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En cuanto llegué a casa el sábado por la tarde, después de mi habitual caminata por el monte de cada semana (el entrenamiento para el viaje a Nepal, ya sabéis), conecté el móvil al cargador. Durante la salida había estado dándole vueltas a la idea de llamar a la lectora misteriosa y proponerle un plan interesante, por pasar un poco a la acción. Pero no había conseguido pergeñar nada que pudiera asemejarse a un plan medianamente interesante, para estar a la altura siendo ella una mujer tan especial. Supongo que el quedarme sin batería me dio tiempo para ir pensando algo que proponer.

De haber continuado con la euforia de la semana pasada, algo tan nimio como no tener un plan interesante que proponer no habría supuesto ningún problema: para interesante, yo. Pero la euforia de la semana pasada me duró, grosso modo, hasta el jueves por la tarde. Así que el Sr K del sábado necesitaba un plan.

Y en esas estaba cuando me llegó un mensaje.

Lo primero que pensé fue que era de la lectora misteriosa, proponiéndome a mí el plan interesante (aunque simplemente quedar ya sería suficientemente interesante, al menos para mí). Pero la realidad supera a veces todas las expectativas imaginadas: Huracán me invitaba a cenar en su nueva casa, para enseñármela y para agradecerme la ayuda prestada. Y me pedía por favor que no me negase.

Así que, por un lado, no tenía un plan que proponer a una mujer que a buen seguro y dadas las horas que eran ya tendría algo que hacer, y por otro, tenía la posibilidad de complicarme la existencia reavivando un fuego casi extinto. También podría quedarme en casa, leyendo o, mejor, durmiendo. De haber perdurado la euforia de la semana pasada, habría optado por la primera opción y, al ser educadamente rechazado, habría optado por la tercera. Pero la euforia había desaparecido y, la verdad, tenía cierta curiosidad. Así que me arriesgué a jugar con fuego y llamé a Huracán, sabiendo que era un error, quizá el mayor error del mundo. Por resumir: Quedamos a las 10 y me dio la dirección de la nueva morada, no demasiado lejos de la antigua.

Me acicalé, peiné y recorté la perilla. Me vestí y salí para allá, con una botella de vino, un Alvariño, que sé que le gusta. Y, también he de reconocerlo, con ciertos nervios. No veía a Huracán desde finales de Enero, cuando tuvo a bien dejarme, y de eso hacía ya cuatro meses. No sabía cómo iba a reaccionar al verla… pero podía hacerme una idea.

Estaba guapa, muy guapa. Morena (luego me dijo que se había ido unos días a la playa), con su pelo ensortijado cayéndole en aparente desorden sobre los hombros desnudos. Un vestido fino, de color blanco, lo que remarcaba más su moreno, creo que demasiado fino y más propio del verano que de un día de primavera ligeramente fresco y húmedo. Y escotado, como no podía ser de otra forma, con dos de sus tres sensuales lunares a la vista. De no haber tenido las costillas en su sitio, mi corazón habría botado por toda la habitación, como una bola de goma…

Dos besos, castos y en la mejilla, aunque más largos de lo normal, me permitieron volver a aspirar el olor de su pelo. Y el contacto de su piel con mis manos, me trajo el recuerdo de otros contactos, no tan lejanos. Empecé a pensar que no había sido buena idea volvernos a ver, porque ese fuego quemaba más de lo que me imaginé.

Huracán me enseñó su nueva morada, intentando disimular sus nervios. El piso era enorme, mucho más grande que el otro, y más céntrico… algo que no me cuadraba demasiado con lo que se suponía que ella podía pagar. Resulta que, harta de buscar cosas asequibles, había optado por compartir casa. Y, bueno, había otros motivos.

– Aquí estoy muy sola Sr K. Después de que nosotros… ya sabes… pensé que a lo mejor este no era mi sitio. He echado la solicitud para un hospital en el sur… más cerca de mi familia, y cerca de la playa… así que mientras llega el traslado, si es que me lo dan, no he querido complicarme y comparto casa. Y así no estoy tan sola.

Ahora competía por un baño con tres mujeres más, dos de ellas compañeras del hospital. Ninguna estaba cuando llegué. Y por haber sido la última en llegar, tenía la habitación más pequeña de todas, apenas un cuartillo con una cama muy estrecha y poco sitio para sus muchas cosas. La decoración un poco ochentena, cortinas verdes con flores amarillas, a juego con el cabecero, un flexo encima de una mesa de cristal y, lo mejor, el armario enfrente de la cama con las puertas de espejo. Todavía había alguna caja sin abrir en una esquina, pero más o menos estaba instalada. Por lo visto llevaba ya dos semanas viviendo allí.

Huracán había sido muy metódica. Tenía preparada la mesa del salón hasta con velitas y todo. Había preparado algo fácil para cenar, una tabla de patés y quesos (que sabe que me encantan) y pasta fresca de segundo. Sin saberlo acerté con el vino, porque la pasta era con salmón. La decoración del salón era un poco austera, de batalla, propia de una casa de alquiler… y no pude evitar sonreírme al ver que el sofá, amplio y cómodo, era de un color azul muy parecido al que yo tenía. Lo que no deja de tener gracia ahora que le he cambiado la tapicería al mío.

La cena fue muy agradable. Me contó sus peripecias buscando piso, y los problemas que tenía con su anterior arrendador para que le devolviera la fianza. También me contó cómo eran sus compañeras de piso y las migas que había hecho con una de ellas, con la que salía de vez en cuando por ahí (supongo yo que de caza). Pero también recordamos muchas cosas que nos habían pasado, nos reímos mucho y, bueno, quizá bebimos un poco más de lo que era recomendable.

Eso es lo que quiero pensar, porque, sin saber muy bien cómo, terminamos en el sofá, besándonos apasionadamente. Fue ella la que me besó, pero yo no hice nada por evitarlo. Y del sofá llegamos a su habitación. Y pasamos la noche juntos, en su estrecha cama, con el espejo del armario ofreciendo una perspectiva nueva para mí.

No pegué ojo en toda la noche. Mientras ella dormía abrazada a mí, le di muchas vueltas a la cabeza, sopesando la situación. ¿Qué significaba lo que había pasado? ¿Íbamos a volver o sólo se trataba de un polvo de recordatorio? ¿Qué sentía ella realmente? ¿Y yo?

La verdad… no me he planteado volver. O sea, ella todavía me gusta mucho, sus lunares siguen ejerciendo un inmenso poder sobre mi voluntad… y cada célula de mi cuerpo me pide estar con ella, sentirla, acariciarla, besarla. Lo que pasa es que no es mi cabeza la que piensa esto. Mi cabeza piensa que nada ha cambiado desde enero. Lo que hizo que me dejara sigue ahí, y no me refiero al Policía, sino a lo que este individuo involuntariamente removió. La gente no cambia fácilmente (en realidad creo que no cambia) y estar separados estos cuatro meses no creo que haya aportado nada para que se produzca un cambio. Estamos igual que entonces: me quiere, pero no lo suficiente. Supongo que es verdad que está sola, que se siente un poco perdida y que, de alguna forma, yo le doy cierta seguridad… pero eso no puede sustentar por sí solo una relación, creo yo.

Me marché por la mañana, temprano. Como no hay nada normal en cuanto aparece Huracán, me crucé con una de sus compañeras de casa en el pasillo, cuando volvía de pasar el sábado de marcha…

Hemos quedado en vernos esta tarde, otra vez. Pero será en un sitio público, en una cafetería…

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