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Posts Tagged ‘reencuentro’

Es curioso. Hay semanas en las que no hay nada que contar (por suerte no muchas, pero alguna hay), y otras semanas los temas se agolpan en la cabeza, pidiendo turno atropelladamente para salir las primeras.

Ahora mismo tengo tres temas posibles sobre los que hablar: Gorilas, vampiros y un regreso. Obviamente hablaré de esto último.

El comienzo de año fue esperanzador. Súbitamente apareció en mi vida una mujer interesante, divertida, inteligente y preciosa. La verdad es que eso no es tan raro, me suele ocurrir con cierta regularidad. Lo que no es tan habitual es que la chica se interese por mí. Y eso fue lo que pasó. Y si no fuera por un pequeño detalle, todo habría sido fantástico. El pequeño detalle era que la chica vivía en Alemania. Podéis leer el resto de la historia en Episodio IV – Una nueva esperanza.

¿Qué pasó con ella? Pues lo que tenía que pasar. Un par de semanas antes de venir de vuelta aquí, a España, conoció a un chico allí, en Alemania. Un chico de aquí que estaba allí, para ser exactos. Y contra eso hay pocas cosas que se puedan hacer. O sea… por muy ingenioso que sea uno, no dejas de ser una imagen en una pantalla.

Vino, me lo dijo, y no volví a verla de nuevo. Algún hola esporádico en el messenger, y varios correos reenviados con alguna chorrada. Al menos quiero pensar que la salvé de esas maldiciones que preconizan los correos en cadena si no se los mandas a un mínimo de contactos. Quizá me deba la vida y todo.

No diré que no me doliera, pero tampoco fue como si me arrancaran el corazón del pecho con las manos desnudas y luego me lo hicieran comer, sin salpimentar ni nada. Uno tiene su orgullo. Y, aunque no es la primera vez que me ocurre, sigue jodiéndome que me metan un gol en el tiempo de descuento.

Pero, de pronto, ahí estaba ella de nuevo, llamando a mi puerta. Bueno, llamando a mi pantalla, porque la comunicación fue por el ordenador. Y ante la pregunta de cómo estaba ella, la respuesta fue contundente:

– Me ha dejado.

Estaba triste. Estaba llorosa. Está en España.

Y nos vamos a ver.

Supongo.

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Esta semana estamos de fiesta en el club de los jueves. Y con esto no quiero decir que hayamos dejado de escribir el tradicional relato de cada semana. No. Es que el tema de hoy es eso: las fiestas de los pueblos. Así que preparaos para una buena dosis de Paquito Chocolatero, Tómbolas de enormes osos de peluche y coches de choque por doquier… aquí pongo mi propuesta. Espero que os guste.

Los operarios terminaron de tapar el nicho con unas rasillas y cemento y así se dio por concluido el funeral de tía Ernestina. En realidad era la tía Ernestina de su madre materna, algo así como su tía abuela… pero no estaba seguro. Ni siquiera la recordaba demasiado, pero en temas de familia esas consideraciones contaban más bien poco. A todos los efectos era el chofer. Su madre tenía que ir al entierro y el único que no estaba de viaje de vacaciones era él.

Es un misterio cómo la vida se obstina en crear circunstancias curiosas. La tía Ernestina vivió casi 99 años, plenos y alegres, según dijo el cura, pero se murió el día antes de la fiesta de la Virgen de Agosto, de la que era devota. Se murió en plenas fiestas patronales del pueblo.

Él no sentía ninguna tristeza. Creía que una persona con 99 años ya había vivido todo lo que tenía que vivir, y su muerte no era motivo para estar triste. Ley de vida. Además, los ruidos procedentes de la verbena, con los coches de choque y la música de Kamela a todo trapo, las tómbolas y sus perritos pilotos, impedían concentrarse demasiado en su madre y en mantener el debido luto. Así que como no podía vencerles se unió a ellos. Salió de casa con la intención de dar una vuelta y tomarse algo en algún chiringuito.

Hacía como 20 años que no volvía al pueblo. Había cambiado un poco desde que él era un tierno zagal que correteaba con sus amigos desde la fuente de los cuatro caños hasta el pórtico de la iglesia. Había más casas, menos gente y más rotondas. Y eso que era su pueblo. El pueblo. El lugar donde veraneaba con su familia. En realidad el lugar donde sus padres aparcaban a los niños durante las vacaciones de verano del colegio, con la abuela y el tío Venancio, el único soltero. Allí los niños estaban a sus anchas entrando y saliendo sin dar demasiadas explicaciones.

