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Mi amigo el Capitán Haddock quiere pensar que su barco es un barco “escuela”. Un barco del que saldrán buenos capitanes de bergantines y galeones.

Los veleros modernos tienen toda una serie de mejoras que hacen que la navegación sea cosa de niños. Tenemos el caso del enrollafoque. Es un pequeño motor eléctrico que, pulsando un botón, enrolla la vela de delante, pongamos por ejemplo, mientras se bebe una cerveza. Pulsando otro botón, la vela mayor se guarda en un compartimento habilitado para lo mismo. Que hay que bajar el ancla… pues otro botón. Y así pasa… se puede navegar sin saber hacer un nudo.

Obviamente, el barco del Capitán Haddock no tiene nada de todo eso.

El velero del Capitán Haddock tiene más años que yo y esa es mucha edad para un barco. Tiene sus achaques. Como todos. Así que la mitad del tiempo nos la hemos pasado arreglando los pequeños problemas que iban surgiendo.

Cuando llegamos a Alicante para empezar el viaje, las baterías del barco no funcionaban. Se descargaban con mucha facilidad. Las baterías son necesarias principalmente para el motor de arranque. La entrada y la salida del puerto se tiene que hacer a motor, y sin eso no se podía salir. Además, el depósito de la Zodiak estaba roto y se salía la gasolina. No era algo imprescindible, pero no tenían la pieza que hacía falta para arreglarlo. Después de conseguir unas baterías (y colocarlas), nos hicimos a la mar sin arreglar la zodiak, con la esperanza de que se pudiera encontrar pronto en algún puerto la pieza de marras. Cuando la encontramos resultó que no era eso, sino la válvula del motor.

El primer día que fondeamos, lo dedicamos a limpiar la hélice y el casco del barco de la presencia de caracolillos, algas y otros bichos de los que se pegan a lo que sea para vivir. Normalmente se hace con el barco en tierra, pero, estando ya en plena navegación, nos tocó hacerlo a pulmón. O sea: toma aire, frota el casco con un cepillo, sal a la superficie. Repetido veinte veces tenemos lo que se llama mareo por sobre oxigenación… eso sí, reunimos una enorme cantidad de peces a nuestro alrededor. Pero sólo nos querían por nuestros caracolillos.

El único día tranquilo de viento que sufrimos nos dimos cuenta de que los dos pilotos automáticos estaban rotos. Esta fue, sin duda, la menor de las roturas, porque no hubiéramos podido usarlos ningún día. Pero, bueno, una cosa más a la lista.

Un par de días después descubrimos que entraba agua al barco. No mucha, pero la suficiente como para que fuera significativo. Eso sí: nada que la bomba de achique no pudiera solucionar. Aún así no dejaba de ser preocupante. La conclusión a la que se llegó fue que en los trabajos para quitar el caracolillo de la hélice, dañamos el eje y entraba agua por allí. La buena noticia era que sólo pasaría si navegábamos mucho a motor y, por suerte, no era el caso.

El problema es que, el día que más y mejor navegamos a vela, ese día, entraron 200 litros de agua a la sentina (que es donde se acumula el agua que entra en un barco). Obviamente no podía ser el motor… ¿pero entonces qué era? Podría ser una brecha en el casco… pero no teníamos constancia de que se hubiera golpeado el barco con nada. Y de ser así… entraría todos los días, y no pasaba. Aún así hicimos una inspección. Pensamos que podía ser una fuga del depósito de agua dulce. El depósito está en la popa y es de plástico… en principio no tiene contacto con nada, pero nunca se sabe he hicimos las pruebas de rigor. Tampoco era eso. Llegamos a pensar que podía ser la manguera con la que aguábamos o algún agujero en la cubierta que se llenaba de agua al baldearla (esto es: fregar pero en marinero).

Al final resultó ser que la bomba de achique se había soltado y por el agujero del casco entraba agua, pero sólo cuando navegábamos de ceñida de estribor (o sea: escorados a la derecha). Eso sí: lo descubrimos el último día.

Entre tanto, dos velas se descosieron por la acción del fuerte viento en dos días diferentes y tuvimos que coserlas a mano. Un trabajo más laborioso que difícil pero que requería la presencia de dos personas. La vela es enorme y alguien tenía que sujetarla mientras el otro cosía. Y otro día, la driza de la mayor (el cabo que va por el interior del palo y que permite subir y bajar la vela mayor) se rompió y tuvimos que cambiarla.

Pero sin duda, lo mejor de todo fue lo que se rompió el penúltimo día… pero eso lo contaré mañana.

