cliente. Fuera, en la calle, y aferrada a un pitillo, estaba la nueva secretaria del departamento comercial… morena, delgada y de estatura normal. Ojos verdes y piel muy blanca, casi transparente. Entre quedarme con la recepcionista, que no me habla, o salir y hacer de buen compañero con la nueva había pocas dudas…

– Hola
– Hola
– ¿Qué tal lo llevas?
– ¿El qué?
– Ya sabes… adaptarte a la nueva empresa… a la gente…
– Bien… bueno… llevo poco tiempo…
– Te entiendo… yo tardé un poco en adaptarme… así, entre nosotros, están locos por aquí…
– Jajaja… sí, un poco

Digamos que ahora que había roto el hielo llegaba el momento de obtener algo de información.

– ¿Sabes? No me gustan los miércoles…
– ¿No?
– Si te fijas están ahí, en el medio de la semana… el lunes llegas con fuerzas y con ganas al trabajo… el viernes estás contento porque llega el fin de semana… pero el miércoles… estás a mitad de camino del fin de semana… por delante y por detrás… una mierda.
– Pues el jueves es peor… porque todavía no ha llegado el fin de semana y ya te queda poca energía… yo prefiero el sábado… porque duermo hasta tarde…
– Normal… saliendo los viernes…
– No, que va, no salgo casi ningún viernes…
– Claro… eres más de sábado… ¡Chunda, Chunda, Chunda!
– No, que va… no soy de discotecas… me gusta más ir a sitios donde pueda hablar con mis amigas… ¡Que le vamos a hacer! Una, que ya es mayor…
– ¿Mayor? Pero si no debes de llegar a los 30…
– 32. Una abuela…
– No digas eso… los 32 son una edad estupenda… yo tengo 32 y estoy hecho un chaval…

En ese momento Salió una compañera y le dijo que tenía una llamada. Cortando la conversación a la mitad. Información obtenida… poca: Tiene 32 años, no sale los viernes, y los sábados habla con las amigas en algún lugar tranquilo. ¿No sale los viernes porque se queda en casa con el novio o porque no tiene plan? ¿Sale con las amigas o con las amigas y el novio? Ni idea. Nada definitivo.

Cuando entré otra vez en la empresa, y el comercial no parecía querer aparecer, me di cuenta que en la máquina del café estaba la nueva chica del departamento de compras. Seguramente tan morena como la otra, aunque con mechas rubias, pelo largo, media melena, guapa y con gafas. Tampoco muy alta, pero con tacón alto, y buen tipo. Me saludó desde la máquina con una sonrisa.

– Bonitas gafas – Dije – ¿Son nuevas?
– Me las pusieron ayer… ahora soy una gafotas…
– Acusica y empollona…
– Jajaja
– Te quedan muy bien, la verdad
– Gracias… ¿Quieres un café?

No tuve tiempo de responder… salió el comercial con cara de velocidad y me arrancó de la escena a la fuerza. Apenas pude decir un “Mejor en otra ocasión…“ cuando estaba en el coche camino de un cliente…

Dos movimientos en apenas 15 minutos.

¡Voy lanzado!

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O, al menos, eso dice el dicho castellano. Siguiendo con la historia que dejé en el aire ayer, tenemos a los cuatro personajes de la escena situados en el sofá. Algodón tumbada, jugueteando con su pie en mi entrepierna, y los dos elementos de mi imaginación, el Angelote y el Diablillo, mirándome fijamente esperando una decisión. Expectantes. Intentando encontrar una solución satisfactoria para todas las partes (especialmente las mías), mi cerebro funcionaba a mil por hora (compensando la preocupante falta de sangre con la optimización de la red neuronal). Por fin llegué a una conclusión.

– Algodón… me tengo que ir. – Y me puse de pie.
-Es muy tarde… quédate a dormir.
-Creo que lo mejor es que me marche. De verdad.

Ella se puso de pie y me acompaño a la puerta. En la entrada me abrazó muy fuerte, y me dio un beso en el cuello.

