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Posts Tagged ‘sexo’

Todavía recuerdo el primer chocho que vi. Por aquella época eso se llamaba chocho, como lo nuestro se llamaba pilila. Son cosas de la edad, supongo. Ahora habría usado otro tipo de palabra, más sonora, quizá… y que rima con moño. Pero con seis años yo no usaba esas palabras. A lo mejor las pronunciaba bajito, sin que nadie me oyera…

Aquel chocho pertenecía, como no podía ser de otra manera, a mi prima mayor, a la mayor de mis primas. No es que estuviéramos jugando a los médicos ni nada por el estilo. Ella tenía 16 o 17 años y yo apenas 6, y a esa edad ella ya jugaba a los médicos de verdad y a mí me gustaban los Clicks de Famobil. Y tampoco es que la estuviera espiando. Al menos técnicamente no fue así. Para empezar, yo estaba acostado en mi cama, arropado con una manta muy gruesa y era una hora en la que debería estar durmiendo. Así que no fue como si la espiase. Aunque eso fue exactamente lo que pasó.

Mi prima mayor estaba buenísima. No lo decía yo, lo decían todos. Era guapa y tenía un tipazo… y tenía mucho éxito con los chicos. Demasiado. Esto tampoco lo decía yo, lo decía mi abuela. Pero todos sabemos que las abuelas están algo chapadas a la antigua. A mi prima loe gustaba maquillarse y salir, y siempre se ponía cosas que remarcaban su impresionante pechera. Y así pasaba, que cambiaba de novio como de vestido. Digamos que se lo podía permitir.

El día que la vi desnuda estábamos en el pueblo. En el pueblo de mi madre, en la casa de la abuela. Una vieja caserona de más de cien años que llevaba más o menos ese tiempo cayéndose a trozos. De hecho, todavía se cae a trozos y, seguramente, pasará los próximos cien años haciendo lo mismo. La casa nunca ha sido muy grande, pero cuando los primos éramos pequeños, entrábamos todos sin problemas. A mí, en esa ocasión, me tocó compartir cama con mi hermano pequeño (que por esa época lo era, aunque ahora le hemos ascendido y es mi hermano mediano). Y en la otra cama dormían mis primas. Estábamos todos acostados, aunque mi prima mayor había salido con un chico esa noche.

Mi hermano es tan nervioso que apenas se le distingue de un epiléptico en pleno ataque. Bueno, no es verdad, pero es que se mueve mucho. Y, claro, yo no podía dormir bien. Por eso estaba despierto cuando mi prima entró en la habitación. ¿Por qué me hice el dormido? No lo sé muy bien. A lo mejor porque se suponía que tenía que estar dormido… seguramente. Pero el caso es que disimulé tan bien que mi nombre sonó en algunos círculos para entregarme el Oscar al mejor actor. Y ella, supongo que pensando que nadie la veía, se desnudó para meterse en la cama.

No recuerdo que me llamaran la atención sus tetas. Y eso que con esa edad y ese tipo tenían que ser grandes pero firmes, con el desafío a la ley de la gravedad que da la fuerza de la juventud. Pero qué le vamos a hacer… no les presté la menor atención. ¿Cómo fijarme en esos globos de carne estando tan cerca eso otro mucho más misterioso todavía? Y con pelos, además. Porque tenía pelos. Vamos a ver… no estoy hablando de pelo en plan… matojos de un bosque a finales de la primavera, antes de que pasen las desbrozadotas y limpien de matorral para evitar los incendios. No. Estoy hablando de pelo, pero no de tanto pelo. Tampoco hablo de un fino bigotillo recortado sobre la sonrisa vertical. Eso habría sido de correr estos tiempos. Hablo de pelo. Y para un niño de seis años, tener pelo “ahí”, es algo novedoso… casi misterioso. Supongo que a esa edad ya sabía que las niñas no tenían colita, pero no tenía ni idea de que a las niñas les salieran pelos ahí abajo.

Apenas duró el espectáculo, pero esos pocos minutos que tardó mi prima en colocar la ropa en la silla y apagar la luz antes de meterse en la cama se me quedaron grabados a fuego en la memoria.

Estos recuerdos me volvieron a la cabeza el sábado. Como ya dije en su día, hace un año además, mi abuela cumple años el mismo día que la constitución. Y el sábado mi madre hizo una gran tarta de hojaldre y nata para celebrar el cumpleaños de la abuela. No está muy allá de la cabeza, pero nos reconoce a todos. En la fiesta de cumpleaños coincidí con mi prima la mayor. Hacía muchísimo tiempo que no la veía.

