Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘policia’

Ayer, para pasar la tarde ocupado en algo, me fui a la piscina municipal, a hacerme unos cuantos largos, dispuesto a pensar en mis cosas, sin meterme con nadie. Desde que era un renacuajo me ha gustado nadar. Bueno, esto no es del todo cierto, de pequeño me obligaban mis padres (“Algo de deporte tendrá que hacer el niño”), como me obligaron a la gimnasia deportiva, al Judo, a la bici… pero tengo que reconocer que, con los años, le cogí el gusto a nadar. Y no se me daba mal, cuando aprendí el truquillo de respirar en el momento adecuado y, digamos, que estoy dotado de una capita de grasa subcutanea que me permite mantener bien la flotabilidad.

La piscina municipal no es muy grande, sólo tiene seis calles, una pequeña grada y una piscina más pequeña y poco profunda para los pequeñajos. Y estaba atestada de gente. A los que íbamos a nadar por libre nos asignaron las calles 1 y 2, las más cercanas a la cristalera y a la grada. Yo me metí en la calle 2, más hacia el interior, porque la 1 es la del bordillo y sólo los principiantes eligen esa calle, para poder agarrarse cuando las fuerzas fallan. Antes de meterme en el agua azul y con fuerte olor a cloro, eché un vistazo a ver quienes eran mis compañeros de chapuzón: Habría como seis u ocho personas en mi misma calle, dos de ellas mujeres. Me puse el gorro, las gafas, me eché agua en los hombros y, cuando hubo un hueco libre, mi tiré de cabeza al océano en chiquitito…

El caso es que, durante los siguientes 45 minutos, me hice 60 largos, la asombrosa cantidad de 1.500 metros, con todos sus correspondientes centímetros y milímetros. Lo que explica lo mucho que me duelen ahora los brazos, a la altura de los hombros, y la espalda. Pero es que, en cuanto entré en el agua, el cerebro desconectó todas las funciones no vitales (excepto la de contar largos, por supuesto) y me puse a pensar en posibilidades, sin fijarme en nada más.

Tal y como lo veo, mañana, cuando Huracán baje del autobús, habrá dos posibilidades:

La posibilidad optimista. Huracán se baja del autobús, me ve y, sin siquiera recoger la maleta del portaequipajes, corre a mi encuentro, yo la cojo en el aire (olvidando el dolor de brazos producto de la natación), y nos besamos mientras el mundo gira vertiginosamente a nuestro alrededor. Olvidamos los malos momentos vividos durante estos días y, bueno, el mundo vuelve a ser un lugar agradable y bonito donde vivir. Por supuesto, nos iremos a su casa (que está más cerca que la mía) a recuperar el tiempo perdido.

La posibilidad realista. Nada más verme me dice la famosa frase de “Tenemos que hablar” (una frase que, generalmente, viene seguida de un monólogo y, casi siempre, después me dejan). Y yo me quedo soltero otra vez en mitad del vestíbulo de la Estación de Autobuses.

La posibilidad sorpresa es que no aparezca.

Todo esto me dio tiempo a pensar mientras hacía largos como un loco, sin parar ni descansar (salvo por los momentos en los que alguien más lento me cortaba el ritmo).

Había terminado de nadar, y me encontraba apoyado en el bordillo jadeando por el esfuerzo. Me notaba dolorido, especialmente el hombro derecho (que todavía duele ahora), cuando noté que alguien me tocaba la espalda. Era una de las dos chicas que estaban en mi calle, que buscaba un hueco para impulsarse y seguir nadando. Estaba molestando, así que salí del agua y me senté en la grada, envuelto en la toalla. Uno de los chicos también salió del agua poco después y se sentó a mi lado. No le presté atención hasta que me hablo.

– ¿Te estás preparando una oposición? – Me dijo
– ¿Cómo?
– Si, una oposición… yo me estoy preparando para policía municipal. Es que para nacional no puedo, por el tatuaje. – Tenía un tatuaje en el hombro y otro en el antebrazo. Todavía no sabía a qué venía esta conversación. Me temo que el chico no sabía mi animadversión hacia la policía en este momento.
– No, no. No me estoy preparando nada. ¿Por qué lo preguntas?
– Porque ibas a toda leche… no he podido seguirte el ritmo.
– Es que me gusta nadar rápido.

En ese momento la chica de antes salió del agua. Se quitó el gorro y se removió el pelo negro y largo, y se vino en nuestra dirección. Estábamos justo al lado de su toalla. La cogió y se empezó a secar un poco, el cuerpo, ceñido en un bañador negro que dejaba entrever un muy buen tipo, y por sus piernas largas. Luego se envolvió en la toalla, se giró hacia nosotros, me sonrió y se despidió con la manita. Nunca la había visto anteriormente y, desde luego, no habíamos intercambiado ni dos palabras…

– Joder qué buena está esa – dijo el simulacro de policía municipal, sacándome de mis pensamientos. – Viene mucho por aquí. ¿Sabes lo que más me pone de ella?
– Pues la verdad es que no.
– Es sordomuda. Uff, como me pone.- Debí de poner cara de incredulidad. Así que el simulacro de policía municipal (que no Nacional) decidió seguir con la explicación – Si hombre… es sorda de nacimiento y por eso no sabe hablar…- Y pensé: “Y otros son retrasados de nacimiento y no se callan…”.
– Y yo que pensaba que era muda de nacimiento y por eso no sabía oír… ¡Qué cosas! – dije yo usando toda la ironía de la que fui capaz.

