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Posts Tagged ‘viaje’

Dos pantalones de montaña. Unos cortos. Unas mallas cortas. Unas mallas de forro polar. Tres forros finos. Un forro gordo. El forro polar del invierno. Un impermeable y cortaviento ajustable. El gorro de lana (tengo que hacerme con un sombrero por allí). Las dos bragas (por si una no es suficiente). Guantes finos y guantes gordos. Tres pares de calcetines de alta montaña (de los de 20 grados bajo cero). Cinco pares normales. Cinco o seis camisetas técnicas. Otras tantas de algodón. La camiseta de la productora de mi hermano (para hacerle publicidad en el techo del mundo). Calzoncillos como para una boda (por limpios y por cantidad). La bolsa de aseo (por si acaso me puedo lavar algún día). El rollo de papel higiénico (nunca debe faltar en una mochila). El saco sábana (para que mi suave piel no toque directamente en un saco en el que se ha acostado medio mundo… uno que tiene sus escrúpulos). El repelente de mosquitos, la tableta de aspirinas, las pastillas para el estreñimiento (el arroz… ya se sabe), los apósitos (para las ampollas), el almax. (para las digestiones pesadas. Las especias… ya se sabe). Las botas de montaña (por fin domadas). Zapatillas de correr. Las sandalias. La cantimplora. El frontal. Tres juegos de pilas para el frontal. 10 blister de pilas para la cámara (no me puedo quedar sin pilas en ningún momento). Las pilas recargables y el cargador (por si acaso). Tres tarjetas de memoria, más la que va en la cámara (una previsión de 4.500 fotos). La memoria USB (por si puedo descargarlas en algún sitio). Dos paquetes de jamón, de lomo y de chorizo, embasados al vacío (es que no comeremos mucha carne, me temo, y porque todo español bien nacido debe de viajar al extranjero con un chorizo… es tradición). Un librito de sudokus (para las esperas). Una libreta de notas. Al menos tres bolígrafos repartidos por toda la mochila. Un lápiz (para no depender de la tinta y porque funcionan por mucho frío que haga). El pasaporte. Fotos de carné (para los visados, los permisos de entrada al parque…)

Creo que lo llevo todo.

Hoy, en menos de doce horas, despegará el avión. Mañana a estas horas estaré ya en Katmandú, aunque allí serán cuatro horas y cuarenta y cinco minutos más tarde. Desde que en febrero entrara a pedirle las vacaciones a mi jefe hasta ahora han pasado algo más de siete meses… aunque llevamos preparando el viaje desde antes… desde hace más de un año. Un parto largo y difícil.

Es peligroso hacerse ilusiones, porque después el viaje es posible que no esté a la altura de las espectativas. Pero tengo un buen pálpito con esta aventura. ¿A quien pretendo engañar? Yo siempre tengo un buen pálpito con cualquier viaje…

Como no sé como andaré de conexiones por allí, o si me apetecerá conectarme, habiendo tantas cosas que ver y tantas cosas que hacer, me despido de vosotros hasta el lunes 20 de Octubre. Espero volver con un millón de historias nuevas y con una buena colección de experiencias…

¡Nos vemos!

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Continúo la historia del esquí…

Después de hablar con los monitores, esta vez el tartaja no abrió la boca, con lo que la cosa fue rápida. El autocar estaba en Huesca y no se sabía cuanto tiempo podría tardar… si es que llegaba. Así que decidimos acostarnos para dormir lo máximo posible…

Lo máximo posible fue hasta las cinco y media de la mañana, hora exacta en la que un ser sin corazón (y con las nociones básicas de educación de un chimpancé meningítico) dio la luz de la habitación, mientras hablaba a grandes voces son sus otros tres compinches. Eran nuestros compañeros de habitación, claro. Por lo visto el autobús se había roto antes incluso de empezar el viaje y no pudieron conseguir otro hasta las 10 de la noche. El conductor, adicto a la nicotina, paraba cada dos por tres (seis) para echar un pitillo, y, al llegar a la zona del albergue, el hielo y un coche atravesado, terminaron por retrasar el viaje hasta esa hora… nada envidiable, la verdad.

