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Archive for 26 junio 2009

Esta tarde se celebra la despedida de soltero de Bob el silencioso. Y como ya conté en otra ocasión, estos acontecimientos son especiales. Al menos cuando el que se “despide” es un amigo de toda la vida. A Bob le conozco desde que tenía 13 años. Hace más tiempo que le conozco que lo contrario… así que Bob es un amigo de toda la vida.

Nosotros éramos cuatro. Los cuatro mosqueteros nos llamaba mi padre. Podría haber elegido los “cuatro fantásticos” pero mi padre ha tenido una educación basada en los clásicos. Y por clásicos me refiero a Roberto Alcazar y Pedrín y el Guerrero del antifaz. Zipi y Zape ya le pilló mayor.

Éramos inseparables aunque, como ciertas moléculas, combinábamos mejor de dos en dos. Panceta y Yo y Bob el silencioso y Amadeus. Ellos eran más de su misma cuerda y Panceta y yo nos entendíamos mejor.

El primero en caer fue Panceta. Me refiero a casarse. Pero como lo hizo en plan íntimo (y no me refiero a que se casaran en pelotas), como no hizo ceremonia ni nada (en el juzgado, una mañana… triste y fría mañana), como ni invitó a unas cañas un viernes por la tarde (ni ningún otro día), no hubo despedida de soltero. En realidad la cosa fe más o menos así:

Ring Ring
Diga?
Que me he casado
Ya?
Ya
Vale

Esa despedida de soltero la habría preparado con mucho cariño. Se suponía que Panceta era mi mejor amigo. Lleva ya casado más tiempo del que puedo recordar. En realidad eso es fácil… no le veo desde entonces… más o menos. Es que para su novia, perdón, para su mujer, yo era una mala influencia. Debe ser. No sé.

El segundo en caer fue Amadeus. Se casó con La Rubia. Y esa relación merecería un post entero. Y la boda otro. Sólo decir que ella se casó de rosa. Y fue una visión de esas que se te quedan grabada en la retina el resto de tu vida. La Rubia, por cierto, será testigo en la boda de Bob. Igual que yo. Sólo espero que no pidan hacer un baile entre testigos.

Tampoco hicimos despedida de soltero. Tendría que haberla organizado Bob, Amadeus es su mejor amigo, pero siendo sinceros, no sé si me gustaría ir a una despedida de soltero organizada por Bob. Es buen tío, pero es muy soso. Así que, o la organizó y no se lo dijo a nadie, o no la organizó. Aunque parezca mentira, la primera opción no es tan descabellada como parece. De la boda me enteré de milagro y, la verdad, fui por puro compromiso. Amadeus y yo no hemos hablado mucho en los últimos años. Vidas dispares, se llama.

El penúltimo en caer ha sido Bob el silencioso. En realidad no sé cómo ha ido la cosa. No he querido preguntar, la verdad. Pero me imagino que la escena fue, más o menos así:

Ella: ¿Nos casamos?
Él: (encogimiento de hombros)
Ella: Lo tomaré por un sí.

Y digo esto porque ha sido ella la que se ha movido para organizarlo todo. Y ha sido ella la que se lo ha dicho a todo el mundo. Hasta a mí., cuando lo lógico habría sido que Bob me lo dijera, a ser posible delante de unas cañas. Incluso ella me pidió que dijera unas palabras en el brindis… así que será mi segundo monólogo, parece. Esta será la boda que ella siempre soñó y en la que Bob habrá tenido muy poco que decir. Menos de lo habitual, se entiende.

El caso es que esta noche nos vamos de despedida.

Los tres mosqueteros (en realidad dos, porque Panceta, como de costumbre, tiene un compromiso previo de su mujer… ¿qué puede haber más importante que la despedida de soltero de un amigo de toda la vida? Seguramente ir al Carrefur o algo igualmente emocionante). Bueno, nos vamos de despedia los tres mosqueteros y…

El último Mohicano.

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La escena no podía ser más desalentadora. Ella, posiblemente guapa, con el rostro desencajado y llorando. Él, sentado justo enfrente, con cara de circunstancias. Ella sólo hacía que decir que no le creía. Al menos eso era lo que llegaba a nuestros oídos, sentados dos mesas más allá. Ni que decir tiene que seguíamos los acontecimientos con interés, y con disimulo.

Por lo visto él le había puesto los cuernos. Eso parecía deducirse de las palabras de ella. En realidad, ella creía que él le había puesto los cuernos, y él se defendía. Aunque no muy vehementemente. Simplemente estaba allí aguantando el chaparrón. A ver si escampa.

Ella se tranquilizó algo y empezaron un diálogo más pausado. Al menos en apariencia, porque desde lejos se destacaba la vena del cuello de ella, como el cartel de neón rosa de un club de carretera. Él seguía allí, esperando a que el temporal escampase.

Mi amiga decía que él era culpable. Que lo tenía escrito en la cara. Yo debe ser que no sé leer, porque no veía la culpabilidad escrita en la cara. Sólo una barba bien cuidada y un entrecejo peludo. Y una nariz un poco demasiado larga. Creo que mi amiga se veía reflejada en la escena. A lo mejor incluso se veía a sí misma sentada allí con la cara desencajada y la vena del cuello al 120% de su capacidad. Quizá por la solidaridad de género, todas las mujeres del mundo se verían allí, sentadas, llorando, delante del barbudo unicejo, echándole en cara su infidelidad más que manifiesta.

La solidaridad de género también actuó conmigo. Defendí ante mi amiga la inocencia del tipo. En realidad, casi como su abogado, defendí su no culpabilidad: No teníamos pruebas concluyentes de que hubiera adornado la, por otra parte, bonita cabeza de la chica con dos protuberancias óseas de considerables proporciones.

