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Posts Tagged ‘Rico’

Al salir un día cualquiera por la noche es fácil ver a una, dos o medio centenar de chicas que te pueden resultar atractivas. A mí me pasa… y no sé si es cosa del verano o se trata más bien de los avances de la técnica… pero lo cierto es que hay un montón de chicas guapas ahí fuera (como decía el Capitán Furillo, aunque él en realidad decía eso de “Tengan cuidado ahí fuera”… pero, bien pensado, si hay tantas chicas guapas… Habrá que tener cuidado ¿No?).

El problema no es tanto que haya muchas o pocas mujeres que te puedan gustar… el problema es más bien que tú les gustes a ellas. No a todas a la vez, claro, de una en una… en realidad una. Esa. La que te ha gustado en ese momento. Se trata de hacerle ver que te gusta (eso ya lo sabe, claro, porque llevas un rato mirándola todo lo disimuladamente que has sido capaz… así que es eso o que tiene un moco pegado en la nariz), pero sobre todo se trata de saber si tú le gustas a ella. Y para eso hay que acercarse y decir algo. Es parte del trato… ¿Tienes pito? ¿Puedes mear de pie? Sí… pues te toca acercarte, macho. Bueno, a no ser que seas el doble perfecto de Leonardo Di Caprio, Brad Pitt o el que quiera que esté de moda hoy en día… a esos las chicas se les apelotonan alrededor. Pero como no te pareces a Leonardo Di Caprio, toca acercarse…

Quitando a los tipos borrachos o puestos de algo que sólo son atractivos para sí mismos, bajo su visión de la realidad distorsionada por las sustancias, el resto de tipos nos dividimos en dos categorías. Los monos y los brasas. Se distinguen claramente. Veamos un ejemplo:

El brasas se acerca a una chica y le dice. “Hola. Llevo un rato mirándote y creo que eres muy guapa”.

El mono se acerca a una chica y le dice. “Hola. Llevo un rato mirándote y creo que eres muy guapa”.

¿Cómo se distinguen? Cualquier chica los habría sabido al momento. Es muy fácil… el mono es el que está bueno.

Así que por pura dicotomía, yo pertenezco al grupo de los brasas.

A veces pienso que ligar por la noche es como ser delantero centro en un equipo de fútbol. O sea, ligar es como marcar un gol. A veces estás en racha y marcas en todos los partidos… como que te tiras media temporada sin oler puerta… y eso que tiras a todas las porterías que se te ponen por delante. Ojo, digo marcar gol, pero no estoy hablando de penaltis. Un penalti suele llevar acarreado un bombo y, a veces, una boda. Hay que tener mucho cuidado con los penaltis.

Bromas aparte, la moral es fundamental para ligar. Y como cualquier delantero sabe, con la moral alta se intentan cosas que no se pensarían teniendo la moral baja. Conseguir goles aumenta la moral, y llevarse palos, la baja. Algo muy simple. Para aumentar la moral no hay nada como las camareras. No estoy diciendo que las camareras sean fáciles, ni mucho menos. Es más, no suelen ser nada fáciles, acostumbradas a bregar con todos los tipos brasas del bar. Pero tienen una cosa a tu favor… están obligadas a hablar contigo. Así que al menos no tienes que romper el hielo… y no suelen ser desagradables. A lo mejor no marcas gol… pero practicas con los regates y los tiros a puerta…

Todo este rollo viene a cuento por lo siguiente: El viernes salí a tomarme algo con mi amigo Rico por el centro. Con él y con Gataparda. Avisamos a más gente pero el verano hace estragos en las filas de los amigos… la mayoría de vacaciones. El caso es que, como siempre, fuimos a una taberna donde ponen buen jamón y buena cerveza. Charlábamos tranquilamente cuando de pronto…

De pronto fue como si se hiciese de día. Una chica sonriente y preciosa entró en la taberna. Morena, pelo liso y largo, guapa, no, guapísima. Y lo que es más asombroso, vestida con un simple vaquero y una camiseta negra. Nada de pintura, nada de tirantitos, nada de minifaldas. Pero daba igual, porque la sonrisa quizá sea la sonrisa más bonita que he visto nunca. Blanca y radiante (como suele ir la novia), y constantemente puesta. La frase que estaba diciendo se cortó a medias y creo que todavía andan esperando que la termine… pero es que mi cerebro necesitaba de toda su capacidad para registrar el momento.

La chica añadió a su indumentaria un delantal de color vino, igual al que llevaban el resto de las camareras, y se situó entre la barra y las mesas. Yo no podía apartar la mirada. No sé si era el efecto de las cañas, el calor o qué, pero lo cierto es que no podía dejar de mirarla. Con disimulo, claro. O con todo el disimulo que era capaz de tener, equivalente al que podría aplicar un elefante en una cacharrería. En no pocas ocasiones nuestras miradas se cruzaron y, en contra de lo que habría sido lo lógico, mantuve la mirada siempre. Ella también. Y no perdía la sonrisa… así que os podéis imaginar como estaba en ese momento.

