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Posts Tagged ‘vodka’

Mis grandes amigos del instituto, mis grandes amigos ahora, aunque nos veamos poco y hablemos menos, son Bob el silencioso y Panceta. Especialmente este último, con el que siempre he compartido sentido del humor y forma de ser. Incluso llegamos a ser familia durante un breve periodo de tiempo…

Panceta y yo nos hicimos amigos de la manera más tonta: En clase de pretecnología en el muy lejano 2º de BUP. Empezamos a discutir sobre un posible proyecto de tren de alta velocidad con forma de bala. Totalmente subterráneo e impulsado por aire comprimido. El diseño era mío y él me intentaba hacer ver los más que posibles problemas de rozamiento y, sobre todo, del movimiento rotatorio incontrolado de la bala que afectaría a los pasajeros y a sus estómagos. Discutimos durante un buen rato y, a partir de ese momento, nos hicimos inseparables.

El tren nunca llegó a ser más que una idea genial y un dibujo en la última hoja del cuaderno de pretecnología.

Los años del instituto pasaron más o menos volando y los de universidad más rápido todavía. Y, tras todas las prórrogas habidas y por haber llegó el momento de ser sorteados para la mili. Él, que no estaba trabajando, decidió ir voluntario al destino que fuera, para quitárselo de encima lo antes posible. Bob y yo, que trabajábamos en el mismo sitio, optamos por la objeción de conciencia. Al final el halo de buena suerte funcionó, y nos adjudicaron destino a nosotros antes que a él.

A él le tocó la brigada paracaidista, en Murcia. Lo segundo peor que le podía tocar a alguien con el graduado escolar. Al menos estaba en la península… pero según decían, era un destino de tipos duros, más duros que los legionarios. Panceta es lo más lejano a un tipo duro que hay… yo, al menos, tengo espaldas anchas… pero él… en fin. Lo iba a pasar muy mal.

Había que quemar Roma, o en su defecto, nuestro pueblo. Así que el último fin de semana antes de que se presentara en el cuartel, salimos a celebrar la despedida. Sólo tíos… y a beber. Fuimos a nuestro bar, a nuestro sitio en la barra, a nuestro rincón. Ese bar era la sede de la pandilla y pagábamos menos de la mitad de las consumiciones que tomábamos. Había muy buen rollo con las camareras y con el dueño y siempre estábamos allí metidos.

Empezamos a beber y empezamos fuerte: unos tequilas. Unos tequilas con toda la parafernalia propia de los tequilas: lametón en el dorso de la mano, sal, el chupito de un trago y limón, para quietar el sabor amargo. Y brindis va, brindis viene… “Por panceta”, “Por las Bripac”, “Por la madre que nos parió”… lo malo que tienen los tequilas es que son una bomba de relojería programada para explotar a los 15 minutos exactos. Tú te tomas el primero y va directo al estómago. Unas risas con el que se ha atragantado, pedir más limón, etc… y a los cinco minutos te tomas el segundo. Más risas, más limón… y te tomas el tercero… en ese momento entra el alcohol en sangre del primer tequila y llega al cerebro.

Te pones en estado puntillo incipiente.

Te tomas el cuarto tequila de la noche… el más divertido de todos, y entra en acción el segundo que te tomaste, un cuarto de hora antes. Lo sientes como un subidón desde el estómago, y la cara te enrojece.

Entras en fase de Puntillo.

Más risas y más limón. Hace dos tequilas que te tenías que haber parado… de haber sido responsable. Pero ya es demasiado tarde, porque engulles el quinto chupito… justo en el momento de estallar el tercer tequila en tu cerebro y es cuando pierdes el control por completo. Ya no hay vuelta atrás.

Estás borracho.

A los tequilas siguieron otros combinados. Vodca con limón, porque yo tomaba vodca por aquella época. Y un cacharro tras otro. Habíamos perdido la noción del tiempo y del espacio. Sólo había caras difícilmente reconocibles y un vaso misteriosamente siempre lleno.

Recuerdo los dos últimos pensamientos conscientes de la noche. El primero, cuando mi amigo Amadeus se caía hacia atrás inconsciente al terminar su cubata. Fue algo así como: “Joder, qué mal va este”. Y el segundo, justo en el momento de apurar de un trago todo mi cubata recién puesto: “Joder, qué mal voy”.

