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avatar.
(Del fr. avatar, y este del sánscr. avatâra, descenso o encarnación de un dios).
1. m. Fase, cambio, vicisitud. U. m. en pl.
2. m. En la religión hindú, encarnación terrestre de alguna deidad, en especial Visnú.
3. m. Reencarnación, transformación.
4. m. Última película de James Cameron.

Generalmente el día de Navidad suele ser el día del sofá y siesta, o más bien, el día de digestión pesada, sofá y siesta. Máxime si el día de Nochebuena salgo después de la cena y bebo un poco más de la cuenta. Pero no este día de Navidad. Este día de Navidad he quedado con Heidi.

Está otra vez en Madrid, aunque convaleciente de una pequeña operación de rodilla, y quería verme. Me propuso ir al cine, una de las pocas actividades que su operación le permite hacer hoy en día. E iríamos los dos. Sólo los dos. Así que me lo tomé como un pequeño paso adelante en lo que sea que tengamos. Al menos era pasar de la fría pantalla del Messenger al cara a cara… y eso, a poco, es bueno.

Iríamos a un cine cercano a su casa, para que no anduviera demasiado y había pocas opciones. Aún así le dije que eligiera la que más quisiera y ella eligió pensando en lo que a mí me podía gustar. Eligió la película Avatar. Alienígenas, explosiones, naves espaciales… sí, podemos decir que lo prefería a la última de Meryl Strip (reconozco que me la jugué… pero es que me gusta el peligro).

Quedamos a las nueve en la puerta de su casa y yo, que soy así de chulo, me presenté una hora antes. No es que sea un cagaprisas o un ansioso. Supuse que habría cola en el cine y, para evitar que ella estuviera de pie más de lo recomendable, mi idea era hacer esa cola en solitario y comprar las entradas, para luego esperar tomando algo, bien sentaditos, en una cafetería o similar.

Por suerte no había mucha gente y pude comprar unas buenas entradas.

Cuando por fin apareció en el portal la vi tremendamente guapa. Y eso que el pesado abrigo prácticamente la ocultaba del todo. El mismo abrigo de siempre. Claro que, curiosamente, a Heidi sólo la he visto en invierno. A pesar de la reciente operación no llevaba muleta y no parecía cojear demasiado. Y se la veía sonriente. Como no podía ser de otra manera, empezó a llover copiosamente y nos metimos en una cafetería a medio camino entre su casa y el cine. Y empezamos a hablar. Estábamos tan a gusto que casi no llegamos a tiempo al comienzo de la película, y eso que contábamos con una hora de margen. De hecho, llegamos justo cuando empezaba y estaba toda la sala a oscuras.

Aprovechando el artículo, también haré una pequeña crítica cinematográfica sobre Avatar.

La película es correcta. Tiene ritmo, tiene espectacularidad y tiene muchos y muy buenos efectos visuales. Pero le falta algo, a mi entender, para ser la siguiente y muy esperada película de James Cameron después de 15 años desde Titanic: le falta originalidad. O sea, la historia que cuenta es más o menos la misma que se cuenta en otras películas. Me ha perecido un poco la misma historia que El último Samurai, Bailando con lobos y Pocahontas… pero todo junto. Así que es un poco previsible. En realidad es tan correcta en su estructura que resulta muy previsible: todo pasa cuando tiene que pasar y como tiene que pasar. Pero, pese a todo, el ritmo es tan bueno y las escenas de acción son tan espectaculares que, en fin, se pasan las dos horas y cuarenta minutos bastante rápido. Y los personajes digitales son sencillamente perfectos. Y eso bien puede valer una entrada de cine… y más si es en buena compañía.

Fin de la crítica.