Lo peor es que me dio la chapa hasta dentro de la ducha… y yo me pregunto (con todos los respetos para el gremio de los policías, si es que alguno lee esto alguna vez) ¿Esta gente vela por nuestra seguridad?

Anuncios

Read Full Post »

Viendo el interés que ha despertado el tema y las enormes muestras de apoyo que he tenido estos días no puedo, cuando menos, dejar pasar un rato más sin daros las gracias a todos por vuestros comentarios y mensajes de ánimo, porque os habéis volcado conmigo. Perdonad que no haya contestado a los correos, o a los comentarios, pero es que no he encendido el ordenador en todo el fin de semana.

Esto es más o menos lo que pasó.

El sábado no nos vimos por la mañana, como suele pasar cuando ella trabaja de noche, y no fue hasta la tarde cuando me pasé por su casa, con la idea de ir a recogerla para asistir a la fiesta de cumpleaños de una amiga. En eso habíamos quedado el día anterior. Estaba impaciente y temeroso. Y me encontraba dividido entre dos sentimientos encontrados: quería saber, pero a la vez no quería. No podía preguntar nada sobre lo que había pasado. Tendría que ser ella la que me contara lo que quisiera contarme.

La primera sensación no fue buena. En el coche ella estaba callada, pensativa, quizá distante. Se lo hice notar, pero Huracán lo achacó a que había dormido poco y mal. Y no lo dudo… seguro que había pasado la noche (la mañana quiero decir) pensando en como enfocar el asunto. Pero no dijo nada sobre el policía ni lo que había pasado. A punto estuve de saltarme mi auto imposición y preguntarle abiertamente… pero me contuve.

A pesar de la mala noche (o mañana, insisto) se había arreglado para la ocasión… es quizá lo que más me gusta de Huracán. Puede estar mal, o no haber dormido, y esmerarse en estar guapa. Llevaba una falda corta de color verde (seguro que verde algo, pero desconozco la gama de colores femeninos, para mí el verde es verde. Y punto), con tacón alto y medias negras, y una camiseta sin mangas a juego (supongo que no se llama así, pero mi conocimiento del vestuario femenino es equiparable al de los colores). Destacaba entre la gente del cumpleaños, como un faro en la niebla.

El cumpleaños fue divertido. Muy original y currado. Para empezar era obligatorio llevar algún tipo de gorro o peluca. Nosotros llevábamos unas simples gorras, pero había pelucones de todo tipo, gorros de arlequín, de vaquero… de todo. Mi amiga había alquilado un pequeño teatro y se había preparado unos juegos “sociales” en los que salíamos por parejas al escenario a interpretar al otro. Lo había hecho de tal forma que nos tocaba salir con alguien a quien no conocíamos, siempre del sexo opuesto… con lo que ayudó a conocerse entre todos (ella tiene amigos de muchos ámbitos diferentes y de esta manera evitaba corrillos de conocidos). También estaban Lentillas (con una pinta de protagonista de un manga japonés con una peluca morada) Ironmán (lo mismo, pero con una peluca de rizos rubios que le llegaban hasta el trasero), Almanzor (con un pelucón pelirrojo, terminando con la parte anime del grupo), Rico (con un gorro de dominguero), Bob el silencioso (con un gorro de ferroviario con orejeras) y su novia (con un gorro de forma indeterminada y de función dudosa)… casi toda la panda. Desde luego no era el mejor ambiente para hablar de nada serio… y menos de lo que me estaba carcomiendo, y cada vez más, por dentro.

A lo mejor fueron imaginaciones mías, pero ella estaba un poco esquiva conmigo. Pero puede que los juegos “sociales” nos mantuvieran apartados el uno del otro más de lo que a mí me hubiera gustado. Pero en los ratos en los que no había juegos, siempre estábamos con alguien… ni que decir tiene que yo estaba cada vez más nervioso.

El tema salió en el coche, casi llegando a su casa. Lo sacó ella.

– ¿Quieres que te cuente que pasó con el Policía?
– Quiero que me cuentes lo que tú quieras contarme. Y lo que no quieras contar, para mí será como si no hubiera ocurrido.
– No pasó nada con él. Ni siquiera lo intentó. Vino a buscarme a casa, bajamos al bar donde tú y yo cenamos a veces, y hablamos.
– ¿Esperabas que intentara algo? En plan… “por los viejos tiempos”.
– No… bueno, no sé. Supongo. Cuando se marchó aquella vez no terminamos exactamente… él me dijo que se marchaba y yo me puse digna, bueno, no hablamos mucho entonces…
– Y ayer fue el momento de hablar de los cabos sueltos, ¿No?
– Pues no hablamos de eso, en realidad. Me contó que estaba muy bien y que tenía planes de boda con su novia…
– ¿Se casa? – Me sorprendió, la verdad. No me dio la sensación de ser de los que se casan.
– Si, el año que viene. Ya tienen iglesia y todo.
– ¿Te ha invitado?
– Sí. Pero no voy a ir. No pinto nada en esa boda.
– No sé si pintas algo o no… pero de querer ir, yo te podría acompañar, para que no fueras sola…
– Gracias, pero no voy a ir.
– Como quieras. Yo estoy aquí para lo que necesites, cuando lo necesites y como lo necesites… yo por mí no lo haría, pero tu padre está pagando una pasta todos los meses por asistencia 24 horas… así que tengo que hacerlo por contrato.- Un pequeño chiste para relajar la tensión acumulada. Ella se rió y yo también.
– Como eres…
– Un cielo, ya sabes. Ahora en serio Huracán… lo que necesites, sea lo que sea. El policía ha removido muchas cosas en esa cabeza… sé lo que eso supone, y lo entiendo. Y necesitas pensar. Yo no te presiono. Piensa todo el tiempo que necesites y luego me cuentas… o no. Como quieras. Pero, sobre todo, ten en cuenta que te quiero. Y eso no va a cambiar. Ahora me voy a casa y te dejo pensar tranquila…
– No me dejes sola esta noche…

