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Posts Tagged ‘Tofu’

Anoche quedé con Tofu. El miércoles fue su cumpleaños y lo celebró ayer (tras un cambio de planes, porque iba a ser el sábado). Y por alguna razón yo estaba invitado. En realidad sería algo pequeñito… ella y yo, su hermano y su mejor amigo, y sus respectivas parejas.

Quedamos en su casa a las 9 de la noche para ir juntos al restaurante, lógico teniendo en cuenta que no conocía a ninguno de los demás celebrantes. Así que me fui con tiempo para poder aparcar en su barrio, algo que ralla con la improbabilidad matemática. Pero se me dio bastante bien y aparqué casi en la puerta tras sólo dos vueltas. Me quedaba por delante un largo tiempo de radio para amenizar la espera. Y había mucho que observar.

Aparqué casi a la puerta de un supermercado y, por las horas que eran, había trasiego de gente, casi todos con uniforme de oficinista: aprovechando la salida de trabajar, visita rápida al súper para comprar algo de comida. En la puerta, un chico subsahariano embutido en un raído abrigo marrón vendía con poco éxito la farola. Me llamó la atención su actitud. En lugar de ofrecer el periódico con desgana, como sabiendo a ciencia cierta que era un gesto inútil, el chaval tenía una sonrisa de oreja a oreja y, como campaña de mercadotecnia, ejecutaba pequeños bailes al ofrecer la publicación. Quizá era para quitarse el frío del cuerpo, pero de alguna manera transmitía simpatía. Casi me dieron ganas de bajarme del coche y comprarle un periódico.

En la acera, junto al coche, había un banco de madera con una pareja sentada en él desafiando al frío. Estaban muy juntos y parecían ser una pareja de enamorados. Seguramente lo fueran. Ella, andina y menuda; él, eslavo y fornido. No llamaban mucho la atención en el ir y venir de la gente por la calle.

Un enorme todoterreno me sacó de mis pensamientos al aparcar en doble fila junto a mi coche, bloqueándome la salida. Del vehículo se bajó una mujer de mediana edad bien resguardada debajo de un abrigo de pelo y de aspecto caro. Bajando de ese coche cualquier cosa tendría aspecto caro. La vi esquivar al subsahariano y meterse en el súper, para salir al rato con una bolsa repleta de cosas. Incluso los que tienen esos cochazos han de comprar comida, supongo.

Poco después de bajar el cierre de la entrada, una puerta lateral del súper se abrió y un chico joven sacó varios contenedores de basura. Se terminó la jornada laboral. En ese momento, la ya casi olvidada pareja de tortolitos del banco se activaron y empezaron a rebuscar entre la basura. Con movimientos precisos, posiblemente adquiridos con la experiencia, fueron separando lo que podría ser comestible. Casi todo lo que cogieron estaba embasado y, me imagino, serían productos caducados que no se podrían vender en la tienda, pero todavía comestibles. Entre los dos llenaron dos enormes bolsas.

Comenzó a caer una fina llovizna. En el reloj digital del salpicadero, las 9 menos 5… había llegado la hora de bajar del coche.

¿El cumpleaños? Tengo que ser sincero: Curioso.

Ella estaba preciosa, con un vestido verde muy entallado la mar de favorecedor, comprado para la ocasión. Era la primera vez que la veía con tacón alto (y me gustó el hecho de que todavía fuera más bajita que yo incluso con tacón).

En el restaurante nos esperaban los demás invitados y, por decirlo de una manera rápida, ella era la única mujer de la mesa. Su hermano y su mejor amigo, con sus respectivos novios. Y nosotros. No sé si sería alguna clase de mensaje.

Pero hubo jamón. Y a mí, con jamón… lo demás me da igual.

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Voy a hacer un intermedio en la crónica del viaje a Nepal. Por dos motivos: porque estoy a la espera de un material gráfico que me tienen que pasar muy importante para ilustrar los textos; y porque han ocurrido cosas en mi vida cotidiana que merecen cierta consideración. Lo que ha pasado es que antes de irme a Nepal dejé pendiente un tema: una cena con una bella señorita. Y no una señorita cualquiera, no: Tofu.

Estaba apalabrado, pero sin una fecha concreta. Hasta esperaba que no se produjera en lo que queda de año, entre otras cosas por lo apretado de la agenda de la señorita en cuestión. Por eso me sorprendió que me llamara el viernes proponiéndome la cena para este fin de semana. Acepté, claro. A sabiendas de que sería en un vegetariano.

Dicen que hombre prevenido vale por dos. Y también dicen que lo importante no es saber, es tener el teléfono del que sabe. Y, en éste caso, tenía a mano al maestro de la cocina y reconocido miembro de esta comunidad, el Señor Daniel MacGill.