Ahora es, literalmente, la mayor de mis primas. Ese cuerpo voluptuoso y bien formado se ha convertido en una enorme bola de gelatina blanda. Mi prima la mayor no tiene cuello, pero sí dos papadas. Y los antaño firmes globos de carne sufren ahora la gravedad con toda su fuerza. Casi podría decir que sufren la fuerza de la gravedad de Júpiter (que como todo el mundo sabe es más potente que la terrestre) y se desparraman encima de una barriga que, habiendo venido de Nepal recientemente, recuerda más a la de un Buda feliz que a cualquier otra cosa.

El tiempo pasa y los cuerpos cambian. Pero es curioso que me acordara de aquel día tan remoto en el pasado.

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La audiencia está de capa caída. El Share del Club de los jueves está por los suelos y las empresas ponen su publicidad en el Cerro de los Ángeles. Así que la junta directiva, con la presidenta Pat a la cabeza, ha decidido darle al público lo que el público quiere. En un principio habíamos pensado en hacer un calendario con las miembras femeninas del club posando en traje de Eva, pero nuevamente la presidenta se ha negado. La posibilidad de hacer lo mismo con los miembros masculinos del grupo no fue ni imaginada… la idea es subir la audiencia, no mandar a la gente al manicomio. En fin, que lo que se acordó es que ésta semana el tema para los relatos sería “Describir una escena de Sexo”. Aquí os presento la mía. Está basada en hechos reales… nunca mejor dicho.

La mujer estaba de pie en medio de la gran habitación. Era una mujer que no pasaba desapercibida en la corte, por su porte altivo, su enorme peluca blanca y empolvada de complicado peinado, lleno de bucles y lazos, su rostro pálido, lívido casi, salvo por las manchas de colorete de intenso rojo y sus labios pintados del mismo color, sus caderas anchas, su cintura estrecha y sus pechos bien encajados en el escote cuadrado y levantados por el apretado corsé. Una mujer digna de un Rey.

Él la contempló desde el quicio de la puerta, apurando el vino de una copa de cristal. No tenía prisa por acercarse. Sabía perfectamente lo que pasaría a continuación.

– Majestad… ¿Me ha mandado llamar?
– Sí…
– ¿En qué puedo servirle?
– Lo sabes bien…
– Cómo sois, majestad…

El Rey dejó la copa sobre una mesa de mármol con bellos repujados y recorrió despacio la distancia que los separaba. La cogió del cuello y la atrajo hacia sí. La besó. No fue un beso tierno, de enamorados… más bien fue un beso pasional, fruto del deseo de muchos días de juegos de seducción. Un beso lleno de lujuria.

– Majestad… soy una mujer casada…
– No os preocupéis… consideradlo como un servicio a Francia

Él besó su largo cuello desde la oreja hasta la clavícula, deteniéndose al llegar a los pechos. Eran suaves y parecían a punto de estallar, por la presión del corpiño y la respiración excitada de la mujer.

– Oh… majestad…

El monarca no lo dudó ni un instante. Mientras seguía besando la suavidad de los senos turgentes, con las manos empezó el laborioso proceso de desanudar los innumerables lazos que mantenían el peto con bordados de oro unido a la camisa de complicados encajes. En apenas un par de minutos el peto caía al suelo y la camisa volaba por el aire, dejado al descubierto los hombros de la dama y el corsé dorado. Emitió un gruñido de triunfo y empezó a besar los hombros y la espalda de la dama. Ante sí tenía el intrincado sistema de lazos y corchetes que mantenían bien apretado el corsé y estilizaban hasta límites sobrehumanos el cuerpo de la mujer…

– Te vas a enterar de lo que es bueno… vas a saber lo que es una polla real…

A medida que fue soltando los corchetes y deshaciendo los nudos iba pasando la lengua por la espalda cada vez más desnuda de la dama, que no dejaba de suspirar excitada. Al llegar a la base de la espalda el corsé se desprendió por completo. Desde atrás, y mientras besaba la nuca desnuda de la mujer, el Rey rodeó con las manos los senos por fin desnudos. Eran grandes pero firmes, y los pezones desafiantes apuntaban al techo, duros por la excitación.

– Oh… majestad…

Él, rojo por la pasión, se quitó la casaca gris plata y la lanzó contra la pared del fondo. Ya no veía, no razonaba… estaba loco por la lujuria, mientras besaba y mordisqueaba los rosados pezones de la cortesana, tanto tiempo deseados. Ella empezó a desabrochar la camisa de fino hilo del monarca, botón a botón, dejando su pecho al descubierto.

