Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Panceta’

Esta tarde se celebra la despedida de soltero de Bob el silencioso. Y como ya conté en otra ocasión, estos acontecimientos son especiales. Al menos cuando el que se “despide” es un amigo de toda la vida. A Bob le conozco desde que tenía 13 años. Hace más tiempo que le conozco que lo contrario… así que Bob es un amigo de toda la vida.

Nosotros éramos cuatro. Los cuatro mosqueteros nos llamaba mi padre. Podría haber elegido los “cuatro fantásticos” pero mi padre ha tenido una educación basada en los clásicos. Y por clásicos me refiero a Roberto Alcazar y Pedrín y el Guerrero del antifaz. Zipi y Zape ya le pilló mayor.

Éramos inseparables aunque, como ciertas moléculas, combinábamos mejor de dos en dos. Panceta y Yo y Bob el silencioso y Amadeus. Ellos eran más de su misma cuerda y Panceta y yo nos entendíamos mejor.

El primero en caer fue Panceta. Me refiero a casarse. Pero como lo hizo en plan íntimo (y no me refiero a que se casaran en pelotas), como no hizo ceremonia ni nada (en el juzgado, una mañana… triste y fría mañana), como ni invitó a unas cañas un viernes por la tarde (ni ningún otro día), no hubo despedida de soltero. En realidad la cosa fe más o menos así:

Ring Ring
Diga?
Que me he casado
Ya?
Ya
Vale

Esa despedida de soltero la habría preparado con mucho cariño. Se suponía que Panceta era mi mejor amigo. Lleva ya casado más tiempo del que puedo recordar. En realidad eso es fácil… no le veo desde entonces… más o menos. Es que para su novia, perdón, para su mujer, yo era una mala influencia. Debe ser. No sé.

El segundo en caer fue Amadeus. Se casó con La Rubia. Y esa relación merecería un post entero. Y la boda otro. Sólo decir que ella se casó de rosa. Y fue una visión de esas que se te quedan grabada en la retina el resto de tu vida. La Rubia, por cierto, será testigo en la boda de Bob. Igual que yo. Sólo espero que no pidan hacer un baile entre testigos.

Tampoco hicimos despedida de soltero. Tendría que haberla organizado Bob, Amadeus es su mejor amigo, pero siendo sinceros, no sé si me gustaría ir a una despedida de soltero organizada por Bob. Es buen tío, pero es muy soso. Así que, o la organizó y no se lo dijo a nadie, o no la organizó. Aunque parezca mentira, la primera opción no es tan descabellada como parece. De la boda me enteré de milagro y, la verdad, fui por puro compromiso. Amadeus y yo no hemos hablado mucho en los últimos años. Vidas dispares, se llama.

El penúltimo en caer ha sido Bob el silencioso. En realidad no sé cómo ha ido la cosa. No he querido preguntar, la verdad. Pero me imagino que la escena fue, más o menos así:

Ella: ¿Nos casamos?
Él: (encogimiento de hombros)
Ella: Lo tomaré por un sí.

Y digo esto porque ha sido ella la que se ha movido para organizarlo todo. Y ha sido ella la que se lo ha dicho a todo el mundo. Hasta a mí., cuando lo lógico habría sido que Bob me lo dijera, a ser posible delante de unas cañas. Incluso ella me pidió que dijera unas palabras en el brindis… así que será mi segundo monólogo, parece. Esta será la boda que ella siempre soñó y en la que Bob habrá tenido muy poco que decir. Menos de lo habitual, se entiende.

El caso es que esta noche nos vamos de despedida.

Los tres mosqueteros (en realidad dos, porque Panceta, como de costumbre, tiene un compromiso previo de su mujer… ¿qué puede haber más importante que la despedida de soltero de un amigo de toda la vida? Seguramente ir al Carrefur o algo igualmente emocionante). Bueno, nos vamos de despedia los tres mosqueteros y…

El último Mohicano.

