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Posts Tagged ‘anécdota’

Resulta que soy el más mayor de mi departamento. Es un formalismo, claro, porque hay una diferencia de dos años entre el más joven y yo. Podríamos decir que somos de la misma quinta. Más o menos. Lo único es que, a pesar de ser de la misma edad, a mí me parece que no encajo demasiado. Mientras otros compañeros miran tetas por Internet, yo leo blogs (lo que no quita que también vea tetas de vez en cuando)… a mí me encanta salir al monte cada vez que puedo, y a ellos jugar a la videoconsola. Para mí unas vacaciones es hacer un viaje al extranjero, para ellos ir a la parcela… así que no me siento demasiado integrado. Digamos que no creo que haga muchos amigos por aquí. Sin embargo, un día, ocurrió lo siguiente:

– ¿Te estás leyendo algo ahora?

La pregunta, de una compañera, me sorprendió mucho. Para que os hagáis una idea del nivel que hay, a mí se me considera un tipo raro en la oficina porque pongo los acentos en su sitio cuando escribo un correo electrónico. Es comprensible teniendo en cuenta que lo más sofisticado que se lee por aquí es la etiqueta del champú… porque en la oficina donde trabajo la palabra libro sólo se utiliza en la frase: “Yo libro el viernes”. Y, encima, se libra poco. Así que sopesé un poco la respuesta… podría mentir y decir “No, no me estoy leyendo nada”, o podía decir la verdad…

– Sí, claro siempre ando con algún libro… ¿Y tú?
– Estoy enganchadísima con una novela de Daniel Steel.
– No he leído nada de esa mujer… – Dije. Pero no por nada especial, simplemente no ha caído un libro de esa mujer en mis manos. Yo leo de todo y eso incluye novela seudo erótica para mujeres…
– Pues escribe genial. ¿Y qué te estás leyendo tú?

Se daba la casualidad de que en ese momento me estaba leyendo un libro de los difíciles. La Iliada, de Homero, pero con anotaciones a pie de página de un historiador, explicando un poco el contexto histórico. La respuesta no pretendía ser pedante, ni quería dármelas de culto, porque no lo soy. Así que dije:

– La Iliada
– No lo conozco… ¿Es de algún escritor famoso?
– La Iliada… de Homero…
– No sé quien es… ¿Ha escrito alguna otra cosa?
– Sí claro… La Odisea
– Tampoco lo conozco
– Que sí, mujer, que lo conoces seguro… ¿Te suena el nombre de Ulises?
– No
– ¿La guerra de Troya?
– No
– ¿Aquiles?
– No
– Pero si han hecho una película… sale Brad Pitt… ya sabes… los griegos contra los troyanos, el rapto de Helena… el Caballo de Troya, eso seguro que sabes qué es…
– Es que yo no me gusta la Historia.
– ¿No has visto la película?
– No lo recuerdo. Creo que no.
– ¡Pero si se le ve el culo a Brad Pitt! – Lo sé, un argumento lo más opuesto a la literatura que existe… pero me pareció que con ese dato recordaría la película…
– No…

Ahí se terminó la conversación. Ella encontró algo interesante que mirar en el otro extremo de la sala y yo se lo agradecí. Me pareció increíble que una chica de 31 años no supiera de lo que la estaba hablando. Llamadme ingenuo, pero pensaba que todos tenemos más o menos un mínimo de cultura general… no hay que haberse leído la Odisea para saber que existe, creo yo. Ya veo que no.

Esta chica será madre en unos pocos meses. ¿Cuántas probabilidades habrá de que su hijo lea la Iliada?

Acepto apuestas

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Preparando el viaje a Nepal, además de intentar aprender el Nepalés básico de supervivencia, me estoy repasando los nombres de las principales cumbres y otros accidentes geográficos. Y, de paso, les echo un vistazo desde el aire. Como lo de volar siempre se me ha dado muy mal (digamos que soy un hombre de costumbres y procuro no despegar mucho los pies del suelo) aprovecho la tecnología que ha puesto a nuestro alcance el todopoderoso Google para hacerlo. Soy un enamorado del Google Maps y del Google Earth.

Es impresionante como se puede recorrer las calles de Katmandú con un simple clic, o ascender a la cumbre del Everest sin sudar ni un poquito así. El Google Earh permite ver el terreno en tres dimensiones, con sus diferentes altitudes, y resulta espectacular admirar la cordillera del Himalaya, aunque sea en el ordenador. Incluso se puede programar para que simule el vuelo que hará el avión desde Madrid hasta Doha, y de Doha a Katmandú. Y te puedes posicionar en cualquier parte del mundo dándole unas coordenadas GPS.

El caso, y de lo que quería hablar realmente, es que parece mentira cómo el GPS se ha implantado en nuestras vidas. Ya lo tiene cualquier hijo de vecino. Hasta mi padre lo considera indispensable… claro que mi padre es propenso a perderse. Digamos que si hay dos posibles caminos para ir a un sitio, él escogerá una tercera opción que no se había contemplado y que le llevará a un sitio completamente diferente. Así que, cuando viaja con mi madre, que es siempre, había bronca asegurada… hasta que le regalamos el aparatito.

Yo, de momento, me resisto a ponerlo en el coche. Hasta ahora no me ha hecho falta, sobre todo porque me preparo los viajes de antemano y me saco el itinerario perfectamente detallado en papel. Cuando callejeo por la gran ciudad uso el truco de “ya saldré a alguna calle gorda” y así me oriento. Por cierto, tengo una anécdota divertida con un GPS.

