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Posts Tagged ‘ruptura’

Es curioso. Hay semanas en las que no hay nada que contar (por suerte no muchas, pero alguna hay), y otras semanas los temas se agolpan en la cabeza, pidiendo turno atropelladamente para salir las primeras.

Ahora mismo tengo tres temas posibles sobre los que hablar: Gorilas, vampiros y un regreso. Obviamente hablaré de esto último.

El comienzo de año fue esperanzador. Súbitamente apareció en mi vida una mujer interesante, divertida, inteligente y preciosa. La verdad es que eso no es tan raro, me suele ocurrir con cierta regularidad. Lo que no es tan habitual es que la chica se interese por mí. Y eso fue lo que pasó. Y si no fuera por un pequeño detalle, todo habría sido fantástico. El pequeño detalle era que la chica vivía en Alemania. Podéis leer el resto de la historia en Episodio IV – Una nueva esperanza.

¿Qué pasó con ella? Pues lo que tenía que pasar. Un par de semanas antes de venir de vuelta aquí, a España, conoció a un chico allí, en Alemania. Un chico de aquí que estaba allí, para ser exactos. Y contra eso hay pocas cosas que se puedan hacer. O sea… por muy ingenioso que sea uno, no dejas de ser una imagen en una pantalla.

Vino, me lo dijo, y no volví a verla de nuevo. Algún hola esporádico en el messenger, y varios correos reenviados con alguna chorrada. Al menos quiero pensar que la salvé de esas maldiciones que preconizan los correos en cadena si no se los mandas a un mínimo de contactos. Quizá me deba la vida y todo.

No diré que no me doliera, pero tampoco fue como si me arrancaran el corazón del pecho con las manos desnudas y luego me lo hicieran comer, sin salpimentar ni nada. Uno tiene su orgullo. Y, aunque no es la primera vez que me ocurre, sigue jodiéndome que me metan un gol en el tiempo de descuento.

Pero, de pronto, ahí estaba ella de nuevo, llamando a mi puerta. Bueno, llamando a mi pantalla, porque la comunicación fue por el ordenador. Y ante la pregunta de cómo estaba ella, la respuesta fue contundente:

– Me ha dejado.

Estaba triste. Estaba llorosa. Está en España.

Y nos vamos a ver.

Supongo.

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La escena no podía ser más desalentadora. Ella, posiblemente guapa, con el rostro desencajado y llorando. Él, sentado justo enfrente, con cara de circunstancias. Ella sólo hacía que decir que no le creía. Al menos eso era lo que llegaba a nuestros oídos, sentados dos mesas más allá. Ni que decir tiene que seguíamos los acontecimientos con interés, y con disimulo.

Por lo visto él le había puesto los cuernos. Eso parecía deducirse de las palabras de ella. En realidad, ella creía que él le había puesto los cuernos, y él se defendía. Aunque no muy vehementemente. Simplemente estaba allí aguantando el chaparrón. A ver si escampa.

Ella se tranquilizó algo y empezaron un diálogo más pausado. Al menos en apariencia, porque desde lejos se destacaba la vena del cuello de ella, como el cartel de neón rosa de un club de carretera. Él seguía allí, esperando a que el temporal escampase.

Mi amiga decía que él era culpable. Que lo tenía escrito en la cara. Yo debe ser que no sé leer, porque no veía la culpabilidad escrita en la cara. Sólo una barba bien cuidada y un entrecejo peludo. Y una nariz un poco demasiado larga. Creo que mi amiga se veía reflejada en la escena. A lo mejor incluso se veía a sí misma sentada allí con la cara desencajada y la vena del cuello al 120% de su capacidad. Quizá por la solidaridad de género, todas las mujeres del mundo se verían allí, sentadas, llorando, delante del barbudo unicejo, echándole en cara su infidelidad más que manifiesta.

La solidaridad de género también actuó conmigo. Defendí ante mi amiga la inocencia del tipo. En realidad, casi como su abogado, defendí su no culpabilidad: No teníamos pruebas concluyentes de que hubiera adornado la, por otra parte, bonita cabeza de la chica con dos protuberancias óseas de considerables proporciones.