Él rodeó con sus manos la suave espalda y, mientras metía su lengua en el ombligo de ella encontró los dos botones que mantenían unida la sobrefalda al conjunto del vestido. Le costó algo de trabajo desabrocharlos, pero lo consiguió, retirando la prenda de inmediato. Otra falda, del mismo color, pero con dieciséis botones más, era la distancia que le separaba de la ansiada meta… la falda, el guardainfantes, las enaguas, las bragas y las medias…

El Rey se separó de la cortesana.

– No puedo…
– ¿Cómo que no puedes?
– Corten o lo que sea… joder… es que con tanta ropa, tanto lazo y tanto puto botón no hay dios que mantenga una maldita erección… ya le dije al de vestuario que no hacía falta ser tan realista con la ropa… vale que es una película de época… pero coño, que al final el porno es porno…

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No puedes seguir interpretando el papel de Capullo… Así no llegarás a ninguna parte. ¿Sabes lo que deberías hacer? Deberías de ver la serie Californication y aprender unas cuanta cosas”

En estos términos me habló alguien por teléfono el otro día. Alguien no, claro, alguien muy especial. De hecho alguien muy especial. No me estaba echando la bronca, ni nada por el estilo, me estaba aconsejando, dándome el punto de vista femenino. Supongo que me quiere. O algo.

Soy un chico listo y decidí hacerla caso. Y soy un chico listo con una línea ADSL muy potente… así que en un par de días tenía toda la serie en el disco duro de mi ordenador. Los doce capítulos y tres películas porno camufladas de capítulos (una de ellas, por cierto, muy curiosa… sólo salían dos tías sacando la lengua y babeando… una hora y veinte minutos de… eso).

Me he tragado los 12 episodios casi del tirón, con pequeñas pausas para quedar con los amigos, trabajar o dormir. Lo que no he hecho es sacar apuntes. Pero tengo buena memoria. Y ¿Sabéis qué? Después de un estudio pormenorizado he llegado a la conclusión de que Californication trata sobre el Señor Capullo. Me he sentido tremendamente identificado. Más o menos…

Si quitamos el hecho de que el protagonista es escritor, aunque ya no escribe, un poco borracho y ligeramente drogadicto, nos olvidamos que tiene una hija, fruto del amor que todavía conserva con la mujer con la que no se quiso casar y que está con otro, pasamos por alto que él intenta olvidarse de ella follándose a todo bicho viviente, de sexo femenino, pero con tendencia a elegir a las más bellas… sí, ese tipo y yo somos clavados. Y me baso, sobre todo, en que los dos conducimos un destartalado y sucio coche. Y llevamos barba de varios días… casi estoy por denunciar a Hollywood por hacer una versión libre (muy libre, la verdad) de mi vida…

Ahora en serio. Lo que este tipo y yo tenemos en común es que los dos hacemos cualquier cosa por las mujeres que queremos (y no dudo que él las quiera, aunque sólo sea por un ratito).

Yo recomiendo ver esta serie. Aparte de que es no se parece mucho a otras series americanas (salen mujeres desnudas a tutiplén y a él se le ve el culo en innumerables ocasiones), derrocha humor en todos los capítulos. Y ya sólo por eso merece la pena.

Os dejo el trailer de la serie, por si os interesa.

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El tema de esta semana es total. Super. Literalmente… superpoderes. Así que inmediatamente uno piensa en tipos musculosos embutidos en mallas ajustadas. Y es el único momento en el que uno puede pensar en tipos musculosos embutidos en mallas ajustadas sin peligro de que nadie dude de su propia hombría. ¿Y las heroínas? Di no a las drogas. Aquí os dejo mi aportación al club. Espero que os guste.