Mientras caminaba entre la gente, contemplando las banderolas de vivos colores, las luces brillantes y esquivaba a los niños que correteaban por todos lados, no pudo evitar pensar en esas mismas fiestas patronales de años atrás que tanto le gustaban. Él había sido otro de esos niños que correteaban entre los puestos, o buscaba frente a la tómbola algún boleto premiado, tirado por error al suelo por algún despistado. Con sus amigos del pueblo. Su pandilla de toda la vida.

Eran Jorge, Damián, Agustín y él mismo… los cuatro de la misma edad. Inseparables e incansables. Descubriendo el mundo con ojos curiosos y rodillas magulladas.

Deambuló entre los chiringuitos con paso errático dejándose llevar por los pies pero sin rumbo fijo. Y sin saber muy bien cómo, se encontró delante del puesto de tiro al blanco. Estaba igual que como lo recordaba. Incluso el dueño era el mismo, pero con veinte años más de arrugas y barriga. No estaba seguro pero hasta podría jurar que la camiseta blanca llena de manchas era la misma. Al menos parecía que tenía veinte años de roña encima. Puso un billete en el mostrador y el encargado le dio una escopeta de aire comprimido. Sólo el ojo de alguien experto se daría cuanta que tenía la mirilla torcida. Tampoco le importó. Tenía práctica y no erró el tiro al palillo donde estaba clavado un cigarrillo puro Farias, que se quebró con el impacto.

Había cumplido con la primera parte del ritual que repetían sus amigos y él cada día de feria. Al poco de salirles el bigote y cuando ya no era divertido lo de buscar boletos en el suelo, cada noche hacían lo mismo. Disparaban en la caseta de tiro al blanco para conseguir unos puritos, luego compraban unos “minis” de Kalimotxo con vino peleón y se iban detrás de las casas, parapetados contra el muro del cementerio a beber y fumar… como hacían lo hombres que creían que eran…

Con un mini de cerveza en la mano y el Faria en el bolsillo de la camisa llegó a la tapia del cementerio. Reconoció al instante el lugar, aunque lo habían urbanizado un poco. A unos metros había un grupo de chavales haciendo botellón y montando jaleo. A él no le importó que lo miraran con curiosidad mientras se sentaba en el suelo apoyado contra la tapia y encendía el puro. Tosió un poco con la primera calada, más que por la falta de práctica por la mala calidad del tabaco, pero ese sabor agrio en la boca le trajo otros muchos recuerdos. Y tan ensimismado estaba que no se dio cuenta cuando alguien se plantó delante de él.

– ¿Pedro? Pedro… ¿Eres tú?
– ¡Coño, Damián!

Y se fundieron en un cálido abrazo. Damián estaba un poco más calvo que veinte años atrás, y tenía una barriga abultada. Y se le notaba mayor y cansado. Además, olía un poco a alcohol.

– ¿Qué haces aquí? No venías al pueblo desde… desde…
– Desde que Jorge se mató con la moto
– Sí, es verdad… desde el entierro
– Sí
– Bueno, chico, ¿y qué tal te va? Te veo muy bien… joder, macho, no has cambiado nada… cago en la ostia… esto no ha sido lo mismo desde entonces…
– Pues no sé qué contarte… terminé la carrera, me coloqué en un buen puesto, me casé, tengo una niña preciosa… me divorcié hace poco… no sé, lo normal. He venido con mi madre al entierro de la tía Ernestina…
– Joder, macho, me enteré… lo siento…
– No pasa nada, es el ciclo de la vida. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti?
– Pues ya ves, por aquí que estoy… me vine al pueblo a vivir… ya sabes que no he sido de mucho estudiar nunca… no me he casado… un soltero de oro… jaja
– Ya…
– ¿Y de Agustín sabes algo?
– Nada. No le he vuelto a ver… ¿Y tú?
– Creo que ha estado enfermo… pero no sé… es que desaparecisteis los dos…
– Ya sabes… la vida cambia…
– Ya… ¿Te acuerdas cuando veníamos aquí a fumar?
– Sí… por eso he venido… recordando…
– ¡Qué tiempos!
– Sí…
– Coño, tenemos que celebrarlo… vamos a la feria, a beber hasta caer redondos…
– En realidad ya me iba… es que mañana salimos temprano para la ciudad y tengo que descansar… es que hoy ha sido un día muy largo…
– Pero hombre… si hace veinte años que no nos vemos…
– Lo siento, de verdad Damián, pero es que me tengo que ir… me alegra haberte visto.

