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Posts Tagged ‘relato’

En tercero de BUP yo tenía una profesora de lenguaje a la que llamábamos “La Garrapata”. Era un mote heredado de cursos anteriores, así que muy bien no sé a qué venía. Unos decían que era por la inmensa verruga que tenía en la cara, de esas verrugas peludas que parecen tener personalidad propia, y una opinión bien formada sobre política. Una verruga hipnótica que, aún sin tener con qué hacerlo, te da la sensación de que te está mirando… y no bien, precisamente. Otros decían que la llamaban así porque era ligeramente contrahecha y pequeña. Y fea como su mote. Yo me inclino a pensar que simplemente alguien le puso ese mote porque le pareció especialmente desagradable.

Lo cierto es que con ella mis posibilidades de aprobar se podían equiparar a las de un emigrante recién llegado del África más profunda, sin saber castellano y, posiblemente, con alguna deficiencia auditiva aguda. Algunas sillas sacaban mejores notas que yo. Con ella todo el mundo estaba suspenso y, al menos en mi caso, no hacía falta que demostrara lo contrario. En realidad a mí no me preocupaba lo más mínimo suspender lenguaje… a fín de cuentas yo siempre he sido de ciencias. Pero a mis padres nunca les gustó que yo suspendiera nada, así que cada vez que llevaba las notas a casa había conflictos generacionales en los que siempre se terminaba oyendo “jovencito, yo a tu edad ya estaba trabajando”. Pero no sólo por el lenguaje, sino por el resto de asignaturas que suspendía, que no eran pocas. Nunca fui un alumno muy aplicado.

El tercer trimestre “La Garrapata” se puso mala. Ese hecho supuso que corrieran muchos rumores sobre las posibles enfermedades de la pobre mujer. Algunos realmente imaginativos. Al final resultó ser Hepatitis, lo que la mantuvo de baja durante el resto del curso. Para ella fue una mala noticia, pero para nosotros abría un resquicio a la esperanza. El profesor de sustitución que pone la compañía de seguros desde el kilómetro cero no podía ser peor que la señora de la verruga.

El profesor fue en realidad una profesora. Era joven y guapa. Pero sobre todo joven. Bueno, y guapa. Y entró en clase el primer día con un estilo diferente. Para empezar se sentó en la mesa del profesor con las piernas cruzadas. Se presentó y empezó a contarnos una historia sobre su primer día de clase en la facultad. Era una historia divertida, con algunos reveses y contada de una manera muy interesante. Ni que decir tiene que la clase se pasó volando. Ella había usado su presentación para enseñarnos lo que haríamos el resto del trimestre: Escribir historias.

Ahí me ganó.

Por primera vez escuché palabras como “presentación-nudo-desenlace”, trama, relato clásico… comedia, drama. Yo había leído siempre mucho, pero jamás se me había ocurrido pensar que las historias se tienen que contar de una manera concreta, que hay una estructura, y que se viene haciendo de la misma manera desde siempre. Entre otras cosas porque no hay otra forma de hacerlo, sobre todo si se pretende que la gente se entere o no se aburra. Y, lo mejor de todo: los deberes eran escribir relatos. No hace falta que diga que esos deberes los hacía sin rechistar.

El primer relato que hicimos hubo que leerlo en voz alta delante de toda la clase. A mi grupo nos había tocado hacer un drama. Y en cierta forma era un drama. Visto desde lejos. Trataba sobre venganza de un poli al que matan a su compañero. Lo sé, no era muy sofisticado y, bueno, se han hecho mil y una películas sobre lo mismo. Algunas hasta aceptables y todo. Sobre todo las que no están hechas en Hong Kong. Ese relato tuvo dos cosas buenas.

1) Me pusieron un ocho. El primer ocho en lengua de la historia de la familia. Conseguí sacar más puntos con ese relato que la suma de todas las notas desde el colegio.

