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Posts Tagged ‘trabajo’

Karmen ha escrito un post titulado “Cenas de empresa” que me ha inspirado para escribir mi propia visión del asunto.

¿Qué tiene de especial esta época? Para algunos es un tiempo de celebración, ya que se conmemora el aniversario del (supuesto) nacimiento del Mesías(1). Tradicionalmente es tiempo de felicidad y de familia. Todos tenemos en la memoria colectiva ese famoso anuncio de turrón en el que el hijo volvía a casa por Navidad y todos se alegraban. Es bonito estar en familia, aunque sólo sea esa por esta época. Da igual cuantos trastos nos hayamos arrojado a la cabeza durante todo el año… pero estamos en Navidad, y hay que estar en familia, y feliz. ¿Por qué?

Porque es lo que toca.

Una amiga me llamó el domingo por la mañana. Me contaba que estaba reventada, porque llevaba de celebración navideña desde el jueves por la tarde. Comida merienda cena (y casi desayuno) con la gente del trabajo; al día siguiente cóctel con la gente de su otro trabajo; cena con un grupo de amigos; con otro… lo normal. Pero por si esto no fuera suficiente, quería que quedáramos por la tarde, porque entre unas cosas y otras “si no, no nos veríamos antes de Navidad”. ¿Y qué? O sea, ¿No sería mejor que nos viéramos porque queremos vernos? Que la Navidad no sea una excusa. Veámonos… Pero no porque es lo que toca, sino porque nos apetece.

Algún tiempo atrás, un gran amigo del que ya os hablé, me escribió para decirme que había que empezar a cuadrar fechas para la tradicional cena de Navidad. Le escribí de inmediato diciendo que yo, sintiéndolo mucho, este año pasaba de hacer cena, o comida o cualquier otro tipo de reunión. ¿Para qué? A algunos de mis amigos no los veo desde la cena del año pasado. ¿Por qué vamos a hacer el esfuerzo de vernos si no hemos hecho ni el intento durante el resto del año? ¿Porque es Navidad?

Entonces paso.

En el trabajo han despedido a mucha gente, aunque la ola de despidos parece haberse detenido. Aún así el ambiente es de calma tensa (con risas nerviosas) y ni siquiera el árbol de navidad que hay en la recepción consigue su propósito (supuestamente transmitir el espíritu navideño, supongo). Por supuesto, este año no habrá cesta, al menos no la habrá para los que no tenemos coche y VISA de empresa y sobrecito de aguinaldo en metálico (y de metal nada… papeles de color morado). O sea, no la habrá para los de siempre. Supongo que no es el mejor ambiente para celebrar la cena de navidad. Para que nos entendamos, la cena de Navidad de mi empresa no la paga la empresa, se la paga cada trabajador de su bolsillo. La empresa sólo elige el lugar donde se celebra (y no suele ser barato). Así que no es que me hayan dado un disgusto precisamente al no organizarla. Además, el hecho de que trabajemos juntos no quiere decir que luego me apetezca pasar parte de mi tiempo libre con ellos… no tenemos nada en común, excepto el trabajar en la misma empresa y, la verdad, no quiero seguir hablando de trabajo con gente que no quiero tratar durante una cena que me tengo que pagar yo.

Este año la única reunión de amigos (u otro tipo de celebración) que tendré es la comida del grupo de montaña, que fue este sábado pasado precisamente. Un cocido hecho en un fuego de leña en cantidades absurdas (Por cierto, el domingo repetí cocido… aunque esta es otra historia). Nos juntamos 26 personas en una mesa larga, copando casi por completo el aforo del pequeño restaurante. Muchos brindis, y risas. Algún alegre reencuentro (uno realmente feliz) y, por supuesto, caras nuevas. Es lo que toca.

¿Por qué es Navidad?