Me desperté en la cama. En mi cama. Y no, no había una mujer a mi lado. Ni mujer, ni animal ni cosa. Solo. Es más, tampoco estaba en pelotas, sino todo lo contrario… tenía el pijama puesto. Empecé a ponerme nervioso… yo no duermo nunca con pijama. Me devané los sesos intentando recordar lo ocurrido durante la noche… pero no había recuerdos de ningún tipo. Solo un gran vacío en blanco entre el momento de apurar el cubata de un trago y el despertarme… no sabía qué había pasado, cómo había llegado hasta allí y lo que es peor, quien me había puesto el pijama. Y la gran incógnita: No sabía si mis padres se habían enterado.

Una conversación al otro lado de la puerta me resolvió alguna de las dudas.

– ¿Se ha despertado Baco ya? – Dijo mi padre
– No, todavía no. – Respondió mi madre.

Baco, el dios del vino… había pocas dudas ya. Mis padres se habían enterado.

Lo que ocurrió fue lo siguiente (yo no lo recuerdo, pero he montado la historia en base a los testimonios de testigos de los hechos). Tras perder el conocimiento Amadeus, y seguirle yo mismo, cayeron Panceta y, en menor medida, Bob el silencioso. Los del bar pidieron ayuda para sacarnos de allí a unos conocidos, que nos dejaron en el parquecillo de al lado del bar. Pidieron ayuda a las chicas de nuestra pandilla, que pululaban por allí. Ellas no supieron que hacer con nosotros… tipos grandes y borrachos. Se dieron algunas escenas un poco engorrosas para el que está escribiendo la historia (pero para que os hagáis una idea estaba implicada la chica que me gustaba por aquel entonces… al menos una de sus piernas, y yo aferrado a ella en el suelo del parque).

Decidieron llevarnos a urgencias.

Allí pasó lo que tenía que pasar… no nos pusieron la inyección porque no estábamos en coma, pero llamaron a nuestros padres, que casi era peor. Y fueron desfilando uno a uno por allí. Los padres de Panceta se cabrearon mucho, sobre todo porque él había perdido las gafas. El mío no le dio mayor importancia y entró divertido en el centro de salud. Los padres de Amadeus montaron una escena (de la que su hijo, con una mancha oscura muy sospechosa en el pantalón no se enteró). El único que se libró fue Bob el silencioso… el más delgado de todos y el que más y mejor aguantaba el alcohol… ¿Quién lo habría dicho?

A mí me llevaron a casa y mi hermano ayudó a mi madre a ponerme el pijama. El resto es historia. Mis padres no me dijeron nada. No hubo bronca ni charla ni nada de nada. Simplemente me dijeron que intentara no volver a hacerlo. Eso sí: Mi padre estuvo bastante tiempo con la bromita de “¿Tendré que ir a buscarte hoy?” cada vez que salía…

La bronca me la echó la madre de Panceta. Una monumental bronca, como si el culpable de que él se fuera a Murcia fuera mía. Y no, yo no le puse una pistola en el pecho para que bebiera… al final la sangre no llegó al río.

Lo curioso es que durante algunos meses, había gente que me saludaba por la calle y, en ocasiones, me miraban y se reían…

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Yo sigo con la historia de Boris.

1991 fue un año más tempestuoso en el este de Europa si cabe que 1990. Concretamente en Rusia, que es donde se desarrolla el capítulo dos de esta historia, estaba sufriendo cambios drásticos. Muchas repúblicas soviéticas se declararon independientes, dada la perdida de poder de Moscú. Incluso hubo un golpe de estado para terminar con Mijaíl Gorvachov (recordareis la famosa imagen de Boris Yeltsin en lo alto del tanque frente al parlamento soviético). Esto ocurrió en septiembre y yo aterricé en Moscú en una fría mañana de Octubre con una maleta repleta de ropa de abrigo, y 200 dólares americanos en el bolsillo, pero sin saber demasiado sobre golpes de estado o Perestroika.