Y se marchó.

No quería quedarse con Damián. Hay cosas que es mejor dejar en el pasado, y Damián era una de ellas. No le gustaba la idea de ver al Damián veinte años más viejo, estropeado y cansado.

Porque en el fondo sabía que él también era veinte años más viejo y estaba igual de cansado y estropeado…

Podéis visitar otras fiestas patronales en los pueblos de :
Ana
Cástor Olcoz
Crariza
Crguardon
Elefantefor
Elojoqueves
Escocés
Janpuerta
Odisea
Karmen-JT
Pat
Reichel
Rosa
Un Español más

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En cuanto llegué a casa el sábado por la tarde, después de mi habitual caminata por el monte de cada semana (el entrenamiento para el viaje a Nepal, ya sabéis), conecté el móvil al cargador. Durante la salida había estado dándole vueltas a la idea de llamar a la lectora misteriosa y proponerle un plan interesante, por pasar un poco a la acción. Pero no había conseguido pergeñar nada que pudiera asemejarse a un plan medianamente interesante, para estar a la altura siendo ella una mujer tan especial. Supongo que el quedarme sin batería me dio tiempo para ir pensando algo que proponer.

De haber continuado con la euforia de la semana pasada, algo tan nimio como no tener un plan interesante que proponer no habría supuesto ningún problema: para interesante, yo. Pero la euforia de la semana pasada me duró, grosso modo, hasta el jueves por la tarde. Así que el Sr K del sábado necesitaba un plan.

Y en esas estaba cuando me llegó un mensaje.

Lo primero que pensé fue que era de la lectora misteriosa, proponiéndome a mí el plan interesante (aunque simplemente quedar ya sería suficientemente interesante, al menos para mí). Pero la realidad supera a veces todas las expectativas imaginadas: Huracán me invitaba a cenar en su nueva casa, para enseñármela y para agradecerme la ayuda prestada. Y me pedía por favor que no me negase.

Así que, por un lado, no tenía un plan que proponer a una mujer que a buen seguro y dadas las horas que eran ya tendría algo que hacer, y por otro, tenía la posibilidad de complicarme la existencia reavivando un fuego casi extinto. También podría quedarme en casa, leyendo o, mejor, durmiendo. De haber perdurado la euforia de la semana pasada, habría optado por la primera opción y, al ser educadamente rechazado, habría optado por la tercera. Pero la euforia había desaparecido y, la verdad, tenía cierta curiosidad. Así que me arriesgué a jugar con fuego y llamé a Huracán, sabiendo que era un error, quizá el mayor error del mundo. Por resumir: Quedamos a las 10 y me dio la dirección de la nueva morada, no demasiado lejos de la antigua.

Me acicalé, peiné y recorté la perilla. Me vestí y salí para allá, con una botella de vino, un Alvariño, que sé que le gusta. Y, también he de reconocerlo, con ciertos nervios. No veía a Huracán desde finales de Enero, cuando tuvo a bien dejarme, y de eso hacía ya cuatro meses. No sabía cómo iba a reaccionar al verla… pero podía hacerme una idea.

Estaba guapa, muy guapa. Morena (luego me dijo que se había ido unos días a la playa), con su pelo ensortijado cayéndole en aparente desorden sobre los hombros desnudos. Un vestido fino, de color blanco, lo que remarcaba más su moreno, creo que demasiado fino y más propio del verano que de un día de primavera ligeramente fresco y húmedo. Y escotado, como no podía ser de otra forma, con dos de sus tres sensuales lunares a la vista. De no haber tenido las costillas en su sitio, mi corazón habría botado por toda la habitación, como una bola de goma…

Dos besos, castos y en la mejilla, aunque más largos de lo normal, me permitieron volver a aspirar el olor de su pelo. Y el contacto de su piel con mis manos, me trajo el recuerdo de otros contactos, no tan lejanos. Empecé a pensar que no había sido buena idea volvernos a ver, porque ese fuego quemaba más de lo que me imaginé.

