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Un barquero de Phewa Tal

Un barquero de Phewa Tal

Por la mañana temprano alquilamos una barca para cruzar el lago Phewa Tal (200 rupias sólo por la ida), que nos dejó en un pequeño embarcadero a los pies de un camino que se adentraba en la selva, de árboles enormes llenos de lianas y, seguramente, mucho bicho lleno de patas. Decía la guía que ese camino llevaba hasta la Pagoda de la Paz Mundial, uno de los lugares más turísticos de Pokara. En lugar de alquilar un vehículo que nos llevara hasta la mismísima Pagoda, decidimos hacer el recorrido andando por la selva.

Las tranquilas (aunque un poco sucias) aguas del Phewa Tal

Las tranquilas (aunque un poco sucias) aguas del Phewa Tal

Viajero 1 – turista 0.

Reconozco que yo ya estaba un poco harto de andar y esas casi dos horas de caminata cuesta arriba me sobraron un poco. Así que refunfuñé y maldije como un viejo cascarrabias al que despiertan de la siesta unos niños jugando a la pelota. Llegamos a la famosa Pagoda y, la verdad, me quedé un poco como estaba (aunque mucho más sudado y cansado). Ni siquiera las vistas desde lo alto eran interesantes, casi no se veía el lago y las nubes tapaban todas las montañas. Nos hicimos la foto de rigor e iniciamos el camino de regreso.

La Pagoda de la Paz mundial

La Pagoda de la Paz mundial

Viajero 1 – turista 1.

En lugar de volver por la selva hasta el embarcadero, decidimos bajar por la otra vertiente de la montaña hasta la carretera y, allí, buscarnos la manera de regresar a Pokara. No anduvimos mucho cuando un autobús multicolor y de bocina estridente nos dio alcance. Hicimos señas y paró para recogernos. Digamos que en Nepal cualquier parte es buena para poner una parada de autobús: basta con que haya alguien que quiera subir.

La cascada del Diablo

La cascada del Diablo

Viajero 2 – turista 1.

Nos cobraron 50 rupias por un trayecto de 10 minutos y, a juzgar por las risas de la gente, nos debieron de cobrar más de la cuenta. El caso es que nos dejaron justo enfrente del lugar donde queríamos ir: Las cascadas del Diablo. Otro de los lugares marcados por la guía como visitables. Pagamos religiosamente la entrada y vimos desde un mirador como una cascada de más bien reducidas dimensiones entraba en una cueva estrepitosamente. Comparada con cualquier otra cascada vista hasta ese momento durante el trekking, esta parecía de juguete. Estaba, claro, atestado de turistas.

El pozo de los deseos

El pozo de los deseos

Viajero 2 – turista 2.

Un poblado de refugiados tibetanos no quedaba demasiado lejos de allí, así que decidimos investigar antes de comer. Nepal debe de ser el único país del mundo donde sus refugiados viven mejor que la población autóctona. El pueblo tibetano recibe multitud de ayudas internacionales, por lo que sus casas y calles tienen un aspecto bastante mejor que las casas y calles puramente nepalíes. La verdad es que salimos un poco decepcionados de allí.

Un templo tibetano

Un templo tibetano. ¿Para qué sirven esas antenas?

Viajero 3 – turista 2.

De regreso nos perdimos por unas callejuelas y escuchamos lo que tenía toda la pinta de ser una oración multitudinaria. Se trataba de una procesión budista que terminaba en un templo, donde iniciarían un ritual. Cobraban por entrar y nos sonó a espectáculo para turistas y, como estábamos hambrientos, decidimos no entrar y buscar un sitio donde comer. El lugar elegido fue un vegetariano. Pero no imaginéis un vegetariano con sus mesas, sus manteles y demás. El vegetariano era un chiringuito junto a la carretera, muy cerca de donde nos habíamos bajado del autobús, donde un muchacho de poca edad regentaba el negocio familiar. Comimos muy bien, la verdad, rodeados por Hindúes y Nepalíes. La carta no era muy extensa. En realidad no había carta. Sólo había que apuntar con el dedo lo que querías comer. Decidimos probarlo todo y pedimos una cosa de cada, y un plato de fideos fritos para cada uno (Nuddels). Picaban como si se hubieran entrenado para ello toda la vida. Me gustaron especialmente una especie de rosquilla fritas.

Nuestro vegetariano (y sin mujeres de por medio)

Nuestro vegetariano (y sin mujeres de por medio)

Viajero 4 – turista 2.