– ¿Me puedes recomendar algo que comer en el vegetariano? Es que la otra vez me quedé con hambre…
– depende mucho del sitio, claro.
– Ya… bueno, sé que no voy a comer tofu… eso seguro…
– A mí el tofu no me gusta, la verdad.
– Ni a nadie con paplilas gustativas…
– En este tipo de sitios suelen tener, por ejemplo, croquetas de nueces o de espinacas, si no te caen mal los fritos de noche… después suelen tener ensaladas con queso, generalmente de cabra o gorgonzola…
– Me gusta el queso de cabra…
– Yo conozco un sitio aquí que hacen una lasaña al pesto buenísima Pero no sé si tendrás tanta suerte…

Croquetas de nueces, ensaladas y lasaña… tres vías por las que guiarme en la carta. Con eso sería suficiente… probablemente.

A pesar de liarme con una calle y tener que preguntar a un taxista, al que apenas entendí porque, más que hablar, mascullaba, llegué a tiempo a casa de Tofu. Salir con margen es una ventaja. Tofu apareció por la puerta de su edificio embutida en un grueso abrigo, pero se la veía guapa y sonriente. Al montar me abrazó y nos dimos dos besos.

Llegamos bien al restaurante, entre otras cosas porque me había estudiado el recorrido a conciencia. Incluso aparcamos cerca y todo, algo que se podría considerar un milagro un sábado por la noche. Durante el trayecto hablamos de muchas cosas, aunque de nada en concreto. Intenté no hablar del viaje, tiempo habría. Además, como le había traído un regalito de Nepal y tenía preparada una pequeña historia sobre su obtención (que incluía arañas del tamaño de manos, un templo lleno de monos y varias aventuras con persecución y todo), quería dejar el tema para más adelante.

El restaurante, muy normalito. Nos tenían preparada una mesa en un rincón absolutamente nada romántico, justo al lado del radiador y separados de la cocina por un biombo de caña. Pero se estaba bien y me encontraba a gusto con Tofu. Nos estábamos riendo bastante.

Vino un camarero traernos la carta y dijo algo que no entendí… parecía la noche de los masculladores-vivientes, que siendo Hallowen todo pudiera ser. Busqué en la carta los elementos recomendados por Escocés, sin éxito. Además, tenían muy pocos platos entre los que elegir. Al lado de algunos de ellos, los de pasta principalmente, aparecían dos letras: una V y una C. Cuando llegó el camarero a tomar nota le pregunté, esperanzado, si la C quería decir que era apto para carnívoros. Él me miró sin entender mi pregunta. Antes de que pudiera hacerla de nuevo usando palabras más sencillas, Tofu intervino…

– C… de celiacos. V de veganos.- Ahora parecía obvio.
– Habría sido tan bonito lo otro…- Suspiré.

Tengo que reconocer que la comida no me preocupaba mucho. Estaba dispuesto hasta a comer una ensalada nada más… entre otras cosas por lo que he dicho antes: Hombre prevenido vale por dos. Antes de salir de casa comí algo de embutido y queso… por lo que pudiera pasar. O sea, prefiero cenar dos veces en una noche a no cenar ninguna. Al final la cosa no fue tan mala. Cené de primero una ensalada de lechuga de Roble (nombre inquietante para una lechuga), aliñada con aceite y una cosa parecida a las finas hierbas (que tenía cierto gusto salado), y de segundo unos canelones de espinacas con queso de cabra… más o menos lo que me recomendó Escocés. Terminé mojando pan (de semillas) y todo.

En cuanto a lo otro… la cena no fue exactamente como yo la había planeado. O sea, sé que no se debe de hablar demasiado de uno mismo en una cita, pero… me preguntó cómo eran los templos en Nepal y si había comida vegetariana. Y alguna cosa más sobre el trekking, pero creo que por cortesía. Y ya está. El problema vino cuando, en un momento de la velada, me llamó por otro nombre diferente al mío. La primera vez no le di mayor importancia (es algo que puede pasar). La segunda vez me alarmé. La tercera… claro, pregunté.

– ¿Lidenbrock?
– Mi ex…

El tal Otto Lidenbrock es miembro del partido político en el que colabora Tofu. Un cabecilla de la organización. Un tipo peculiar donde los haya y bloguero, para más señas. Con el nombre real del tipo no me ha resultado difícil encontrar su blog en Internet. Me ha hecho gracia descubrir que es también montañero.