Llegó el momento de irse y, a pesar de que lo normal habría sido quedarnos en el bar hasta que cerrara, mis amigos no encontraron suficiente justificación en el argumento de que era la sonrisa más bonita que había visto. Así que pedimos la cuenta (a ella) y nos fuimos. Pero antes de cruzar el umbral me di la vuelta. No podía dejar las cosas así. Me planté delante de ella y le dije:

– Hola.
– Hola.- Y me obsequió con una sonrisa marca de la casa.
– ¿Puedo saber tu nombre? – En realidad la frase que tenía que haber salido era “¿Puedo saber tu nombre? Es para saber con quien voy a soñar esta noche”, pero por algún motivo del subconsciente, sólo salió la primera parte…
– Sí, me llamo “…”. ¿Y yo puedo saber el tuyo?
– Claro, soy Sr K
– Encantada Sr K.
– ¿Sabes que tienes una sonrisa preciosa?
– Gracias. – Y sonrió otra vez.
– No… gracias a ti. De verdad.

Y me marché.

Podría haberle pedido el teléfono. Lo sé. Quizá haya sido un error, pero mi Estado Mayor creyó conveniente no hacerlo. No todavía. Cualquiera puede pedir el teléfono, y eso no me diferenciaría de un brasas cualquiera… ella podría haber estado siendo sólo educada.

El plan es volver a encontrármela en ese bar e iniciar un segundo contacto.

No me he equivocado… ¿Verdad?

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La roja (aunque habría que llamarla la mostaza, o como dice un compañero mío, el limón mecánico) tenía una cita con la historia el jueves por la noche. Una de esas citas a las que no se puede llegar tarde. Yo no soy especialmente futbolero… soy del Atlético de Madrid por filosofía de vida (siempre sufriendo, pero cuando se gana, las dos o tres veces que pasa, joder qué subidón), pero no soy lo que se dice un forofo. Hace muchos años que no voy al campo… y tengo una bufanda con los colores de mi equipo, pero guardada en el altillo…

No tenía intención de perderme tan magno acontecimiento. Y los magnos acontecimientos se viven mejor en compañía. Así que quedé con unos amigos, Rico y Atenea para ser exactos, para ir a ver el partido a algún bar del centro. Me dirigía al punto de reunión en mi Kapullomóvil cuando me sonó el inconfundible tono de Expediente X en el móvil. Era, por supuesto, Huracán. Sus compañeras de piso no estaban y me invitaba a ver el partido en su casa. Teniendo en cuanta el tamaño del televisor, más propio de una casa de Pin y Pon que de seres humanos de verdad, y con el agravante de que la carne es débil y a Huracán le gusta tanto el fútbol como a mí la depilación con cera, le dije que mejor no. Pero la insté a que se viniera.

Huracán apareció preparada para ver un partido de fútbol y dar botes animando a su equipo. Pero para animarlos en otro sentido. Un vestido de verano, fino y liviano y con un generosísimo escote, y unas sandalias a juego. El pelo suelto y con sus bucles al viento y sus grandes ojos negros ocultos detrás de unas enormes gafas de sol. Estaba muy guapa y así se lo dije. A veces estas cosas me salen solas sin pensar en las consecuencias.

Como Rico había llamado para decir que se retrasaría, nos encaminamos hacia casa de Atenea para empezar a buscar sitios donde ver el partido. Atenea conocía un bar cerca de su casa con una gran pantalla y cerveza suficiente como para olvidar el generosísimo escote de Huracán (incluso para olvidar la visión de un centenar de elefantes de color de rosa bailando la conga por la calle). La elección del bar fue claramente acertada. En la mesa junto a la nuestra había un grupito de chicas rubias y altas, evidentemente extranjeras, y, todo hay que decirlo, guapísimas. Al menos dos de ellas espectaculares.

Para qué nos vamos a engañar… un partido de fútbol tiene 90 minutos, pero la mayoría de esos minutos son de relleno. El tiempo efectivo de juego emocionante es una pequeña parte del total. Así que, si además de ver un partido podíamos ver a dos bellezones dar saltitos (con lo que eso conlleva) y agitar una bandera de España… mejor que mejor… ¿No? Pues eso mismo debió de pensar Rico cuando apareció y se dio cuenta del panorama… sobre todo porque me miró y levantó el pulgar dando su aprobación…

El partido no lo voy a resumir. Sobre todo porque sólo las personas en coma y algunos presos de Guantánamo en aislamiento sensorial no sabrán cómo terminó el encuentro. Ganamos, España jugó de vicio y Rusia fue una marioneta en nuestras manos. Los jugadores dieron patadas al balón, hubo varios tiros a puerta, pases en profundidad, y algunos jugadores corrieron la banda. Bueno, y el linier levantó la bandera varias veces. La diferencia es que esta vez ganamos…

Y las rubias saltaban, y se hacían fotos con nosotros, y con un tarado con la cara pintada con la bandera de España… y se rieron mucho, sobre todo cuando todo el bar empezó a cantar “¡¡Que paguen las rubias, que paguen las rubias!!

En el descanso (o intermedio, como lo llamó Atenea) decidí acercar posiciones con las rubias. Más que nada para que conocieran la simpatía española, y la amabilidad innata del país y sus gentes. El turismo es la fuente principal de ingresos de la nación y yo soy un patriota… aporto mi granito de arena para fomentar el turismo, sobre todo si es de tías buenas altas y rubias. Eran estudiantes de vacaciones, de San Diego, California (y quedé de miedo, porque cuando una de ellas dijo “San Diego”, yo dije “Ah, California”… ver tanto cine americano da sus frutos). Hablaban lo justo de español, lo que no desentonaba con mi inglés más que justo. Aún así conseguí sacarles unas cuantas sonrisas.