Huracán me enseñó su nueva morada, intentando disimular sus nervios. El piso era enorme, mucho más grande que el otro, y más céntrico… algo que no me cuadraba demasiado con lo que se suponía que ella podía pagar. Resulta que, harta de buscar cosas asequibles, había optado por compartir casa. Y, bueno, había otros motivos.

– Aquí estoy muy sola Sr K. Después de que nosotros… ya sabes… pensé que a lo mejor este no era mi sitio. He echado la solicitud para un hospital en el sur… más cerca de mi familia, y cerca de la playa… así que mientras llega el traslado, si es que me lo dan, no he querido complicarme y comparto casa. Y así no estoy tan sola.

Ahora competía por un baño con tres mujeres más, dos de ellas compañeras del hospital. Ninguna estaba cuando llegué. Y por haber sido la última en llegar, tenía la habitación más pequeña de todas, apenas un cuartillo con una cama muy estrecha y poco sitio para sus muchas cosas. La decoración un poco ochentena, cortinas verdes con flores amarillas, a juego con el cabecero, un flexo encima de una mesa de cristal y, lo mejor, el armario enfrente de la cama con las puertas de espejo. Todavía había alguna caja sin abrir en una esquina, pero más o menos estaba instalada. Por lo visto llevaba ya dos semanas viviendo allí.

Huracán había sido muy metódica. Tenía preparada la mesa del salón hasta con velitas y todo. Había preparado algo fácil para cenar, una tabla de patés y quesos (que sabe que me encantan) y pasta fresca de segundo. Sin saberlo acerté con el vino, porque la pasta era con salmón. La decoración del salón era un poco austera, de batalla, propia de una casa de alquiler… y no pude evitar sonreírme al ver que el sofá, amplio y cómodo, era de un color azul muy parecido al que yo tenía. Lo que no deja de tener gracia ahora que le he cambiado la tapicería al mío.

La cena fue muy agradable. Me contó sus peripecias buscando piso, y los problemas que tenía con su anterior arrendador para que le devolviera la fianza. También me contó cómo eran sus compañeras de piso y las migas que había hecho con una de ellas, con la que salía de vez en cuando por ahí (supongo yo que de caza). Pero también recordamos muchas cosas que nos habían pasado, nos reímos mucho y, bueno, quizá bebimos un poco más de lo que era recomendable.

Eso es lo que quiero pensar, porque, sin saber muy bien cómo, terminamos en el sofá, besándonos apasionadamente. Fue ella la que me besó, pero yo no hice nada por evitarlo. Y del sofá llegamos a su habitación. Y pasamos la noche juntos, en su estrecha cama, con el espejo del armario ofreciendo una perspectiva nueva para mí.

No pegué ojo en toda la noche. Mientras ella dormía abrazada a mí, le di muchas vueltas a la cabeza, sopesando la situación. ¿Qué significaba lo que había pasado? ¿Íbamos a volver o sólo se trataba de un polvo de recordatorio? ¿Qué sentía ella realmente? ¿Y yo?

La verdad… no me he planteado volver. O sea, ella todavía me gusta mucho, sus lunares siguen ejerciendo un inmenso poder sobre mi voluntad… y cada célula de mi cuerpo me pide estar con ella, sentirla, acariciarla, besarla. Lo que pasa es que no es mi cabeza la que piensa esto. Mi cabeza piensa que nada ha cambiado desde enero. Lo que hizo que me dejara sigue ahí, y no me refiero al Policía, sino a lo que este individuo involuntariamente removió. La gente no cambia fácilmente (en realidad creo que no cambia) y estar separados estos cuatro meses no creo que haya aportado nada para que se produzca un cambio. Estamos igual que entonces: me quiere, pero no lo suficiente. Supongo que es verdad que está sola, que se siente un poco perdida y que, de alguna forma, yo le doy cierta seguridad… pero eso no puede sustentar por sí solo una relación, creo yo.