Al salir del cine no había nada abierto. Y estaba lloviendo, o como dicen en el norte, estaba jarreando. Así que ella sacó su paraguas del bolso y me hizo un sitio debajo. Como era muy pequeño, pasé mi brazo por sus hombros y nos pegamos mucho el uno al otro. Subimos la calle hasta que llegamos al portal de su casa y allí fue donde se produjo la escena de la despedida. Comentamos algo de la película hasta que ella cambió radicalmente la dirección de la conversación:

– ¿Te puedo preguntar una cosa?
– Claro… pero que sepas que soy ateo…
– ¿Sigues… sigues pensando lo mismo sobre… mí… o ya no? ay… es que no sé muy bien cómo preguntarlo…
– ¿La pregunta es si me sigues gustando?
– En fin, tú eres más directo. Sí.
– Bueno… es evidente que no te han salido pústulas en la cara, así que… supongo que la respuesta es sí… aunque si la pregunta es si estoy loco por ti…
– Ni se me ocurriría siquiera pensarlo…
– Nuestra relación es un poco curiosa. Nos hemos visto realmente muy poco y todo el contacto es por Internet. Y, bueno, la chica que está al otro lado de la pantalla, con la que hablo a menudo, me gusta. Eres divertida, inteligente… eres muy guapa. Así que, sí, tienes muchas papeletas de ser una chica que me guste.

Un par de segundos de silencio. Siempre hay un par de esos incómodos segundos de silencio cuando hay malas noticias después.

– A ver… se trata de que este año me enamoré hasta la médula de otra persona, y de que, lamentablemente para mí, sigo estándolo…
– En realidad es lamentable, pero para mí.

Ella ignoró convenientemente mi vano intento de rebajar la incomodidad de escuchar que la tía que me gusta está enamorada de otro. Aunque yo ya lo sabía, claro.

– En septiembre, cuando te vi en el concierto, me di cuenta de que me alegraba mucho de verte. De que te tengo mucho cariño. Me pareces un niño estupendo y me río mucho contigo.
– Espera… eh… ¿un niño? ¿Me tienes cariño? o sea… ¿Te va el rollo madre?
– ¿Tú te crees que me despiertas el instinto maternal?
– No, no… es sólo que te ha faltado decirme que soy entrañable…
– Tonto… ya sabes a qué me refiero…
– Lo sé, lo sé. Pero también sé que soy muy buen tío y que te vendría bien salir conmigo. Aunque supongo que eso me descarta casi inmediatamente como posible novio. En realidad eso me descarta para la mayoría de las mujeres. Están de moda los tíos malotes.
– A mí no me van malotes en absoluto…
– Entonces tengo que descambiar la chupa de cuero que me he comprado…

Ahora sí conseguí que se riera.

– Lo malo es lo del tatuaje que me he hecho en la espalda…
– Para…
– Vale. Pero no sé muy bien cómo interpretar que me tienes cariño.
– Pues eso, que te tengo cariño.
– Pero cariño en plan… yo también te quiero, pero sólo como amigo. O en plan… bravo muchacho, sigue así y tendremos una bonita historia que contarle a nuestros nietos…

Otro par de segundos de silencio.

– Pues no lo sé… ahora mismo no pienso en nada así… lo siento.
– No tienes por qué sentirlo…
– A mí me gusta siempre la sinceridad, no soporto las mentiras, y procuro ser sincera siempre… te tengo un cariño muy grande, y de los de verdad. Pero me siento mal.
– ¿Por qué?
– Porque si me dieras igual no me costaría decirte las cosas así, pero no es el caso, y como sí me importas, pues me siento mal…
– Pues no te sientas mal. Ahora las cartas están sobre la mesa. Y, siendo sinceros, así tengo más posibilidades de que te enamores de mí. Soy francamente bueno en eso.
– ¿Por qué?
– Si te lo digo perderé el efecto sorpresa, ¿no te parece?

Volvió a reírse.

– Buena respuesta.
– Necesito algo de tiempo para que descubras al verdadero Sr K. Y, sobre todo, necesito algo de tiempo para que termines tu trabajo en Alemania y vuelvas a España permanentemente… creo que valdrá la pena esperar.

Sonrió. Y para concluir la conversación añadió:

– Mañana me ha dicho Risueña de hacer algo…
– Sí… a mí también me lo dijo.
– Entonces nos vemos mañana… ¿No?
– Claro…
– Hasta mañana – Y me dio dos besos.