Botón de Bitacoras

Si haces click en el icono estás votando en Bitacoras

Etiquetas: , , , , , , , ,

Anuncios

Read Full Post »

Mis grandes amigos del instituto, mis grandes amigos ahora, aunque nos veamos poco y hablemos menos, son Bob el silencioso y Panceta. Especialmente este último, con el que siempre he compartido sentido del humor y forma de ser. Incluso llegamos a ser familia durante un breve periodo de tiempo…

Panceta y yo nos hicimos amigos de la manera más tonta: En clase de pretecnología en el muy lejano 2º de BUP. Empezamos a discutir sobre un posible proyecto de tren de alta velocidad con forma de bala. Totalmente subterráneo e impulsado por aire comprimido. El diseño era mío y él me intentaba hacer ver los más que posibles problemas de rozamiento y, sobre todo, del movimiento rotatorio incontrolado de la bala que afectaría a los pasajeros y a sus estómagos. Discutimos durante un buen rato y, a partir de ese momento, nos hicimos inseparables.

El tren nunca llegó a ser más que una idea genial y un dibujo en la última hoja del cuaderno de pretecnología.

Los años del instituto pasaron más o menos volando y los de universidad más rápido todavía. Y, tras todas las prórrogas habidas y por haber llegó el momento de ser sorteados para la mili. Él, que no estaba trabajando, decidió ir voluntario al destino que fuera, para quitárselo de encima lo antes posible. Bob y yo, que trabajábamos en el mismo sitio, optamos por la objeción de conciencia. Al final el halo de buena suerte funcionó, y nos adjudicaron destino a nosotros antes que a él.

A él le tocó la brigada paracaidista, en Murcia. Lo segundo peor que le podía tocar a alguien con el graduado escolar. Al menos estaba en la península… pero según decían, era un destino de tipos duros, más duros que los legionarios. Panceta es lo más lejano a un tipo duro que hay… yo, al menos, tengo espaldas anchas… pero él… en fin. Lo iba a pasar muy mal.

Había que quemar Roma, o en su defecto, nuestro pueblo. Así que el último fin de semana antes de que se presentara en el cuartel, salimos a celebrar la despedida. Sólo tíos… y a beber. Fuimos a nuestro bar, a nuestro sitio en la barra, a nuestro rincón. Ese bar era la sede de la pandilla y pagábamos menos de la mitad de las consumiciones que tomábamos. Había muy buen rollo con las camareras y con el dueño y siempre estábamos allí metidos.

Empezamos a beber y empezamos fuerte: unos tequilas. Unos tequilas con toda la parafernalia propia de los tequilas: lametón en el dorso de la mano, sal, el chupito de un trago y limón, para quietar el sabor amargo. Y brindis va, brindis viene… “Por panceta”, “Por las Bripac”, “Por la madre que nos parió”… lo malo que tienen los tequilas es que son una bomba de relojería programada para explotar a los 15 minutos exactos. Tú te tomas el primero y va directo al estómago. Unas risas con el que se ha atragantado, pedir más limón, etc… y a los cinco minutos te tomas el segundo. Más risas, más limón… y te tomas el tercero… en ese momento entra el alcohol en sangre del primer tequila y llega al cerebro.

Te pones en estado puntillo incipiente.

Te tomas el cuarto tequila de la noche… el más divertido de todos, y entra en acción el segundo que te tomaste, un cuarto de hora antes. Lo sientes como un subidón desde el estómago, y la cara te enrojece.

Entras en fase de Puntillo.

Más risas y más limón. Hace dos tequilas que te tenías que haber parado… de haber sido responsable. Pero ya es demasiado tarde, porque engulles el quinto chupito… justo en el momento de estallar el tercer tequila en tu cerebro y es cuando pierdes el control por completo. Ya no hay vuelta atrás.

Estás borracho.

A los tequilas siguieron otros combinados. Vodca con limón, porque yo tomaba vodca por aquella época. Y un cacharro tras otro. Habíamos perdido la noción del tiempo y del espacio. Sólo había caras difícilmente reconocibles y un vaso misteriosamente siempre lleno.