El resto del tiempo hablamos sobre él. Habló ella, claro, porque yo tenía poco que decir en ese tema (hoy habría tenido algunas cosas que añadir, después del vistazo al contenido de su blog). Una de las peculiaridades que me contó es que la dejó por correo electrónico… un gesto que a ella no le gustó, como es normal. Le causó tal conmoción que estaba yendo al psicólogo.

A pesar de que ella se mostró afectuosa en todo momento, tocándome el brazo o la mano sobre la mesa, el estar hablando de lo que estábamos hablando me estaba despistando un poco. A mí no se me ocurriría hablar dos horas de Huracán durante una cita… no sé si me explico. Pero tanto toqueteo… en fin.

Al dejarla en su casa saqué del asiento de atrás una bolsita con el regalo que había traído de Nepal. Dentro había una cajita. Para engañar un poco lo había envuelto en papel de regalo de una conocida cadena de tiendas (los que se encargan de recordarnos que ya es Otoño, o Primavera). Dentro de la caja: un cuenco tibetano, con su instrumento de madera para hacerlo sonar. Quedó un poco deslucido porque la historia que tenía preparada no la pude contar. Y el coche no era el mejor sitio. Eso sí: le enseñé a tocarlo…

Me dio las gracias, me abrazó y se bajó del coche. Pero se dio la vuelta.

– El martes hay un estreno de cine. Se trata de un documental sobre el hambre del mundo. Me gustaría que vinieras.
– ¿Un documental sobre el hambre en el mundo?
– Sí. Es un tema del partido. Estarán los dirigentes… gente interesante.
– O sea… que estará Otto Lidenbrock, ¿No?
– Sí. Pero habrá mucha otra gente… – Me vio dubitativo y añadió – me ayudaría que vinieras.

Supongo que uno no es el Señor Capullo por que sí. Hay una razón para ello. Esa razón se me escapa y debe de ser como los designios del Señor… inescrutable.

El martes conoceré a Otto Lidenbrock. Pero esta vez iré meado de casa. Hombre prevenido vale por dos.

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Yo no entiendo a las mujeres, la verdad. Vale, está bien, eso ha quedado patente en todas estas páginas, desde que empecé a escribir mis aventuras con Huracán hacer más de un año. Pero es que es verdad, no entiendo a las mujeres.

Por lo de Nepal he estado saliendo todas las semanas, con el propósito de terminar el entrenamiento y, bueno, para que mis montañas no estén demasiado celosas, con eso de que les voy a poner los cuernos con otras más altas y un poco más exóticas. Estas salidas no han sido solitarias, sino que las he compartido con mi grupito de montaña.

¿Os acordáis de Tofu? Os hablé de ella hace algún tiempo. Y también os conté que reapareció no hace mucho durante una salida pasada por agua. Durante el mes de agosto desapareció otra vez, creo que por las tierras (o mares) de Ibiza, para volver a reaparecer a finales del verano. Y desde que reapareció no se ha perdido ni una sola salida. Viene sistemáticamente a todas.

La verdad es que nunca me dijo que tenía éste interés montañero, pero he de admitir que se defiende muy bien en el medio inclinado. Supongo que eso de bailar endurece las piernas una barbaridad. Y, teniendo en cuenta que hemos estado visitando las montañas más altas de la región, creo que tiene mérito. Y más sabiendo que sólo come lechuga y sus variantes…

El caso es que hemos hablado mucho durante las caminatas. De todo un poco pero sin profundizar en ningún tema concreto. Algunas veces solos, otras acompañados. Pero no hemos hablado de cosas muy personales y, aunque parezca mentira, no hemos mencionado la última cena. Os aseguro que se ha reído mucho conmigo, entre otras cosas porque ella tiene un gran sentido del humor y a mí hace falta que me animen poco.

La semana pasada una amiga me llevó a un aparte durante una salida.

– ¿Qué rollo te traes tú con esta chica? – Me preguntó.
– ¿Por?
– Os he estado observando y, no sé… te ríe todas las bromas y, francamente, no eres tan gracioso… además, te toca mucho. Y intenta llamar tu atención continuamente… ¿No te has fijado?
– Pues no… y sí, soy bastante gracioso…
– Venga hombre…

El que Tofu me mandara un mensaje por la noche diciéndome que se lo había pasado muy bien y que esta semana repetía no ayudó a que le quitara hierro al comentario de mi amiga.

El sábado pasado íbamos caminado todo el grupo entre unas piedras y junto a una laguna de frías aguas, charlando y montando jaleo, como de costumbre. Divertido, aunque imposible ver un bicho en esas condiciones. El caso es que Tofu hizo una afirmación sobre un tema y yo la llevé la contraria. Pero no por chincharla, sino porque pensaba lo contrario. Y estaba bastante seguro de ello. Ella me dijo que si no me apostaría algo y yo le dije que lo que ella quisiera.