– Pudo haber estado bien. – Me dijo al oído.

A medida que caminaba en dirección a mi casa empecé a cabrearme conmigo mismo. O sea… Podría habérmela tirado y luego… luego si te he visto no me acuerdo. O, mejor: “Yo creía que era nada más que un rollo…”, “Lo siento… me he confundido”. Había mil frases que decir “después”. ¿Por qué tenía que hacer caso al mierda del Angelote? Maldita conciencia…

Al día siguiente llegó Morcillita de vacaciones, morena y guapa. Y, como no podía ser de otra manera, me notó raro, especialmente serio. Me preguntó y se lo conté. Yo no tenía secretos para ella (no es que ahora los tenga, pero ya no tenemos la misma relación que antes y no tengo por qué contarle todo). Según ella, hice lo correcto. Pero eso no ayudó a que me sintiera mejor conmigo mismo.

Como el que no quiere la cosa nos plantamos en diciembre, en pleno puente de la constitución (y cumpleaños de mi abuela). Estaba con Panceta en el bar a eso de las tres de la mañana, bebiéndonos unas cervezas y hablando de tonterías. Y apareció Algodón otra vez. Nos habíamos visto más veces desde lo ocurrido en su casa, pero no lo habíamos comentado. Simplemente ocurrió, pero ninguno de los dos le dimos mayor importancia. Supongo.

Se nos acercó, se pidió otra cerveza y se unió a la conversación. Echamos unas risas durante un buen rato, hasta que cerraron el bar. Panceta se fue para su casa y nosotros, que vivíamos más o menos en la misma dirección, nos fuimos juntos. Seguíamos hablando de alguna cosa sin sentido, cuando llegamos al portal de su casa. Me despedí de ella:

– Bueno, pues ya nos vemmmmm….

De pronto tenía en mi boca el doble de lenguas de las habituales. Algodón me estaba besando, agarrada a mi cuello. Sabía a tabaco y olía a coco y cuero. Durante unas cuantas centésimas de segundo intenté resistirme… el tiempo justo que tardó el diablillo en acuchillar repetidas veces al angelote, para que no dijera nada. Con el último aliento, el Angelote me obligó a decir:

– Esto es sólo un rollo, ¿No?
-Claro.

Así que todo estaba bien ya, El Angelote se podía morir tranquilamente. Pasamos el fin de semana en su casa, recuperando la escena del sofá, pero esta vez sin peli porno de fondo. Puedo decir que fue un buen fin de semana.

El problema fue el lunes.

A las nueve de la mañana, el teléfono empezó a sonar. Por supuesto, era Algodón.

– ¿Si?
-Hola.
-Hola. Oye… ¿Qué pasa?
-No, nada. ¿Qué tal estás?
-Pues bien, aquí, un poco liado…
-Bueno. Te dejo. Luego te llamo.
-Vale. Adiós, adiós.

A las diez se repitió la escena, más o menos igual.

A las doce no le cogí el teléfono.

A las tres, a la que salía del trabajo (tiempos aquellos en los que sólo trabajaba hasta las tres) volvió a sonar el móvil.

– Hola.
-Hola… te he llamado antes.
-Ya… es que estaba en una reunión.
-¿Qué haces?
-Nada, ya me iba para casa…
-Yo también. Si quieres vamos juntos – resulta que ella trabajaba muy cerca de donde yo trabajaba por aquel entonces, y ella lo sabía.
-Bueno… – A ver, ¿Qué podía decir?

Fuimos juntos, claro. Por la tarde quería quedar, pero me busqué una excusa convincente. Pero no logré zafarme para ir juntos por la mañana a trabajar. La verdad es que estaba muy incómodo con la nueva situación. Sobre todo porque me sentía mal por ella. Estaba pasando justo lo que no quería que pasara. Y, lo peor, era sentir la mirada acusadora del Angelote clavada en mi cogote todo el santo día. Tenía que hablar con ella, y cuanto antes fuese, mejor.