Y no la dejé sola esa noche, ni el domingo entero. No hablamos más del tema, no quise preguntarle, pero estaba igual de pensativa y abstraída que el día anterior. Durmió hasta tarde, comimos y vimos una peli, de las de llorar. Sinceramente no sé como está el tema… y no sé qué es lo que tiene que pensar… el policía está lejos, prometido y, si lo que me ha dicho es verdad, no tiene ningún interés en Huracán. Me tiene a mí… así que… ¿Qué es lo que le preocupa?

Read Full Post »

Poco después del café de la mañana (estamos hablando de las once o así de la mañana, para que os hagáis una idea) me encontraba enfrascado en una conversación telefónica absurda con un tipo de Vitoria al que no he visto en mi vida, y con el que posiblemente no vuelva a hablar nunca, cuando mi móvil empezó a brincar encima de la mesa. Era Huracán. Y el hecho de que fuera Huracán me desconcertó mucho. Lo primero que pensé: Ha pasado algo.

En efecto. Algo había pasado.

Huracán trabaja de noche, hoy es su última noche por el momento, lo que quiere decir que entra a las diez de la noche y sale a las ocho de la mañana. Así que… ¿por qué me estaba llamando tan temprano?

Corté la conversación con un “Lo pienso y luego te llamo” (sin saber ninguno de los dos el qué tenía que pensar y por qué tendría que llamarle), y llamé inmediatamente a mi niña.

– ¿Qué pasa? – Dije nada más descolgar
– Nada…
– Algo pasará… es muy temprano para ti…
– Bueno… sí. Me ha llegado un mensaje.
– ¿De quien? – No se me ocurría quien podría haberle mandado un mensaje tan temprano
– Ha sido… el Poli.

El Poli. El último tío con el que Huracán estuvo antes que conmigo. Su ex. El que la dejó por un cambio de destino, para volver a su casa en levante, con su novia. El motivo por el cual Huracán me lloró lo que no está escrito. El típico macarrilla de barrio metido a brazo armado de la ley. Si todo esto no es suficiente, os animo a que leáis En el jacuzzy con Huracán y siguientes entradas.

– Ostia.- Dije, y creo que fui muy expresivo.
– Quiere verme. Está aquí en un curso y tiene la tarde libre. Me ha dicho que quedemos… ¿Qué hago?

“Pues qué vas a hacer… mandarle a la mierda. A él y a siete generaciones de antepasados. Todos en fila. A la mierda. Menos su madre… que tiene que ser una santa, aunque él sea un hijodeputa”. Todo esto pensé sobre la marcha. Claro que no lo dije.

– No sé. Haz lo que creas oportuno. No te puedo decir lo que debes hacer. Ya ha pasado tiempo de aquello… no mucho, pero ha pasado. Y si ya no sientes nada por él, pues no es problemático que le veas… Porque tú ya no sientes nada por él… ¿No?
– No. Claro. Ya pasó… fue una tontería.
– Pues entonces tanto da que le veas como que no le veas…
– No sé… voy a seguir durmiendo y ya veré lo que haré. Luego te llamo.

Y colgó. Y yo no pude seguir trabajando tranquilo.

Poco antes de las seis de la tarde me volvió a llamar. Había decidido que iría a verle. Que se tomarían algo juntos y ya está. Y que luego, desde el trabajo, me llamaría para contarme. Así que puse mi mejor voz de jugador profesional de póquer y le deseé suerte.

No va a pasar nada. Ella está conmigo y está bien. Él es una tontería del pasado. Vale, es una tontería del pasado de metro noventa y brazos como mis muslos. Y ella estuvo coladísima por él, aunque duró poco tiempo. Pero no hace ni medio año de eso. Y esas cosas no se borran de un plumazo. Pero confío en ella.

Aunque si eso es así… ¿Por qué no estoy tranquilo?

Hace 25 minutos que ha entrado a trabajar y todavía no me ha llamado…

Read Full Post »

Esto está siendo muy complicado. Parece que todo el mundo ha venido con ganas de las vacaciones y no tengo tiempo para nada… por suerte Huracán se va hoy a su tierra por unos días (son las fiestas populares, parece), y voy a tener algo de tiempo libre por las tardes…

A ver. Resumiendo un poco, Huracán está a ratos eufórica y a ratos hundida. Eso es bastante normal, al menos las fuentes de prestigio consultadas así lo afirman. Pero yo estoy un poco perdido (y agotado). Se me ocurrió la genial idea de decirle que, cuando le entraran ganas de llamar al Policía, me llamara a mí. Y me ha estado llamando como una loca a casi cualquier hora del día y de la noche. Podríamos dividir todas las llamadas en dos clases.

Clase 1. Huracán eufórica.

– Hola. Otra vez.
– ¿Sabes lo que te digo?
– Me imagino… pero, dime.
– Que le den por culo al policía. Yo soy mucha tía para él. Que se quede con su mierda de novia… – Y cosas por el estilo.