CHUNDA – CHUNDA – CHUNDA

Él se tocó el pelo engominado con gesto seductor

CHUNDA – CHUNDA – CHUNDA

Ella se mordió el labio inferior

CHUNDA – CHUNDA – CHUNDA

Él se acercó esquivando a la gente mirándola directamente a los ojos

CHUNDA – CHUNDA – CHUNDA

Ella bailó sensualmente acariciándose el cuerpo

CHUNDA – CHUNDA – CHUNDA

Él le dijo algo al oído

CHUNDA – CHUNDA – CHUNDA

Ella le cogió de la mano y tiró de él

CHUNDA – CHUNDA – CHUNDA

Él se dejó llevar a los baños de caballeros, siempre vacíos

CHUNDA – CHUNDA – CHUNDA

Ella abrió la puerta del baño

chunda – chunda – chunda

Él se abalanzó sobre ella

chunda – chunda – chunda

Ella se abalanzó sobre él

chunda – chunda – chunda

Él la besó con ansia

chunda – chunda – chunda

Ella le sacó la camisa
Él la estrujó las tetas
Ella le mordió la oreja
Él la estrujó las tetas más fuerte
Ella le besó
Él la estrujó el culo
Ella le abrió la camisa
Él la estrujó una teta
Ella le besó mientras le desabrochaba el cinturón
Él se relamió anticipándose a lo que iba a pasar
Ella le bajó la cremallera mientras le besaba el pecho
Él le presionó los hombros para que se agachara
Ella le bajó los pantalones
Él no pudo evitar sonreír
Ella se quedó quieta
Él notó que algo no iba del todo bien
Ella se levantó de golpe y se marchó del baño
Él se quedó sólo y sorprendido

CHUNDA – CHUNDA – CHUNDA

Él no se explicaba lo que había pasado… aunque algo le decía que posiblemente tenía que ver con sus calzoncillos de Spider-Man…

(Basado en hechos reales… no a mí, por supuesto)

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En cuanto llegué a casa el sábado por la tarde, después de mi habitual caminata por el monte de cada semana (el entrenamiento para el viaje a Nepal, ya sabéis), conecté el móvil al cargador. Durante la salida había estado dándole vueltas a la idea de llamar a la lectora misteriosa y proponerle un plan interesante, por pasar un poco a la acción. Pero no había conseguido pergeñar nada que pudiera asemejarse a un plan medianamente interesante, para estar a la altura siendo ella una mujer tan especial. Supongo que el quedarme sin batería me dio tiempo para ir pensando algo que proponer.

De haber continuado con la euforia de la semana pasada, algo tan nimio como no tener un plan interesante que proponer no habría supuesto ningún problema: para interesante, yo. Pero la euforia de la semana pasada me duró, grosso modo, hasta el jueves por la tarde. Así que el Sr K del sábado necesitaba un plan.

Y en esas estaba cuando me llegó un mensaje.

Lo primero que pensé fue que era de la lectora misteriosa, proponiéndome a mí el plan interesante (aunque simplemente quedar ya sería suficientemente interesante, al menos para mí). Pero la realidad supera a veces todas las expectativas imaginadas: Huracán me invitaba a cenar en su nueva casa, para enseñármela y para agradecerme la ayuda prestada. Y me pedía por favor que no me negase.

Así que, por un lado, no tenía un plan que proponer a una mujer que a buen seguro y dadas las horas que eran ya tendría algo que hacer, y por otro, tenía la posibilidad de complicarme la existencia reavivando un fuego casi extinto. También podría quedarme en casa, leyendo o, mejor, durmiendo. De haber perdurado la euforia de la semana pasada, habría optado por la primera opción y, al ser educadamente rechazado, habría optado por la tercera. Pero la euforia había desaparecido y, la verdad, tenía cierta curiosidad. Así que me arriesgué a jugar con fuego y llamé a Huracán, sabiendo que era un error, quizá el mayor error del mundo. Por resumir: Quedamos a las 10 y me dio la dirección de la nueva morada, no demasiado lejos de la antigua.

Me acicalé, peiné y recorté la perilla. Me vestí y salí para allá, con una botella de vino, un Alvariño, que sé que le gusta. Y, también he de reconocerlo, con ciertos nervios. No veía a Huracán desde finales de Enero, cuando tuvo a bien dejarme, y de eso hacía ya cuatro meses. No sabía cómo iba a reaccionar al verla… pero podía hacerme una idea.

Estaba guapa, muy guapa. Morena (luego me dijo que se había ido unos días a la playa), con su pelo ensortijado cayéndole en aparente desorden sobre los hombros desnudos. Un vestido fino, de color blanco, lo que remarcaba más su moreno, creo que demasiado fino y más propio del verano que de un día de primavera ligeramente fresco y húmedo. Y escotado, como no podía ser de otra forma, con dos de sus tres sensuales lunares a la vista. De no haber tenido las costillas en su sitio, mi corazón habría botado por toda la habitación, como una bola de goma…

Dos besos, castos y en la mejilla, aunque más largos de lo normal, me permitieron volver a aspirar el olor de su pelo. Y el contacto de su piel con mis manos, me trajo el recuerdo de otros contactos, no tan lejanos. Empecé a pensar que no había sido buena idea volvernos a ver, porque ese fuego quemaba más de lo que me imaginé.

Huracán me enseñó su nueva morada, intentando disimular sus nervios. El piso era enorme, mucho más grande que el otro, y más céntrico… algo que no me cuadraba demasiado con lo que se suponía que ella podía pagar. Resulta que, harta de buscar cosas asequibles, había optado por compartir casa. Y, bueno, había otros motivos.