2) El rotundo aplauso de mis compañeros, y alguna que otra carcajada de la profesora (en los momentos en los que tenía que hacerlo). Algo que, sin duda, engancha…

El relato lo perdí. Al menos no lo encuentro. Pero ya se sabe… las madres lo guardan todo, así que posiblemente esté en el montón de papeles del trastero. Curiosamente el nombre de la profesora no lo recuerdo, aunque creo que no sería difícil averiguarlo. Si alguna vez consigo publicar alguna cosa… mejor… cuando consiga publicar alguna cosa, buscaré su nombre para dedicárselo… a fin de cuentas ella tendría parte de la culpa ¿no?

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¿Sabes, madre? Tengo una sorpresa. Hoy me independizo… sí, sí, ya sé… era lo que querías… anda que no me has dado la lata con que volara fuera del nido. Y por eso vamos a celebrarlo. Hoy cocino yo. Para que veas que todas esas tardes mirándote en la cocina han valido para algo. Ya puedo valerme por mí mismo. No. No quiero que me ayudes. No digas nada. Tú sólo mira y luego me das tu opinión.

A ver… ¿Cómo empiezo? ¡Ah! Sí… comienzo preparando los ingredientes. Siempre lo dices: hay que presentar la materia prima a la cocina, para que se familiarice con ella.  ¡Qué risas me he echado oyéndote decir eso! Primero, calabacines. Creo que con uno grande habrá suficiente. Luego una cebolla. ¿Sabes? Nunca me gustó la cebolla. Quizá es por eso que me dices… sí, ya sabes, lo de que yo soy como una cebolla… con capas y más capas y que al final siempre te hago llorar. Pero a este plato le va muy bien la cebolla. ¡Mucha cebolla! Y tomates. Rojos y maduros. Que den mucho jugo. Me gusta el tomate. Tan rojo, tan espeso… tan… tan… pero habrá que pelarlos, porque tienen la piel un poco dura,  y despepitarlos, como a ti te gusta, para que no se metan las semillas entre los dientes, eh? También tengo algunos pimientos y media manzana… sí, yo creo que está todo. ¡No! Falta el “toque”, el aceite de oliva virgen extra. ¡Extra! ¡Extra! ¡Hoy cocina el hijo pródigo! Sí, ya sé que no te gustan mis bromas… pero es que hoy estoy tan contento…

El aceite. Hay que ser generoso con él. Un buen chorro en la cuzuela. Voy a hacer el sofrito y me hace falta aceite. Lo voy calentando, poco a poco, mientras troceo los otros ingredientes. La cebolla picadita. Con el cuchillo grande. Chaschaschaschas, en trocitos pequeños, para que se pochen bien. Pochar. Esa palabra no me gusta… suena a algo que se pone malo. ¡Esto está pocho! No me gusta. Pero tú siempre lo llamas así. Pochar, pochar, pochar… yo pocho, tú pochas, él pocha… y los pimientos también habrá que pocharlos, todo junto. Y dándole vueltas para que no se pegue… porque no queremos que se queme… No. Hasta que la cebolla esté transparente y el pimiento blando.

Ahora echo el tomate. Lo he cortado en trocitos, como a ti te gusta. Para que se deshaga bien y suelte todo el jugo. Toda su sangre… Vamos a hacer una auténtica salsa de tomate. Otra. Y para que veas que aprendo bien, le echaré la manzana… tu truco. Y vueltas. Hay que darle vueltas para que no se queme. Pero mientras hay que seguir preparando lo demás… más cebolla, más pimiento y el calabacín, claro…. Todo bien picadito. Y lo freímos en otra sartén… que suelte toda el agua… pero el calabacín será lo último, que es más delicado. Y no queremos que se estropee…

Esto tarda, mamá. Cocinar así es lento… es más fácil usar el microondas y calentar algo. Lo sé… pero podemos charlar mientras, ¿no? Yo remuevo y remuevo. Remuevo y remuevo ¿Qué dices? ¿Qué dónde viviré? No lo sé. Seguro que en un lugar agradable. Agradable y tranquilo. Lejos de las peleas y los gritos. Lo siento mamá… ya no me podrás gritar más. Pero ya soy mayor y podré vivir sin ti. ¿Ves como soy mayor? Un niño grande, me has dicho siempre. Pero eso ya terminó. Y el tomate también, parece. Un toque con la minipimer y estará listo. Y reservamos para después, para cuando el calabacín esté blandito… y lo echamos ahí, para que se haga todo junto. Y con eso tendremos el primer plato…

Ahora vamos por el plato fuerte. ¿Estás lista?