Clase 2. Huracán hundida.

– Echo de menos al policía…
– Hola. Como te he dicho antes… no pienses más en él, mujer…
– Pero es que echo de menos al policía…
– Se te pasará… – Y otros 20 o 30 más “Echo de menos al policía”.

Esto sería divertido si no fuera porque el teléfono suena a cualquier hora. Y, cualquier hora, puede ser las tres de la mañana, por ejemplo. A esas horas siempre llama la Huracán hundida, curiosamente.

El lunes podríamos resumirlo como el día que fuimos a un concierto de música clásica (una especie de Greatest Hits de Mozart), pero no pillamos entradas (no sabía que hubiera tanta gente aficionada a la música clásica en pleno agosto). Y pasamos la tarde buscando una cafetería en la que pusieran una determinada tarta de chocolate, con trocitos de chocolate, y con chocolate encima. Así que, básicamente, entrábamos en una cafetería, pedíamos que nos enseñaran las tartas y, si no le gustaba la tarta en cuestión, nos marchábamos a la siguiente. Al final no le gustó ninguna y terminamos cenando unas tostas cerca de su casa. Por supuesto, hablamos y hablamos y, de vez en cuando, echaba alguna lágrima. Pero en general la cosa fue bien y yo la vi bastante mejor que el domingo.

El martes empezó tranquilo. Huracán no dio señales de vida en toda la mañana hasta que, poco después de comer, me llamó llorando desconsoladamente. Resulta que el Policía la había llamado: quería saber qué tal estaba ella, porque hacía más de una semana que no hablaban. Él le dijo que podían quedar como amigos, que la echaba de menos y que se acordaba mucho de ella.

– ¿Crees que quiere volver?- Me preguntó entre lágrimas.
– Si y no. No quiere volver, porque él tiene su puesto en la policía, su casa y su novia allí y, perdona que sea tan franco, no creo que seas tan buena en la cama como para dejar todo eso atrás…
– ¿Pero entonces?
– Quiere tenerte aquí… para lo que pueda pasar… por si viene a dar un curso… o a pasar un fin de semana. No está mal eso de venir con el polvo asegurado… ¿No crees?

La verdad es que me parecía un juicio demasiado a la ligera sin conocer al Policía… pero, por otro lado, me parecía muy lógico. He conocido a muchos tipos como él, en mi larga y exitosa carrera como amigo…

De todas maneras, y a efectos personales, las continuas llamadas de teléfono no me estaban dejando demasiado bien de cara a mis compañeros y, sobre todo, a mi jefe. Poco después de esa llamada tuve una charla con él al respecto… de la que salí bien librado, por los pelos.

Nos volvimos a ver después del trabajo y no hicimos nada especial. Otra vuelta por el parque y su estanque charlando. Ella hacía mucho hincapié en que si quedaban como amigos a lo mejor él se daría cuenta del error que había cometido… etc, así que le conté mi experiencia al respecto: la historia de Morcillita y de cómo habíamos quedado como amigos. No sé si la convencí, pero al menos, conseguí que se riera con algunas anécdotas…

Prueba de que no la convencí fue la llamada que tuve el miércoles. Había quedado para unas cañas con el bueno de Almanzor. Le quería poner al día de los últimos acontecimientos acaecidos durante los últimos cinco trepidantes días cuando, en mitad de la segunda caña, me llamó Huracán.

– Le he mandado un mensaje.
– ¿Al policía?
– Sí.
– ¿Pero no habíamos quedado en que pasarías de él?
– Le he dicho que si me quiere, tiene que venir ahora mismo.
– ¿Ahora?
– Si
– ¿Desde allí?
– Si.
– Pues prepárate a esperar… porque es una tirada en coche. Eso si viene…
– Le he dicho que si no viene, no quiero saber nada más de él. Ni una llamada, ni un SMS, ni nada. Nunca más…
– Desde luego, un comportamiento maduro y, sobre todo, muy equilibrado… espero por tu bien que no haya visto “Atracción fatal”, porque si la ha visto, estará acojonado…
– ¿Por qué?
– Porque él sólo quería pasarlo bien, sexo sin nada de complicaciones, y ahora se da cuenta de que ha estado acostándose con una mujer claramente desquilibrada… ¿Quién le dice que no aparecerás por su casa, cuchillo en mano? – Para ser improvisado la cosa no me quedó mal. Almanzor estaba alucinando con la escena. Huracán comenzó a llorar otra vez.
– Espera… que voy a verte. En 20 minutos estoy en tu casa…

Y Almanzor se sumó a esa lista de amigos a los que dejo colgados por rescatar a una dama en apuros. Este, por lo menos, bebió gratis un par de cañas… porque le invité, claro. También lo entendió.

Por suerte Huracán estaba más tranquila. La tontería del mensaje valió para que pudiera convencerla de deshacerse del número de teléfono del Policía. Lo borró del móvil. Borró los mensajes y, por último, quemamos el papelito con el número (una cerilla y al retrete). Por supuesto que no se me ocurrió mencionar que el teléfono está la mar de apuntado en la facturas del móvil… ese detalle sin importancia podría echar por tierra la operación y, por suerte, Huracán no pensó en ello.

Todo el rato que estuve en su casa recé para que el Policía no pareciera… y no apareció.

Hoy se va a su tierra, y no volverá hasta el domingo. Allí está su mejor amiga y podrá desahogarse a conciencia. Yo, por mi parte, pretendo descansar un poco.