– Cinco euros.- dijo ella
– Por cinco euros no me pringo.- dije yo
– ¿Por qué no os apostáis una cena? – Intervino mi amigo Escarabajo.
– Vale.- Dijo Tofu.
– Si hombre… así pierdo de todas maneras… si gano, ceno en un vegetariano, y si pierdo también…
– Bueno, si ese es el problema negociamos el sitio… – dijo ella.
– Entonces trato hecho.

Y estrechamos las manos.

Al rato se me acercó Escarabajo, sonriente y me dijo “No hace falta que me des las gracias… es una monada”. Claro que él no sabía toda la historia.

Lo tradicional al terminar una ruta es que nos tomemos unas cervezas tranquilamente, mientras comentamos la jugada o hacemos bromas. Todavía hace calorcito y se estaba bien en la terraza. Alguien sacó chocolate y otro unos frutos secos y la cosa parecía que se alargaría un buen rato. Yo no tenía plan para el sábado por la noche así que no me importaba quedarme o, incluso cenar por allí. Mucho más cómodo que bajar a casa, ducharme, y volver a subir a la ciudad. Pero Tofu tenía un problema: La chica con la que había venido de acompañante en el coche se tenía que marchar a un cumpleaños, y ella se quería quedar. Me ofrecí a llevarla a casa, claro. Y se quedó, claro.

Salimos de noche ya para la ciudad. Y el viaje se me hizo corto, a pesar de que no iba precisamente rápido. No suelo correr mucho, y menos por las estrechas carreteras de montaña. Y menos si voy charlando. Y hablamos mucho. Ella me preguntó si salía con alguien y le conté por encima la historia de Huracán. Ella me contó también por encima una relación más o menos reciente con un tipo, bloguero para más señas. Y entre unas cosas y otras llegamos a su casa.

Aparqué en doble fila enfrente del portal. Como buen caballero que soy, me bajé del coche para ayudarla a coger sus cosas del maletero.

– Bueno… que te lo pases muy bien en Nepal…
– Cuenta con ello.
– Te echaré de menos…

Y me abrazó. Algo que no me esperaba, la verdad. Y tengo que admitir que sentir su pequeño pero firme cuerpo pegado al mío no me desagradó precisamente…

– Serán sólo tres semanas. Y pasan rápido.
– Y entonces me pagarás una cena…
– Eso lo veremos

Me quedé junto al coche mientras ella entraba en el portal. Se giró y me mandó un beso desde allí.

Mientras conducía de regreso a casa me llegó un mensaje. Tofu me daba las gracias otra vez por llevarla. Me decía que se lo había pasado muy bien y, además, había comprobado en Internet lo que nos habíamos jugado.

Cenaré en un vegetariano otra vez… y, además, pagaré yo.

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Ayer, sábado, se cumplía el segundo aniversario del día que conocí a Huracán. Qué le vamos a hacer, yo recuerdo esas cosas. Llamadme sentimental, si queréis. O idiota. Lo acepto. Llamadme Capullo si ese es vuestro deseo. En realidad no tiene ningún mérito acordarme de esta fecha… entre otras cosas por que es la fecha en la que mi grupo de amigos de la montaña organizamos la primera salida oficial de verano… lo que viene a ser más o menos, la primera salida en la que lo más importante es pasar el mayor tiempo posible tumbado, refrescarse en las aguas heladas de una poza y, ya por la noche, asistir al tradicional concierto de música popular en el pueblo de turno. En realidad es como ir a la piscina, pero a una muy exclusiva y que no mucha gente conoce.

Este año no iba a ser diferente. Bueno, sí, este año no iba a invitar a Huracán a venir, como hice el año pasado. Entre otras cosas porque no me parecía adecuado y, bueno, trabajaba todo el día y no iba a poder. Así que podríamos decir que, si bien recordaría todo lo que hicimos aquella ocasión, y eso es posible que me dejara un poco melancólico, intentaría disfrutar del momento.

Quisieron los astros que no me acordara de Huracán en todo el día.

Corrió la voz de la jornada veraniega entre los amigos… y estos llamaron a otros amigos. Y algunas amigas llevaron a otras amigas. Y entre esas amigas de amigas estaba… Tofu. Sí… la misma chica que conocí el día de mi cumpleaños el verano pasado y con la que hubo un intento de establecer una relación (y digo intento porque después de tragarme una sesión de diapositivas inmensa, descubrí que no éramos de la misma forma de pensar `recisamente). Entre las 20 personas que asistieron a la convocatoria estaba ella, con unas pequeñas botitas de montaña y su cara preciosa mirándome desde el otro lado del claro, junto a su amiga. Estaba más guapa de lo que la recordaba, algo más morena y con el pelo un poco más largo. Los mismos labios carnosos y los ojos negros y grandes. Y sus pequitas juguetonas. Y su mismo pasado en el OPUS, y su vegetarianismo feroz. Nos dimos dos besos y ella, mientras me tocaba el brazo (algo que parece que se está convirtiendo en una costumbre), me preguntó por mi vida.