Me marché por la mañana, temprano. Como no hay nada normal en cuanto aparece Huracán, me crucé con una de sus compañeras de casa en el pasillo, cuando volvía de pasar el sábado de marcha…

Hemos quedado en vernos esta tarde, otra vez. Pero será en un sitio público, en una cafetería…

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La Real Academia de la Lengua Española define un Reencuentro como “Acción y efecto de reencontrar”. O volver a encontrar… si me permitís el juego de palabras. Y el encuentro es, también bajo la misma fuente, “Dicho de dos o más personas o cosas: Hallarse y concurrir juntas a un mismo lugar.”

Y eso fue, más o menos, lo que no hicimos Huracán y yo el viernes.

Dicen que el 28 de diciembre es el día de los santos inocentes. Es una fecha en la que, tradicionalmente, se gastan bromas al personal. Y precisamente a broma me sonó lo que Huracán me dijo por la mañana… que no venía. No porque no quisiera, sino porque no había encontrado billete hasta el día siguiente. Y eso trastocaba mis planes. Mis planes de verla… claro.

Al final no consintió que me quedara a esperarla por la mañana. Y eso que insistí (y los que me conocen saben que puedo llegar a insistir mucho). Apenas llegaría a tiempo para entrar a trabajar y no podríamos vernos demasiado. Y tenía razón al decir que sería tontería que me quedara en casa esperándola mientras nuestros amigos estaban en la casa rural que teníamos alquilada esperando la llegado del último día del año. Sobre todo teniendo en cuenta todo el tiempo que llevábamos planeándolo. Y ante semejantes argumentos no me pude negar, a pesar de las muchas ganas que tenía de verla.

Así que me fui el mismo viernes por la tarde, con mi amigo Almanzor y un jamón de seis kilos, y otros tantos de carne de la mejor calidad en el maletero, camino de una casa rural perdida de la mano de Dios. A un pueblo del que nunca había oído hablar y del que sólo tenía una idea de cómo era por las fotos por satélite del Google Maps. Con todo, llegamos perfectamente y dio comienzo a una fiesta de fin de año de cuatro días.

Pasaron las siguientes dos noches casi sin darme cuenta, entre buenas charlas, grandes comilonas y algún que otro paseo por el campo, como era de prever estando rodeado de tan buenos amigos. Cabe destacar la mañana en la que la dueña de la casa nos trajo un conejo vivo para que lo viéramos (como si fuéramos de algún lugar lejano donde no hay conejos vivos). También destacaría “los cuernos” que le puse a Huracán con una chica preciosa de enormes ojos azules. La chica en cuestión, hija de unos amigos, tiene nueve meses y nos pegábamos entre todos por tenerla en brazos o hacerla cucamonas.

Y llegó el gran día. Por fin. El último día del año y el de la tan ansiada reconciliación. Mi idea era irme poco después de la comida, una vez hubiera descansado lo suficiente, y hacer el camino de día, ya que no me gusta conducir de noche. Además, había buenas noticias desde el Hospital… Huracán se había arreglado con una compañera y podría salir a las ocho y media, lo que nos daba un buen margen de maniobra.

Antes de continuar, permitidme un pequeño inciso. Lentillas este año no estaba con nosotros. Ella había optado por celebrar el fin de año en casa, con su familia y, aunque había prometido pasarse por la casa rural un día a hacernos una visita, algún hecho inesperado se lo impidió. Posiblemente el que estuviera Ironmán con los Ironkids en su casa pasando el fin de semana pudo ser determinante. Pero no creo que fuera la única razón.

Dado que Lentillas es una de esa personas especiales a las que siempre gusta ver, y porque de camino del Hospital pasaría por la puerta de su casa, la llamé poco antes de salir… por si quería que me pasara a saludar y a felicitarle el año en directo. Y, la verdad, me quedé un poco preocupado, porque parecía tristona. Le dije que no me costaría nada y tampoco pretendía quedarme mucho rato. El tiempo justo par darle un beso y poco más. Pero insistió en que era mejor que no fuera. Incluso dijo que “No le venía bien”. Se despidió con un “ya te contaré” que no me ayudó a dejarme tranquilo precisamente.

Pensando en estas cosas pasé las dos siguientes horas de conducción, ya que no había nada que escuchar en la radio, excepto estática, dado que el CD del coche no funciona. Tardé un poco más porque hice exactamente el mismo camino que haría a la vuelta, fijándome en todos los puntos de referencia posibles. Nada podía estropear la noche, y menos el que me perdiera. Incluso llevaba en la guantera dos vasos con 12 uvas cada uno por si ocurría algo y nos las teníamos que tomar bajo el cielo estrellado en alguna cuneta perdida, y con los 12 pitidos del móvil en lugar de las 12 campanadas.