No. Porque apetece. Igual que en septiembre hicimos la comida de inicio de temporada, o en julio, la comida de fin de temporada… es buscar una razón para volvernos a ver… y si puede ser entorno a una mesa y con comida, mejor. Pero si es con un bocata en un pedrusco pelado y batido por el viento, tampoco pasa nada…


(1) Digo “supuesto” nacimiento porque no se sabe con seguridad que el niño Jesús naciera el 24 de diciembre. Incluso hay evidencias históricas que lo sitúan en mayo, y tres o cuatro años antes de cristo…

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Hablar de trabajo no es algo que me guste. Ni aquí ni en la calle. No es fascinante. Es más… es un peñazo aburrido. Pero no es por éste trabajo en concreto. Tampoco era algo con lo que disfrutase antes, cuando tenía presentaciones importantes en bancos delante de tipos con corbata y traje de 2.000€. O sea, creo que el trabajo es eso que me da de comer, pero que no se merece que gaste mi tiempo libre hablando de ello. Hay amigos que no saben cómo me gano la vida y la mayoría sólo sabría decir que hago “algo con ordenadores”. En cierta forma me dan pena los tipos que sólo tienen su profesión como tema de conversación. Yo soy muchas cosas mucho más interesantes que a lo que me dedico. O eso quiero pensar.

Pero hoy os hablaré un poco de él. Bueno…de la falta de él.

Desde que empezó el año, 360 compañeros nos han dejado. No es que hayan muerto… ha sido más bien un reajuste… una reorganización de la plantilla acorde a los tiempos que corren. Vamos, que aprovechando la crisis se han quitado de en medio a una persona por día (alguna más si no contamos los fines de semana). Ha bajado mucho la facturación… algo hay que hacer. Y la solución fácil es rebajar los costes de producción. Por casualidades que tiene la vida (y porque tengo muy fino el oído) estuve presente en una conversación entre dos directivos de mi empresa en la que hablaban de los despidos, refiriéndose a algunos trabajadores como “cánceres” y lo bien que había venido lo de la crisis para deshacerse de ciertas personas.

Hasta el momento los recortes de plantilla han alcanzado a todos los departamento. ¿A todos? No, a todos no. Hay uno que resiste a las fuerzas despedidoras (si es que esa palabra existe): mi departamento. En mi departamento estamos los mismos. Aunque ya se oyen palabras como “despido” en las conversaciones. Y yo he pensado en ello detenidamente.

De haber alguna baja, ese seré yo.

Tengo en mi contra dos cosas: soy de los que más cobran (y todo en “A”, además) y soy el que menos tiempo lleva en el departamento. Vamos, que sigo siendo el nuevo, a pesar de que llevo ya casi tres años. Así que sopesando fríamente esos dos parámetros creo que tengo todas las papeletas para recoger mis cosas en una caja de cartón y salir por la puerta. Echándome rebajan sustancialmente los costes y, además, no tienen que indemnizarme con mucha pasta. Así que como dicen en mi pueblo: Verde y con asas. Tranquilos… yo tampoco sé lo que significa.

He empezado a pensar en qué haré cuando esto ocurra. No en plan… “¡Dios mío, estoy sin trabajo¡ ¿Qué puedo hacer? ¿Por qué me pasa esto a mí?” y me rasgo las vestiduras. Que va. No soy de esos. Lo he pensado más en plan… pues me cojo un par o tres de meses “sabáticos” y me piro a Irlanda a practicar el inglés… o doy el salto al charco y me paso tres meses recorriendo Canadá, por ejemplo. O Nueva Zelanda, que está más lejos. Pero para practicar el inglés, ojo, que no es por vacaciones.

También puede ser una oportunidad para poner en marcha un proyecto que tengo en mente desde hace cinco años y que sólo necesita un pequeño empuje para comenzar su andadura. Y no veas el empuje que es lo de quedarse en el paro.

Tampoco es que diga que es una suerte lo de perder el trabajo. O sea, sé que tengo un trabajo en el que puedo hacer un poco lo que me venga en gana, que está cerca de casa, con un horario fantástico y en el que me pagan bastante bien sin exigir más de mis ocho horas reglamentarias (incluida la comida). Eso no se encuentra muy habitualmente por ahí. Así que me gustaría mantenerlo… un tiempo al menos. Mientras me sale algo mejor, claro. Así que estoy rebajando considerablemente mi acceso a Internet… digamos que no quiero dar motivos. Y eso, sumado a que mi vecino me ha cortado el acceso a la tarifa plana, ha reducido considerablemente mi presencia en el ciberespacio (algo que habréis notado).