Es posible que os parezca un poco raro que estando Huracán delante intentara acercarme a las rubias. Pero, en fin, no es bueno que un hombre esté solo. Y se supone que somos amigos ¿No? Aunque creo que ella no pensó lo mismo, porque empezó con sus ardides. Las artes de Huracán: ojitos, cuchicheos al oído, y abrazos al celebrar los goles… los tres goles. Esas cosas son las que hacen que uno se desconcentre del partido. Pero eso sí, esas cosas también hacen que uno deseé que haya más goles. Otro par de ellos no habrían estado mal.

El caso es que, al terminar el partido, en lugar de irme con las rubias, me marché con Huracán, a celebrar la victoria. Vamos, no es que lo de las rubias estuviera hecho, pero es que ni lo intenté. Y nos fuimos a un bar cercano donde hacen unas caipiriñas muy buenas. A mí no es que me vuelvan loco esas cosas, pero a Huracán sí. Al menos en el local ponen muy buena música. Me resultó curioso que el camarero saludara a Huracán, aunque supongo que habrá salido mucho por aquí últimamente, y mientras comentaba algo del partido con la niña nos preparó dos caipiriñas. Eso sí, puso la guinda.

– ¿Puedo haceros una pregunta? – Dijo el camarero, aunque no dio tiempo a contestar – ¿Vosotros sois hermanos?
– ¿Cómo? – Dije.
– Es que os parecéis un montón…
– ¿Tú estás de guasa? – Dije, aunque pensé “¿Tú eres gilipollas?”
– No, no somos hermanos – Dijo Huracán
– No, en serio… os parecéis cantidad.
– Mira tío, espero que todo lo demás lo tengas mejor, porque lo que es la vista la tienes fatal. Y para que lo sepas, muchas cosas que hemos hecho ella y yo han estado prohibidas por la mayoría de las civilizaciones…
– Vale, vale, perdona…

Me sentó mal la tontería. Si le gustó Huracán, que le pidiera el teléfono y listo. Eso sí, que esperara a que me fuera al baño o algo así. Pero tampoco era como para desacreditar… digo yo.

Debía de ser la una de la mañana mientras paseábamos destino a casa de Huracán. No es que pensara en que fuera a pasar nada en concreto… simplemente tenía mi coche aparcado muy cerca. En ese momento me sonó el móvil: Era mi madre y no eran buenas noticias. Habían robado en la tienda de mi padre. Por lo visto tres desalmados, aprovechando las celebraciones por la victoria de España, y ayudados por la tapa de una alcantarilla, rompieron el escaparate blindado de la joyería de mi padre.

Así que sin casi despedirme de Huracán (nada sofisticado, un beso en la mejilla) la dejé en su casa y salí pitando para la tienda, donde me esperaba él y dos guardias civiles levantando acta de lo ocurrido. Dos lunas rotas del escaparate y media docena de relojes desaparecidos…

Una bonita forma de celebrar la victoria de España.

¿Qué pasará en la final?

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Continúo la historia del esquí…

Después de hablar con los monitores, esta vez el tartaja no abrió la boca, con lo que la cosa fue rápida. El autocar estaba en Huesca y no se sabía cuanto tiempo podría tardar… si es que llegaba. Así que decidimos acostarnos para dormir lo máximo posible…

Lo máximo posible fue hasta las cinco y media de la mañana, hora exacta en la que un ser sin corazón (y con las nociones básicas de educación de un chimpancé meningítico) dio la luz de la habitación, mientras hablaba a grandes voces son sus otros tres compinches. Eran nuestros compañeros de habitación, claro. Por lo visto el autobús se había roto antes incluso de empezar el viaje y no pudieron conseguir otro hasta las 10 de la noche. El conductor, adicto a la nicotina, paraba cada dos por tres (seis) para echar un pitillo, y, al llegar a la zona del albergue, el hielo y un coche atravesado, terminaron por retrasar el viaje hasta esa hora… nada envidiable, la verdad.

Apenas dio tiempo a dormir otro poco más, porque a las siete y media de la mañana empezó la habitual cantinela de despertadores y soniquetes electrónicos que se pone la gente en el móvil para despertarse. Como esta escena se estaba repitiendo en todas las demás habitaciones de las tres plantas, a lo que había que sumar ciento cincuenta pies haciendo crujir la madera del suelo, veinticuatro cisternas por minuto atronando y las gargantas de más de setenta personas susurrando en el edifico, es de suponer que intentar apurar hasta las ocho menos cinco de la mañana (como era mi plan) iba a ser toda una quimera imposible de cumplir…

El desayuno fue descorazonador. Un paquete de (4) galletas de hospital (también vistas anteriormente en vuelos de Iberia, cuando no había que pagar por desayunar), una tarrina de mantequilla, otra de mermelada (de mora), un azucarillo, un vaso de café, un puñado de cereales (literal), y una rebanada de pan del día anterior (siendo optimista). Traducido en unidades de energía, podríamos decir que la energía necesaria para ponerse las botas de esquiar y parpadear dos veces…

Pero esquiar el sábado fue imposible. Tras llegar a Panticosa, pueblo y estación de esquí a la misma vez, vientos en rachas de más de 80 kilómetros por hora no dejaron lugar a dudas: los tele-arrastres y tele-sillas no se moverían en todo el día. Nos ofrecieron la oportunidad de cambiar la estación de referencia de Panticosa (cerrada) a Formigal (abierta) pero, como nos lo pusieron tan feo, en la votación salió venciendo por estrecho margen de 4 votos la opción de pasar el día en Jaca. Bonito día de turismo que, entre otras cosas, dio para interactuar con alguna guapa esquiadora… aunque la presencia de Morena era enigmática (¿De cual de los dos es novia?, se preguntarían)

