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Posts Tagged ‘quedar’

La escena empieza como empiezan muchas escenas hoy en día. Johnny Be Good sonando a todo volumen: La melodía inconfundible de mi teléfono vibrando encima de la mesa. En la pantalla un número desconocido.

– ¿Diga?
– Hola.
– Hola… eh… ¿Quién eres?
– Soy Troy, Troy McClure.

Troy McClure, actor aficionado amigo de una amiga mía. Habíamos coincidido en dos fiestas y en una obra de teatro amateur. Poco más se puede añadir a su currículo. Definitivamente no es lo que se puede considerar un amigo.

– Hola Troy, ¿Cómo te va?
– Sr. K, te necesito, tío…

Desde luego, no era una frase que esperara escuchar. De todas maneras, conociendo el historial de este tío, no tenía ninguna connotación sexual.

– ¿Qué puedo hacer por ti?
– Verás… este viernes he quedado con cuatro mujeres. Iban a venir unos amigos míos pero me han dejado colgado. Así que estoy yo solo con las cuatro…
– Mal lo veo, sí…
– Ya sabes… si vas con cuatro, al final no te comes ninguna… así que necesito ayuda, tío.

En eso tenía razón. Yo una vez salí con nueve y me terminé acostando solo. Todavía la ciencia no lo ha investigado, pero creo que se genera como un campo de fuerza negativo, que se hace más intenso cuantas más mujeres hay en el grupo. Me surgió una duda evidente:

– ¿Están buenas?
– Las que yo conozco, sí. Son dos actrices y una médico… la otra no sé cómo es. Pero no te preocupes, que yo me pido la fea…

En realidad, la que él se pidiera daría igual. Es una verdad como un templo que son ellas las que eligen, y que cualquier reparto entre nosotros es una pérdida de tiempo.

– Pues gracias por acordarte de mí, macho… pero es que este viernes no estoy. Según termine de trabajar me marcho de fin de semana fuera…
– No me jodas…
– Lo siento, y eso que es tentador…
– Oye… ¿Y no tendrás un colega majo… que se enrolle bien…? Es que estoy desesperado…

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Es curioso. Hay semanas en las que no hay nada que contar (por suerte no muchas, pero alguna hay), y otras semanas los temas se agolpan en la cabeza, pidiendo turno atropelladamente para salir las primeras.

Ahora mismo tengo tres temas posibles sobre los que hablar: Gorilas, vampiros y un regreso. Obviamente hablaré de esto último.

El comienzo de año fue esperanzador. Súbitamente apareció en mi vida una mujer interesante, divertida, inteligente y preciosa. La verdad es que eso no es tan raro, me suele ocurrir con cierta regularidad. Lo que no es tan habitual es que la chica se interese por mí. Y eso fue lo que pasó. Y si no fuera por un pequeño detalle, todo habría sido fantástico. El pequeño detalle era que la chica vivía en Alemania. Podéis leer el resto de la historia en Episodio IV – Una nueva esperanza.

¿Qué pasó con ella? Pues lo que tenía que pasar. Un par de semanas antes de venir de vuelta aquí, a España, conoció a un chico allí, en Alemania. Un chico de aquí que estaba allí, para ser exactos. Y contra eso hay pocas cosas que se puedan hacer. O sea… por muy ingenioso que sea uno, no dejas de ser una imagen en una pantalla.

Vino, me lo dijo, y no volví a verla de nuevo. Algún hola esporádico en el messenger, y varios correos reenviados con alguna chorrada. Al menos quiero pensar que la salvé de esas maldiciones que preconizan los correos en cadena si no se los mandas a un mínimo de contactos. Quizá me deba la vida y todo.

No diré que no me doliera, pero tampoco fue como si me arrancaran el corazón del pecho con las manos desnudas y luego me lo hicieran comer, sin salpimentar ni nada. Uno tiene su orgullo. Y, aunque no es la primera vez que me ocurre, sigue jodiéndome que me metan un gol en el tiempo de descuento.

Pero, de pronto, ahí estaba ella de nuevo, llamando a mi puerta. Bueno, llamando a mi pantalla, porque la comunicación fue por el ordenador. Y ante la pregunta de cómo estaba ella, la respuesta fue contundente:

– Me ha dejado.

Estaba triste. Estaba llorosa. Está en España.