Al terminar queríamos ver el mercado viejo y el mercado nuevo, situados en el centro de Pokara. Viendo el mapa podría ser una caminata de dos horas fácilmente, así que negociamos un precio con una furgoneta para que nos llevara (25 rupias por persona). Era una especie de Taxi compartido, porque había como 15 personas en la furgoneta, y el “cobrador”, avisaba a la gente para que se fueran subiendo más. Tardamos algo menos de 20 minutos en llegar al mercado nuevo.

Venta de cereales, en el mercado nuevo, Pokara

Venta de cereales, en el mercado nuevo, Pokara

Viajero 5 – turista 2.

El mercado nuevo es un mercado como cualquiera de los nuestros. En realidad es como si fuera un mercadillo, porque, además de las tiendas normales (para ellos), había cantidad de puestos ambulantes. Vendían comida, ropa occidental y otros objetos, como sartenes o pinzas para la ropa. Vimos juguetes de plástico, cacerolas, o medias de señora. Todo el mundo con esa costumbre tan Nepalí de llevar los fajos de dinero en la mano.

Una tienda de menage del hogar, en el mercado viejo, Pokara

Una tienda de menage del hogar, en el mercado viejo, Pokara

El mercado viejo era otra cosa. Tenía como base claramente la arquitectura Newar, de paredes de ladrillo y tejados de pizarra, aunque los productos que vendían eran muy parecidos, si no iguales. El entorno, eso sí, era más pintoresco. Mientras paseábamos por las callejuelas vimos multitud de pequeños altares y estupas en chiquitito, con restos de ofrendas florales y alguna que otra vela encendida.

En lugar de coger otro taxi para regresar al Lakedide, bajamos andando por las calles de la ciudad. La parte no turística de Pokara es completamente diferente al Lakaside: son todo casa bajas de dos plantas como mucho, con el consabido local comercial en el bajo. Hay mucha gente por la calle, pero casi todo el mundo está sentado, dejando la vida pasar. Nadie nos ofreció cuencos tibetanos o bálsamo de tigre. Lo único, algún taxista que otro nos ofrecía sus servicios (que sinceramente me habrían venido muy bien, porque no tenía ganas de seguir andando).

Viajero 6 – turista 2.

Por la noche elegimos un restaurante al azar del Lakeside, uno que estaba cerca del hotel, con vistas al lago y en el que había bailes regionales. Bebimos cerveza y comimos comidas no tan típicas. Entre pecho y espalda me metí un costillar de cerdo con salsa que me supo a gloria bendita, del que sólo quedaron unos cuantos huesos pelados. Recuperé el apetito, y eso era una gran noticia, al menos para mí.

Especias y colorantes

Especias y colorantes

Viajero 6 – turista 3.

Al día siguiente nos levantamos tarde y desayunamos unos cruasanes rellenos de chocolate y unos cafés capuchinos (dos por cabeza) en una cafetería alemana, sentados en una terracita acogedora cerca del lago, en Lakeside, el barrio de los turistas. Charlamos, vimos fotos y leímos la prensa local, la que estaba en inglés. Un largo desayuno la mar de relajado.

Cualquier momento es bueno para ver la caja del dia

Cualquier momento es bueno para ver la caja del día

Viajero 6 – turista 4.

Con el estómago lleno acudimos a la casa de masajes que habíamos visto el día anterior. Estaba al final de unas escaleras estrechas y lo regentaba un nepalí menudo y fibroso. Nos hicieron descalzar y tumbar en unas camillas y empezaron con un masaje muy completo. La lástima fue que a los chicos nos lo dio un tío y a Lentillas una muchacha de muy buen ver (que podía haber sido al revés, digo yo). Durante el masaje descubrí que tenía muy cargadas las piernas, la espalda y el resto del cuerpo. Eso sí, me quedé la mar de relajado (más o menos).

Pedazo costillar de Cerdo

Pedazo costillar de Cerdo

Viajero 6 – turista 5.

Después del masaje, fuimos otra vez a comer y, para terminar con un día completo de relax, después de compras. Había que empezar a mirar los regalos para la familia y algunas baratijas. Quien no quiso recorrer los miles de puestos de recuerdos, cuencos tibetanos y pañuelos de pasmina, se dedicó a conectarse a Internet o simplemete vegetó hasta la hora de la cena. Cena que fue en otro restaurante completamente diferente a los que habíamos visitados. Con un brindis terminamos nuestra jornada de relax en Pokara.

Viajero 6 – turista 6.

Al día siguiente cogeríamos un autobús y volvíamos a las andadas. Pero eso lo contaré en la próxima entrada.

Para concluír, un par de fotos que me gustan especialmente.