El cielo estaba nublado y, unas densas nubes negras parecían tener prisa por llegar a nuestro encuentro. No era un día para bañarse en aguas heladas, pero como ante todo somos montañeros, decidimos que daríamos una vuelta y, lo mismo con suerte abriría el día. No obstante, como medio responsable del grupo que soy, recordé a todo el mundo que no se olvidara de llevar el chubasquero… por lo que pudiera pasar.

Lo que pasó fue que a medio camino, en ese punto en el que da lo mismo avanzar que retroceder, porque estás a la misma distancia del coche elijas el camino que elijas, empezó a llover como si hubiéramos hecho algo. Una lluvia torrencial y salvaje, de grandes gotas. Y todo el mundo, como locos, fue sacando sus chubasqueros. ¿Todos? No, todos no. Tofu no tenía chubasquero… ella pensaba que lo llevaba pero se lo dejó en casa. Así que hice lo que cualquier hijo de vecino habría hecho en mi lugar… le di el mío.

Esto, que puede parecer un acto idiota, aunque muy cortés, es en realidad un acto muy idiota y sumamente peligroso para mi salud. Porque estaba lloviendo y no hacía calor precisamente… además, tenía ropa seca… pero no suficiente ropa seca. Por ejemplo: esos pantalones que se estaban calando eran los únicos pantalones que tendría todo el día… así que opté por quitármelos y guardarlos en la mochila. El resto se empapó. Para los curiosos diré que llevaba un bañador debajo.

Para que os hagáis una idea: yo tenía la pinta del que se ha metido vestido en una piscina y al que, una vez fuera, le han echado cubos de agua sin parar. Sólo que, además, empezó a granizar. Y extraviamos el camino, por la confusión que siguió al granizo… lo que añadió más caminata y más agua al global de la ruta.

Al final la cosa no pasó a mayores. Incluso salió el sol un poco. Y ese momento de paz permitió que Tofu y yo habláramos un rato. Resulta que sigue bailando, pero dejó la ONG. Esa actividad la cambió por ser cabeza de lista por su tierra en un partido político de esos alternativos en las elecciones de marzo. Incluso me animó a que me pasara por la sede para hablar con ellos porque “mis habilidades sociales les podrían venir bien”. Supongo que se referirá al hecho de que conozco a mucha gente. Decliné la oferta… si ya es complicado compaginar todas las actividades que ya llevo, como para meterme en más. También me dijo que seguía siendo vegetariana, pero que le había costado algún que otro disgusto y una o dos relaciones. Me dieron ganas de decirle que lo de ser vegetariana a lo mejor no era la causa… pero tampoco quería entrar en detalles. Eso sí: conseguí que se riera unas cuantas (muchas) veces. Es que soy encantador cuando quiero…

Bajamos al pueblo a comer de restaurante y a secarnos. Ella no se quedó al concierto, porque era muy tarde y su amiga se tenía que ir (aunque me ofrecí a llevarla a su casa si se quedaba). El concierto fue un poco demasiado malo. Y hacía mucho frío… yo al menos tenía el frío metido en los huesos. Todavía lo tengo, aunque el haberme pasado toda la mañana al sol ha ayudado mucho…

Ahora me iré a por Huracán a la salida del Hospital. Quedamos en que hoy cenaríamos juntos. Ella me insistió y yo no puse pegas… supongo que querrá contarme algo de su próximo viaje a Inglaterra. Está muy emocionada y es un tema recurrente cuando hablamos. Yo tengo otros planes secretos: digamos que celebraremos el aniversario aunque ella no lo sepa…

Por cierto, mientras caminaba bajo la pertinaz lluvia, no hacía más que tararear esta cancioncilla. Digamos que cierta persona podría haber protagonizado su propio musical de haber aceptado mi oferta…

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La abeja Maya (ojo, Maya, que no Amaya) tenía a Flip el saltamontes. Pinocho tenía a Pepito grillo… mi conciencia se llama Almanzor. Eso sí, es más grande, menos verde, no tiene tendencia a saltar, a no ser que suene música pachanguera… pero sermonea exactamente igual. Os comento.