Por cierto. Aunque todavía no me han dado el finiquito, la crisis ya me ha afectado directamente: una de las personas que nos ha dejado (involuntariamente) ha sido la chiquita de compras que me gustaba. Ni decir adiós le permitieron. Así que no me he podido despedir de ella.

Una verdadera lástima.

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Esta semana me ha llegado una carta del ministerio de Trabajo e inmigración. Seguramente os habrá llegado una carta parecida alguna vez. Es en esa en la que se nos informa de la fecha en la que las empresas en las que hemos trabajamos nos han inscrito en la Seguridad Social, en qué categoría y dentro de qué grupo de cotización. Vamos… para que nos demos cuenta si nuestra empresa hace algún tipo de chanchullo.

Yo he tenido cuatro trabajos en mi vida. No son muchos. El primero fue de camarero en un bar, del que salí a los tres días. El segundo, de recepcionista en un camping, por tener el impresionante currículo de saber encender el ordenador. Este me duró todo un verano (un buen verano, la verdad). Pero mi primer trabajo (con contrato y eso) empezó en una soleada mañana de marzo, casi abril ya, del año 95, y lo compaginé con los estudios. Ese año será recordado como el año en el que murió Lola Flores, pero no será recordado como el año en el que empecé a ganarme la vida. De ese momento al día de hoy han pasado un total de 4.921 jornadas. O sea, 13 años cinco meses y algunos días.

Trece años (y medio) ya. Joder.

Estas cosas le hacen pensar a uno un poco. Ahora mismo tengo treinta y tres añacos y, según está establecido ahora, he rebasado el ecuador de mi vida útil, porque me faltan 32 años para jubilarme… si una primitiva de 18 millones no lo remedia antes. El 24 de agosto de 2040 alguien me estrechará la mano, alguien que es posible que todavía no haya empezada a estudiar, incluso me darán unas palmaditas en la espalda, y me encaminaré a una tranquila vida de pensionista, con el firme propósito de machacar los oídos de mis nietos con mis miles de historias. Incluso iré a ver las obras y eso. O no… que es lo más seguro.

Pero lo que sí será seguro es que cuando eso ocurra, habrán transcurrido 16.587 jornadas laborales y el mundo habrá dado 45 vueltas alrededor del Sol.

Casi nada. En realidad nada.

Por cierto… sólo quedan dos días para el viaje.

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Durante todo el tiempo que llevo practicando el deporte de salir al monte, y ya son unos pocos años, he conocido a mucha gente. Podríamos decir que, en esencia, todos los amantes de este deporte tenemos una serie de características en común. Evidentemente a todos nos gusta el campo y la naturaleza, aunque a diferentes niveles. Los hay que se saben el nombre de todos los yerbajos, por pequeños que sean. Y otros, como yo, que sólo diferencian entre “los que pinchan” y los que no. Y, a veces, ni eso.

Aparte del montañero naturalista (ojo, no confundir con el naturista… que es el que va en pelotas), está el montañero místico. Es el que ves solo, o acompañado de sí mismo, en una cumbre mirando el infinito. Este tipo de montañero habla poco, prefiere caminar por el monte él sólo o, en su defecto, con un amigo más silencioso que él mismo y evita todo contacto con otros montañeros, sobre todo si van en grupos y no paran de hablar.

Yo pertenezco a este último subgrupo. Me gusta la montaña y sus cosas, pero entiendo el senderismo como deporte y, sobre todo, como acto social. Durante la salida veo a mis amigos y comento con ellos… y, siendo un grupo “abierto” siempre hay nuevas incorporaciones… así que, además de charlar con muchos de mis amigos, conozco gente. Huracán, por ejemplo, era la amiga de un amigo que vino a una de estas salidas… para que luego digan que el senderismo no da de sí.

Ayer, mientras trepábamos trabajosamente por una empinada ladera, con un par de “pasos” arriesgados (pero no tanto gracias a que la evolución, en su infinita sabiduría, nos dotó de trasero), surgió un tema de conversación interesante… y que da título a la entrada… ¿Tú qué haría si te tocaran 18 millones? La verdad es que las teorías dan mucho de sí. Además de trasladaros la pregunta, para que me digáis lo que vosotros haríais, os cuento lo que yo haría.