– Aquí estoy muy sola Sr K. Después de que nosotros… ya sabes… pensé que a lo mejor este no era mi sitio. He echado la solicitud para un hospital en el sur… más cerca de mi familia, y cerca de la playa… así que mientras llega el traslado, si es que me lo dan, no he querido complicarme y comparto casa. Y así no estoy tan sola.

Ahora competía por un baño con tres mujeres más, dos de ellas compañeras del hospital. Ninguna estaba cuando llegué. Y por haber sido la última en llegar, tenía la habitación más pequeña de todas, apenas un cuartillo con una cama muy estrecha y poco sitio para sus muchas cosas. La decoración un poco ochentena, cortinas verdes con flores amarillas, a juego con el cabecero, un flexo encima de una mesa de cristal y, lo mejor, el armario enfrente de la cama con las puertas de espejo. Todavía había alguna caja sin abrir en una esquina, pero más o menos estaba instalada. Por lo visto llevaba ya dos semanas viviendo allí.

Huracán había sido muy metódica. Tenía preparada la mesa del salón hasta con velitas y todo. Había preparado algo fácil para cenar, una tabla de patés y quesos (que sabe que me encantan) y pasta fresca de segundo. Sin saberlo acerté con el vino, porque la pasta era con salmón. La decoración del salón era un poco austera, de batalla, propia de una casa de alquiler… y no pude evitar sonreírme al ver que el sofá, amplio y cómodo, era de un color azul muy parecido al que yo tenía. Lo que no deja de tener gracia ahora que le he cambiado la tapicería al mío.

La cena fue muy agradable. Me contó sus peripecias buscando piso, y los problemas que tenía con su anterior arrendador para que le devolviera la fianza. También me contó cómo eran sus compañeras de piso y las migas que había hecho con una de ellas, con la que salía de vez en cuando por ahí (supongo yo que de caza). Pero también recordamos muchas cosas que nos habían pasado, nos reímos mucho y, bueno, quizá bebimos un poco más de lo que era recomendable.

Eso es lo que quiero pensar, porque, sin saber muy bien cómo, terminamos en el sofá, besándonos apasionadamente. Fue ella la que me besó, pero yo no hice nada por evitarlo. Y del sofá llegamos a su habitación. Y pasamos la noche juntos, en su estrecha cama, con el espejo del armario ofreciendo una perspectiva nueva para mí.

No pegué ojo en toda la noche. Mientras ella dormía abrazada a mí, le di muchas vueltas a la cabeza, sopesando la situación. ¿Qué significaba lo que había pasado? ¿Íbamos a volver o sólo se trataba de un polvo de recordatorio? ¿Qué sentía ella realmente? ¿Y yo?

La verdad… no me he planteado volver. O sea, ella todavía me gusta mucho, sus lunares siguen ejerciendo un inmenso poder sobre mi voluntad… y cada célula de mi cuerpo me pide estar con ella, sentirla, acariciarla, besarla. Lo que pasa es que no es mi cabeza la que piensa esto. Mi cabeza piensa que nada ha cambiado desde enero. Lo que hizo que me dejara sigue ahí, y no me refiero al Policía, sino a lo que este individuo involuntariamente removió. La gente no cambia fácilmente (en realidad creo que no cambia) y estar separados estos cuatro meses no creo que haya aportado nada para que se produzca un cambio. Estamos igual que entonces: me quiere, pero no lo suficiente. Supongo que es verdad que está sola, que se siente un poco perdida y que, de alguna forma, yo le doy cierta seguridad… pero eso no puede sustentar por sí solo una relación, creo yo.

Me marché por la mañana, temprano. Como no hay nada normal en cuanto aparece Huracán, me crucé con una de sus compañeras de casa en el pasillo, cuando volvía de pasar el sábado de marcha…

Hemos quedado en vernos esta tarde, otra vez. Pero será en un sitio público, en una cafetería…

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O, al menos, eso dice el dicho castellano. Siguiendo con la historia que dejé en el aire ayer, tenemos a los cuatro personajes de la escena situados en el sofá. Algodón tumbada, jugueteando con su pie en mi entrepierna, y los dos elementos de mi imaginación, el Angelote y el Diablillo, mirándome fijamente esperando una decisión. Expectantes. Intentando encontrar una solución satisfactoria para todas las partes (especialmente las mías), mi cerebro funcionaba a mil por hora (compensando la preocupante falta de sangre con la optimización de la red neuronal). Por fin llegué a una conclusión.