– ¿Tienes el informe?

– Sí. No hay duda.

– Y nos estaba esperando. ¡El muy cabrón! Estaba sentado en la mesa, delante de una cazuela de pisto y varios platos. Dijo que eran para nosotros.

– Menudo psicópata… sólo hemos encontrado los huesos. El informe es concluyente: los sesos eran de la madre… era todo lo que quedaba.

– Hijo de puta. Le había frito los sesos… con harina y sal.

– Así los prepara mi suegra.

– ¿Y el pisto?

– No, el pisto estaba cojonudo…

La semana pasada hice mi primer pisto. Chispas. Bajo supervisión de un adulto, en este caso, mi madre, claro. Digamos que yo fui sus ojos y sus manos. Mientras cocinaba se me ocurrió este relato. Esperad, antes de llamar a la policía o a los loqueros, dejad que me explique. No es que se me ocurriera hacerle eso de cocinar los sesos vuelta y vuelta a la pobre mujer. Ya tiene suficiente con el hierro que le sobresale del dedo del pie. Pero pensé que podía ser una manera muy, pero que muy original de presentar una receta…

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En el anterior capítulo de “El último verano”, Mari Paz, la prima mayor, llega tarde por la noche a casa de la abuela. Emilio está despierto en la habitación que comparte con ella y su otra prima. Este es el final de la historia.

Mari Paz entró en la habitación. Era tarde y la luna se habría visto alta en el cielo de haber una ventana por la que mirar. Todos debían de dormir. Tiró de la cadena que hacía de interruptor de la bombilla colgada del techo y una luz amarillenta inundó la pequeña estancia. Miró a su cama y vio como Macarena dormía plácidamente. En la otra cama, el bulto quieto que debía de ser Emilio, aunque no se le veía ni un milímetro de piel, respiraba levemente y apenas se le oía.

Emilio no dormía pero, sin saber por qué, se hizo el dormido. No quería que su prima pensase que se había preocupado. Pero aunque simulaba dormir, no cerró los ojos del todo. Quizá movido por la curiosidad, no se perdía ni uno solo de los movimientos de su prima mayor, mirando por una estrecha rendija entre la almohada y la sábana. Mari Paz bajó los tirantes de su vestido y éste se deslizó apenas rozando su cuerpo. Era su vestido favorito, el de las flores, que le había regalado su madre por su cumpleaños. Por eso, aunque estaba en ropa interior, se dedicó con esmero a doblarlo antes de dejarlo en la silla. Emilio se fijó en la espalda de su prima, morena por las interminables tardes de sol en el patio, junto a Macarena; y siguió la línea de la espalda hasta que ésta se transformó en las nalgas, cubiertas por las braguitas. De color blanco, con dibujos de mariposas, parecían algo más propio de una niña que de una adolescente.

Su prima se sentó en el borde de la cama y echó las manos hacia atrás, hacia el cierre del sujetador, sin prestar apenas atención a lo que hacía. Con un hábil movimiento lo desabrochó y sus pechos quedaron al aire. A Emilio le dio un vuelco el corazón al ver el cuerpo desnudo de Mari Paz. No podía apartar la mirada de los pechos de su prima, mientras esta doblaba también el sujetador y lo dejaba al lado de la cama. Se olvidó de respirar, hipnotizado. El corazón de Emilio botaba descontrolado.