Pero en el fondo yo veía su culpabilidad, pero no en la cara. En sus actos. Me explico:

Supongamos que él no hubiera hecho nada. Digamos que se había tomado una copa con una chica y, al final, la hubiera acompañado a su casa. Corren tiempos peligrosos y no es bueno que una dama camine sola por la calle. Pero dos besos en el portal, castos y puros besos en la mejilla, casi sin contacto, apenas el gesto, y cada cual a su casa. Él, a ponerse una película en el DVD o, a lo mejor, ver un partido de balonmano de un equipo alemán contra uno griego en el canal de deporte. O sea: No hizo nada de nada.

Pues si no era culpable… ¿A santo de qué aguantar semejante escena, lloros y moqueos incluidos? Siendo, además, en público, en una concurrida cafetería del centro. Vamos, que si no era culpable sólo tenía que decirle “Yo no he hecho nada y todo está en tu cabeza. Así que vete a llorar a tu casa y, cuando te tranquilices, me llamas y hablamos como las personas humanas. Además, que dudes de mi fidelidad, de mi amor por ti, tú que lo eres todo para mí, mi vida… me duele…”

Veredicto: culpable.

No sé como terminó la historia. Nos fuimos antes del final.

¿Se reconciliaron?

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En tercero de BUP yo tenía una profesora de lenguaje a la que llamábamos “La Garrapata”. Era un mote heredado de cursos anteriores, así que muy bien no sé a qué venía. Unos decían que era por la inmensa verruga que tenía en la cara, de esas verrugas peludas que parecen tener personalidad propia, y una opinión bien formada sobre política. Una verruga hipnótica que, aún sin tener con qué hacerlo, te da la sensación de que te está mirando… y no bien, precisamente. Otros decían que la llamaban así porque era ligeramente contrahecha y pequeña. Y fea como su mote. Yo me inclino a pensar que simplemente alguien le puso ese mote porque le pareció especialmente desagradable.

Lo cierto es que con ella mis posibilidades de aprobar se podían equiparar a las de un emigrante recién llegado del África más profunda, sin saber castellano y, posiblemente, con alguna deficiencia auditiva aguda. Algunas sillas sacaban mejores notas que yo. Con ella todo el mundo estaba suspenso y, al menos en mi caso, no hacía falta que demostrara lo contrario. En realidad a mí no me preocupaba lo más mínimo suspender lenguaje… a fín de cuentas yo siempre he sido de ciencias. Pero a mis padres nunca les gustó que yo suspendiera nada, así que cada vez que llevaba las notas a casa había conflictos generacionales en los que siempre se terminaba oyendo “jovencito, yo a tu edad ya estaba trabajando”. Pero no sólo por el lenguaje, sino por el resto de asignaturas que suspendía, que no eran pocas. Nunca fui un alumno muy aplicado.

El tercer trimestre “La Garrapata” se puso mala. Ese hecho supuso que corrieran muchos rumores sobre las posibles enfermedades de la pobre mujer. Algunos realmente imaginativos. Al final resultó ser Hepatitis, lo que la mantuvo de baja durante el resto del curso. Para ella fue una mala noticia, pero para nosotros abría un resquicio a la esperanza. El profesor de sustitución que pone la compañía de seguros desde el kilómetro cero no podía ser peor que la señora de la verruga.

El profesor fue en realidad una profesora. Era joven y guapa. Pero sobre todo joven. Bueno, y guapa. Y entró en clase el primer día con un estilo diferente. Para empezar se sentó en la mesa del profesor con las piernas cruzadas. Se presentó y empezó a contarnos una historia sobre su primer día de clase en la facultad. Era una historia divertida, con algunos reveses y contada de una manera muy interesante. Ni que decir tiene que la clase se pasó volando. Ella había usado su presentación para enseñarnos lo que haríamos el resto del trimestre: Escribir historias.

Ahí me ganó.

Por primera vez escuché palabras como “presentación-nudo-desenlace”, trama, relato clásico… comedia, drama. Yo había leído siempre mucho, pero jamás se me había ocurrido pensar que las historias se tienen que contar de una manera concreta, que hay una estructura, y que se viene haciendo de la misma manera desde siempre. Entre otras cosas porque no hay otra forma de hacerlo, sobre todo si se pretende que la gente se entere o no se aburra. Y, lo mejor de todo: los deberes eran escribir relatos. No hace falta que diga que esos deberes los hacía sin rechistar.

El primer relato que hicimos hubo que leerlo en voz alta delante de toda la clase. A mi grupo nos había tocado hacer un drama. Y en cierta forma era un drama. Visto desde lejos. Trataba sobre venganza de un poli al que matan a su compañero. Lo sé, no era muy sofisticado y, bueno, se han hecho mil y una películas sobre lo mismo. Algunas hasta aceptables y todo. Sobre todo las que no están hechas en Hong Kong. Ese relato tuvo dos cosas buenas.

1) Me pusieron un ocho. El primer ocho en lengua de la historia de la familia. Conseguí sacar más puntos con ese relato que la suma de todas las notas desde el colegio.

2) El rotundo aplauso de mis compañeros, y alguna que otra carcajada de la profesora (en los momentos en los que tenía que hacerlo). Algo que, sin duda, engancha…

El relato lo perdí. Al menos no lo encuentro. Pero ya se sabe… las madres lo guardan todo, así que posiblemente esté en el montón de papeles del trastero. Curiosamente el nombre de la profesora no lo recuerdo, aunque creo que no sería difícil averiguarlo. Si alguna vez consigo publicar alguna cosa… mejor… cuando consiga publicar alguna cosa, buscaré su nombre para dedicárselo… a fin de cuentas ella tendría parte de la culpa ¿no?

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