Hace algún tiempo íbamos a Gredos a pasar el fin de semana, Atenea, Almanzor, Rico y yo. La idea era pasar la noche en el Refugio Elola y hacer alguna ruta por allí. Como siempre pasa, Rico llevó su coche (no le gusta ir de copiloto) y, por supuesto, llevaba el GPS puesto. Y no es que lo necesite, porque Rico es la persona con mejor sentido de la orientación en carretera que conozco. No era la primera vez que íbamos y el camino a Hoyos del Espino, la “puerta” a Gredos, era conocido de sobra. Pero íbamos con el GPS, que mola más.

En un determinado momento, muy cerca de nuestro destino, el GPS, con la voz de mujer, dijo: “Coja el próximo desvío a la derecha”. Y, claro, Rico cogió el desvío…

– Oye, Rico… me parece que por aquí no es… – Le dije – Me suena que se tenía que seguir recto.
– Si lo dice el GPS…

Y seguimos por la carretera. Sólo que la carretera empezó a llenarse de baches. Pero seguimos por la carretera. Sólo que la carretera empezó a estrecharse y a llenarse de maleza. Pero seguimos por la carretera. Sólo que la carretera dejó de ser carretera y se convirtió en camino…

Y el camino terminaba en un río. Y allí nos paramos, claro. Al otro lado del río continuaba la carretera y, a la sobra de un gran árbol sentado en unas piedras, había un anciano lugareño, de esos de garrota en la mano y boina enroscada en la cabeza. A sus pies, un perro meneaba el rabo frenéticamente. Me bajé del coche e inspeccioné el río, para ver si podíamos cruzar. Era poco profundo y todavía había zonas en las que se notaba el asfalto, aunque estaba cubierto de arenilla y piedras. Rico salió también y corroboró mi opinión: podríamos cruzar. Aún así me quedé fuera, supervisando las operaciones. En cuatro zancadas en otras tantas piedras, crucé al otro lado y me quedé cerca del lugareño.

– Buenos días – Me dijo
– Buenas…
– Qué… vienen con GPS, ¿No?
– Si, me temo – Dije un poco desconcertado, al escuchar la palabra GPS de un anciano lugareño.
– A todos los de la ciudad les pasa lo mismo… ésta es la vieja carretera a Hoyos del Espino… lleva en desuso hace años… la nueva sigue todo recto en el desvío… pero el GPS les manda por aquí.

Y yo me estaba imaginando que el pasatiempo de este hombre era sentarse allí cada fin de semana y ver como los de “la ciudad” cruzaban el río. No lo sé con seguridad, pero creo que en el pueblo llevan un marcador y hacen porras cada fin de semana, para ver cuantos urbanitas nos damos de bruces con el río…

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Yo me he definido a mí mismo, en el primer post, intentando no ofenderme (como decían Faemino y Cansado en su espectáculo), como un tipo del montón. Ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco (esto era así cuando empecé, pero ahora tiro más a uno de los lados… y no al bueno, me temo). El caso es que omití un pequeño detalle, a lo mejor intencionadamente, no lo niego. Resulta que tengo la tendencia de no pasar desapercibido.

El año pasado, por estas épocas más o menos, fui a la piscina, como he hecho hoy mismo. No fue un día especial. Un montón de largos de un lado para otro sin otro propósito que el de cansarme. Todo muy normal. Después, lo típico, veinte tíos en pelotas en las duchas intentando no mirar más abajo de la cintura y, sobre todo, intentando no rozarnos lo más mínimo al enjabonarnos. Me temo que me he explicado muy mal. Cada cual se enjabonaba a sí mismo… ¿Vale?

Total que, teniendo en cuanta que lavar el pelo largo lleva su tiempo y que siempre he apurado al máximo el rato en la piscina, me encontraba el último en la ducha. Y, cuando salí, sólo quedaba otro tío secándose. Por supuesto no nos dirigimos la palabra… es que mi religión me impide hablar con tipos desnudos. No sé…

El tipo salió sin despedirse ni nada. No me preocupó. Bastante tenía yo con peinarme la melena. Zis, zas, cepillo va y cepillo viene. Como cada vez que hacía eso me planteaba la posibilidad de cortarme el pelo. Y de pronto…

Puf. La luz se apagó.

Por supuesto ni me inmuté. Me había pasado otras veces. Así que seguí liado en lo mío, con el cepillo, pero sin poder mirarme en el espejo. El problema vino cuando escuché claramente lo que sonaba exactamente igual a como sonaría el cierre metálico de la puerta principal al ser echado. Así que metí mis cosas atropelladamente en la mochila y salí escopetado hacia la puerta principal. La puerta principal de la piscina. La misma puerta principal de la piscina que ahora estaba cerrada.

Por suerte la luz de la entrada estaba encendida, sólo habían apagado las luces de los vestuarios, lo que me permitió investigar el recinto. Tenía que haber otra salida en alguna parte. Las llaman salidas de emergencia… y que me aspen si aquello no era una emergencia. Tardé dos minutos en encontrarla… sólo que no daba exactamente al exterior, sino que daba a la piscina de verano. Luego sólo tenía que saltar una valla. Pero estaba el recinto a oscuras, un recinto que no conozco y, en fin, nunca se me dieron bien las vallas… tenía que encontrar otra solución.