Estábamos tomando una caña, haciendo tiempo para entrar en el cine. Un plan de Viernes Santo como otro cualquiera. Y estábamos charlando sobre el segundo tema favorito de los hombres… las mujeres. A quemarropa, Almanzor me espetó:

– A ti te gustan mujeres muy guapas
– Toma, claro, igual que a ti…
– Si… pero me refiero a que sólo te gustan mujeres muy guapas.
– No sé en qué te basas para decir eso…
– ¿Huracán?
– Muy guapa…
– ¿Y Lentillas?
– Bueno… sí.
– A Tofu no la recuerdo bien, pero creo que era guapa.
– Sí, tenía una cara muy rica… pero era bajita y andaba raro…
– Entonces guapa… ¿Y Morcillita?
– Joder, también guapa… y con un cuerpazo.
– ¿Ves?
– ¿Me estás llamando superficial? Vale, esas mujeres son muy guapas… pero tienen otras muchas cualidades… Morcillita era muy buena, y tenía un gran sentido del humor. Y no hace falta que te diga que Lentillas tiene un gran cerebro, es super inteligente y brillante… Huracán era fresca y divertida y una sorpresa cada día…
– No, no… no te estoy llamando superficial… es sólo que para que te fijes en las otras cualidades de una mujer… en la inteligencia, en el sentido del humor o en si es limpia o hace ecuaciones de segundo grado… antes tiene que ser guapa. Hay un montón de mujeres que te estás perdiendo sólo porque de primeras no te parecen guapas…
– Pues no sé, tío… a uno le gustan las mujeres que le gustan… ¿No?

Pero, como de costumbre, Almanzor me hizo pensar… ¿Cómo me gustan a mí las mujeres?

Pues sí, es verdad, me gustan las mujeres guapas… pero no todas las mujeres guapas me gustan. Tienen que tener algo más. Yo prefiero una chica que sea guapa al natural, que apenas se maquille o, si por lo que sea no puede pintarse, no piense que es una debacle. O sea, que no piense que su belleza es su principal baza. No me gustan las mujeres flacas, de esas que se llevan ahora, engendros andróginos patilargos, sólo piel pegada al hueso. Creo que una mujer tiene que tener curvas, vertiginosas en algún caso. Tiene que se ser femenina.

Para mí es importantísimo el sentido del humor… mi mujer ideal tiene que tenerlo. Yo disfruto con unas buenas risas, me gusta hacer reír. Le tiene que gustar reírse, sobre todo conmigo, y tiene que hacerme de reír a mí. Y esto os puede parecer muy maniático, me tiene que gustar cómo se ríe.

Si puede ser más inteligente que yo, tanto mejor (en esto, como veis, no soy muy exigente… a poco que sea un poco despierta, será más inteligente que yo). Me gusta aprender cosas nuevas, así que no tengo ningún problema en que me enseñe de lo que sea que sepa más que nadie. Me da igual que sea tímida o extrovertida, porque si es tímida, ya hago yo las payasadas por los dos… y si es extrovertida, le sigo el rollo sin problemas.

Si demás tiene pasta, mejor que mejor (pero no es importante).

Pero, sobre todo, tiene que ser buena. Que tenga yo que esforzarme por ser mejor persona… que me ayude a mejorar y que me haga ver cuando estoy equivocado (porque a veces me obceco en una idea y me resulta complicado apearme del burro).

¿Acaso es pedir demasiado?

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Seguramente algunas, las que habían adivinado sus tendencias alimenticias, ya sabrán por qué.

Quiero ser sincero con vosotros. He estado sentado delante del ordenador como un par de horas antes de escribir nada, con la página del Word en blanco y el cursor parpadeando, a la espera de las primeras palabras. Pero no sabía como empezar. ¿Cómo os cuento yo esto? Me parece tan irreal… tan surrealista… Tengo que reconoceros que he estado tentado a no contarlo, decir un “La Nueva… bien gracias” y ya está. Pero creo que después de lo que habéis aguantado hasta ahora, tenéis derecho a saberlo. Así que empezaré por el principio.

Soy un tipo puntual, y a la hora en punto estaba aparcado en doble fila en frente de la casa de La Nueva. Y eso que el día fue de lo más ajetreado que uno se pueda imaginar. Por la mañana mudanza en casa de un amigo… todo el rato acarreando muebles y cajas llenas de cosas de dudoso valor, donde encontré dos libros que le había dejado y que recuperé de inmediato (por cierto… uno de ellos muy recomendable: El hombre de los Dados, de Luke Rheinhardt). Por la tarde charla con el presidente de la comunidad… con lo que este hombre se enrolla. Total, que me dio el tiempo justo para ducharme, afeitarme y buscar en Google maps la dirección de la casa de La Nueva.