El Machhapuchhare en un espectacular atardecer

Un espectacular atardecer

El resto de las montañas en un espectacular atardecer

El resto de las montañas en un espectacular atardecer

Como siempre, las fotos se ven más grandes haciendo clic en ellas. El vídeo corresponde a parte del trayecto hasta el mercado nuevo. Lo he puesto por varios motivos: porque se ven las calles muy bien (hasta una vaca comiendo basura), porque se oye la música que lo invadía todo y porque se aprecia otro detalle muy Nepalí… el fajo de dinero en la mano. Por cierto, los actos que he indicado que eran de turistas o de viajeros están un poco cogidos por los pelos. Mi intención fue el empate. Vosotros podéis tener vuestra propia opinión (y expresarla).

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El valle del Kali Gandaki Nadi

El valle del Kali Gandaki Nadi

Desde Muktinath hasta Jomson había una buena tirada. Algo así como 20 kilómetros, la distancia más larga que hicimos durante todo el recorrido. Después de haber hecho cima el día anterior, ahora casi todo el camino era cuesta abajo, pero aún así la sensación era de estar haciendo una especie de extra, los minutos de la basura. El único aliciente era el cambio de paisaje: ya no estábamos en una selva sino que había arena y tierra hasta donde la vista se perdía. Pero las ganas de terminar de una vez por todas de andar eran grandes. Si a eso le añadimos que íbamos por una carretera (o lo que ellos entienden por una carretera, porque asfalto, lo que se dice asfalto, no había), el camino se hizo incómodo. Cuando nos cruzamos con el primer vehículo atestado de gente hasta el techo, nos dimos cuenta de que llevábamos casi dos semanas sin ver un coche, y el mismo tiempo sin oír un claxon. Los momentos de paz habían terminado.

Camino de Jomoson

Camino de Jomoson

Pronto llegamos al cauce seco de un río. En realidad era el cauce de la época monzónica, pero estando otra vez en la estación seca, el río transitaba por su cauce habitual. Estábamos cerca de Jomson, la ciudad del viento. Algo así como Detroit, pero en Nepalí y mucho más pequeño. Y sin tantas fábricas de coches. Chewan nos dijo que sobre las diez y media de la mañana empezaba a soplar un viento muy fuerte en la zona. Y el viento, como todos los acontecimientos meteorológicos en Nepal, fue puntual a su cita. Junto con la puntualidad británica de las nubes a la hora de tapar el Machhapuchhare (siempre a las 9 de la mañana), estas cosas nos dejaban un poco boquiabiertos.

Caminando por el lecho (seco) del rio

Caminando por el lecho (seco) del río

Los últimos kilómetros de la vuelta a los Annapurnas fueron incomodísimos. El viento nos daba en la cara y masticamos tierra. Apenas podíamos hablar, porque el ruido del viento era ensordecedor y mantener la boca abierta para decir una “a” suponía tragar entre kilo y kilo y medio de arena. Bueno, a lo mejor no tanta. Pero después de haber caminado con barro, nieve y hasta piedras, el cambio a la arena y el polvo fue muy desagradable.

El aeropuerto de Jomson

El aeropuerto de Jomson

En Jomson está el aeropuerto de la zona. Desde allí volaríamos a Pokara en un vuelo interno, y empezaríamos la segunda parte de las vacaciones. O sea, las vacaciones en sí (el turismo y la buena vida). La peculiaridad de la región es que el viento sopla todo el día, excepto la franja entre el amanecer y las 10 u 11 de la mañana. Por eso, durante esas pocas horas, los aviones realizaban todos los vuelos posibles transportando gente o enseres. Y por eso teníamos que estar a las 7 de la mañana en el aeropuerto.

El mostrador em embarque

El mostrador de embarque

Allí nos cachearon y obligaron a abrir las mochilas… aunque cuando encontraron una navaja simplemente la devolvieron a su dueño. Supongo que pensarían que nadie en su sano juicio intentaría secuestrar una de esas avionetas. Reconozco que, tras hacer cumbre, la experiencia de la avioneta era la que más me llamaba la atención. Claro que, en mi imaginación, la avioneta era más pequeña, inestable y bamboleante de lo que al final resultó ser. Nuevamente tuvimos mucha suerte y el tiempo fue inmejorable para volar. El Annapurna I se encontraba despejado junto a la pista de despegue y pudimos fotografiarlo y grabarlo a placer, mientras esperábamos nuestro avión, y durante el vuelo. Ni por un momento se me pasó por la cabeza que pudiera repetirse el accidente que unos días antes ocurrió en la zona del Everest

Annapurna I

Annapurna I

En la pista de despegue, a punto de embarcar

En la pista de despegue, a punto de embarcar

El Annapurna I dio paso al Machhapuchhare, la montaña pirámide, lo que nos indicaba que habíamos llegado a Pokara, con su lago Phewa Tal, de aguas tranquilas invitando al baño. Nuestro guía se despidió de nosotros en cuanto nos dejó en el Hotel, en el barrio turístico del Lakeside, plagado de tiendas, hoteles y restaurantes. Y cambiamos a un guía que casi no hablaba, por un director de hotel que no se callaba ni bajo el agua, y que tenía un extraño y asombroso parecido con cierto ex presidente del gobierno de gracioso bigotillo. Incluso nos sentimos como George Bush, por la cantidad de reverencias que nos hacía.