Tras pasar un rato por casa para ver a mis padres y a uno de mis hermanos (que ya estaba por allí) y rechazar unas cuantas veces unas galletas con cabello de ángel que había hecho mi madre para mis amigos (ya había suficiente comida en la casa como para alimentar un pequeño estado), salí zumbando dirección al Hospital. Al final tanta prisa no fue necesaria, porque Huracán se retrasó un poco.

Decir que estaba preciosa sería faltar gravemente a la verdad. Quizá podría afirmar que era la cosa más bonita que había visto nunca, si no fuera porque el haber estado tanto tiempo separados nublaba mi mente. Y así se lo dije, después de besarla casi con la pasión propia de un preso recién salido del presidio. Una condena corta, vale, pero una condena es una condena.

La hora y media que pasamos en el coche se esfumó rápidamente. Y aunque nos echamos unas buenas risas y la conversación era muy animada, estaba concentrado en la conducción y admito que corrí un poco más de lo que suelo hacerlo. Principalmente porque ya conocía el trayecto y porque no quería hacer esperar a mis amigos. Y también porque parecía que en el mundo sólo estábamos nosotros dos, y un cielo cada vez más estrellado, a medida que nos alejábamos de la civilización. Casi no nos cruzamos con nadie en todo el trayecto.

Y llegamos de nuevo a la casa Rural… pero eso es algo que contaré con todo lujo de detalles mañana.

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No. No se trata de Huracán… ella sigue desaparecida.

No sé si os ha pasado alguna vez reencontraros con un amigo después de una larga temporada y que parezca que te viste el día de antes, como si el tiempo no hubiera pasado.Eso mismo me pasó con Paratoda ayer por la tarde. Paratoda es mi “hermana mayor”. Mejor dicho, es la hermana mayor que nunca tuve. Me explico.

Yo empecé atrabajar muy joven, a los 19 años y 7 meses, en una oficina de servicios,trabajo que dejé hace dos para cambiar a otra cosa. Paratoda empezó dos años después que yo… y durante los casi 10 años que transcurrieron, nos vimos todos los días, exceptuando los periodos de vacaciones y las fiestas de guardar. Y 10 años son muchos años de vida.

Un año mayor que yo, rubia natural, delgada y muy guapa, siempre sonriente aunque de ojos tristes, grandes y marrones. Una mujer digna de salir en este relato. Pero, a pesar de toda esa simpatía, belleza e inteligencia, nunca me sentí atraído por ella. Supongo que influyó que, pasados un par de días de aparecer por primera vez en la oficina, fuera su novio a buscarla a la salida del trabajo… un tipo que más que un ser humano parecía un armario ropero. ¿Y quien quiere tener problemas con un armario ropero?

A medida que nos conocimos fuimos tomando confianza y, como siempre ha sido muy sensata, le contaba mis cosas y le pedía consejo. Y ella adoptó con gusto el papel de hermana mayor. Tengo que decir que casi nunca seguí sus consejos, por lo que,de haberlos seguido, a lo mejor ahora no sería el Señor Capullo que soy…

Por su parte ella se casó con el armario ropero de 2×2 y, pasados un par de años, se separó de él tras un montón de problemas. Fue un periodo muy malo para ella, pero ahí estaba yo de hombro sobre el que poder llorar (y lloró mucho)… como haría un buen hermano. Ahora vive feliz con un nuevo amor, igual de armario que el otro, pero bastante más majo.

Total que, después de dos años, nos volvimos a ver otra vez. Mi amigo Bob el Silencioso sigue bajando donde Paratoda y me contó el sábado que ella había tenido un amago de embarazo. Ya es el tercer susto que tiene y me pareció una buena razón para ir a verla. Además, Lentillas vive muy cerca y podía aprovechar para llevarle unas cosas que me había pedido hacía algún tiempo. Primero me pasaría a ver a Lentillas, visita relámpago, y así podría tener toda la tarde para mi ex compañera.