– Algodón… me tengo que ir. – Y me puse de pie.
-Es muy tarde… quédate a dormir.
-Creo que lo mejor es que me marche. De verdad.

Ella se puso de pie y me acompaño a la puerta. En la entrada me abrazó muy fuerte, y me dio un beso en el cuello.

– Pudo haber estado bien. – Me dijo al oído.

A medida que caminaba en dirección a mi casa empecé a cabrearme conmigo mismo. O sea… Podría habérmela tirado y luego… luego si te he visto no me acuerdo. O, mejor: “Yo creía que era nada más que un rollo…”, “Lo siento… me he confundido”. Había mil frases que decir “después”. ¿Por qué tenía que hacer caso al mierda del Angelote? Maldita conciencia…

Al día siguiente llegó Morcillita de vacaciones, morena y guapa. Y, como no podía ser de otra manera, me notó raro, especialmente serio. Me preguntó y se lo conté. Yo no tenía secretos para ella (no es que ahora los tenga, pero ya no tenemos la misma relación que antes y no tengo por qué contarle todo). Según ella, hice lo correcto. Pero eso no ayudó a que me sintiera mejor conmigo mismo.

Como el que no quiere la cosa nos plantamos en diciembre, en pleno puente de la constitución (y cumpleaños de mi abuela). Estaba con Panceta en el bar a eso de las tres de la mañana, bebiéndonos unas cervezas y hablando de tonterías. Y apareció Algodón otra vez. Nos habíamos visto más veces desde lo ocurrido en su casa, pero no lo habíamos comentado. Simplemente ocurrió, pero ninguno de los dos le dimos mayor importancia. Supongo.

Se nos acercó, se pidió otra cerveza y se unió a la conversación. Echamos unas risas durante un buen rato, hasta que cerraron el bar. Panceta se fue para su casa y nosotros, que vivíamos más o menos en la misma dirección, nos fuimos juntos. Seguíamos hablando de alguna cosa sin sentido, cuando llegamos al portal de su casa. Me despedí de ella:

– Bueno, pues ya nos vemmmmm….

De pronto tenía en mi boca el doble de lenguas de las habituales. Algodón me estaba besando, agarrada a mi cuello. Sabía a tabaco y olía a coco y cuero. Durante unas cuantas centésimas de segundo intenté resistirme… el tiempo justo que tardó el diablillo en acuchillar repetidas veces al angelote, para que no dijera nada. Con el último aliento, el Angelote me obligó a decir:

– Esto es sólo un rollo, ¿No?
-Claro.

Así que todo estaba bien ya, El Angelote se podía morir tranquilamente. Pasamos el fin de semana en su casa, recuperando la escena del sofá, pero esta vez sin peli porno de fondo. Puedo decir que fue un buen fin de semana.

El problema fue el lunes.

A las nueve de la mañana, el teléfono empezó a sonar. Por supuesto, era Algodón.

– ¿Si?
-Hola.
-Hola. Oye… ¿Qué pasa?
-No, nada. ¿Qué tal estás?
-Pues bien, aquí, un poco liado…
-Bueno. Te dejo. Luego te llamo.
-Vale. Adiós, adiós.

A las diez se repitió la escena, más o menos igual.

A las doce no le cogí el teléfono.

A las tres, a la que salía del trabajo (tiempos aquellos en los que sólo trabajaba hasta las tres) volvió a sonar el móvil.

– Hola.
-Hola… te he llamado antes.
-Ya… es que estaba en una reunión.
-¿Qué haces?
-Nada, ya me iba para casa…
-Yo también. Si quieres vamos juntos – resulta que ella trabajaba muy cerca de donde yo trabajaba por aquel entonces, y ella lo sabía.
-Bueno… – A ver, ¿Qué podía decir?

Fuimos juntos, claro. Por la tarde quería quedar, pero me busqué una excusa convincente. Pero no logré zafarme para ir juntos por la mañana a trabajar. La verdad es que estaba muy incómodo con la nueva situación. Sobre todo porque me sentía mal por ella. Estaba pasando justo lo que no quería que pasara. Y, lo peor, era sentir la mirada acusadora del Angelote clavada en mi cogote todo el santo día. Tenía que hablar con ella, y cuanto antes fuese, mejor.