Apenas dio tiempo a dormir otro poco más, porque a las siete y media de la mañana empezó la habitual cantinela de despertadores y soniquetes electrónicos que se pone la gente en el móvil para despertarse. Como esta escena se estaba repitiendo en todas las demás habitaciones de las tres plantas, a lo que había que sumar ciento cincuenta pies haciendo crujir la madera del suelo, veinticuatro cisternas por minuto atronando y las gargantas de más de setenta personas susurrando en el edifico, es de suponer que intentar apurar hasta las ocho menos cinco de la mañana (como era mi plan) iba a ser toda una quimera imposible de cumplir…

El desayuno fue descorazonador. Un paquete de (4) galletas de hospital (también vistas anteriormente en vuelos de Iberia, cuando no había que pagar por desayunar), una tarrina de mantequilla, otra de mermelada (de mora), un azucarillo, un vaso de café, un puñado de cereales (literal), y una rebanada de pan del día anterior (siendo optimista). Traducido en unidades de energía, podríamos decir que la energía necesaria para ponerse las botas de esquiar y parpadear dos veces…

Pero esquiar el sábado fue imposible. Tras llegar a Panticosa, pueblo y estación de esquí a la misma vez, vientos en rachas de más de 80 kilómetros por hora no dejaron lugar a dudas: los tele-arrastres y tele-sillas no se moverían en todo el día. Nos ofrecieron la oportunidad de cambiar la estación de referencia de Panticosa (cerrada) a Formigal (abierta) pero, como nos lo pusieron tan feo, en la votación salió venciendo por estrecho margen de 4 votos la opción de pasar el día en Jaca. Bonito día de turismo que, entre otras cosas, dio para interactuar con alguna guapa esquiadora… aunque la presencia de Morena era enigmática (¿De cual de los dos es novia?, se preguntarían)

El tener coche nos dio libertad para ir a nuestra bola… y cuando quisimos, nos marchamos al albergue, a descansar. Unos minutos de sueño… hasta que el gilipollas de la semana (el meningítico ¿Recordáis?) volvió a entrar en la habitaciones dando grandes voces… supongo que ver a alguien metido en un saco de dormir, no quiere decir necesariamente que esté durmiendo. Y el que, además, tuviera los ojos cerrados y roncara levemente, no eran pistas concluyentes…

La cena del sábado, en pleno horario europeo, fue a las 8 y cuarto de la tarde. A pesar de haber comido muy bien, me encontraba de los primeros en la cola que se formó delante de la puerta del comedor. Viendo como había sido el desayuno, enterarse de las malas noticias, cuanto antes, mejor… Me hice con una bandeja, le puse el mantelito de papel y cogí los cubiertos. Había un olor como a guiso en el ambiente, no demasiado desagradable, lo que podía dar una pista de lo que sería la cena. La cocinera al más puero estilo carcelarios plantó en mi plato un cazo de alguna clase de líquido translúcido en el que parecían flotar granos de algo y que, a modo de isla, tenía un trozo de carne increíblemente marrón en el centro… “¿Quieres más?”, y más que una pregunta pareció una amenaza… casi ni me atreví a decirle que sí. Completaba la comida un plato con tres salchichas del mismo color marrón que la carne, y una bolsita de Ketchup, una naranja y un plátano.

Me lo comí todo.

Estuvimos de cañas hasta las 12 de la noche (más o menos) en el bar del pueblo (había otro, pero parecía estar un poco muerto). A esa hora yo ya no era persona, animal o cosa y me metí en el saco, donde perdí el conocimiento prácticamente al instante… y lo volví a recuperar instantes después, porque la fiesta (en contra de toda lógica) no se terminó cuando me marché, sino que continuó por largo rato… no me enteré de cuando me dormí de nuevo, pero sí de cuando desperté, sobresaltado, cuando de nuevo, el enemigo público número uno entró en la habitación. A la meningitis crónica que ese ser de las cavernas sufría (y por la que debemos tenerle un poco de pena) había que añadir un descomunal pedo de sustancias legales e ilegales. Y así se lo contó a cuantos quisieron escucharlo, que a juzgar por el volumen, debieron de ser todos los del albergue. Creo que ningún juez del mundo me habría condenado de haber hecho lo que en esos momentos cruzó mi mente…