Arrozales por toda la montaña, vistos desde el avión

Arrozales por toda la montaña, vistos desde el avión

Y ahí empezaron las vacaciones de las vacaciones. O las vacaciones dentro de las vacaciones. Aunque si alguien piensa por un momento que no volvimos a andar, se equivoca: uno no puede ser montañero y pasarse mucho tiempo tirado a la bartola. Lo intentamos, eso sí, pero no lo logramos.

Pero eso lo contaré en la siguiente entrada, que he titulado adrede: ¿Viajero o turista? En honor de mi buen amigo Blas, el viajero más insatisfecho que conozco.

En un momento del vuelo

En un momento del vuelo

Como de costumbre, para ver las fotos a un tamaño razonable, sólo hay que hacer clic en ellas. Hacedlo, porque valen mucho la pena. Sé que siempre digo lo mismo, pero es que es verdad.

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Llegamos a Katmandú un sábado por la tarde, hora local. Como ya he contado, aquello nos pareció que era una locura de tráfico y de gente. Sobre todo de tráfico. Al día siguiente, domingo, paseando por las calles nos pareció que la cosa estaba mucho más tranquila. Infinitamente más tranquila. En nuestra ignorancia lo achacamos a que era domingo y que, claro, los domingos no se trabaja… ni se mueve el coche. Pero esa no era la razón. La razón por la que el domingo no vimos tantos coches ni tanto ajetreo de personas fue porque montaron una huelga general en Nepal. No me interpretéis, mal, no es que los nepalíes protestaran por nuestra llegada, todo lo contrario… nos recibieron con flores en el cuello. El motivo de la huelga general fue la protesta por los continuos cortes de luz.

Por cierto, además de la falta de movimiento por las calles durante el domingo, la huelga general nos afectó directamente de otra manera: la estación de autobuses (de turistas) no emitió billetes, y esa fue la razón por la que nos vimos obligados a coger aquella especie de lata de sardinas con ruedas. Para que luego no digan que no nos integramos con las costumbres locales.

Por lo que pude averiguar, el sistema eléctrico de Nepal es muy deficiente. Apenas tienen centrales eléctricas y el suministro no les puede llegar a todos a la vez. Por eso han montado un sistema de cortes controlados por zonas. O sea, ellos saben a qué hora les toca la luz en su zona, y esperan pacientemente a que esta llegue para enchufar lo que quiera que necesiten enchufar. Por eso en Manang, por ejemplo, ponía que la conexión a Internet empezaba a las 5 de la tarde (cuando era posible), porque a esa hora les tocaba el suministro de energía en la zona (cuando era posible).

Era curioso ver, sobre todo cuando no sabíamos esto, cómo en el lodge de turno donde dormíamos durante el trekking, la gente esperaba pacientemente sentada a oscuras a que llegara la luz, e iniciaban una frenética actividad (que consistía básicamente en hacernos la cena) hasta que se volvía a ir.

Hay que ayudar en casa

Hay que ayudar en casa

Estos cortes de luz afectaban tanto a las aldeas pequeñas que atravesábamos durante la ruta, como a ciudades más grandes, como el mismo Katmandú o la turística Pokhara. Aunque en algunos establecimientos tenían generadores eléctricos para mantener el servicio activo cuando se producían los cortes. Pensaréis que me refiero a hospitales… pero nosotros lo vimos en los cyber… qué cosas. Para el nepalí común esos cortes significan, principalmente, que no pueden tener, pongamos por ejemplo, neveras… con lo bien que vienen para mantener la comida fresca. Otra consecuencia es que no hay tampoco televisión. Así que, ¿Cómo se entretienen los nepalíes cuando se va la luz? No se puede ver la tele, ni escuchar música, ni leer… si siquiera pasear, porque tampoco hay alumbrado público… ¿Qué hacen cuando se va la luz?

Hacen hijos.

Estaba más concentrada en el caramelo que en los Annapurnas...

Estaba más concentrada en el caramelo que en los Annapurnas...