Y nos vamos a ver.

Supongo.

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El domingo por la tarde me encontraba tumbado en mi sofá, arropado con un edredón, planteándome seriamente hacer algo tan audaz como cambiar de canal. Pero por alguna extraña razón, la película que echaban me tenía subyugado… y eso que ya la había visto y, lo confieso, se trataba de una comedia romántica y ñoña de la pareja de moda de finales de los noventa. Fascinante. Por suerte el móvil empezó a vibrar encima de la mesa. Era Almanzor.

– Oye, tío, ¿Donde estás?
-Pues donde voy a estar… en mi casa.
-Te esperaba hace media hora… ya te estás vistiendo y viniendo para acá…
– No sabía que hubiéramos quedado…
-¿No te ha llamado Rico?
-No…
-Pues vente… están las argentinas, Gataparda…
-Tengo para un rato… me tengo que duchar, adecentar… ya sabes…
– Pues ya tardas…
-Susordenes!!

Las argentinas y Gataparda ya han sido descritas anteriormente en estas páginas, así que no entraré en detalles. Sólo diré que me di prisa por llegar.

Me los encontré sentados en una terraza (porque ya hace tiempo de terrazas) tomando unas cervezas y unas tosas. En el grupo había un individuo que no conocía y que es la excusa por la que escribo este post. Se trataba de una “cita a ciegas” para Follonera, una de las argentinas.

Un tipo alto y de aspecto blando, con una incipiente calvicie mal disimulada, unas enormes gafas cuadradas de moda hace unas cuantas décadas, y que no lograban disimular una mirada ligeramente estrábica. Como única concesión a la estética, una perilla bien recortada. Podríamos decir que era un hombre poco agraciado, pero que era muy simpático y divertido. Pero si dijera esto, estaría mintiendo vilmente. Porque el tipo en cuestión casi no abrió la boca en todo el rato que estuvimos allí sentados. Claro que, siendo sinceros, la situación no sería la más parecida a la que él imaginó cuando le prepararon la cita a ciegas.

Para empezar, allí había demasiada gente.

Follonera se había arreglado. Se había puesto bastante guapa, la verdad, maquillada y peripuesta como para una cita. Un compañero del trabajo le había arreglado el encuentro con un amigo suyo y ella, por más que luego lo negara, se lo había tomado en serio. Eso sí, se llevó a su amiga Pampa… por si acaso. Me imagino que, de haber sido la versión española de George Clooney, Pampa habría desaparecido por arte de magia, en mitad de una pequeña nube de humo violeta. Como de guapo tenía más bien poco, no sólo no había desaparecido Pampa, sino que, ésta llamó a Almanzor, que me llamó a mí y corrió la voz… y nos encontramos siete personas, rodeando a la pareja de “tortolitos”.

Cuando me enteré de la situación, apenas unas centésimas de segundo después de que el pobre tipo se fue al baño (las dos argentinas en comandita me pusieron al corriente), pensé que el que había organizado la cita había sido muy optimista, ya que Follonera estaba fuera de su alcance. Fue un pensamiento fugaz del que me arrepentí casi al instante. En realidad yo no sabía nada de él, excepto que tenía un físico poco agraciado, un ojo mirando para Cuenca en todo momento y muy pocas cosas que decir. Simplemente había basado mi opinión en su apariencia. Igual que ella.

Follonera se quejó amargamente de que su compañero de trabajo no le hubiera organizado una cita a ciegas con un “tío bueno”. Sobre todo porque en cierta forma se sintió “insultada” al pensar que su amigo pudiera creer que ella se sentiría atraída por el tío feo. Claro que, siendo sinceros, los tíos buenos no suelen necesitar que nadie les organice una cita a ciegas, ¿No?

De todas maneras, tampoco demostró otro tipo de cualidades, ya que no abrió la boca. Así que, si tenía un buen fondo, o una personalidad creativa y atormentada… se la quedó para él. También es muy complicado destacar cuando hay un montón de gente desconocida… aunque tengo que admitir que no es algo que me hubiera pasado a mí. Un montón de gente desconocida y, un número tan grande de mujeres bonitas y (todo hay que decirlo) con tan buen sentido del humor, habrían sido un público excelente para mí (pero es que lo mío no es normal. La naturaleza me ha dotado con una boca muy grande y muy poca vergüenza).