El desayuno del domingo fue una repetición del día anterior, con la salvedad de que, en esta ocasión, no conseguí pan a la primera intentona… es que lo de no dormir, como que no ayuda al tema de los reflejos). Lo que si difirió con respecto al día anterior fue que sí que esquiamos. En lugar de perder el tiempo en Panticosa (donde seguro que habían cerrado por el mal tiempo) fuimos directamente a Formigal (donde no habían cerrado por el mal tiempo, aunque el mal tiempo era incluso peor que en Panticosa). Llegamos a lo alto de la estación, a unos 1800 metros de altura, en pleno temporal de nieve. El cielo blanco, la montaña blanca y la niebla blanca, nos hacían creer que estábamos en mitad de un anuncio de Colon Ultra. O que éramos personajes de cómic en una viñeta sin terminar. O un grupo de idiotas que no saben lo que es un nosepuede por respuesta…

Mi intención no era esquiar. Más bien era quedarme en la cafetería de la estación y mirar lánguidamente por la ventana a la espera de que mejorara un poco el tiempo o, en su defecto, que nos marcháramos a lugares más cálidos, donde una cocacola no supusiese el sueldo de un mes… pero lamentablemente, cuando llegamos, los monitores ya habían comprado los remontes, alquilado el material y contratado los cursillos para los que dijimos que sí en su día… ya no me quedaba otra que esquiar… actividad que era el fin de todo aquello.

Una vez que me hice con los esquís, botas y bastones (una vez significa hora y media después), me dediqué hasta la hora de comienzo del cursillo (básico) a deslizarme por una pendiente que de pendiente tenía sólo el nombre. Lo malo era que no llegaba a ningún lado y, una vez terminaba la pendiente, había que quitarse los esquís y volver caminando cuesta arriba. A la tercera vez ya estaba literalmente hasta los cojones de la cuestecita, del esquí y de las botas.

El curso de dos horas de los fundamentos del esquí (diferencias entre cuesta arriba y cuesta abajo… qué hacer para frenar… La nieve… ¿Está más dura de los que parece?) El surso nos lo impartió una maña muy maja y, sobre todo, paciente. Digo paciente porque no desesperó al tratar de enseñarme a hacer la famosa cuña y, obviamente, no conseguirlo. Descubrí que soy incapaz de doblar dos partes de mí mismo a la vez, lo que me hace negado para la práctica del esquí… y hacer ese descubrimiento a 1800 metros de altura, con unos esquís en los pies y deslizándome hacia una empinadísima cuesta de nivel verde, no le hace a uno sentirse precisamente bien…

No es extraño que terminara con el cuerpo molido. Esquié con partes de mi cuerpo no aptas para ese fin (cara y culo, por poner algún ejemplo). Me caí de todas las maneras posibles que hay de caerse (creo que inventé algunas nuevas) y choqué contra todo lo que es chocable (y que te permita seguir vivo, claro). Atropellé a algún compañero que otro, tiré a algún desconocido al suelo y, en general, provoque tantos accidentes que pensaron en ponerme en las pólizas de seguro como una más de las causas de siniestros… y sólo la gran suerte que tengo evitó heridos graves. Eso por no hablar de mis peripecias con el tele-arrastre maldito…

No hay que olvidar que había un temporal de viento y nieve, que hacía que no se viera más allá de 15 metros. Y que, entre la niebla y los copos de nieve que chocaban con violencia contra la cara, hacían muy difícil ver algo más que los esquís de uno mismo y algún que otro cuerpo pasar cerca fugazmente.

Desistí poco después de terminar el curso. Entre otras cosas por un persistente dolorcillo en la rodilla derecha y, que todo hay que decirlo, porque me entró un gran desánimo al ver mi total inutilidad. Y porque el viento estaba empezando a ser algo así como vendaval…

La vuelta fue muy larga. Hay algo que no llego a entender de la gente. Te dicen que hay un temporal de nieve y que no se espera que amaine. Pero aún así la peña se sube a 1800 metros de altitud sin unas malditas cadenas. Y pasa lo que tiene que pasar… coches cruzados en la carretera, alcances, caravanas y grandes retenciones. Más de tres horas para hacer los 29 kilómetros que nos separaban de Jaca… para estar todavía a 5 horas de casa… una pasada.

Yo llegué casi a las 2 de la mañana a casa… la gente del autobús creo que siguen todavía de camino…

No aprendí a esquiar ni lo más mínimo. Pero lo volveré a intentar… seguramente.