Podría llamar a alguien. A la policía, a protección civil, a los bomberos, al ejército… a quien fuera. Claro que, bueno, el móvil estaba en el coche, y el coche, perfectamente aparcado a la puerta de la piscina. Digamos que había un pequeño problema de ubicación espacial de difícil solución. Pero en un sitio tan grande seguro que había un teléfono. Pensaba en estas cosas cuando…

Puf. La luz de todo el edificio se apagó.

La verdad es que en ese momento me sentí como el amigo graciosote del protagonista de una película de adolescentes que mueren uno a uno de las formas más imaginativas y violentas que un guionista hasta las cejas de coca pueda imaginar (A ver quien tiene huevos a leer esta frase en voz alta). Cabría esperar que un tipo con chubasquero y un pincho en la mano apareciese en cualquier momento.

Un pequeño reflejo llamó mi atención. La taquilla tenía el reflejo de una luz parpadeante y de colores que cambiaban a intervalos regulares. Y como era la única fuente de luz y todos sabemos que la luz nos reconforta y da seguridad, me dirigí hacia allí. Era el protector de pantalla del ordenador. Y junto a él, un teléfono. Y pegado en un post it amarillo, una lista de teléfonos móviles.

Llamé al primero que aparecía en la lista. Quizá sea por defecto profesional, pero lo hice no porque pensara que era el más importante, sino porque era el primero. Y me respondieron casi inmediatamente.

– ¿Sí? – Una voz masculina al otro lado.
– Hola, buenas noches – No hay que dejar que una situación, por tensa que sea, nos haga perder la educación.
– ¿Eres un bañista? – Supongo que conoció el número pero no reconoció la voz.
– Me temo que sí.
– ¿Y qué haces ahí?
– Pues eso me gustaría saber a mí…
– Espera, no te muevas, que vamos a sacarte de ahí ahora mismo…
– Descuida, no creo que me mueva mucho…

A los cinco minutos estaban abriendo la puerta de la piscina. El que me había dejado encerrado y al que había llamado… que resultó ser el jefe.

Se deshicieron en perdones y se disculparon como mil veces hasta que me monté en mi coche. Resultó que el portero le preguntó al tío que estaba secándose si quedaba alguien dentro. Y el otro, muy avispado y observador, dijo que no, que no quedaba nadie dentro. Así que el portero cerró el recinto.

Habrían venido de todas maneras porque mis movimientos por dentro del edificio hicieron saltar todas las alarmas silenciosas… así que habría sido más divertida la historia si hubiera terminado durmiendo en el calabozo de la piscina…

Lo sé. He empezado el post diciendo que no paso desapercibido nunca y, por el contrario, el tipo que salió antes que yo ni se percató de mi presencia. Y contra eso no tengo nada que objetar. Lo que pasa es que ahora, que ha pasado un año, todavía soy recordado como el que se quedó encerrado en la piscina. La gente me reconoce por la calle y todo. Y hasta firmo autógrafos…

Esto no tiene por qué ser necesariamente verdad… lo de los autógrafos, digo.

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Una de las zonas de España que más me gustan es Navarra, con sus verdes lomas, sus bosques poblados y sus gentes francas y grandes. La selva de Iratí, o cualquiera de sus verdes valles, las cuevas de Zugarramrdi o de Urdax, incluso las yermas tierras de Olite… Navarra es una tierra digna de conocer y de disfrutar. Tiene un atractivo añadido: Las sendas milenarias del Camino de Santiago recorren sus valles. Y eso es un imán. Sobre todo teniendo en cuanta que mi deporte favorito es dar largo paseos por el monte.

Un puente de Mayo, al poco de conocer a Lentillas, mi grupo de senderismo organizó unos días por El Camino de Santiago Navarro. La idea: atravesar los Pirineos desde Saint Jean Pied de Port hasta Pamplona, siguiendo la via Peregrina. Y allí que nos fuimos, Bob el Silencioso, Lentillas y yo… y otros cinco amigos más. Íbamos en dos coches, que dejaríamos en Pamplona, y luego, un taxista nos llevaría desde allí hasta Saint Jean en una furgoneta. Andábamos un poco justos de tiempo porque, me imaginaba yo, los albergues de peregrinos los cerraban pronto.

Una vez que nos reunimos todos y encontramos al taxista, empezó oficialmente nuestro viaje. Íbamos los ocho apiñados en la furgoneta con todas las mochilas, aislantes y sacos de dormir, picoteando de una bolsa de patatas, una especie de tentempié, por las pequeñas carreteras de montaña que atraviesan los Pirineos. Los de delante escuchaban el partido de la Champions del Real Madrid que daban en la radio, y los demás mirábamos por la ventanilla, menos interesados en el fútbol que en ver los increíbles paisajes, donde los pueblecitos típicamente navarros se alternan con compactas masas boscosas, con predominio de… bueno… árboles que predominan en Navarra. Pero el espectáculo duró poco, ya que pronto cayó la noche.

Un rato largo después, el taxista nos dejó justo delante de la muralla de la parte vieja de la ciudad. Estaba toda iluminada con grandes focos, ya que Saint Jean es un destino turístico importante en la zona, y la estampa era realmente espectacular. La dirección a seguir estaba clara y, según el Taxista, no tardaríamos ni dos minutos en llegar al albergue de peregrinos. No teníamos más remedio que fiarnos de él porque no se veía ni un alma en las desiertas calles francesas, y eso que sólo eran las 10 de la noche.