Hoy ya es mañana. Casi es pasado mañana. No sé lo que haremos, pero… lo cierto es que la volveré a ver en unas horas. Heidi me gusta de verdad pero creo que en realidad no sé cómo están las cosas y si tengo posibilidades reales. Ni siquiera sé si debo de seguir picando piedra…

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Técnicamente yo era un hombre libre. Morcillita me había dejado y ya no éramos una pareja. Bueno, en la práctica no lo éramos, aunque en teoría… bueno, seguíamos viéndonos y yo mantenía mis esperanzas de recuperarla casi intactas. Para mantenerme ocupado y no pensar demasiado, acepté un trabajo que me habían ofrecido para mis ratos libres, ajeno a mi trabajo normal, un jugoso negocio en el que yo era socio de un Marqués, varias veces Grande de España, y una participación de un 10% de los ingresos. Sólo tenía que asesorar tecnológicamente la aventura y participar en reuniones. Al final la cosa quedó en que perdí un verano y el “Grande” me escatimó cinco millones de las antiguas pesetas.

Morcillita se quedó conmigo durante casi todo ese tiempo, excepto la última semana de agosto. Se fue de camping con unos amigos suyos, entre los que se encontraba el que ahora es su marido y padre de sus hijos. El caso es que yo me quedé solo, aunque muy liado. Pero estaba acostumbrado a dar largos paseos por la noche en el parque con Morcillita comiéndonos un helado y charlando de la vida, que era básicamente mi único entretenimiento. Como siempre he sido muy independiente, seguí dándome esos paseos yo solo. Era más aburrido, pero descansaba de tanto ordenador y tanto teléfono.

En uno de esos paseos solitarios me encontré con Algodón.

Algodón era una vieja amiga. En realidad era una amiga de una amiga. Y no siempre la habíamos llamado Algodón. Cuando la conocí un año y pico antes, me pareció tonta. Pero no tonta en plan creída. No. Tonta de simple. Así que la llamábamos entre nosotros muchas cosas sinónimas de tonta. Pero a medida que la fui conociendo mejor, no es que dejara de ser simple, pero la fui cogiendo cariño. Y pasó a ser Algodón.

Ella siempre decía que yo era su amor platónico y que quería tener un novio como yo. Pero nunca me lo tomé en serio. Sí que es verdad que me daba unos abrazos enormes, me estrujaba entre sus grandes pechos (lucía sin problema unos escotes vertiginosos), y a veces hasta besos en el cuello. Pero yo lo achacaba a que era muy cariñosa. Todas esas cosas terminaron cuando empecé a salir con Morcillita. Dejamos de vernos tan a menudo como antes. Hasta que coincidimos esa noche en el parque.

Algo que nunca me gustó de Algodón era que tenía que explicarle los chistes. Su sentido del humor era muy básico, ella era de esa gente que se reía a carcajadas con el chiste de “mis tetas” o con los chistes de Jaimito, y seguramente tendría como el Rey del Humor a Arévalo haciendo de gangoso. Así que no me entendía casi nada de lo que decía. Pero dada mi situación en ese momento, solo y abandonado por la mujer que amaba, la compañía de Algodón era reconfortante. Y fuimos quedando cada noche para pasear y charlar en el parque.

El viernes previo a que volviera Morcillita de Cantabria, Algodón me llamó por la tarde y me dijo que si cambiábamos de plan. En lugar de ir al parque, me invitaba a cenar en su casa viendo una película. No me pareció un mal plan y acepté. A fin de cuentas no tenía nada mejor que hacer.

La velada comenzó con un pase particular de modelos. Algodón había renovado el vestuario y se empeñó en enseñármelo todo puesto. Pantalones, alguna falda, un top muy ceñido, camisas… en fin, a mí me pareció la tienda entera. Pero no dije nada, porque parecía que a ella le hacía ilusión.