Recuerdo los dos últimos pensamientos conscientes de la noche. El primero, cuando mi amigo Amadeus se caía hacia atrás inconsciente al terminar su cubata. Fue algo así como: “Joder, qué mal va este”. Y el segundo, justo en el momento de apurar de un trago todo mi cubata recién puesto: “Joder, qué mal voy”.

Me desperté en la cama. En mi cama. Y no, no había una mujer a mi lado. Ni mujer, ni animal ni cosa. Solo. Es más, tampoco estaba en pelotas, sino todo lo contrario… tenía el pijama puesto. Empecé a ponerme nervioso… yo no duermo nunca con pijama. Me devané los sesos intentando recordar lo ocurrido durante la noche… pero no había recuerdos de ningún tipo. Solo un gran vacío en blanco entre el momento de apurar el cubata de un trago y el despertarme… no sabía qué había pasado, cómo había llegado hasta allí y lo que es peor, quien me había puesto el pijama. Y la gran incógnita: No sabía si mis padres se habían enterado.

Una conversación al otro lado de la puerta me resolvió alguna de las dudas.

– ¿Se ha despertado Baco ya? – Dijo mi padre
– No, todavía no. – Respondió mi madre.

Baco, el dios del vino… había pocas dudas ya. Mis padres se habían enterado.

Lo que ocurrió fue lo siguiente (yo no lo recuerdo, pero he montado la historia en base a los testimonios de testigos de los hechos). Tras perder el conocimiento Amadeus, y seguirle yo mismo, cayeron Panceta y, en menor medida, Bob el silencioso. Los del bar pidieron ayuda para sacarnos de allí a unos conocidos, que nos dejaron en el parquecillo de al lado del bar. Pidieron ayuda a las chicas de nuestra pandilla, que pululaban por allí. Ellas no supieron que hacer con nosotros… tipos grandes y borrachos. Se dieron algunas escenas un poco engorrosas para el que está escribiendo la historia (pero para que os hagáis una idea estaba implicada la chica que me gustaba por aquel entonces… al menos una de sus piernas, y yo aferrado a ella en el suelo del parque).

Decidieron llevarnos a urgencias.

Allí pasó lo que tenía que pasar… no nos pusieron la inyección porque no estábamos en coma, pero llamaron a nuestros padres, que casi era peor. Y fueron desfilando uno a uno por allí. Los padres de Panceta se cabrearon mucho, sobre todo porque él había perdido las gafas. El mío no le dio mayor importancia y entró divertido en el centro de salud. Los padres de Amadeus montaron una escena (de la que su hijo, con una mancha oscura muy sospechosa en el pantalón no se enteró). El único que se libró fue Bob el silencioso… el más delgado de todos y el que más y mejor aguantaba el alcohol… ¿Quién lo habría dicho?

A mí me llevaron a casa y mi hermano ayudó a mi madre a ponerme el pijama. El resto es historia. Mis padres no me dijeron nada. No hubo bronca ni charla ni nada de nada. Simplemente me dijeron que intentara no volver a hacerlo. Eso sí: Mi padre estuvo bastante tiempo con la bromita de “¿Tendré que ir a buscarte hoy?” cada vez que salía…

La bronca me la echó la madre de Panceta. Una monumental bronca, como si el culpable de que él se fuera a Murcia fuera mía. Y no, yo no le puse una pistola en el pecho para que bebiera… al final la sangre no llegó al río.

Lo curioso es que durante algunos meses, había gente que me saludaba por la calle y, en ocasiones, me miraban y se reían…

Read Full Post »

O, al menos, eso dice el dicho castellano. Siguiendo con la historia que dejé en el aire ayer, tenemos a los cuatro personajes de la escena situados en el sofá. Algodón tumbada, jugueteando con su pie en mi entrepierna, y los dos elementos de mi imaginación, el Angelote y el Diablillo, mirándome fijamente esperando una decisión. Expectantes. Intentando encontrar una solución satisfactoria para todas las partes (especialmente las mías), mi cerebro funcionaba a mil por hora (compensando la preocupante falta de sangre con la optimización de la red neuronal). Por fin llegué a una conclusión.