Su única aportación a la tarde fue el cálculo del IVA de la cuenta de cabeza. Una habilidad sin duda con grandes posibilidades de explotación en otros momentos de la vida, pero que, a mi entender, no es algo en lo que se fijen las tías. Si hubiera calculado el IVA de la cuenta mientras contorsionaba sus grandes músculos, o lo hubiera hecho mientras pagaba la cuenta entera de todos, lo mismo habría sido diferente. Aunque cada día me sorprenden más las mujeres.

Por cierto: A mí sólo me han organizado una cita a ciegas en mi vida. La chica era guapa y simpática… así que la que debió de salir decepcionada fue ella. Sólo salimos una vez y, bueno, ella se divirtió, supongo. Pero estaba de luto todavía y salió demasiadas veces el nombre de su Ex en la conversación como para que yo me lo tomara muy en serio. Por supuesto, la invité a todo… caballero que es uno.

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Poco después del café de la mañana (estamos hablando de las once o así de la mañana, para que os hagáis una idea) me encontraba enfrascado en una conversación telefónica absurda con un tipo de Vitoria al que no he visto en mi vida, y con el que posiblemente no vuelva a hablar nunca, cuando mi móvil empezó a brincar encima de la mesa. Era Huracán. Y el hecho de que fuera Huracán me desconcertó mucho. Lo primero que pensé: Ha pasado algo.

En efecto. Algo había pasado.

Huracán trabaja de noche, hoy es su última noche por el momento, lo que quiere decir que entra a las diez de la noche y sale a las ocho de la mañana. Así que… ¿por qué me estaba llamando tan temprano?

Corté la conversación con un “Lo pienso y luego te llamo” (sin saber ninguno de los dos el qué tenía que pensar y por qué tendría que llamarle), y llamé inmediatamente a mi niña.

– ¿Qué pasa? – Dije nada más descolgar
– Nada…
– Algo pasará… es muy temprano para ti…
– Bueno… sí. Me ha llegado un mensaje.
– ¿De quien? – No se me ocurría quien podría haberle mandado un mensaje tan temprano
– Ha sido… el Poli.

El Poli. El último tío con el que Huracán estuvo antes que conmigo. Su ex. El que la dejó por un cambio de destino, para volver a su casa en levante, con su novia. El motivo por el cual Huracán me lloró lo que no está escrito. El típico macarrilla de barrio metido a brazo armado de la ley. Si todo esto no es suficiente, os animo a que leáis En el jacuzzy con Huracán y siguientes entradas.

– Ostia.- Dije, y creo que fui muy expresivo.
– Quiere verme. Está aquí en un curso y tiene la tarde libre. Me ha dicho que quedemos… ¿Qué hago?

“Pues qué vas a hacer… mandarle a la mierda. A él y a siete generaciones de antepasados. Todos en fila. A la mierda. Menos su madre… que tiene que ser una santa, aunque él sea un hijodeputa”. Todo esto pensé sobre la marcha. Claro que no lo dije.

– No sé. Haz lo que creas oportuno. No te puedo decir lo que debes hacer. Ya ha pasado tiempo de aquello… no mucho, pero ha pasado. Y si ya no sientes nada por él, pues no es problemático que le veas… Porque tú ya no sientes nada por él… ¿No?
– No. Claro. Ya pasó… fue una tontería.
– Pues entonces tanto da que le veas como que no le veas…
– No sé… voy a seguir durmiendo y ya veré lo que haré. Luego te llamo.

Y colgó. Y yo no pude seguir trabajando tranquilo.

Poco antes de las seis de la tarde me volvió a llamar. Había decidido que iría a verle. Que se tomarían algo juntos y ya está. Y que luego, desde el trabajo, me llamaría para contarme. Así que puse mi mejor voz de jugador profesional de póquer y le deseé suerte.

No va a pasar nada. Ella está conmigo y está bien. Él es una tontería del pasado. Vale, es una tontería del pasado de metro noventa y brazos como mis muslos. Y ella estuvo coladísima por él, aunque duró poco tiempo. Pero no hace ni medio año de eso. Y esas cosas no se borran de un plumazo. Pero confío en ella.

Aunque si eso es así… ¿Por qué no estoy tranquilo?

Hace 25 minutos que ha entrado a trabajar y todavía no me ha llamado…

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