El momento elegido fue el martes por la tarde, delante de un café, y fue algo muy parecido a esto:

– Algodón… no puedes llamarme tanto… – Se trataba de empezar por algo básico y luego ir profundizando poco a poco en la idea.
-¿Por qué?
-Mujer… estoy en el trabajo, y no puedo andar hablando todo el rato… se supone que me pagan por hacer cosas productivas…
-Bueno… no te llamaré durante la mañana…
-En realidad… tampoco es buena idea que me llames por las tardes… me siento un poco… no sé… agobiado.
-¿Agobiado?
-Si… se suponía que lo que pasó era nada más que un rollo de fin de semana. Sexo, que fue muy bueno y divertido, pero sólo eso. Nada más… y ahora me siento como si fuéramos algo más…
-Es que yo quiero algo más.
-Pero no puede ser. Ya sabes lo que siento por Morcillita… te estaría engañando.
-¡Pero ella no te quiere! – Lágrimas asomando por sus ojos. Situación de peligro inminente.
-Puede ser… pero yo a ella sí… y mientras la quiera a ella, no puedo querer a otra. No puedo salir contigo. – Se puso a llorar, en silencio – Lo siento.

Estuvimos un rato más, hasta que se tranquilizó. Y nos despedimos. Pasaron algunas semanas en las que no nos vimos, un fin de año un poco extraño, y el comienzo del fin con Morcillita. Cuando nos volvimos a ver ella estaba bastante normal.

Nunca volvimos a hablar de lo sucedido.

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Técnicamente yo era un hombre libre. Morcillita me había dejado y ya no éramos una pareja. Bueno, en la práctica no lo éramos, aunque en teoría… bueno, seguíamos viéndonos y yo mantenía mis esperanzas de recuperarla casi intactas. Para mantenerme ocupado y no pensar demasiado, acepté un trabajo que me habían ofrecido para mis ratos libres, ajeno a mi trabajo normal, un jugoso negocio en el que yo era socio de un Marqués, varias veces Grande de España, y una participación de un 10% de los ingresos. Sólo tenía que asesorar tecnológicamente la aventura y participar en reuniones. Al final la cosa quedó en que perdí un verano y el “Grande” me escatimó cinco millones de las antiguas pesetas.

Morcillita se quedó conmigo durante casi todo ese tiempo, excepto la última semana de agosto. Se fue de camping con unos amigos suyos, entre los que se encontraba el que ahora es su marido y padre de sus hijos. El caso es que yo me quedé solo, aunque muy liado. Pero estaba acostumbrado a dar largos paseos por la noche en el parque con Morcillita comiéndonos un helado y charlando de la vida, que era básicamente mi único entretenimiento. Como siempre he sido muy independiente, seguí dándome esos paseos yo solo. Era más aburrido, pero descansaba de tanto ordenador y tanto teléfono.

En uno de esos paseos solitarios me encontré con Algodón.

Algodón era una vieja amiga. En realidad era una amiga de una amiga. Y no siempre la habíamos llamado Algodón. Cuando la conocí un año y pico antes, me pareció tonta. Pero no tonta en plan creída. No. Tonta de simple. Así que la llamábamos entre nosotros muchas cosas sinónimas de tonta. Pero a medida que la fui conociendo mejor, no es que dejara de ser simple, pero la fui cogiendo cariño. Y pasó a ser Algodón.

Ella siempre decía que yo era su amor platónico y que quería tener un novio como yo. Pero nunca me lo tomé en serio. Sí que es verdad que me daba unos abrazos enormes, me estrujaba entre sus grandes pechos (lucía sin problema unos escotes vertiginosos), y a veces hasta besos en el cuello. Pero yo lo achacaba a que era muy cariñosa. Todas esas cosas terminaron cuando empecé a salir con Morcillita. Dejamos de vernos tan a menudo como antes. Hasta que coincidimos esa noche en el parque.

Algo que nunca me gustó de Algodón era que tenía que explicarle los chistes. Su sentido del humor era muy básico, ella era de esa gente que se reía a carcajadas con el chiste de “mis tetas” o con los chistes de Jaimito, y seguramente tendría como el Rey del Humor a Arévalo haciendo de gangoso. Así que no me entendía casi nada de lo que decía. Pero dada mi situación en ese momento, solo y abandonado por la mujer que amaba, la compañía de Algodón era reconfortante. Y fuimos quedando cada noche para pasear y charlar en el parque.

El viernes previo a que volviera Morcillita de Cantabria, Algodón me llamó por la tarde y me dijo que si cambiábamos de plan. En lugar de ir al parque, me invitaba a cenar en su casa viendo una película. No me pareció un mal plan y acepté. A fin de cuentas no tenía nada mejor que hacer.

La velada comenzó con un pase particular de modelos. Algodón había renovado el vestuario y se empeñó en enseñármelo todo puesto. Pantalones, alguna falda, un top muy ceñido, camisas… en fin, a mí me pareció la tienda entera. Pero no dije nada, porque parecía que a ella le hacía ilusión.