– Algodón… me tengo que ir. – Y me puse de pie.
-Es muy tarde… quédate a dormir.
-Creo que lo mejor es que me marche. De verdad.

Ella se puso de pie y me acompaño a la puerta. En la entrada me abrazó muy fuerte, y me dio un beso en el cuello.

– Pudo haber estado bien. – Me dijo al oído.

A medida que caminaba en dirección a mi casa empecé a cabrearme conmigo mismo. O sea… Podría habérmela tirado y luego… luego si te he visto no me acuerdo. O, mejor: “Yo creía que era nada más que un rollo…”, “Lo siento… me he confundido”. Había mil frases que decir “después”. ¿Por qué tenía que hacer caso al mierda del Angelote? Maldita conciencia…

Al día siguiente llegó Morcillita de vacaciones, morena y guapa. Y, como no podía ser de otra manera, me notó raro, especialmente serio. Me preguntó y se lo conté. Yo no tenía secretos para ella (no es que ahora los tenga, pero ya no tenemos la misma relación que antes y no tengo por qué contarle todo). Según ella, hice lo correcto. Pero eso no ayudó a que me sintiera mejor conmigo mismo.

Como el que no quiere la cosa nos plantamos en diciembre, en pleno puente de la constitución (y cumpleaños de mi abuela). Estaba con Panceta en el bar a eso de las tres de la mañana, bebiéndonos unas cervezas y hablando de tonterías. Y apareció Algodón otra vez. Nos habíamos visto más veces desde lo ocurrido en su casa, pero no lo habíamos comentado. Simplemente ocurrió, pero ninguno de los dos le dimos mayor importancia. Supongo.

Se nos acercó, se pidió otra cerveza y se unió a la conversación. Echamos unas risas durante un buen rato, hasta que cerraron el bar. Panceta se fue para su casa y nosotros, que vivíamos más o menos en la misma dirección, nos fuimos juntos. Seguíamos hablando de alguna cosa sin sentido, cuando llegamos al portal de su casa. Me despedí de ella:

– Bueno, pues ya nos vemmmmm….

De pronto tenía en mi boca el doble de lenguas de las habituales. Algodón me estaba besando, agarrada a mi cuello. Sabía a tabaco y olía a coco y cuero. Durante unas cuantas centésimas de segundo intenté resistirme… el tiempo justo que tardó el diablillo en acuchillar repetidas veces al angelote, para que no dijera nada. Con el último aliento, el Angelote me obligó a decir:

– Esto es sólo un rollo, ¿No?
-Claro.

Así que todo estaba bien ya, El Angelote se podía morir tranquilamente. Pasamos el fin de semana en su casa, recuperando la escena del sofá, pero esta vez sin peli porno de fondo. Puedo decir que fue un buen fin de semana.

El problema fue el lunes.

A las nueve de la mañana, el teléfono empezó a sonar. Por supuesto, era Algodón.

– ¿Si?
-Hola.
-Hola. Oye… ¿Qué pasa?
-No, nada. ¿Qué tal estás?
-Pues bien, aquí, un poco liado…
-Bueno. Te dejo. Luego te llamo.
-Vale. Adiós, adiós.

A las diez se repitió la escena, más o menos igual.

A las doce no le cogí el teléfono.

A las tres, a la que salía del trabajo (tiempos aquellos en los que sólo trabajaba hasta las tres) volvió a sonar el móvil.

– Hola.
-Hola… te he llamado antes.
-Ya… es que estaba en una reunión.
-¿Qué haces?
-Nada, ya me iba para casa…
-Yo también. Si quieres vamos juntos – resulta que ella trabajaba muy cerca de donde yo trabajaba por aquel entonces, y ella lo sabía.
-Bueno… – A ver, ¿Qué podía decir?

Fuimos juntos, claro. Por la tarde quería quedar, pero me busqué una excusa convincente. Pero no logré zafarme para ir juntos por la mañana a trabajar. La verdad es que estaba muy incómodo con la nueva situación. Sobre todo porque me sentía mal por ella. Estaba pasando justo lo que no quería que pasara. Y, lo peor, era sentir la mirada acusadora del Angelote clavada en mi cogote todo el santo día. Tenía que hablar con ella, y cuanto antes fuese, mejor.