Read Full Post »

Continúo con la historia.

Cometí dos errores la noche del sábado. El primero, obviamente, dejar que Huracán se fuera del coche sin haberle comido los morros. Y, el segundo, fue no apagar el móvil. Porque como que no mola mucho lo de despertarse con la música de Expediente X apenas unas horas después de haber conseguido cerrar el ojo.

Debía de ser mediodía a juzgar por la luz que entraba por la ventana, pero yo tenía la sensación de que eran las siete de la mañana, por lo menos. El caso es que, por la musiquilla del móvil, era Huracán. Pero no la Huracán de la noche, segura, preciosa y divertida… no. Era la Huracán llorosa y gimoteante del viernes. Estuvimos como media hora al teléfono, pero la conversación se podría resumir en:

– Jooo. Echo mucho de menos al Policía.- Lloros – Quiero ver al Policía.- Y más lloros – Voy a llamar al Policía.

El caso es que, con la práctica que tengo en estas lides, conseguí tranquilizarla y dejó de llorar. Y por el momento dejó de querer llamar al Policía. Quedamos para después de comer (cosa que agradecí, porque pude dormir otro poco más). Y, a eso de las 4, estaba (de nuevo) en su casa. La de kilómetros que me habría evitado de haberme quedado por la noche. En fin.

Esta vez no abrió la Huracán magnífica y espectacular de la noche anterior. Volvió a abrir la Huracán con gafas del viernes. Guapa, porque Huracán es muy guapa, pero ojerosa. Y tenía señales evidentes de haber estado llorando un buen rato antes de que yo llegara. De hecho, no estaba preparada para salir, sino que llevaba la camiseta de tirantes y el pantaloncito corto de estar por casa.

Me contó que había tenido muchas ganas de llamar al Policía. Y que se había resistido. Decidió que debía borrar el número del móvil. Luego se había arrepentido y había removido Roma con Santiago hasta que encontró un papel en el que recordaba haberlo apuntado semanas atrás. Me enseñó el papel, arrugado con un número garabateado en él. Pero no quería volver a meterlo en el móvil, no fueran a darle ganas de llamar otra vez.

– Pues rompe el papel y no habrá posibilidad de llamar… ¿no te parece?
– No… ¿Y si me llama, pero estoy fuera de cobertura? ¿Cómo sabré que me ha llamado?
– No te va a llamar. Ahora, por las horas que son, él está echándose la siesta con su novia… fijo – Lo sé. Es cruel decirle que estaba acostado con otra, pero creo que estas cosas, cuanto antes las piense, mejor…
– Su novia… esa puritana. Me dijo el Policía que yo le había hecho cosas que su novia no quería hacerle – comentario que, como comprenderéis, llamó mi atención. De todas maneras volví a ser muy duro con ella.
– Me temo que tan buena no eres… si él ha preferido volver con su puritana novia que quedarse con la fogosa Huracán… ¿No te parece?
– Ha sido por el trabajo…
– Ya… eso va a ser. Podemos hacer una cosa… Tú me das el papel, y yo te lo guardo. Así controlamos las ganas de llamar y, si fuera muy necesario, puedes pedírmelo.

Pero no quiso. La verdad es que esta chica parecía estar loca perdida… estando allí, de pie en el salón, tenía la sensación de que la Huracán de la noche anterior debía de ser una mujer diferente. Yo en mis debacles amorosos tengo un perfil más plano… hundido y punto. Pero sin estos subidones y depresiones tan acusados… y lo peor es que son por un rollito de dos semanas…

La convencí para que saliéramos al parque al lado de su casa a dar un paseo y que nos diera un poco el aire. No estaba haciendo precisamente una tarde calurosa, así que caminar un poco debajo de los árboles podría estar bien. Antes de eso, Huracán, que es una chica muy limpia, necesitaba meterse en la ducha… con todo lo que ello conlleva… así que me preparé de nuevo para una hora de lectura de la revista para mujeres de hoy… pero a los 5 minutos escuché sollozos apagados desde su habitación. Obviamente me preocupé un poco…

En la habitación, junto a la cama, estaba Huracán de pie, llorando a lágrima tendida y gimoteando… nuevamente. y cuando me vio, sólo se le ocurrió taparse la cara con unas bragas limpias que tenía en la mano… la escena era muy cómica (seguramente nos reiremos de ello al contárselo a nuestros nietos), pero lo cierto es que estaba llorando. Me acerqué, le quité las bragas de la cara (esta frase habría sonado mejor de otra manera), y la abracé, meciéndola un poco.

– Todo se arreglará… ya lo verás. – Le susurré al oído. Y siguió llorando un rato.

Después de ducharse y secarse, terminó de arreglarse en el salón. Descubrí el secreto de su impecable flequillo y porqué los rizos le caen distraídamente sobre los hombros… todo lleva un proceso que no deja nada al azar precisamente… son años de práctica, parece. También vi como se pintaba los ojos, los labios, se daba el colorete… a pesar de insistirle que con la cara lavada está estupenda. Pero así es Huracán… hundida en la miseria, pero divina de la muerte.

Durante el paseo hablamos sobre muchas cosas, pero principalmente del Policía. Yo intentaba hacerle ver que quizá no era tan bueno como ella pensaba y que, si había engañado a su chica, ¿Quién le decía que no la engañaría a ella también? Eso sí… la charla no fue constante. El tono de “Losing my religión” de su móvil sonó en repetidas ocasiones. Quitando una de ellas, que la que llamaba era la mejor amiga de Huracán, el resto eran llamadas de varones. Y creo que varones con malvadas intenciones…

Después fuimos a tomar algo a una terraza… luego a cenar a un bar cercano y, por último, otro paseo por el parque. Pero como al día siguiente ella tenía que madrugar mucho, nos despedimos relativamente pronto… otra vez en la puerta de su casa. No hablamos de quedar ni nada… pero al final quedamos.