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El otro día os contaba que los islotes Columbretes son un lugar ideal para hacer el amor. Tienen un aspecto parecido al de un atolón del Pacífico. De hecho, su origen es muy parecido: una erupción volcánica. No una, sino cuatro. Pero hace muchos miles de años (por lo que sigue siendo un buen lugar para hacer esas cosillas). Si no me creéis, echad un ojo al vídeo de aquí abajo.

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=Cy6WiDq3tMc]

Estos islotes deben su nombre a la inmensa cantidad de culebras que había en ellas. Cómo llegaron las culebras a unos islotes tan pequeños 30 millas alejadas de la costa es un misterio que nunca se sabrá. Las culebras fueron exterminadas por los reclusos de la cárcel en la que se convirtió el islote más grande. Y por los fareros, años después. Para terminar con ellas prendieron fuego a toda la vegetación y luego, ya sin refugio, las mataron de las maneras más imaginativas posibles.

Ya en la edad moderna, Los Columbretes han servido de blanco para prácticas de la marina, y todavía hay casquillos y obuses sin explotar en las zonas poco profundas. Aunque de los obuses sólo queda una vaga idea y son más un hogar para peces que armas de destrucción. El fondo marino está poblado de todo tipo de especies, porque los Columbretes son una zona de protección medioambiental. Zona protegida. En el edificio del faro viven 10 científicos (como Torrebruno) todo el año. También alguna científica. Y estudian a los animales de arriba y debajo de l agua.

No se puede pescar, pero si bucear. Tanto con botella como a pulmón. Esa última modalidad es la que yo practiqué (no porque no me guste la botella). Y es una experiencia interesante la de que un par de doradas (sin guarnición ni nada) te miren curiosas a poca distancia preguntándose si eso de bañador azul es un cachalote especialmente pudoroso… un espectáculo para los sentidos.

A los islotes Columbretes llegamos navegando a vela, como dicen los marineros, “a todo trapo”. Y era así de verdad, porque no podíamos poner más velas. El viento era constante dirección noroeste, de fuerza 4 a 5 (yo creo que tuvimos incluso más en ocasiones). Había un poco demasiado viento, pero nos arriesgamos y la cosa fue muy bien. Llegamos dos horas antes de lo previsto.

Esto que os cuento escrito lo digo de palabra en el video, donde se me ve como timonel del barco. En el vídeo parece que voy remando… pero os juro que es un barco velero. Lo que pasa es que para mantener el rumbo por las olas había que hacer esos movimientos…

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=1JyZRJ57a58]

Evidentemente yo soy el marinero y el Capitán Haddock… es el capitán. Y Atenea dista mucho de ser rubia, ni de bailar al compás. Pero vamos, que mientras dirigía el barco con rumbo firme, a veces canturreaba esta canción de los Rodriguez (una de mis favoritas, a pesar del vídeo, que no había visto antes).

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=-MQEfMmngfU]

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He llegado ahora, como quien dice, de mis vacaciones. Vamos… el tiempo justo de poner una lavadora, leer el correo y pasar por el baño. No precisamente en ese mismo orden. Para quien no lo sepa, porque lo cierto es que tampoco lo he ido publicitando por ahí mucho, he estado algo más de dos semanas navegando por el Mediterráneo en un barco velero.

Sé que suena muy bien. Uno pone la palabra “velero” junto a la palabra “Mediterráneo” e inmediatamente se piensa en “sol”, “viento”, “mar”, “copita de Martini con aceituna” (o vermú de grifo, o cervecita fresca… que de todo hay en la viña del señor) y uno puede escuchar el romper de las olas por la quilla del barco y casi ver la arena prácticamente blanca de una cala recóndita. Y, bueno, algo de todo eso sí que ha habido.

Pero también ha habido mucho trabajo. Porque el barco no se lleva solo. Porque hay que izar la mayor, asegurar el foque, o cambiarlo por el Génova. Porque hay que subir el ancha a pulso o adujar todos los cabos. Porque la caña del barco, o sea, el palo que se agarra y que mueve el timón, no lleva dirección asistida… y cuando el viento inclina el barco hasta casi hacer que entre agua en la bañera (que no es un artilugio de aseo personal, sino el lugar donde se está normalmente cuando se navega), hay que hacer mucha fuerza para mantener el rumbo…

Iniciamos la navegación en Alicante y yo la terminé en Tarragona. Otros se encargarán de llegar hasta el final. Aún así han sido más de 300 millas, cerca de 580 kilómetros. Y la mayor parte de ellos a vela. Quitando un par de días en Valencia con visita al Oceanográfico y a una bloguera (y su cachondo socio) y otro par de días fondeados en los islotes Columbretes, el resto del tiempo ha transcurrido navegando a las ordenes del Capitán Haddock, ya conocido por otras aventuras marineras que conté hace tiempo. Nos acompañaba Atenea, otro miembro insigne de la galería de personajes que pululan por estas páginas.