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Yo soy montañero. Y lo digo sin ánimo de ofender a los montañeros. Pero hay una serie de actividades montañeras que no consigo seguir… y eso que pongo voluntad. Esta es la historia de cómo intenté aprender a esquiar una vez en Jaca. Los personajes: Un servidor, mi amigo Rico y Morena. Morena es la que cortó con el novio en Tailandia y que ahora está embarazada de ese mismo novio… por fin tiene mote (creo que, después de aparecer tres veces ya en la historia se lo merece).

A mí me gusta organizarme los viajes. No soy dado a agencias o a paquetes turísticos. Me gusta buscarme el alojamiento, regatear el precio de las actividades y, todo hay que decirlo, estar en todos los fregados. Llevo años así y no se me da mal del todo. Y a más experiencia mejores resultados. Pero esta vez me convencieron para ir a esquiar a Jaca, con un grupo organizado de una asociación juvenil. No estaba muy convencido, pero en fin. Eso sí, hasta asistí a la reunión que hicieron para explicar todos los detalles del viaje… donde conocí a uno de los monitores, tartaja para más señas (lo que alargó la reunión un poco)

Al final llegó el día del viaje pero, en lugar de ir en autobús, como estaba planeado (o lo habían planeado los organizadores del viaje organizado) decidimos ir en coche. Bueno, decidió Rico, por ese problemilla que tiene de claustrofobia y miedo irracional a todo vehículo que no conduzca él. Llevarnos el coche, a pesar de tener pagado el autobús y de que siempre es más descansado que te lleven a conducir, fue una medida que, a la postre, supuso la mejor decisión de todo el fin de semana. Así que empezamos el viaje con buen talante (algo que estaba muy de moda por aquel entonces), risas y demás. Incluso no nos importó, por que Rico se dejó el móvil en un cajero, comernos dos veces el atasco de salida de la ciudad. Pero había tiempo…

Paramos muchas veces (tomar algo, pipí, gasolina, cenar en Huesca capital), e incluso tuvimos alguna que otra aventurilla en una carretera junto a un desfiladero, existiendo otra mucho mejor, más nueva, y con menos hielo… pero el GPS, en su infinita sabiduría, nos metió esa carretera, que incluso los lugareños tenían olvidada, en mitad de una intensa nevada. Fue necesario ir practicando el maravilloso arte de poner las cadenas (casi tres cuartos de hora bajo la nevada), conducir derrapando y, sobre todo, ignorar al GPS asesino que insistía una y otra vez que giráramos a la derecha… precipicio abajo. En fin, que entre unas cosas y otras llegamos al albergue casi a las dos de la mañana.

Todo estaba a oscuras. Ni una luz iluminaba las viejas ventanas de la casa de cuatro pisos de ladrillo y la nieve del patio estaba virgen, lo que demostraba que ningún ser vivo había pasado por allí en horas… quizá días. Como el más valiente de la expedición (el único con linterna), me aventuré a la puerta… que estaba abierta y, en un papel escrito a boli ponía: “El albergue está abierto. Las habitaciones del grupo de Esquí, de la 9 en adelante”. Eso podría haberlo escrito el dueño del albergue, o cualquier psicópata aburrido… así que entré…

La escena del albergue era la viva imagen de la Típica Película De Adolescentes Que Mueren Uno A Uno En Cuanto Se Quedan Solos A Manos De Un Psicópata Y La Chica Grita Mucho Y Hay Sustos Cada Dos Minutos Y Una Mecedora Se Balancea Sola En Una Sala Polvorienta. Eso de abrir la puerta chirriante de una mansión del siglo XIX y dar pasos dubitativos en la oscuridad por un suelo de madera que cruje, no es apto para todos los corazones. Casi se esperaba ver el típico relámpago por las ventanas, y la palabra “Muere” pintada con sangre en las paredes… total que, mochila al hombro y linterna en frente (luz había, pero ya se sabe lo que pasa en las películas de terror y siempre viene bien tener a mi fiel frontal cerca), subimos las crujientes escaleras de madera buscando la habitación 9, la nuestra, situada en la tercera planta. Todo estaba tranquilo y no había ni un alma en todo el edificio.