El momento elegido fue el martes por la tarde, delante de un café, y fue algo muy parecido a esto:

– Algodón… no puedes llamarme tanto… – Se trataba de empezar por algo básico y luego ir profundizando poco a poco en la idea.
-¿Por qué?
-Mujer… estoy en el trabajo, y no puedo andar hablando todo el rato… se supone que me pagan por hacer cosas productivas…
-Bueno… no te llamaré durante la mañana…
-En realidad… tampoco es buena idea que me llames por las tardes… me siento un poco… no sé… agobiado.
-¿Agobiado?
-Si… se suponía que lo que pasó era nada más que un rollo de fin de semana. Sexo, que fue muy bueno y divertido, pero sólo eso. Nada más… y ahora me siento como si fuéramos algo más…
-Es que yo quiero algo más.
-Pero no puede ser. Ya sabes lo que siento por Morcillita… te estaría engañando.
-¡Pero ella no te quiere! – Lágrimas asomando por sus ojos. Situación de peligro inminente.
-Puede ser… pero yo a ella sí… y mientras la quiera a ella, no puedo querer a otra. No puedo salir contigo. – Se puso a llorar, en silencio – Lo siento.

Estuvimos un rato más, hasta que se tranquilizó. Y nos despedimos. Pasaron algunas semanas en las que no nos vimos, un fin de año un poco extraño, y el comienzo del fin con Morcillita. Cuando nos volvimos a ver ella estaba bastante normal.

Nunca volvimos a hablar de lo sucedido.

Read Full Post »

Pues eso, que estoy un pelín desanimado… melancólico. Es que el escribir la historia de Morcillita ha revivido unos recuerdos, unos sentimientos que tenía bastante enterrados en lo más profundo de mi mente. No porque yo los hubiera puesto ahí, no… creo que los recuerdos son como los estratos de sedimentos que se estudian en geología… nuevos recuerdos y sentimientos van sepultando a los antiguos, que se van enterrando más y más en la mente… y el escribirlo ha sido como si Juan Luís Arsuaga (el director del proyecto Atapuerca) se hubiera dedicado a hacer una excavación arqueológica en mi cabeza…

Luego llegó Bloody con su post “Things to do before I die”. Y su frase demoledora: “Nadie debería morirse sin saber que alguien, al menos una persona, se ha enamorado de ti. Que a alguien le duele tu ausencia de un modo casi físico. Que alguien te echaría de menos si faltaras de repente. Que alguien guardará tus besos como si de un tesoro se tratase. Así mismo, nadie debería morirse sin sentir todo esto por otra persona.

Bonito, es un rato… podría ser perfectamente el subtítulo para una película romanticona, de esas que no te dejan comer palomitas por el nudo en la garganta. Y se quedaría en sólo eso si no fuera por la trayectoria de uno en la vida… joder, como que machaca… sobre todo estando un poco bajo de defensas emocionales. Porque no tengo constancia de que a nadie le duela mi ausencia de un modo casi físico, o que alguien haya puesto a plazo fijo mis besos en el banco de los recuerdos… en fin.

Llamé a Morcillita y hablamos un rato. No de esto, por supuesto, ni nada en concreto. Sé que ella me echaría de menos si faltase de repente. Igual que Lentillas, seguramente. Aunque no creo que Bloody estuviera pensando en ese tipo de “Echar de menos” al escribir su post. Es lo que tiene el blog de Bloody, que hace pensar…

El sábado quedé con Huracán. Con Huracán y con medio centenar o más de personas… O sea, no quedamos ella y yo solos, sino que ella vino a unas cañas que se fueron de madre (por la cantidad de gente que vino). Estaba Almanzor, Lentillas, Ironmán… incluso Panceta y su chica (esto es realmente muy raro, ojo, porque hacía varios lustros que no salían). Supongo que los llamó Bob el silencioso, otro de mis amigos de siempre. El caso es que no estuve lo que se dice demasiado animado. Participé en las charlas y eso, pero más bien apagado. Me fui pronto a la cama.