Por fin terminó y dimos comienzo a la sesión de cine. Ella también se había encargado de alquilar la película. Título: Más que amigos. Una comedia romántica entre una ejecutiva, un rabino y un sacerdote católico… no es que me sintiera identificado con ninguno de ellos, pero… ¿Más que amigos? ¿Era una indirecta o es que yo estaba suspicaz? ¿Acaso quería decirme algo? Lo que resultó indudable fue que la película era un bodrio y no me dormí de pura vergüenza. Durante la película ella se fue tumbando en el sofá a mi lado hasta que, al final, tenía sus pies apoyados en mis piernas. No le di mayor importancia, a fin de cuentas estábamos en su casa y el sofá no era demasiado grande.

Por fin terminó la película y dimos comienzo a una charla tranquila. Ella seguía tumbada, con sus pequeños pies de uñas pintadas apoyados en mis piernas, y me comentaba lo alocada que había sido su vida los últimos meses. Había tenido tres novios en dos meses, a cada cual más raro.

– Necesito sentar la cabeza… necesito a alguien a mi lado que sea sensato… cariñoso… inteligente… necesito a alguien… como tú, Sr K.

Obviamente me quedé a cuadros. Había estado preparando el terreno pero no me esperaba un ataque tan frontal. Independientemente que todavía estuviera reciente lo de Morcillita, y de que siguiera colado por ella hasta las trancas, Algodón no tenía lo que a mí me gusta en las mujeres. Bueno, sí tenía unas tetas preciosas y, ejem, eso es algo que me gusta en las mujeres y, sí, era guapa de cara y con una boca diseñada para el pecado… pero…. No me imaginaba con ella… no sé si me explico. Así que decidí escurrir el bulto y no darme por enterado.

– Te pasaré el teléfono de un par de amigos que te pueden resultar interesantes.

El ataque siguió por otros frentes y yo fui esquivando los misiles con más o menos habilidad. Ella preparó el ataque definitivo. La tele seguía puesta aunque a un volumen muy bajo. Cogió el mando y me preguntó…

– ¿Te importa que cambie?
-No, adelante… estás en tu casa.
-Es que los viernes suelo ver el Plus.

¿El Plus? ¿Los viernes por la noche? ¿Pero si echan…?

La peli porno del Canal Plus. Un clásico.

En la tele, una rubia hacía complicados juegos bucales con el gran pene de un maromo hipervitaminado y supermineralizado. No parecía estar pasándolo mal, porque animaba a la rubia con frases cortas pero concisas “Así, sigue, sigue”. Yo debí de poner cara de tonto.

– ¿Te importa?
-No, que va. Yo también la veo a veces.- Y era verdad, sólo que yo no tenía decodificador y, tenía que guiñar los ojos un poco más.

Las posiciones habían cambiado, ahora era él el que ejecutaba complicados juegos linguales en el… esto… ¿Chocho? de ella, que gemía como si se fuera a morir. Los vecinos debían de pensar que Algodón y yo lo estábamos pasando en grande. Nosotros, por el contrario, seguimos viendo la película, aunque ahora guardando silencio. La situación tuvo dos variantes casi imperceptibles. Mi “amiguito” se empezó a animar, con tanto juego lingual, y ella movió lo justo su pie para que dejara de estar apoyado en mi pierna. Ahora estaba en pleno contacto con mi “amiguito”.

Como el que no quiere la cosa, moví su pie hasta su posición inicial. Y seguí viendo la película. Noté nuevamente el contacto de su pie. La miré y ella me miró.

– ¿A qué esperas? ¿No la ves ahí tirada, espatarrada? Tío, quiere que le des carne en barra… – Por supuesto, era mi yo malo, en forma de diablillo de afilados cuernos y rabo puntiagudo.
– No, no lo hagas. Ella quiere algo más que una noche de pasión… te lo ha dicho, quiere un novio que la centre… quiere una relación estable… y tú estás enamorado de Morcillita. – Era mi yo bueno, un amable querubín de rizos dorados y mofletes colorados.
– No hagas caso a ese mariquita… ¿No ves que tiene los pezones de punta? Esta quiere guerra, tío, ¡Quiere guerra…!
– No te dejes tentar por ese hijo del demonio. Tú no eres así. Es tu amiga. No te gustaría que te hicieran lo mismo. Vete, aléjate de ella.
– Tíratela, tíratela…
– Vete, es lo mejor…
– !Follar, follar!…
– Es tu amiga…

Ahora bien… ¿Qué hice?