El tener coche nos dio libertad para ir a nuestra bola… y cuando quisimos, nos marchamos al albergue, a descansar. Unos minutos de sueño… hasta que el gilipollas de la semana (el meningítico ¿Recordáis?) volvió a entrar en la habitaciones dando grandes voces… supongo que ver a alguien metido en un saco de dormir, no quiere decir necesariamente que esté durmiendo. Y el que, además, tuviera los ojos cerrados y roncara levemente, no eran pistas concluyentes…

La cena del sábado, en pleno horario europeo, fue a las 8 y cuarto de la tarde. A pesar de haber comido muy bien, me encontraba de los primeros en la cola que se formó delante de la puerta del comedor. Viendo como había sido el desayuno, enterarse de las malas noticias, cuanto antes, mejor… Me hice con una bandeja, le puse el mantelito de papel y cogí los cubiertos. Había un olor como a guiso en el ambiente, no demasiado desagradable, lo que podía dar una pista de lo que sería la cena. La cocinera al más puero estilo carcelarios plantó en mi plato un cazo de alguna clase de líquido translúcido en el que parecían flotar granos de algo y que, a modo de isla, tenía un trozo de carne increíblemente marrón en el centro… “¿Quieres más?”, y más que una pregunta pareció una amenaza… casi ni me atreví a decirle que sí. Completaba la comida un plato con tres salchichas del mismo color marrón que la carne, y una bolsita de Ketchup, una naranja y un plátano.

Me lo comí todo.

Estuvimos de cañas hasta las 12 de la noche (más o menos) en el bar del pueblo (había otro, pero parecía estar un poco muerto). A esa hora yo ya no era persona, animal o cosa y me metí en el saco, donde perdí el conocimiento prácticamente al instante… y lo volví a recuperar instantes después, porque la fiesta (en contra de toda lógica) no se terminó cuando me marché, sino que continuó por largo rato… no me enteré de cuando me dormí de nuevo, pero sí de cuando desperté, sobresaltado, cuando de nuevo, el enemigo público número uno entró en la habitación. A la meningitis crónica que ese ser de las cavernas sufría (y por la que debemos tenerle un poco de pena) había que añadir un descomunal pedo de sustancias legales e ilegales. Y así se lo contó a cuantos quisieron escucharlo, que a juzgar por el volumen, debieron de ser todos los del albergue. Creo que ningún juez del mundo me habría condenado de haber hecho lo que en esos momentos cruzó mi mente…

El desayuno del domingo fue una repetición del día anterior, con la salvedad de que, en esta ocasión, no conseguí pan a la primera intentona… es que lo de no dormir, como que no ayuda al tema de los reflejos). Lo que si difirió con respecto al día anterior fue que sí que esquiamos. En lugar de perder el tiempo en Panticosa (donde seguro que habían cerrado por el mal tiempo) fuimos directamente a Formigal (donde no habían cerrado por el mal tiempo, aunque el mal tiempo era incluso peor que en Panticosa). Llegamos a lo alto de la estación, a unos 1800 metros de altura, en pleno temporal de nieve. El cielo blanco, la montaña blanca y la niebla blanca, nos hacían creer que estábamos en mitad de un anuncio de Colon Ultra. O que éramos personajes de cómic en una viñeta sin terminar. O un grupo de idiotas que no saben lo que es un nosepuede por respuesta…

Mi intención no era esquiar. Más bien era quedarme en la cafetería de la estación y mirar lánguidamente por la ventana a la espera de que mejorara un poco el tiempo o, en su defecto, que nos marcháramos a lugares más cálidos, donde una cocacola no supusiese el sueldo de un mes… pero lamentablemente, cuando llegamos, los monitores ya habían comprado los remontes, alquilado el material y contratado los cursillos para los que dijimos que sí en su día… ya no me quedaba otra que esquiar… actividad que era el fin de todo aquello.

Una vez que me hice con los esquís, botas y bastones (una vez significa hora y media después), me dediqué hasta la hora de comienzo del cursillo (básico) a deslizarme por una pendiente que de pendiente tenía sólo el nombre. Lo malo era que no llegaba a ningún lado y, una vez terminaba la pendiente, había que quitarse los esquís y volver caminando cuesta arriba. A la tercera vez ya estaba literalmente hasta los cojones de la cuestecita, del esquí y de las botas.

El curso de dos horas de los fundamentos del esquí (diferencias entre cuesta arriba y cuesta abajo… qué hacer para frenar… La nieve… ¿Está más dura de los que parece?) El surso nos lo impartió una maña muy maja y, sobre todo, paciente. Digo paciente porque no desesperó al tratar de enseñarme a hacer la famosa cuña y, obviamente, no conseguirlo. Descubrí que soy incapaz de doblar dos partes de mí mismo a la vez, lo que me hace negado para la práctica del esquí… y hacer ese descubrimiento a 1800 metros de altura, con unos esquís en los pies y deslizándome hacia una empinadísima cuesta de nivel verde, no le hace a uno sentirse precisamente bien…

No es extraño que terminara con el cuerpo molido. Esquié con partes de mi cuerpo no aptas para ese fin (cara y culo, por poner algún ejemplo). Me caí de todas las maneras posibles que hay de caerse (creo que inventé algunas nuevas) y choqué contra todo lo que es chocable (y que te permita seguir vivo, claro). Atropellé a algún compañero que otro, tiré a algún desconocido al suelo y, en general, provoque tantos accidentes que pensaron en ponerme en las pólizas de seguro como una más de las causas de siniestros… y sólo la gran suerte que tengo evitó heridos graves. Eso por no hablar de mis peripecias con el tele-arrastre maldito…

No hay que olvidar que había un temporal de viento y nieve, que hacía que no se viera más allá de 15 metros. Y que, entre la niebla y los copos de nieve que chocaban con violencia contra la cara, hacían muy difícil ver algo más que los esquís de uno mismo y algún que otro cuerpo pasar cerca fugazmente.