El viaje ha estado muy bien, en términos generales. La entrada en Gandía fue un poco con demasiado viento y, quizá, demasiada poca práctica. O el incidente del Ancla en el Delta del Ebro todavía me hace despertar por las noches empapado en sudor. Aunque eso es porque no hay aire acondicionado y está haciendo mucho calor.

Eso sí, tengo que reconocer cierta decepción. Yo había invitado a compartir estos días conmigo a tres mujeres. No a todas a la vez, no… eso habría sido una locura. Las tres se declararon encantadas con la propuesta, y las tres la declinaron. Una, por falta de dinero. Otra, por falta de tiempo. Y la tercera, por tener al padre ingresado en el hospital. Por desgracia para ella, lo del padre no era una excusa y realmente está en el hospital.

Este año se ha dado una circunstancia nueva. Tras 6 años consecutivos viajando durante las vacaciones con Lentillas, este año no lo he hecho. Y lo cierto es que me ha resultado un poco raro.

Así que, con estas premisas, os contaré alguna de las cosas que fueron pasando…

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Ayer, sábado, se cumplía el segundo aniversario del día que conocí a Huracán. Qué le vamos a hacer, yo recuerdo esas cosas. Llamadme sentimental, si queréis. O idiota. Lo acepto. Llamadme Capullo si ese es vuestro deseo. En realidad no tiene ningún mérito acordarme de esta fecha… entre otras cosas por que es la fecha en la que mi grupo de amigos de la montaña organizamos la primera salida oficial de verano… lo que viene a ser más o menos, la primera salida en la que lo más importante es pasar el mayor tiempo posible tumbado, refrescarse en las aguas heladas de una poza y, ya por la noche, asistir al tradicional concierto de música popular en el pueblo de turno. En realidad es como ir a la piscina, pero a una muy exclusiva y que no mucha gente conoce.

Este año no iba a ser diferente. Bueno, sí, este año no iba a invitar a Huracán a venir, como hice el año pasado. Entre otras cosas porque no me parecía adecuado y, bueno, trabajaba todo el día y no iba a poder. Así que podríamos decir que, si bien recordaría todo lo que hicimos aquella ocasión, y eso es posible que me dejara un poco melancólico, intentaría disfrutar del momento.

Quisieron los astros que no me acordara de Huracán en todo el día.

Corrió la voz de la jornada veraniega entre los amigos… y estos llamaron a otros amigos. Y algunas amigas llevaron a otras amigas. Y entre esas amigas de amigas estaba… Tofu. Sí… la misma chica que conocí el día de mi cumpleaños el verano pasado y con la que hubo un intento de establecer una relación (y digo intento porque después de tragarme una sesión de diapositivas inmensa, descubrí que no éramos de la misma forma de pensar `recisamente). Entre las 20 personas que asistieron a la convocatoria estaba ella, con unas pequeñas botitas de montaña y su cara preciosa mirándome desde el otro lado del claro, junto a su amiga. Estaba más guapa de lo que la recordaba, algo más morena y con el pelo un poco más largo. Los mismos labios carnosos y los ojos negros y grandes. Y sus pequitas juguetonas. Y su mismo pasado en el OPUS, y su vegetarianismo feroz. Nos dimos dos besos y ella, mientras me tocaba el brazo (algo que parece que se está convirtiendo en una costumbre), me preguntó por mi vida.

El cielo estaba nublado y, unas densas nubes negras parecían tener prisa por llegar a nuestro encuentro. No era un día para bañarse en aguas heladas, pero como ante todo somos montañeros, decidimos que daríamos una vuelta y, lo mismo con suerte abriría el día. No obstante, como medio responsable del grupo que soy, recordé a todo el mundo que no se olvidara de llevar el chubasquero… por lo que pudiera pasar.

Lo que pasó fue que a medio camino, en ese punto en el que da lo mismo avanzar que retroceder, porque estás a la misma distancia del coche elijas el camino que elijas, empezó a llover como si hubiéramos hecho algo. Una lluvia torrencial y salvaje, de grandes gotas. Y todo el mundo, como locos, fue sacando sus chubasqueros. ¿Todos? No, todos no. Tofu no tenía chubasquero… ella pensaba que lo llevaba pero se lo dejó en casa. Así que hice lo que cualquier hijo de vecino habría hecho en mi lugar… le di el mío.

Esto, que puede parecer un acto idiota, aunque muy cortés, es en realidad un acto muy idiota y sumamente peligroso para mi salud. Porque estaba lloviendo y no hacía calor precisamente… además, tenía ropa seca… pero no suficiente ropa seca. Por ejemplo: esos pantalones que se estaban calando eran los únicos pantalones que tendría todo el día… así que opté por quitármelos y guardarlos en la mochila. El resto se empapó. Para los curiosos diré que llevaba un bañador debajo.