Al otro lado del portón de la muralla había una calle empedrada y con aspecto medieval. Nuestros pasos resonaban en la quietud de la noche, especialmente el rítmico andar de Lentillas con su palo de peregrina con punta metálica. No había ni un alma, y eso que la noche era muy agradable.

Pronto dimos con el albergue de peregrinos. Un edificio de piedra, de dos plantas, con una enorme puerta de madera. En el quicio de la puerta, en su parte superior, había un escudo de piedra con la característica concha del peregrino, lo que confirmaba que estamos en un lugar donde ayudaban a los peregrinos. Confirmando mis temores, la puerta estaba firmemente cerrada. Normalmente los albergues son muy estrictos con las normas de apertura y cierre. Debe de primar, sobre todo, el descanso de los caminantes, y el que haya gente entrando y saliendo continuamente del albergue a altas horas de la noche no ayuda mucho a fomentar el descanso. De todas maneras los hospitaleros suelen estar pendientes de los peregrinos rezagados, como nosotros, y llamar un par de veces a la puerta debería bastar.

Toc – Toc.

Nada.

Toc – Toc – Toc. Nada.

Al cabo de varios minutos y varios intentos más, y sin haber respuesta alguna desde el albergue, nos enzarzamos en un pequeño debate sobre qué hacer a continuación. Había opiniones para todos los gustos, como es muy normal en cuanto en un grupo hay más de una persona. Las voces fueron subiendo de volumen y el jaleo al final provocó que una mujer del edificio de enfrente se asomara a la ventana. Por señas, y en un idioma muy parecido al castellano pero con palabras del francés nos indicó que la puerta de entrada estaba en un callejón lateral de la casa. Para confirmar sus palabras, justo en ese momento un farol se encendió en el callejón, encima de una puerta en la que no habíamos reparado. Como buenos chicos nos encaminamos hacia allí.

La manecilla metálica cedió y la puerta de madera se abrió lentamente sin un chirrío. Todo estaba oscuro al otro lado. Entramos intentando hacer el menor ruido posible (teniendo en cuenta que éramos ocho personas, con ocho mochilas más o menos grandes, con sus correspondientes aislantes y cosas colgadas… con botas de montaña de grandes suelas y demás, fuimos estruendosamente silenciosos). Nos quedamos todos juntos, en la absoluta oscuridad, esperando que pasase algo.

Hartos de esperar, uno de nosotros accionó el interruptor de la luz, iluminando la sala, toda ella de piedra y adornada con motivos del camino de Santiago, lo que venía a confirmar donde estábamos. Estábamos reunidos al pie de una gran escalera de piedra que ascendía hasta las alturas… hasta las alturas del primer piso.

Decidimos esperar a que el Hospitalero que encendió el farol en la calle viniera a nuestro encuentro… pero pasaron los minutos sin que nadie apareciera. Así que nos enzarzamos de nuevo en un debate susurrado sobre los pasos a seguir. Nos habíamos quitado las mochilas para estar más cómodos. Uno de mis compañeros empezó a investigar, abriendo todas las puertas que salían a su paso. Por suerte para todos encontró un servicio, donde fuimos entrando por turnos. Me llamó la atención un hecho curioso: ninguna tenía camas… así que, sagaz que es uno (y en ese momento era el que más experiencia tenía haciendo el camino de Santiago), deduje que las habitaciones tenían que estar arriba.

Efectivamente lo estaban.

Gimli, un tío bajito, pelirrojo y con el cuerpo lleno de pecas (hasta donde yo pude ver sin compartir duchas ni estar en pelotas), y yo mismo decidimos explorar el piso de arriba. Subimos las escaleras y, en lugar de una enorme sala común llena de literas, nos encontramos una fotocopiadora. Una fotocopiadora es lo más raro que uno se puede encontrar en un albergue de peregrinos. O sea, es más fácil encontrar a un coreano que baile flamenco que una fotocopiadora. Junto al aparato, un escritorio con flexo y una silla de oficina. Había una puerta blanca al otro extremo de la pared y Gimli la abrió de golpe, mientras yo miraba en un pasillo que terminaba en otra puerta.

– Buenasssss – dice Gimli con su voz. Con su voz rota de fumar dos paquetes de tabaco al día desde que cumplió los doce. Y lo que no era tabaco. Y a un volumen lo suficientemente alto como para que lo escucharan en España. Me mira y me hace señas para que me acerque.

La escena que contemplé no podía ser más rara. Una habitación pequeña sin adornos de ninguna clase, cuyo único mobiliario consistía en una mesilla de noche con una lámpara encendida entre dos camas pequeñas. En la de la derecha reposaba un hombre de mediana edad, en camiseta de tirantes, barriga al aire y con una revista apoyada en el pecho. En la otra, una mujer también de mediana edad, en camisón, y tapándose como buenamente podía con la sábana sus vergüenzas. Los dos nos miraban con una mezcla de inquietud y de sorpresa. La conversación que tuvo lugar a continuación fue toda en una especie de francés, inglés y castellano.

– Buenas noches – Dije – Somos peregrinos y queríamos pasar la noche en el albergue de peregrinos.
– No se puede.- Dijo la mujer.
– No hay sitio… bueno, no nos importa dormir en el suelo de la entrada. Tenemos esterillas… – Yo estaba muy metido en mi papel de peregrino.
– No, no… esto no es un albergue. Es una casa particular. – La mujer parecía llevar el peso de la conversación. El hombre seguía con la barriga al aire.
– ¿Una casa particular? Joder…
– ¿Cómo habéis entrado?
– La puerta lateral de la casa estaba abierta. – La mujer miró al hombre y puedo jurar que unos rayos salieron de sus ojos y lo fulminaron (metafóricamente). En lugar de morir entre inmensos dolores, o darse por enterado, el tipo siguió con la barriga al aire.