Los españoles, que somos más chulos que un ocho, además de devolver la visita de una semana a la familia rusa, nos dedicamos a viajar otra semana por las ciudades principales del bloque soviético: Moscú y San Petersburgo. Tato, el profesor de ética y música, y otros dos profesores, eran nuestros acompañantes. Visto con la perspectiva que da el tiempo puedo afirmar que les pagamos dos semanas de vacaciones a los tres profesores porque, la verdad, no les vimos mucho el pelo. Y así pasó… las 7 noches de hotel fueron una orgía constante en la que el vodka barato (no porque fuera malo, sino por el rublo devaluado) corría como si de ríos se tratase. Aprendí a base de mucho sufrimiento a jugar al duro. Miles de neuronas murieron en ese empeño…

Pasamos tres días en Moscú viendo lo típico que se puede ver en esta ciudad. Tengo que admitir que no tengo demasiados recuerdos de este viaje (por lo del duro que comenté antes, y porque dormía de día) y se encuentra entre mis grandes cagadas de la historia. Pero qué le vamos a hacer… tenía 16 años y era el primer viaje interesante sin mis padres… una especie de fin de curso. Sí que recuerdo, muy vivamente además, que comí una de las mejores hamburguesas de mi vida en plena plaza roja de Moscú… en un McDonalls situado enfrente del mismísimo Kremblin. También recuerdo un viaje por el metro de Moscú, donde conocimos a una niña octogenaria de la guerra civil. Nos enseñaron iglesias ortodoxas, museos, el circo ruso y la ópera, donde recuperé una buena parte del sueño perdido la noche anterior.

La estancia con la familia de acogida, los padres de Boris, empezó de la peor manera posible. Nos habían dado una charla sobre lo pobres que eran en ese momento, por la inflación galopante que sufrían, pero lo terriblemente hospitalarios que se mostrarían. Nos pidieron que no despreciáramos nada de los que nos pusieran para comer, por mala que fuera la pinta, por mucho que se moviese o apestase, porque posiblemente hubieran dilapidado una buena cantidad de dinero para agasajarnos. Un dinero que no tenían.

Así que yo me dispuse a engullir cualquier cosa que me pusieran. El problema es que “cualquier cosa” incluye también una de las cosas que más odio en el mundo: Las berenjenas. Y la buena mujer me puso una bandeja repleta de tal manjar. Y cuando digo repleta, me refiero a todo lo repleta que puede ponerse una bandeja cuando se dispone de información de primera mano sobre las cantidades de comida que hacen en la casa de uno… y Boris vio que en mi casa podían comer perfectamente 20 cosacos hambrientos… y no quisieron ser menos. Yo engullí esas berenjenas como si fuera la comida más buena del mundo, aguantando las arcadas en cada bocado y achacando las lágrimas que corrían por mis mejillas a lo sabroso del plato…

Los 7 días que pasé en Sverdlovsk se caracterizaron porque no paramos ni un minuto y por ser la temporada más larga que me mantuve sobrio durante ese viaje. Aprendí que la gente se apiñaba en el transporte público como si fuera el último tranvía del mundo, que el precio de las cosas es relativo al lugar donde estés (un taxi costaba unos 25 rublos, un 12% del sueldo medio, pero sólo 75 pesetas de entonces), que el frío lo fabrican en Siberia (10 grados bajo 0 en los primeros días de octubre) y de lo importante que es no perder un guante en esas circunstancias. También comprobé que en un Lada entran 15 españoles, si la alternativa son dos horas andando a 10 grados bajo cero. Entre otras muchas actividades vimos la línea no tan imaginaria que separa Europa de Asia (con la gracia incluida de pisar con cada pie en cada continente) y, en general, descubrí que la vida en el bloque comunista era muy triste y carente de luz, y que yo tenía más dinero de bolsillo que todos los habitantes del feo bloque de viviendas donde vivía Boris.

Mi relación con Boris empeoró por momentos, y su faceta de caradura estaba mucho más desarrollada que cuando vino a España. Aún así tengo que reconocer que se esforzó por ser un buen anfitrión. Una tarde me llevó a casa de un amigo suyo cuyo padre era el equivalente ruso al estraperlista de aquí, para enseñarme los tres videos que tenía en el salón de la casa, uno encima del otro, conectados a tres televisiones diferentes… supongo que para él eso era lo más de lo más. La verdad es que prefería otras compañías a la suya y sólo nos veíamos para regresar a su casa por la noche, después de las excursiones. No había posibilidad de salir por las noches (cosa que agradecí).

Nos despedimos una fría mañana de octubre, más fría que las anteriores, quiero decir, con un frío abrazo de despedida. Le entregué todos los rublos que me quedaban por las molestias y me marché con el firme convencimiento de que no le volvería a ver en la vida.

Fin de la segunda parte.

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