Para que os hagáis una idea: yo tenía la pinta del que se ha metido vestido en una piscina y al que, una vez fuera, le han echado cubos de agua sin parar. Sólo que, además, empezó a granizar. Y extraviamos el camino, por la confusión que siguió al granizo… lo que añadió más caminata y más agua al global de la ruta.

Al final la cosa no pasó a mayores. Incluso salió el sol un poco. Y ese momento de paz permitió que Tofu y yo habláramos un rato. Resulta que sigue bailando, pero dejó la ONG. Esa actividad la cambió por ser cabeza de lista por su tierra en un partido político de esos alternativos en las elecciones de marzo. Incluso me animó a que me pasara por la sede para hablar con ellos porque “mis habilidades sociales les podrían venir bien”. Supongo que se referirá al hecho de que conozco a mucha gente. Decliné la oferta… si ya es complicado compaginar todas las actividades que ya llevo, como para meterme en más. También me dijo que seguía siendo vegetariana, pero que le había costado algún que otro disgusto y una o dos relaciones. Me dieron ganas de decirle que lo de ser vegetariana a lo mejor no era la causa… pero tampoco quería entrar en detalles. Eso sí: conseguí que se riera unas cuantas (muchas) veces. Es que soy encantador cuando quiero…

Bajamos al pueblo a comer de restaurante y a secarnos. Ella no se quedó al concierto, porque era muy tarde y su amiga se tenía que ir (aunque me ofrecí a llevarla a su casa si se quedaba). El concierto fue un poco demasiado malo. Y hacía mucho frío… yo al menos tenía el frío metido en los huesos. Todavía lo tengo, aunque el haberme pasado toda la mañana al sol ha ayudado mucho…

Ahora me iré a por Huracán a la salida del Hospital. Quedamos en que hoy cenaríamos juntos. Ella me insistió y yo no puse pegas… supongo que querrá contarme algo de su próximo viaje a Inglaterra. Está muy emocionada y es un tema recurrente cuando hablamos. Yo tengo otros planes secretos: digamos que celebraremos el aniversario aunque ella no lo sepa…

Por cierto, mientras caminaba bajo la pertinaz lluvia, no hacía más que tararear esta cancioncilla. Digamos que cierta persona podría haber protagonizado su propio musical de haber aceptado mi oferta…

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Ya estábamos en mar abierto y el barco se zarandeaba un poco más que antes. Redujimos la marcha un poco, por no recalentar el motor y El Capi estableció un nuevo rumbo usando las cartas de navegación y un curioso transportador de ángulos con un cordel atado. La idea era seguir en línea recta directos al Cabo de Santa Pola y, allí, virar a babor y enfilar Alicante.

Mientras tomamos unas cervezas, el Capi nos instruyó sobre normas marítimas y términos náuticos que teníamos que tener en cuenta a la hora de navegar. Cuando se podía, saludamos a los otros barcos que se nos cruzaban (Alguno hasta hizo sonar la sirena). Así que podemos decir que estaba siendo el momento más relajado y divertido del día. Capitán Haddock y yo nos turnábamos para llevar el timón (es más fácil de lo que parece) y el Capi comprobaba la equipación del barco: Los cabos, las velas de repuesto, el combustible, la zodiac. Había un problema con la zodiac. El motor fuera borda estaba enganchado con un candado y, como había sido tan precipitada nuestra salida de Los Nietos, no nos habían dado las llaves. De todas maneras no parecía que fuera a hacernos falta por el momento.

El tiempo fue pasando y ya estaba atardeciendo. Enfrente de nosotros teníamos recortado contra el cielo la sombra imponente del cortado del cabo de Santa Pola, con su faro en lo alto emitiendo destellos intermitentes, y, un poco a estribor, se veía sobresalir sobre el mar el pedrusco enorme que es la Isla de Tabarca. Le cedí mi puesto al Capitán Haddock en el timón y me senté en la bañera, en el lado de babor, a contemplar el paisaje. El esguince me estaba molestando otra vez. El Capi limpiaba la nevera en la bodega, y se le escuchaba canturrear alguna cosa. Mis pensamientos iban a la deriva entre lo bonito que es navegar y el bello atardecer que estaba contemplando, pasando por lo cerca que estaban los coches que circulaban por la carretera de la costa. Y en ese momento…

En ese momento se escuchó un sospechoso e inquietante estruendo que venía de abajo. Al mismo tiempo el barco se frenó casi en seco y escoró a babor, levantando una gran cantidad de agua. Y casi en el mismo segundo, vimos al capitán salir de la bodega de un salto y abalanzarse sobre la palanca de la velocidad para, supongo, detener el barco. Pero no hacía falta. El barco se había detenido.