Estaba haciendo algo prohibido y lo sabía. Pero, además, se sentía extrañamente excitado. Emilio soltó el aire apresado en sus pulmones con un suspiro prácticamente inaudible. Aún así su prima se quedó un instante quieta, atenta, aunque apagó la luz tirando de la cadena que hacía de interruptor y se metió en la cama, junto a su hermana como si nada hubiera escuchado. Emilio, presa de la excitación, tardó mucho tiempo en poder dormirse. El cuerpo desnudo de su prima le venía una y otra vez a la cabeza.
A partir de esa noche Emilio se mantuvo despierto todas las noches hasta que Mari Paz se acostaba. Consiguió repetir la experiencia en algunas ocasiones.Pero no sólo la miraba de noche. También la miraba de día, cuando Mari Paz reía junto a su hermana tomando el sol en el patio. Se fijaba en los movimientos elegantes de sus manos, la forma de sus labios o el brillo de sus ojos. A veces un mechón de pelo se le salía de la coleta y a Emilio le entraban unas ganas tremendas de volverlo a poner en su lugar. La miraba mientras leía, concentrada en un libro, arrugando la nariz, o mordiéndose el dedo distraídamente. Pero lo que más le gustaba era contemplarla a la hora de la siesta, en la hamaca, dormida, con sus grandes ojos negros cerrados y respirando relajadamente.

Puede que fuera su imaginación, pero empezó a pensar que muchas veces por la noche su prima tardaba más tiempo del necesario en desnudarse o que se recreaba demasiado en doblar la ropa. Incluso, una vez, le pareció que, antes de apagar la luz, su prima miró hacia la rendija entre la sábana y la almohada y sonrió. No estaba seguro.

Fuera o no verdad, Mari Paz siguió viéndose con el muchacho alto y fuerte del pueblo todos los días mientras duró el verano.

De lo que sí estuvo completamente seguro, y sería algo que no olvidaría nunca, fue algo que ocurrió el día que sus padres vinieron a recogerle, justo al acabar las vacaciones. Su prima Mari Paz se despidió de él dándole un beso suave en los labios. Y la vio alejarse con una enigmática sonrisa dibujada en la cara.

Habían pasado 25 años de aquello y Emilio estaba otra vez en la vieja casa de la abuela. No volvió a veranear en el pueblo, entre otras cosas porque su padre fue destinado al extranjero y luego, él, había hecho su vida por allí. Y 25 años dan para mucho.

Al entrar se encontró con su tío Ramón y reconoció a varios primos. Pero Emilio buscaba con la mirada a Mari Paz. Quería volver a verla, después de tanto tiempo. Su abuela salió de la cocina y le abrazó tiernamente, tirándole de los mofletes como siempre hacía cuando le veía. Alguien llamó a Mari Paz.

Y se preparó para el reencuentro.

Dejo el final de la historia abierto. En realidad no sabía como terminarlo. ¿Encontraba Emililo a su prima 25 años más mayor, pero netamente igual, o por el contrario su prima “había cambiado”? No sé. Lo dejo a vuestra imaginación. Espero que os haya gustado. Por cierto, si esta noche celebráis algo, pues eso, que felicidades.

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Tal y como conté ayer, Emilio regresa a casa de su abuela y recuerda el último verano que pasó allí.  La historia continúa así:

Cuando Emilio las vio bajar del coche estaba demasiado enfadado como para fijarse en cómo eran sus primas. Sólo veía a dos niñas cargadas con dos grandes maletas, seguramente llenas de ropa. ¿Dónde pretendían meter todo eso? En la pequeña habitación no había espacio para nada más. Ni para ellas. Tendrían que marcharse. Sería lo mejor. Su abuela se daría cuenta de que era un error, que en la casa no había sitio… y se irían. Con sus estúpidos vestidos de flores y sus grandes maletas llenas de estúpida ropa de niña. Y en eso pensaba mientras pateaba una lata en la calle junto al coche de su tío, con cara de pocos amigos.