Pero esa historia tendrá que ser contada mañana…

Read Full Post »

Después de una dura clase de spining de ese (una especie de tortura china en la que un sádico con ropa ajustada te hace sudar al ritmo de música disco) salí escopetado para casa de Huracán. Tengo que reconocer ciertos nervios por mi parte… no sabía muy bien qué iba a encontrarme allí. ¿Estaría en lo cierto con respecto al Policía? Por si a caso, y porque hombre previsor vale por dos, llevaba la muda limpia.

Aparqué en la puerta y momentos después estaba llamando al timbre. Me abrió una Huracán inédita para mí: Una Huracán con gafas. De todas maneras las gafas le daban un aspecto de bibliotecaria erótica que para qué os voy a contar (y, con un saco de patatas, tendría el aspecto de una patatera erótica, segúramente). Por lo demás, y como siempre, muy ligerita de ropa (sólo una camiseta de tirantes y un pantaloncito corto, minúsculo). Así que estaba cómoda en casa.

– Quedamos en que me llamarías antes de venir.
– ¿Seguro? No lo recuerdo. – En realidad sí que lo recordaba, pero prefería encontrarla así.
– No me has dado tiempo a arreglarme… mira las pintas que tengo…
– Que va, mujer. Estás muy guapa.- Y no mentía
– Ahora tendrás que esperar
– No importa. Ya tengo experiencia.

Y me senté en el sofá, dispuesto a dejar pasar una hora allí sentado. La revista de la mujer de hoy es una lectura interesante… y siempre viene bien saber las tendencias de este verano en cuanto a trajes de baño se refiere. Mi horóscopo para esta semana no era muy alentador: Un problema de salud y estrecheces financieras…

Al final sólo fue media hora. Huracán, ya sin gafas, estaba preciosa (con gafas también).

– ¿Dónde vamos? – Pregunté con curiosidad. Obviamente íbamos a salir por ahí. Con Huracán eso significa que lo mismo empezamos haciendo un cine, y terminamos a las 8 de la mañana en un after…
– No sé, me da igual. Pero quiero salir de casa… me estoy agobiando. Llevo encerrada aquí tres días.
– ¿Pasa algo?
– No… nada… – Lo que en el lenguaje femenino significa “Tengo un problemón que te cagas”. Mi fino olfato para los problemas me decía claramente que se trataba del Policía.
– La Huracán que yo conozco no se queda en casa tres días ni con 40º de fiebre… Dime ¿Qué está pasando?
– Nada… bueno, sí… pero es que a ti no te gusta que hablemos de esas cosas… – Supongo que lo diría por las largas charlas sobre el camarero guapo que intenté, sin éxito, evitar en el pasado. De repente se había vuelto muy considerada.
– ¿Hay un Policía?
– Sí…
– Pues tienes razón, no me gusta… A ver, conozco una zona de terrazas que no queda lejos… – Por fin había tomado el mando el “Yo Tipo Duro”. Creo que dejé bien zanjado el asunto. No me gusta hablar de eso, así que no hablamos de eso.

Y bajamos al coche. Y, en el primer semáforo, Huracán se puso a llorar como una magdalena. Yo no soporto ver llorar a una mujer… es superior a mis fuerzas… así que nuevamente vi como el “Yo Tipo Duro” salía despedido del coche y moría atropellado bajo las ruedas de un camión unos metros más atrás. En su lugar, conducía nuevamente el Señor Capullo.

– A ver… ¿Qué te pasa?
– El Policía me ha dejado… – y continuó con unos cuantos lloros. Me resultaba difícil concentrarme en el tráfico y en Huracán, así que en cuanto pude, aparqué el coche. Por suerte había un bar cerca con una terraza. Salimos y, más calmada, Huracán me siguió contando.

Resulta que el Policía no era de por aquí. Era de una ciudad de la costa levantina donde, por cierto, vivía también su novia. Había surgido un traslado cerca de allí y lo había cogido. Punto final a la historia. El tío, después de un par de semanas intensivas de sexo, había vuelto al redil… como quien dice. Y en esto Huracán fue muy descriptiva…

De todas maneras había algo que no alcanzaba a entender.

– O sea – dije – que él tiene novia, ¿No?
– Si…
– ¿Tú lo sabías?
– Sí…
– Y, aún así, ¿Te liaste con él?
– Si…
– ¿Y no te importó ese pequeño detalle?
– Es él el que tendría que preocuparse por ese detalle… no yo.
– Bueno… eso es cierto… pero, no sé… por solidaridad de género… por eso de que uno no debe hacer lo que a uno no le gustaría que le hicieran… no sé, por esas cosas… de todas maneras, si él tenía novia, y tú lo sabías… no sé a qué viene esta escena, la verdad.
– Porque me he pillado por él… – Y empezó a llorar otra vez.

La gente de la terraza nos miraba. No es algo que a mí me preocupe, pero los ojos de Huracán estaban negros por el rimel corrido. Estábamos dando toda una escena.