– ¡Todos a proa, hay que hacer de contrapeso!- Gritó el capitán.

Y sin saber muy bien como, me encontraba junto con Capitán Haddock, en la punta de del barco más opuesta al timón, agarrado al cable donde se enrolla la vela de delante (En términos náuticos: En proa, agarrado al estay donde se enrolla la Génova). Era consciente de que había corrido. Era consciente de que para ello había tenido que apoyar el pie del esguince en el suelo. En ese momento era consciente del dolor. El Capi accionaba la marcha atrás pero el barco no se movía. Lo peor era que se escuchaban chasquidos debajo del barco con cada intento.

Ver al Capitán echarse las manos a la cabeza y escucharle repetir una y otra vez: “Nos hemos cargado el barco”, no ayuda mucho a mantener la calma. En ese momento sonó su móvil y, al cogerlo, simplemente dijo:

– Nos hemos cargado el barco. Nos hemos quedado sin vacaciones.- Y colgó. – Lo que tampoco ayudaría a calmar al interlocutor al otro lado, uno de nuestros amigos, parados en el atasco.

Capitán Haddock se desahogaba por lo bajo. Decía que él no sabía navegar y que no tenía que haber estado en el timón, que era cosa del capitán…

– No te preocupes, Capitán Haddock – Le dije – A mí no me sale ningún viaje mal… Tengo un montón de suerte, así que ya verás que esto no es nada y que luego nos tomamos unas cervezas y nos reímos del asunto…

Yo realmente creía en lo que estaba diciendo. Supongo que al Capitán Haddock le sonó a cuento chino y siguió lamentándose. Sobre todo porque no sabíamos si el timón estaba tocado, si había alguna grieta en el casco y, sobre todo, qué demonios había pasado. Para colmo, la noche se nos estaba echando encima, y ya casi no se veía. Alrededor del barco, bajo el agua, había unas inquietantes manchas negras que, sin duda, eran piedras, pero que en la calenturienta imaginación de alguien menos templado que nosotros, eran bestias horribles…

Enfrente del barco, el faro seguía dando sus destellos, sin inmutarse y, debajo, junto a la carretera de la costa, a menos de un kilómetro, encendieron las luces de un chiringuito de playa. Se oía perfectamente a David Bisbal cantando su éxito de ese verano y había movimiento de gente. Nosotros, mientras tanto, nos habíamos sentado en la bañera sopesando nuestras posibilidades.

– Estamos en una zona de aguas bajas. No debe de haber más de dos metros o dos metros y medio de profundidad. – Nos decía El Capi apuntando con el dedo a una parte de la carta de navegación – Pero está demasiado oscuro como para tirarse al agua a ver qué es lo que nos ha enganchado. Si lo que choca es la Orza no pasa nada, pero si es el timón podemos darnos por jodidos.
– ¿Por qué?- Preguntó Capitán Haddock
– Porque es la parte más delicada del barco. Podemos partirlo en la maniobra y nos quedaríamos sin gobierno en el barco… y es muy peligroso, porque la marea podría precipitarnos contra las rocas de la costa.
– Pues me quedo más tranquilo, la verdad.- Dije.
– Tenemos que desalojar peso para ganar altura – me ignoró el Capi.

Y 200 litros de agua potable fueron tirados al mar, todo el agua dulce de los dos depósitos de popa. Intentamos dar marcha atrás de nuevo, pero el barco seguía sin moverse. Ya era noche cerrada.

De pronto distinguimos el inconfundible sonido de un motor fuera borda acercándose desde la playa. Se trataba de una Zodiac con tres marineros, que estaban en el chiringuito, y nos habían visto. Venían a echar una mano. El problema era que llevaban mucho rato en el chiringuito y, entre que venían o no, se habían tomado unas cuantas bebidas espiritosas… y unas pocas más, así que estaban un poco “contentillos”. Mientras realizaban la maniobra de aproximación y cogían el cabo que El Capi les estaba dando, temimos por su vida en varias ocasiones.

La idea era que ellos, desde la Zodiac, tiraran del cabo atado a la proa, de tal manera que el barco escorara a babor y levantara la orza lo suficiente para salir. En cristiano: al tirar de la cuerda atada a la punta del barco, haría que este se inclinara a la izquierda y levantaría la aleta de tiburón de debajo del casco lo suficiente para que el barco flotara sutilmente fuera de las piedras. Por supuesto, no funcionó. Intentamos la operación contraria, para escorar a estribor, pero tampoco. Así que se intentó el plan de emergencia:

Capitán Haddock se subió al extremo de la botavara (para que os hagáis una idea, es el palo sujeto al palo mayor al que se engancha la vela mayor, y que se mueve a voluntad, dependiendo de por donde sople el viento… y siempre da en la cabeza del malo en las películas de piratas). La botavara la movimos todo lo que se podía mover a estribor y dejamos al Capitán Haddock colgando sobre el mar fuera del barco, haciendo de contrapeso. A su vez, los tres marineros borrachos tiraban del cabo de tensión del palo mayor, en la misma dirección… todo ello con la idea de escorar el barco todo lo posible.