Tanto Macarena como Mari Paz, apenas le prestaban atención. Ellas siempre andaban juntas y se pasaban el día tomando el sol en el jardín o simplemente lejos de Emilio. Pronto hicieron buenas migas con otras niñas del pueblo, y empezaron a aparecer muchachos por la casa buscando, sobre todo, a Mari Paz, para ir al río o a los campos. Así que mucho no se veían y, en general, no le hacían demasiado caso. Por las noches, cuando se acostaban, Emilio aguantaba en silencio los cuchicheos y risillas de sus primas hasta que se dormían; y no tenía ni idea de por qué demonios se reirían, aunque no llegó a preguntarlas. Él cada vez se sentía más enfadado.

Damián, uno de los chicos mayores del pueblo, empezó a rondar a Mari Paz. Y ella no le hacía ascos precisamente. Era alto y estaba fuerte, de ayudar a su padre en el trabajo. Y tenía moto, algo que a la abuela no le gustaba demasiado. De hecho, no le gustaba demasiado que se viera con ese chico. Pero era complicado controlar a la nieta mayor y se escapaba a menudo., casi siempre con la colaboración de su hermana Macarena, que la cubría. Casi todos los días había bronca entre la abuela y Mari Paz por este motivo.

Emilio sabía que iban detrás de la tapia del cementerio,  aunque no tenía ni idea de lo que harían allí.  Un día decidió enterarse de lo que hacían y los siguió lo más disimuladamente que pudo. Pero, al final, no se atrevió a mirar; sólo escuchó y lo que llegó a sus oídos no le gustó. Salió corriendo de su escondite sintiéndose cada vez más enfadado con Mari Paz.

Era de noche y hacía calor. La abuela se había quedado dormida en la cocina esperando que Mari Paz apareciera por fin: la muchacha había ido con el hijo del mecánico a las fiestas del pueblo de al lado, con la moto, y se había saltado el toque de queda. Pero Emilio se mantenía despierto. En la habitación sin ventanas hacía demasiado calor y no conseguía conciliar el sueño. Además, estaba enfadado con su prima, como de costumbre, esta vez porque había conseguido preocupar a la abuela. Era una egoísta, siempre queriendo divertirse… ¿Y qué era eso de andar todo el día con el chico ese? A ver… ¿Qué hacían? ¿Qué? Nada bueno, seguro. O, al menos, eso era lo que creía él. Por fin escuchó el característico crujir de la puerta de la calle y los inconfundibles pasos descalzos subiendo por la escalera de madera. Su prima, por fin, había regresado y él suspiró aliviado.

Mañana el desenlace.

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La vida imita al arte. ¿O es al revés? No sé. Os presento un relato que escribí en un momento de inspiración. Puede que os recuerde cierta entrada que ya publiqué hace poco sobre algo que no se puede olvidar. Por supuesto me he inspirado en ella para escribir el relato. Aquí os dejo la primera parte.

La vieja casa. La casa del pueblo. Hacía años que no la visitaba, y le resultó extraño que esa navidad la familia quisiera celebrar la Nochebuena precisamente en ella. Su madre le había insistido mucho en que ese año no podía faltar. Había planes de demolerla y construir una casa nueva, o vender los terrenos, y la abuela quería despedirse de la casa con una fiesta. Y como la abuela ya estaba mayor y los médicos decían que no le quedaba mucho de vida, esa Nochebuena podría ser la última.

Emilio se sintió un poco raro, plantado delante de la agrietada puerta de madera, sin atreverse a llamar. Miró a su alrededor: el jardín destartalado con los parterres de rosales que jamás dieron una rosa y el banco de madera que siempre parecía a punto de romperse. Unos tiestos rotos en una esquina, una vieja rueca llena de óxido y la mesa de piedra donde la abuela les daba de merendar, durante aquellos interminables veranos de su niñez. Todo parecía idéntico a como lo recordaba, aunque ahora se daba cuenta de lo viejo y descuidado que estaba. Se preguntó si su habitación seguiría igual.

Cuando construyeron la casa nunca pensaron que en aquella habitación pondrían una cama, y mucho menos dos. Por eso no había ninguna ventana por la que entrara algo de luz o un poco de aire fresco. Era una habitación para meter cosas, los trastos que inevitablemente acumula una casa con el paso del tiempo. Y raramente se necesitaba usar, tan solo en verano, durante las vacaciones del colegio, cuando dejaban a todos los niños al cuidado de la abuela. Había que aprovechar cada hueco para meter a toda la tropa. Ocho fieras.