O, mejor… lo que no haría. Una de las cosas que no haría nunca más sería trabajar. Eso de que el trabajo dignifica es un cuento chino. Yo no necesito trabajar. Ahora sí, por la hipoteca y eso, pero no es algo que yo “necesite”. Yo no me aburro en casa… os lo puedo asegurar.

No me compraría ni una casa enorme ni un coche nuevo. Yo no necesito vivir en el lujo y la abundancia. Hay días que me gusta darme un homenaje y voy a un restaurante bueno a cenar algo sofisticado. O todo lo sofisticado que puede ser un solomillo o algo así y unos entrantes imaginativos. Siempre que no lleven berenjenas o espárragos. Ni pimientos rojos. Y, bueno, me gusta un buen vino como al que más. Pero disfruto igual de bien de un bocadillo de calamares y una caña en un bar con olor a fritanga. La ropa cara me debe de sentar igual de mal que la barata y, mi Kapullomóvil será mi coche durante mucho tiempo, con o sin dinero. Como respeto escrupulosamente los límites de velocidad, sería triste llevar un Porche a 90 por hora en una carretera convencional con arcén transitable. Respecto a la vivienda… una casa más grande es un sitio donde meter más cacharros… y, más cuartos de baño son más inodoros que fregar. Además, yo sólo puedo mear un uno a la vez… así que ¿Para qué quiero más? Vale, podría contratar a alguien que limpiara… pero si con mis 69 metros cuadrados tengo de sobra… ¿Para qué meterme en algo más grande?

Así que seguiría viviendo como hasta ahora, sólo que sin trabajar.

Otra cosa que no haría es decírselo a mis amigos. Ni a los más íntimos. Pensaréis… jo, qué tío… seguro que lo hace para no invitar. Pues sí. Por eso es… y porque creo que se me plantearían una serie de problemas asociados al dinero. Me explico.

Si les dices a tus amigos que has ganado 18 millones de euros y, pongamos por caso, sigues como siempre, o sea, invitando de vez en cuando, pero tampoco todos los días, puede pasar que piensen que, a pesar de tener más dinero del que puedas gastar en tu vida, eres un agarrado por no invitar siempre… o sólo a unas míseras cañas, y no a un vino caro… pero si invitas siempre, es posible que lo consideren como un acto de prepotencia… tengo más dinero que vosotros, pobres desgraciados, así que hago ostentación de ello por donde voy. Y no se sabe por donde acertar…

El problema de tener dinero es que no sabes si ese pedazo de monumento en forma de mujer escultural que, por algún extraño motivo te encuentra irresistible, te quiere por ti o por tu billetera. Llamadme anticuado… pero es que esa duda me surgiría tarde o temprano (al menos después de varios meses de pasión… pero me surgiría).

Así que todo seguiría igual que antes… sólo que con más dinero y con mucha más tranquilidad…

¿Y vosotros?

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Algunos compañeros del trabajo se han marchado de vacaciones, y eso implica que los que nos quedamos nos dividimos su trabajo. Y esa es la razón por la que durante unos días estoy, también, asistiendo a usuarios. Vamos, atendiendo llamadas sobre “Que la impresora no me imprime”, “No tengo conexión a Internet” o “El ratón no se mueve”. O sea, un coñazo.

El caso es que estaba yo tranquilamente tocándome las narices un rato intentando en vano logarme en La Comunidad, cuando me llaman por teléfono. Y esperaba que fuera alguna idiotez de las que he dicho antes. Pero no: era la mujer del Director General, que tenía un problema con el ordenador. Vamos, “la dueña” de la empresa. Quería que bajara al despacho de su marido y siendo quien era, bajé rápido como el rayo.

La mujer del Director General es una preciosa mujer de treinta y tantos. Morena, de piel y de pelo, delgada y con un tipazo. Los detalles que faltan se podrán entender leyendo el artículo de Pat Filosofando en la oficina: hombres y mujeres. El caso es que cuando entré en el despacho del Director General me encontré con esta bella mujer delante del ordenador. Iba vestida con una camiseta de tirantes muy ajustada, que dejaba a las claras que lo de llevar ropa interior no iba con ella, y un pantalón ceñido esculpiendo un culito respingón. Lo sé porque no estaba sentada sino inclinada sobre el ordenador. Me sonrió en semejante postura y me indicó que me acercara.