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Llegó el momento de la cita. Me acicalé, me peiné y me vestí como para una boda (en realidad no tanto). Un poco de loción para después del afeitado… y mis mejores boxes (por si acaso). Y llegué al punto de reunión 15 minutos antes de la hora. La verdad es que, viendo a la gente que estaba entrando, yo era una especie de bicho raro. Para que os hagáis una idea: era el único con zapatos, por ejemplo. O con la camisa por dentro.

La Nueva llegó un poco tarde pero a tiempo de la proyección. Vestida con una falda y una camiseta de tirantes,un bolso con flecos debajo del brazo, y unas chanclas de cuero como único calzado. Dos besos y para dentro… que empezaba la película. Por lo visto un autobús con retraso era la causa de la impuntualidad. Daba igual. Nos metimos en la “sala de proyecciones” un par de minutos antes de que se apagaran las luces. A ojo de buen cubero habría en la sala una treintena escasa de personas, todos ya sentados en las incómodas sillas que hacían de butacas.

Ahora viene el momento crítico cinematográfico (haciendo la competencia al Señor Lluís): La película es muy dura. Habla de una niña que se queda viuda el mismo día de su boda y, por la ley Hindú, es recluida en un ashram, el asilo para viudas, donde le rapan la cabeza y malvive con lo que pueden mendigar. Además hay una historia de amor entre una de las viudas jóvenes (a la que las demás viudas permiten tener su hermosa melena, ya que la prostituyen un poco) y un abogado seguidor de Gandhi. Todo contado desde la óptica de la niña protagonista. En el apartado técnico, la fotografía es excelente y el ritmo narrativo engancha desde el primer momento. Destaca sobre todo el trabajo de la joven actriz por su naturalidad. Una película muy recomendable.

Todo el tiempo la película es en un Hindi muy pulcro e incomprensible para mí (y creo que para todos menos para el que preparaba las diapositivas, seguramente). Estaba subtitulado al castellano, así que me pasé las casi dos horas de película leyendo como un loco para seguir el argumento. Imposible hacer ningún comentario sin perderme algo importante.

La película terminó y encendieron las luces. Me dio el tiempo justo para ver dos lágrimas recorriendo las mejillas de La Nueva, antes de que se las quitara con la mano. Me miró y sonrió un poco. En 10 minutos empezaría la charla coloquio y las diapositivas. Ella estaba visiblemente emocionada con lo que había visto, así que casi no hablamos casi nada. Mis lágrimas eran por la silla… me estaba matando.

La charla duró otro par de horas. Vimos las diapositivas, creo que mil por lo menos, sobre los trabajos de acondicionamiento y mejora en una de esas residencias para viudas en la ciudad de Calcuta. Entre la incomodidad de la silla y las enormes ganas de aliviar la vejiga, la charla se me estaba haciendo eterna. Tenía la sensación de que le habían hecho una foto a cada uno de los clavos del tejado nuevo (momentos antes de clavarlo, y momentos después de clavarlo). Pero allí nadie se movía. Y yo no iba a ser menos. Así que puse cara de entender lo que me estaban contando (con breves asentimientos de cabeza, como si aprobara lo que estaba escuchando), y eché mano de toda mi fuerza de voluntad para aguantar el esfínter.

En el momento de las preguntas pude ir al servicio a aliviarme un poco. Y, tras media hora de charla más, a las 12 de la noche pasadas, se terminó el evento. En total casi cuatro horas de proyecciones, así que apenas pude hablar con La Nueva de nada.

A la salida le dije que tomáramos algo, pero ya era tarde. comentamos algún aspecto de la película brevemente y nos despedimos, no sin antes quedar en llamarnos antes del fin de semana.

Creo que la cita ha sido un desastre mayúsculo… habrá suerte si me llama… o si me coge el teléfono.

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