Pero las cosas no siempre son fáciles, y menos tratándose de mí. Lentillas tuvo lío a última hora en la oficina y no pudo salir a tiempo. Me dijo que me avisaría cuando llegara a su casa y si me cuadraba, pues me pasaba. Esto trastocaba completamente mis planes…

Paratoda me contó los cotilleos de mi antiguo trabajo, las nuevas movidas con mis ex jefes y como le iban las cosas a todos los compañeros. Nos pusimos al día de nuestras respectivas vidas y nos contamos los proyectos de futuro. Ella quiere prepararse una oposición y tener de una vez por todas un niño. Se está haciendo pruebas y demás. Me contó cosas de su hermana (a la que yo llamo en broma “mi futura mujer”) y de alguna compañera que se fue antes que yo y con la que ella tiene más contacto.

Se me pasó el tiempo volando. Apareció su chico, como ya os he dicho, también un armario ropero de 2×2, y nos tomamos la última caña. Ya era tarde y tenía que pasarme todavía por casa de Lentillas… y todos sabemos que Lentillas se va pronto a la cama. Prometimos vernos antes y buscar un día para quedar todos los compañeros a comer.

Cuando me monté en el coche llamé a Lentillas. La pillé cenando y me invitó a cenar. Preparó un puré de zanahoria buenísimo y lo complementó con embutido y con paté. Una cena muy agradable y divertida, con su gato viniendo a supervisar cada cierto rato que todo estuviera bien. Donde se lee “gato” se podría escribir “pantera”… por el tamaño descomunal del animal. Por supuesto hablamos del tema Huracán… comentando los últimos acontecimientos. Me dijo que tuviera un poco de paciencia…

Al final me marché de su casa a medianoche, como cenicienta, aunque en este caso era yo el que se marchaba en mi carroza… entre unas cosas y otras tengo un déficit de sueño que ríete tú de la deuda externa del tercer mundo… a ver si esta noche duermo un poco.

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Después de una dura clase de spining de ese (una especie de tortura china en la que un sádico con ropa ajustada te hace sudar al ritmo de música disco) salí escopetado para casa de Huracán. Tengo que reconocer ciertos nervios por mi parte… no sabía muy bien qué iba a encontrarme allí. ¿Estaría en lo cierto con respecto al Policía? Por si a caso, y porque hombre previsor vale por dos, llevaba la muda limpia.

Aparqué en la puerta y momentos después estaba llamando al timbre. Me abrió una Huracán inédita para mí: Una Huracán con gafas. De todas maneras las gafas le daban un aspecto de bibliotecaria erótica que para qué os voy a contar (y, con un saco de patatas, tendría el aspecto de una patatera erótica, segúramente). Por lo demás, y como siempre, muy ligerita de ropa (sólo una camiseta de tirantes y un pantaloncito corto, minúsculo). Así que estaba cómoda en casa.

– Quedamos en que me llamarías antes de venir.
– ¿Seguro? No lo recuerdo. – En realidad sí que lo recordaba, pero prefería encontrarla así.
– No me has dado tiempo a arreglarme… mira las pintas que tengo…
– Que va, mujer. Estás muy guapa.- Y no mentía
– Ahora tendrás que esperar
– No importa. Ya tengo experiencia.

Y me senté en el sofá, dispuesto a dejar pasar una hora allí sentado. La revista de la mujer de hoy es una lectura interesante… y siempre viene bien saber las tendencias de este verano en cuanto a trajes de baño se refiere. Mi horóscopo para esta semana no era muy alentador: Un problema de salud y estrecheces financieras…

Al final sólo fue media hora. Huracán, ya sin gafas, estaba preciosa (con gafas también).

– ¿Dónde vamos? – Pregunté con curiosidad. Obviamente íbamos a salir por ahí. Con Huracán eso significa que lo mismo empezamos haciendo un cine, y terminamos a las 8 de la mañana en un after…
– No sé, me da igual. Pero quiero salir de casa… me estoy agobiando. Llevo encerrada aquí tres días.
– ¿Pasa algo?
– No… nada… – Lo que en el lenguaje femenino significa “Tengo un problemón que te cagas”. Mi fino olfato para los problemas me decía claramente que se trataba del Policía.
– La Huracán que yo conozco no se queda en casa tres días ni con 40º de fiebre… Dime ¿Qué está pasando?
– Nada… bueno, sí… pero es que a ti no te gusta que hablemos de esas cosas… – Supongo que lo diría por las largas charlas sobre el camarero guapo que intenté, sin éxito, evitar en el pasado. De repente se había vuelto muy considerada.
– ¿Hay un Policía?
– Sí…
– Pues tienes razón, no me gusta… A ver, conozco una zona de terrazas que no queda lejos… – Por fin había tomado el mando el “Yo Tipo Duro”. Creo que dejé bien zanjado el asunto. No me gusta hablar de eso, así que no hablamos de eso.