Emilio no disfrutaba demasiado en el pueblo. Era el mayor de todos los nietos y sacaba al menos tres años al siguiente. Y, con doce años, ésa es mucha diferencia de edad. No le divertía jugar con sus primos a los estúpidos juegos de mocosos, y no había otros niños con los que jugar. En definitiva: Ir al pueblo le aburría, y pasarse allí los tres meses de verano era como un castigo. Pero no tenía otra alternativa. La ventaja con la que contaba era que, siendo el mayor, disfrutaba de una habitación para él solo, todo un lujo en aquella vieja casa de pueblo. Aunque fuera la habitación sin ventanas y con ese olor a cerrado que se mantenía durante todas las vacaciones.

El último verano, el que fue especialmente caluroso, el tío Alfredo, mayor de los seis hermanos, marchó para un largo viaje de trabajo. Iba a América, al parecer, y estaría mucho tiempo fuera. Aquel año dejó a sus dos hijas por primera vez en el pueblo a cargo de la abuela. Hubo que meter una cama más en el cuartillo de los trastos y las dos muchachas, Macarena y Mari Paz, dormirían juntas allí. Ese detalle no le gustó en absoluto a Emilio. Ese era su territorio y no le apetecía verlo invadido por niñas. Además, apenas las conocía, porque el tío Alfredo casi no mantenía trato con el resto de la familia. Sólo sabía que Macarena era de su misma edad, y Mari Paz cuatro años mayor.

Desde luego, aquel sería un verano muy malo.

Mañana la continuación…

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Ya sé que ando un poco desaparecido últimamente… pero entre que el vecino se ha transformado en un censor muy duro (vamos, que ha cortado el acceso gratis a Internet) y a que ando enfrascado en un proyecto que consume mi tiempo, no posteo con la regularidad acostumbrada.Y tampoco corrijo los relatos de los compañeros, que es todavía peor. El caso es que saqué un rato el otro día y escribí este pequeño monólogo. El tema de esta semana era sobre un viaje en coche. Me he tomado la libertad de hacer una adaptación libre del asunto… mi propia visión de una Road Movie”. Espero que os guste.

Coño. Otro atasco… no sé que cojones pasa, pero últimamente somos cada vez más. Ya casi no recuerdo cuando íbamos fluidos… prácticamente sin pararnos en ningún sitio. Pero es que ahora… ahora no hay quien circule, joder. Recuerdo los viejos tiempos… ¡Qué tiempos aquellos! Claro que yo era más joven entonces y todo me llamaba la atención… ahora… ahora no me fijo por donde voy… podría ir con los ojos cerrados. “Te falta motivación, Eri”, dice mi mujer. Y un cuerno… es que es siempre lo mismo… la vida del transportista es pura rutina… carga… pégate con todo el mundo para hacerte un hueco… entrega la mercancía donde te han dicho, carga los desechos, llévalos a la planta de reciclado… y a cargar otra vez… es un muermo de curro… “Podría ser peor, Eri”, me dice mi mujer… claro… como ella trabaja en la dirección… aquí me gustaría verla a mí, con todos estos desalmados… yo no sé de dónde los sacan, la madre de dios, si es que cada vez van peor… coño. Ya me lo dijo mi padre: “Que el mundo del transporte es muy duro, Eri”… pero no le hice caso. Me dejé cegar. Pensaba… así veo mundo. ¡Ingenuo! Eso es lo que fui… un maldito ingenuo. ¡Mundo! Seré gilipollas… aquí lo único que veo es el maldito culo del de delante. “Tenías que haber hecho como tu hermano, Eri”, me dice mi madre… cuanta razón tiene… con lo bien que me sienta el uniforme… y en lugar de estar taponado en este maldito atasco, estaría luchando contra los invasores… ¡Tenía que haberme hecho un jodido Leucocito!