Desistí poco después de terminar el curso. Entre otras cosas por un persistente dolorcillo en la rodilla derecha y, que todo hay que decirlo, porque me entró un gran desánimo al ver mi total inutilidad. Y porque el viento estaba empezando a ser algo así como vendaval…

La vuelta fue muy larga. Hay algo que no llego a entender de la gente. Te dicen que hay un temporal de nieve y que no se espera que amaine. Pero aún así la peña se sube a 1800 metros de altitud sin unas malditas cadenas. Y pasa lo que tiene que pasar… coches cruzados en la carretera, alcances, caravanas y grandes retenciones. Más de tres horas para hacer los 29 kilómetros que nos separaban de Jaca… para estar todavía a 5 horas de casa… una pasada.

Yo llegué casi a las 2 de la mañana a casa… la gente del autobús creo que siguen todavía de camino…

No aprendí a esquiar ni lo más mínimo. Pero lo volveré a intentar… seguramente.

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Yo soy montañero. Y lo digo sin ánimo de ofender a los montañeros. Pero hay una serie de actividades montañeras que no consigo seguir… y eso que pongo voluntad. Esta es la historia de cómo intenté aprender a esquiar una vez en Jaca. Los personajes: Un servidor, mi amigo Rico y Morena. Morena es la que cortó con el novio en Tailandia y que ahora está embarazada de ese mismo novio… por fin tiene mote (creo que, después de aparecer tres veces ya en la historia se lo merece).

A mí me gusta organizarme los viajes. No soy dado a agencias o a paquetes turísticos. Me gusta buscarme el alojamiento, regatear el precio de las actividades y, todo hay que decirlo, estar en todos los fregados. Llevo años así y no se me da mal del todo. Y a más experiencia mejores resultados. Pero esta vez me convencieron para ir a esquiar a Jaca, con un grupo organizado de una asociación juvenil. No estaba muy convencido, pero en fin. Eso sí, hasta asistí a la reunión que hicieron para explicar todos los detalles del viaje… donde conocí a uno de los monitores, tartaja para más señas (lo que alargó la reunión un poco)

Al final llegó el día del viaje pero, en lugar de ir en autobús, como estaba planeado (o lo habían planeado los organizadores del viaje organizado) decidimos ir en coche. Bueno, decidió Rico, por ese problemilla que tiene de claustrofobia y miedo irracional a todo vehículo que no conduzca él. Llevarnos el coche, a pesar de tener pagado el autobús y de que siempre es más descansado que te lleven a conducir, fue una medida que, a la postre, supuso la mejor decisión de todo el fin de semana. Así que empezamos el viaje con buen talante (algo que estaba muy de moda por aquel entonces), risas y demás. Incluso no nos importó, por que Rico se dejó el móvil en un cajero, comernos dos veces el atasco de salida de la ciudad. Pero había tiempo…

Paramos muchas veces (tomar algo, pipí, gasolina, cenar en Huesca capital), e incluso tuvimos alguna que otra aventurilla en una carretera junto a un desfiladero, existiendo otra mucho mejor, más nueva, y con menos hielo… pero el GPS, en su infinita sabiduría, nos metió esa carretera, que incluso los lugareños tenían olvidada, en mitad de una intensa nevada. Fue necesario ir practicando el maravilloso arte de poner las cadenas (casi tres cuartos de hora bajo la nevada), conducir derrapando y, sobre todo, ignorar al GPS asesino que insistía una y otra vez que giráramos a la derecha… precipicio abajo. En fin, que entre unas cosas y otras llegamos al albergue casi a las dos de la mañana.

Todo estaba a oscuras. Ni una luz iluminaba las viejas ventanas de la casa de cuatro pisos de ladrillo y la nieve del patio estaba virgen, lo que demostraba que ningún ser vivo había pasado por allí en horas… quizá días. Como el más valiente de la expedición (el único con linterna), me aventuré a la puerta… que estaba abierta y, en un papel escrito a boli ponía: “El albergue está abierto. Las habitaciones del grupo de Esquí, de la 9 en adelante”. Eso podría haberlo escrito el dueño del albergue, o cualquier psicópata aburrido… así que entré…

La escena del albergue era la viva imagen de la Típica Película De Adolescentes Que Mueren Uno A Uno En Cuanto Se Quedan Solos A Manos De Un Psicópata Y La Chica Grita Mucho Y Hay Sustos Cada Dos Minutos Y Una Mecedora Se Balancea Sola En Una Sala Polvorienta. Eso de abrir la puerta chirriante de una mansión del siglo XIX y dar pasos dubitativos en la oscuridad por un suelo de madera que cruje, no es apto para todos los corazones. Casi se esperaba ver el típico relámpago por las ventanas, y la palabra “Muere” pintada con sangre en las paredes… total que, mochila al hombro y linterna en frente (luz había, pero ya se sabe lo que pasa en las películas de terror y siempre viene bien tener a mi fiel frontal cerca), subimos las crujientes escaleras de madera buscando la habitación 9, la nuestra, situada en la tercera planta. Todo estaba tranquilo y no había ni un alma en todo el edificio.