Cuando la Nueva bajó, me di cuenta de que uno de los dos se había arreglado demasiado poco. Y esta vez fui yo. Me había puesto unos vaqueros anchos (no mucho, pero más anchos de lo que suelo llevar), un polo (por fuera) y unas sandalias de correa; y ella bastante más arreglada: Un vestido de verano, oscuro y algo escotado y con sandalias de tacón a juego… no nos ponemos de acuerdo. Dos besos y nos fuimos al restaurante. Como íbamos con tiempo, busqué aparcamiento en la calle, en lugar de meterlo en un parking. Tuve suerte y aparqué en la misma calle, a unos 200 metros del restaurante. Extrañamente había mucho sitio, pero no le di mayor importancia…

El nombre del restaurante no me sonaba de nada, pero hay tantos restaurantes que todavía no he visto… eso sí, creo que el corazón me dio un vuelco cuando vi la palabra que acompañaba a “Restaurante” en el cartel luminoso: “Vegetariano”. Yo soy carnívoro. No omnívoro, no. Carnívoro. Como frutas y algunas verduras porque necesito las vitaminas que aportan. Pero si por mí fuera, sólo comería carne. Debió de verme la cara:

– Soy vegetariana…
– Ah.- Y me imaginé a Bloody, Pat, Anita y los demás diciendo: “¿Ves como era vegetariana?”
– Vegana.- Debí de poner cara de interrogación doble. – Los veganos somos los vegetarianos estrictos. No comemos nada que tenga origen animal. Ni carne, ni pescado, ni huevos, ni leche, ni miel…
– ¿Voluntariamente?
– Claro. La mayoría lo hacen por convicción moral. Eso de “No comas nada con ojos”… Yo lo hago por salud. He descubierto que es la alimentación más sana para mi organismo. Luego están los Ovolácteos, que son los vegetarianos que comen huevos y productos derivados de la leche…
– Pues yo no soy vegetariano. De hecho, es la primera vez que vengo a un sitio como este…
– Te gustará… – “Ni de coña”, pensé, “Soy carnívoro vegano”.

Nos atendió un tipo con una larga trenza y embutido en una especie de kimono. Curiosamente la carta tenía cosas como “Hamburguesa desoja”, “Filete de Tofu con salsa de setas” y “Salchichas de soja”. Mucho rollo vegetariano pero, al final, los vegetarianos necesitan meterse algo de carne en el estómago como todo el mundo… aunque sea sólo de nombre. En fin… pedimos unas albóndigas de lentejas rojas para compartir, ella un wok de verduras a la plancha y yo un filete de tofu con la salsa esa. Y agua para beber. Tengo que reconocer que pedía a gritos (para mis adentros) que la pizza de ternera de la comida se me repitiera… pero no. Mi estómago estaba haciendo la digestión adecuadamente.

No se puede negar que la chica me está abriendo nuevos mundos… La ONG, la cooperación internacional, las películas en Hindi, el tofu y el veganismo… Lo de la ONG y la cooperación internacional no sé si lo repetiré… pero sé que no seré vegetariano nunca. ¡Qué arcadas! El tofu no sé de donde lo sacarán… no sé de qué madera lo hacen, quiero decir, pero quizá sea la cosas más asquerosa que he comido… y en esta lista incluyo algunos insectos que me he tragado haciendo ciclismo. Y luego está el tema de no poder comer jamón… no podría soportarlo. En cuanto al tofu, no pude con el filete entero… según me dijo La Nueva, el tofu es para los muy experimentados.

Pero quitando la comida, la cena fue agradable… con algún que otro sobresalto. En un determinado momento, hablando sobre su salida de las islas y su llegada a la ciudad, y a colación de la mudanza de la mañana, le pregunté si le había resultado difícil encontrar el piso. Ella me dijo:

– Al salir de la isla me alojé en una residencia de la Obra durante unos meses…
– ¿La… Obra? ¿Eres actriz también? – Lo sé, una chorrada. Sé qué es “La Obra” pero en el fondo no quería saberlo… no sé si me explico.
– No… “La Obra”… El OPUS DEI.- Y se quedó tan pancha.
– ¿Eres del Opus?
– Quise entrar. Desde pequeña siempre ha sido muy religiosa, incluso quería ser monja… pero no pude. Pensé que en el Opus encontraría mi sitio… pero lo cierto es que esos meses en la residencia fueron los meses que más he llorado nunca…
– Demasiado rezo… ¿No?
– No, si el rezo era lo que me permitía seguir… pero es que se metían en mi vida privada demasiado… que con quien andaba, que qué hacía, que chicos veía… al final fue muy agobiante y lo dejé… encontré este piso y me vine a vivir aquí.
– Ah…