Pero en el fondo yo veía su culpabilidad, pero no en la cara. En sus actos. Me explico:

Supongamos que él no hubiera hecho nada. Digamos que se había tomado una copa con una chica y, al final, la hubiera acompañado a su casa. Corren tiempos peligrosos y no es bueno que una dama camine sola por la calle. Pero dos besos en el portal, castos y puros besos en la mejilla, casi sin contacto, apenas el gesto, y cada cual a su casa. Él, a ponerse una película en el DVD o, a lo mejor, ver un partido de balonmano de un equipo alemán contra uno griego en el canal de deporte. O sea: No hizo nada de nada.

Pues si no era culpable… ¿A santo de qué aguantar semejante escena, lloros y moqueos incluidos? Siendo, además, en público, en una concurrida cafetería del centro. Vamos, que si no era culpable sólo tenía que decirle “Yo no he hecho nada y todo está en tu cabeza. Así que vete a llorar a tu casa y, cuando te tranquilices, me llamas y hablamos como las personas humanas. Además, que dudes de mi fidelidad, de mi amor por ti, tú que lo eres todo para mí, mi vida… me duele…”

Veredicto: culpable.

No sé como terminó la historia. Nos fuimos antes del final.

¿Se reconciliaron?

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Los que llevan mucho tiempo siguiendo mis aventuras y desventuras, es posible que recuerden un hecho que pasó hace casi seis meses. Lo escribí en el artículo Conexión directa con Tailandia. Para los que no lo recuerden, y no hayan querido pinchar en el enlace, o los que no lo leyeran en su día, y no quieran hacerlo ahora, perdiendo una oportunidad única de descubrir una fantástica historia (No lo digo yo, lo dice el New York Journal, en su columna de literatura), se trataba de una amiga que, a través de un programa de mensajería instantánea, contactaba conmigo, ella desde Tailandia y yo en España, para contarme que había cortado con el novio. Definitivamente.

Poco tiempo después de volver, me llamó y me contó toda la película por teléfono, con pelos y señales. Demasiados pelos y muchas señales para mi gusto… pero necesitaba desahogarse y yo la dejé. Volvió a reiterar que era definitivo. Había un montón de cosas por las que no estaba dispuesta a pasar y no sabía como había podido estar con alguien tan egoísta.

Los que nos preguntamos muchos fue como era posible que volviera con él.

Ayer sonó el teléfono otra vez. Y era mi amiga.

– Hola.
– Hola… ¿A qué se debe el honor de tu llamada?
– ¿Te resulta raro que te llame?
– Un jueves… a las siete de la tarde… habiendo tenido toda la mañana desde el trabajo… sabiendo que ni tú ni yo somos breves… no sé. Me da que pensar…
– Tengo que darte una noticia.
– Espera que me siente… – Por el tono de voz había dos opciones: O boda o embarazo. No era posible que fuera una mala noticia, en plan dejarlo con el novio, porque su voz tenía un timbre alegre.
– Estoy embarazada…
– Era eso o que te casabas…
– ¿Casarnos? No, que va…
– Claro, porque lo de tener un hijo es mucho más sensato… ¿No?
– No, pero como ya vivimos juntos desde hace unos meses…
– Oye, que me alegro un montón… era lo que siempre has querido.
– Estoy muy ilusionada
– ¿Y él?
– Él también, más que yo…
– ¿Niño o niña?
– Yo prefiero niña…
– Lo mejor es que ahora empezarán a crecerte las tetas…
– Hala, tío, como te pasas… Pero es verdad, ya las tengo superhinchadas
– Pues habrá que verte…

Seguimos un rato más, claro, porque ni ella ni yo somos breves.

Ahora es cuando llega el momento de la reflexión profunda. Ellos empezaron pocos meses antes que Huracán y yo. Nosotros nos llevábamos infinitamente mejor que ellos, porque siempre estaban peleando, dejándolo y volviéndolo a coger… lo dejaron definitivamente, ella se dedicó a pregonar entre sus íntimos toda la lista de defectos del novio y, una vez hecho esto, vuelven, se van a vivir juntos y se queda embarazada.