– Mira, Huracán, deberías dejar de llorar… la gente del bar tiene la impresión de que te estoy dejando y, la verdad, creo que todos deben de pensar que estoy tonto o algo así, por dejar a un bombón como tú… así que, hazlo por mí, por mi imagen, y deja de llorar… por favor – Estas tonterías se me ocurren sin pensar. De todas maneras el comentario surtió el efecto deseado… Huracán sonrió y dejó de llorar. Aunque sólo por unos minutos.

Por lo visto todo empezó como un rollito de verano. Un tío bueno al que poder beneficiarse unos días y luego, si te he visto no me acuerdo. Una forma de pasar el rato haciendo ejercicio, en plan “Mujer fatal”. Pero resultó que el tipo no era tan mal tío después de todo (si olvidamos el pequeño detalle de que el Policía le puso los cuernos a su novia varias veces al día durante dos semanas). Y, Huracán, creyó ver algo más que sexo en sus encuentros. Empezó a imaginarse cosas y… en fin, se lió un poco. Él nunca tuvo la más mínima intención de dejar a su novia de toda la vida y, en cuanto surgió la oportunidad profesional que estaba esperando, se largó.

Total que, a eso de las 2 de la mañana, después de incansable palique sobre el tema, lloriqueos varios, sorbida de mocos (algo muy poco erótico, la verdad) y demás parafernalia del despecho, dejé a Huracán en su casa.

Resumiendo: Antes del verano había una Huracán abeja (de flor en flor) y me he encontrado a una Huracán enamorada (o eso cree ella), despechada y con gafas…

Se supone que hoy quedaremos otra vez, nos vamos a llamar después de comer. Eso sí… en caso de que quedemos le he prohibido volver a mencionar el tema del Policía. No me hará caso, por supuesto. De todas maneras no sé qué enfoque darle al asunto… ¿Voy de hombro? ¿Voy de hombre? A ver, las chicas… ¿Qué hago?

Read Full Post »

Apenas he dormido unas horas. Y para dar vueltas en la cama sin poder dormir, he preferido escribir el último capítulo de las memorias, antes de irme de vacaciones. Aquí os lo dejo.

A las ocho y media de la mañana, puntual como un clavo, descolgué el teléfono y llamé al Spá. La intención era ser el primero en llamar y reservar la mejor hora. Todo tenía que salir perfecto. Ese es uno de mis grandes defectos… soy un perfeccionista.

Una vez reservada la hora, llamada a Huracán para confirmar.

– Hola preciosa.
– Hola
– Ya tenemos hora para la sesión de relax de esta tarde.
– ¿Qué tengo que llevar?
– Una toalla, chanclas, un gorro…
– Gorro no tengo.
– No te preocupes, que yo te dejo uno. – “Nota mental: conseguir un gorro de baño.”
– ¿Bañador o bikini?
– Como te sientas más cómoda.- “Bikini, bikini, bikini…”
– Pero la gente ¿qué lleva?
– He visto chicas en bañador y chicas en bikini.- “Bikini, bikini, bikini…”
– Iré en bikini, porque no tengo bañador…
– Ok. A las seis estaré en tu casa.

Y a las seis estaba en su casa. Llamé al telefonillo y, al rato, bajó. No la veía desde que la dejé en el autobús para irse a la playa y… joder… estaba preciosa, morena por el Sol, con un vestido ligero, de verano, con el pelo ensortijado suelto, los ojos brillantes y sonriendo. Dos besos y de nuevo a mi casa… preocupado, además, porque había visto algo de atasco en el camino de vuelta.

– ¿Después del Spá hacemos algo?- Me preguntó.
– Si quieres…
– ¿Te apetece cenar en un japonés?
– ¿Pescado crudo?
– Sí.
– Bueno… – Mentí. Soy más de carne… tolero poco el pescado, y menos crudo. Pero si a la niña le apetecía… en fin, habría que hacer un esfuerzo.
– Conozco un restaurante que quiero probar… y está cerca del concierto.
– ¿Qué concierto?
– Uno de los “…”. Voy con el Policía… ¿Te vienes? – Me restregué virtualmente los oídos, por si no hubiera oído bien…
– ¿Has quedado con el policía…?
– Sí, después de cenar, para ir a un concierto. Pero vamos, que te puedes venir…
– Bueno… ya veré. ¿Él viene a cenar?
– No, está de servicio… pero termina antes del concierto.

Cambié de tema y hablamos de su trabajo y cosas así. Tampoco era cuestión de mostrar demasiado interés por el Policía… no fuera a contarme alguna cosa que no quisiera oír. Además, quería relajarme.

Llegamos un poco justos de tiempo al Spá, por el atasco que comenté antes, pero a tiempo. Nos cambiamos (cada uno en el vestuario correspondiente a su sexo, obviamente) y nos encontramos delante de la bañera de los chorros.

¿He dicho ya que estaba preciosa? Pues más todavía. Huracán tiene un cuerpo espectacular… muy femenino y, ahora, moreno. Confirmé que hace topless (ni una marca de bañador en la espalda ni en los hombros) por lo que me apunté mentalmente organizar algo en la playa a la vuelta de vacaciones. Esta era la segunda vez en mi vida que la veía en bikini, después de las pozas de un año antes (y sin contar el baño en el Cantábrico en braguitas y sujetador). ¡Y nos íbamos a meter en el mismo jakuzzy!