La habitación era del tipo normal para una habitación de albergue. Por mobiliario tenía poco más que varias hileras de literas con cubrecamas y almohadas de dudosa higiene. Una, incluso, nos deseó las buenas noches al pasar a su lado. Pero ningún lujo (como por ejemplo una percha) ni ningún objeto decorativo. Nos repartimos como buenamente pudimos y nos dispusimos a esperar el autocar, deseando que la cosa no se alargara demasiado. Exploramos la casa, por si alguna habitación fuera más lujosa, pero casi todas las puertas estaban cerradas y, en fin, tampoco es que Rico o yo fuéramos tan valientes. Por fin, a las tres de la mañana aparecieron los organizadores del viaje con sus respectivas. Ellos también venían en coche y, al igual que nosotros, habían tenido algún que otro problemilla para llegar por el hielo. Según nos dijeron, el autocar todavía estaba en Huesca capital y se retrasaría en llegar mucho tiempo. Como en cualquier caso el desayuno era a las 8 de la mañana (esquiar siempre se esquía temprano) decidimos meternos en los sacos (sin tocar la colcha o la almohada) e intentar dormir lo máximo posible…

Mañana sigo…

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Preparando el viaje a Nepal, además de intentar aprender el Nepalés básico de supervivencia, me estoy repasando los nombres de las principales cumbres y otros accidentes geográficos. Y, de paso, les echo un vistazo desde el aire. Como lo de volar siempre se me ha dado muy mal (digamos que soy un hombre de costumbres y procuro no despegar mucho los pies del suelo) aprovecho la tecnología que ha puesto a nuestro alcance el todopoderoso Google para hacerlo. Soy un enamorado del Google Maps y del Google Earth.

Es impresionante como se puede recorrer las calles de Katmandú con un simple clic, o ascender a la cumbre del Everest sin sudar ni un poquito así. El Google Earh permite ver el terreno en tres dimensiones, con sus diferentes altitudes, y resulta espectacular admirar la cordillera del Himalaya, aunque sea en el ordenador. Incluso se puede programar para que simule el vuelo que hará el avión desde Madrid hasta Doha, y de Doha a Katmandú. Y te puedes posicionar en cualquier parte del mundo dándole unas coordenadas GPS.

El caso, y de lo que quería hablar realmente, es que parece mentira cómo el GPS se ha implantado en nuestras vidas. Ya lo tiene cualquier hijo de vecino. Hasta mi padre lo considera indispensable… claro que mi padre es propenso a perderse. Digamos que si hay dos posibles caminos para ir a un sitio, él escogerá una tercera opción que no se había contemplado y que le llevará a un sitio completamente diferente. Así que, cuando viaja con mi madre, que es siempre, había bronca asegurada… hasta que le regalamos el aparatito.

Yo, de momento, me resisto a ponerlo en el coche. Hasta ahora no me ha hecho falta, sobre todo porque me preparo los viajes de antemano y me saco el itinerario perfectamente detallado en papel. Cuando callejeo por la gran ciudad uso el truco de “ya saldré a alguna calle gorda” y así me oriento. Por cierto, tengo una anécdota divertida con un GPS.

Hace algún tiempo íbamos a Gredos a pasar el fin de semana, Atenea, Almanzor, Rico y yo. La idea era pasar la noche en el Refugio Elola y hacer alguna ruta por allí. Como siempre pasa, Rico llevó su coche (no le gusta ir de copiloto) y, por supuesto, llevaba el GPS puesto. Y no es que lo necesite, porque Rico es la persona con mejor sentido de la orientación en carretera que conozco. No era la primera vez que íbamos y el camino a Hoyos del Espino, la “puerta” a Gredos, era conocido de sobra. Pero íbamos con el GPS, que mola más.

En un determinado momento, muy cerca de nuestro destino, el GPS, con la voz de mujer, dijo: “Coja el próximo desvío a la derecha”. Y, claro, Rico cogió el desvío…

– Oye, Rico… me parece que por aquí no es… – Le dije – Me suena que se tenía que seguir recto.
– Si lo dice el GPS…

Y seguimos por la carretera. Sólo que la carretera empezó a llenarse de baches. Pero seguimos por la carretera. Sólo que la carretera empezó a estrecharse y a llenarse de maleza. Pero seguimos por la carretera. Sólo que la carretera dejó de ser carretera y se convirtió en camino…

Y el camino terminaba en un río. Y allí nos paramos, claro. Al otro lado del río continuaba la carretera y, a la sobra de un gran árbol sentado en unas piedras, había un anciano lugareño, de esos de garrota en la mano y boina enroscada en la cabeza. A sus pies, un perro meneaba el rabo frenéticamente. Me bajé del coche e inspeccioné el río, para ver si podíamos cruzar. Era poco profundo y todavía había zonas en las que se notaba el asfalto, aunque estaba cubierto de arenilla y piedras. Rico salió también y corroboró mi opinión: podríamos cruzar. Aún así me quedé fuera, supervisando las operaciones. En cuatro zancadas en otras tantas piedras, crucé al otro lado y me quedé cerca del lugareño.