No había visto tanto niño pequeño desde que hice la prestación social en la Ludoteca… y entonces tampoco había tantos. Por poner un ejemplo, en la primera aldea en la que dormimos, que no tendría más de 50 casas en el camino principal y no había muchas a la vista ente los campos de arroz del llano, nos contó un tendero con el que hablamos que al colegio local iban 300 niños. Es España hay pueblos el doble de grandes y el número de niños se cuenta por decenas.

Traviesos son un rato

Traviesos son un rato

En las zonas rurales no iban al colegio en esa época, porque todavía tenían vacaciones. La razón, la recogida del arroz, que es en octubre… hay que echar una mano en casa. Pero en Katmandú no era nada raro ver a montones de niños de uniforme (con corbata y todo) camino del colegio. A veces en ordenadas filas de a uno, dirigidos por algún mayor. Otras, en grupos dispersos. Pero a diferencia de España, dónde no se ve un niño solo sin la presencia de un adulto, en Nepal los niños estaban a su aire en la calle. Y eso, teniendo en cuenta que para los habitantes de Nepal el semáforo es una forma simpática de colocar unas luces que, de todas maneras casi nunca funcionan porque no hay luz, es todo un acto de fe.

Niños jugando al billar nepali

Las canicas, ese juego universal

Una asignatura que dan en el colegio, seguro además, es el inglés… porque todos los niños con los que nos cruzábamos lo ponían en práctica. Nos llamaban a gritos y nos decían “Hello”… algunos hasta “How are you?” y cosas así. Algunas madres, a los más tímidos, los animaban a que nos saludaran o nos dijeran su nombre, el famoso “My name is…”. A mí me daban ganas de soltarme y decir lo de “My father is poor and my tylor is rich…”. Lo sorprendente es que algún renacuajo también chapurreaba el español, de hablar con los turistas…

Niños jugando al billar nepali

Niños jugando al billar nepalí

Otra cosa que nos llamó mucho la atención fue ver a los niños jugar a sus juegos. Desde las canicas de toda la vida de dios, con su qua y todo, pasando por la pelota, algo universal, a juegos más elaborados. Vimos uno muy curioso: se juega sobre un tablero con agujeros en las esquinas… muy parecido al billar, sólo que en lugar de bolas, hay fichas de plástico. El sistema es más o menos igual, con una ficha blanca que se “disparaba” como cuando jugábamos a las chapas, teniendo que meter todas las demás por los agujeros… si metían una y en el tiro siguiente no metían otra, la que habían metido primero la volvían a poner en el medio. Si no, se la quedaban. Evidentemente ganaba el que más fichas consiguiera tener.

No habia visto unas manos tan negras en mi vida

No había visto unas manos tan negras en mi vida

Cuando llegamos a zonas menos rurales vimos cómo los críos jugaban además a otro juego más elaborado todavía. Sobre todo porque en el juego había dinero. Y no me refiero al dinero de mentira del Monopoly… no. Dinero contante y sonante. Este juego se parece a la ruleta, pero en lugar de jugar con una bola y números, se juega con 6 dados. En un tapete hay dibujados 6 figuras, una por cada cara del dado. El juego es muy simple, aunque nos lo tuvieron que explicar porque no éramos capaces de sacar la lógica… entre otras cosas porque jugaban condenadamente rápido. Os lo explico. En lugar de figuras imaginemos que son números. Por ejemplo apuesto un euro a que salen al menos dos treses, poniéndolo sobre el tapete encima del tres, y la banca lanza los dados. Si sale ninguno o un único tres en los seis dados, la banca gana. Si salen dos o más treses, gano tantas veces mi apuesta como treses hayan salido (dos treses, dos euros, tres treses tres euros… y así). Evidentemente este juego lo vimos también jugado por adultos. Por cierto, estas timbas son completamente ilegales y desalojaban el corro en un abrir y cerrar de ojos en cuanto veían aparecer un guardia en lontananza.

El autentico grafiti nepali

El autentico grafiti nepalí

En resumen, creo que Nepal tiene un potencial humano tremendo, porque cuando estos niños se hagan adultos, la mayoría será bilingüe y tienen, por lo que pudimos ver, unas ganas enormes de aprender y una curiosidad infinita… por suerte, cuando esto ocurra, habrán arreglado los problemas de electricidad y, seguramente, tendrán televisiones en todas las casas… así que pararán de hacer hijos… o sea, se habrán modernizado como nosotros.

Próxima entrega: Nepal (7) – La hora de la verdad

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Éste artículo es inédito en Internet. Nadie, repito, nadie, ha hablado de éste tema con anterioridad, ya sea por pudor o por educación. Yo carezco de estos dos atributos. Así que pretendo ser un faro que ilumine a los demás caminantes que quieran pasar una temporada en Nepal. Evidentemente no está en la línea de los anteriores artículos, no cuento shocks culturales, ni viajes en autobús. No describo el trekking ni hay fotos de las montañas más altas del planeta. Hablo de baños y de lo que se puede hacer en ellos. Ahí os lo dejo.