La habitación era del tipo normal para una habitación de albergue. Por mobiliario tenía poco más que varias hileras de literas con cubrecamas y almohadas de dudosa higiene. Una, incluso, nos deseó las buenas noches al pasar a su lado. Pero ningún lujo (como por ejemplo una percha) ni ningún objeto decorativo. Nos repartimos como buenamente pudimos y nos dispusimos a esperar el autocar, deseando que la cosa no se alargara demasiado. Exploramos la casa, por si alguna habitación fuera más lujosa, pero casi todas las puertas estaban cerradas y, en fin, tampoco es que Rico o yo fuéramos tan valientes. Por fin, a las tres de la mañana aparecieron los organizadores del viaje con sus respectivas. Ellos también venían en coche y, al igual que nosotros, habían tenido algún que otro problemilla para llegar por el hielo. Según nos dijeron, el autocar todavía estaba en Huesca capital y se retrasaría en llegar mucho tiempo. Como en cualquier caso el desayuno era a las 8 de la mañana (esquiar siempre se esquía temprano) decidimos meternos en los sacos (sin tocar la colcha o la almohada) e intentar dormir lo máximo posible…

Mañana sigo…

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Hay gente que dice que mi trabajo es un chollo. Entro a la hora que quiero, salgo ocho horas después, no trabajo mucho, está muy cerca de mi casa y me pagan muy bien. Sólo lo podría mejorar si me quedara todo el día en el sofá y me mandan el cheque por correo. Lógicamente no puedo decir nada en contra de todo esto… porque es verdad. Pero por alguna extraña razón, no estoy a gusto.

Quizá esa sensación venga por el hecho de que no me siento integrado en la plantilla. En realidad soy una especie de bicho raro. Podría decir que soy el único que sabe leer de todos, pero eso sería exagerar un poco. Claro que mis compañeros saben leer… sólo que no lo hacen desde segundo de EGB. Así que no les pidas que te manden un correo con las comas o los puntos en su sitio… bueno, y con las bes y las uves correspondientes. ¿Y qué son los acentos? Pero en fin… eso es ponerse un poco exquisito. Pero como yo no veo grandes hermanos, ni islas de famosos, ni nada de ese estilo (en realidad ya no veo la tele), no veo casi fútbol y leo libros raros… apenas tenemos de qué hablar… aparte de trabajo.

Creo que esto es lo de menos. En realidad el principal motivo por el que no me encuentro a gusto es mi jefe. A ver… ¿Cómo lo defino? Imaginad un niño de seis años, hijo único para más señas. Caprichoso, enfadica, envidioso, chinche y maleducado. Ahora le ponéis cuarenta años más, aproximadamente 100 kilos de peso y un metro ochenta u ochenta y cinco de estatura. Así es mi jefe.

Si está de buenas, es aceptable. Hace bromas de muy mal gusto, sobre todo a las chicas, y se ríe a grandes carcajadas él solo. Por supuesto se cree un tío muy gracioso. Y no digo que lo sea… pero me pasa como con los Morancos… no le veo la gracia. Desconoce el manejo del teléfono interno y llama a la gente a grandes gritos desde el despacho. Eso sí… con suerte se tira todo el día hablando por el móvil y deja a casi todo el mundo en paz.

Si está de mal humor… si está de mal humor se nota, porque entra como una exhalación y, en lugar de decir un “buenos días” como todo el mundo, grita “Me cago en la ostia”, o “Estoy hasta los huevos” y da un portazo en la puerta de su despacho que hace retumbar hasta las ventanas. La cosa puede quedarse ahí (y cuando digo cosa me refiero a él) o puede ser peor: Puede salir del despacho. Y si eso ocurre da igual que dios protector tengas… porque seguro que esa deidad encontrará más interesante perder su omnipresencia por un rato que interferir en su ira. Se planta en medio de la sala, al estilo de Jonh Wine a punto de participar en un duelo, y mira a todos los presentes… buscando una victima sobre la que descargar su furia… Esto suele pasar cuando a él le dan un toque los de arriba, claro. O cuando ha tenido bronca con su mujer. Una vez estaba tan de mal humor que tiró el móvil contra una pared y una de las piezas que salió volando dio en mi monitor. Podría haberme dado a mí… con lo que me habría pillado la baja y conseguir lo que le falta a mi trabajo para ser perfecto: que me manden el cheque a casa sin moverme del sofá.

Así que muchas cosas dependen de cómo esté este hombre de humor. Las vacaciones son una de estas cosas. Y las vacaciones son, precisamente, lo que le pedí el viernes. Existe la particularidad de que la empresa, por alguna razón, no cree que los trabajadores tengan derecho a un mes de vacaciones. A lo sumo dos semanas. Y las otras… las otras ya veremos. Nadie, excepto la dirección, se ha cogido tres semanas de vacaciones… y menos seguidas. Así que debía elegir el momento con mucho cuidado. Al final el momento me eligió a mí: era el último día para pillar los billetes, así que tendría que ser lo que la diosa fortuna quisiera.