Sé que debería haber cogido a Huracán por la cintura, haberle propinado un beso y haberle dicho “Los intereses que te den por el beso, los inviertes en la bolsa”, frase que no habría entendido, pero que desde luego le habría sorprendido… pero estando de bajón es mejor no intentar nada audaz.

El domingo lo pasé tirado lastimosamente en el sofá, viendo la tele y dormitando apartes iguales. El ordenador estaba encendido y el Word abierto, pero no me sentía muy animado de escribir. Eso sí, debí de dar una imagen tan lastimosa y patética el sábado que, tanto Lentillas como Huracán me llamaron para saber si estaba bien…

Esto me animó un poco… y hoy estoy mejor.

Read Full Post »

Aquí va la segunda parte de la historia de Morcillita.

Nuestra relación fue complicándose un poco con el paso de los meses. Además de Morcillita y yo, aparecieron en escena nuestros respectivos padres, mi amigo Panceta y la novia de Panceta. Y ya tenemos los ingredientes para un culebrón. Mis padres estaban encantados con la idea de que Morcillita fuera su nueva nuera, e intentaban por todos los medios forzar la situación. Los padres de Panceta y de Morcillita no veían con buenos ojos a la novia de Panceta, pero también estaban encantados con la idea de tenerme como yerno. Morcillita y la Novia de Panceta, más concretamente, no se podían ver y se atacaban con pullitas en cada encuentro. Y la novia de Panceta malinterpretó unas cuantas bromas mías como ataques contra ella, dirigidos en la sombra por Morcillita. Así que se armó el conflicto. Las víctimas: Panceta y yo… y más concretamente, nuestra amistad. No es que hayamos dejado de ser amigos, ni mucho menos, pero ya no es lo mismo que antes.

En fin, que entre tanto lío, el tiempo pasó y un día se obró el milagro. Morcillita y yo nos hicimos pareja. Ocurrió una noche estrellada, después de una larga conversación en lo alto del mirador del parque. En un momento nos quedamos los dos en silencio, mirándonos a los ojos. Y sin mediar palabra, nos besamos… quizá fue la primera vez en mi vida que no dije nada (lo que me da que pensar que a veces debería mantener la boca cerrada).

Fueron los meses más felices que recuerdo. De esa época viene el nombre de Morcillita: yo la llamaba así en la intimidad, porque una vez se puso una cosa en la cabeza como gorra y le dije “pareces una morcillita”. Y le hizo gracia. Ella también me llamaba de una manera especial… aunque eso quedará en el más estricto secreto (sólo lo sabemos ella, yo… y Paco, y yo no lo voy a decir). En fin, que fui muy feliz en esa época… Y eso, quizá, sea lo que hizo más doloroso lo que pasó después. Porque lo que yo creía que sería algo para siempre, terminó. Y terminó como pasa en las películas: llamada de teléfono y un “tenemos que hablar”. Y el tenemos que hablar significaba que ella tenía que hablar y yo escuchar cuanto tenía que decir… que venía a ser más o menos, que se había confundido, que me quería un montón, pero más como amigo, como hermano, que como amante. Yo no lo vi venir y me pilló de sorpresa. Quizá haya sido la primera vez que he llorado delante de una mujer (se entiende que me refiero a una mujer que no sea mi madre ni esa ATS demoníaca que me cosió una brecha en la cabeza cuando tenía 10 años). Y lloramos los dos, abrazados, durante un montón de rato. Ella acordó que no deberíamos vernos en una larga temporada.

Para ella, una larga temporada vino a ser una semana. O, al menos, ese fue el tiempo que pasó hasta que volvió a llamarme de nuevo. Me echaba mucho de menos y necesitaba verme… y, en lugar de ser fuerte y negarme, accedí. Y ese quizá haya sido el mayor error que he cometido nunca. Estuve pagándolo casi dos años. Porque nos volvimos a ver y casi todo volvió a la normalidad. Y digo casi todo, porque ya no hacíamos lo que hacen las parejas en la intimidad. Vamos, que se terminaron los besos, las cricias y las pedorretas en la barriga… pero seguimos haciendo todo lo otro: ir al cine, tomar café, irnos de compras (y ella era adicta a las compras), visitar a la familia (sí amigos, yo iba a ver a mis ex suegros). Pero como buen capullo que soy, pensaba que si había cambiado de idea una vez ¿Quién me decía a mí que no cambiaría más veces de idea?