Me situé detrás de ella para ver lo que estaba haciendo. Su problema era que estaba buscando una imagen concreta para insertarla en una presentación. Se sentó, para estar más cómoda y para enseñarme lo que estaba haciendo. Para enseñarme eso y…

Desde mi posición se veía hasta el ombligo. Y todo lo que hay entre el cuello y el ombligo. Todo. Además de no llevar ropa interior me percaté de que seguramente hace topless, porque no tenía ni una marca. Fue una mirada rápida, entre que se activaba el piloto automático y se recuperaba el control del sistema en manual. Una mirada que cualquier hombre hubiera hecho porque está grabada en nuestra programación básica. Una mirada inevitable. Fue una fracción de segundo… pero creo que me pilló mirando.

Si el mundo fuera perfecto ella se habría recostado en el sillón, mirándome con ojos de deseo y la hubiera hecho mía allí mismo, en las posturas más diversas, mientras una música cutre ambientaba la escena. Bueno… si el mundo fuera realmente perfecto, después de un rato con la mujer del Director General, habría entrado la chica de compras con algún pretexto y entre las dos me hubieran hecho un hombre muy feliz. En ese mundo perfecto yo tendría abdominales. Ahora las tengo, pero en un mundo perfecto se me verían.

Pero el mundo dista mucho de ser perfecto. Lo que pasó de verdad es que encontré la imagen más o menos rápido, evitando con gran esfuerzo volver a echar ninguna mirada a nada que no fuera la pantalla…

Nota mental: tengo que dejar de ver tanto porno.

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Hay gente que dice que mi trabajo es un chollo. Entro a la hora que quiero, salgo ocho horas después, no trabajo mucho, está muy cerca de mi casa y me pagan muy bien. Sólo lo podría mejorar si me quedara todo el día en el sofá y me mandan el cheque por correo. Lógicamente no puedo decir nada en contra de todo esto… porque es verdad. Pero por alguna extraña razón, no estoy a gusto.

Quizá esa sensación venga por el hecho de que no me siento integrado en la plantilla. En realidad soy una especie de bicho raro. Podría decir que soy el único que sabe leer de todos, pero eso sería exagerar un poco. Claro que mis compañeros saben leer… sólo que no lo hacen desde segundo de EGB. Así que no les pidas que te manden un correo con las comas o los puntos en su sitio… bueno, y con las bes y las uves correspondientes. ¿Y qué son los acentos? Pero en fin… eso es ponerse un poco exquisito. Pero como yo no veo grandes hermanos, ni islas de famosos, ni nada de ese estilo (en realidad ya no veo la tele), no veo casi fútbol y leo libros raros… apenas tenemos de qué hablar… aparte de trabajo.

Creo que esto es lo de menos. En realidad el principal motivo por el que no me encuentro a gusto es mi jefe. A ver… ¿Cómo lo defino? Imaginad un niño de seis años, hijo único para más señas. Caprichoso, enfadica, envidioso, chinche y maleducado. Ahora le ponéis cuarenta años más, aproximadamente 100 kilos de peso y un metro ochenta u ochenta y cinco de estatura. Así es mi jefe.

Si está de buenas, es aceptable. Hace bromas de muy mal gusto, sobre todo a las chicas, y se ríe a grandes carcajadas él solo. Por supuesto se cree un tío muy gracioso. Y no digo que lo sea… pero me pasa como con los Morancos… no le veo la gracia. Desconoce el manejo del teléfono interno y llama a la gente a grandes gritos desde el despacho. Eso sí… con suerte se tira todo el día hablando por el móvil y deja a casi todo el mundo en paz.