Sintetizando un poco, os contaré que la conversación siguió por otros derroteros y terminamos hablando de lo que tarde o temprano habla una treinteañera… hijos. La Nueva puso las cartas sobre la mesa: estaba buscando al padre de sus hijos, de sus muchos hijos supongo yo (por eso del Opus), y que no quería rollos ni nada por el estilo. Así que, de pronto, pasé de ser un soltero recalcitrante, a verme casado por la iglesia, por algún obispo del Opus, con seis hijos en un colegio de curas, con nombres como Jonatán, judit, Ezequiel o Aaron, y comiendo acelgas el resto de mi vida. O tofu, que es aún peor. Algunas lo llamaréis miedo… yo lo llamo terror. Pavor y correr demasiado… joder, que nos conocimos el sábado pasado…

O sea, no me entendáis mal… yo quiero conocer a la madre de mis hijos y tener al menos dos, y uno, al menos, varón, para que se llame como yo. Que sean listos y sanos, y tan guapos e inteligentes como su madre. Y me gustaría que fuera más pronto que tarde… pero creo que esas cosas llevan su tiempo… ¿no?

Al salir del restaurante, con más hambre de la que tenía al entrar (seguramente el tofu se estaba poniendo las botas con los restos de Pizza de la comida), empezamos a pasear en dirección al coche. No porque nos fuéramos a ir, sino porque al otro lado no había nada. Mientras ella hablaba de alguna cosa relacionada con la ONG (no sé como salió la conversación) me di cuenta de que algo no iba bien. Había unas luces naranjas girando distraídamente encima de la cabina de una grúa municipal. Otras azules, de la policía municipal, le iban a juego. Y estaban detenidas justo al lado de donde debería estar mi coche… que no estaba. Ni el mío ni una larga serie de ellos. Para ser exactos, todos menos el que estaban cargando en la grúa. Me acerqué al agente, que apuntaba en una libreta la matrícula del único coche que quedaba.

– Disculpe, señor agente, pero creo que, por error, se han llevado mi coche…
– Estaba aparcado indebidamente.
– No había señal de prohibido aparcar y, desde luego ese bordillo no es amarillo.- me estaba empezando a mosquear. Me pasa cuando tengo hambre, sueño o me tocan los huevos.
– ¿No ha visto usted el cartel?
– ¿Qué cartel?
– Ese cartel… – dijo apuntando con el bolígrafo a una valla amarilla de obra tumbada en la acera. Tenía un cartel pegado. “Por carrera popular queda prohibido el estacionamiento de vehículos entre las…” – Lo pone bien clarito. De todas maneras puede usted retirar el vehículo sin cargo alguno en la central.
– ¿Sin multa?
– Sin multa.

Cogimos un taxi, que nos llevó a la central y pude recuperar mi coche, después de rellenar unos formularios. Tardamos algo de tiempo porque no me sé la matrícula de mi coche (con eso de que va detrás, pues como que no la veo). Y tuve que recorrer el garaje entero buscándolo (y había una gran cantidad de coches retirados). Una vez en el coche, llevé a La Nueva a su casa… quedamos en llamarnos otra vez.

Conclusión… la Nueva es vegetariana vegana y del Opus. Si es cierto que los polos opuestos se atraen, esta debe de ser la mujer de mi vida… mira que ir a fijarse en un carnívoro, ateo y de izquierdas…

Sé lo que estáis pensando. Es más… ahora mismo sé lo que Cloti va a poner como comentario… pero tranquilos… no creo que la llame otro día para salir.

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Segundo Asalto

Pues la cosa no fue tan mala a fin de cuentas el otro día. Al menos La Nueva me ha cogido el teléfono (en realidad no: la he llamado, ha saltado el contestador y, al rato, me ha devuelto la llamada).

– Hola.
– Hola. Te pillo siempre liada, eh?.
– Sí, es que estoy a mil cosas… tengo la vida un poco caótica.
– Dime que no tienes nada que hacer el sábado por la noche.
– Por la tarde sí, pero por la noche no.
– ¿Te puedo invitar a cenar? Así charlamos tranquilamente…
– ¿El sábado?
– Si te viene bien…
– No… eh… si, perfecto.
– Estupendo. Conozco un sitio que…
– ¿Te importa que elija yo?
– No… claro que no…
– Es que soy un poco rara para la comida…
– No importa. Tú eliges. A mí me da igual un sitio que otro… mientras la comida no tenga picante. Es que se me pone muy mal cuerpo con el picante…

Y quedamos para el sábado. Iré a recogerla a casa, como un caballero. Ahora que, me ha dejado un poco mosqueado con eso de que es un poco rara para la comida. ¿A qué sereferirá? ¿Será celiaca?

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