El protagonista se llama Eri, porque los glóbulos rojos también son conocidos como Eritrocitos. Y, bueno, había atasco porque el señor que llevaba a Eri en su interior estaba realizando un entrenamiento en altitud, tipo viaje a Nepal… lo digo porque ha habido dudas en el foro del Club y no he tenido tiempo de modificarlo.

Otros relatos en las casa de los compañeros del Club:

BANDAMA: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/bandama4
BLOODY: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/gmonteliu
CÁSTOR OLCOZ: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/sixto-l-hotmail-com
CRARIZA: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/crariza
CRGUARDDON: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/crguarddon
ELEFANTEFOR: http://lacomunidad.elpais.com/elefantefor
ESCOCÉS: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/escoces
JANPUERTA: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/janpuerta
KARMEN-JT: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/karmen-jt
LOUIS DARVAL: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/blackdragon
NACHO: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/nacho-zaragoza
ODISEA: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/mjvipra
PSIQUI: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/psiquiatradefamilia
QUADROPHENIA: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/quadrophenia
REICHEL: http://andyesisaidyesiwillyes.wordpress.com/
UN ESPAÑOL MAS: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/un-espanol-mas
XARBET: http://lacomunidad.elpais.com/usuarios/f-menorca

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En mi reencuentro con el Club de los jueves el tema no podía ser más apropiado… abuelos y nietos. Y digo que no podía ser má apropiado, porque mis amigos dicen que seré el terror de mis nietos, con tantas historias como tengo para contar. En fin. Esta vez he intentado que mi relato muestre el conflicto generacional que se produce en familias ancladas con el pasado… y como estas pueden llegar a fracturar una familia. He dicho que pretende… espero que os guste.

– ¿Abuelo?
– ¿Sí?
– ¿Por qué vestimos de negro?
– Ya te lo he dicho un montón de veces…
– Ya… pero no lo entiendo..
– Porque así se nos ve menos por la noche. Para nosotros es fundamental que no se nos vea…
– Pero yo prefiero el verde. El verde es un color más bonito.
– No. La tradición es la tradición… y hay que cumplirla. El negro es nuestro color.
– ¿Y por qué usamos las ventanas para entrar en las casas?
– ¿Otra vez?
– Es que tampoco lo entiendo…
– Porque por las ventanas es más sencillo entrar… a la gente no le gusta que nosotros entremos en sus casas…
– ¿Y por qué?
– Porque nos temen.
– ¿Y por qué la gente nos tiene miedo?
– Porque siempre les quitamos algo valioso… y no quieren que se lo quitemos.
– ¿Y por qué se lo quitamos?
– Porque lo necesitamos para vivir…
– ¿Y no podemos vivir de otra manera?
– No.
– Papá dice que sí se puede hacer de otra manera…
– No me nombres a tu padre… es la vergüenza de la familia…
– Pero Papá viste de verde… y no entra por las ventanas a las casas de la gente…
– Tu padre es un vendido. No respeta la tradición. Tu padre no existe.
– Pero Papá dice que lo que hacemos no está bien. Que no hace falta quitarle a la gente…
– ¡Tu padre es un maldito enfermero!
– Técnico de laboratorio, abuelo…
– ¿Cómo?
– Sí, que es un técnico de laboratorio…
– Trabaja en un hospital y no es médico… ¡Tu padre es un maldito enfermero!
– Que no abuelo… que trabaja en el laboratorio… me ha dicho que es el responsable del banco.
– ¿Del banco?
– Sí, el banco de sangre…
– Anda, niño, no digas tonterías… tu padre es un enfermero ¿Cómo va a ser un vampiro el responsable del banco de sangre?

BANDAMA
BLOODY
CÁSTOR OLCOZ
CRARIZA
CRGUARDDON
ELEFANTEFOR
ESCOCÉS
JANPUERTA
KARMEN-JT
LOUIS DARVAL
PSIQUI
REICHEL
UN ESPAÑOL MAS
XARBET

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