El viernes entró mi jefe y dijo:

– Buenos días.

Y yo pensé que esa era mi oportunidad. Me levanté de mi sitio y me acerqué a su despacho, no sin cierto temor. Estaba hablando por el móvil. Eso podía ser malo… si le daban una mala noticia habría un portazo… o cosas peores. Así que me quedé por allí cerca, disimulando, mientras esperaba el momento de meterme en el despacho y pedir mis tres semanas de vacaciones. Por fin colgó y vi como se metía en el Messenger (No lo he dicho, pero a veces se tira horas enteras chateando). Tenía que ser rápido…

– Jefe… ¿Puedes hablar?
– Si. ¿Qué quieres?
– Bueno… venía a pedirte las vacaciones… Me miró de reojo en plan “Si estamos en febrero…”
– ¿Para cuando?
– Para octubre…
– Ah, bueno, si es para octubre… vale. Dos semanas, ¿no?
– No, tres… – Puso cara de no. Iba a decir que no. – Es que me voy al Nepal.
– ¿Nepal? ¿Y qué se te ha perdido a ti en el Nepal?

Dicen que en el amor y en la guerra no hay reglas. En el amor al menos no. Y yo soy un enamorado de mi tiempo libre. Así que tenía que conseguir ese viaje como fuera… sin perder la dignidad, se entiende. Así que mentí. Sí amigos. Mentí como un bellaco.

– Es que tengo un amigo montañero. Está preparando una expedición al Annapurna, para subir hasta la cumbre… – Mi amigo es tan montañero como puedo serlo yo y, desde luego, no pretende subir a ningún pico.
– ¿Y tú vas a escalar un pico de esos?
– No, hombre, no. Para eso hace falta mucha preparación y muchos meses de aclimatación… yo sólo le acompaño hasta el campamento base… a 5.000 metros. Y son dos semanas de marcha por el Himalaya… así que sólo con dos semanas de vacaciones no es suficiente… necesito tres, para el viaje hasta allí y la aclimatación… ya sabes…
– Ya… claro… pero…
– Es que para los que nos gusta el monte, ir al Himalaya es como jugar en primera división… con los grandes…
– Vale, vale. Concedido…

No pude salir de su despacho con una enorme sonrisa de oreja a oreja. No sólo porque ya tengo las vacaciones que quería. Tampoco porque visite un lugar al que he querido ir desde siempre. Tampoco porque sea una gran aventura de la que seguro saldrán mil y una historias. El motivo de mi alegría era que había conseguido algo que nunca antes había logrado otro ser vivo (al menos en mi empresa)…

Tres semanas de vacaciones.

En cierta forma me sentí como Edmud Hillary al coronar el Monte Everest

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La Real Academia de la Lengua Española define un Reencuentro como “Acción y efecto de reencontrar”. O volver a encontrar… si me permitís el juego de palabras. Y el encuentro es, también bajo la misma fuente, “Dicho de dos o más personas o cosas: Hallarse y concurrir juntas a un mismo lugar.”

Y eso fue, más o menos, lo que no hicimos Huracán y yo el viernes.

Dicen que el 28 de diciembre es el día de los santos inocentes. Es una fecha en la que, tradicionalmente, se gastan bromas al personal. Y precisamente a broma me sonó lo que Huracán me dijo por la mañana… que no venía. No porque no quisiera, sino porque no había encontrado billete hasta el día siguiente. Y eso trastocaba mis planes. Mis planes de verla… claro.

Al final no consintió que me quedara a esperarla por la mañana. Y eso que insistí (y los que me conocen saben que puedo llegar a insistir mucho). Apenas llegaría a tiempo para entrar a trabajar y no podríamos vernos demasiado. Y tenía razón al decir que sería tontería que me quedara en casa esperándola mientras nuestros amigos estaban en la casa rural que teníamos alquilada esperando la llegado del último día del año. Sobre todo teniendo en cuenta todo el tiempo que llevábamos planeándolo. Y ante semejantes argumentos no me pude negar, a pesar de las muchas ganas que tenía de verla.