El momento elegido fue el martes por la tarde, delante de un café, y fue algo muy parecido a esto:

– Algodón… no puedes llamarme tanto… – Se trataba de empezar por algo básico y luego ir profundizando poco a poco en la idea.
-¿Por qué?
-Mujer… estoy en el trabajo, y no puedo andar hablando todo el rato… se supone que me pagan por hacer cosas productivas…
-Bueno… no te llamaré durante la mañana…
-En realidad… tampoco es buena idea que me llames por las tardes… me siento un poco… no sé… agobiado.
-¿Agobiado?
-Si… se suponía que lo que pasó era nada más que un rollo de fin de semana. Sexo, que fue muy bueno y divertido, pero sólo eso. Nada más… y ahora me siento como si fuéramos algo más…
-Es que yo quiero algo más.
-Pero no puede ser. Ya sabes lo que siento por Morcillita… te estaría engañando.
-¡Pero ella no te quiere! – Lágrimas asomando por sus ojos. Situación de peligro inminente.
-Puede ser… pero yo a ella sí… y mientras la quiera a ella, no puedo querer a otra. No puedo salir contigo. – Se puso a llorar, en silencio – Lo siento.

Estuvimos un rato más, hasta que se tranquilizó. Y nos despedimos. Pasaron algunas semanas en las que no nos vimos, un fin de año un poco extraño, y el comienzo del fin con Morcillita. Cuando nos volvimos a ver ella estaba bastante normal.

Nunca volvimos a hablar de lo sucedido.

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Hay gente que dice que mi trabajo es un chollo. Entro a la hora que quiero, salgo ocho horas después, no trabajo mucho, está muy cerca de mi casa y me pagan muy bien. Sólo lo podría mejorar si me quedara todo el día en el sofá y me mandan el cheque por correo. Lógicamente no puedo decir nada en contra de todo esto… porque es verdad. Pero por alguna extraña razón, no estoy a gusto.

Quizá esa sensación venga por el hecho de que no me siento integrado en la plantilla. En realidad soy una especie de bicho raro. Podría decir que soy el único que sabe leer de todos, pero eso sería exagerar un poco. Claro que mis compañeros saben leer… sólo que no lo hacen desde segundo de EGB. Así que no les pidas que te manden un correo con las comas o los puntos en su sitio… bueno, y con las bes y las uves correspondientes. ¿Y qué son los acentos? Pero en fin… eso es ponerse un poco exquisito. Pero como yo no veo grandes hermanos, ni islas de famosos, ni nada de ese estilo (en realidad ya no veo la tele), no veo casi fútbol y leo libros raros… apenas tenemos de qué hablar… aparte de trabajo.

Creo que esto es lo de menos. En realidad el principal motivo por el que no me encuentro a gusto es mi jefe. A ver… ¿Cómo lo defino? Imaginad un niño de seis años, hijo único para más señas. Caprichoso, enfadica, envidioso, chinche y maleducado. Ahora le ponéis cuarenta años más, aproximadamente 100 kilos de peso y un metro ochenta u ochenta y cinco de estatura. Así es mi jefe.

Si está de buenas, es aceptable. Hace bromas de muy mal gusto, sobre todo a las chicas, y se ríe a grandes carcajadas él solo. Por supuesto se cree un tío muy gracioso. Y no digo que lo sea… pero me pasa como con los Morancos… no le veo la gracia. Desconoce el manejo del teléfono interno y llama a la gente a grandes gritos desde el despacho. Eso sí… con suerte se tira todo el día hablando por el móvil y deja a casi todo el mundo en paz.