Deseándoles una buena noche, si eso era ya posible, Gimli y yo nos dimos media vuelta y nos bajamos a la planta baja, a informar a nuestros amigos de la nueva y desastrosa situación. Nadie nos creyó, hasta que apareció la sorprendida mujer bajando por las escaleras, ataviada con una bata de color rosa. Su sorpresa fue mayúscula al encontrarse con ocho personas al pie de su escalera. Las mochilas, esterillas y demás parafernalia peregrina terminaron por tranquilizarla.

Resultó ser la casa particular (por las noches) y oficina del peregrino de Saint Jean (por el día). No se podía dormir allí, pero nos sellaron las acreditaciones que nos identificaban como peregrinos. Además, y como muestra de generosidad, se dedicó a llamar a varios hoteles de la ciudad para buscarnos alojamiento (en lugar de llamar a la policía y hacernos dormir en el calabozo por allanamiento de morada).

Al final era tan tarde (según el horario europeo) que no hubo posibilidad de cenar nada decente en ningún sitio. Indecente tampoco. Cenamos barritas energéticas y galletas de chocolate, en la cama de matrimonio de una de las habitaciones del Hotel (donde no me tocó dormir con Lentillas). Teniendo en cuanta cómo se desarrollaron los acontecimientos, la cosa podía haber sido peor.

¿No?

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Que tengo cara de buena persona salta a la vista. Facciones redondeadas, sonrisa fácil, mirada bobina… la gente me mira y siente una sensación amigable recorriéndole todo su cuerpo. Soy un colega. Esto, que estaría muy bien si me dedicara al mundo de la venta de coches de segunda mano, es todo un problema a la hora de intentar cosas con las mujeres. Y con cosas no me refiero a jugar al parchís precisamente. Pero tengo que reconocer que en algunas ocasiones viene muy bien tener cara de buena persona.

Había cobrado mi primer sueldo. 65.000 pesetas como ayudante de becario adjunto, o algo así, en una empresa de servicios. No hace falta que lo digáis vosotros, ya lo digo yo. Una mierda. Pero era mi primer trabajo, el segundo, sin contar el de recepcionista de un camping durante un verano, pero el primero con contrato. Y era mi mierda. Y a uno siempre le hacen ilusión esas cosas. Me gasté 10.000 pesetas en un centro de flores secas para mi madre, un regalo con mi primer suelo. El centro de flores todavía dura, aunque ha cambiado su forma y su composición, con nuevas flores y con algunos objetos no florales. Pero la esencia es lo que cuenta. Me guardé 5.000 pesetas para mis gastos de fin de semana (la asombrosa cantidad de 1.250 pesetas para cada fin de semana… qué lejos han quedado mis 19 años y mis largas tardes de futbolín y cervezas) y, el resto, 50.000 pesetas, irían directos a la matrícula de un curso de administración de servidores NT. Por aquella época estas cosas me resultaban interesantes.

Tenía que hacer efectivo el pago de la matrícula en mano un determinado día por la mañana. Y ese día por la mañana estaba yo, parado en un semáforo a pocas calles de distancia, esperando a que el hombrecillo verde empezara a brillar (el del semáforo, me refiero, no es que estuviera fumando cosas raras). Mochila en la espalda, pantalones y cazadora vaquera y 50.000 pesetas en un fajo enrollado en el bolsillo derecho del pantalón. Pensando en mis cosas, como de costumbre, no me percaté de que un tipo de pintas sospechosas se situaba a mis espaldas.

El semáforo se puso en verde y caminé con la confianza que da la ignorancia y, tengo que reconocer, me sobresalté un poco cuando sentí un contacto en la espalda y como me empujaban al interior de un callejón con un poco más de fuerza de la necesaria.

– No te quiero hacer daño.- Obviamente era el tipo desaliñado y de pintas sospechosas que no había visto a mi espalda en el semáforo.

No era una buena forma de empezar una conversación. Un “Hola ¿Qué tal?”, o “Buenos días”, son formas más amigables. Y ya puestos, poner una navaja debajo de la nariz de uno tampoco es un gesto que denote cercanía y amigabilidad. No era una navaja muy grande, tipo Cocodrilo Doondy, era más del tipo cortaúñas del chino… pero una navaja es una navaja.

– He salido de la cárcel esta mañana y tengo que comprar un billete de tren… así que dame todo lo que tengas…

Hombre… si fuera para comprar drogas, me resisto, pero si es para un billete de tren, la cosa cambia. ¿No? Uno casi se podía solidarizar con el tipo ese. El problema era que el plazo de matriculación del curso terminaba ese mismo día, no tenía otras 50.000 pesetas y, en fin, no tenía ganas de ser atracado. Llamadlo orgullo. Había tenido que madrugar un montón durante el mes anterior por esas 50.000 pesetas. Así que mentí… como habría hecho cualquiera en mi situación…

– No… no tengo nada…
– Mira chaval… no me hagas tener que usar esto – y movió amenazadoramente el cortaúñas puntiagudo debajo de mi nariz.
– De verdad… regístrame si quieres – levanté los brazos, para que se me abriera la cazadora, pero intentando ocultar el puño de la mano derecha, que se estaba cerrando muy despacio. – Lo que encuentres… para ti. – Concluí.