Ahora, el circulo de íntimos no podemos evitar tener una opinión muy concreta de este señor. Y no es positiva. Sabemos cosas que no deberíamos saber, hemos notado un gran cambio en la personalidad de nuestra a miga y, lo que es peor, todos tenemos el convencimiento de que no durarán…

Y digo yo… ¿Es lícito buscar ser madre por encima de todo lo demás?

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Huracán está de curso por las tardes. Es muy importante para su trabajo, y, además, le gusta, por lo que se esmera más en sacárselo. El caso es que he intentado hacer lo que Patita me recomendó, o sea, quedar con ella una noche de estas, pero no ha querido. Sale tarde y al día siguiente tiene que entrar a trabajar pronto y prefiere dejarlo para otro día, cuando esté más tranquila. Además, tiene que hacer la colada, o planchar o hacerse la comida para el día siguiente. Estaba pensando en ponerle una asistenta o algo así (no es la primera vez que me da calabazas por planchar). La otra opción sería hacer de Chema (de Chema de Bloody, no el Chema de Barrio Sésamo), y hacérselas yo… pero eso implicaría que tendría que dejarme la llave de su casa y… en fin, no sé si tenemos confianza suficiente como para que me deje planchar sus tanguitas…

Total que me da rabia porque no tengo gran cosa que contar. Excepto quizá una cosa que me ha parecido muy curiosa y que, aunque no tiene relación con Huracán, os la cuento.

Resulta que una amiga mía se ha ido con su novio a Tailandia a principios de mes. Un viaje de 22 días y sus correspondientes noches a tan exótico país. Justo al otro extremo del mundo. Ya quedamos una tarde para tomarnos unas cañas y me puso los dientes largos con la guía y con la información que sacó de Internet. A mí me parecía un viaje un poco arriesgado, no por que el país sea inestable, sino porque la pareja tiene un “historial” conflictivo a sus espaldas.

Hoy, a eso de las 6 de la tarde, las 10 / 11 de la noche allí, me ha saltado el Google Talk para iniciar una conversación. Aclarar que yo soy más de Google Talk que de Messenger… por llevarle la contraria a la mayoría. Y porque como las conversaciones en GT son de dos personas nada más, no me hago lío. Concretando… era mi amiga desde Tailandia.

– Hola ¿puedes?
– Si, aunque anda mi jefe por aquí pululando. ¿Qué tal?
– Bien. He cortado con “este”
– No está mal… original es un rato… irte a Tailandia acortar con tu novio…
– Se veía venir.
– Si. Y también se veía venir la última vez que lo dejasteis.Incluso la vez anterior…
– Esta vez es definitivo.
– No lo dudo. ¿Qué vas a hacer?
– ¿A qué te refieres?
– ¿Cuándo vuelves?
– El 22.
– ¿Y él?
– También. Hemos contratado el viaje juntos.
– Pues qué bien…
– Y dormimos juntos.
– ¿En la misma cama?
– Que cotilla. En la misma habitación.
– Uff.
– Va a ser difícil…
– Lo mismo volvéis de pareja otra vez.
– No digas eso.
– Perdona. Me llama mi jefe. Si necesitas hablar o algo estaré por aquí conectado…
– Aquí son las 11 y es complicado encontrar donde conectarse…
– Bueno. Lo dicho.
– Beso
– Beso.

Cuando he vuelto de hablar con mi jefe ya no estaba conectada. La ruptura se veía venir. De hecho se han dejado ya varias veces. Digamos que esto me parece más o menos normal. Lo que me ha dejado alucinado ha sido que la chica necesitaba hablar con alguien y se ha acordado deque yo suelo estar conectado a Internet y ha buscado un ciber para hablar. Y hemos hablado, a través de vete tú a saber cuantos kilómetros de cable, fibra,satélites…

Lo que me lleva a pensar que el mundo se ha vuelto muy pequeño de repente gracias a Internet. Es más,este blog lo leen desde México o Perú todos los días… Anushka lo lee desde Moscú, y yo el suyo desde aquí…

Creo que no somos conscientes, pero hemos sido testigos de un cambio de era…

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