La fuente económica principal de Nepal es el turismo. En realidad, la única. Posiblemente haya más gente en Benidorm en el verano que en Nepal durante todo el año, principalmente porque el gusto por la montaña y el trekking es minoritario. Según datos oficiales, el año pasado, sólo 30.000 personas hicieron La vuelta de los Annapurnas. No es mucha gente. Aún así, las instalaciones “hoteleras” se van modernizando poco a poco, con la intención de cuidar al turista occidental. Pero poco a poco. Esto es lo que escribí en mi diario de mi paso por Pisang:

03/10/2008

El agujero

El agujero

Hoy he llevado al extremo el concepto del huevo-ducha. Hasta el momento había sido sólo huevo o sólo ducha, pero no había juntado el proceso. Principalmente porque no había encontrado un baño con ducha. O lo que ellos entienden por baño y por ducha, claro. Para hacerse una idea de lo que significa ir al baño en Nepal sólo hay que imaginarse un agujero en el suelo, añadirle dos soportes para poner los pies (un lujo que no está en todos los sitios y que denota la calidad del establecimiento) y, con suerte, un ventanuco. Y mucha voluntad por parte del interesado. Y ya. Ni papel higiénico, ni posibilidad de leer el prospecto del champú. Sólo una tinaja lleva de agua y un cazo para… bueno, para tirar de la cadena. Es curioso que haya atravesado medio mundo para descubrir en Nepal por qué se llama inodoro a la taza del váter. Por eso… porque es inodoro… vamos, que no huele. Y esa cualidad, la de no oler, no se puede aplicar al baño nepalí. Si tienes suerte, lo han limpiado antes y huele menos… pero eso es una especie de leyenda urbana, porque no hay ningún caso documentado. Además del olor, lo peor es la postura… intentando mantener el equilibrio, sin tocar nada (porque todo está sospechosamente mojado) y con los pantalones remangados…

Y la ducha... un baño completo

Y la ducha... un baño completo

Luego está lo de la ducha. Normalmente consta de una regadera por la que sale el agua, un grifo de agua fría y un grifo de agua fría. A veces hay un tercer grifo que tiene agua fría. Los primeros días, cuando estábamos a menos altitud, ducharse con agua fría era hasta gracioso, algo pintoresco que contar a los amigos, pero ahora, que ya hemos pasado los 3.000 metros de altitud y hace frío en cuanto dejas de andar, lo del agua fría no tiene ni puñetera gracia […]

Llenando los depósitos del tejado

Llenando los depósitos del tejado

Lo he dejado tal cual… más que nada porque tiene la gracia de la espontaneidad del momento. Digamos que usé mi libreta para desahogarme un poco, porque ese día me quedé pajarito y agudicé un resfriado que empecé a incubar en Tal, después de otra ducha de agua fría. No me podía escandalizar, porque en realidad sabía que la higiene corporal durante el trekking estaría difícil. Hay poca información en Internet y la que yo manejaba, de primera mano por un amigo que había estado en abril, no era muy halagüeña… según él, la higiene corporal era más bien inexistente. Así que iba armado con unas toallitas para bebés “por lo que pudiera pasar”.

A esto le llamo yo ahorrar espacio... y tiempo

A esto le llamo yo ahorrar espacio... y tiempo

Lo que pasó es que, hasta el día de aclimatación, me duché todos los días. Unos, con agua fría, otros, con templada. A partir de allí, las condiciones fueron empeorando, a la par que el tiempo, lo que hizo que decidiera usar las toallitas a la espera de un entorno más propicio. En total fueron 4 días sin meterme en la ducha. Los cuatro días más duros, que todo hay que decirlos. Lo bueno es que todos hicimos lo mismo, así que todos apestábamos por igual.

Ya en el hotel de Katmandú nos chocó que no hubiera plato de ducha, ni bañera, ni nada… un sumidero en una esquina y poco más. Y eso que era un hotel, aunque no de los buenos. En los lodges durante la ruta la cosa no mejoró mucho. Lo que se ve en las fotos es una muestra representativa de lo que nos hemos ido encontrado por allí.