Así que aguanté… seis meses. Seis meses fue el tiempo que tardó en aparecer alguien que le hiciera el tilín que yo no le hacía. Y fue un antiguo novio, diez años mayor que yo, el que reapareció en su vida. Misteriosamente dejamos de vernos y yo, que no soy tonto, me olía algo. Ella tardó tres meses en encontrar el valor de decírmelo. Tardó otros tres meses en irse a vivir con él y apenas dos meses más en quedarse embarazada. De esto último me enteré por la prensa, porque Morcillita, temerosa de hacerme más daño todavía, no encontró el momento de decirme que estaba embarazada. Tampoco encontró el momento para que nos viéramos o de responder a mis llamadas. En este caso la prensa fue mi madre, y su informador, mi ex suegra.

Total, que me encontraba muy deprimido, lastimoso y llorón. Una pena de hombre, apenas una sombra de mí mismo. Fueron unos meses terribles en los que me costaba encontrarle el lado positivo a la vida y en la que escribí, como un cabrón, las prosas más tristes que he escrito nunca (prosas que perdí, por suerte, en un error de disco de mi ordenador).

Toqué fondo el día que Morcillita y su chico daban una comida en su casa para la pandilla. Yo estaba incluido aunque nadie pensó que fuera a ir. Pero fui. Y la vi embarazada de 7 meses, feliz con su novio y en una casa impresionante, con piscina y todo. Entendí que ella necesitaba una seguridad que yo no le podía ofrecer en aquel momento.

La pequeñaja nació y fui a verla (algo que casi necesitaría un capítulo entero y que quizá haga, viendo la inactividad de Huracán estos días). Poco tiempo después volvió a quedarse embarazada y nació un segundo bebé. Morcillita se casó por fin (aunque no asistí, porque fue sólo para la familia directa) y todo pasó, más o menos a una velocidad endiablada. En la actualidad Morcillita y yo seguimos viéndonos regularmente, para desayunar. Una vez al mes, más o menos. Está impresionantemente guapa y sigue con su tipazo escultural (como si los hijos fueran de otra). Le hago regalos a sus pequeñajos de vez en cuando y, por alguna extraña razón, no he vuelto a ver a su marido.

Y esto es todo lo que puedo decir de Morcillita…

Read Full Post »

Continuando con el capítulo de ayer, por así decirlo los comienzos del Señor Capullo, hoy os contaré la historia de Morcillita (o parte de ella).

Morcillita entró en mi vida cuando yo era un jovenzuelo despreocupado de unos 16 o 17 años. Por aquella época una noche de juerga consistía en echar unos futbolines, beber un mini de cerveza y pasarse el resto de la noche en un banco del parque comentando la jugada (y calculando la talla de sujetador de las compañeras del instituto). Y a las 10 a casa. Y a esa hora, más o menos, estaba yo en el portal de mi muy mejor amigo Panceta, el que unos años después me presentó a su compañero de facultad del capítulo de ayer. Por cierto, el mote real de Panceta es mucho más molón, pero es muy conocido y, por exigencias del anonimato, se queda con Panceta. Hablábamos de algo intrascendente (seguramente seguiríamos con el tema de los sujetadores, un tema en el que, por cierto, me he vuelto un experto) cuando, de pronto, la luz amarillenta de una triste bombilla iluminó el portal y, bajando por las escaleras descendía como una aparición la cosa más bonita que hubiera visto jamás en el mundo (que con 16 años no es algo difícil).