Por supuesto, cualquier intento de tocarme habría tenido como reacción una descarga de toda mi furia contra su nariz (el equivalente de mi furia por aquel entonces sería como la caricia de una entrañable abuelita a su nieto favorito), y una huída despavorida hacia terrenos más habitados. El miedo da velocidad. O eso tenía entendido.

Nuestras miradas se cruzaron y hubo un intercambio de información silenciosa durante unos segundos.

– Te creo. Tienes cara de buena persona…

Y se marchó sin mirar atrás.

Tengo el diploma del curso de administración de servidores NT (que se quedó obsoleto un año después de sacármelo). Pero me licencié cum laude en mentiras arriesgadas.

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Ya estábamos en mar abierto y el barco se zarandeaba un poco más que antes. Redujimos la marcha un poco, por no recalentar el motor y El Capi estableció un nuevo rumbo usando las cartas de navegación y un curioso transportador de ángulos con un cordel atado. La idea era seguir en línea recta directos al Cabo de Santa Pola y, allí, virar a babor y enfilar Alicante.

Mientras tomamos unas cervezas, el Capi nos instruyó sobre normas marítimas y términos náuticos que teníamos que tener en cuenta a la hora de navegar. Cuando se podía, saludamos a los otros barcos que se nos cruzaban (Alguno hasta hizo sonar la sirena). Así que podemos decir que estaba siendo el momento más relajado y divertido del día. Capitán Haddock y yo nos turnábamos para llevar el timón (es más fácil de lo que parece) y el Capi comprobaba la equipación del barco: Los cabos, las velas de repuesto, el combustible, la zodiac. Había un problema con la zodiac. El motor fuera borda estaba enganchado con un candado y, como había sido tan precipitada nuestra salida de Los Nietos, no nos habían dado las llaves. De todas maneras no parecía que fuera a hacernos falta por el momento.

El tiempo fue pasando y ya estaba atardeciendo. Enfrente de nosotros teníamos recortado contra el cielo la sombra imponente del cortado del cabo de Santa Pola, con su faro en lo alto emitiendo destellos intermitentes, y, un poco a estribor, se veía sobresalir sobre el mar el pedrusco enorme que es la Isla de Tabarca. Le cedí mi puesto al Capitán Haddock en el timón y me senté en la bañera, en el lado de babor, a contemplar el paisaje. El esguince me estaba molestando otra vez. El Capi limpiaba la nevera en la bodega, y se le escuchaba canturrear alguna cosa. Mis pensamientos iban a la deriva entre lo bonito que es navegar y el bello atardecer que estaba contemplando, pasando por lo cerca que estaban los coches que circulaban por la carretera de la costa. Y en ese momento…

En ese momento se escuchó un sospechoso e inquietante estruendo que venía de abajo. Al mismo tiempo el barco se frenó casi en seco y escoró a babor, levantando una gran cantidad de agua. Y casi en el mismo segundo, vimos al capitán salir de la bodega de un salto y abalanzarse sobre la palanca de la velocidad para, supongo, detener el barco. Pero no hacía falta. El barco se había detenido.

– ¡Todos a proa, hay que hacer de contrapeso!- Gritó el capitán.

Y sin saber muy bien como, me encontraba junto con Capitán Haddock, en la punta de del barco más opuesta al timón, agarrado al cable donde se enrolla la vela de delante (En términos náuticos: En proa, agarrado al estay donde se enrolla la Génova). Era consciente de que había corrido. Era consciente de que para ello había tenido que apoyar el pie del esguince en el suelo. En ese momento era consciente del dolor. El Capi accionaba la marcha atrás pero el barco no se movía. Lo peor era que se escuchaban chasquidos debajo del barco con cada intento.

Ver al Capitán echarse las manos a la cabeza y escucharle repetir una y otra vez: “Nos hemos cargado el barco”, no ayuda mucho a mantener la calma. En ese momento sonó su móvil y, al cogerlo, simplemente dijo:

– Nos hemos cargado el barco. Nos hemos quedado sin vacaciones.- Y colgó. – Lo que tampoco ayudaría a calmar al interlocutor al otro lado, uno de nuestros amigos, parados en el atasco.

Capitán Haddock se desahogaba por lo bajo. Decía que él no sabía navegar y que no tenía que haber estado en el timón, que era cosa del capitán…

– No te preocupes, Capitán Haddock – Le dije – A mí no me sale ningún viaje mal… Tengo un montón de suerte, así que ya verás que esto no es nada y que luego nos tomamos unas cervezas y nos reímos del asunto…

Yo realmente creía en lo que estaba diciendo. Supongo que al Capitán Haddock le sonó a cuento chino y siguió lamentándose. Sobre todo porque no sabíamos si el timón estaba tocado, si había alguna grieta en el casco y, sobre todo, qué demonios había pasado. Para colmo, la noche se nos estaba echando encima, y ya casi no se veía. Alrededor del barco, bajo el agua, había unas inquietantes manchas negras que, sin duda, eran piedras, pero que en la calenturienta imaginación de alguien menos templado que nosotros, eran bestias horribles…

Enfrente del barco, el faro seguía dando sus destellos, sin inmutarse y, debajo, junto a la carretera de la costa, a menos de un kilómetro, encendieron las luces de un chiringuito de playa. Se oía perfectamente a David Bisbal cantando su éxito de ese verano y había movimiento de gente. Nosotros, mientras tanto, nos habíamos sentado en la bañera sopesando nuestras posibilidades.