Tampoco se movió. La situación no sólo no había mejorado, sino todo lo contrario, ya que era de noche cerrada. Los marineros se marcharon a seguir con la fiesta en otra parte (O al chiringuito, que todo es posible). Sólo nos quedaba una opción: Llamar a salvamento marítimo. Seríamos la deshonra del gremio pero…

Salvamento marítimo apareció una hora después. Un buque color naranja chillón con luces estrambóticas parpadeantes. De no saber que eran ellos, habríamos supuesto que eran extraterrestres dispuestos a abducirnos y a practicar experimentos intrusivos en nuestros cuerpos y de los que no podríamos hablar nunca por sentirnos avergonzados. Apareció, pero se quedó como a unos 100 metros. Era lo más cerca que se podían situar de nuestra nave sin encallar ellos mismo. Por radio nos dijeron que teníamos que acercarnos en la Zodiac para recoger un cabo con el que amarrar y arrastrar el velero. Zodiac que no tenía motor, por estar encadenado a la borda… otro problema.

Al final Capitán Haddock y El Capi se marcharon remando a por el cabo, y me dejaron allí solo… abandonado a mi suerte. Y fue cuando sonó un “Clic” metafórico. El velero, libre de los 200 litros de agua, y los más de 150 kilos de humanidad que se alejaban con la Zodiac a golpe de remo, flotó lo suficiente como para liberarse de las rocas, y empezó a moverse… libre y a su aire. Con el cojo capitán en funciones un poco preocupado, la verdad, viendo como la rueda del timón giraba alocadamente de un lado para el otro.

Después de comprobar que no había ninguna vía de agua en el casco, nos remolcaron hasta el puerto de alicante, donde nos esperaban nuestros preocupados amigos. Fue un poco humillante porque en lugar de hacer una entrada triunfal, veníamos abarloados al buque de salvamento. Eso sí, nadie se atrevió a hacer ningún comentario. Pasamos la noche en el puerto.

¿Qué tiene esto que ver con la suerte? Os preguntaréis. Pues desde mi punto de vista, el comienzo tan desastroso del viaje hizo que disfrutáramos mucho más del resto de la semana, que fue genial. Tuvimos mucha suerte porque por dos o tres escasos metros, en lugar de embarrancar en un banco de arena, habríamos dado con una plataforma de granito, que habría destrozado el barco. Tuvimos mucha suerte porque durante toda la semana los vientos se confabularon en nuestro favor y siempre soplaban con la fuerza justa para que llegáramos a donde queríamos navegando a vela. Incluso la vuelta a la península, que fue por la noche, fue a vela, algo que es rarísimo. Y, sobre todo, tuve mucha suerte porque durante siete días me trataron a cuerpo de Rey, una de las marineras hasta me dio masajes… “¿Qué si quieres un zumito?” “¿Algo para leer?” “Dejad la sombra al Sr K, que está lesionado”… y sin ayudar en la cocina, sin ir a la compra, sin baldear la cubierta, sin plegar velas… sin hacer ni el huevo.

¿Tengo o no tengo suerte?

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La historia continua a unos 190 kilómetros por hora por la carretera de Valencia, en un coche rojo centelleante y con montones de otros coches dejados atrás fugazmente. Conducía El Capi y mi amigo Capitan Haddock hacía las labores de copiloto. O las habría hecho de haber podido abrir los ojos, cerrados de puro miedo. Yo daba tumbos en la parte de atrás, con mi maltrecha pierna estirada sobre el asiento y agarrado al asa de la puerta. Aunque parezca mentira hubo un par de momentos en los que pasé más miedo todavía… cuando El Capi buscaba un mechero con el que encenderse un cigarro. En ese momento pensé que, cuando el coche dejara de dar vueltas de campana y miraran dentro, conmigo casi no tendrían que trabajar… por estar ya vendado.

Como dije en el capítulo anterior, soy un tipo con suerte… y fue suerte que no nos parara la guardia civil de tráfico, ni que no tuviéramos un reventón, salida de pista o simplemente, que saltáramos la futuro como Michael J Fox. Pero sea como fuere, llegamos al puerto deportivo de Los Nietos y, lo que es más importante, a su Mercadona, donde deberíamos hacer la compra para subsistir esa semana en el barco… comida para un total de 10 personas (y dos muletas).