– Buenos días – Me dijo
– Buenas…
– Qué… vienen con GPS, ¿No?
– Si, me temo – Dije un poco desconcertado, al escuchar la palabra GPS de un anciano lugareño.
– A todos los de la ciudad les pasa lo mismo… ésta es la vieja carretera a Hoyos del Espino… lleva en desuso hace años… la nueva sigue todo recto en el desvío… pero el GPS les manda por aquí.

Y yo me estaba imaginando que el pasatiempo de este hombre era sentarse allí cada fin de semana y ver como los de “la ciudad” cruzaban el río. No lo sé con seguridad, pero creo que en el pueblo llevan un marcador y hacen porras cada fin de semana, para ver cuantos urbanitas nos damos de bruces con el río…

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Lo malo que tiene ir de viaje con un grupo de amigos, en el que no haya ninguna pareja, es que, lo normal, será dormir con otros tíos. Si hay suerte, incluso en camas separadas… aunque esta circunstancia no siempre se da. En esta ocasión me tocaba dormir con Almanzor y Rico, afortunadamente cada cual en su cama, y dios en la de todos. Tres tíos durmiendo en calzoncillos en la misma habitación y roncando como si la vida nos fuera en ello… podríamos decir que formábamos la versión de andar por casa de ”Los tres tenores”.

Rico volvió a las 7 de la mañana intentando hacer el menor ruido posible. Intentar, lo intentó… pero me temo que no lo consiguió. Me costó dormirme y, al rato, Almanzor se levantó con la sana idea de darse una ducha y acicalarse para ver a su amiga. El ruido de la ducha terminó de despejarme por completo. No eran más de las nueve y media y tenía todo el día por delante… un bonito día de sol, a juzgar por la luz que entraba por la ventana.

Pero había un problema: Si Almanzor se marchaba con su amiga, Atenea estaba con su hermano, y Rico y las demás llegaron al Hostal a las 7 de la mañana… me encontraba en Barcelona, como quien dice, solo y sin plan. Tenía tres opciones. O me quedaba en la cama esperando a que los demás se levantaran, o me marchaba a dar una vuelta solo o…

Le puse un mensaje a Princesa, a ver si sonaba la flauta. Iba a hacerlo de todas maneras, pero no las tenía todas conmigo de que estuviera en la ciudad o pudiera quedar.

Princesa (en realidad el nombre completo es Princesa Leia, otros de los pocos nombres reales que pongo en esta historia), es una amiga que hice en el ya famosísimo Camino de Santiago. Una atractiva mujer de pelo castaño, liso, guapa y sonriente, siempre sonriente. Y muy femenina. Tiene un grandísimo sentido del humor, porque siempre se ríe con mis chistes y mis ocurrencias. Siendo sinceros, la única razón por la que no le tiré los trastos en su día fue porque Lentillas estaba muy presente en mi cabeza, y luego… luego no nos vimos mucho, viviendo tan lejos. Ella vino una vez a mis dominios, y yo subí otra a Barcelona… pero poco más.

Efectivamente hubo suerte y Princesa podía quedar… pero por la tarde, y sólo por la tarde… porque por la noche tenía una cena. Mejor era eso que nada. Pero había que pasar la mañana como buenamente pudiese.

La mañana se pasó esperando. Primero esperando a que Rico, que se despertó con mi ducha y con los mensajes, bajase a desayunar. Luego, esperando a que nos pusieran el café. Más tarde, esperando a que Risueña y Gataparda terminasen de arreglarse para salir. Después, esperando a que encontraran la cafetería y decidieran qué tomarse… esperando. Al final nos pusimos en marcha sobre la una de la tarde… muchísimas horas desperdiciadas en no hacer nada.

El recorrido turístico fue más o menos el siguiente: Fuimos a Monjuit, a disfrutar de las vistas de la ciudad y, al final, terminamos aparcando cerca del puerto, a un paso del barrio gótico. Ya era la hora de comer, así que buscamos un sitio donde no fuera muy caro hacerlo, algo que, teniendo en cuenta que no conocíamos la ciudad ninguno, fue difícil. Tuvimos suerte y el que elegimos estuvo muy bien. Eso sí, pasamos las dos horas siguientes allí dentro, con una larguísima sobremesa.

Cansado de esperar a que mis compañeras de viaje salieran de cada una de las tiendas de regalos de las inmediaciones de la Paza del Rey, salí escopetado hacia el lugar de reunión. A las 6 y media estaba en Plaza Catalunya, justo en la puerta del Café Zurich, que debe de ser como quedar en el Oso y el madroño en Madrid, o en Picadilly en Londres… muchísima gente.

Princesa llegó y nos fundimos en un fuerte abrazo. Estaba preciosa y sonriente, igual de preciosa y sonriente que casi tres años atrás, en el mismo sitio. Claro que, en aquella ocasión, llegué media hora tarde (cosas de no conocer la ciudad). Sólo tendríamos tres horas para estar juntos, porque ella tenía una cena a la que no podía faltar. Entre otras cosas, porque celebraba su cumpleaños. Tres horas para ponernos al día…

Mientras hablábamos paseábamos por unas Ramblas atestadas de gente. La temperatura primaveral, las actuaciones callejeras y los puestos de regalos atraen a la gente como la miel a las moscas. Pero no presté atención a nada de todo esto. Había muchas cosas de las que hablar, después de tanto tiempo.