– Estamos en una zona de aguas bajas. No debe de haber más de dos metros o dos metros y medio de profundidad. – Nos decía El Capi apuntando con el dedo a una parte de la carta de navegación – Pero está demasiado oscuro como para tirarse al agua a ver qué es lo que nos ha enganchado. Si lo que choca es la Orza no pasa nada, pero si es el timón podemos darnos por jodidos.
– ¿Por qué?- Preguntó Capitán Haddock
– Porque es la parte más delicada del barco. Podemos partirlo en la maniobra y nos quedaríamos sin gobierno en el barco… y es muy peligroso, porque la marea podría precipitarnos contra las rocas de la costa.
– Pues me quedo más tranquilo, la verdad.- Dije.
– Tenemos que desalojar peso para ganar altura – me ignoró el Capi.

Y 200 litros de agua potable fueron tirados al mar, todo el agua dulce de los dos depósitos de popa. Intentamos dar marcha atrás de nuevo, pero el barco seguía sin moverse. Ya era noche cerrada.

De pronto distinguimos el inconfundible sonido de un motor fuera borda acercándose desde la playa. Se trataba de una Zodiac con tres marineros, que estaban en el chiringuito, y nos habían visto. Venían a echar una mano. El problema era que llevaban mucho rato en el chiringuito y, entre que venían o no, se habían tomado unas cuantas bebidas espiritosas… y unas pocas más, así que estaban un poco “contentillos”. Mientras realizaban la maniobra de aproximación y cogían el cabo que El Capi les estaba dando, temimos por su vida en varias ocasiones.

La idea era que ellos, desde la Zodiac, tiraran del cabo atado a la proa, de tal manera que el barco escorara a babor y levantara la orza lo suficiente para salir. En cristiano: al tirar de la cuerda atada a la punta del barco, haría que este se inclinara a la izquierda y levantaría la aleta de tiburón de debajo del casco lo suficiente para que el barco flotara sutilmente fuera de las piedras. Por supuesto, no funcionó. Intentamos la operación contraria, para escorar a estribor, pero tampoco. Así que se intentó el plan de emergencia:

Capitán Haddock se subió al extremo de la botavara (para que os hagáis una idea, es el palo sujeto al palo mayor al que se engancha la vela mayor, y que se mueve a voluntad, dependiendo de por donde sople el viento… y siempre da en la cabeza del malo en las películas de piratas). La botavara la movimos todo lo que se podía mover a estribor y dejamos al Capitán Haddock colgando sobre el mar fuera del barco, haciendo de contrapeso. A su vez, los tres marineros borrachos tiraban del cabo de tensión del palo mayor, en la misma dirección… todo ello con la idea de escorar el barco todo lo posible.

Tampoco se movió. La situación no sólo no había mejorado, sino todo lo contrario, ya que era de noche cerrada. Los marineros se marcharon a seguir con la fiesta en otra parte (O al chiringuito, que todo es posible). Sólo nos quedaba una opción: Llamar a salvamento marítimo. Seríamos la deshonra del gremio pero…

Salvamento marítimo apareció una hora después. Un buque color naranja chillón con luces estrambóticas parpadeantes. De no saber que eran ellos, habríamos supuesto que eran extraterrestres dispuestos a abducirnos y a practicar experimentos intrusivos en nuestros cuerpos y de los que no podríamos hablar nunca por sentirnos avergonzados. Apareció, pero se quedó como a unos 100 metros. Era lo más cerca que se podían situar de nuestra nave sin encallar ellos mismo. Por radio nos dijeron que teníamos que acercarnos en la Zodiac para recoger un cabo con el que amarrar y arrastrar el velero. Zodiac que no tenía motor, por estar encadenado a la borda… otro problema.

Al final Capitán Haddock y El Capi se marcharon remando a por el cabo, y me dejaron allí solo… abandonado a mi suerte. Y fue cuando sonó un “Clic” metafórico. El velero, libre de los 200 litros de agua, y los más de 150 kilos de humanidad que se alejaban con la Zodiac a golpe de remo, flotó lo suficiente como para liberarse de las rocas, y empezó a moverse… libre y a su aire. Con el cojo capitán en funciones un poco preocupado, la verdad, viendo como la rueda del timón giraba alocadamente de un lado para el otro.

Después de comprobar que no había ninguna vía de agua en el casco, nos remolcaron hasta el puerto de alicante, donde nos esperaban nuestros preocupados amigos. Fue un poco humillante porque en lugar de hacer una entrada triunfal, veníamos abarloados al buque de salvamento. Eso sí, nadie se atrevió a hacer ningún comentario. Pasamos la noche en el puerto.

¿Qué tiene esto que ver con la suerte? Os preguntaréis. Pues desde mi punto de vista, el comienzo tan desastroso del viaje hizo que disfrutáramos mucho más del resto de la semana, que fue genial. Tuvimos mucha suerte porque por dos o tres escasos metros, en lugar de embarrancar en un banco de arena, habríamos dado con una plataforma de granito, que habría destrozado el barco. Tuvimos mucha suerte porque durante toda la semana los vientos se confabularon en nuestro favor y siempre soplaban con la fuerza justa para que llegáramos a donde queríamos navegando a vela. Incluso la vuelta a la península, que fue por la noche, fue a vela, algo que es rarísimo. Y, sobre todo, tuve mucha suerte porque durante siete días me trataron a cuerpo de Rey, una de las marineras hasta me dio masajes… “¿Qué si quieres un zumito?” “¿Algo para leer?” “Dejad la sombra al Sr K, que está lesionado”… y sin ayudar en la cocina, sin ir a la compra, sin baldear la cubierta, sin plegar velas… sin hacer ni el huevo.

