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Era sábado y yo estaba es un cumpleaños de una buena amiga. Había ido porque es una buena amiga, y no tanto por la promesa de chicas, actrices para más señas, que habían confirmado su asistencia. La amistad está por encima de todo, pero me afeité y me puse zapatos.

Y sí. Hubo actrices, aunque ninguna llamó mi atención.

La que sí llamó mi atención fue una amiga de una amiga. Morena, pelo liso, cara bonita, sonrisa frecuente y ojos brillantes. Vestida de negro, escotada, pero sin ser presuntuosa, camisa negra y vaqueros a juego. No era de esas que te dejan boquiabierto y alelado, pero no se podía negar que “algo” sí que tenía. Así que me acerqué a ella y a mi amiga con la sana intención de ser presentado.

Solo que en el momento en el que llegué, mi amiga se fue. No porque no quisiera verme, sino porque había algo que nadie más podía hacer por ella, y seguramente el baño ya estaba libre. Pero también podía presentarme yo. O eso intenté hacer.

– Hola – dije sonriendo.

Lo que pasó a continuación no fue exactamente lo esperado. Para empezar nunca antes una mujer se había puesto colorada al verme. Pero no un ligero rubor que pudiera considerarse como una sutil muestra de interés. No. Un rojo del tipo “He salido a la calle en pelotas y me he dado cuenta ahora mismo” o, más bien, la variante extrema de “Tierra trágame”.

– ¿Qué haces aquí? – consiguió decir.
– Soy amigo de la homenajeada.
– Por favor… – me suplicó – no le cuentes a nadie cómo nos conocimos…

¿Cómo nos conocimos? Pero si no la conocía de nada… seguramente me estaba confundiendo con otro.

– Creo que te equivocas… pero… ¿Cómo nos conocimos?

Y ella adoptó un tono más rojizo todavía.

– Perdona… que no eres tú… que me he confundido…
– Eso ya lo sé – le dije – pero de verdad, tengo curiosidad. ¿Cómo nos conocimos? Tuvo que estar muy bien, para que no quieras que se sepa… ¿No?

Y no quiso contármelo. De hecho, no me lo contó. Pero con la tontería hablamos un buen rato y a lo tonto me lo bailo tengo su teléfono. No sé cómo conoció a mi otro yo, pero, desde luego, la forma de conocer al Sr K original tampoco ha sido como para olvidarla.

De todas formas me preocupa un poco el asunto. Porque no es la primera vez que me pasa algo parecido. Cada vez creo más que mis padres participaron en un experimento genético y hay por ahí más tipos como yo. Como en el libro de Ken Follet. Y uno, el muy cabrón, se lo está pasando de miedo…

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El sábado fue una noche especial, de esas que se tarda un tiempo en olvidar. Si las enfermedades del cerebro lo permiten, en realidad no se pueden olvidar en la vida. Y desde que existen cámaras digitales, el recuerdo perdura durante más tiempo (en teoría los CD’s tienen una vida aproximada de 100 años… pero creedme, es mentira. Sé de lo que hablo).

Los antiguos hombres primitivos, los que andaban con taparrabos y utilizaban la sofisticada técnica de ligue de regalarle un mamut a su amada, tenían pocas diversiones en las cuevas. El chat tardaría algunos siglos en ser inventado y en realidad a nadie parecía importarle que Bea fuera guapa o fea, sobre todo porque la depilación sólo era una bonita idea con sorprendentes posibilidades en la mente de alguien. Todavía no se había inventado la religión así que andaban un poco escasos de puentes y de fiestas, por lo de la ausencia de santos, así que las pocas oportunidades que tenían de celebrar algo casi siempre pasaban por los acontecimientos más básicos: los ciclos del Sol.

El caso, y no me enrollo más, es que el sábado era un día de esos que se celebran desde hace miles de años: El solsticio de verano. Para los que no estén habituados a lo términos astronómicos, el solsticio de verano significa que el Sol ha alcanzado su posición más alta en el cielo (por los caprichos de las órbitas). En términos prácticos significa que es el día con más horas de luz del año, y a partir de ese momento los días vuelven a hacerse más cortos poco a poco, hasta llegar justo al solsticio de invierno, también conocido como Navidad.

Hay gente que celebra este día haciendo grandes hogueras. Otros atraviesan ascuas al rojo con los pies descalzos y señoras de pantalones arremangados a cuestas. Otros decidimos ir a una montaña muy alta y despedir al Sol del día más largo diciendo adiós con la manita, para saludar como se merece al nuevo Sol de la mañana. Como dice el dicho: Hay gente para todo.

La noche fue corta y larga a la vez. Fue muy larga porque pasé un poco bastante frío. Es lo que tiene dormir a la intemperie con un saco liviano como única protección cuando la noche pedía uno gordo. Algo que jode mucho teniendo en cuenta que el saco gordo se quedó en casa. Lo resolví acostándome con toda la ropa de abrigo puesta (incluso con guantes y gorro de lana). Pero lo molesto fue el viento que se levantó a medianoche. Así que podemos decir que dormí a ratos.

Anochecer Rojo Sangre

Pero en realidad fue corta porque objetivamente duró muy poco, empezó casi a las once de la noche y terminó a las cinco y veinte de la mañana. Creedme, lo sé… porque yo estaba allí para verlo. ¿Y qué es lo que vi? Vi un sol rojo sangre hundirse poco a poco en el horizonte, entre nubes naranjas y montañas oscuras. Y también vi los primeros rayos del sol despuntando al alba y cómo el cielo negro se fue clareando con tonos anaranjados lentamente, y borrando de la bóveda celeste las pocas estrellas brillantes que la luna llena de Junio no anulaba con su blanco resplandor.

Amanecer en la Najarra

Fue un espectáculo memorable para tan señalada fecha. Una forma magnífica de recibir el año nuevo.

¿Y sabéis qué? Creo que para todos los que celebramos el año nuevo, ya sea en lo alto de la montaña, o en una casa con velas y rodeado de amigos, éste año nuevo que empieza será genial. Estará lleno de cosas buenas, de proyectos nuevos y excitantes y de gente alucinante con la que compartir grandes momentos. Este año que empieza será nuestro año.

A todos, Feliz año Nuevo. O como diría alguien… Feliz Jujaño Nuevo.

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