Un último ejemplo

Un último ejemplo

Una cosa que me hizo gracia fue que la mayor parte de los lodges tenían como reclamo para el caminante las palabras “Hot shower”, pero sin especificar si era una especie de broma de mal gusto. Para confirmarlo, algunos lodges tenían el letrero “Real hot shower”. En realidad sí que había agua caliente… “solar hot shower”, o sea, un bidón de 500 litros en el tejado, calentándose al sol. Así que el cartel era cierto, si ese día había hecho sol y si eras el primero en ducharte. Porque si eras el segundo… el segundo tenía agua templada y una ducha rápida y, a partir del tercero, barra libre de agua fría. Toda la que quisieras tener para ti solito… directamente del río. Obviamente todo tiene una explicación. La leña es escasa a cierta altura. Además, el gobierno no permite cortar leña por el peligro de deforestación que hay. Así que el combustible que se suele usar es el gas. Y el gas hay que llevarlo a lomos de caballos… así que es caro. Por eso se usa para lo imprescindible, o sea, para cocinar. Y lo de la ducha es completamente secundario.

Por cierto, y por terminar con el tema… a partir de los 4.000 metros, sustituí el huevo-ducha por el frigo-huevo… supongo que no tengo que dar más explicaciones… ¿No?

Próxima entrega: Nepal (6) – ¿Qué hacer cuando se va la luz?

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El glaciar del Gangapurna, desde Manang

El glaciar del Gangapurna, desde Manang

Mi madre tiene una memoria pésima. Bueno, pésima siempre que no sea algo que le haya hecho, que entonces recuerda todos los detalles por insignificantes que estos puedan ser. Aunque eso es una característica común de las madres. Lógicamente cuando les conté a mis padres que me iba de vacaciones a Nepal, a la región de los Annapurnas, no podía saber que a finales de Mayo moriría allí Iñaki Ochoa de Olza, un montañero español, después de varios días de agónica cuenta atrás y con las noticias todo el día dando el parte de salud. Así que mi madre asoció Annapurna a la palabra muerte… y para qué queremos más. Y dio igual que le dijera que nos quedaríamos a 2.000 metros de donde murió Iñaki. “Edema pulmonar” empezó a ser una palabra común en nuestras conversaciones. Y no se le fue de la cabeza. Todavía hoy me pregunta qué es lo que se me perdió a mí por Nepal, habiendo tantas cosas que ver en España… ¿A que no has visto el monasterio de Piedra?

Panografica de los Annapurnas

Panografica de los Annapurnas

Annapurna y pagoda

Annapurna y pagoda

Los Annapurnas no son una montaña. Son seis, que reciben todas el nombre genérico de su pico más alto, el Annapurna, de 8.091 metros de altura. A este le llaman en Annapurna I, y le siguen el II, el III y el IV… luego decidieron que eso de numerar montañas no estaba bien y, a las dos que quedaban, decidieron darles otros nombres, como Gangapurna (porque debe de ser muy sencillo llegar a la cumbre) y Annapurna sur. La más alta es la I y es la que normalmente se suele coronar. Pertenece a los 14 ochomiles, y será el último que Edurne Pasabán escalará para consagrarse como la primera mujer en lograr los 14 ochomiles.

Annapurnas y Manis... otro gran clásico

Annapurnas y Manis... otro gran clásico

Al salir de Lower Pisang (el Villabajo del anuncio), a las siete y media de la mañana, había algo en el ambiente que nos decía que ese día sería espectacular. En realidad lo que hizo espectacular ese día no fue lo que había, sino lo que no había… ni una nube en el cielo. Y tampoco había un camino pedregoso que nos hiciera tropezar y caer. Incluso todo el rato era un plácido llano, una altiplanicie que le llaman. Así que podíamos darnos por completo al vicio de mirar… montañas. Los Annapurnas III y IV, para ser exáctos… y la puntita del primero, que todo hay que decirlo. Y fue sencillamente espectacular. Lo malo es que las fotos no hacen justicia…

La puesta de sol

La puesta de sol

No es de extrañar que invirtiéramos más tiempo del necesario en llegar a Manang… pero es que cada dos por tres había que sacar una foto. Creo que me dio tortícolis. La llegada a Manang fue mirando hacia arriba… menos mal que no había barrancos durante el camino, porque lo más seguro es que alguno de nosotros terminara en el fondo de alguno. Por cierto, la foto en la que salgo sin gafas, que es la que tiene el Annapurna al fondo, todavía no me la han pasado… así que, de momento, tendrá que esperar. Eso sí, en cuanto la tenga, reeditaré este post para añadirla y con ello contentar al clamor popular.

Una instantanea por la tarde

Una instantanea por la tarde

PD.- En realidad toda esta información es sólo de relleno. Hoy, lo importante, son las fotos… especialmente la panografía de los Annapurnas. Es la unión de 17 fotos, con un pequeño grado de transparencia y en diferentes posiciones. Me ha llevado unas cuantas horas realizarlo, pero tiene muy buena pinta. El original tiene un metro y medio de largo y medio metro de alto… y lo colgaré en casa.