¿Tengo o no tengo suerte?

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La historia continua a unos 190 kilómetros por hora por la carretera de Valencia, en un coche rojo centelleante y con montones de otros coches dejados atrás fugazmente. Conducía El Capi y mi amigo Capitan Haddock hacía las labores de copiloto. O las habría hecho de haber podido abrir los ojos, cerrados de puro miedo. Yo daba tumbos en la parte de atrás, con mi maltrecha pierna estirada sobre el asiento y agarrado al asa de la puerta. Aunque parezca mentira hubo un par de momentos en los que pasé más miedo todavía… cuando El Capi buscaba un mechero con el que encenderse un cigarro. En ese momento pensé que, cuando el coche dejara de dar vueltas de campana y miraran dentro, conmigo casi no tendrían que trabajar… por estar ya vendado.

Como dije en el capítulo anterior, soy un tipo con suerte… y fue suerte que no nos parara la guardia civil de tráfico, ni que no tuviéramos un reventón, salida de pista o simplemente, que saltáramos la futuro como Michael J Fox. Pero sea como fuere, llegamos al puerto deportivo de Los Nietos y, lo que es más importante, a su Mercadona, donde deberíamos hacer la compra para subsistir esa semana en el barco… comida para un total de 10 personas (y dos muletas).

Existe una peculiaridad en La Manga del Mar Menor, sobre todo si se pretende salir a mar abierto. Sólo hay un punto por el que se puede hacer. Años atrás a alguien se le ocurrió que era buena idea construir urbanizaciones a ambos lados de la salida, sin darse cuenta que, para poder comunicarlas, habría que construir un puente levadizo. Un puente levadizo que permanece abierto 15 minutos cada dos horas. Así que, para poder llegar a la apertura de las 6 de la tarde, había que salir del puerto de Los Nietos como muy tarde a las 5, navegar a tope de motor y en línea recta y, con suerte, pillar despistado al que manejaba el puente… y eso nos dejaba 45 minutos para: Comer, hacer la compra de la semana, cargar el coche, llegar al puerto deportivo, encontrar el barco, descargar el coche, estibar la carga y, lo que es más importante, que yo, cojo y con muletas, subiera abordo.

Todo eso se logró, y salimos del puerto de Los Nietos a toda máquina, con un montón de comida y un cojo en la proa del barco , yo intentando no ser el primer “hombre al agua” de la semana. Si alguien ha navegado en un velero alguna vez (y si no, lo recomiendo) sabrá que mantener el equilibrio en cubierta es difícil si no se está acostumbrado, incluso en las tranquilas aguas del Mar Menor… pero si a eso le añadimos un esguince, unas muletas y mi proverbial falta de equilibrio, no es de extrañar que tardara un rato y dos dolorosos pasos con el pie malo en llegar a la bañera y sentarme junto a mi amigo Capitan Haddock, timonel en ese momento. Entonces me tomé mi primera cerveza de la semana… que me supo a gloria.

Navegábamos a toda máquina por encima del mar en calma, casi podríamos llamarlo piscina, del Mar menor. De vez en cuando nos cruzábamos con alguna lancha motora, cuya estela, al cruzarse en nuestro rumbo, nos bamboleaba un poco… pero por lo general la navegación fue muy tranquila y poco movida. Lo que era de agradecer, siendo la primera vez que montaba en un barco de vela. Todo el mundo me había aconsejado que llevara pastillas contra el mareo, pero no sé si sería por el ajetreo del día, la excitación por estar probando algo nuevo o que soy inmune, pero no sentía el más mínimo malestar. Mi amigo Capitan Haddock me dejó la rueda del timón un rato, indicándome que tenía que hacer para mantener fijo el rumbo que marcaba la brújula… y me sentí como un viejo pirata de pata de palo (con la esguince estaba muy metido en mi papel) rumbo de lejanas y tropicales costas. Hasta que El Capi terminó de colocar la despensa y salió a cubierta… que fue más o menos cuando nos acercamos a la salida del Mar Menor.

Ahora quiero que os hagáis una imagen mental… el puente levadizo bajando lentamente y, al fondo de la escena, aparece derrapando un velero a toda máquina… la limitación de velocidad es de 3 nudos, limitación que la nave sobrepasa varias veces. A bordo del velero, dos hombres se aferran a donde pueden, mientras un tercero sujeta la palanca de la velocidad presionada a fondo con una mano y la rueda del timón con la otra, mientras el barco da pequeños saltos sobre las olas. Los tres tienen cara de velocidad y miran fijamente el lento movimiento descendente del puente levadizo. Uno dice “llegamos”, el otro dice “No pasaremos” y el Capi aprieta más la palanca de la velocidad…

Pasamos.

Ahora sólo quedaban cuatro horas de agradable navegación hacia Alicante… recoger a nuestro amigos, disfrutar de una agradable cena abordo y contar lo vivido como una divertida anécdota… salvo que nada es fácil si se trata de mí…

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