Existe una peculiaridad en La Manga del Mar Menor, sobre todo si se pretende salir a mar abierto. Sólo hay un punto por el que se puede hacer. Años atrás a alguien se le ocurrió que era buena idea construir urbanizaciones a ambos lados de la salida, sin darse cuenta que, para poder comunicarlas, habría que construir un puente levadizo. Un puente levadizo que permanece abierto 15 minutos cada dos horas. Así que, para poder llegar a la apertura de las 6 de la tarde, había que salir del puerto de Los Nietos como muy tarde a las 5, navegar a tope de motor y en línea recta y, con suerte, pillar despistado al que manejaba el puente… y eso nos dejaba 45 minutos para: Comer, hacer la compra de la semana, cargar el coche, llegar al puerto deportivo, encontrar el barco, descargar el coche, estibar la carga y, lo que es más importante, que yo, cojo y con muletas, subiera abordo.

Todo eso se logró, y salimos del puerto de Los Nietos a toda máquina, con un montón de comida y un cojo en la proa del barco , yo intentando no ser el primer “hombre al agua” de la semana. Si alguien ha navegado en un velero alguna vez (y si no, lo recomiendo) sabrá que mantener el equilibrio en cubierta es difícil si no se está acostumbrado, incluso en las tranquilas aguas del Mar Menor… pero si a eso le añadimos un esguince, unas muletas y mi proverbial falta de equilibrio, no es de extrañar que tardara un rato y dos dolorosos pasos con el pie malo en llegar a la bañera y sentarme junto a mi amigo Capitan Haddock, timonel en ese momento. Entonces me tomé mi primera cerveza de la semana… que me supo a gloria.

Navegábamos a toda máquina por encima del mar en calma, casi podríamos llamarlo piscina, del Mar menor. De vez en cuando nos cruzábamos con alguna lancha motora, cuya estela, al cruzarse en nuestro rumbo, nos bamboleaba un poco… pero por lo general la navegación fue muy tranquila y poco movida. Lo que era de agradecer, siendo la primera vez que montaba en un barco de vela. Todo el mundo me había aconsejado que llevara pastillas contra el mareo, pero no sé si sería por el ajetreo del día, la excitación por estar probando algo nuevo o que soy inmune, pero no sentía el más mínimo malestar. Mi amigo Capitan Haddock me dejó la rueda del timón un rato, indicándome que tenía que hacer para mantener fijo el rumbo que marcaba la brújula… y me sentí como un viejo pirata de pata de palo (con la esguince estaba muy metido en mi papel) rumbo de lejanas y tropicales costas. Hasta que El Capi terminó de colocar la despensa y salió a cubierta… que fue más o menos cuando nos acercamos a la salida del Mar Menor.

Ahora quiero que os hagáis una imagen mental… el puente levadizo bajando lentamente y, al fondo de la escena, aparece derrapando un velero a toda máquina… la limitación de velocidad es de 3 nudos, limitación que la nave sobrepasa varias veces. A bordo del velero, dos hombres se aferran a donde pueden, mientras un tercero sujeta la palanca de la velocidad presionada a fondo con una mano y la rueda del timón con la otra, mientras el barco da pequeños saltos sobre las olas. Los tres tienen cara de velocidad y miran fijamente el lento movimiento descendente del puente levadizo. Uno dice “llegamos”, el otro dice “No pasaremos” y el Capi aprieta más la palanca de la velocidad…

Pasamos.

Ahora sólo quedaban cuatro horas de agradable navegación hacia Alicante… recoger a nuestro amigos, disfrutar de una agradable cena abordo y contar lo vivido como una divertida anécdota… salvo que nada es fácil si se trata de mí…

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Soy un tío con suerte, no lo puedo negar. Al principio no reparaba en ello, era algo que estaba ahí y que simplemente ocurría. Siempre. Así que inconscientemente me limitaba a dejar que los acontecimientos discurrieran hacia el cauce más favorable para mí, sin intervenciones inútiles. No me malinterpretéis. Al decir que soy un tío con suerte no estoy diciendo que me toque la lotería muy a menudo, o que salga agraciado con el mercedes que regala el banco con la cuenta corriente… me refiero a otro tipo de suerte menos “material” y más intangible. Pero lo cierto es que no me suele salir casi nada mal.

Atenea dice que el simple hecho de creer en ello es fruto de mi educación judeocristiana y que, en mi subconsciente, es una sustitución del Dios Padre de los católicos por la figura de La Suerte, dentro de mi ateísmo declarado. Pero cuando ella dice estas cosas yo casi nunca entiendo lo que quiere decir… así que me limito a sonreír y a asentir (que es lo que hago cuando no entiendo lo que me dice la gente, y por lo que probablemente dicen que soy un tío simpático).

La siguiente anécdota pasó, dentro de mi cronología particular, el verano que me fui con Lentillas a Gerona. Sólo que dos semanas antes de irnos los dos de viaje, y con otros amigos diferentes.