Próxima entrega: Nepal (5) – Un post escatológico

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Este es un relato de ficción. O sea, no está basado en nada que yo haya vivido (como resultará obvio al final del relato). Sigo con la temática que han iniciado Ana con su relato Viajar, Crariza Un viaje más y Pat con su relato El viaje y el amarillo, sobre (obviamente) viajes.

Renno odiaba viajar. Era algo superior a sus fuerzas. Y no es que tuviera miedo a ver cosas nuevas, o contemplar otros cielos… ni siquiera se trataba de que le molestase conocer gente nueva. Esas cosas le producían cierta curiosidad. No era por eso. Más bien lo que le producía esa sensación de desasosiego era dejar la quietud de su hogar. Se sentía seguro en sus cuatro pareces, con sus cosas, sus tesoros, dispuestos en un completo y sistemático orden. Porque cada cosa tenía su lugar y cada lugar su razón de ser. “Quizá sean las manías de la edad” se decía… pero sabía que no era eso…

Urg, el mandamás, vino a visitarle. Urg no era el típico mandamás, no era como otros mandamases que Renno había conocido. Este sabía escuchar a su gente. Miraba como si de verdad le interesara lo que oía cuando se le estaba hablando, incluso parecía que se preocupara por los problemas ajenos… era cordial y siempre intentaba minimizar los conflictos que el prolongado invierno traía.

– Sé que estás nervioso, Renno. – Le dijo Urg nada más verle.
– ¿Por qué tenemos que irnos?
– Ya lo hemos hablado… tenemos que irnos… todos se están marchando.
– Pero no quiero… estoy muy bien aquí.
– ¿Te quedarías tú solo?
– Claro… – Pero la duda reinaba en los ojos de Renno al decir esto.
– ¿Y quien te conseguiría la comida? Tú no sabes…
– Bueno, yo…
– Además, el grupo depende de ti… de tu habilidad. Eres importante para nosotros… para nuestra supervivencia.
– Lo sé… pero…
– ¿Dejarás que los otros mueran, Renno?
– No… pero…
– Sabes que tengo razón…
– Sí, Urg, la tienes… siempre la tienes… pero estoy nervioso. Iré, claro que iré. Aunque no me guste.

Renno salió fuera y observó a la gente ir de un lado para otro. Un grupo de gente se estaba encargando de amontonar todo lo que no se llevarían con ellos. Respiró una profunda bocanada de aire y notó los característicos olores del que había sido su hogar. Allí había sido feliz… al menos hasta hacía poco. Hasta que empezó la crisis, la enfermedad y la muerte. Hasta que murió Ardi… su compañera. Ya nada fue igual.

Y ahora había llegado el momento de partir.

Se introdujo en su cuchitril, en su hogar, y dispuso sus pequeños tesoros delante de él. Se lo llevaría todo, si por él fuera. Pero el camino sería largo y sólo se podía llevar lo indispensable. Cada objeto le traía un millón de recuerdos. Tenía en la mano un pequeño juguete. Era la cabeza de un caballo tallada en un hueso. Era increíblemente realista y se notaba que Ardi había dedicado muchas horas para hacerle un regalo que le gustara. Ella era así de detallista. El caballo se lo llevaría seguro. Y sus herramientas… sin ellas no era nadie. Preparó un hatillo y fue metiendo algunas cosas…

Todos estaban fuera, preparados para iniciar el viaje. Todos miraban a Urg, aguardando a que diera la orden para abandonar su hogar, pero nadie esperaba grandes palabras. No era el momento de un discurso. Era un momento triste y todo estaba ya dicho.

– Adelante… – Dijo Urg. Y comenzó a andar hacia el norte. Ese sería ahora su camino. Siempre… al menos hasta que encontraran un nuevo hogar.

Renno se volvió y miró unos instantes a la cueva. Era el único hogar que había conocido y lo que le hacía sentirse seguro. Era donde había aprendido a tallar la piedra y donde se había ganado un reconocimiento como maestro tallador, incluso entre cuevas vecinas. Allí había conocido a Ardi, su compañera, su mujer. Allí había sido feliz… y ahora lo dejaban todo y marchaban al norte, al otro lado del glaciar… ese glaciar que los más antiguos decían que estaba casi pegado a la cueva en invierno, pero que no se veía ya…

Desde que había escaseado la caza todo había ido de mal en peor… ya no hacía tanto frío y los mamuts no se veían… “cómo ha cambiado todo” pensó.

– ¡Maldito cambio climático!- gritó en voz alta.

Y siguió al grupo.

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