Princesa terminó la carrera, después de hacer el último curso en Salamanca, y ahora se marchaba a Canbridge a aprender inglés. En principio tres meses, aunque sin billete de vuelta, por si acaso se alargaba más. Su intención era entrar a trabajar en algún museo o algo así. Había perdido el contacto con otros de los peregrinos catalanes del grupo. Recordamos viejas anécdotas del viaje… y se nos pasaron las horas voladas. Tan voladas que cuando miramos el reloj había pasado la hora en la que ella había quedado…

Nos despedimos con otro abrazo en el mismo lugar donde nos habíamos encontrado, y con la promesa de que en cuanto vuelva de Inglaterra vendrá a mi casa una temporada. A ver si lo cumple. Sin lugar a dudas, el rato con Princesa ha sido lo mejor del fin de semana.

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Este fin de semana me marché de turismo a Barcelona, con unos amigos. Almanzor, Rico, Gataparda, Atenea y Risueña. Un viaje relámpago para visitar la ciudad y pasar el fin de semana. Eso sí, los deberes estaban hechos, y el voto depositado en la oficina de correos (antes es la obligación que la devoción, dicen).

Antes de que los comentaristas Barceloneses se enfaden por no avisar, diré que no he dicho nada de mi visita a la ciudad principalmente para evitar que mis compañeros de viaje se enteraran de mi condición de Blogero, y descubrieran al Señor Capullo… Sigo empeñado en separar los diferentes aspectos de mi vida, a pesar de que ya no esté Huracán. Habrá otros viajes pronto y sin compañía… lo prometo.

Yo había estado en Barcelona dos veces antes. Una, la primera, por turismo al finalizar el Interail, viendo museos, iglesias y todos los edificios del genial Gaudí que se me pusieron por delante. La segunda, de feria, sin demasiado tiempo para disfrutar de una ciudad que me encanta. Esta, la tercera… pretendía conocer la noche Barcelonesa y lo que se pusiera por delante.

Así que a eso de la una de la mañana, después de dejar las maletas en la habitación del Hostal, refrescarnos un poco y esperar a que las chicas se pusieran guapas (esta última operación se alargó algo más de una hora y media de tediosa espera que casi terminó con la paciencia del sector masculino del viaje), salimos a conocer la marcha nocturna de la ciudad más vanguardista de España.

Supongo que ser la vanguardia de la cultura en España tiene su precio. 16€ de vellón costaba la entrada a la sala de moda. Pero con dos consumiciones, eso sí. Lo que viene a ser (en mi opinión) el canto de sirena de que te dan dos consumiciones con la entrada, obligándote a consumir dos copas que no habrías tomado de no pagarlas. Pero era lo que tocaba y se trataba de conocer cosas. Ya dentro nos enteramos que lo de las dos copas era hasta la una de la mañana. Yo, a esa hora, estaba sentado todavía en la recepción del Hostal… pero bueno.

Tengo que admitir que había muchas mujeres hermosas en el local. Muchas. Profundos escotes, vestidos cortos, caras bonitas y un gran abanico de edades. Incluso había algún tío bueno (a juzgar por los comentarios de mis amigas). Así que todos estábamos servidos.

Yo no soy muy bailongo. Que se tiene que balar, pues bailo, pero sólo si es necesario y la recompensa supera la inversión de energía. No sé quien dijo que el baile es la culminación vertical del deseo horizontal. Y tenía mucha razón. Así que, excepto admirar a las bellezas catalanas, beber mi copa, y escuchar la música electrónica, no había muchas expectativas de éxito para esa noche. Supongo que mis amigos pensaron lo mismo. Y me puse a pensar en mis cosas.

Me di cuenta de que había varias fuerzas poderosas interactuando en ese momento a nuestro alrededor. Tan poderosas que ríete tú de la Gravitación universal. Plantearé la teoría. Por un lado estaba lo que convine en denominar “Atracción Débil”, o lo que es lo mismo, la atracción que nosotros, los tres chicos de mi grupo, ejercíamos sobre el sexo femenino. Esta fuerza se mide en mujeres por hora y no acepta decimales. Luego teníamos la fuerza contraria, que llamé, “Impulso negativo fuerte”, o lo que es lo mismo, la capacidad de repeler a la tías. Se mide en metros y viene a ser la distancia que ponen de por medio las mujeres en cuanto nos acercábamos.

Por el contrario, también actuaba la “Atracción Fuerte”, o lo que es lo mismo, la atracción que ejercían nuestras amigas a los maromos de alrededor. Por último, y para terminar esta clase de física discotequera aplicada, os introduzco en el concepto “Repulsión de Carga”. Todo el mundo sabe que dos fuerzas del mismo tipo e intensidad suelen repelerse, así que, si tenemos elementos que ejercen “Atracción Fuerte” (nuestras chicas) cerca de otros elementos que ejercen “Atracción Fuerte” (otras chicas guapas) se produce un efecto de repulsión francamente interesante.

En la práctica todo este rollo pseudocientífico es para decir que, las chicas guapas que veíamos se largaban en cuanto nos acercábamos y, en su lugar, aparecían maromos intentando ligarse a nuestras chicas. Muchos maromos. Así que, bueno, optábamos por movernos de sitio y volver a comenzar el experimento.

Muy divertido.

Almanzor y yo decidimos marcharnos pasadas las tres de la mañana. Él había quedado con alguien el sábado por la mañana y yo… bueno, pretendía hacer algo de turismo por la ciudad. Y pasaba de sentirme como una partícula subatómica chocando de protón en protón. Los demás se quedaron.

Mañana cuento más.

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