Si está de mal humor… si está de mal humor se nota, porque entra como una exhalación y, en lugar de decir un “buenos días” como todo el mundo, grita “Me cago en la ostia”, o “Estoy hasta los huevos” y da un portazo en la puerta de su despacho que hace retumbar hasta las ventanas. La cosa puede quedarse ahí (y cuando digo cosa me refiero a él) o puede ser peor: Puede salir del despacho. Y si eso ocurre da igual que dios protector tengas… porque seguro que esa deidad encontrará más interesante perder su omnipresencia por un rato que interferir en su ira. Se planta en medio de la sala, al estilo de Jonh Wine a punto de participar en un duelo, y mira a todos los presentes… buscando una victima sobre la que descargar su furia… Esto suele pasar cuando a él le dan un toque los de arriba, claro. O cuando ha tenido bronca con su mujer. Una vez estaba tan de mal humor que tiró el móvil contra una pared y una de las piezas que salió volando dio en mi monitor. Podría haberme dado a mí… con lo que me habría pillado la baja y conseguir lo que le falta a mi trabajo para ser perfecto: que me manden el cheque a casa sin moverme del sofá.

Así que muchas cosas dependen de cómo esté este hombre de humor. Las vacaciones son una de estas cosas. Y las vacaciones son, precisamente, lo que le pedí el viernes. Existe la particularidad de que la empresa, por alguna razón, no cree que los trabajadores tengan derecho a un mes de vacaciones. A lo sumo dos semanas. Y las otras… las otras ya veremos. Nadie, excepto la dirección, se ha cogido tres semanas de vacaciones… y menos seguidas. Así que debía elegir el momento con mucho cuidado. Al final el momento me eligió a mí: era el último día para pillar los billetes, así que tendría que ser lo que la diosa fortuna quisiera.

El viernes entró mi jefe y dijo:

– Buenos días.

Y yo pensé que esa era mi oportunidad. Me levanté de mi sitio y me acerqué a su despacho, no sin cierto temor. Estaba hablando por el móvil. Eso podía ser malo… si le daban una mala noticia habría un portazo… o cosas peores. Así que me quedé por allí cerca, disimulando, mientras esperaba el momento de meterme en el despacho y pedir mis tres semanas de vacaciones. Por fin colgó y vi como se metía en el Messenger (No lo he dicho, pero a veces se tira horas enteras chateando). Tenía que ser rápido…

– Jefe… ¿Puedes hablar?
– Si. ¿Qué quieres?
– Bueno… venía a pedirte las vacaciones… Me miró de reojo en plan “Si estamos en febrero…”
– ¿Para cuando?
– Para octubre…
– Ah, bueno, si es para octubre… vale. Dos semanas, ¿no?
– No, tres… – Puso cara de no. Iba a decir que no. – Es que me voy al Nepal.
– ¿Nepal? ¿Y qué se te ha perdido a ti en el Nepal?

Dicen que en el amor y en la guerra no hay reglas. En el amor al menos no. Y yo soy un enamorado de mi tiempo libre. Así que tenía que conseguir ese viaje como fuera… sin perder la dignidad, se entiende. Así que mentí. Sí amigos. Mentí como un bellaco.

– Es que tengo un amigo montañero. Está preparando una expedición al Annapurna, para subir hasta la cumbre… – Mi amigo es tan montañero como puedo serlo yo y, desde luego, no pretende subir a ningún pico.
– ¿Y tú vas a escalar un pico de esos?
– No, hombre, no. Para eso hace falta mucha preparación y muchos meses de aclimatación… yo sólo le acompaño hasta el campamento base… a 5.000 metros. Y son dos semanas de marcha por el Himalaya… así que sólo con dos semanas de vacaciones no es suficiente… necesito tres, para el viaje hasta allí y la aclimatación… ya sabes…
– Ya… claro… pero…
– Es que para los que nos gusta el monte, ir al Himalaya es como jugar en primera división… con los grandes…
– Vale, vale. Concedido…

No pude salir de su despacho con una enorme sonrisa de oreja a oreja. No sólo porque ya tengo las vacaciones que quería. Tampoco porque visite un lugar al que he querido ir desde siempre. Tampoco porque sea una gran aventura de la que seguro saldrán mil y una historias. El motivo de mi alegría era que había conseguido algo que nunca antes había logrado otro ser vivo (al menos en mi empresa)…

Tres semanas de vacaciones.

En cierta forma me sentí como Edmud Hillary al coronar el Monte Everest

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