Así que me fui el mismo viernes por la tarde, con mi amigo Almanzor y un jamón de seis kilos, y otros tantos de carne de la mejor calidad en el maletero, camino de una casa rural perdida de la mano de Dios. A un pueblo del que nunca había oído hablar y del que sólo tenía una idea de cómo era por las fotos por satélite del Google Maps. Con todo, llegamos perfectamente y dio comienzo a una fiesta de fin de año de cuatro días.

Pasaron las siguientes dos noches casi sin darme cuenta, entre buenas charlas, grandes comilonas y algún que otro paseo por el campo, como era de prever estando rodeado de tan buenos amigos. Cabe destacar la mañana en la que la dueña de la casa nos trajo un conejo vivo para que lo viéramos (como si fuéramos de algún lugar lejano donde no hay conejos vivos). También destacaría “los cuernos” que le puse a Huracán con una chica preciosa de enormes ojos azules. La chica en cuestión, hija de unos amigos, tiene nueve meses y nos pegábamos entre todos por tenerla en brazos o hacerla cucamonas.

Y llegó el gran día. Por fin. El último día del año y el de la tan ansiada reconciliación. Mi idea era irme poco después de la comida, una vez hubiera descansado lo suficiente, y hacer el camino de día, ya que no me gusta conducir de noche. Además, había buenas noticias desde el Hospital… Huracán se había arreglado con una compañera y podría salir a las ocho y media, lo que nos daba un buen margen de maniobra.

Antes de continuar, permitidme un pequeño inciso. Lentillas este año no estaba con nosotros. Ella había optado por celebrar el fin de año en casa, con su familia y, aunque había prometido pasarse por la casa rural un día a hacernos una visita, algún hecho inesperado se lo impidió. Posiblemente el que estuviera Ironmán con los Ironkids en su casa pasando el fin de semana pudo ser determinante. Pero no creo que fuera la única razón.

Dado que Lentillas es una de esa personas especiales a las que siempre gusta ver, y porque de camino del Hospital pasaría por la puerta de su casa, la llamé poco antes de salir… por si quería que me pasara a saludar y a felicitarle el año en directo. Y, la verdad, me quedé un poco preocupado, porque parecía tristona. Le dije que no me costaría nada y tampoco pretendía quedarme mucho rato. El tiempo justo par darle un beso y poco más. Pero insistió en que era mejor que no fuera. Incluso dijo que “No le venía bien”. Se despidió con un “ya te contaré” que no me ayudó a dejarme tranquilo precisamente.

Pensando en estas cosas pasé las dos siguientes horas de conducción, ya que no había nada que escuchar en la radio, excepto estática, dado que el CD del coche no funciona. Tardé un poco más porque hice exactamente el mismo camino que haría a la vuelta, fijándome en todos los puntos de referencia posibles. Nada podía estropear la noche, y menos el que me perdiera. Incluso llevaba en la guantera dos vasos con 12 uvas cada uno por si ocurría algo y nos las teníamos que tomar bajo el cielo estrellado en alguna cuneta perdida, y con los 12 pitidos del móvil en lugar de las 12 campanadas.

Tras pasar un rato por casa para ver a mis padres y a uno de mis hermanos (que ya estaba por allí) y rechazar unas cuantas veces unas galletas con cabello de ángel que había hecho mi madre para mis amigos (ya había suficiente comida en la casa como para alimentar un pequeño estado), salí zumbando dirección al Hospital. Al final tanta prisa no fue necesaria, porque Huracán se retrasó un poco.

Decir que estaba preciosa sería faltar gravemente a la verdad. Quizá podría afirmar que era la cosa más bonita que había visto nunca, si no fuera porque el haber estado tanto tiempo separados nublaba mi mente. Y así se lo dije, después de besarla casi con la pasión propia de un preso recién salido del presidio. Una condena corta, vale, pero una condena es una condena.

La hora y media que pasamos en el coche se esfumó rápidamente. Y aunque nos echamos unas buenas risas y la conversación era muy animada, estaba concentrado en la conducción y admito que corrí un poco más de lo que suelo hacerlo. Principalmente porque ya conocía el trayecto y porque no quería hacer esperar a mis amigos. Y también porque parecía que en el mundo sólo estábamos nosotros dos, y un cielo cada vez más estrellado, a medida que nos alejábamos de la civilización. Casi no nos cruzamos con nadie en todo el trayecto.

Y llegamos de nuevo a la casa Rural… pero eso es algo que contaré con todo lujo de detalles mañana.

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