Media melena rubia (luego supe que de bote), alta, enormes ojos marrones y un tipo de modelo profesional supercotizada… llevaba un top blanco con el ombligo al aire, una camiseta de cuadros abierta por delante y unos simples pantalones vaqueros (maldita moda de los 80). Pero estaba tan radiante y hermosa que, este pobre capullo, no pudo cerrar la boca durante todo el rato. Y fue un rato largo, porque Morcillita era la hermana mayor de Panceta. Un año y medio mayor que yo, pero ya había dado el cambio de niña a mujer… y qué mujer!. Nos invitó a una fiesta en una discoteca, pero Panceta dijo que pasaba de ir… y yo dije algo así como “aaaahhhhh”, que era un “te quiero” en toda regla, pero en el idioma de los Wukies.

Morcillita reapareció unos años, muchos, más tarde. Habíamos organizado un viaje de Semana Santa a Cantabria y Panceta se trajo a su hermana. Sólo que, además, vino un tal Calvo Cabrón que hacía las veces de novio. Para que os hagáis una idea temporal del asunto, yo por aquella época estaba en las primeras fases de quedar con Cometa para comer, así que ya tenía en la cabeza muchas cosas en las que pensar.

El Calvo Cabrón se marchó al tercer día a hacer no sé qué en casa de un amigo, y sorprendí a Morcillita llorando en una habitación. No pregunté qué pasaba, pero yo, que no soporto ver llorar a una mujer, me dediqué el resto del tiempo a animarla con mis tonterías. Además de ser una mujer preciosa, tiene un fino sentido del humor (a las pruebas me remito: se reía con mis chistes) y yo ya tenía, por aquella época, muchas historias que contar. Así que las siguientes lágrimas que soltó ese fin de semana fueron de tanto reírse.

El Calvo Cabrón era su jefe. Además, ya tenía novia e, incluso, planes de boda… pero lo típico, que si la otra no le entendía, que si contigo estoy mejor, que si de verdad que la voy a dejar, pero no encuentro el momento… y mientras tanto, a pasárselo bien. Bueno, eso él, porque ella estaba en una continua montaña rusa. Y esto me lo fue contando poco a poco cada vez que nos veíamos. Cosa que empezó a ser muy normal, ya que Morcillita fue adoptada por mi grupo de amigos. Ella me contaba esto y yo le hablaba de mis dudas morales sobre lo que estaba pasando con Cometa. Así que montamos una relación completamente de amistad basada en nuestras penas comunes. Y no había nada más.

Ella estuvo a mi lado durante los peores momentos con Cometa. Y yo estuve durante el peor momento con el Calvo Cabrón. En realidad hubo varios peores momentos con el Calvo Cabrón… porque la dejó varias veces y otras tantas volvieron. Y, entre tanto, nos fuimos de vacaciones de verano. Fue un verano magnífico en el que el único nubarrón fue la aparición del Calvo Cabrón la última semana, de improviso. Pero como estaban permanentemente en contacto por el móvil, supongo que ella sabía que vendría. Para mí fue un momento tenso porque, al conocer toda la historia, no podía dirigirle la palabra sin demostrar todo mi desprecio. Cuando hablaba con él, no usaba ni una sola mayúscula. Que se jodiera…

¿Cuándo me enamoré de Morcillita? No sabría decirlo, pero lo cierto es que pasó. Ya sabéis, el roce, que hace el cariño (y, en ocasiones, ampollas). Y, en cuanto fui consciente de que no podía pensar en otra cosa que no fuera ella, se lo dije. Con dos cojones. Bueno, con dos cojones y un montón de tartamudeo. Y un tembleque de piernas que para qué contar. Y con más miedo que vergüenza. Y sudor en las manos. Yo no las tenía todas conmigo. Y así pasó… “No es el mejor momento… está demasiado reciente lo del Calvo Cabrón”. Lo normal en estos casos.

Pero seguimos viéndonos… principalmente porque ella fue muy clara cuando hablamos un poco más tranquilamente un par de días después de mi declaración: “No te he dicho que no podamos ser novios. Lo que digo es que todavía está muy reciente lo del calvo”. No era un no rotundo. Era un quizá con matices. Un si acaso. Y aguanté el envite. Y seguí en la misma línea de trabajo.

Mañana la continuación

Read Full Post »