Hay dos personajes importantes en esta historia, personajes que os paso a describir: El Capitán Guindilla, o Capi, para los amigos, y Capitán Haddock, el segundo de abordo y mi amigo Italiano. Los tres formábamos la totalidad de la tripulación del barco “La Reina de los Mares”, un precioso velero de 15 metros de eslora y dos metros de calado, cuando se produjo el incidente que os paso a relatar.

Habíamos alquilado un barco por una semana para pasarla navegando por Ibiza y Formentera, y disfrutando de sus calas de aguas transparentes, su sol y sus turistas extranjeras deseosas de sexo con agradables españoles (aunque esta parte era mucho más improbable). El Capi nos consiguió el barco a un precio muy majo, pero existía el inconveniente de que había que llevarlo desde La Manga del mar menor hasta Alicante, lugar más propicio para hacer la travesía a las islas.

Era plena operación salida y había gente que salía tarde de trabajar, así que, en lugar de salir todos juntos, para ganar tiempo decidimos que tres de nosotros llevaríamos el barco hasta Alicante, donde el grueso de la tripulación embarcaría. Así dábamos tiempo a los que salían de trabaja por la tarde para que llegaran sin agobios, aprovechando esas 5 horas de navegación mientras los demás estaban en el atasco. Y, sobre todo, eso nos permitiría hacer la travesía a las islas por la noche y ganar unas preciosas horas para estar por Formentera. Esos tres valientes éramos nosotros tres: El Capi (elemento necesario para mover el barco), Capitán Haddock y yo.

Yo me acercaría en cercanías hasta la ciudad por la mañana temprano y, desde allí, saldríamos en el coche de El Capi lo más rápido posible y evitando el atasco. Esa era la idea. Pero nada es sencillo tratándose de mí (aunque es mucho más entretenido) y las cosas no salieron como habíamos previsto. La culpa: un pequeño agujero en una loseta suelta en el primer escalón de la estación de tren. Iba despistado pensando en mis cosas, con mi mochilón de 15 kilos en la espalda, la bolsa con el equipo de buceo de superficie en un hombro, y la cámara fotográfica en el otro y, pese a que había pasado miles de veces por encima de ese pequeño agujero, esta vez no lo vi. Y lo pisé. Y me caí. Y la mochila detrás. Y mi tobillo…

Mi tobillo se dobló.

No era el primer esguince que me hacía en mi vida. De hecho tengo cierta predisposición a doblarme los tobillos en posturas improbables… así que antes de tocar el suelo ya sabía que aquello no se trataba de una simple torcedura. Sabía que se hincharía y que dolería y que el equipo de submarinismo de superficie sería inútil durante la semana de vacaciones. Porque no podría nadar. Saber todo esto no evitó que gritara de dolor mientras caía. Creo que sonó más a desesperación que a dolor. Pero lo cierto es que sonó mucho. Y llamó la atención de todos los que estaban en la estación.

Incluidos los de las ametralladoras.

En un momento me vi rodeado por dos o tres soldados vestidos de camuflaje, cetme en ristre y cara de pocos amigos. No es que fuera ilegal caerse en esas latitudes, ni nada por el estilo. Lo que pasaba era que por ser operación salida, y temiendo atentados como los que ocurrieron en Marzo del año anterior, el ejército se había desplegado por las líneas de cercanías y de alta velocidad para evitar posibles incidentes.

Muy solícitos llamaron a una ambulancia y poco menos que montaron un perímetro de seguridad en torno a mi persona, para evitar que me pisara la gente mientras llegaba. Esta, la ambulancia, llegó con toda la parafernalia propia de una ambulancia: luces y sirena. Casi sentí tener sólo un esguince, y no un ataque al corazón, una embolia y una meningitis todo junto. Me llevaron al centro de salud, me hicieron unas placas de rallos X y me vendaron la pierna hasta casi la rodilla. Esto, que ha ocupado apenas 22 palabras, llevó del orden de dos horas de espera. Dos horas de retraso con respecto a un plan original ya muy ajustado de por sí. El capi y Capitán Haddock bajaron con el coche a por mí, más que nada para saber como estaba la situación, y me recogieron en el ambulatorio, donde mi hermano me había llevado mis muletas de los esguinces.

Y salimos con viento fresco hacia la Manga del Mar Menor… con tres cosas que no tenía por la mañana: Dos muletas y un esguince

De momento nada de lo que he contado parece tener relación con la buena suerte, sino todo lo contrario. Y se intuye que habrá mar, por el título del capítulo… aunque todavía estábamos a más de 300 kilómetros del mar más cercano. Todo tendrá respuesta más adelante… ahora es tarde y me tengo que acostar…

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