Y bajamos al coche. Y, en el primer semáforo, Huracán se puso a llorar como una magdalena. Yo no soporto ver llorar a una mujer… es superior a mis fuerzas… así que nuevamente vi como el “Yo Tipo Duro” salía despedido del coche y moría atropellado bajo las ruedas de un camión unos metros más atrás. En su lugar, conducía nuevamente el Señor Capullo.

– A ver… ¿Qué te pasa?
– El Policía me ha dejado… – y continuó con unos cuantos lloros. Me resultaba difícil concentrarme en el tráfico y en Huracán, así que en cuanto pude, aparqué el coche. Por suerte había un bar cerca con una terraza. Salimos y, más calmada, Huracán me siguió contando.

Resulta que el Policía no era de por aquí. Era de una ciudad de la costa levantina donde, por cierto, vivía también su novia. Había surgido un traslado cerca de allí y lo había cogido. Punto final a la historia. El tío, después de un par de semanas intensivas de sexo, había vuelto al redil… como quien dice. Y en esto Huracán fue muy descriptiva…

De todas maneras había algo que no alcanzaba a entender.

– O sea – dije – que él tiene novia, ¿No?
– Si…
– ¿Tú lo sabías?
– Sí…
– Y, aún así, ¿Te liaste con él?
– Si…
– ¿Y no te importó ese pequeño detalle?
– Es él el que tendría que preocuparse por ese detalle… no yo.
– Bueno… eso es cierto… pero, no sé… por solidaridad de género… por eso de que uno no debe hacer lo que a uno no le gustaría que le hicieran… no sé, por esas cosas… de todas maneras, si él tenía novia, y tú lo sabías… no sé a qué viene esta escena, la verdad.
– Porque me he pillado por él… – Y empezó a llorar otra vez.

La gente de la terraza nos miraba. No es algo que a mí me preocupe, pero los ojos de Huracán estaban negros por el rimel corrido. Estábamos dando toda una escena.

– Mira, Huracán, deberías dejar de llorar… la gente del bar tiene la impresión de que te estoy dejando y, la verdad, creo que todos deben de pensar que estoy tonto o algo así, por dejar a un bombón como tú… así que, hazlo por mí, por mi imagen, y deja de llorar… por favor – Estas tonterías se me ocurren sin pensar. De todas maneras el comentario surtió el efecto deseado… Huracán sonrió y dejó de llorar. Aunque sólo por unos minutos.

Por lo visto todo empezó como un rollito de verano. Un tío bueno al que poder beneficiarse unos días y luego, si te he visto no me acuerdo. Una forma de pasar el rato haciendo ejercicio, en plan “Mujer fatal”. Pero resultó que el tipo no era tan mal tío después de todo (si olvidamos el pequeño detalle de que el Policía le puso los cuernos a su novia varias veces al día durante dos semanas). Y, Huracán, creyó ver algo más que sexo en sus encuentros. Empezó a imaginarse cosas y… en fin, se lió un poco. Él nunca tuvo la más mínima intención de dejar a su novia de toda la vida y, en cuanto surgió la oportunidad profesional que estaba esperando, se largó.

Total que, a eso de las 2 de la mañana, después de incansable palique sobre el tema, lloriqueos varios, sorbida de mocos (algo muy poco erótico, la verdad) y demás parafernalia del despecho, dejé a Huracán en su casa.

Resumiendo: Antes del verano había una Huracán abeja (de flor en flor) y me he encontrado a una Huracán enamorada (o eso cree ella), despechada y con gafas…

Se supone que hoy quedaremos otra vez, nos vamos a llamar después de comer. Eso sí… en caso de que quedemos le he prohibido volver a mencionar el tema del Policía. No me hará caso, por supuesto. De todas maneras no sé qué enfoque darle al asunto… ¿Voy de hombro? ¿Voy de hombre? A ver, las chicas… ¿Qué hago?

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