Dejamos las toallas colgadas en una percha y nos metimos en la bañera. El jakuzzy estaba ocupado por dos mujeres alemanas, pero la cama de chorros estaba libre, y animé a Huracán a que la probara. Yo sabía que no me iba a relajar mucho hoy, pero esto ya era demasiado. Sin entrar en detalles: los chorros a presión hacían moverse todo hacia todos lados… ya me entienden. Descubrí dos sugerentes lunares que no conocía y, en fin… esas cosas.

Hubo otros dos momentos críticos en el Spá. La sauna y las duchas de contraste. Las duchas de contraste, especialmente la parte del agua fría, fueron críticas para mí porque me trajeron a la memoria las primeras palabras que escuche decir a Huracán. Con idénticos resultados. Y la sauna lo fue por una conversación que tuvimos dentro. Imaginad el sitio. Una réplica de una sauna nórdica, con sus paredes de madera, sus bancos de madera en grada para sentarse/tumbarse, su cajón de carbón al rojo (completamente falso), y un cubito de agua para generar vapor (igual de falso que el carbón). Huracán se tumbó en un banco cuan larga era, y yo, en el banco de arriba. Ella boca arriba y yo, ejem, boca abajo. Estábamos los dos completamente solos.

– Me gusta más la sauna que el baño turco.- dijo
– Estoy de acuerdo. A mí me cuesta mucho respirar con tanto vapor.
– Además.- continuó – esto es muy erótico.
– ¿Erótico?
– Sí… ¿No te has imaginado nunca haciendo el amor aquí dentro?
– Sí, claro… – “Ahora mismo, por ejemplo”
– ¿Y no te resulta erótico?
– ¿Erótico? Vamos a ver, bonita… estoy delante de una mujer que está tremenda, a escasos centímetros, en bikini, gotas de sudor resbalan por su canalillo y hablando de lo que estamos hablando… ¿Y crees que no me resulta erótico? Si lo raro es que pueda hablar, por la falta de riego…

Huracán se reía a carcajadas. Y yo con ella. Aunque mi mente estaba imaginando la manera de atrancar la puerta de la sauna y tapar el ventanuco, todo con los pies (porque las manos deberían estar ocupadas en otra cosa… ya me entienden).

Cuando llegamos a su casa, después de la sesión de relax, la ducha y el pequeño atasco, serían las nueve de la noche.

– ¿Me recoges a las 10? Así me da tiempo a ducharme y a arreglarme… – Yo lo había pensado mucho durante la ducha en el vestuario. El plan de la cena y el concierto no me convenía.
– No.- Le dije.
– ¿Pero no habíamos quedado en ir a cenar?
– Sí, pero es que si me vuelvo a casa, y vengo otra vez… para volver a irme… son muchos kilómetros. Yo ya estoy listo, me he duchado y vestido. Te puedo esperar en tu casa, mientras te arreglas. – Una apuesta fuerte. Mi idea: intentar no ir a cenar y, por supuesto, nada de concierto.
– Pero va a ser una hora por lo menos…
– No pasa nada. Leo una revista o miro la tele…

Y así lo hicimos. Yo la escuchaba trajinar en su habitación, abrir los grifos de la ducha, poner algo de música ambiental… mientras leía una revista de esas para mujeres. Según mi horóscopo hoy iba a encontrar al hombre de mi vida. Puse la tele para ver las noticias. Giré la cabeza y allí estaba Huracán, en la puerta del salón, con una toalla, que me pareció minúscula, alrededor del cuerpo. Pasaron por mi cabeza imágenes muy sugerentes, todas para mayores de 18 años.

– ¿Quieres tomar algo mientras esperas?- “¿A parte de a ti?” Pensé
– Eh… ¿Cerveza?- Me la trajo y se marchó.

Se marchó y al rato volvió, ya vestida. Se maquilló en el salón, delante de mí. Siempre me ha gustado mucho ver a las mujeres mientras se maquillan… empecé con el torpedeo al plan del japonés.

– ¿No te apetece mejor que ir al japonés, que nos quedemos aquí y pidamos algo de comida china? Después del relax… una película… ¿Qué te parece?
– Sí… estoy tan relajada… pero es que me apetece ir al concierto.

Dos intentos más sin éxito y salimos por la puerta de su casa. Un intento más y nos montamos en el coche. Un intento más y nos paramos en un semáforo. Ya no hubo más intentos. Aparqué cerca del restaurante y nos metimos en la vorágine del pescado crudo envuelto en algas verdes, huevas de pescado en rollitos de arroz, la salsa de soja y la tempura de verduras. Como me estoy alargando mucho, obviaré los comentarios… pero os podéis hacer una idea.

Y apareció el Policía, a eso de las doce menos algo de la noche. Se acercó a la mesa, le dio un pico a Huracán, a mí la mano, y se sentó en una silla libre. Efectivamente: un pico. Lo digo por si no había quedado claro. El Policía es un tipo muy alto, fornido y con brazos del tamaño de mis piernas. Llevaba una camiseta muy ajustada y el pelo engominado de punta. El típico macarrilla de barrio hipermusculado y vitaminado. Sólo que a este le habían dado una porra y una pistola reglamentarias. Entró en la conversación con un enorme vozarrón y, poco a poco, me anuló por completo.

Decidí que era mejor no ir al concierto. Me despedí de Huracán con dos castos besos en la mejilla a la puerta del restaurante y me marché a casa. Me marché a casa con la sensación de que soy un gran capullo.

Estaré fuera dos semanas. A la vuelta, veremos qué pasa. Mi intuición capullil me dice que el Policía no durará mucho. Si puedo, espero contar algo estando de viaje.

Read Full Post »

Older Posts »