Si está de mal humor… si está de mal humor se nota, porque entra como una exhalación y, en lugar de decir un “buenos días” como todo el mundo, grita “Me cago en la ostia”, o “Estoy hasta los huevos” y da un portazo en la puerta de su despacho que hace retumbar hasta las ventanas. La cosa puede quedarse ahí (y cuando digo cosa me refiero a él) o puede ser peor: Puede salir del despacho. Y si eso ocurre da igual que dios protector tengas… porque seguro que esa deidad encontrará más interesante perder su omnipresencia por un rato que interferir en su ira. Se planta en medio de la sala, al estilo de Jonh Wine a punto de participar en un duelo, y mira a todos los presentes… buscando una victima sobre la que descargar su furia… Esto suele pasar cuando a él le dan un toque los de arriba, claro. O cuando ha tenido bronca con su mujer. Una vez estaba tan de mal humor que tiró el móvil contra una pared y una de las piezas que salió volando dio en mi monitor. Podría haberme dado a mí… con lo que me habría pillado la baja y conseguir lo que le falta a mi trabajo para ser perfecto: que me manden el cheque a casa sin moverme del sofá.

Así que muchas cosas dependen de cómo esté este hombre de humor. Las vacaciones son una de estas cosas. Y las vacaciones son, precisamente, lo que le pedí el viernes. Existe la particularidad de que la empresa, por alguna razón, no cree que los trabajadores tengan derecho a un mes de vacaciones. A lo sumo dos semanas. Y las otras… las otras ya veremos. Nadie, excepto la dirección, se ha cogido tres semanas de vacaciones… y menos seguidas. Así que debía elegir el momento con mucho cuidado. Al final el momento me eligió a mí: era el último día para pillar los billetes, así que tendría que ser lo que la diosa fortuna quisiera.

El viernes entró mi jefe y dijo:

– Buenos días.

Y yo pensé que esa era mi oportunidad. Me levanté de mi sitio y me acerqué a su despacho, no sin cierto temor. Estaba hablando por el móvil. Eso podía ser malo… si le daban una mala noticia habría un portazo… o cosas peores. Así que me quedé por allí cerca, disimulando, mientras esperaba el momento de meterme en el despacho y pedir mis tres semanas de vacaciones. Por fin colgó y vi como se metía en el Messenger (No lo he dicho, pero a veces se tira horas enteras chateando). Tenía que ser rápido…

– Jefe… ¿Puedes hablar?
– Si. ¿Qué quieres?
– Bueno… venía a pedirte las vacaciones… Me miró de reojo en plan “Si estamos en febrero…”
– ¿Para cuando?
– Para octubre…
– Ah, bueno, si es para octubre… vale. Dos semanas, ¿no?
– No, tres… – Puso cara de no. Iba a decir que no. – Es que me voy al Nepal.
– ¿Nepal? ¿Y qué se te ha perdido a ti en el Nepal?

Dicen que en el amor y en la guerra no hay reglas. En el amor al menos no. Y yo soy un enamorado de mi tiempo libre. Así que tenía que conseguir ese viaje como fuera… sin perder la dignidad, se entiende. Así que mentí. Sí amigos. Mentí como un bellaco.

– Es que tengo un amigo montañero. Está preparando una expedición al Annapurna, para subir hasta la cumbre… – Mi amigo es tan montañero como puedo serlo yo y, desde luego, no pretende subir a ningún pico.
– ¿Y tú vas a escalar un pico de esos?
– No, hombre, no. Para eso hace falta mucha preparación y muchos meses de aclimatación… yo sólo le acompaño hasta el campamento base… a 5.000 metros. Y son dos semanas de marcha por el Himalaya… así que sólo con dos semanas de vacaciones no es suficiente… necesito tres, para el viaje hasta allí y la aclimatación… ya sabes…
– Ya… claro… pero…
– Es que para los que nos gusta el monte, ir al Himalaya es como jugar en primera división… con los grandes…
– Vale, vale. Concedido…

No pude salir de su despacho con una enorme sonrisa de oreja a oreja. No sólo porque ya tengo las vacaciones que quería. Tampoco porque visite un lugar al que he querido ir desde siempre. Tampoco porque sea una gran aventura de la que seguro saldrán mil y una historias. El motivo de mi alegría era que había conseguido algo que nunca antes había logrado otro ser vivo (al menos en mi empresa)…

Tres semanas de vacaciones.

En cierta forma me sentí como Edmud Hillary al coronar el Monte Everest

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No. No se trata de Huracán… ella sigue desaparecida.

No sé si os ha pasado alguna vez reencontraros con un amigo después de una larga temporada y que parezca que te viste el día de antes, como si el tiempo no hubiera pasado.Eso mismo me pasó con Paratoda ayer por la tarde. Paratoda es mi “hermana mayor”. Mejor dicho, es la hermana mayor que nunca tuve. Me explico.