Por fin terminó y dimos comienzo a la sesión de cine. Ella también se había encargado de alquilar la película. Título: Más que amigos. Una comedia romántica entre una ejecutiva, un rabino y un sacerdote católico… no es que me sintiera identificado con ninguno de ellos, pero… ¿Más que amigos? ¿Era una indirecta o es que yo estaba suspicaz? ¿Acaso quería decirme algo? Lo que resultó indudable fue que la película era un bodrio y no me dormí de pura vergüenza. Durante la película ella se fue tumbando en el sofá a mi lado hasta que, al final, tenía sus pies apoyados en mis piernas. No le di mayor importancia, a fin de cuentas estábamos en su casa y el sofá no era demasiado grande.

Por fin terminó la película y dimos comienzo a una charla tranquila. Ella seguía tumbada, con sus pequeños pies de uñas pintadas apoyados en mis piernas, y me comentaba lo alocada que había sido su vida los últimos meses. Había tenido tres novios en dos meses, a cada cual más raro.

– Necesito sentar la cabeza… necesito a alguien a mi lado que sea sensato… cariñoso… inteligente… necesito a alguien… como tú, Sr K.

Obviamente me quedé a cuadros. Había estado preparando el terreno pero no me esperaba un ataque tan frontal. Independientemente que todavía estuviera reciente lo de Morcillita, y de que siguiera colado por ella hasta las trancas, Algodón no tenía lo que a mí me gusta en las mujeres. Bueno, sí tenía unas tetas preciosas y, ejem, eso es algo que me gusta en las mujeres y, sí, era guapa de cara y con una boca diseñada para el pecado… pero…. No me imaginaba con ella… no sé si me explico. Así que decidí escurrir el bulto y no darme por enterado.

– Te pasaré el teléfono de un par de amigos que te pueden resultar interesantes.

El ataque siguió por otros frentes y yo fui esquivando los misiles con más o menos habilidad. Ella preparó el ataque definitivo. La tele seguía puesta aunque a un volumen muy bajo. Cogió el mando y me preguntó…

– ¿Te importa que cambie?
-No, adelante… estás en tu casa.
-Es que los viernes suelo ver el Plus.

¿El Plus? ¿Los viernes por la noche? ¿Pero si echan…?

La peli porno del Canal Plus. Un clásico.

En la tele, una rubia hacía complicados juegos bucales con el gran pene de un maromo hipervitaminado y supermineralizado. No parecía estar pasándolo mal, porque animaba a la rubia con frases cortas pero concisas “Así, sigue, sigue”. Yo debí de poner cara de tonto.

– ¿Te importa?
-No, que va. Yo también la veo a veces.- Y era verdad, sólo que yo no tenía decodificador y, tenía que guiñar los ojos un poco más.

Las posiciones habían cambiado, ahora era él el que ejecutaba complicados juegos linguales en el… esto… ¿Chocho? de ella, que gemía como si se fuera a morir. Los vecinos debían de pensar que Algodón y yo lo estábamos pasando en grande. Nosotros, por el contrario, seguimos viendo la película, aunque ahora guardando silencio. La situación tuvo dos variantes casi imperceptibles. Mi “amiguito” se empezó a animar, con tanto juego lingual, y ella movió lo justo su pie para que dejara de estar apoyado en mi pierna. Ahora estaba en pleno contacto con mi “amiguito”.

Como el que no quiere la cosa, moví su pie hasta su posición inicial. Y seguí viendo la película. Noté nuevamente el contacto de su pie. La miré y ella me miró.

– ¿A qué esperas? ¿No la ves ahí tirada, espatarrada? Tío, quiere que le des carne en barra… – Por supuesto, era mi yo malo, en forma de diablillo de afilados cuernos y rabo puntiagudo.
– No, no lo hagas. Ella quiere algo más que una noche de pasión… te lo ha dicho, quiere un novio que la centre… quiere una relación estable… y tú estás enamorado de Morcillita. – Era mi yo bueno, un amable querubín de rizos dorados y mofletes colorados.
– No hagas caso a ese mariquita… ¿No ves que tiene los pezones de punta? Esta quiere guerra, tío, ¡Quiere guerra…!
– No te dejes tentar por ese hijo del demonio. Tú no eres así. Es tu amiga. No te gustaría que te hicieran lo mismo. Vete, aléjate de ella.
– Tíratela, tíratela…
– Vete, es lo mejor…
– !Follar, follar!…
– Es tu amiga…

Ahora bien… ¿Qué hice?

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