Yo empecé atrabajar muy joven, a los 19 años y 7 meses, en una oficina de servicios,trabajo que dejé hace dos para cambiar a otra cosa. Paratoda empezó dos años después que yo… y durante los casi 10 años que transcurrieron, nos vimos todos los días, exceptuando los periodos de vacaciones y las fiestas de guardar. Y 10 años son muchos años de vida.

Un año mayor que yo, rubia natural, delgada y muy guapa, siempre sonriente aunque de ojos tristes, grandes y marrones. Una mujer digna de salir en este relato. Pero, a pesar de toda esa simpatía, belleza e inteligencia, nunca me sentí atraído por ella. Supongo que influyó que, pasados un par de días de aparecer por primera vez en la oficina, fuera su novio a buscarla a la salida del trabajo… un tipo que más que un ser humano parecía un armario ropero. ¿Y quien quiere tener problemas con un armario ropero?

A medida que nos conocimos fuimos tomando confianza y, como siempre ha sido muy sensata, le contaba mis cosas y le pedía consejo. Y ella adoptó con gusto el papel de hermana mayor. Tengo que decir que casi nunca seguí sus consejos, por lo que,de haberlos seguido, a lo mejor ahora no sería el Señor Capullo que soy…

Por su parte ella se casó con el armario ropero de 2×2 y, pasados un par de años, se separó de él tras un montón de problemas. Fue un periodo muy malo para ella, pero ahí estaba yo de hombro sobre el que poder llorar (y lloró mucho)… como haría un buen hermano. Ahora vive feliz con un nuevo amor, igual de armario que el otro, pero bastante más majo.

Total que, después de dos años, nos volvimos a ver otra vez. Mi amigo Bob el Silencioso sigue bajando donde Paratoda y me contó el sábado que ella había tenido un amago de embarazo. Ya es el tercer susto que tiene y me pareció una buena razón para ir a verla. Además, Lentillas vive muy cerca y podía aprovechar para llevarle unas cosas que me había pedido hacía algún tiempo. Primero me pasaría a ver a Lentillas, visita relámpago, y así podría tener toda la tarde para mi ex compañera.

Pero las cosas no siempre son fáciles, y menos tratándose de mí. Lentillas tuvo lío a última hora en la oficina y no pudo salir a tiempo. Me dijo que me avisaría cuando llegara a su casa y si me cuadraba, pues me pasaba. Esto trastocaba completamente mis planes…

Paratoda me contó los cotilleos de mi antiguo trabajo, las nuevas movidas con mis ex jefes y como le iban las cosas a todos los compañeros. Nos pusimos al día de nuestras respectivas vidas y nos contamos los proyectos de futuro. Ella quiere prepararse una oposición y tener de una vez por todas un niño. Se está haciendo pruebas y demás. Me contó cosas de su hermana (a la que yo llamo en broma “mi futura mujer”) y de alguna compañera que se fue antes que yo y con la que ella tiene más contacto.

Se me pasó el tiempo volando. Apareció su chico, como ya os he dicho, también un armario ropero de 2×2, y nos tomamos la última caña. Ya era tarde y tenía que pasarme todavía por casa de Lentillas… y todos sabemos que Lentillas se va pronto a la cama. Prometimos vernos antes y buscar un día para quedar todos los compañeros a comer.

Cuando me monté en el coche llamé a Lentillas. La pillé cenando y me invitó a cenar. Preparó un puré de zanahoria buenísimo y lo complementó con embutido y con paté. Una cena muy agradable y divertida, con su gato viniendo a supervisar cada cierto rato que todo estuviera bien. Donde se lee “gato” se podría escribir “pantera”… por el tamaño descomunal del animal. Por supuesto hablamos del tema Huracán… comentando los últimos acontecimientos. Me dijo que tuviera un poco de paciencia…

Al final me marché de su casa a medianoche, como cenicienta, aunque en este caso era yo el que se marchaba en mi carroza… entre unas cosas y otras tengo un déficit de sueño que ríete tú de la deuda externa del tercer mundo… a ver si esta noche duermo un poco.

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